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La seducción del yo

 

Dijo Doris Lessing, autora a su vez de Autobiografía. Un viaje por la sombra, hace algunos años: “Nos enfrentamos a un rechazo de la imaginación. Hay un deseo general de saber lo real, lo auténtico, lo que verdaderamente ha sucedido”. Tal vez esta cita constituya un buen pórtico a esta entrada, aunque igualmente podríamos encontrar ejemplos que pusieran en entredicho una afirmación que difícilmente podría alcanzar validez universal. Pero más allá del hecho de que nuestra realidad –y la literaria, particularmente– sea diversa, plural, heterogénea, es innegable que las declaraciones de Lessing apuntan a algo más que una tendencia descollante en nuestro tiempo.

Diarios, memorias, epistolarios, biografías, autoficción…

Nos interesan las vidas ajenas y, entre éstas, las vidas de escritores, artistas e intelectuales, por motivos que a nadie se le escapan, nos resultan doblemente atractivas. ¿Corremos el riesgo de llegar a escrutar la biografía de personajes cuya obra desconocemos o de la que sólo tenemos vagas referencias? ¿Nos ahorra la lectura de toda esta hojarasca íntima, el esfuerzo de enfrentarnos a pecho descubierto con obras con frecuencia ariscas, densas, impenetrables? Está claro que exageramos. Primero, porque ambas cosas con perfectamente complementarias y contribuyen a formarnos una idea más perfecta en su ínsita inexactitud de aquellas figuras cuyo talento reverenciamos. Y, por supuesto, porque ya sea a través de la mirada exógena de un paciente observador o por medio del rastro más o menos complaciente que estos personajes dejan al hablar con otros o con la posteridad, no estamos situados ante trabajos de segundo orden. Diarios como los de Kafka o Gide, autorretratos como el de Nietzsche en Ecce-Homo, memorias como las de Primo Levi, epistolarios como los de Mann o Hesse, biografías como la que BHL consagra a Jean-Paul Sartre, por traer una ínfima selección aquí, suponen testimonios capitales de nuestra cultura que no podemos ni remotamente desdeñar.

De modo que ya satisfagan nuestra ansia de curiosidad, un inconfesado vouyerismo, nuestra no menos natural proclividad a la mitomanía, un auténtico deseo de aprender o todo junto, las siguientes novedades tienen ingredientes sobrados para incitar al lector a su atenta ingesta. Aunque tal vez sería recomendable intercalar algo de ficción genuina entre plato y plato si no queremos exponernos a una intoxicación de yo. Recuerden que el ego son los otros.

No resultaba fácil imaginar que Henry D. Thoreau (Massachusetts, 1817-1862) pudiera llegar a convertirse en uno de los protagonistas del panorama editorial español durante el curso 2012/2013. Pero es un hecho que, al menos, para una inmensa minoría, el suyo está siendo uno de los nombres de la temporada. Si hace unos meses Errata Naturae nos daba la oportunidad de conocer por primera vez en castellano en Cartas a un buscador de sí mismo la correspondencia que el autor de La desobediencia civil mantuvo con Harrison G. O. Blake, y donde reflexionaba sobre las más diferentes cuestiones de la vida, ahora es el también siempre sugestivo sello Capitán Swing el que hace que detengamos nuestra mirada en este pensador disidente, inspirador del moderno ecologismo y precursor de las letras estadounidenses.

La clave sigue siendo netamente personal, pero si cabe, cuando se trata de hablarse a sí mismo, más íntima. Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló “Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios”. Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras, donde resplandece ya la fluidez que caracterizará a su prosa poética, para crear la edición en un solo volumen más amplia y coherente que se ha publicado nunca de una obra en la que se despliega la constante contemplación del autor de los ciclos, pautas y conexiones de la naturaleza, y en la que Thoreau analiza sus estados de ánimo, retrata a amigos y vecinos, condena la esclavitud y la destrucción del mundo vivo y se deleita, a través de paisajes de un lirismo arrebatador, en la belleza del entorno.

“¡Dígales que yo fui surrealista antes de conocer a Gala!”. Con solicitud tan imperiosa Salvador Dalí dio fin en 1986 a la emotiva entrevista concedida a Ian Gibson (Dublín, 1939), poco antes de su muerte. No le fallaba la memoria al pintor. Cuando aparece la Musa en 1929, Dalí, que entonces tenía 25 años, ya abrazaba con fanatismo el movimiento capitaneado por André Breton. El “Papa” del surrealismo, impresionado por el talento, la inteligencia y la estrafalaria personalidad del joven catalán, no había tardado en intuir que su aportación al movimiento, entonces en crisis, podía ser contundente. Y así sería.

De la mano de uno de los hispanistas más reconocidos de la actualidad, autor, entre otras, de una imprescindible biografía de Lorca (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca), Dalí joven, Dalí Genial supone una introducción amena al pintor que ya para 1929 ha creado obras que figuran entre las más extraordinarias de toda su carrera y que nunca serán superadas. Gibson, que ya ha dedicado al artista trabajos como La vida desaforada de Salvador Dalí o Lorca-Dalí, el amor que no pudo ser, nos descubre las raíces ampurdanesas del biografiado antes de llevarnos en apasionante periplo a Barcelona, Madrid y París, trazando diestramente la trayectoria que, en diez años, lleva al figuerense desde el impresionismo hasta el surrealismo. El encuentro con Gala, y la compra al año siguiente de la barraca de pescadores al pie del cabo de Creus son otros de los jalones del itinerario que recorre el investigador irlandés en un libro en el que se traza la figura de aquel fabuloso Dalí joven cuya ambición es ser tan famoso, o más, que Picasso.

Dramaturgo, novelista, guionista y traductor, George Tabori (Budapest, 1914-Berlín, 2007) dedicó buena parte de su obra a temas como el de la muerte, que abordó de una forma entre brutal y estridente, haciendo gala de un surrealismo absurdo; o los totalitarismos, de manera particular al nazismo, fenómeno que llega a abordar con ironía y humor desde su condición de judío, rompiendo con el tabú establecido en su tiempo al llevar la cuestión del Holocausto a los escenarios teatrales.

Obra representativa de esto que venimos diciendo fue Mein Kampf, comedia de humor negro estrenada en Viena en 1987 en la que centró su atención en el joven Adolf Hitler, a quien retrata como alguien que se cree un gran artista pero que en el fondo no es sino un pintor miserable y a quien presenta viviendo en un albergue en Viena, donde traba amistad con un judío vendedor de biblias llamado Schlomo Herzl.

