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Prodigiosos mirmidones

«Prodigiosos Mirmidones» es el título de una exquisita antología (y apología) del dandismo, recopilada y explicada por Leticia García y Carlos Primo, e ilustrada por Marina Domínguez Garachana, a cuya presentación «en sociedad» tuve el placer de asistir.

El entorno no podía ser más adecuado: el Museo del Romanticismo de Madrid.

En un salón que podría haber sido una de las salas en las que se reunían la aristocracia y alta sociedad de las fashionable novels cuyo protagonista era Vivian Grey, asistimos a la mínima charla de los autores, y a la extensa perorata de su prologista, un Luis Antonio de Villena, que se sentía más autor y protagonista que ellos mismos, interrumpiéndoles (bueno, principalmente a ella… ¡ay, esa misoginia, que nos pierde!) y tomando, un tanto a la fuerza, las riendas de la presentación. O así lo «sufrimos» los que acudimos a la convocatoria. Aunque no es de extrañar si nos remitimos al prólogo de la obra: léanlo, y así saldrán de dudas sobre el ambiente en el que se desarrolló el acto.

Es la segunda vez en pocos meses que acudo a la presentación de un libro y el prologuista (casi siempre introductor en la presentación), se crece de tal modo que no sabes si realmente es él el autor, si está hablando de otra obra, si no se ha tomado su medicación, o que…

Habría que recordarles, a todos, así en general, que el prologuista SIEMPRE está detrás del autor, nunca es más importante que él, y menos aún el día que presenta su obra, porque es SU DÍA.

Pero aquí (gracias a dios, porque nos falla la paciencia) no es Villena quien nos ocupa, sino la obra, «Prodigiosos Mirmidones», porque prodigioso es que alguien en nuestro país tenga el buen gusto de publicar una obra de este calibre.

Nos dicen los autores que los mirmidones eran un pueblo empeñado en cultivar una tierras desfavorecidas por los dioses, con un empeño y una tenacidad legendarios. Me consta que ellos han tenido la tenacidad de los mirmidones persiguiendo la publicación de esta obra, y yo se lo agradezco de corazón. Básicamente porque, aunque enfervorizada lectora de casi todo lo que cae en mis manos o ante mis ojos, me considero profundamente ignorante, y aparte de Balzac y Wilde, no recuerdo haber leído nada más de ninguno de los autores que en él aparecen.

Por no añadir que lo que yo consideraba un «dandi» era algo completamente opuesto a lo que es en realidad, gracias, una vez más, a las revistas de moda y los medios de comunicación, que llama «dandi» a cualquiera que lleva un corbatín.

Les recomiendo, queridas antonias, la lectura de esta obra. Eso sí, con lápiz para subrayar, ya que podría considerarse un texto de cultura general. ¿Para cuándo su lectura obligada en escuelas de moda?. Menos vogues, menos blogs insustanciales, y más Prodigiosos Mirmidones.

 

Diez libros para comprender Norteamérica

América blanca, negra o cobriza. Con apellidos irlandeses, sicilianos, holandeses, judíos o españoles. Una nación construida con el material de los sueños. Aunque no gane las próximas elecciones, apuntan Rafael Barberá y Miguel Ángel Benedicto en Estados Unidos 3.0 (Plaza y Valdés, 2012), Barack Obama ya ha pasado a la Historia por ser el primer presidente afroamericano. Lo mejor de Obama es que simboliza la reedición del sueño americano en versión demócrata: «Tiene una dimensión que no tienen otros presidentes, mesiánica y un poco religiosa», subrayan los periodistas.

Elecciones aparte, demócratas y republicanos acaban reunidos en torno al fuego del hogar de los pioneros, con la Biblia en el regazo. El historiador Mark Lee Gardner se crió en el centro de Missouri y pasó largas veladas, como otros chavales de su edad, escuchando de sus mayores la historia de Billy el Niño y Pat Garrett. Un grabado del Illustrated Police News de Boston del 8 de enero de 1881 inmortaliza al Niño. Apoyado en su Winchester con gesto indolente terminará pagando con la muerte el precio de su fama. «La mejor de las leyendas del Viejo Oeste» nos conduce Al infierno en un caballo veloz(Península, 2012).

Los alegres y peligrosos años veinte

Reencarnados en mitos, el bandolero Billy y el sheriff Pat inspiraron sesenta películas; las tribus indias roturadas por el ferrocarril y la guerra de Secesión constituyeron el cliché favorito de Hollywood cuando al productor de turno no se le ocurría nada mejor. La crónica de unos antepasados, que no superan el siglo de antigüedad, confinada a las reservas de celuloide. Así lo ve Richard Ford en Flores en las grietas (Anagrama, 2012): «En mi propia familia, el tema de nuestra identidad india siempre creaba cierta incomodidad. Mi bisabuela había nacido en la Franja de los Osage de Oklahoma y se había casado con un hombre que no era indio y se había mudado al otro lado de la frontera, en Arkansas, donde al parecer no había muchos indios. Luego se produjo una notable pelea en la generación de mi abuela para dejar la indianidad tranquila y presentarse como se pensaba que era la gente blanca normal: irlandeses y alemanes».

En sus Cartas escogidas (Alfaguara, 2012), William Faulkner aclara que en realidad se llama Falkner. Su bisabuelo reclutó, organizó, financió y comandó el ejército de infantería sudista en 1861 y construyó el primer ferrocarril de su distrito. Como a los forasteros les costaba pronunciar Falkner, el joven William le añadió una «u» con la que rubricó sus historias en el mítico territorio de Yoknapatawpha: Sartoris, El ruido y la furia, Mientras agonizo…

A la par que Faulkner se zambullía en la memoria del profundo Sur, Francis Scott Fitzgerald brindaba con El gran Gatsby. Eran los alegres y peligrosos años veinte, que llevaron al país de cabeza al «martes negro» de 1929. En El Crack-Up (Capitán Swing, 2012), Scott Fitzgerald hace examen de conciencia. Desde la Generación Perdida, que compartió con Dos Passos o Hemingway, ilustra el relevo en la hegemonía cultural de Europa a Estados Unidos: «Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podía seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?».

 

¡Más celuloide!

Una raza mestiza entregada al placer en plena Ley Seca y a ritmo de jazz. En la década de los «enemigos públicos número uno», J. Edgar Hoover toma las riendas del FBI. Comienza la lucha de los Hombres G contra el gansterismo y la persecución del comunismo, que culminará, años después, con la «Caza de brujas» del senador McCarthy. Los «enemigos», advierte Hoover, son todos aquellos que se oponen «al modo de vida americano».

En Enemigos. Una historia del FBI, el Premio Pulitzer Tim Weiner describe cómo va creciendo un estado dentro del Estado, sin contar siquiera con unos estatutos legales. Avalado por el presidente Roosevelt, Hoover se hizo cultura de masas: «El rostro público de la lucha contra el crimen, la estrella de un espectáculo que cautivaba la imaginación del pueblo estadounidense, el nombre que aparecía en los titulares, un icono en el escenario público norteamericano». ¡Más celuloide, esto es la guerra!

Tras la Segunda Guerra Mundial, la victoriosa Norteamérica debe superar todavía la asignatura pendiente de la segregación racial. Fue en diciembre de 1955, en Montgomery (Alabama), feudo del Ku Klux Klan: una mujer negra vestida dignamente se niega a ceder su asiento a un blanco. «¡Todos los negros tienen que levantarse y dejar el asiento a los blancos. ¡Tú, levántate y cédele el asiento al señor!», atruena el conductor. La mujer permanece sentada. Dignamente sentada. En El autobús de Rosa (Barbara Fiore Editora, 2011), Fabrizio Silei y Maurizio A. C. Quarello le ponen matices cromáticos al instante decisivo de la igualdad de derechos civiles.

 

Las clientas de la sastrería

Aquel mismo año, un joven descendiente de italianos debuta como periodista deportivo en el New York Times. Como cuenta en Vida de un escritor (Alfaguara, 2012), Gay Talese aprendió a escuchar las conversaciones de las clientas de la sastrería materna: «Muchos de los temas sociales y políticos sobre los que se ha discutido en Estados Unidos desde entonces -el papel de la religión en la alcoba, la igualdad racial, los derechos de las mujeres, los adulterios de los funcionarios públicos, la conveniencia de las películas y publicaciones que contienen sexo y violencia- yo los oí debatir en el negocio de mi madre…».

Una década después de Rosa, Talese cubrirá como reportero la marcha de Martin Luther King en los dominios del Klan. «Tengo un sueño», repite, cual salmo, el pastor negro. Todo americano tiene derecho a un sueño de porvenir, aunque a veces acabe caminando por el bulevar de los sueños rotos. La delincuencia juvenil inspira Dura la lluvia que cae(Duomo, 2012), de Don Carpenter, en el mismo año de la «sangre fría» de Capote: dos adolescentes -un huérfano blanco y un negro chapero- reunidos en una cárcel de California.

La tierra de oportunidades del self made man es, también, la de los gánsters financieros que secuestran la democracia. De la fiebre del oro a la enfebrecida burbuja bursátil. La crónica negra capitalista la escriben ahora Maddof & Cía (Errata Naturae, 2012); los «hermanos malasombra» Lehman, compañía fundada en 1850 (más o menos, cuando nació Billy el Niño). ¿Ha quebrado el contrato social entre élites y clases medias que sustentó la meritocracia?Diez libros para constatar que cada sueño americano deviene en mito o acaba estallando en un sinfín de fragmentos.

 

Heroísmo dandi

El dandismo era para Baudelaire «el último resplandor de heroísmo en la decadencia».  El dandi era y es melancólico, individualista,  con un estilo de vida ajeno a las costumbres dominantes. En ‘Prodigiosos mirmidones’ (Ed. Capitán Swing) se hace un recorrido por el dandismo a través de lo literario.

Se trata de una antología de textos en la que hay artículos, ensayos, relatos breves y fragmentos de novelas. «Concepciones diferentes y en ocasiones contrapuestas de lo que significa ser un dandi», en palabras de Leticia García y Carlos Primo, coordinadores del libro.

Muchos textos no habían sido editados hasta ahora en España. ¿Por qué este libro? «Nos llevaban los demonios cuando oíamos o leíamos dandi mal empleado. Es mucho más que un hombre elegante», conceden.

Y es que, más allá de la elegancia disidente o llamativa, el dandi comparte un rasgo común: la rebeldía. Como sostiene Luis Antonio de Villena, «el dandi es sobre todo el rebelde de lo singular, el que aspira a la difícil quimera de que cada uno sea cada uno contra el enemigo mortal, la masa, de lo gregario».

Un dandi mira con hastiada indiferencia y un desdén apenas disimulado. Al dandi también le caracteriza ser impertinente y hablar mal de lo que se supone que tiene que hablar bien.  «El dandismo es una distinción más metafísica que social», sentenció Roland Barthes.

«Generalmente, el joven revolucionario, idealista, queda con los años en elegante señor», escribió Francisco Umbral.  También «Sólo es verdaderamente elegante el que quiere decir algo con su elegancia. Lo demás se queda en sastrería»

Thomas Henry Lister, Honoré de Balzac, Virginia Woolf, Álvaro Retama y Tom Wolfe son otros de los autores con textos seleccionados por García y Primo.

Para los coordinadores del libro, Michael Jackson podía ser un perfecto dandi «cuando persistía en actitudes de claro distanciamiento –el guante, la mascarilla, las gafas de sol-, y cuando se lanzó a los brazos de la cirugía estética con el objetivo de convertirse en alguien totalmente sobrehumano cuya ambigüedad en materia de sexo, raza y edad no correspondía  a una persona real, sino a un personaje».

Karl Lagerfeld y David Bowie también merecen su distinción. Lo advirtió Baudelaire: «Un dandi nunca puede ser un hombre vulgar».

 

El dandismo, a examen

 

Según la mitología griega, los mirmidones eran unos guerreros que adoptaron el nombre de hormigas. Algunos se preguntarán qué tienen que ver con los dandis, pero si tenemos en cuenta que el dandismo se basa en nadar contracorriente la comparación no es descabellada.

El libro, que se abre con un necesario y acertado prólogo de Luis Antonio de Villena, está coordinado por Leticia García y Carlos Primo, y contiene una serie de relatos, ensayos y cuentos en los que se analiza el fenómeno del dandismo desde el siglo XIX hasta mediados de siglo XX,  en que Tom Wolfe ve en los ‘mods’ los dandis del siglo XX. A través de estos textos, no sólo se analiza el dandismo, a veces de forma crítica, otras con fina ironía y otras incluso en primera persona, sino que se le ubica y disecciona: ser un dandi va más allá de la indumentaria, y al contrario de lo que muchos creen, poco o nada tiene que ver con la mera elegancia, sino que se trata de una subversión de las formas que tiene raíces en el propio pensamiento y forma de entender la vida, como bien señala Francisco Umbral en su texto sobre Larra. Hay quien va más allá, como Albert Camus, y entronca a los dandis con los héroes románticos con quienes se inicia el “culto al personaje”.

Un libro sobre el dandismo no puede obviar a Brummel o Huysmans, y en ‘Prodigiosos mirmidones’ no sólo se recuperan sus figuras, sino que además ofrece nuevas visiones sobre el primero en ese magnífico ‘Beau Brummel’ de Virginia Woolf en el que asistimos a la decadencia y senectud del personaje que representó como nadie el dandismo. Otro de los aciertos del libro es la recuperación de algunos textos españoles sobre el fenómeno, donde lo dandy se da la mano con la leyenda negra al más puro estilo Bécquer, como sucede con el relato de Álvaro Retama.

La lectura de ‘Prodigiosos mirmidones’ es amena, esclarecedora y reivindicativa, pero también deja una pregunta en el aire: ¿existe el dandy en el siglo XXI?

 

Mailer, Norman

Junto a Truman Capote, Mailer es considerado el gran innovador del periodismo literario

Miami y el sitio de Chicago

En el verano de 1968, en plena Guerra de Vietnam y tras turbios sucesos como el asesinato de Martin Luther King o el de Bobby Kennedy, los republicanos se reunieron en Miami y eligieron como candidato al impopular Richard Nixon, mientras los demócratas apoyaban en Chicago la candidatura del ineficaz vicepresidente Hubert Humphrey.

Hablemos de dandis

Allí en Sol, donde Larra paseaba sus historias e indumentaria… Me citan dos tímidos jóvenes sobrados de talento y buen hablar. En la mítica pastelería madrileña La Mallorquina, inaugurada cincuenta y cuatro años después de la muerte de Brummell. En ese salón que se encuentra tras subir las escaleras desgastadas, el cual goza de la suficiente solera para hablar de dandis. Me esperaba una entrevista a modo de conversación interesante y amena, unida a un desayuno legendario en la mejor de las compañías. Esta audición podría valer más por lo que calla que por lo que cuenta, pero lo cierto es que da gusto oírlos y leerlos.

Leticia García y Carlos Primo coordinan una selección de textos maravillosos, encargándose de la introducción y notas del libro “Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo” , de la editorial Capitán Swing. Con un prólogo del conocido poeta y narrador  Luis Antonio de Villena e ilustraciones de Marina Domínguez Garachana descubrimos los entresijos de la figura del dandi. Término del que desconocemos más de lo que imaginamos.

– Bueno, primera pregunta: ¿ Cuál es vuestro texto fetiche del libro?

Leticia: Soy muy fan de Vivian Grey, que retrata a la perfección la insolencia de la que tenía que hacer gala un dandi para poder suscitar admiración, amores y odios a su paso. De las máximas del vestir que aparecen en Pelham, porque sirvieron de inspiración a muchos textos posteriores y dejan ver perfectamente que la indumentaria del dandi es más el indicio de algo más profundo que un fin en sí mismo. Y del texto de Barbey, porque no se deja nada, creo que es el mejor retrato del dandismo que se ha hecho (o que yo conozca).

Carlos: Yo me quedo con el artículo de Robert de Montesquiou, “Del esnobismo”, que es un texto divertidísimo que hemos recuperado y traducido por primera vez desde su publicación en 1908. Es un artículo de crítica de costumbres que refleja bastante bien la posición intelectual del dandi. También llamaría la atención sobre “El encanto fatal”, un relato a medio camino entre el terror y la parodia publicado por Álvaro Retana en una colección de novela popular en plena belle époque española. Son dos expresiones extremas pero muy coloristas de lo que puede significar el dandismo.

– ¿ Qué imagen se proyecta en vuestra cabeza cuando se pronuncia la palabra dandi ?

Leticia: Brummell. Fue el primero (al menos el primero del que tenemos noticia) y el que sentó las bases de lo que posteriormente se conocería como dandismo. Los dandis que vienen después cumplen en mayor o menor medida los requisitos, pero él fue el único que dedicó su vida a ser un dandi.

Carlos: Coincido con Leticia. La estirpe de los dandis desciende de un solo individuo, Beau Brummell, un hombre verdaderamente fascinante: todo el mundo coincidía en que era un genio, pero nadie sabía definir en qué consistía su talento exactamente. Por eso, y porque no dejó una herencia tangible (ni obras, ni memorias), se convirtió en leyenda todavía en vida. Si hay que mencionar otro, escojo a Robert de Montesquiou: la lista de personajes literarios que inspiró es verdaderamente impresionante.

– ¿ Por qué el título de “Prodigiosos mirmidones” ?

Carlos: Luis Antonio de Villena, que escribió el prólogo del libro, nos echó la bronca porque dijo que los mirmidones eran hombres bajitos y fornidos, todo lo contrario de un esbelto dandi. Pero nosotros escogimos el título empleando el sentido que le dio Baudelaire en El Pintor de la Vida Moderna (1863). Los mirmidones eran un pueblo legendario que, además de luchar junto a Aquiles en la guerra de Troya, eran conocidos por ser muy laboriosos y esforzados, ya que cultivaban con mucho trabajo un terreno totalmente árido. Cuando Baudelaire dice que los dandis son “prodigiosos mirmidones”, se refiere a esa perseverancia y a esa capacidad para mantenerse fieles de manera obstinada a un código de comportamiento que había caducado tiempo atrás. Los mirmidones luchaban contra un terreno pedregoso, y los dandis luchan contra una sociedad que no les comprende. Entendemos el dandi como algo heroico, a contracorriente, marginal, y por eso pensamos que sería un buen título para el libro, además de una cita de un texto fundamental.