Convencido de que llanto y risa van siempre de la mano, Tabori nos retrata en Auto de fe los años de su infancia y su juventud con toques equilibrados de tristeza e ironía en un libro que, como se deduce desde las primeras líneas (“Según rumores inciertos alimentados por las mujeres de mi familia, yo no quería nacer”) presenta una sabia combinación entre poesía y vida. Las mujeres que le acompañaron, las mentiras sinceras de su hermano, el recuerdo imborrable de su padre –periodista asesinado en un campo de concentración nazi–, y un escenario centroeuropeo a punto de desaparecer se mezclan en estas memorias de gran intensidad emocional y literaria.

La obra como compositor de Richard Wagner (1813-1883), en la que destacan especialmente sus “dramas musicales”, la más sublime plasmación de su proyectado “arte del porvenir” –allí donde, según Manuel Crespillo, se concreta el “único, solitario legado en que la modernidad reconoce la fortaleza de la ambigüedad contenida en la tragedia clásica”–  resulta incomparable. Pero el genio de Leipzig también fue, como certifican obras como El arte y la revolución u Ópera y drama, un brillante ensayista y teórico musical que desparramó su talento igualmente por su nutrida correspondencia, que abarca varios volúmenes.

Cuando en todo el mundo se celebra (ex aequo con Verdi) el bicentenario de su nacimiento, Fórcola ha tenido la gran idea de reunir en una edición preparada por el crítico y ensayista Blas Matamoro aquellas misivas escritas por Wagner desde 1864 hasta su muerte que tienen a Luis II de Baviera, figura decisiva dentro de su biografía,  y la materialización del gran proyecto de Bayreuth como ejes.

Familiares, como su hermana; amigas, como Eliza Wille; músicos y directores de orquesta, como Franz Liszt, Hans von Bülow o Hermann Levi; tenores, como Angelo Neumann, Ludwig Schnorr von Carolsfel o Franz Vess; y, por supuesto, el “virginal” y hamletiano Luis II de Baviera desfilan, de este modo, por un libro –que se completa con el texto La casa de los festivales escénicos de Bayreuth, que escribió Wagner con motivo del primer aniversario de la colocación de la primera piedra del nuevo teatro de la ópera, en  mayo de 1872– que al tiempo que aporta abundante material inédito hasta ahora en español, nos brinda una suerte de historia epistolar que radiografía la personalidad del músico, dejando caer numerosas observaciones sobre su estética, su filosofía musical y su ideología política en la madurez de su vida.

 

«Había una bomba en la avioneta»

Panamá se convirtió en los años 70 en uno de los centros bancarios más fuertes del mundo, con un crecimiento similar al de la ciudad de Nueva York. Era el centro financiero más poderoso de Latinoamérica, y la idea de gobierno en la etapa del mandatario Omar Torrijos fue la de ser un referente,  sin ser una amenaza para Estados Unidos, su vecino del norte. Quería una Centroamérica socialdemócrata libre, respetuosa e independiente, pero no pudo ser.

La muerte del general Torrijos en un accidente de avioneta, y en extrañas circunstancias, hizo que Graham Greene se planteara escribir sobre aquel general al que había “aprendido a querer” durante los últimos años de su vida.  “Había una bomba en la avioneta.  Sé que había una bomba en la avioneta pero por teléfono no puedo decirte por qué” Aseguraba a Greene el jefe de seguridad del gobierno de Omar Torrijos.

Graham Greene acompañó a Torrijos en momentos tan trascendentales como las negociaciones con Estados Unidos sobre el Canal de Panamá. Fue el general Torrijos quien en 1977 firmó algunos de los tratados más importantes para la historia de Panamá. Los Tratados Torrijos-Carter que establecen la entrega progresiva de la administración del Canal de Panamá a Panamá, y el cierre de todas las bases militares estadounidenses en territorio panameño.

La primera vez que se publicó Descubriendo al General coincidió con el 80 aniversario del escritor Graham Greene y en México preguntaron a García Márquez qué traducción sería la más adecuada para Getting to know the general. Un libro en el que además de conocer un fragmento clave de la historia de Panamá se descubre también el paso de Greene por el espionaje y el por qué lo dejó.

Hoy, treinta años después de la primera publicación, Capitán Swing recupera la obra en una edición que cuenta con el prólogo Carta desde Panamá de Jon Lee Anderson. Una carta publicada por primera vez en The New Yorker, en el año 1999, en la que se ofrece un panorama político, económico y social de Panamá. La edición cuenta también con epílogos de Gabriel García Márquez,  quien califica a Greene como “amigo” y “ruleta rusa de la literatura”. “Graham Greene fue siempre a buscar sus fuentes de inspiración en lugares distantes y arriesgados”, escribe García Márquez.

Como escritor y periodista, Greene se interesó, en especial, por los países latinoamericanos.  En la novela El poder y la gloria, “dejó plasmada una visión fragmentaria, pero muy conmovedora de toda una época de México”, explica García Márquez. Visitaba a menudo las regiones y conocía a escritores y residentes. Viajes con mi tía tiene lugar en Paraguay, Nuestro hombre en La Habana, en Cuba y El Cónsul Honorario en Argentina. “¿por qué ese interés mío a lo largo de tantos años por España e Hispanoamérica? Tal vez resida en el hecho de que en esos países la política rara vez significa una mera alternativa de partidos políticos rivales, sino que siempre ha sido cuestión de vida o muerte”. Así reflexiona Greene en la carta que sirve de prólogo a la edición.

 

Cómo los grandes trabajan sus obras

 

Son muchas las biografías de Proust que hablan sobre su vida literaria y personal, y son muchas las que merecen un lugar preferente en la bibliografía sobre el autor francés. Pero si tuviera que elegir una como referencia, sobre todo de los últimos años de la vida de Proust, esta sería sin dudarlo la de Céleste Albaret, de soltera Gineste (1881-1984). Casada con el chófer de Proust,  Odilon Albaret, y de condición humilde y campesina, entró a servir a las órdenes del escritor en 1912, le dedicó tan bien sus cuidados y atenciones que algunos biógrafos han llegado a afirmar que el artista francés sólo había llegado a querer a dos personas en su vida: a su madre y a la propia Céleste.

Varios decenios después de la muerte del escritor, esta campesina, vino a bien rememorar los nueve años que pasó junto a él, haciendo testimonio del ímpetu creativo del francés, que dedicó los últimos alientos de su vida a la culminación de su majestuosa novela “En busca del tiempo perdido”.

La autora hace gala de una memoria casi fotográfica y de un gusto exquisito en la redacción, amén seguramente por las incontables conversaciones que mantuvo con su amo, el cual le recomendaba imperiosamente la lectura de los “buenos”, como Balzac. Ella comenzó su relación con el autor trabajando como recadera, a lo que pronto pasó a servir como criada, y luego en gobernanta de la casa, en confidente, y por último en su mano escribiente, la cual escribía al dictado del autor. Hay numerosas anécdotas que llenan el libro de curiosidades que solo una persona muy cercana a Proust podría describir, así como las referencias literarias, que plasman la personalidad del escritor francés en unas páginas llenas de sensibilidad exentas de cualquier sentimentalismo gratuito.

Es muy revelador saber cómo los “grandes” han trabajado sus obras. En “Monsieur Proust” se nos revela la mecánica de trabajo del escritor, como llega a ser una obsesión para él el trabajo, su manera de envestir el manuscrito y de finalizar, cueste lo que cueste, lo que se había planteado hacer desde un principio. Fue tal su dedicación que Celeste nos narra cómo fue capaz de descuidar su salud, hasta el punto de  no curarse una gripe que evolucionó a neumonía y septicemia, por no interrumpir las pruebas de un manuscrito.

Cuando la entrañable viejecita de 82 años decidió publicar estas memorias, que ante todo es un retazo conmovedor de un amor puro, desmoronó, además de revelar para el gran público al Proust humano, cotidiano, “mortal”, y afable,  los numerosos chismes injuriosos que rodeaban el halo de este genial novelista. Gracias a ella, hoy conocemos un poquito mejor el alma de este grande de la literatura universal.

 

La sirvienta de Proust

Céleste Albaret (1891-1984) fue la última sirvienta que tuvo Marcel Proust. Céleste –muy joven- se casó en 1913 con un taxista de París, Odilon Albaret que había trabajado para Proust como recadero o chófer en sus ya pocas salidas nocturnas… Odilon fue compañero de Alfred Agostinelli, uno de los grandes amores de Marcel, taxista también, antes de hacerse aviador y morir en un accidente junto a la Costa Azul. En 1913 se publicó –hace ahora cien años- el primer tomo de “En busca del tiempo perdido”, “Por el lado de Swann” que Proust pagó de su bolsillo. El primer contacto de Marcel con Céleste  -todavía lejano- fue que ésta hizo de recadera, llevando paquetes que contenían el libro a amigos o conocidos de “Monsieur”

Pero cuando estalló la gran guerra y el señorito Marcel rompió con el matrimonio que le atendía antes y que no se avenía bien a los extravagantes horarios de señor enfermo, entonces entró Céleste como ama y señora, esto si entendemos que tenía que seguir a rajatabla las órdenes de Proust, que incluían pasarse toda la noche en vela, mientras él trabajaba, por si sonaba la campanilla. Entre 1914 y la muerte de Proust en noviembre de 1922, Céleste fue criada y confidente. Claro que Proust no le podía contar todo (sobre todo no los mayores secretos de su vida, la relación edípica con su madre, y sus estancias en el mundo de Sodoma)  de todo lo demás le habló a Céleste mientras descansaba de su magna tarea, de sus amigos o no tan amigos, de príncipes y princesas, de sus parientes, del arduo trabajo en que estaba… Si lo podemos entender (no es fácil) sin dejar de ser nunca la criada, Céleste fue también la amiga, que se iba fascinando por las rarezas del señor y que, poco a poco, lo fue mitificando al intuir que ese ser desvalido y con graves crisis de asma, iba a ser (en el futuro) alguien muy importante. No se equivocó. Por eso Céleste –desde 1923 prácticamente desaparecida del ámbito proustiano, regentó con su marido un hotelito muy corriente en París- reapareció, triunfalmente, viuda, cuando en 1973  salió este “Monsieur Proust” (que ahora reedita en español Capitán Swing) con las confesiones que Céleste le hace al periodista Georges Belmont que llanamente las “recoge”. El libro no es la Biblia sobre Proust pero tiene valor y amenidad porque nos mete en su vida cotidiana de los últimos tiempos, cuando se esforzaba por concluir su novela-catedral. Informativo, rico en datos y chismes, un tanto sobreprotector con el “señorito”, Proust está vivo en el libro/recuerdo de Céleste. La engaña, a veces, pero no le miente. Cuenta que va al burdel de Le Cuziat (Jupien en la novela) pero no como asunto personal, sino en tanto investigador de los “vicios” que debía narrar en su libro.  Céleste (le cae bien Morand, no Gide) hace que se lo cree. Pero esa será la gran incógnita. ¿Sabía lo que calló? ¿Los camareros del Ritz que visitaban de madrugada a su señor, mientras ella estaba en la cocina? Como sea, es obra fundamental, incluidos los respetuosos silencios.

 

Roth, Joseph

Novelista y periodista austriaco, su verdadero nombre era Moses Joseph Roth. Estudió literatura y filosofía

El Anticristo

Sin duda la más extraña y misteriosa de las obras de Joseph Roth, El Anticristo ha desconcertado durante mucho tiempo, incluso a sus más fieles devotos. Un híbrido vertiginoso entre la novela, el ensayo y la memoria, escrito mientras Roth estaba en el exilio alemán tras el ascenso del nazismo

El Diario (1837-1861)

Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló «Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios». Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras para crear la edición en un solo volumen

Thoreau, Henry David

Nacido en el seno de una familia modesta, el escritor y ensayista estadounidense se graduó

Los diez libros que debes leer antes de primavera

 

Victor Serge era algo así como un revolucionario «profesional». Estuviera donde estuviera, pensaba en cambiar el mundo. Anarquista de origen belga, colaboró con la Revolución Bolchevique y fue un gran admirador de Lenin. Pero con la llegada de Stalin, Serge, vinculado también al izquierdismo trotskista cayó en desgracia. Fue probablemente el primer intelectual en criticar el estalinismo, y ello le valió la cárcel y que sus parientes no fueron tan afortunados: su hermana, su suegra, su cuñada y dos de sus cuñados murieron en prisión. Consiguió escapar gracias a las presiones internacionales y vertió aquellos años de terror en una de las novelas más escalofriantes del siglo XX, «El caso Tuláyev», que ahora recupera la editorial Capitán Swing, con prólogo de Susan Sontag. Una historia de víctimas y verdugos, la crónica de un estado policial y la fotografía de la dantesca experiencia de la más siniestra maquinaria de represión que haya dado la historia del ser humano, pero en la que no falta el humanismo de este hombre y escritor que le tiró de los bigotes con valentía inusitada a Papá Stalin.