Leticia: El heroísmo del dandi es tan o más importante que su aspecto, porque ellos saben que su batalla está perdida de antemano, por decirlo de algún modo, pero no claudican. Brummell, por ejemplo, murió medio loco y desterrado después de burlarse de Jorge IV. Los mirmidones, como dice Carlos, cultivaban sin descanso un terreno del que no podía salir nada, y aún así seguían haciéndolo, por eso pensamos que el paralelismo era muy importante en este sentido.

– Alejándonos un momento del s.XIX. En el libro se nombran a personajes como Michael Jackson y Karl Lagerfeld, como respuesta a quién se puede considerar dandi en una época más actual. Parece que el mundo necesita dandis, ¿ Por qué resulta importante su figura en la sociedad?

Carlos: El dandi tiene una importancia vital, porque indica precisamente lo que le falta a una sociedad determinada, sus defectos, la relatividad de su sistema de valores. En la corte inglesa de la Regencia, invadida por el barroquismo, Brummell reivindica la sobriedad en el aspecto. En la sociedad burguesa de finales del XIX, los dandis franceses abrazan la extravagancia y el lujo exquisito de la aristocracia decadente. En la moda sensual y orientalizante de los años veinte, Coco Chanel se viste de negro y adopta un código de indumentaria que no abandonará nunca y que mantendrá intacto durante unas décadas que ven la eclosión de la moda y la aceleración de los estilos. Básicamente, cuando el dandi llega, a la sociedad se le caen los palos del sombrajo, pero de un modo muy sutil. Por eso es esencial.

Leticia: Amén.

– Así de forma aleatoria… ¿ Dalí fue un dandi ?

Leticia: Mmm, yo creo que no. Tiene puntos muy dandis, pero era demasiado excéntrico. Además, las claves de su personaje estaban definidas por su labor dentro del movimiento surrealista, aunque fuera más allá de ellas. El dandi, aunque produzca, tiene que ser su mejor obra, es decir, lo primero que resalta en un dandi es su persona, después su producción. Dalí, aunque fuera un personaje genial, se construyó en torno a un movimiento definido, y por eso me cuesta verlo como dandi.

Carlos: Es complicado, pero creo que, en el contexto del Surrealismo, sí pudo serlo, porque llevó el ámbito de la creación a su propia persona y, según cuentan, jamás se salía de su personaje. Estaba obsesionado con la percepción que la gente pudiera tener de él, y eso es muy dandi, al igual que lo es expresarse mediante aforismos y mantenerse fiel a su leyenda durante décadas. Juega en su contra el hecho de que fuese tan histriónico, aunque si entendemos el histrionismo como un código de conducta férreo, las cosas se complican. Resulta difícil decirlo. Posiblemente tuviese elementos de dandi, pero era un personaje de una complejidad enorme que va mucho más allá.

– Si hablamos de distintos tipos de estéticas que se eligen para diferenciarse , destacar  o crearse un personaje que se puedan confundir con la imagen del dandi que aquí tratamos. Me viene a la cabeza la siguiente pregunta: ¿Cuál es la delgada línea roja que separa al dandi del esperpento? ( Y esto no va por Dalí que conste).

Leticia: La contención y el estricto código de reglas individuales que el dandi crea y acata. Por eso es tan complicado ser un dandi. Es fácil disfrazarse, caer en la exageración y en la caricatura o ser excéntrico. Lo  difícil es ser discretamente indiscreto y radicalmente individual y mantenerse ahí, sin sobrepasar los límites.

Carlos: De hecho, están en las antípodas, aunque a veces no resulte fácil distinguirlos a simple vista. Pero, como dice Leticia, la clave está en el código de reglas individuales. Un dandi no se “viste de”. Un dandi se viste tal y como es.

– En ocasiones he escuchado que se relaciona a este individuo que se hace así mismo con cierta tendencia sexual. ¿ Existe algún tipo de relación directamente proporcional entre el dandismo y la homosexualidad?

Leticia: No necesariamente. Sí es cierto que el dandi estricto ha de mostrar cierta frialdad en las formas, no puede sucumbir a las pasiones ni mostrar debilidad. Es algo así como asexuado. A Brummell no se le conocieron romances, y si pensamos en Bowie, por ejemplo, pese a estar casado y que se haya hablado de su vida sexual, siempre nos parece a primera vista alguien carente de pasiones. En el entorno del fin de siglo francés sí predominaba el dandi homosexual. Pero estamos en una época en la que el dandi se construye de otra forma, ya no opone su contención a un sistema recargado y frívolo, sino al contrario. Se entregaba a la extravagancia y a la experimentación en un mundo en el que reinaban la uniformidad y la frialdad burguesas.

Carlos: La sexualidad, en principio, no tiene ninguna relación con el dandismo, salvo que se convierta en un elemento más del código del dandi. Es decir, sólo hay una sexualidad dandi si el dandi en cuestión la emplea para construir su individualidad y su personaje público. Hay dandis que muestran una sexualidad concreta del mismo modo que otros adoptan un corte de traje, una flor exótica, una forma de hablar o un hobbie excéntrico. Cuando los dandis de la belle époque no ocultan su ambigüedad sexual, lo hacen porque la emplean como una manera de cuestionar los valores morales de un determinado tipo de sociedad que veía mal esa clase de transgresiones. Era uno de los pocos tabúes que quedaban y, por lo tanto, era una herramienta excelente para subrayar su individualidad y su distancia respecto a la masa burguesa. Pero nada más. Otra cosa distinta es la ambigüedad como estética y como actitud, que sí ha sido muy cultivada por dandis de todo tipo, independientemente de sus gustos sexuales. Y otra cosa es la sexualidad de cada uno. No tengo muy claro que un dandi en la cama siga siendo un dandi.

Leticia: Claro, si no es un elemento de la construcción de la persona pública, de puertas para dentro, a saber…

– Cambiando el rumbo… Para qué negarlo, un libro se juzga por la portada. Y en ese salón con raigambre faltó un elemento importante en la ecuación de esta antología y apología del dandismo. Marina, ¿ En quién te inspiraste para hacer esas ilustraciones tan monas?

Marina: La mayor fuente de inspiración fueron los textos, cuya riqueza narrativa funcionó a la perfección como motor generador de imágenes.  Me sentí especialmente cómoda con el Larra dandi de Umbral (que es, por múltiples motivos, mi preferido). En un intento de emulación, intenté paliar a golpe de lapiceros y bonitismo el desasosiego del Agosto madrileño. Además, mis dandis emplean el afeitado con patilla como nexo narrativo porque las patillas son francamente importantes en mi existencia.

Si pregunta por influencias, últimamente me vuelve loca Adventure Time y soy fiel seguidora de El Mundo de Gumball, que cuenta con un elenco de dibujantes capaces de producir 500 expresiones faciales por minuto, y adoro todos los trabajos de John Kricfalusi y Bill Watterson. En cualquier caso, todo aquél que use rotuladores y lapiceros para el bien de la humanidad y el propio, merece todo mi respeto y atención, de Stephen Hillenburg a Moebius, pasando por Hugo Pratt.

– Pues digamos que usted señorita lo merece también.

Solo me queda agradecer esta increíble entrevista y hacer la recomendación pertinente más que merecida de esta obra. La cual ya se encuentra en grandes y pequeñas librerías. ( Ni que decir tiene que actualmente es el libro que ameniza mis noches ).

El próximo 18 de Octubre a las 19:30  tendrá lugar la presentación del mismo. En un lugar de lujo como es el Museo del Romanticismo de Madrid. Y por supuesto como dijo un dandi, en una de sus canciones: ” Ahí estaré “.

 

Corsarios de guante amarillo

Prologado por uno de los autores que más y mejor han abordado entre nosotros la figura del dandi, Luis Antonio de Villena, a quien debemos títulos tan sugestivos como -la expresión es de Balzac- Corsarios de guante amarillo (1983), Prodigiosos mirmidones -la imagen se debe a Baudelaire- reúne un puñado de aproximaciones al dandismo seleccionadas e introducidas por Leticia García y Carlos Primo, en un valioso volumen acompañado de divertidas ilustraciones de Marina Domínguez Garachana. La antología es excelente y la Apología que firman los compiladores, bastante recomendable, aunque tal vez fuercen más de la cuenta los argumentos para incluir a personajes actuales. Dicho con otras palabras, es arriesgado -ellos mismos lo reconocen- relacionar a Oscar Wilde con Porrina de Badajoz.

Estaría uno dispuesto a conceder que artistas maravillosos como David Bowie encarnan las aspiraciones del dandismo, pero le resulta bastante más difícil afirmar algo parecido de Michael Jackson o de Karl Lagerfeld, a los que también mencionan de pasada, dado que la distinción no equivale a mera extravagancia. Un chiste sobre el uso de la ropa deportiva -«Cuando pierdes el control sobre tu vida, te compras un chándal», dice el modisto- no basta para construir una teoría de la transgresión y, por otra parte, se hace imposible imaginar a Brummell emulando a Peter Pan o deambulando por el horror acartonado de Disneylandia.

Por lo que se refiere a la selección, el conjunto reúne textos o fragmentos canónicos de Disraeli (Vivian Grey), Balzac (Tratado de la vida elegante), Carlyle (La secta de los dandis), Baudelaire (El dandi), Huysmans (Al revés), Lorrain (El señor de Phocas) o Camus (La rebelión de los dandis), además de otros inéditos como el interesantísimo Del esnobismo de Robert de Montesquiou. Los autores de lengua castellana están representados por el cubano Julián del Casal (Ezequiel García) y los españoles Zamacois (El fantasma), Retana (El encanto fatal), Hoyos (La hora violeta) y Umbral (Larra: anatomía de un dandi), que no sólo reflexionó con lucidez a propósito de dandis y malditos sino que encarnó, hasta cierto punto, la figura.

 

Faulkner, un escritor con oficio

Lo apunta el traductor David Sánchez Usanos: si de algún autor norteamericano se ha llegado a una opinión unánime sobre su calidad e interés, ése es William Faulkner. Y además en todo el mundo, muy en particular en América Latina; por algo Onetti dijo: «Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo. Si él ya hizo todo. Es tan magnífico, tan perfecto…». Se trata sólo de un ejemplo que justifica el interés máximo que despertarán «todos los artículos de madurez, los discursos, reseñas de libros, introducciones a libros y cartas destinadas a su publicación», como indica su editor en el prólogo, James B. Meriwether. Es un Faulkner en la última parte de su trayectoria, ya convertido en una figura pública relevante, sobre todo tras la obtención del Nobel en 1950, cuyo discurso tiene un inicio inolvidable: «Siento que este premio no me ha sido concedido a mí como hombre, sino a mi trabajo, el trabajo de una vida en la agonía y el sudor del espíritu humano, no por la gloria ni mucho menos por el beneficio, sino para crear a partir de los materiales del espíritu humano algo que no existía antes». Es mediante las intervenciones de viva voz donde encontramos al Faulkner más pasional y comprometido con su profesión.

El río de la vida

Persiguió la perfección, sabiendo que se fracasa estrepitosamente pero que cabe insistir, debiendo «tener humildad respecto a su competencia para llegar allí, respecto a sus métodos, a su oficio y a su destreza en el oficio», como señaló en un homenaje a John Dos Passos. También su mentor Sherwood Anderson, Albert Camus y el Hemingway de «El viejo y el mar» se dan cita aquí, en ensayos donde surge el sueño americano, el Sur y, sobre todo, el río Misisipi, que le vio nacer, escribir y morir.

Sobre el autor

La obra de William Faulkner, nacido y muerto en localidades del Misisipi (1897-1962) es inmensa: veinte novelas, más de cien relatos, seis poemarios y varias adaptaciones teatrales, además de varios guiones de cine.

Ideal para…los que gustan de la literatura norteamericana en general y de la voz reflexiva de un gran autor ante su oficio.

Puntuación: 9

 

El prodigio de ser dandi

A priori, el título de la obra que nos traemos entre manos pueda quizás significar más bien poco o casi nada para el lector casual. Es la lectura de su apostilla la que marca la senda del camino por el que nos va guiar este cuidado y selecto recopilatorio de textos: Prodigiosos Mirmidones: antología y apología del dandismo (Capitán Swing) utiliza una oscura cita de Baudelaire para nombrarse y homenajearse, y es que ‘lo dandi’ atesora un halo de excentricidad cautivador abonado de gracia e ironía que gusta del rodeo, las sutilezas a bocajarro, la ocurrencia y ese wit inglés llevado a la irreverencia dentro de los salones del poder, que no es poco.

Esta antología, coordinada por Leticia García y Carlos Primo (que algunos conocerán bajo cierto pseudónimo en los deslenguados dominios de las redes sociales) tiene actitud académica e ilustrada aunque su lectura evita los rodeos, los tropiezos y las torpes injerencias de aburrida verborrea a pie de página que podrían esperarse de una obra de este corte. Prodigiosos Mirmidones es una obra trufada de citas imprescindibles firmadas por autoridades como Balzac, Baudelaire o Montesquiou, pasando por Virginia Woolf o Paco Umbral y poniendo fin con un grandioso colofón bajo el sello de Tom Wolfe y la radiografía que imprime del swinging London en su Underground de Mediodía. Quien espere encontrar una guía útil del perfecto dandi mejor que se dedique a empolvarse la nariz frente al espejo: la intención de la obra no es otra que dilucidar la compleja idiosincrasia, a menudo tildada de mera excentricidad o de esnobismo, de esa ‘secta’ de hombres que en palabras de Baudelaire, simbolizó “el último destello del heroísmo de las decadencias”.

La avanzadilla de este ejército de héroes no fue otro que Beau Brummell, “el gran vanidoso” según Jules Barbey d’Aurevilly, un ser de presencia arrolladora y revulsiva (a este respecto, Baudelaire afirma que el dandi “construye una originalidad contenida en los límites exteriores de las convenciones”, originalidad o acaso protesta y disención) que se procuraba sin tregua el don de la sorpresa y que “se burlaba de las reglas y sin embargo las seguía respetando”. En Brummell hallamos la semilla que a lo largo de la historia se ha reproducido en los dandis que han tomado su relevo (Oscar Wilde, lord Byron, el propio Larra según Umbral o los mods del relato de Wolfe) y aquellas características que reúnen en mayor o menor medida todos ellos como pacto tácito y santo y seña: “la brillantez en su vida, la soberanía sobre la opinión, la magnífica juventud que acrecienta la gloria, y este aspecto tan encantador y cruel que las mujeres maldicen al mismo tiempo que adoran”, en las palabras de d’Aurevilly.

Aunque la sucesión de hechos históricos, ideas y anécdotas que se hilvanan en Prodigiosos Mirmidones obligan a pensar en el dandi como una entidad más allá de la apariencia, algo filosófico y casi metafísico, no se puede obviar que una de las particularidades del dandi es el culto a la estética, a la apariencia y, en fin, a la moda. Quizá Carlyle tenga razón cuando afirma que el dandismo es la ciencia del “culto a uno mismo”, que el dandi “vive para vestirse”… ¿no son los usos de la vestimenta el elemento más claro de individualidad, de revolución y de la ruptura del orden y sin embargo y al tiempo, instrumento de creación del orden social y de clases? En cualquier caso, ya sean dandis ya sean los mods de la novela Wolfe, la moda les diferencia, les aísla y es la herramienta que les permite construir un universo a su medida. Sobre ésta y otras muchas ideas nos hablan generosamente los ejecutores de Prodigiosos Mirmidones, Carlos Primo y Leticia García, con la colaboración especial de la siempre incisiva experta en moda Inmaculada Urrea:

“Brummell poseía es familiaridad encantadora y excepcional que lo acaricia todo y que nada profana. Convivió de la misma forma con todos los poderes, con todas las superioridades de la época, y por su desenvoltura se elevó hasta su nivel” (Jules Barbey d’Aurevilly).

SM: ¿Cuánto de mera apariencia y cuánto de actitud hay en los prodigiosos mirmidones que presentáis en el libro?

LG: Espero que haya mucha más actitud que apariencia. En el dandi el parecer se convierte en el ser, es decir, no aparenta nada porque acaba por no haber nada detrás del personaje que se construye. Por eso nos resulta una figura tan fascinante, porque puede ser más o menos fácil construirse una máscara, pero acabar siendo todo tú tu propia máscara…

CP: Estoy de acuerdo, hay más actitud que apariencia. El aspecto externo de los dandis que mencionamos puede variar enormemente. Brummell, Wilde, Larra o Montesquiou no se parecen ni visten igual, pero sus motivaciones son similares, y es ahí donde nosotros ubicamos la esencia del dandismo.

SM: En el prólogo proponéis modelos de dandis modernos (Lagerfeld, Michael Jackson…), aunque el verdadero dandi se circunscribe a un período histórico determinado.

Dandis ha habido siempre, es una raza extinta o acaso está en peligro de extinción? ¿Después del dandi… qué hay?

LG: El dandi prototípico y el primero al que se le atribuye esta etiqueta es Brummell. Su leyenda dio lugar al movimiento de las Fashionable Novels, que ‘enseñaban’ a convertirse en dandi y a poder introducirse en los herméticos círculos aristocráticos. El dandi es un producto de la Regencia inglesa y probablemente dandi, en el sentido más estricto del término, sólo existió Brummell. Pero hay personajes posteriores e incluso anteriores (se habla de Alcibíades como un dandi, por ejemplo) que cumplen muchos de los requisitos para ser considerados dandis. El problema es que actualmente la moda se ha cargado los códigos férreos de vestimenta y es mucho más difícil epatar si no es cayendo en el mamarrachismo. No sé qué puede haber después del dandi, esperemos que siga habiendo personajes cercanos a él, si no fuese así, sería un síntoma de que ya ni siquiera podemos oponernos al entorno a golpe de originalidad.

CP: Una cosa es el dandi prototípico y primigenio, que efectivamente es Brummell, y otra cosa muy diferente son las derivaciones del dandismo en la sociedad contemporánea. Si nos hubiésemos restringido al dandi entendido en el sentido histórico, es posible que no hubiésemos pasado de la primera mitad del siglo XIX. De hecho, en esa categoría no entraría ninguno de los personajes del Decadentismo (Huysmans, Montesquiou, Lorrain o Wilde). Lo que nos interesa es la actitud del dandi, que es lo que no cambia, y lo que relaciona a todos estos personajes tan dispares. Claro que Lagerfeld y Michael Jackson no encajan de ningún modo en la estética decimonónica y contenida de Brummell, pero ciertas posiciones -la fidelidad a un código de comportamiento y vestimenta, la distancia respecto al público, la frialdad- los vinculan en el plano teórico. A eso vamos. Mientras persista esa actitud, habrá caso de dandismo, aunque sean aislados.

SM: ¿Cuál es la semilla de la obra? ¿Nace de un proyecto personal, un encargo editorial…?

LG: De ambos. Marina, Carlos y yo nos conocimos siendo compañeros de doctorado. Los tres, aunque venimos de carreras distintas, tuvimos una asignatura en Periodismo, Semiótica y Sociología de la Moda, en la que se hablaba del dandi. Nos fascinó el tema y a partir de ahí, por motivos distintos, seguimos investigando sobre el mismo. A nuestro editor (Capitán Swing) lo conocimos porque Marina y yo escribimos un texto sobre Mad Men en un libro sobre la serie que publicó. Llevábamos tiempo con la idea de hacer un libro sobre dandismo, se lo propusimos y le gustó la idea. Nos pusimos poco a poco manos a la obra, a investigar, a perfilar el proyecto y…esto fue lo que salió.

SM: Según vosotros, ¿es el dandi un outcaster en toda regla o sólo pretende epatar?

CP: No está reñido, ¿no? Un dandi es un outcaster, aunque con ciertas peculiaridades. Un dandi siempre permanece en la cuerda floja, es un transgresor que pone en solfa las convenciones sociales, pero al mismo tiempo no llega a romperlas del todo, porque entonces sería expulsado. Sin público, un dandi no es nadie, ya que es un provocador necesario para la continuidad del sistema. En ese sentido, su papel es ambivalente. No es radicalmente diferente al resto, porque correría el riesgo de quedarse fuera. La provocación es una de sus herramientas pero, si quiere perpetuarse, tiene que manejarla con una increíble cautela. De ahí la necesidad de un código.

SM: Cuando habláis de lo femenino y el dandismo, presentáis iconos como Dietrich o Patti Smith, mujeres que adaptan códigos masculinos y devienen ambigüedad. ¿El dandismo es territorio vedado para la mujer? ¿Puede el dandismo representarse en clave femenina al uso?

LG: No es un terreno vedado para la mujer, pero tampoco creemos que el dandismo en este caso consista meramente en apropiarse del vestuario masculino. El dandi acata un código de reglas que él mismo crea, tanto indumentarias como actitudinales. Tiene que ser radicalmente individual. Patti Smith, Dietrich y otras mujeres como Coco Chanel, creemos que son dandis en este sentido. Supieron construir un personaje que no se parece a ningún otro, apropiándose de la apariencia masculina en algunas ocasiones, y en otras  no. Muchas mujeres han fomentado la ambigüedad por cientos de motivos y no son dandis. Y si pensamos en lo que la moda llama ‘tendencia dandi’, o sea, el esmoquin femenino, el borsalino etc., siempre hay detrás un discurso que exalta la feminidad, la sensualidad y demás, así que poco tiene que ver con el dandismo. Vamos, que hay mujeres dandis en el mismo sentido en que hay hombres dandis, al margen de si su indumentaria es masculina o no.

SM: Desarrolláis una intensa difusión de vuestra obra y vida a través de las redes sociales y vuestro blog donde vertéis vuestro enciclopédico, sincero y descomedido saber sobre la moda… ¿qué tiene la moda que nos pone tan nerviosos?

LG: Sin meterme en diseñadores y editores, que al ritmo vertiginoso que va la industria en los últimos tiempos, debe resultarles muy difícil mantener la cordura, yo creo que, por un lado, están los quieren hacerse un hueco dentro del periodismo de moda y sienten que tienen que conocer e informar antes que nadie de cada pequeña noticia y de cada alfombra roja. Teniendo en cuenta que en la moda y en el mundo del faranduleo hay nuevas informaciones cada diez segundos, pues normal que se te crispen los nervios. Luego están los que tienen el síndrome de Carrie Bradshaw y necesitan vestirse constantemente a la última, contarlo y , además, adelantarse a sus competidores. La moda es un mundo muy competitivo y a la vez la forma en que se presenta públicamente lo convierte en algo muy atractivo para muchos, aunque en muy pocas ocasiones ésa sea la realidad. Y claro, eso muchas veces acaba en neurosis.

Por otro lado, es una industria potentísima y poderosísima. Y si es así es porque la moda importa, tiene una incidencia social increíble, nada ni nadie escapa a sus garras, aunque muchos la consideren algo frívolo y banal. A nosotros, que ni queremos ser musos de nada ni demonizarla, no nos tensa, nos divierte. Nos interesa la moda desde el punto de vista social y nos interesan los por qué y los cómo que hay detrás de las marcas y de las historias que nacen de ella. Visto con distancia, como meros observadores, nos parece un mundo fascinante.

CP: La moda es una especie de placa de petri donde se reproducen, a pequeña escala, las luces y las sombras de la sociedad actual. Se basa en la estética y el gusto, pero en el fondo es un engranaje económico perfecto capaz de generar deseos, aspiraciones, estados de ansiedad, contradicciones y hábitos de todo tipo. Pretende parecer superficial, pero no lo es en absoluto. El historiador marxista Eric Hobsbawm, que ha fallecido recientemente, afirmaba que los creadores de moda eran los únicos capaces de predecir el futuro. Por supuesto, se refiere a la capacidad de ver la evolución de las tendencias y al instinto para lo nuevo, pero hay algo más. La moda termina reflejando todos los fenómenos sociales, psicológicos y políticos de la sociedad en la que se inserta. Es una versión exaltada e histriónica de la comedia humana. Y, en mi caso, es un pretexto estupendo para desencadenar la escritura. Balzac escribió que “se adivina el espíritu de un hombre por su modo de llevar el bastón”, así que nosotros escribimos y, dentro de nuestras modestas posibilidades, teorizamos sin parecerlo. Esa es la moda que nos interesa. Por eso resulta fundamental también el papel de las ilustradoras que forman parte del proyecto, porque tienen un talento increíble a la hora de reflejar plásticamente una serie de ideas sin tener que recurrir a la fotografía.

LG: Son lo más. Les dices sobre qué quieres escribir y enseguida saben cómo ilustrarlo. Hay algunos dibus con los que me haría posters, camisetas…

– SOVIET Magazine / Inmaculada Urrea: ¿Vuestro buen criterio fashionpédico proviene, precisamente, de no dedicaros profesionalmente a la moda?

LG: Supongo que nos acercamos a la moda por la vía académica y haciendo los dos cosas relacionadas con las Humanidades. Nos empezó a gustar después de descubrir que autores que nos encantan se habían ocupado ella y de ver que es un mundo con mucha más enjundia de lo que parece en un primer momento. En mi caso, que vengo de la Filosofía y he acabado haciendo la tesis sobre moda, me he acostumbrado a tener que argumentarlo todo, a comparar metodologías, buscar fuentes que me respalden…y al final acabas viéndolo todo así, escribiendo posts larguísimos y sobre temas poco actuales pero que a nosotros nos parecen fundamentales. No sé si es buen criterio, en realidad nuestro blog se parece mucho a nuestra forma de trabajar en moda sólo que mucho más relajada e irónica (eso sí, lo de la ironía nos encanta).

CP: Personalmente, ejerzo la posición que más me interesa en el mundo de la moda: la de observador. Me encanta escribir sobre lo que veo, y también ser profesor, porque me permite quedarme con la parte que más me interesa y ahorrarme el resto. Soy consciente de que es mirar los toros desde la barrera, pero tampoco esto me perturba excesivamente. Llegué a la moda a través de la crítica literaria y artística, y, como dice Leticia, trato de aplicar la misma metodología a colecciones, diseños y fenómenos del mundo fashion. Sin más. Escribimos porque nos divierte, y porque la moda es un pretexto estupendo para desarrollar distintas formas de escritura y de creación.

– SM/IU: ¿Dedicarse al fashioneo genera impedimentos intelectuales?

CP: la industria de la moda es muy amplia y hay muchos tipos de fashioneos, pero es cierto que parte de ellos no implican un desarrollo extraordinario de cuestiones intelectuales. Es normal. Por otro lado, lo que sí sucede es que, si estás muy metido en ello, a veces se pierde la perspectiva y la capacidad de autocrítica. La parte intelectual de una marca es pequeña si la comparamos con la magnitud de la industria, pero es esencial que funcione correctamente. Hay marcas enormes que, por no sentarse a pensar en un concepto, se convierten en castillos de naipes edificados sobre la nada. Y claro, sopla el aire y todo se va al traste. La moda no genera impedimentos intelectuales, pero el fashioneo entendido como brillo, celebridad, belleza y dinero sí genera una cierta pereza del pensamiento. Hay una frase de Julio Llamazares que me encanta. Dice que «la endogamia y la tribu, en la poesía como en la vida, producen solamente sangre dulce, perros de raza y niños tontos». En la moda sucede lo mismo. Hay que ver mundo y cuestionarse las cosas para entenderlas. Gusto tenemos todos, pero hace falta algo más para darle consistencia a lo que uno hace. Sacar los pies del tiesto y leer autores nuevos es un ejercicio muy sano.

LG: para mí no genera impedimentos intelectuales, sino todo lo contrario. Estoy súper de acuerdo con que dice Carlos, la endogamia, en cualquier ámbito, genera impedimentos intelectuales. Y la moda ya sabemos que es un mundo muy endogámico. Pero a la vez es un tema de reflexión interesantísimo. Se podría decir mucho del momento social en el que vivimos a partir de cómo funciona y se recibe la moda en él. Analizar las propuestas, por qué vuelve lo que vuelve, por qué funciona una tendencia y no otra, es una buena forma de empezar a tomarle el pulso al presente. Y ahondar en la otra cara, en la del consumidor y el observador, ver por qué funcionan las marcas que funcionan, etc., dice mucho del tipo de idiosincrasia que está funcionando. A primera vista parece algo muy inmediato y muy frívolo, pero no lo es para nada. Vamos, que yo he aprendido mucho con la moda. Me parece un objeto de estudio y de reflexión súper rico. Depende del modo de lidiar con ella y del punto de vista que adoptes, supongo.

SM: ¿Qué tenéis a la vista después de Prodigiosos Mirmidones?

LG: Encontrar trabajo (como la mayoría, supongo), dar clase, acabar la tesis, …y tenemos un par de ideas que queremos desarrollar en un libro/ensayo sobre moda. Ojalá. A ver qué pasa.

CP: Seguir trabajando, escribiendo, investigando y dando clase. Y desarrollar ideas que ya tenemos, y otras que ya tendremos.

 

 

Faulkner, William

Considerado uno de los más grandes autores del siglo XX y uno de los padres de la novela contemporánea

Ensayos y discursos

Una recopilación esencial de la brillante obra no narrativa de Faulkner, puesta al día y con abundante material nuevo. Pero sobre todo una singular mirada a la vida del maestro estadounidense.

Una vida llena de agujeros

Lo vernáculo tiene la notable característica de retornar periódicamente con fuerzas fundantes en la historia del arte. Lo exótico, así como el encuentro del lenguaje coloquial, han sido ejes de investigación literaria, de búsqueda de códigos que permitan una más profunda comprensión de nuestro ser en el mundo. En lo nativo, espacio que se aleja al sobre maquillaje de las sociedades industrializadas e hípercomunicadas, creemos poder descubrir o estar más cerca de una supuesta unidad perdida, de algo originario, y con ello entender los movimientos lógicos, la trama que articula la naturaleza y nuestra existencia. La narración oral, la historia contada, relatada, es el núcleo arcaico de transmisión literaria, en ella se mantiene el tiempo de la experiencia, el pulso de una humanidad, y esto hoy es cada vez más difícil de encontrar y representar. Una vida llena de agujeros nos invita a ello.

Paul Bowles (Nueva York 1910 – Tánger 1999), luego de viajar por Europa y Latinoamérica, se instaló en los años 40 en Tánger donde enfocó su trabajo artístico investigando la creación musical y literaria de la zona del Magreb, norte de África, lugar donde se pone el sol para el mundo árabe. En Tánger escribe su más conocida novela, El cielo protector, donde, al modo de Conrad en El corazón de las tinieblas, o Celine en su Viaje al fin de la noche, o del Aguirre y Fitzcarraldo de Herzog, sus protagonistas se adentran en lo más profundo de la naturaleza y lo salvaje -sea el desierto o la selva-, perdiéndose las dimensiones de lo racional, lo permitido y lo posible.

En los años 50, con una beca de la fundación Rockefeller, recorre los pueblos del Magreb grabando su música tradicional y a contadores de historias, entre ellos destaca Larbi Layachi, quien era asiduo a la casa de Bowles y que, sorprendido por el oficio de novelista como constructor de historias, le ofrece al escritor narrar las suyas para que este las transcriba y publique. Bowles, impresionado por la elocuencia de este analfabeto marroquí, transcribe y casi sin intervenir traduce al inglés sus relatos. Éstos serán publicados en 1964 bajo el seudónimo de Driss ben Hamed Charhadi (A life full of holles, Grove Press) y hoy los encontramos traducidos al español por Javiel Tlayero para el sello editorial Capitán Swing.

Como bien nos dice Walter Benjamin en El Narrador (Iluminaciones IV, Ed. Taurus), es característico de los narradores una orientación hacia lo práctico y en ello radica su sabiduría. Esto lo encontramos notablemente en este libro. Ahmed, el protagonista, nos relata sus desventuras desde sus 8 años. Huérfano de padre, mal querido por su padrastro, emigran de Tetuán a Tánger donde se pierde al salir a caminar. Al ser encontrado por la policía dice que es de Tetuán, donde lo llevan, y al no existir quien lo acoja queda en un hogar para niños abandonados. Volverá caminando a Tánger, intentarán violarlo, su padrastro hará imposible que conviva con su madre y empieza su errar de escenarios y oficios: pastor, peón,  ayudante de panadero, cuidador de un café, sirviente de una pareja de nazarenos gays, traficante y ladrón sin suerte. Conoce las putas y las cárceles. Bordea la muerte en más de una ocasión. Cada capítulo es una aventura donde la injusticia, la pobreza, los abusos no alcanzan a dar un tono moral al relato ya que Layachi – Ahmed relata sin interpretaciones psicológicas, inflexiones o altibajos. El continuo del relato se mantiene en el placer de estar siendo, de estar sucediendo, ajeno tal vez a la reflexividad o elipsis de la novela contemporánea.

Destaca también la particular concepción del tiempo y del destino, propia tal vez de las culturas orientales o de los pueblos de religiosidad profunda, donde nada parece urgente y no existe accidente porque todo sucede por voluntad de Dios -Alá para nuestro héroe- . Esto aparece en el relato con una fina claridad. Pasajes del capítulo El Pastor:

“La vida del pastor es buena vida, me dijo.

Buena o no buena, ya soy pastor, le dije yo”.

“¿Te quedaste dormido?

Bueno, me dormí un poco.

¿Por qué? Te tengo dicho que no duermas nunca. ¿Quién te dijo que te durmieras?

No sabía que me iba a dormir hasta que me desperté”.

“Estábamos allí sentados. Él me miraba y yo lo miraba. Esperaba a que él dijera algo, pero ya no dijo nada más. Y yo no quería hablar solo”

Benjamin nos habla que el arte de la narración está tocando a su fin, que la facultad de intercambiar experiencias nos está siendo retirada. Hoy predomina la información, lo verificable y explicable pero queda poco para lo memorable. Precisamente el no explicar entrega las condiciones para la sorpresa y la reflexión, siendo esto una de las gracias a celebrar en Una vida llena de agujeros. El lector, sin buscar el sentido último del texto, presta voz al protagonista y reinstala la experiencia de Ahmed – Layachi para un goce que se transmite en el tiempo.

Sebastián Astorga A.

 

Sobre ‘Getting up’

1.

El 2 de diciembre de 1977, en el apartadero de trenes de Coney Island, Lee, Mono, Doc y Slave pintaron un tren entero, compuesto por diez vagones. Era un hito. No tanto por ser los primeros (en realidad fueron los segundos en pintar un tren entero) sino por el impacto de la pieza. Diez vagones, de arriba abajo, de un lado al otro, destacando sobre todo la composición central: un Papá Noel felicitando la navidad. Y junto él, en el resto de vagones, varios símbolos populares como Micky Mouse y otros elementos por el estilo.  Así lo recuerda Lee: “Este tren fue lo mejor que hemos hecho nunca; bueno, y lo mejor que se haya hecho nunca en esa línea, en la línea 4. Estoy seguro de que la gente que lo vio no puso la televisión esa noche al volver a casa. Hablaron del tren que habían visto”.

2.