 

 

Perfiles de la Guerra Fría

 

El general Omar Torrijos llegó al poder en Panamá en 1968 tras un golpe de Estado, y desde entonces fue un personaje fundamental de todo el engranaje centroamericano. Creó una suerte de protectorado para todos los refugiados y exiliados que huían de las dictaduras latinoamericanas, y desde una posición paternalista instauró en su país un régimen con libertades limitadas aunque socialmente comprometido y muy alejado de las salvajadas de sus coetáneos Videla o Pinochet.

Seguramente con deseos de diferenciarse de estos dictadores tan al uso en la época, invitó al ya por entonces afamado y veterano escritor británico Graham Greene en diversas ocasiones a visitar su país, para que diera cuenta de lo que realmente ocurría allí. Greene encontró a un hombre cercano, comprometido, sobre todo, con una causa: la devolución del Canal y la Zona que lo bordeaba (bajo soberanía de EEUU), causa por la que estaba dispuesto a ir a la guerra.

Graham Greene dejó un interesante relato de sus visitas e impresiones en este libro autobiográfico que no disimula su admiración por Torrijos, Getting to Know the General. The Story of an Involvement (Penguin), y que ahora publica la editorial española Capitán Swing con prólogo de Jon Lee Anderson, con el nombre Descubriendo al general.

Dividido en cuatro partes (las de sus cuatro visitas: 1976, 1977, 1980, 1983), el libro relata los viajes de su autor por un país en construcción, lejos de la adulación personalista y la represión, y lastrado por la permanencia del Canal en manos de los americanos. Tal y como cuenta Greene, Panamá no contaba con ningún puerto comercial en todo el territorio, por lo que debía pagar enormes cantidades para usar el Canal, algo que encarecía sus exportaciones. Torrijos enlazaba los altos índices de pobreza con la permanencia del Canal en manos norteamericanas. Y Greene estaba de acuerdo.

Falta de crítica

En 1976 conoce Panamá y a Torrijos, con quien congenia enseguida, en 1977 forma parte de la delegación panameña que acudió a la firma del Tratado de devolución del Canal entre el presidente Carter y Omar (como ya entonces llamaba a Torrijos), en 1980 fue enviado a Managua como miembro de la delegación panameña a los fastos de celebración de la finalización de la Cruzada Nacional de Alfabetización con la que el Gobierno sandinista había erradicado el analfabetismo en Nicaragua, y en 1983 volvería para visitar el lugar donde había caído el avión de Torrijos, accidente o atentado (Greene duda) que le costó la vida al general.

Lo más interesante del libro está relatado en sus dos últimos viajes, pues tanto Torrijos como Paredes (el sucesor de Torrijos en la presidencia) le habían encargado diversas tareas de mediación e información, que el escritor siempre estuvo dispuesto a cumplir. Así, negoció junto al también escritor Gabriel García Márquez (autor del epílogo del libro) la liberación de diversos presos en manos de algunas de las siete guerrillas salvadoreñas, o visitó a Fidel Castro en nombre de Paredes para hacerle ver que, pese a la muerte del general, la política exterior del país seguiría la misma línea. Tal y como él mismo le dijo a Fidel, no llevaba ningún mensaje pues el mensaje era él mismo. Hasta ese punto había llegado a ser alguien identificado con la persona y la acción política de Torrijos.

Se achacó a Greene una descarada y obtusa falta de crítica (por ejemplo, da cuenta de la extraña proliferación de bancos, pero no se pregunta ni investiga la razón), aunque esta admiración casi incondicional no hace menos interesante este libro, memoria viva de la Guerra Fría, escrito por uno de sus más insignes narradores.

Antonio G. Maldonado

Graham Greene publica “Descubriendo al general” sobre Omar Torrijos

 

Fue muy amigo del general panameño Omar Torrijos, que rigió los destinos de su país durante un período prolongado. El célebre escritor británico Graham Greene (1904 – 1991) quiso publicar, con motivo de su 89 cumpleaños, un libro que relatara su personal amistad de cinco años con el personaje político hispano-americano en el libro titulado “Descubriendo al general”, hoy reeditado por la editorial capitán Swing.

Omar Efrain Torrijos Herrera (1929 – 1981), oficial del ejército, tio un golpe de Estado en 1968 y la Constitución lo nombró “Lider máximo de la Revolución Panameña”. Graham Greene conectó bien con este personaje que murió en un extraño accidente de aviación y de ello quiso dejar constancia como escritor.

Torrijos soñaba con una Centroamérica socialdemócrata libre, respetuosa e independiente de Estados Unidos, pero no pudo ser. Su extraña muerte abortó las intenciones y el empeño. Un hijo de Omar Torrijos llegó a ser presidente de Panamá en 2004 – 2009.

El libro “Descubriendo al general”, de más de doscientas páginas, lleva un prólogo de Jon Lee Anderson y varios epílogos de Gabriel García Márquez, algo que lo hace particularmente especial. García Márquez escribió de Graham Green: “Él me enseñó una manera de ver el Caribe. Me enseñó a lograr que hiciera calor en los libros”.

“Graham Greene: La ruleta rusa de la literatura” es el título de uno de los epílogos de García Márquez, donde dice que el escritor británico “nos concierne a los latinoamericanos, inclusive por sus libros menos serios. En El poder y la gloria dejó plasmada una visión fragmentaria, pero muy conmovedora de toda una época de México”.

En “De mi amigo Greene” dice: “Greene era un maestro para dar un ambiente o una situación con un solo trazo. ¿Qué tal esta?: “Tal vez la tierra sea el infierno de otros planetas”.

“Descubriendo al general” es un libro que vale la pena leer porque allí está el buen escritor que fue Greene y la Hispanoamérica que él conoció y reflejó en sus libros, que siempre contaron con numerosos lectores.

 

El caso Víctor Serge

 

Victor Serge (1890-1947) era un tipo valiente. Si aún hoy puede costarte caro sostener que la disciplina militar, la adhesión inquebrantable al líder y la mordaza para el disidente no son valores de izquierda, esto podía suponerte un tiro en la nuca en la época en la que a él le tocó vivir. De hecho, Serge pagó esa convicción con una estancia en el gulag, el desprecio de la inmensa mayoría de sus ex camaradas y una muerte triste y solitaria en México.

El sofisma usado entonces contra Serge venía a ser el que hoy también puede escucharse, aunque en circunstancias obviamente menos dramáticas: criticar en público a un líder, un partido o un movimiento de izquierda supone hacerle el juego a la derecha. Su réplica sigue siendo válida: si el fin justifica la adopción de los métodos autoritarios y caudillistas de la derecha, apaga y vámonos.