Getting up. Hacerse ver. El grafiti metropolitano en Nueva York, de Craig Castleman, arranca con esta historia. La recreación por parte de Lee, uno de los miembros de los Fab Five, de cómo llevaron a cabo la peripecia de pintar un tren entero. Getting up fue publicado originalmente en 1982, siendo traducido al español a mediados de los ochenta. Aparece reeditado a los treinta años de su aparición sin perder un ápice de su fuerza histórica, más aún, reaparece con todo el peso de ser ya un clásico, una pieza central para todo aquel que quiera asomarse —con eso vale— al periodo en el que el grafiti toma el mando visual de las calles de Nueva York y, por extensión, de todas las grandes capitales mundiales. Sin embargo, si para empezar nos referimos a su sentido elemental lo que hallamos en Getting up es un documento, pero un documento que es a su vez la apertura de una posibilidad más amplia de reflexión. He ahí lo fascinante de este trabajo. No se trata de juicios de valor, no trata Castleman de elaborar teorías socio-políticas (que hubiera sido lo más sencillo), pero tampoco nos lleva al árido (y poco fructífero para un territorio como éste) documento estadístico, ni deriva hacia cuestiones de clase social, sino que trata de recoger datos, de exponerlos ordenadamente pero bajo el aspecto de una narración entre histórica y policíaca. No es una crónica, ni se trata de periodismo gonzo, ni de un informe a secas. Es todo eso, pero también es algo más (o algo menos). He ahí lo positivo (y lo negativo) del libro. Más positivo que negativo. De hecho, mucho más. Lo coyuntural del libro, permite, en una lectura entrelíneas, la posibilidad de ampliar sus lecturas, y ver en este libro la huella original de una mutación más global en lo referente al aspecto de las ciudades. Castleman, aconsejado por Margaret Mead a lo hora de emprender este estudio, se dedica a recopilar información, hablar con policías, con grafiteros, con políticos, seguir por la prensa los problemas que causa el grafiti en el marco político, etc.

3.

Podrían extraerse muchas lecturas de este libro, precisamente por su carácter descriptivo. En este caso, destacaremos sólo algunas de ellas. El arranque novelesco, con los Fab Five como protagonistas, permite visualizar tanto el ámbito social en el que se va a mover el libro como las intenciones de intervención/transformación propias de los grafiteros. O, mejor, podrían relacionarse. Buena parte de los grafiteros son portorriqueños, o más ampliamente, de origen latino. Otros son negros. Unos del Bronx. Otros de Brooklyn. Una de las cuestiones, precisamente, que relaciona el aspecto social y de transformación urbana que late tras el desarrollo del grafiti es la necesidad de ese hacerse ver tanto por parte de los individuos como de las comunidades. Pero quedarnos en este simple territorio social sería hacer trampa. El grafiti, desde su origen, parece esconder no una necesidad de expresarse (algo que parece demasiado cursi —lo es—) sino la necesidad de ver con otros ojos y desde otra perspectiva el continuo dinamismo de la ciudad. Entre los muchos datos que recoge Castleman no deja de sorprender cómo estos escritores tienden a ver la ciudad como un lugar destinado al movimiento y que este movimiento necesita a su vez de transformaciones visuales. Así, como Baudelaires o Constatin Guys portorriqueños estos artistas se sitúan en las estaciones de tren (o en las calles) y divisan durante horas el paisaje que frente a ellos se desarrolla, observando al mismo tiempo las posibilidad de hacer de ello un territorio más atractivo en su variación constante. “Muchos escritores —escribe Castleman— pasan también mucho tiempo sentados en las estaciones del metro mirando y comentando las piezas pintadas en los trenes que pasan”. Lee, uno de los escritores más conocidos, añade: “Todos los escritores estaban allí porque en las primeras horas de la mañana pasan más trenes”. La idea de permanecer en medio del flujo urbano del metro para ver el movimiento de los vagones parece alimentar a muchos de los primeros escritores.

4.

He dicho “grafiteros”, pero esa no deja de sar una palabra inadecuada. La palabra correcta es escritor. Sí. A sí mismos se denominan escritores. La escritura en su sentido más fuerte, como el hecho de dejar una huella.  Dice Castleman: “cuando ellos hablan de sí mismos, utilizan la palabra “escritores””. La escritura como imagen, entendida ésta como huella. Pero escritura desprendida. Pero ¿quién fue el primero? No hay dudas: Taki 183. Él fue el primero. desde finales de los sesenta se dedicó a escribir su nombre por toda la ciudad. ¿Por qué? Los resultados de una investigación realizada por el New York Times en 1971 revelaban que “Taki era un joven parado de diecisiete años que aquel verano no tenía nada mejor que hacer que andar pintando su nombre allí por donde pasaba”. En una especie de compulsión gráfica, Taki 183 reconoce, tiempo después, que no puede dejar de escribir allí donde va. Es más, añade: “no podría retirarme nunca… además… esto no hace daño a nadie. Yo trabajo, pago mis impuestos. ¿Por qué tienen que meterse con las más inofensivos? ¿Por qué no se enfrentan con las compañías de publicidad que llenan el metro de pegatinas en las épocas de elecciones?”

5.

Otro de los momentos importantes del libro es igualmente el proceso por el cual Castleman disecciona tanto el concepto de escritura como de escritor.  La escritura tiene la forma de una huella, de un indicio, de un hacerse ver. Pero ese hacerse ver en la escritura implica un doble movimiento: la cantidad y la calidad. Visibilidad en aumento y estilo en la composición. El estilo es importante, pero como señala Tracy 168, “el estilo no significa nada si tu nombre no aparece con frecuencia. ¿Cómo va a conocer la gente tu estilo si no ve piezas tuyas?”.  Esto genera debates en el mundo —tremendamente jerárquico— del grafiti. Parece, sin embargo, que la cantidad de veces que tu nombre aparece en el metro o en cualquier otro lado es más importante que la calidad de la escritura. De esta forma surgen lo que se denomina “throw-ups”, es decir, “potas”. El escritor que más veces escribe su nombre en una línea recibe el título de “rey de la línea”. Esto ha hecho que las “potas”, es decir, escritura chapucera y sin estilo, llena de churretones y sucia, pase de ser censurada a ser incluso alabada. De todos modos, no puede olvidarse que la fama (cuestión central para los escritores) se alcanza quizá —o eso parece— por el camino del equilibrio, como parece buscar el mencionado Lee, de los Fab Five. De Lee, P-Body dice lo siguiente: “Su estilo es el mejor de la ciudad. Además es un tío que se hace ver cantidad”. Escribe Castleman: “Los pintores especializados en vagones enteros, como Lee o Blade, calificaban abiertamente la “pota” de “montón de basura” y empezaron a lamentarse de que la popularidad que estana alcanzando suponía la muerte del grafiti”

 

6.

Escritores, estilo, cantidad, fama… Castleman lo tiene claro.  A pesar de su pulcro descriptivismo parece que en ocasiones hace decir a sus interlocutores lo que él está deseando que digan. Es así cuando uno de ellos describe cómo todos esos elementos (desde el mismo concepto de escritor hasta el de “pota”) forman parte de una realidad lingüística y social propia. Wicked Gary, un escritor de Brooklyn, dice lo siguiente: “Era un sistema de comunicación e interacción totalmente diferente de aquellos que estábamos acostumbrados a manejar en la vida normal, como la lengua, el dinero u otras cosas por el estilo. Teníamos nuestras propias palabras, nuestra propia tecnología, nuestra propia terminología. Las palabras que utilizábamos significaban cosas que nadie salvo nosotros podía identificar. […] Todo ello era algo exclusivamente nuestro”.  El sentido de comunidad socio-lingüística se hace evidente a lo largo del libro. Bama, junto a Lee, uno de los grandes nombres del libro, lo describe así: “Era divertido… lo más hermoso de todo. No sé, estás allí sentado pintando de madrugada con cuatro tíos más y miras a un lado y al otro y los ves trabajando en una sola meta: hacer que este tren sea más bonito. Hay tanta paz en todo esto. Te inunda ese sentimiento de creatividad, esas vibraciones que emanan de todo lo está sucediendo allí. […] Cuando estás pintando te sientes más cerca de los otros, tienes que confiar en el que está a tu lado, porque cuando tú no estás vigilando, confías en que lo esté haciendo él”.  Castleman lo describe así: “En los primeros días de la historia del grafiti en el metro neoyorquino, cuando los escritores hacían una expedición a las cocheras llevaban lo necesario: unos cuanto sprays y rotuladores. Hoy suelen llevar comida, bebida, hierba, radios, guantes, ropa para cambiarse y, en el caso de que se trate de una pieza grande, maletas o bolsas llenas de pintura”

7.

Robar es importante. Mangar sprays y rotuladores forma parte del rito de los escritores. Castleman describe algunas de las muchas técnicas. Nunca comprar. Y si lo hacen nunca reconocerlo.

8.

Junto al tema de la comunidad, de la convivencia, Wicked Gary se refería a unas palabras propias, a una tecnología propia así como a un terminología propia. Castleman recoge detalladamente todo ello. Tags, potas, piezas (de arriba abajo, de punta a punta), etc. Phase II inventó la llamada  “letra pompa”, así como Pistol I la denominada “letra 3-D”. Es importante saber quién y cómo inventó algo. Es una comunidad, como señala Castleman, donde la fama es importante, donde el novato (denominado “toyaco”) es menospreciado, y donde el hacerse un nombre es clave. Uno de esos nombres es Super Kool. Todos los escritores parecen deberle algo. En 1972 creó la primera pieza maestra. Así la denominaba el resto de escritores. Entre otras muchas cosas Super Kool desarrolló uno de los grandes avances tecnológicos, clave para el desarrollo del grafiti. “Super Kool —escribe Castleman— había descubierto que cambiando la válvula normal del spray por otra más gruesa del tipo de las de los sprays  de espuma o almidón, podía cubrir de pintura superficies más grandes, dándoles además un aspecto aterciopelado, y ello con una sola pasada”. Bama llega a decir que “Super Kool es el padre de todos los escritores del Bronx”, y sobre todo de aquellos que, como Jeff Kool, y otros, tomaron su apellido.  El mismo Bama recuerda cómo Super Kool lograba que sus piezas apareciesen, aunque fugazmente, en películas: “Super Kool aparecía en El exorcista. ¿Te acuerdas del metro que entra en la estación cuando el cura iba a visitar a su madre? ¡Qué estupendo era Super Kool!”.

9.

Los setenta es el década del hacerse ver. En el arte, parece evidente. Es la década en la que el feminismo introduce el debate de la visibilidad en los espacios del arte contemporáneo. Es una década de protestas y de visibilidades. Estos escritores no pretenden menos. Se trata de hacerse ver en todos los sentidos posibles de la expresión. Desde la teoría del arte uno de los aspectos más destacables —aunque el autor con su fantástico temple no entre en ello— es el de los límites del trabajo de estos escritores. De los límites, me refiero, entre arte y no-arte. De la línea de tensión que se crea entre la acción (o el happening según indica Castleman), el deseo, la intención y la recepción del trabajo de estos escritores. ¿Es posible generar un espacio de disrupción para estos escritores dentro del mundo del arte de los setenta? No queda claro del todo el marco artístico desde el cual estudiar el fenómeno del escritor de grafiti. A pesar de ello, a lo largo del libro no se aclara. Ni mucho menos existe esa intención en Castleman (afortunadamente). Ahora bien, en las diversas declaraciones de los escritores (y adyacentes) podemos leer la constante búsqueda de un lugar para el conflicto.  El arte —como institución impermeable— aparece ahí, frente a ellos, como territorio para compararse y abastecerse, para despreciar y aprovechar su mercado.  Los mismos escritores son los primeros en establecer metáforas: el vagón de metro como un cuadro en movimiento, el metro como una exposición en tránsito.  El mencionado Lee, tras pintar su primer tren entero afirmaba lo siguiente a Castleman: “Fue maravilloso. Parecía una exposición. Había un montón de gente mirándolo y, cuando el tren arrancó, sacamos la cabeza entre los vagones y dijimos: “¡Fabulous Five!”. Había allí escritores y dijeron: “Miradlos. Ahí van””.  En un momento dado Castleman lanza el tema: “Suele ser bastante frecuente que los escritores sean aficionados al arte. Muchos de ellos, a fuerza de dibujar en sus “cuadernos negros”, desarrollan técnicas de dibujo de lo más depuradas y confiesan que les gustaría abrirse camino como dibujantes […]. La mayoría de los escritores muestra un gran interés por todo lo relacionado con las técnicas de la ilustración gráfica, la fotografía, la caligrafía, la impresión y la pintura. La historia del arte también suele atraerles, y hay algunos escritores que cuando quieren crear nuevos diseños para sus “piezas” buscan la inspiración en los libros y los museos. En el caso de Lee y Fred, esta atracción dio lugar a un profundo sentimiento de identificación con ciertos artistas del pasado”.  Es esta tensión abierta entre el acto de escritura como ejercicio o acción urbana y la posibilidad de su institucionalización o su mercantilización algo que en parte ocupaba a los escritores en los primeros setenta. Y es eso lo que, en cierta medida, está detrás del surgimiento de las dos grandes asociaciones de escritores: United Graffiti Artists (UGA) y el Nation of Graffiti Artist (NOGA). Por resumir, fijémonos en el UGA. En este caso Hugo Martínez, un licenciado en sociología en el City Collage de Manhattan, figurará como propulsor de iniciativas tendentes a pasar el graffiti al lienzo y del vagón a la sala de exposiciones. A pesar de ello, los propios escritores consideran este tránsito como gratificante, aunque en ocasiones excesivo. Bama lo cuenta así: “Fue estupendo. Intentaban enseñarnos arte, nuestra herencia cultural, pero lo hacían de una manera tan cursi que aquello era más de lo que podíamos soportar”. En cualquier caso, añade el mismo Bama, tras las exposiciones “nos tranquilizamos y empezamos a considerarnos artistas de verdad”.  Castleman habla de su caso en concreto: “Aunque muchos escritores hablan sobre la posibilidad de seguir una carrera relacionada con el arte, en realidad son pocos los que llegan a acudir a las escuelas de arte, y menos todavía los que logran ganarse la vida como artistas. Un ejemplo notables es Bama, que siguió estudios en el Pratt Institute de Nueva York y hoy es un dibujante de dibujos animados en una compañía especializada en anuncios de televisión”. No es fácil cerrar este tema. Y a día de hoy, incluso, la institución arte —sea lo que sea— tampoco parece tenerlo claro.

 

10.

Es Getting up, aunque pueda no parecerlo, un libro con muchas lecturas e implicaciones bien diferentes. Con todo han de quedar necesariamente  muchas cuestiones en el aire, que quizá en otra ocasión puedan desarrollarse y que no son menos importantes. Por ejemplo, la relación de los escritores con la política, o mejor dicho la obsesión de los políticos de Nueva York por erradicar la “enfermedad del graffiti”. Esa obsesión por erradicar el graffiti conllevará un gasto excesivo para las arcas públicas, cuantificable en millones de dólares. Tampoco hemos hablado de las declaraciones de dos de los policías de la brigada antigrafiti que a fuerza de detener a los jóvenes acabaron por contraer con ellos una extraña y delirante sensación de dependencia. Así como otros temas, tratados y documentados de forma ejemplar por Castleman, como por ejemplo el tema de las bandas de escritores y sus relación (o no) con las bandas más violentas tanto del Bronx como de Brooklyn. En definitiva, un libro o un documento cuyo desarrollo permite al lector introducirse en un momento histórico y social clave para la transformación de la ciudad contemporánea. Es este libro un documento (y un acta) de esa mutación.

Alberto Santamaría

La soledad del editor de fondo

Una conversación con tres editores solitarios

Donatella Ianuzzi, Gallo Nero Ediciones

Daniel Moreno, Capitán Swing Editores

Francisco Navas, Ediciones Doctor Domaverso

JRZ: Empecemos por hablar de los proyectos editoriales, cómo funciona cada uno y  si  realmente trabajáis solos.

Francisco Navas: En principio sí, de momento no se ha apuntado nadie, así que me toca a mí todo el peso. Mi día a día es revisar pruebas, ir dejando notitas por ciertos puntos dónde están tus libros, hablar con la prensa…

JRZ: ¿Cómo se te ocurrió montar una editorial sin tener una infraestructura?

FN: Pues la cosa empezó a funcionar muy bien, todo empieza a ir de maravilla. Contacté con los gerentes de los derechos de Ducharme para publicar El valle de los avasallados, que es el libro que me dió en el olfato: un libro que tú quieres leer en castellano y no está en castellano  y dices, esto tiene que haber mucha gente que lo quiera leer y así ha sido, es el primer libro que saqué, en 2009, el que mejor ha funcionado y el que según los libreros tendría que ir por la séptima edición.

Yo en principio no tenía ni distribuidor, empecé a contactar con las librerías y las librerías aceptaron, sobre todo La Central. Es por ellos que empezaron a venir más libreros. Todo fue ir haciendo amistades pero siempre vas con el contrato pisándote los pies ¿no? Al principio distribuía yo, pero ha medida que voy creciendo empiezo a necesitar uno. Hablo con amigos editores, gente que me anima, como Constantino Bértolo.

JRZ: Daniel, en tu caso, por lo menos por el lado de tu hermano [Diego Moreno, editor de Nórdica] que también trabaja en en mundo editorial, entiendo que había ya unas condiciones previas que te podrían haber llevado a crear un proyecto personal.

Daniel Moreno: Sí, en parte me ayudó a montarlo. Aunque de maneras diferentes, veníamos un poco del mundo del libro, por nuestra nuestra familia. Él mismo había sido librero. Es mayor que yo, con lo cual había accedido a este mundo antes, pero más o menos las inquietudes estéticas eran comunes.

JRZ: ¿Y qué te decide a dar el salto al proyecto personal?

DM: En mi caso lo de estar solo ha sido más bien fruto del destino, porque la editorial empezó como una  editorial universitaria, intentamos montarla en la universidad, con más gente y, bueno, eso no dio resultado y al final en el proceso acabé yo solo porque la gente implicada se echó para atrás cuando había que poner pasta para hacerlo funcionar de manera autónoma. Yo decidí seguir para adelante. Eso fue en 2009.

JRZ: Donatella ¿Cuándo cuándo surge la idea de Gallo Nero?