Una pequeña editorial madrileña, Capitán Swing, acaba de reeditar la novela más interesante de Victor Serge: El caso Tuláyev. Menos conocida que parientes suyos como El cero y el infinito, de Koestler, o 1984, de Orwell, esa obra supone, sin embargo, una denuncia aún más explícita de la tiranía estalinista.

Obra coral, con diversos personajes y escenarios, su trama, entre policíaca y política, se desencadena a partir del asesinato a tiros del prominente camarada Tuláyev en una gélida noche moscovita. La búsqueda del asesino levantará el telón sobre la Unión Soviética de las purgas inquisitoriales de Stalin de los años 1930, un país lúgubre y acobardado donde la expresión de la más mínima discrepancia te puede llevar a la cárcel, el campo de concentración o, si eres afortunado, la ejecución sumaria. Sobre todo si el disidente es “uno de los nuestros”, un partidario de la revolución de 1917.

Como otras anteriores, esta edición de El caso Tuláyev está prologada por Susan Sontag. La escritora estadounidense arranca llamando a Serge “uno de los héroes éticos y literarios más imponentes del siglo XX”, y, a continuación, explica por qué, pese a ello, es tan poco conocido.

Para empezar, ningún país le reivindica. Victor Serge nació en Bruselas, hijo de opositores rusos al zarismo, y vivió en Bélgica, Francia, España, Rusia, Alemania y Austria, para terminar muriendo en México. Hablaba cinco lenguas (francés, ruso, alemán, castellano e inglés) y se consideraba ciudadano del mundo.

Tampoco le reivindica ninguna ideología: trabajó junto a socialistas, anarcosindicalistas y comunistas, pero fue siempre un átomo libre, un revolucionario inclasificable e indomable, un libertario. Como a tantos otros, las esperanzas despertadas por la revolución rusa de 1917 le engancharon, y en los años siguientes fue un activo bolchevique y un dirigente del Komintern. Pero la zafiedad y brutalidad de Stalin no tardaron en asquearle. Sus primeras críticas al régimen estalinista le llevaron al gulag, de donde solo salió, para ser expulsado de la Unión Soviética, tras una intensa campaña a su favor del escritor francés André Gide.

En los años 1930, 1940 y 1950, muchos intelectuales progresistas comulgaron con la inmensa rueda de molino de no expresar el menor reparo al régimen soviético para no dar bazas a sus poderosos enemigos. Pero también hubo quién no calló. André Gide y Victor Serge estuvieron entre ellos (y en España, el socialista Fernando de los Ríos y el marxista Andreu Nin).

Serge escribió El caso Tuláyev entre 1940 y 1942, en Francia, República Dominicana y México. Huía tanto de Hitler como de Stalin y seguía considerándose un revolucionario de izquierda. Pese al fracaso de la revolución rusa, jamás renunció a la idea de que el mundo necesita un cambio radical.

Así relata Susan Sontag su penoso final: “Desarrapado, desnutrido, cada vez más aquejado de angina de pecho –que empeoró a causa de la altitud de la ciudad de México-, sufrió un infarto en la calle a altas horas de la noche, llamó un taxi y murió en el asiento posterior. El conductor lo depositó en una comandancia de policía: transcurrieron dos días antes de que su familia supiera lo que había sucedido y pudiera reclamar su cuerpo”.

Victor Serge fue el primero en calificar de “totalitario” al Estado soviético, en una carta que escribió a unos amigos de París la víspera de su detención en Leningrado, en febrero de 1933. Era una verdad como un templo. Por mucho que fuera una verdad “incómoda” para buena parte de la izquierda mundial.

Su postura frente a la verdad es lo que hace tan genuino a Victor Serge, escribió John Berger. Entre la verdad y el partido, siempre escogió la verdad.

Javier Valenzuela

Víctor Serge aclara ‘El caso Tuláyev’

 

Es realmente estimulante observar cómo las diferentes nuevas editoriales van posicionándose cada una con su propia identidad: eso significa que todas y cada una tienen su razón de ser y que, de forma diferente a lo que ocurre con las grandes libreras, no están por estar o por el negocio, sino para ahondar precisamente en sus respectivas líneas editoriales. En el caso de Capitan Swing, no es azaroso que su catálogo explore de forma contestataria un pasado preeminentemente revolucionario, ya que es a través de la conciencia de aquellos errores y triunfos de donde se pueden extraer grandes lecciones para nuestro paupérrimo presente.

Tomemos como ejemplo la última referencia de Capitan Swing: “El Caso Tuláyev“, novela de ficción que el mismísimo John Berger definió como “la mejor obra de ficción jamás escrita sobre las purgas estalinistas“. Por algo será. El libro narra los procesos que prosiguieron al tiroteo en el que murió el camarada Tuláyev, un alto cargo del gobierno. Múltiples fueron los sospechosos y a todos les unía un único rasgo común: su inocencia (al menos, de los cargos imputados). Una lectura necesaria para entrar en contacto con Victor Serge (llamado realmente Victor Napoleón Lvovich Kibalchich), pieza imprescindible en la Revolución rusa que acabó exiliándose y viajando por todo el mundo (Barcelona incluída). Definitivamente, tenemos tanto que aprender del pasado…

 

La muerte del camarada

 

Kostia, un oficinista que comparte piso con Romachekin, saca su pistola y acaba con la vida del camarada Tuláyev, el del Comité Central, el de la deportación en masa en la región de Voróyen, el de las purgas en la universidad. Y es que Kostia piensa que Tuláyev ha hecho un mal inconmensurable a la juventud, se ha valido de la mentira, ha ultrajado la fe de las personas en el partido y ha conducido al país al borde de la desesperación. Rápidamente se inicia una investigación para depurar responsabilidades y aclarar las circunstancias de la muerte del camarada.

Al principio las sospechas recaen sobre la secretaria del muerto que mantiene una relación con un estudiante que no pertenece al partido y sobre el chofer quien mantiene su versión de que no sabe nada y es inocente. Las autoridades comienzan a elaborar una lista de mil setecientos cuarenta potenciales sospechosos. El caso se ramifica en todas las direcciones, se relaciona de forma absurda con otras investigaciones y al final se junta una disparatada multitud de prisioneros. Todos sospechosos y culpables para el régimen que se vale de cualquier pretexto: traición, delitos de terrorismo, el desmembramiento de la Unión, las contradicciones interiores del régimen, el deseo de poder, la presión del entorno capitalista, las intrigas de los agentes extranjeros o la actividad demoníaca del Judas-Trotsky.

‘El asesinato de Tuláyev‘ es la oportunidad perfecta para limpiar el partido. Solo así se pueden justificar las detenciones, los interrogatorios, las torturas, las violaciones de los derechos humanos, las purgas, los crímenes y los encarcelamientos a los que Stalin sometió a personas inocentes durante décadas. ‘El caso Tuláyev‘ de Víctor Serge hace referencia a las consecuencias que tuvo para la Unión Soviética el asesinato del dirigente Kirov a manos de Leon Nicoley el 1 de diciembre de 1934. ‘El caso Tuláyev‘ es una novela de personajes, de mártires (Erchov, Makeyev, Stefan Stern o Ryzhik) que plasma una de las épocas más duras de la represión estalinista.

La obra refleja a la perfección el desencanto, las miserias, el clima de incertidumbre y el clima de inseguridad y miedo en el que se sumía la población rusa ante la violencia desmesurada y la sinrazón de los gobernantes. A lo largo de las páginas asistimos a la caza de brujas: a la búsqueda del culpable que se cobrará la vida de muchísimos inocentes. Se nos presenta un mundo lleno de injusticias sociales, desigualdades y crueldades cuyo radio de acción abarca todo el espectro del planeta.

‘El caso Tuláyev‘ de Víctor Serge nos habla de una época cruel y oscura, tiempos difíciles en los que la alargada sombra del comunismo sumía a los campesinos en el hambre, en la devaluación del rublo y en el distanciamiento entre ciudadanos y gobernantes. Se trata de una reflexión sobre la violencia, una crítica social a la irracionalidad y a las purgas que pone en marcha el sistema. Y es que para El Gran Jefe el fin justificaba los medios.

 

Ideas para escribir sobre la crisis, aunque escribir sobre la crisis no sea obligatorio

Corren tiempos en los que parecería lógico que cada escritor escribiera su novela de la crisis. Porque algunos silencios o algunas tangentes resultan perturbadores. No es obligatorio escribir sobre las crisis, aunque resulta casi imposible no hacerlo… La crisis se podría abordar desde una perspectiva temática íntima, épica o coral y podría dar lugar a cientos de relatos diferentes: unos papás progres, de los que se han preocupado mucho por vestir a sus cachorros con prendas de algodón ecológico y esas cosas, tienen un miedo cerval –un miedo que te cagas– ante el futuro; una muchacha soñadora demuele su concepto del amor porque no tiene dinero suficiente para hacerse la cera; los libertinos asisten al derrumbe de su sexualidad: ya no tienen ganas de nada; un parado consume tranquilizantes y ve la televisión; la clase media y la fantasía de la libertad llegan a su fin; Robin Hood resucita y se vuelve a morir; un escritor pergeña el best seller total de la corrupción política de alto standing; un comando terrorista de octogenarios envía paquetes de goma 2 a las sucursales bancarias; una emprendedora pone un negocio de plantas de interior y se la secan; los responsables de una perrera matan a todos los perros porque ya nadie adopta animales…

 

La crisis se podría abordar desde distintos géneros y tonos: ópera bufa, tragedia griega, canción protesta, novelón decimonónico, poema deconstructivo, sátira, culebrón,  bildungsroman… Desde una óptica realista –si se cree legítimamente que el realismo aún no está desactivado como instrumento de denuncia–, una óptica negra, metaliteraria, documental, de espejo del callejón de Álvarez Gato o de fantasía y ciencia ficción. Hay muchas cosas que contar del mundo en que vivimos y, si uno sigue siendo un poquito sartriano, no es improbable confiar en que hacer el relato de lo que no queremos ver, de lo que nos pasa desapercibido o de lo que nos duele, es el primer paso para la transformación. Porque escribir es una acción que puede llegar a ser incluso una acción política: aunque no siempre, la escritura solo se convierte en una acción política cuando molesta.

Quizá el mejor ejemplo de escritura política consista en acudir a una manifestación. Marcar con la pisada el asfalto. Sin faltas de ortografía. Apretando el lápiz. Con mala letra.

¿Y si la crisis se convierte en merchandising?

Pero ¿y si la literatura política se ha convertido en una moda? ¿Y si es el nuevo icono indie? ¿Y si el radio de actuación de la literatura –en el corralito de la conciencia y desde ahí hacia el universo y ¡más allá!– se restringe y su casi insignificante repercusión en el espacio público se desactiva porque las palabras de los textos son como un pin del Ché Guevara y los significantes dejan de tener significado o lo alteran hasta hacerlo irreconocible por obra y gracia del poder zombificador del mercado? No se puede criticar la demagogia –mucho menos combatirla– escribiendo libros demagógicos. Ay.

 

No soy Sidney Poitier (Blackie Books), del escritor estadounidense Percival Everett: Everett no habla de la crisis, pero sí habla de la dificultad de ser persona cuando uno pertenece a una minoría discriminada, en este caso, los negros en Estados Unidos. En unos Estados más que otros. También habla sobre la necesidad de definirnos y sobre la manía de encontrar nuestra identidad precisamente en todo aquello que no somos.

La sabiduría de Everett consiste en combinar el tono de Vonnegut con el de Groucho Marx –probablemente el segundo ya estaba dentro de la lógica narrativa y del sentido del humor del primero– para crear un profesor de filosofía del sinsentido (sic), llamado Percival Everett, que tiene como alumno a un negro multimillonario cuyo nombre es No soy Sidney Poitier. Con la construcción de un personaje como No soy Sidney, Everett sugiere que hay distintos criterios de discriminación y que, como en el juego de piedra, papel, tijera, unos neutralizan a otros: por ejemplo, si uno es lo suficientemente rico y el interlocutor lo sabe, se minimiza el problema del género o de la raza. No es que se anule completamente, pero si me permiten el chiste –no puedo evitar contagiarme por el tono de estos libros–, las cosas se ven “de otro color”.

A partir de ahí, se suceden situaciones hilarantes como cuando No soy Sidney Poitier descubre que las felaciones pueden llegar a ser muy dolorosas; cuando recrea el argumento de La esclava libre, película en la Sidney Poitier participa, pero No soy Sidney Poitier, no; o cuando Agnes, la hija de una familia negra pero no demasiado, hace piececitos por debajo de la mesa con un comensal albino que no puede disimular su satisfacción… Lo mejor de esta novela es el retrato de esos negros que no quieren ser negros o que juegan toda su vida a ser negros buenos, negros domesticados, negros integrados. Como si no pasara nada. El tipo de negro que, en parte, fue Sidney Poitier y, más recientemente, Denzel Washington. O el mismísimo Obama. Que es negro. Pero solo a medias. Y para lo que le interesa.