Donatella Ianuzzi: Gallo Nero tiene dos años y sí, es una editorial solitaria, aunque creo que eso es relativo porque todos trabajamos con mucha gente. La soledad se da en las decisiones, creo que es la parte más agobiante del proyecto, porque las decisiones implican también los cálculos económicos, de los que nadie habla, la rentabilidad del proyecto y todo eso lo llevas tú. Los colaboradores participan y pueden aportar ideas, ideas pero la decisión final es mía.

JRZ: Tú eres italiana, ¿cuánto tiempo llevas aquí y cómo empezaste en el mundo editorial?

DI: Llevo aquí más de diez años. Trabajé un poco en Gadir y luego en otra editorial llevando prensa un par de años, algo del mundo editorial sí conocía. Pero me decidí a crear el sello porque me gusta hacer libros, me gusta escogerlos, me gusta leerlos y bueno, ya en el proceso final, pasaré a distribuirlos un día. [Risas]

JRZ: ¿Cómo financiáis vuestros proyectos?

FN: Yo invertí parte de mis ahorros y ahí va, en la cuerda floja. Aunque tenía una red, que era mi trabajo, había conseguido media jornada y con eso pensaba mantenerme… Luego me quedé sin la red y ya me metí de lleno en esto.

JRZ: ¿Y puedes vivir de la editorial?

F.N. No, ahora mismo no. Se piensa que haciendo catálogo y haciendo fondo podrás malvivir.

JRZ: ¿Y en tu caso, Donatella?

DI: Un préstamo. Un préstamo a fondo perdido. [Risas]. No, un préstamo personal.  Yo ahora mismo estoy feliz si se puede autofinanciar, es decir que, de momento, aparte de la inversión inicial, pues sigo ahí. Algún mes cae algo. La idea es que crezca, aunque bueno los tiempos no están para eso.

DM: En mi caso es una mezcla de un préstamo bancario y de ahorros que tenía, de una herencia de mi abuela. Empecé así, luego tuve que pedir otro préstamo, eso fue justo antes de que los bancos dejaran de prestar, era en 2009.  De momento yo sí vivo de la editorial. O sea, mi estilo de vida es muy sencillo, me da para pagarme las lentejas y la casa.Y el préstamo, poco a poco.

JRZ: Ese grado de responsabilidad, de que todo dependa de uno mismo, puede llegar a ser muy estresante. ¿Cómo se controla ese estrés? ¿Se siente mucha presión al llevar así un proyecto en solitario?

DM: No. Los primeros dos años fueron un poco estresantes porque ahí sí que lo hacía todo: maquetaba, diseñaba, hacía un montón de cosas y llegó un momento en que era insostenible por mi salud, no solo mental, sino también física. Fueron dos años casi, muy duros, los necesarios para que la editorial fuese sostenible. Lo bueno es que yo podía hacerlo, hay gente que no sabe maquetar, hay gente que no sabe diseñar pero yo había estudiado esas cosas, sabía hacerlas, al menos para salir del paso haciéndolas. Me levanataba a las siete y me acostaba a las tres de la mañana, hacía de todo, maquetar, leer, no sé, mil cosas. Iba a ver a la prensa personalemente, dome de aquí para allá. Todo lo que se hace normalmente en una editorial pero a pequeña escala. Hasta que ví que no podía más y decidí bajar un poquito más mi nómina y redistribuirla para contratar colaboradores externos. Ahora le pago a un maquetador, aunque los diseños los hago yo con un compañero. Las traducciones y la corrección también se externalizan y el resto de las cosas pues las sigo haciendo yo. Tengo un chico que me lleva Facebook. [Risas.]

JRZ: Donatella ¿alguna vez te enfrentaste a una situción como la que afrontó Dani al principio?

DI: Yo tengo externalizadas la maquetación, la corrección y por supuesto traducción. La corrección porque en mi caso el castellano no es mi lengua materna y no me atrevía a corregir. Y la maquetación porque no tenía mucha idea. Lo demás sí que lo hago yo todo, los contactos con la prensa, con el distribuidor, las cuentas, los números. Digamos que desde que lancé la editorial mi cantidad de trabajo ha ido aumentando, pero eso es bueno, quiere decir que la editorial ha crecido. Hay  más trabajo de prensa, cuanto más te conocen más trabajo de prensa tienes que hacer. Y todo el rato es hacer paquetitos. Yo hago los paquetes y los llevo a correos, a veces con el carrito de la compra, ¡cuidado! [Risas.] Yo cada vez tengo más mails. El mail es una cosa de la que no se habla mucho, pero a mí me lleva mucho tiempo,solo contestarlos.

DM: Es verdad que uno se quita trabajo, pero siempre hay cosas que hacer. Con el tema de la prensa al principio te agobias mucho porque piensas que si no llegas al día o si no contestas el mail te vas a hundir. Después te das cuenta de que tampoco pasa nada si el libro en lugar de salir cuando tú pensabas sale una semana más tarde. No se va a caer el mundo. Si a El País no le contestas al día siguiente tampoco se va a acabar el mundo porque es un pesado, que te mete mucha prisa y luego te saca tres años después. La experiencia en ese sentido hace que ese tipo de agobios se vaya.

JRZ: ¿Cuántas horas al día le dedicas al trabajo de la editorial?

DI: ¡Bua! Es mejor no contarlas, yo creo que eso me deprimiría bastante. No son solo las horas de despacho, estoy cien por cien con esto. Lo bueno es que casi no me doy cuenta y yo creo que es bueno, porque es algo que me gusta, no sé, no es como estar de pie haciendo algo que no te gusta. Estas pensando todo el rato, mi concentración, mi atención y mi pensamiento diario está en la editorial.

FN: Yo debo trabajar unas trece horas en promedio. No sé, no he hecho el cálculo porque es el día a día. Un día son 13  y otro día son 11.  Externalizo la traducción, la corrección y en mi caso también la contabilidad. El tema de maquetación y diseño los llevo yo.

JRZ: Otro aspecto que interesa cuando hablamos de editoriales como las vuestras es el aspecto de la línea editorial.  Porque hay que tener una seguridad en el propio criterio o tener muy claro lo que uno quiere comunicar para crear un sello. Habladnos de vuestra línea editorial.

FN: Yo desde Domaverso abro un abanico de cuatro colecciones: El inglés de ultramar, El francés de ultramar y El portugués de ultramar; con el castellano una colección que se llama Mestizaje porque es en el castellano mestizo en lo que quiero hacer incapié. Ahora hemos spublicado a un manchego que se nutre de términos colombianos y es un autor muy experimental. Me gusta la experimentación, no me gusta quedarme en el estándar del entretenimiento, contra eso lucho porque sino no hubiera creado la editorial. Me gusta mucho el ludismo con el lenguaje, también se ve  en la colección francófona, con Ducharme, o en inglés con Toby Olson cuyo Seaview tiene una estructura que yo no había visto jamás.

DI: Gallo Nero es fundamentalmente una editorial literaria, así que tampoco tengo ningún límite, me he centrado mucho en el siglo XX, más o menos, me he metido mucho en literatura francesa, ahora he acoplado algún estadounidense. Me gusta un poco esa época así, conflictiva, políticamente interesante. Cuando empiezas con la editorial y piensas en los libros por lo general no tienes muy presente el mercado, y según vas avanzando empiezas a tomarlo en cuenta. Es decir, seguimos siendo independientes pero dependemos de nuestra cuenta, de resultados, y eso también hay que tenerlo en cuenta. A lo mejor hay libros que me encantan y que me doy cuenta, ahora, de que ya no tienen cabida en la editorial. Es decir que uno no publica todo lo que le gustaría leer, sino que publica lo que ahora se podría acoplar a las colecciones. Yo por ejemplo, tengo una colección pequeñita con cosas gráficas. Es la colección más pequeñita que tengo en número de títulos porque la verdad es que la novela gráfica está siendo atracada por muchos editores literarios con lo cual la lucha para pujar y para comprar derechos está siendo complicada.

DM: Capitan Swing es un poco un cajón de sastre, porque… alguna vez lo he hablado con Donatella, porque uno tiene una idea cuando monta una editorial, pero una vez que la ha montado se da cuenta de que no siempre publicas lo que quierea sino que publica lo que puedes. La gente que me conoce sí ve cierta coherencia tanto en los ensayos como en la narrativa que saco porque siempre tienen un punto crítico que a mí me apetecía sacar. Me interesa un tipo de lectura arriesgada, que fuera poco predecible, intentar que ese fuera un poco el aspecto de distinción. El reto es diferenciarse un poco de tantas editoriales y en narrativa es la hostia porque todo el mundo saca cosas buenas encima. Yo creo que en mis libros hay un aspecto político central en ciertos textos que la gente no quiere sacar, porque no hay una comunidad extensa de lectores. Si sabes que si sacas un libro vas a vender 1000 o 1500 ejemplares como muchísimo, pues a las editoriales eso les tira para atrás porque es ponerse un límite, pero a mí eso me parece bien porque estás satisfaciendo una demanda que existe… cuantitivamente baja, pero existe, y que en un futuro, con textos políticos o culturales puede ir variando.

JRZ: ¿Qué tirada tienen normalmente vuestros libros?

DM: 1500, 2000 ejemplares.

DI: Igual.

FN: Pues, yo he variado, depende de lo que me ofrezca el libro o lo que vea yo de demanda en el libro. Por el momento creo que mi fallo como editor es la prensa, tengo que trabajar todavía mucho más en prensa. Para mí es difícil porque tienen poco espacio, mucho trabajo y están siempre con los minutos contados, tú llegas como nuevo, con la voz apocada, no quieres molestar… Si te abren, entras, con unos tienes mucha suerte y con otros cuesta más.

DI: Yo creo que hay muchísimo apoyo a las editoriales pequeñas. Abres el Babelia, por ejemplo, o cualquier suplemento cultural nacional y lo ves. Ahora sí, ese apoyo no viene de ellos lo han creado otros pequeños editores antes que yo, que han presionado a la prensa. Son años de editoriales independientes que han hecho una labor con prensa que antes otros grupos grandes no hacían: una voz personalizada, envío constante de libros, de mandarles algo, de hacer que adviertan tu presencia, que ellos sepan siempre en todo momento lo que tú estas haciendo. Esto creo que lo han trabajado muchos editores independientes antes que nosotros. Yo creo que nos dan bastante espacio, el tema es que ahora mismo salir en un suplemento impreso cultural nacional no implica nada de venta, con lo cual pues se sale y está bien para tu imagen pero eso no se traduce en ventas.  Por otro lado, los blogueros y las revistas digitales, que tienen muchísima más difusión, nos siguen mucho a los pequeños. Pero es una labor que hacemos nosotros, también, ¿eh?, al periodista hay que darle ya todo hecho. Yo creo que una editorial grande no estaba dispuesta a hacer esto ni está dispuesta a hacerlo. Que la prensa la haga un editor en lugar de una persona que viene de publicidad o de comunicación hay muchísima diferencia, cómo puede hablar un editor de un libro no va a hacerlo un encargado de prensa, esto es normal, es tu libro.

DM: Bueno…, ¿los medios en general? Hay que matizar qué medios. Yo creo que el espacio de Internet, el espacio bloguero, es básicamente para las editoriales independientes porque las editoriales grandes han pasado de los blogs totalmente…

DI: Hasta ahora, ahora mismo también les mandan ejemplares…

DM: Ahora mismo, las grandes, incluso las medianas ya no mandan libros, no mandan libros ni a prensa ni a blogs ni a nada. Es una actitud como que si me quieres reseñar pues te lo compras y a ellos les ha funcionado, pero otros no podemos darnos  el lujo de hacer este tipo de historias. El periódico más receptivo es el ABC sin lugar a duda, y es el suplemento más extenso. El País se intenta adaptar en su justa medida, porque yo creo que aún tienen ciertos compromisos que todavía les cuesta romper y El Mundo es el que menos, ahí sí que es una jaula de hierro donde la casta es la casta y es muy difícil entrar… Pero Donatella tiene razón en cuanto al posible prejuicio que tenemos los editores que estamos empezando con respecto a la prensa y al poco caso que nos puedan hacer, es una falacia. La gente de los medios por lo general son gente muy simpática y muy maja que te atiende. Además, está prácticamente probado que, si vas a verles, en algún momento te van a sacar, casi por compromiso trivial “ha venido a verme hasta el metro de Suanzes pues…”

DI: También es verdad que no todos los libros se adaptan a la prensa, es decir, que el editor también tiene que aceptar que de su catálogo no todos los libros puedan ser noticia. La prensa siempre busca algo, como ya no existe la crítica literaria sino la crítica de la noticia, si tu libro no conlleva algo de noticia que tenga que ver con la actualidad o algo, una efeméride o lo que sea que funcione en prensa… Yo creo que en otros tiempos era más fácil que se hiciera crítica literaria de una novela que no tuviera nada que ver con la actualidad.

JRZ: Bueno, perspectivas de supervivencia y de futuro. ¿En tu caso, Paco, cómo es, en medio de esta crisis incluso de ahora, ¿eres optmista con respecto a lo que le espera a Domaverso?

FN: Me voy haciendo a la realidad, era más optimista antes. Ya sé que no puedo ser veinte y de momento no se ha apuntado nadie y sigo siendo uno. El panorama se presenta difícil pero voy a seguir luchando, me aconsejan que no tire la toalla y que siga para adelante que se están sacando buenas cosas y que darán fruto en algún momento.

DI: A mí me gustaría sacar algo más de libros, aunque ahora mismo quizá no pueda.

Publico unos doce libros, garantizo la salida mensual a librerías. Aveces me gustaría hacer más pero, bueno, no es solo por una cuestión económica sino porque yo me doy cuenta de que a veces no llego ni con uno, por una cuestión de tiempo. Osea, si eso va a perjudicar la calidad de mi libro no voy a hacerlo y lo haría solo en el caso de que tuviera a alguien ayudándome, eso sí me gustaría. En cuanto a las perspectivas, estamos todos con los editores pero la verdad es que luego hay que hacer cuentas con los lectores que van fallando. Realmente lo que yo he descubierto es que hay poco lector y cada vez hay menos. No me preocupa tanto la entrada de lo digital, o sea se habla todo el tiempo de lo digital, pero si no hay lectores no va a haber ni para digital ni para papel. Hay que volver a la gente,  animar a la gente a que lea. Yo no sé esto cómo se hace. Tampoco creo que tengan que hacerlo las editoriales o no solo las editoriales. Estamos abandonados en esto, a nadie parece preocuparle la falta de lectores o por lo menos la educación a la lectura y eso sí ahora mismo es más preocupante que el formato del libro

DM: Yo publico entre 8 y 9 libros al año y a mí lo que me gustaría es decrecer, pero la lógica del mercado editorial no va por ahí.

JRZ: Hace un momento dijiste “a veces uno no publica lo que quiere sino que publica lo que puede”. Eso me parece curioso viniendo de una editorial independiente en la que  sólo tú decides lo que se publica…

DM: No, me refería a que puedes querer publicar un libro y que ese libro lo haya publicado el de enfrente, ¡hay tantas editoriales que publicar lo que uno quiere cada vez se convierte en algo más difícil!

DI: La compra de derechos para nosotros es mucho más complicada.

DM: Es horrible, horrible.

JRZ: Pero ¿habéis tenido algún conflicto con otras editoriales?

DI: No son conflictos, esto es la ley del mercado. Llega un momento en el que tú no puedes dar más y tienes que renunciar y aunque el libro te encantaba. Eso duele mucho. Pero bueno, es así, es ley del mercado, tampoco es culpa de la otra editorial y hay que aceptarlo. Ellas tienen su tamaño y tú tienes tu tamaño.

DM: Es que uno tienen que estar contento con el libro que ha publicado y no pensar en el libro que podría haber publicado. Las grandes editoriales han copado gran parte, gran parte del segmento cultural y hay una parte residual que es en la que todos nos movemos y como pececillos pequeños, estamos ahí un poco picoteando de lo que deja Alfaguara, de lo que deja Tusquets…

DI: Estamos pescando en un charco…

DM: Con lo cual estamos abocados, aunque no siempre, a la obra menor, al panfleto, porque las obras mayores son imposibles para nosotros.

FN: Yo donde picoteo. No me he encontrado con el no, ni con otra persona que puje por lo que yo quiero. Mi idea inicial era publicar 11 libros al año y no lo he llegado a hacer. Es lo que decía antes , he comprobado que no puedo ser veinte y quiero hacer las cosas bien. Me gusta hacer las cosas bien y que lleguen bien.

Jaime Rodríguez Z.

El dandi verdadero

En uno de los ensayos de Prodigiosos mirmidones, antología y apología del dandismo, Francisco Umbral comenta que Larra se europeizó al máximo porque España no quería hacerlo en lo más mínimo. No es que Capitán Swing sea el único sello que comparte el pensamiento del gran periodista del Ochocientos, pero su labor en pos de recuperar textos de la gran tradición occidental puede considerarse como una de las grandes noticias del panorama literario nacional en los últimos tiempos, porque más allá de la tendencia la joven editorial madrileña apuesta por obras que nunca serán flor de un día.

En este sentido, también es encomiable la labor de coordinación de Leticia García y Carlos Primo, que han hilvanado un estupendo volumen sobre el dandismo y su constante evolución desde aquel momento impreciso en que la otrora Pérfida Albión acuñó el término que nos concierne. Dice Luis Antonio de Villena que surgió durante el romanticismo inglés, cuando el aburrimiento era soberano y algunos osados jovenzuelos con algo de dinero y mucho desparpajo optaron por escandalizar al personal con un toque de clase que destacaba por el traje y se consolidaba a base de actitud y una moderna religiosidad, ética y estética. El más notorio de estos irreverentes ejemplares fue el legendario Beau Brummel, quien abrió la veda con su vestimenta y un comportamiento que, pese al desdén para con los demás, le convertía en el mayor reclamo social en fiestas y eventos.