Julio Jurenito

Parece que el tono de humor, más o menos vitriólico, le cuadra a la literatura política. Yo estoy empezando a pensar que, en algunos casos, humor y efecto político pueden llegar a ser incompatibles: sobre todo, cuando el humor se emplea como calmante. Sin embargo, estoy a favor de que se utilice como lubrificante y que, practicándote una prueba diagnóstica indolora –¿existen?–, al final descubras que padeces un cáncer terminal. Eso sucede con algunos libros de De Lillo, con los de Lionel Schriver, incluso con los de Kurt Vonnegut. Con Julio Jurenito de Ilya Ehrenburg, publicado por Capitán Swing, sucede algo diferente: Julio Jurenito es maestro, guía, amigo, socio, camarada, el mesías, en torno al que, entre otros discípulos, se congregan un vagabundo italiano, el propio Ehrenburg, un capitalista cristiano y, sobre todo, el gran Spiridonovich, tolstoiano histérico e histriónico, a quien alma, culpa y redención no se le caen de la boca…

 

Las aventuras de esta pandilla a través de una Europa de guerras, revoluciones y entreguerras expresa la admiración y el rechazo hacia la cultura occidental; la reserva y el entusiasmo hacia las revoluciones; y el amor y el odio hacia la naturaleza humana. En esa fusión de contrarios, que forma parte de la corrección política actual y a la vez quizá es una aproximación realista a nuestra condición de animales mamíferos evolucionados, se introducen lúcidas reflexiones sobre el arte, el sexo, el papel del capitalismo en los enfrentamientos bélicos, la crueldad de los biempensantes, el “humanitarismo” de una guerra que perdona el asesinato masivo siempre y cuando éste no se cometa con balas Dum-Dum. La sátira se combina con la autoficción, la novela de aprendizaje y de aventuras, e incluso con el didactismo de algunas obras del Barroco.

No sé muy bien por qué, pero mientras leía a Ehrenburg me acordaba de El criticón de Gracián. Las asociaciones de mi conciencia libresca, mis redes intertextuales y mis respuestas a los test de Rorschach literarios a veces son muy libres. Pero lo más interesante de Julio Jurenito es la sana pretenciosidad y la iluminación desde las que se atreve a escribir Ehrenburg. Sin miedo de subirse al púlpito para dirigirse “a las generaciones futuras”. Ilya Ehrenburg fue poeta, amigo de Picasso, corresponsal durante la primera guerra mundial, simpatizó con la revolución, emigró de la Unión Soviética y, en último término, fue un humanista. En el mejor y en el peor sentido de la palabra.

 

 

 

 

Pantagruel redimensionado

 

Las asombrosas historias de Julio Jurenito, esa suerte de Pantagruel redimensionado y actualizado pero no menos extraordinario, constituyen a día de hoy una rareza. Y no lo digo por el hecho de que esta magnífica novela de Ilya Ehremburg no disfrute del reconocimiento que merece, sino por lo sorprendentemente moderna que resulta pese a su venerable edad y a la sabia combinación de humor, exageración y denuncia gracias a la cual construye esta enmienda a la totalidad por reducción (o tal vez por ampliación) al absurdo con la que el autor desnuda a las sociedades americana, europea y eslava de su época. Y de la nuestra.

Como demostración de la originalidad de la novela, un botón, el título original completo:

Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito y sus discípulos

Monsieur Delet, Karl Schmidt, míster Cool, Alexei Tishin, Ercole Bambucci, Ylia Ehremburg y el negro Aisha

En días de paz y guerra y revolución, en Paría, en México, en Roma, en Senegal, en Kinieshma, en Moscú, y en otros lugares, y también las distintas opiniones de Maestro.

Sobre el arte de fumar en pipa, sobre la muerte, sobre el amor, sobre la libertad, sobre el juego del ajedrez, sobre la raza hebrea, sobre la construcción y sobre muchas otras cosas.

Julio Jurenito, mexicano de personalidad desbordante y discurso torrencial, persona sin principios que sin embargo los defiende con pasión, es una suerte de profeta de la destrucción del orden establecido mediante la provocación que alista en su cruzada a sus discípulos, que más que personajes son tópicos que representan tan clara y burdamente los estereotipos de sus diferentes nacionalidades que ejercen de lupa sobre los defectos de las mismas, aunque de lupa que deforma como los espejos de las ferias una realidad cuya denuncia, no obstante, no resulta por ello menos contundente.

Destaca que Ilya Ehremburg ejerce de autor y narrador, pero también de personaje, representante de los judíos en este caso, y hay que señalar que la mirada que se dirige a sí mismo no es más condescendiente que aquella a través de la cual convierte a sus compañeros de viaje y al viaje mismo en un esperpento por lo demás no menos coherente que la realidad que retrata y ridiculiza.

La ácida mirada de Jurenito resulta demoledora y sus opiniones, sus discursos, no por exagerados, tendenciosos o abiertamente absurdos en ocasiones, mueven menos a la reflexión. El dominio de Ehremburg de la ironía, del humor y, porqué no, de la provocación hace brillar este texto más allá de su propósito evidente, porque su lectura además de interesante es francamente divertida. Recuerda en esto, ya lo dije en el primer párrafo, a Gargantúa y Pantagruel, sólo que Julio Jurenito es menos inabarcable.

Para finalizar, unas breves palabras, una digresión si así se quiere, sobre el autor: resulta complicado encajar una obra como esta en un autor como Ehremburg, y no hablo de cuestiones meramente literarias ya que acabo de descubrirlo y no conozco el resto de su obra, donde resulta difícil ubicarlo es en ese breve esbozo biográfico suyo que señala que abandonó Rusia en 1920 (Julio Jurenito es de 1922) pero regresó en 1950 y llegó a convertirse en diputado del soviet supremo y obtener el Premio Lenin de la Paz. Cierto que 1950 no era ya 1920, con tolo lo que ello implica, pero sigue siendo difícil concebir que el autor de un libro tan libre como este lograse reconciliarse con un régimen soviético (ni con ningún otro, ya que nos ponemos) que sale tan mal parado de su lectura, al igual por lo demás que ocurre con las sociedades capitalistas occidentales.

Andrés Barrero

 

Lincoln según Marx, una joya periodística

Entre los muchos textos sobre Lincoln que han llegado durante las últimas semanas a las librerías, este llama poderosamente la atención. Reúne algunos de los escritos más conocidos del presidente americano. Hasta aquí no hay demasiada novedad. Pero además  incluye otra serie de artículos periodísticos en los que Karl Marx, autor del Manifiesto Comunista y El Capital, analiza y opina sobre la Guerra Civil Americana y la causa de la emancipación. Marx se nos muestra como un periodista con los pies en la tierra y no como un teórico desvinculado de la realidad. De hecho, el pensador alemán estuvo tentado de hacer las maletas y emigrar a Filadelfia a emprender una vida más próspera, económicamente hablando.