Brummel pervivió como el pionero paradigmático, y así se plasma en el libro, donde  comprobamos como su fama se extendió más allá de Londres. Balzac, Barbey d’Aurevilly y Virginia Woolf se centran en su figura, que extendió sus redes hasta crear un arquetipo que nunca podía ser imitado en su fracasada y sublime perfección. El buen dandi, como los mirmidones, debe cultivar su terreno pedregoso hasta sacar petróleo de la adversidad, vencerla e imponer una individualidad que asombre a propios y a extraños, y desde esta perspectiva la modernidad se configuró en inigualable escaparate que nos transporta al París de Haussman, con Baudelaire erigido en prima donna del movimiento.

El buen dandi, como los mirmidones, debe cultivar

su terreno pedregoso hasta sacar petróleo de la adversidad, vencerla

e imponer una individualidad que asombre a propios y a extraños

Miles son las anécdotas del poeta, un profeta de lo que vendría desde el instante en que dejó caer su laurel en el barro de los Campos Elíseos y prosiguió su camino hacia la puerta del burdel. Rico heredero, dilapidó su fortuna y reinventó el dandismo con estrépito. Salió con una mulata coja, se tiñó el pelo de verde y se arrojó el lujo de llevar la contraria al establishment con opiniones que a la postre se revelarían como ciertas y precursoras de lo que vendría. Su figura marca un antes y un después. Chateubriand podía hablar de elegancias americanas, como si lo europeo fuera una pieza más del conjunto, pero se equivocaba en su apreciación: El autor de Las flores del mal plantó su pica en Flandes y catapultó la estridencia de la rebeldía hasta convertirla en un arte.

El dandi debe inspirar respeto y desagrado, su puesto es el de la inmensísima minoría, y la democratización de la moda afectó su estatus, sobre todo a partir del siglo XX. Antes su impronta era la del ser excepcional, un rara avis que cosechó éxito en el Hexágono y traspasó fronteras como consecuencia de las prioridades de su tiempo. Da la sensación que muchos de los fragmentos seleccionados se inspiran en el legado baudeleriano, desde Julián del Casal y Álvaro Retana hasta la progresión, dentro de un mismo estilo galo, que suponen Montesquiou y Lorrain, outsiders que proseguían la senda del asombro mientras advertían el peligro de la burda imitación producto del Novecientos y su cultura de masas, fenómeno con el que hoy se excitarían negativamente en la orgía de lo vintage que suprime en la mayoría de casos cualquier atisbo de originalidad.

Da la sensación que muchos de los fragmentos seleccionados

se inspiran en el legado baudeleriano, desde Julián del Casal y Álvaro Retana

hasta la progresión, dentro de un mismo estilo galo, que suponen Montesquiou

y Lorrain, outsiders que proseguían la senda del asombro

Si fuera puntilloso criticaría, dentro de la línea cronológica asumida por los antólogos, la ausencia de Jean Cocteau, factor que obvio porque tras la apoteosis de los fundadores llega el turno para la reflexión con Camus, Umbral y la traca final de Tom Wolfe. El filósofo nacido en Argelia apunta reflexiones de sumo interés, sobre todo cuando en una nota al pie cita a Malraux, quien dice que ya no hay poetas malditos. El autor de La peste matiza la afirmación y comenta que hay menos: los que no lo son tienen mala conciencia.

Volvamos a nuestra era. Si esos dos monstruos de las letras universales vieran el circo de hoy en día cortarían cabezas con saña por la banalidad en la que ha derivado el exhibicionismo que aspira a ser único cuando, en realidad, sólo consigue agrandar el espectro del rebaño, siempre más monolítico y patético por la presunción de singularidad. Las fotos de las redes sociales de bardos posmodernos y aspirantes a ídolos pop de la literatura les producirían urticaria, porque el dandi puede ser fachada sí, pero ante todo debe tener un contenido interno que le distinga de los demás mortales, algo que en la actualidad ocurre de uvas a peras, porque prima la pose sin chicha y la gente descuida demasiado lo de ser uno mismo, aplicando mal el toque de máscara que no deja de ser un añadido para potenciar ciertos efectos.

Si esos dos monstruos de las letras universales vieran el circo

de hoy en día cortarían cabezas con saña por la banalidad

en la que ha derivado el exhibicionismo que aspira a ser único

cuando, en realidad, sólo consigue agrandar el espectro del rebaño

Hacia esas latitudes se dirige el artículo de Tom Wolfe que cierra el volumen, centrado en los proletarios del swinging London que prefieren gastar en ropa para lucir en los nuevos templos que son los clubes. La bonanza del período permitió que cualquiera albergara el anhelo de postularse como icono, aunque sólo la gente con verdadera charme pudo trascender desde su modesto origen hasta el estrellato, que ya había perdido su encanto pretérito desde el ángulo que nos atañe.

En definitiva, si quieren saber más lean Prodigiosos mirmidones, saquen sus conclusiones y aprendan la esencia de nobles vocablos sin pervertirlos.

Para ser un dandi literario

Hay ocasiones –pocas- en las que la vida y el arte encuentran efímeros espacios de convivencia donde pululan personajes capaces de erigirse en héroes numantinos sin quitarse la máscara. Se llaman dandis y traspasan límites temporales y geográficos haciendo de su rebeldía disonante enseña anti etiquetas. Prodigiosos mirmidones (Capitán Swing, 2012) disecciona desde la literatura esta figura tomando la definición que Baudelaire usó en 1863 para denominar a los integrantes de una curiosa secta que se extendía poco a poco en la alta sociedad parisiense.

«Estos seres no tienen otro problema que el de cultivar la idea de lo bello en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar», escribiría Baudelaire. «La más absoluta simplicidad es el mejor modo de distinguirse». Leticia García y Carlos Primo, coordinadores de este manual del perfecto dandi –aunque su intención nunca ha estado más lejos de armar un decálogo-, han sacado de textos de Honoré de Balzac, Thomas Carlyle, Virginia Woolf, Albert Camus y Francisco Umbral, la excusa perfecta para hacer apología de una efigie ¿en extinción?

«El espíritu de un hombre se adivina por su forma de llevar el bastón. Las distinciones se envilecen, o mueren, al hacerse comunes», argumenta Balzac en el Tratado de la vida elegante que se incluye en Prodigiosos mirmidones. La apariencia es esencia en los dandis, hasta que la atraviesa la masa. “El síntoma definitivo que augura la desaparición de esta figura es, curiosamente, la incorporación del término al lenguaje general”, aseguran los autores.

¿La moda mató al dandi, como dijo Barthes? «Es el estilo de vida lo que los hace únicos, no el dinero, el poder, la posición, el talento o la inteligencia», apunta Tom Wolfe en Underground de mediodía. Su descripción del prototipo que salió de la subcultura británica -«muchachos y muchachas con atuendos sexy, chavales con pantalones de taleguilla, minifaldas, medias de malla, sostenes de media copa, montes de venus a medida, modelos de Cardin, escotes hasta el ombligo, zapatos Victoria, pliegues invertidos, maxi-pelos, maxi-ojos,…»- contrasta con el clásico modelo que glosó Virginia Woolf en Beau Brummell: «Beau de quien había emanado lo gracioso y lo exquisito, hubo de ser empujado hacia la tumba como cualquier viejo mal vestido, mal educado y molesto».

Entonces, ¿quedan dandis? Decidan ustedes con el siguiente recorrido por las características moleculares de estos personajes.

El dandi es:

El último resplandor de heroísmo en decadencia, escribió Baudelaire.

Un relumbrón rebelde de lo singular. Una forma de protesta, bella aunque chocante. No quiere gustar, sino disgustar o sorprender o epatar. Resultar distinto.

Una elegancia distinta. Usa la elegancia y al mismo tiempo la rompe. Esmera su vestuario, pero no solo admite, sino que precisa de disonancias. Corsarios de guante amarillo, que diría Balzac.

No es solo ropa y adorno, sino ideología. Manera de vivir, de estar a la contra. Imagen pensante.

El diablo con apariencia de hermoso adolescente, naturalmente melancólico.

El cruce inextricable con el esplín, el hastío y la añoranza.

Aquel al que el público general no le interesa: buscan el aplauso (que tomarán de manera diferente) de la minoría –a la que buscan escandalizar- y el desdén de la mayoría garrula –su enemigo mortal-.

No quiere pertenecer a ninguna clase social –a la alta tampoco-, aspira a ser un desclasado, lo que le permitirá más libremente lucir su extraña rebeldía, que en ocasiones hasta parece ir contra la vida misma porque aún es más dandi la mera ambigüedad.

Es inevitablemente un perdedor.

La frialdad y la contención.

La teatralidad. Escapar de la decepcionante realidad, estetizando la cotidianidad y convirtiendo la vida en una cuidada autopercepción.

El dandismo es una distinción más metafísica que social, Barthes.

Cultiva el detalle y la anécdota en detrimento de los grandes valores. Se aferra a un mundo perdido a través de pequeños gestos y detalles efímeros. Esta fugacidad lo convierte en un nuevo estoico.

Un aristócrata individual.

Fiel a sí mismo.

Se le atribuyen todos los pecados, las perversidades y todos los desvíos imaginables, incluidos los sexuales.

 

Ah Puch está aquí

William S. Burroughs ha pasado a la historia de la literatura gracias a su facilidad para escribir textos experimentales y ser uno de los principales exponentes de la Generación Beat. Junto a otros autores (Jack Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsgerg, etc.), en los Estados Unidos de los años 50 se creó una corriente literaria caracterizada por escapar de los valores tradicionales americanos, dejarse influir por los estados artificiales a los que les transportaba el consumo de drogas, creer en la libertad sexual del ser humano y dejarse influenciar por las religiones de otras culturas.

Los libros más conocidos de Burroughs  son “Yonqui”, “Marica” o “El almuerzo desnudo”. Capitán Swing ha traído ahora al español “Ah Puch está aquí”, y es una rareza que los amantes de la Generación Beat acogerán con mucho placer. Por un lado, no se trata de un texto convencional, sino que son tres relatos independientes concebidos para publicarse en un formato a medias entre la novela gráfica y el cómic. Para ello, Burroughs contaba con la participación de Malcolm McNeill, que se encargaría de las ilustraciones. Sin embargo, ninguna editorial quiso apostar por una obra tan novedosa para su época.

El primero de los relatos, “Ah Puch está aquí” (“Ah Pook is here”) llegó a ser publicado en 1969 por la revista Cyclops, la primera revista de cómic underground británica. Incluía los dibujos originales de Malcolm McNeill y aún conservaba su título original, “The Unspeakable Mr. Hart”. Pero la tira sólo duró cuatro números. Este texto está inspirado en los códices mayas y en él ya encontramos la prosa surrealista y retorcida que caracteriza también a los otros textos, llenos de giros inesperados y sentencias oníricas y muy visuales.

En “La revolución electrónica” (“Electronic revolution”), Burroughs  fantasea con la posibilidad de conseguir una forma de manipular el lenguaje para conseguir efectos inmediatos en la población que reciba los mensajes. Los medios son tratados como difusores de ideas-virus creados para la acción (o la inacción), y el método del cut-up, característico de su literatura, trasladado a las grabaciones magnéticas y a las emisiones por radio y televisión. Es casi imposible leerlo sin establecer una relación directa con “Watchmen”: un dato curioso es que la forma en que Burroughs enfocaba en estos textos la manipulación y el control de las masas a través de la imagen y los medios de comunicación influyeron de forma decisiva en la obra de Alan Moore, quien intentó llevar a cabo en “Watchmen” estas mismas ideas. Según Alan Moore, Burroughs podría haber hecho auténticas virguerías si se hubiese centrado en el cómic como medio para llevar a cabo toda su obra literaria.

Este libro es una apuesta fuerte en el mercado editorial y debemos agradecer a Capitán Swing la edición, que aparece al margen de las publicaciones súper ventas veraniegas.

Mar López

 

La formación de la clase obrera en Inglaterra

Publicado en 1963, La formación de la clase obrera en Inglaterra es probablemente la obra de historia social inglesa mas imaginativa de posguerra. Sin duda se trata de uno de los libros de historia más influyentes del siglo XX, y está dotado de una extraordinaria calidad histórica y literaria

Thompson, E.P.

El historiador e intelectual británico influyó decisivamente en el pensamiento marxista británico,

Prodigiosos mirmidones

¿A qué llamamos “dandismo”? Durante casi dos siglos, este concepto ha sido aplicado a una heterogénea estirpe de individuos excéntricos, refinados y, en cierto modo, raros. Por supuesto, la estoica sobriedad de George Brummell es muy distinta del refinamiento

Una historia rusa

“No es la historia rusa, es simplemente una historia rusa”. Así describe John Steinbeck el libro del viaje que hiciera a la antigua Unión Soviética con el fotógrafo Robert Capa en 1948. Steinbeck ya tenía el Pulitzer –aunque le faltaban doce años para ganar el Nobel– y era uno de los más emblemáticos escritores de Estados Unidos (hablamos del autor que concibió piezas como “De ratones y hombres”, “Las viñas de la ira” o “Al este del paraíso”). Capa, por su parte, era un fotógrafo ilustre que ya había retratado la Guerra Civil española (donde tomó algunas de las fotografías más conocidas del siglo XX) y acababa de fundar la agencia Magnum junto a Cartier-Bresson.

Sin embargo, en 1948 tanto el escritor como el fotógrafo estaban en un momento creativo algo bajo. Así que un día, “en el bar del Hotel Bedford en la calle 40 Este”, y bajo los efectos de una Suissesse (o dos, o tres) decidieron unirse en la aventura soviética y compartir reportaje –escrito y visual– para el New York Herald Tribune. El “Diario de Rusia”, que así se llama el libro que acaba de publicar Capitán Swing en español, reúne al completo los textos de Steinbeck (y algunas fotos de Capa).

Hay que decir que tanto el novelista como el fotógrafo se encontraban algo deprimidos con el periodismo: “no tanto por las noticias como por su manejo”. Cansados ambos de los expertos en teletipos y acostumbrados ambos a pisar el campo minado de los acontecimientos. Así que, a esas alturas, les importaba poco lo que todos manejaban: la maldad o la grandeza de Stalin o las decisiones del Soviet Supremo. Querían reportar, de primera mano, cómo eran los individuos soviéticos. “¿Cómo se viste la gente allí? ¿Qué sirven para cenar? ¿Hacen fiestas? ¿Qué comida hay? ¿Cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿De qué hablan?¿Bailan, cantan y juegan? ¿Van los niños al colegio?

Y así se lanzaron a aquella aventura, persuadidos de “que debe de haber una vida privada de la gente rusa, sobre la cual no podemos leer porque nadie ha escrito sobre ella y nadie la ha fotografiado”.

No puede decirse que fueran ellos los primeros occidentales intrigados por desentrañar la verdad de Moscú –John Reed o George Orwell ya habían dado a conocer sus experiencias- pero tanto Steinbeck como Capa, en su “Diario de Rusia”, pueden considerarse pioneros de ese género que alguna vez he llamado “Eastern”, y que han compartido varios artistas, escritores e intelectuales occidentales intrigados por lo que pasaba en aquellos países “enemigos”, ocultos tras el Telón de Acero. En el caso de la URSS, su aventura se asemeja a la del dibujante Saul Steinberg, y anuncia la de personajes tan disímiles como los Beatles o Mohamed Ali.

Steinbeck y Capa se lanzan, pues, sobre la vida cotidiana de la Unión Soviética. Una tarea poco promisoria, si recordamos que en 1948 estamos en pleno estalinismo, el Gulag vive su apogeo y el control burocrático es tan absurdo como asfixiante. Así que el retrato humano que se proponen escribir y fotografiar no va a tocar –aunque se lo hubieran propuesto no lo hubieran conseguido- los puntos más críticos de la represión estalinista. Lo curioso es que, pese al celoso control de las autoridades, “Diario de Rusia” consigue entregarnos (unas veces explícitamente, otras por alusión) un reportaje de los usos y costumbres de los soviéticos y una buena traducción de esa vida a los occidentales.

Así las cosas, nos encontramos con georgianos, ucranianos y rusos, con fiestas y discusiones, con las inquietudes de esos hombres y mujeres sobre la vida en Occidente o la pregunta de los escritores acerca del futuro de la literatura norteamericana después de Hemingway o Faulkner. Por mediación de este libro, sabemos de las penurias de la postguerra en Moscú o de los ardides de las muchachas para vestirse medianamente bien. De cómo los hombres iban de uniforme porque no tenían otra ropa mejor o de lo que bebían y comían. De una manera secundaria, el libro funciona asimismo como una pieza para emprender el puzle completo de la personalidad de Robert Capa.

Al final, fotógrafo y novelista saben que su relato “no satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera, dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso”.

En cualquier caso, la búsqueda de los seres humanos bajo los regímenes que sufren y apoyan, encarnan y temen a partes iguales, no deja de ser siempre el intento de conquistar ese territorio que no pertenece a los bandos consabidos, carne de los “teletipos” y de la vida en blanco y negro para los que siempre, como buenos sartreanos a fin de cuentas, el infierno son los otros.

“Diario de Rusia” recoge la textura de un mundo en el que, por debajo de un georgiano con un mostacho, la gente tenía familia, amaba y construía un futuro incomprensible en Occidente que se vino abajo en Berlín, exactamente el 9 de noviembre de 1989.

Iván de la Nuez

 

El mundo en un spray

Yo soy. Yo existo. Yo estuve aquí. Ésos son los tres sentidos que reúne todo grafiti. Al menos los que se escribieron durante la década de 1970 en Nueva York: taqueos, potas, piezas tan enormes como un vagón entero o apuestas arriesgadas que llegaron a hacerse realidad, como por ejemplo la pintada de todo un tren. Lo importante, en cualquier caso, ha sido siempre lo mismo: hacerse ver, establecer una marca que condense el acto de ser, de estar, de existir en cada trazo.

Así lo explica Craig Castleman en «Getting Up», un libro de culto que se publicó en Estados Unidos en 1982, cuando el fenómeno del grafiti llevaba más de una década revoloteando por el metro de Nueva York. Ahora el libro acaba de ser reeditado por Capitán Swing, con una introducción del especialista Fernando Figueroa.

Fuera de la ley

«Quien busque una guía para introducirse en los misterios del grafiti, sin duda habrá acertado. Pero habrá de ser consciente de que se encuentra frente a un documento histórico, el relato de una época a cargo de un cronista de su tiempo», señala con acierto Figueroa sobre «Getting Up», cuya traducción de 1987 se llamó «Los grafiti». En ese entonces, hacía tiempo que en Madrid un joven del barrio de Campamento, que firmaba como Muelle, se había dado a conocer y había puesto en marcha, junto a muchos otros, una expresión de cultura popular que enseguida se hizo sui generis. Pero la edición española, explica Figueroa, coincidió también con otro hecho: en el ámbito académico habían empezado a cobrar fuerza algunas posiciones rupturistas, como la de Roman Gubern, que se aproximaron con estusiasmo y sin prejuicios a la cultura de masas.

Los protagonistas de «Getting Up» son los escritores (así se hacen llamar) que en esa época llenaron de color y de letras casi todo el Bronx, Brooklyn y Manhattan, perseguidos por la Policía porque pintar los trenes, en casi todas las ciudades del mundo, es un delito. Son estos «artistas fuera de la ley», entonces, los que cuentan la historia de ellos mismos, una sociedad secreta que se maneja según sus propios códigos, sus propias leyes y estilos.

Los escritores también explican que al principio querían que el grafiti fuera entendido por cualquiera. Pero inmediatamente se hicieron una comunidad que se reconocía con una simple mirada, que se intercambian sus dibujos en libretas si se cruzan en el metro y que tienen como fecha de su gran gesta el 4 de julio. Ese día, pero del año 1976, pintaron un tren entero. Se tituló, en homenaje al bicentenario de la independencia, nada menos que el «El tren de la Libertad».

La conclusión de Castleman sobre el arte del grafiti no admite dudas. Es un fenómeno generado por la misma sociedad que lo condena y conforme a una pauta que no deja de repetirse: a más ciudad, más grafiti; si la ciudad cambia, el grafiti se transforma; en una sociedad compleja, el grafiti se complica; allí donde esté la civilización.  Más allá de que a lo largo de las últimas décadas se generó una discusión sobre la existencia de un grafiti europeo y otro americano, lo cierto es que el grafiti admite solamente siete formatos básicos, repartidos entre taqueos (escritura rápida, a menudo hecha con un trazo único y ágil), potas (letras gruesas, pintadas en un solo color), piezas (de arriba abajo o de punta a punta) y la pintada de vagones o trenes enteros.  Pero no se trata solamente de eso. También hay que hacerse ver, explican los escritores, como si en la década de 1970 ya presagiaran el futuro del comercio moderno: la importancia de tener un nombre, una marca, un estilo y decir: «Yo soy, yo existo, yo estoy aquí».

Diego Gándara

 

Getting Up

En la década de 1970, el grafiti invadió el metro de Nueva York. Fue tal la presencia que adquirió que numerosos funcionarios públicos declararon la guerra a los grafiteros (o, como se llaman a sí mismos, escritores), logrando que este fenómeno se convirtiera en un asunto político y que los medios de comunicación le dedicaran cada vez más atención. Se convirtió, de hecho, en un tema tan importante, que en 1982 Craig Castleman decidió publicar Getting Up, una obra en la que analizaba esta nueva forma de arte callejero, para unos, y otra manera de vandalismo, para otros.

Una de las virtudes de Getting Up es que nos lleva al origen de este movimiento, algo desconocido para la mayoría de nosotros. Nos explica cómo, dónde y cuándo surgió, quiénes fueron los primeros escritores (en general, adolescentes no mayores de dieciséis años pertenecientes a todo tipo de clase social) y nos introduce en la jerga (así, nos enteramos de qué es una pompa, una pieza, un taqueo, un vagón (o un tren) entero, qué significa “pisar” y “mangar” o quiénes son los toyacos) y las normas del mundo del grafiti.

Así mismo, mediante las entrevistas realizadas a los escritores más conocidos de la época, descubrimos cómo se las arreglaban para pintar en los trenes, burlar a los vigilantes o moverse por toda la ciudad sin ser molestados por las bandas juveniles que reinaban en ella.

Pero Castleman no sólo muestra el mundo de los escritores, sino que (y esto, en mi opinión, es un gran acierto) también nos enseña qué opinan las autoridades y la compañía ferroviaria sobre estas pintadas, qué medidas toman para evitar que los escritores “dañen” los trenes y cuánto dinero se gastan tanto en limpiar los mismos como en prevenir que los chavales hagan de las suyas. Así, también conocemos la patrulla antigrafiti y, en especial, el caso de Hickey y Ski, los dos agentes más conocidos de la misma y a los que todo escritor llegó a admirar, llegando a considerar un honor ser detenido por ellos.

Castleman nos ofrece en esta obra no sólo un excelente y bien documentado estudio sobre uno de los fenómenos artísticos contemporáneos más famosos (que, no lo olvidemos, sigue vivo cuarenta años después de su nacimiento), sino también un certero análisis de la ciudad de Nueva York, de lo que significa vivir en ella y de cómo sus habitantes vivieron –y todavía viven– día a día con esta forma de expresión artística.

Getting Up es, sin duda, un libro imprescindible para todos aquellos que deseen saber algo más sobre el mundo del grafiti, pero también es perfecto para conocer qué ocurre en una gran ciudad y reflexionar acerca de lo que consideramos “arte” hoy en día.

Izaskun Gracia

 

Se acaba el tiempo

La literatura de Burroughs parece tocada de algo que no es literatura y que no sabemos exactamente lo que es: vida, drogas, el contacto con realidades que no son humanas, la sombra de una conspiración que pervierte toda nuestra experiencia y que es necesario sacar a la luz. Burroughs ha leído algo, ha experimentado algo, sabe algo, y lo quiere contar. En sus libros hay autobiografía, fantasía surrealista, ciencia ficción de vanguardia. Al mismo tiempo, sus obras parecen flotar un poco más allá de los géneros, en una región salvaje de la psique que es previa a la forma y al lenguaje articulado. Hijo de los surrealistas, no quiere hacer literatura, sino crear sensaciones y experiencia en el límite, o quizá más allá del límite.

Quiere desmontar y comprender la forma en que la psique aprehende la realidad y también la forma en que los códigos de que disponemos para representar esa realidad han sido pervertidos y deformados maliciosamente a fin de dejarnos en un estado de ceguera y esclavitud. Literatura paranoica compuesta de destellos de genialidad en medio de mares de caos tras cuyas olas de imágenes frenéticas y violentamente sexuales percibimos el aire civil, frío y distante de ese Burroughs de las fotos, un hombre con chaqueta y corbata venido para anunciarnos el apocalipsis.

«Paseos de color»

De los tres textos que se reúnen en este volumen, el tercero, La revolución electrónica (1971), parece la fuente del último, Ah Puch está aquí. Se trata de un ensayo sobre el tema de la manipulación psicológica por medio de sistemas electrónicos, especialmente mediante el uso de grabaciones de voz. «Cuando el sistema nervioso humano descodifica un mensaje codificado, el sujeto tiene la sensación de que son ni más ni menos que sus propias ideas que se le acaban de ocurrir, que es lo que de verdad ha sucedido.» Encontramos en estas páginas muchas de las obsesiones de Burroughs; también la fuente de muchos de los ejercicios de percepción que les ponía a sus alumnos de escritura creativa, tales como los «paseos de color», que nos muestran la forma en que la percepción y la memoria seleccionan y reconstruyen los datos de los sentidos. La manipulación, la conspiración mundial, comienzan para Burroughs en nuestra psique.

El libro de las respiraciones es una especie de ensayo profusamente ilustrado por Robert F. Gale. Su tema: las conspiraciones políticas, desde la legendaria secta de los asesinos del Viejo de la Montaña hasta la CIA poniendo en el poder a Pinochet. Curioso el papel que Burroughs asigna al sexo en todo este fregado, siempre un sexo frenético, destructivo, violento. ¿Acaso no sabe que los grandes dictadores jamás han sentido el menor interés por el sexo?

El señor Hart

Ah Puch está aquí, la parte de texto de un cómic basado en los antiguos grabados mayas que nunca llegó a publicarse completo, es el pasaje más interesante de los tres. A caballo entre los géneros, a veces se lee como ensayo, a veces como guión, como diario, como apuntes, y casi todo el rato como novela. Una extraña novela contorsionada y apasionante cuyo título hace referencia al dios maya de la muerte (Ah Puch) y que describe cómo algo llamado CONTROL domina a la raza humana de forma implacable y desde los principios del tiempo.

CONTROL necesita tiempo, tiempo humano compuesto de sensaciones, tiempo que se acaba («tiempo es lo que se acaba») y por eso necesita un stock de humanos dispuestos a consumir tiempo. Todo el tiempo que consumimos y que nos consume es utilizado por CONTROL, pero el tiempo no es infinito y llegará un momento en que se terminará.

Hay un hombre, John Stanley Hart, obsesionado con la inmortalidad, que se dedica a buscar los libros mayas para aprender el control sobre la vida y la muerte. Comienza a estudiar todo tipo de sistemas para la manipulación y la invasión psíquica: el impuesto sobre la renta, los sistemas electrónicos, las falsas medicinas, hasta que encuentra el sistema perfecto, la creación de virus invasivos. Hay además un ser llamado Sin Dolor, un dios con cabeza de buitre, escalofriantes secuencias de imágenes, sexo y una droga denominada Muerte.

Para algunos lectores, como para quien esto escribe, todo esto resultará irresistible: para ellos, y solo para ellos, cinco estrellas.

Andres Ibáñez

Viaje a la URSS de Capa y Steinbeck

Robert Capa era un tipo que robaba sin piedad los libros que se cruzaban en su camino, capaz de pasarse horas en el cuarto de baño, incluso cuando compartía habitación, y que se ponía muy nervioso, a pesar de su experiencia, con todo lo relacionado con su material de trabajo. Además, era un políglota autodidacta y experimental. “Capa habla todos los idiomas menos el ruso. Habla cada idioma con acento que corresponde a otro. Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés e inglés con un acento que nunca ha sido identificado. Después de un mes aprendió algunas palabras de ruso con un acento que, en general, se podía considerar uzbeko”. Así describe John Steinbeck a su compañero de viajes, con el que formó una de las parejas más extraordinarias de la literatura y la fotografía, capaz de saquear toda la bebida del cuerpo de prensa extranjero en el Moscú de la posguerra pero también de resumir el siglo XX en una niña que se mueve entre escombros en las piedras de Stalingrado.

En 1948, cuando el Telón de Acero ya había caído sobre Europa —Churchill pronunció su famoso discurso que marca el comienzo de la Guerra Fría el 5 de marzo de 1946 en Misuri—, Steinbeck y Capa decidieron visitar la URSS todavía devastada por las consecuencias de la Gran Guerra Patria y en plena dictadura estalinista.

Capa era ya un mito de la fotografía bélica. Sus imágenes de la Guerra Civil española y del conflicto mundial le habían convertido en uno de los reporteros más famosos de su tiempo. Apátrida, herido profundamente desde la muerte de Gerda Taro en Brunete en 1937, Capa siempre buscaba el movimiento, un nuevo viaje. John Steinbeck era ya uno de los escritores más importantes de EE UU, aunque no ganaría el Nobel hasta 1962. Obras como De ratones y hombres y Las uvas de la ira —con la que recibió el Pulitzer en 1940— le habían convertido en el narrador fundamental de la Gran Depresión que arrancó en 1929, aunque también le habían granjeado acusaciones de izquierdismo de la derecha estadounidense.

Durante la Segunda Guerra Mundial, escribió filmes de propaganda y fue enviado especial del New York Herald Tribune, al que convenció para que le mandasen a retratar la URSS. El resultado, que Capitán Swing acaba de publicar en castellano en una cuidada traducción de María Pérez Martín, es un libro magnífico, como relato de viajes, como disquisición sobre el periodismo, por su humor y la inteligencia de las descripciones, que combinan la prosa de Steinbeck con la mirada única de Capa —aunque es una pena que la impresión de las fotos deje mucho que desear—. En sus tiempos fue acusado de tener una visión demasiado clemente de la Unión Soviética y es cierto que el libro ofrece un vacío fundamental: la ausencia en sus páginas de la represión estalinista, del terror, aunque en un viaje tan controlado por las autoridades era casi imposible que viesen o intuyesen lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, la vida cotidiana de los ciudadanos corrientes emerge de sus páginas magistralmente.

En solo unos párrafos y apenas una imagen, Steinbeck y Capa resumen la Segunda Guerra Mundial, cuando describen a una niña descalza y sucia que se movía en busca de basuras entre las ruinas de Stalingrado —la batalla decisiva del conflicto, el punto de inflexión para la derrota de los nazis, que arrasó la ciudad tras meses de combates—. “Cuando levantó su cara, vi uno de los rostros más bellos que he visto en mi vida. En alguna parte del terror del combate, algo se había quebrado y ella se había retirado al confort del olvido. (…) Nos preguntamos cuántos podría haber como ella, mentes que ya no podían tolerar seguir viviendo en el siglo XX, que se habían retirado a las antiguas colinas del pasado humano, a la vieja selva del placer y del dolor y de la supervivencia. Era un rostro con el que soñar durante mucho tiempo”, escribe el novelista.

Stalingrado es una de las paradas de un periplo que empieza en Moscú y que también les lleva a Ucrania y a Georgia, a aeropuertos en los que pasan horas, a granjas colectivas, a celebraciones de campesinos, todo ello relatado con un humor delicioso: “Pero apareció un griego. En tiempos de tensión siempre aparece un griego, en cualquier parte del mundo”; “Habíamos comprado una navaja en Francia que tenía una hoja para todas las situaciones físicas del mundo y para algunas de las espirituales. Con ella se podía reparar el reloj o el canal de Panamá”. Sin embargo, al igual que su principal defecto es su ignorancia de la represión, la principal virtud del libro es lo que convierte a Capa y Steinbeck en dos de los creadores más humanos del siglo XX: su capacidad para describir a las personas, para contar cómo la historia se construye con seres humanos corrientes, como la niña de los escombros en Stalingrado.

Guillermo Altares

 

Cuando los túneles de la memoria rebosan color

En 1972 el grafiti en los trenes subterráneos de Nueva York se volvió un asunto político. Un año antes, la aparición del misterioso mensaje «Taki 183» había hecho aumentar tanto la curiosidad de los neoyorquinos que el New York Times envió uno de sus reporteros a determinar su significado. Gran variedad de funcionarios públicos, entre ellos el alcalde de la ciudad John V. Lindsay, desarrollaron políticas públicas orientadas al fenómeno. Los periódicos y revistas locales aparentemente ayudaron a moldear estas medidas.

«Getting up» es el término utilizado por los grafiteros para lograr dejar su sello personal en la red de metro. A través de entrevistas espontáneas, Castleman documenta las vidas y actividades de estos jóvenes artistas de la calle, a través de su jerga y mitología. Con un enfoque más descriptivo que analítico, deja que los «escritores» hablen por sí mismos, dando como resultado una historia concisa y descriptiva de la cultura suburbana, pero también de la elástica sociedad que la creó. Al margen del debate que suscita esta controvertida forma de expresión, cuando uno termina de leer Getting Up siente admiración por el ingenio de los jóvenes escritores.

INTRODUCCIÓN

Getting Up: Cuando los túneles de la memoria rebosan color

Fernando Figueroa Saavedra

(Doctor en Historia del Arte)

En 1987 la editorial Hermann Blume publicaba en España el libro Getting Up. Subway Graffiti in New York,1 bajo el título en castellano de Los graffiti.2 En aquel entonces, el grafiti de firma se mostraba por nuestras tierras y, en concreto en Madrid, como un fenómeno novedoso y de gran vitalidad; se podría incluso decir que con una gran virulencia en la capital, afectando desde los barrios periféricos hasta el centro urbano y el espacio suburbano. En 1982, Muelle (Juan Carlos Argüello), un joven del barrio de Campamento, había dado el pistoletazo de salida. Dejaba ver su firma en una escalada creciente que motivó que, en unos años, otros se sumasen a firmar por las calles o el metro y que, en definitiva, Madrid viviese un fenómeno paralelo y con una dinámica similar al del Writing de Filadelfia o al de Nueva York que retrataba aquel libro.

Los periodistas y los estudiosos del arte y lo social españoles, no muchos en verdad, empezaron a preguntarse seriamente acerca de su naturaleza, sus causas y sus directrices entre 1987 y 1988. En su búsqueda de respuestas, pusieron sus ojos en el referente neoyorquino, más popular y conocido por aquel entonces que cualquier otro. Hacía unos cinco años que el libro de Craig Castleman se había publicado en Nueva York, y fue el historiador, crítico de arte y escritor Juan Antonio Ramírez quien impulsó su traducción y publicación en España a través de la mencionada editorial, consciente de lo oportuno y esclarecedor que resultaba el que dicho texto fuese accesible. También era sensible respecto a lo que representaba culturalmente este tipo de manifestaciones y de la potencia que tenía Nueva York como foco irradiador de toda clase de influencias o antesala de precoces o anticipadoras experiencias culturales para el primer mundo.

[primeras páginas]

 

El capitalismo es un gran matadero y los animales somos nosotros

Abrí La jungla pensando que era un libro sobre la industria de la carne. Una novela sobre las grandes granjas y mataderos industriales que día a día alimentan a millones de personas a base de cadáveres, dolor, hormonas y antibióticos. Y sí, en La Jungla hay todo eso, hay animales enfermos que son sacrificados  y envasados en forma de fiambre, carne en mal estado mezclada con toda la demás, cerdos sacrificados a golpes en habitaciones donde la sangre llega a los tobillos. Prácticas que fueron denunciadas entonces pero que no han cambiado mucho:

No hace falta decir que hacinar aves deformes, drogadas y sometidas a un alto nivel de estrés en una sala asquerosa y llena de heces no resulta muy saludable. A parte de las deformidades, los pollos de granjas industriales sufren problemas de visión, infecciones bacterianas en los huesos, parálisis, hemorragias internas, anemia, tendones rotos, las patas y los cuellos torcidos, enfermedades respiratorias y sistemas inmunitarios debilitados. Los estudios científicos y los estudios gubernamentales indican que prácticamente todos los pollos (alrededor del 95%) presentan una infección de E.coli (un indicador de contaminación fecal) y que entre el 39 y el 75% de los que llegan a las tiendas siguen infectados. De un 70 a un 90% presenta infecciones de otro patógeno potencialmente letal: la campylobacteria. Suele recurrirse a baños de cloro para eliminar la suciedad, el hedor y las bacterias.

Pero La Jungla es mucho más. La novela de Upton Sinclair es la historia de cómo los de arriba torturan y asesinan a los de abajo, de cómo el capitalismo es otro gran matadero donde los animales somos nosotros. [Ostrinki le demostró que los conserveros habían sacado de él exactamente el mismo beneficio que obtenían de uno de sus puercos. En eso, obreros y animales se encontraban igualados, y de unos y otros obtenían los patronos idénticos beneficios] Durante treinta y seis capítulos asistimos a la explotación laboral, a la humillación, a la impotencia, a la destrucción de la masa de trabajadores que nutre la industria cárnica de Chicago. A un dolor que te hace un nudo en el estómago mientras estás leyendo.

Y, sin embargo, en el libro hay también esperanza. No la esperanza individual de encontrar la salida del laberinto, sino la esperanza colectiva de derribar sus paredes. La esperanza de acabar con un sistema que se alimenta del dolor de los que estamos abajo. Dicen que cuando un cerdo consigue escapar de la granja, levanta los pestillos de las cercas de sus compañeros. Quizá podamos aprender algo.

[La primera cita es de Comer animales, de Jonathan Safran Foer (Seix Barral). La segunda de La jungla, De Upton Sinclair (Capitán Swing)]

 

La URSS que Steinbeck no vio

Steinbeck y Capa viajaron a la URSS en 1947. «Diario de Rusia» refleja sus impresiones. También su falta de espíritu crítico hacia Stalin y su régimen de terror

Por César Antonio Molina

Cuando después de casi cuarenta días por la Unión Soviética, Steinbeck y Capa la abandonaron, en el mes de septiembre de 1947, las autoridades estalinistas le confiscaron al fotógrafo gran parte de los carretes, tras ser revelados e inspeccionados. La Oficina de Extranjería exigía esta investigación como paso previo al visado de salida del país. Capa, según lo describe Steinbeck, era un tipo maniático, nervioso y compulsivo, y ese día agónico lo sobrellevó paseando de un lado a otro de su habitación, pensando que destruirían todo el material e incluso temiendo ser detenido. Gritaba que no abandonaría el país sin sus negativos. Daba patadas a lodo lo que encontraba a su paso. «Ni siquiera solicitaron mis notas. No habría habido mucha diferencia si lo hubieran hecho, nadie habría podido leerlas. Incluso yo tengo problemas para hacerlo», escribe el autor de Las uvas de la ira.

Capa no cumplió sus bravuconadas y salieron del hotel camino del aeropuerto de Kiev. Era todavía de noche y ambos desconocían el destino que le habían dado al trabajo fotográfico. Sentados en el aeropuerto bajo un retrato de Stalin, el escritor a duras penas contenía la ira de su compañero de viaje. Pasado algún tiempo, llegó un mensajero y puso una caja de cartón en las manas de Robert. Estaba atada y lacrada con pequeños sellos de plomo que no podían ser arrancados hasta que hubieran abandonado el aeropuerto, Capa la agitó y le dijo a John que solo pesaba la mitad de lo que debería. Muchas de las fotos que hizo le fueron confiscadas, aunque el reportaje fotográfico se salvó.

Steinbeck y Capa eran dos personas de izquierdas que visitan el paraíso comunista soviético con la intención de hablar con sus gentes no de política. Sino de su vida cotidiana. Pronto comprobarían, sobre todo el escritor -el narrador de esta historia-, las dificultades que encontrarían para llevar a cabo su labor. Steínbeck no critica, sino que únicamente describe todo cuanto les va aconteciendo, y el lector deduce las carencias de libertad con las que viven los ciudadanos. campesinos, granjeros o proletarios.

La gente rusa era agradable pero silenciosa; cómo no iba a serlo, estando Steinbeck y Capa acompañados de un intérprete, comisario puesto a disposición de los visitantes por el propio Estado soviético. El Premio Pulitzer y Nobel de Literatura acaba su relato de la siguiente manera: «No satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso. Seguramente será superficial, pero ¿de qué otra forma podría ser? No tenemos conclusiones que sacar salvo que los rusos son como cualquier otro pueblo del mundo. Seguramente los haya malos. Pero con mucho la mayoría son muy buenos».

Cuarenta millones de muertos

Viaje fallido desde un principio. Steinbeck era un gran escritor, pero en absoluto un intelectual. Lo desconocía todo de Rusia y estas páginas abundan en su ignorancia. Se nota a las claras que no había leído nada de la literatura rusa (ni siquiera a los grandes), y sabía aún menos de arte o cine. Por otra parte, ¿cómo evitar la política? ¿Cómo se puede ir a un país donde han muerto más de veinte millones de personas en la guerra y otros tantos en los campos de concentración o gulags, y no enterarse ni hacer la más mínima referencia a ello? ¿Cómo se puede escribir un libro sobre la Unión Soviética sin decir casi ni una sola palabra realmente crítica sobre un asesino como Stalin?

Si comparamos este libro con el de Berlín nos entra ira y vergüenza, Capa y Steinbeck en los grandes hoteles fumando y emborrachándose las más de las veces, asistiendo a fiestas, bailes y peleas, gastándose entre ellos bromas que a un lector honorable le harán poca gracia.

Moscú, Kiev, Stalingrado; Rusia, Ucrania, Georgia: son las ciudades y las repúblicas que visitaron. ¿En realidad de qué se habla en este libro? De pocas cosas interesantes: de la reconstrucción de la posguerra; del orgullo por haber derrotado al fascismo: de las cosechas, de las obras escolares, de los trabajos en las empresas; de los prisioneros alemanes, de la burocracia imposible con la que se van topando. Y de los encuentros con los escritores serviles al régimen,

«No pudimos contestan»

Evita Steinbeck hablar de política e insiste en el entendimiento mutuo entre ciudadanos soviéticos y norteamericanos. Cree percibir en la población rusa una profunda preocupación ante la posibilidad de un gran conflicto bélico entre su país y EE.UU. La propaganda soviética hacía creer a sus ciudadanos que el Estado totalitario era el mejor y que había que apoyarlo, mientras los gobiernos democráticos estaban vigilados constantemente para evitar las corrupciones y los abusos del poder,

Steinbeck es tolerante con el régimen soviético, pero nadie puede dudar de su defensa de la democracia: «Explicamos nuestra teoría sobre el Gobierno, en el que todas las partes tienen otra parte que las controla. Intentamos explicar nuestro miedo a las dictaduras, nuestro miedo a los líderes con demasiado poder, de modo que nuestro Gobierno está diseñado para impedir que al¬guien tenga demasiado poder o, si lo tiene, que lo conserve. Aceptamos que esto hace que nuestro país funcione más lentamente, pero desde luego logra que funcione de manera más segura».

El novelista y periodista defiende también la libertad de prensa frente al control estatal. Quizá una de las preguntas más complejas que le hacen es la relativa a por qué el Gobierno norteamericano tiene como amigos a otros gobiernos reaccionarios, como los de Franco, Trujillo, Turquía o la monarquía corrupta de Grecia. «No pudimos contestar a estas preguntas», admite Steinbeck.

Viviendo en un cruel Estado totalitario que, además, usurpó la libertad a toda la Europa Central, el novelista se siente interesado en: ¿cómo viste la gente? ¿cómo hace el amor y cómo muere? ¿de qué habla? Cuestiones realmente poco trascendentes. ¿Estos asuntos eran los que les interesaban a los lectores del New York Herald Tribune?

En todas partes

Los comentarios sobre Stalin, a pesar de la asepsia que procura mantener, son de este calibre: «Nada en la URSS escapa a la mirada de escayola, bronce, óleo o bordado del ojo de Stalin. Su estatua se levanta al frente de todos los edificios públicos. Su busto está delante de todos los aeropuertos, estaciones de ferrocarril, de autobús, en todas las aulas, y a menudo su retrato está detrás de su busto. En los parques está sentado en un banco de yeso discutiendo problemas con Lenin. Los estudiantes, en los colegios bordan su retrato con aguja e hilo. Las tiendas venden millones y millones de caras suyas, y todas las casas tienen al menos un retrato. Seguramente el pintado, el modelado, el fundido, el forjado y el bordado de Stalin es una de las grandes industrias de la URSS. Está en todas partes, lo ve todo».

Steinbeck reconoce que la presencia del dictador (palabra que nunca pronuncia) molestaría al sentimiento de los americanos, «con su miedo y su odio al poder investido en un hombre y a la perpetuación del poder, esto es algo terrorífico y de mal gusto». ¿Qué motivos ve el Premio Nobel para el culto a la personalidad? Que Stalin era un sucedáneo de los zares; que los rusos estaban acostumbrados a los iconos: o que, simplemente, era amado por su pueblo, que necesitaba tenerlo siempre presente. Curiosas justificaciones. Además, el narrador cree la ingenuidad de que todo este montaje se lleva a cabo a espaldas del didictador, a quien no le gusta nada verse tan omnipresente.

La segunda cita de Stalin se hace cuando se encuentran en Georgia. En Tiflis está probablemente la imagen de Stalin más grande y espectacular de la URSS: «Es una cosa gigantesca que parece medir cientos de metros de altura, y está contorneada de neón, que, aunque ahora está roto, se dice que cuando funciona se ve desde cuarenta y dos kilómetros».

Santuario nacional

La tercera referencia a Josef Stalin se produce cuando visitan la ciudad natal del politico, Gori, a unos setenta kilómetros de Tiflis Steinbeck comenta que el lugar se ha convertido en un santuario nacional. La casa donde nació Stalin es un museo. Una residencia diminuta de una sola planta, construida de revoco y escombros; dos habitaciones con un pequeño porche que recorre la fachada; y, aun así, la familia de Stalin era tan pobre que solo habitaba la mitad del domicilio, un cuarto. Steinbeck enumera el mobiliario y los pobres utensilios de la vida cotidiana, así como otros objetos: fotografías, cuadros, el retrato policial de cuando fue arrestado. un mapa de sus viajes y de las prisiones en las que estuvo encarcelado y de las ciudades de Siberia donde permaneció detenido; libros, papeles, documentos manuscritos.

Al referirse a un retrato de juventu, el narrador, que parece emocionado, afirma que Stalin tenía una mirada fiera y salvaje. Steinbeck ve natural que reciba tantos honores en vida, que nadie lo contradiga, que las únicas citas que se hagan en los discursos sean suyas, que nadie reconozca sus equivocaciones. La cuarta y última mención al dictador se refiere de nuevo, únicamente, a la gigantesca iconografía, sin más.

También visitan Capa y Steinbeck el museo de Lenin. El escritor. abrumado por la cantidad de objetos del lider que allí se conservan, comenta irónicamente que no debe de haber vida más documentada en la Historia: «Lenin no debió de tirar nada». Resalta la desaparición de cualquier referencia a Trotsky y se da cuenta de que la iconografía de Stalin es superior a la de Lenin. Steinbeck no hace el más mínimo comentario crítico del revolucionario, aunque sí echa en falta en la museografía un toque de humor: «No hay pruebas de que en toda su vida tuviera un pensamiento ligero o humorístico, un momento de risa entregada o una tarde de diversión. No puede haber duda alguna de que esas cosas existieron, pero históricamente quizá no se permite que las tenga». De nuevo Steinbeck desconoce el tiempo, el lugar. la geografía y la Historia. Comentarios como este son casi insultantes.

Arquitecto del alma Este viaje por la URSS carece de crítica, de agudeza, de conocimientos: es permanentemente autoindulgente y tiene la desfachatez de criticar a los expertos cronistas y corresponsales. Para Steinbeck. el pueblo ruso admira a Stalin y lo necesita. Lo salvó de los nazis, reconstruyó el país, lo puso en marcha: lo demás se puede justificar.

De su compañero Capa destaca el conocimiento de idiomas que tiene, excepto del ruso: «Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés e inglés con un acento que nunca ha sido identificado». Las fotos de Capa son totalmente didácticas y puramente documentales.

Es curioso que el mundo cultural ruso conozca mejor la literatura estadounidense que Steinbeck la rusa. El norteamericano es crítico con el papel que el escritor tiene asignado en los países comunistas. Ironiza un poco con la idea de Stalin de que el creador es el arquitecto del alma: «En América el escritor no es considerado el arquitecto de nada y solo Se le empieza a tolerar un poco después de Que ha muerto y ha sido cuidadosamente ignorado durante unos veinticinco años». No lo diría por él, autor de éxito, Pulitzer en 1940 y Nobel en 1962.

No hace la más mínima referencia a las persecuciones y los asesinatos de autores por el régimen de Lenin y Stalin. Yo no voy a sacar la lista aquí. pero muchos de los nombres están en la mente de todos.

Vodka o cerveza

El paseo por la destruida Stalingrado es de los momentos más emotivos del libro y el mejor escrito, mientras que el paseo por el Kremlin le lleva a decir, con razón, que es el lugar más lúgubre del mundo.

Capa no solo hace su fotorreportaje, sino que también escribe «Una Queja legitima». Justifica su interés por llevar a cabo el viaje: quería conocer el lugar de donde procedían los aviones de morro chato que bombardeaban a los sublevados durante la Guerra Civil española. E ironiza sobre su compañero de viaje, un hombre muy tímido que, tras cierta cantidad de vodka o cerveza, sabe expresar sus ideas con fluidez y tiene muchas opiniones firmes sobre todo.

Diario de Rusia solo nos vale como pincelada antropológica. Steinbeck realmente no se enteró de nada y solo contó aquel lío que las autoridades querían que contase. A veces recobraba la cordura y de ahí algunos pasajes menos vergonzosos.

 

Diario de Rusia

¿Qué debe tener un buen libro de viajes para atraer nuestra atención? Existen tantas respuestas como tipos de lectores, pero me atrevo a asegurar que, descripciones de museos y ciudades monumentales aparte, lo que nos incita a una gran mayoría no son sin duda las aburridas chácharas sobre lugares que nos será fácil localizar a través de cualquier biblioteca. La anécdota cotidiana, la aventura de aquella noche en la que alguien se quedó encerrado en un lugar remoto o aquellos acontecimientos cotidianos que no buscan lo fantástico sino que nos da una idea de nuestras reacciones ante esas vivencias sea probablemente lo que nos motiva a escuchar, leer con fruición un libro de viajes, en el caso que nos ocupa.

Cuando el narrador es conciente de rebajar su nivel literario en pos de la historia y así no mancillar la esencia natural del medio tanto como evitar el tono subjetivo de la vivencia, y además se deja acompañar por un cámara con una personalidad tan dispar como profesional, aumenta el ritmo y la intensidad del relato. El interés por el país al que se refiere este documento de viajes se incrementa en gran parte porque no tropezamos con asuntos políticos ni discrepancias históricas o alusiones a fechas que nos pudieran hacen perder ese fantástico baile de personajes de carne y hueso descritos por este par de observadores natos.

Viajar es un lujo mientras el protagonista no asume enterrar el ego nacionalista y la impresión de que allende las fronteras integrarse es cuestión de abandonar la comparación o con volver corriendo a la falsa seguridad del hogar. La certeza y el valor de Steinbeck se traducen en un relato de viajeros de raza, cercano y ligero en su narrativa, sobre una época de posguerra en la que las leyendas urbanas sobre el equipo contrario se sucedían una detrás de otra.  El autor, no obstante, nos abre los ojos ante su actitud templada y falta de prejuicios. Es significativo que sea Rusia el lugar elegido, pero podría haberse tratado de cualquier otro paraje elegido a dedo en un mapamundi. Cuando finalizamos la lectura de «Diario de Rusia, 1948» nos plantearemos -a pesar de la diferencia de época, parajes y costumbres-, la humanidad innata que nos dejan tanto sus imágenes como la palabra escrita que eleva el estilo periodístico a cierto tono costumbrista.

No negaré que narradores de viajes los hay, y en cantidades en las que la calidad es patente; pero difícilmente nos toparemos con dos personajes que ya de por sí crean un clima que suma un doble interés al relato.

«Diario de Rusia, 1948» transmite las vivencias, manías, anécdotas en un lapso de tiempo de un mes de John Steinbeck y Robert Capa, y nos envuelve el tono informal que el autor deja surgir con deliberada intención, y de ahí la frescura de este maremágnum de imágenes -visuales y mentales- narradas y descritas por Steinbeck y apenas una pequeñísima aportación de Capa en el género escrito, casi al final de la obra; es evidente que el fuerte de éste corresponsal de guerra húngaro conocido bajo el seudónimo de Robert Capa era la fotografía.

Es ahora, tras leer los comentarios de Steinbeck sobre el desasosiego de su compañero de viaje (no deja de ser curioso que Capa sufriera ante la imposibilidad de lograr la foto tanto como un escritor ante el peor de los males, que es la hoja en blanco) cuando a través de la imaginación conseguimos disfrutar con agrado de los parajes y del alegre carácter de la mayor parte de estas buenas gentes que a pesar de haber sufrido el drama de una complicada guerra les recibieron con los brazos abiertos, sin excepción.

Muy recomendable.

Saray Schaetzler