Lo que muchos ignorábamos es que Marx y Lincoln se cartearon. Este libro también contiene dicha correspondencia. Pero en fin, no es exactamente entre ambos, sino entre la I Internacional Socialista y el embajador americano, y encima a través del Times.

En suma, lo mejor del  libro, aparte de la excelente introducción del profesor Robin Blackburn en la que analiza las convergencias programáticas entre ambos, son los análisis en tiempo real de Marx.

Constituyen un documento periodístico algo más que curioso, altamente aprovechable. Marx reniega de la causa confederal, que considera oligárquica y represora. Y paradójicamente se pone del  lado del federalismo, que luego derivaría, con matices, en el republicanismo actual. Lo hace porque no ve una guerra de aranceles, como la prensa británica –a la que puede seducir la idea de la secesión-, ve una guerra de emancipación de trabajadores. El libro apunta otra noción clave: Lincoln supo que había que convencer al mundo de que la esclavitud era la causa fundamental de la guerra para tenerlo de su parte.

Javier REDONDO

 

Cartas de amor y política entre Marx y Lincoln

Miren un retrato de Karl Marx. Ahora uno de Abraham Lincoln. En principio, un huevo y una gallina tienen tanto en común como estos dos pilares de la historia del siglo XX. Uno, el revolucionario del 48, crítico radical con el liberalismo y hasta con los derechos humanos como derechos burgueses. El otro, liberal, capitalista y tutor de la revolución mercantil.

La aventura política les distanció lo suficiente como para hermanarles en su aventura moral. Lincoln era un paladín del trabajo asalariado libre y Marx creía de esta que era una forma de esclavitud asalariada en la que el trabajador se veía forzado por la necesidad económica a vender su fuerza de trabajo para escapar del hambre y el desahucio. Ambos se fundieron durante la guerra de secesión norteamericana en contra de la condición del esclavo y de la opresión del ser humano, a favor del proyecto emancipatorio.

“Desde el principio de la lucha titánica que libra América, los obreros de Europa sienten instintivamente que la suerte de su clase depende de la bandera estrellada”, escribe el 28 de enero de 1865 el responsable de la Asociación Internacional de Trabajadores al presidente de los Estados Unidos. En una épica desmedida se alegran de que sea Lincoln, “el enérgico y valeroso hijo de la clase trabajadora”, el encargado de hacer triunfar la emancipación de una raza encadenada y la “reconstrucción de un mundo social”, que hoy ha quebrado.

Unidos contra la esclavitud

Precisamente la AIT justifica su adhesión a la causa unionista en la defensa de las conquistas del pasado y en las esperanzas en el futuro: “Las clases obreras de Europa comprendieron enseguida que la rebelión de los esclavistas era el toque a rebato para una cruzada general de la propiedad contra el trabajo”. La prosa se hincha y eleva los ánimos cuando el escrito denuncia la oligarquía que pretenden levantar 300.000 propietarios de esclavos para “inscribir la palabra esclavitud en la bandera de la rebelión armada”.

Lincoln responde a través del embajador norteamericano a la carta, el 6 de febrero de 1865. Les asegura que el presidente acepta los halagos y le inquieta ser capaz de estar a la altura de la confianza que han depositado en él “sus conciudadanos y tantos amigos de la humanidad y el progreso en todo el mundo”. Charles Francis Adams explica que el proyecto de Lincoln es “promover el bienestar y la felicidad de la humanidad mediante la interposición benevolente y el ejemplo”. Así que define la causa del conflicto con los insurgentes defensores de la esclavitud como “la causa de la naturaleza humana”.

Tres meses más tarde Marx vuelve a escribir a los Estados Unidos. En este caso su retórica se afina para homenajear la figura de Lincoln, asesinado el 14 de abril de 1865, en el Teatro Ford de Washington D.C. El destinatario es el nuevo presidente, Andrew Johnson, a quien le ofrece el pésame un tanto peculiar: “No nos corresponde a nosotros pronunciar palabras de dolor y horror, cuando el corazón de dos mundos suspira de emoción”. Alaba su templanza: “Ahora han descubierto por fin que era un hombre que ni se dejaba intimidar por la adversidad ni intoxicar por el éxito”. Honra su carácter sencillo: “Hacía su obra titánica humildemente y con sencillez mientras los gobernantes de origen divino hacen pequeñas cosas con la grandilocuencia de la pompa y el Estado”. Y siempre camina por el límite de lo cursi: “Atemperaba actos duros con el brillo de un corazón amable”.

Virtud y vigilancia

Cierto es que Lincoln se merecía la poesía de Marx por anteponer los derechos del hombre a los derechos de la propiedad desde el primer momento. “En su primer gran discurso, pronunciado en 1838 en el Liceo de la Juventud de Springfield, denunció los linchamientos de negros y el asesinato de un editor abolicionista”, recuerda Robin Blackburn en la introducción del libro Guerra y emancipación, publicado por Capitán Swing, en el que Andrés de Francisco hace una selección de textos de ambos líderes e incluye la breve correspondencia.

Los de la década de los sesenta fueron los años de mayor actividad política de Marx y el trasfondo del conflicto norteamericano parece haberle ayudado a pulir y organizar algunos de sus mejores trabajos, como la elaboración de sus análisis de la duración de la jornada de trabajo en El Capital, publicado en 1867. Había precedentes republicanos que pudieron modelar algunas pautas comunistas, como el lema de 1862: “Suelo libre, trabajo libre, hombres libres”. Todavía retumban ingredientes del discurso inaugural de Lincoln, pronunciado el cuatro de marzo de 1861 en Washington, en el que condicionaba la honestidad del político a la madurez del ciudadano: “Mientras el pueblo mantenga su virtud y vigilancia, ninguna administración, en un extremo de maldad o locura, podrá perjudicar seriamente al gobierno en el breve espacio de cuatro años”. Parecía tan sencillo.

 

Tarantino vota a Marx y Spielberg a Lincoln

Atención, pregunta. ¿Qué cara pondría usted si se cruzara por la calle con un marciano? Quizás la misma que ponen los tejanos de la última película de Tarantino cuando ven a un negro entrando en su pueblo montando a caballo. Estupefacción total. En Django desencadenado, que lleva dos semanas encabezando la taquilla española, Tarantino no se limita a dar los papeles con su libertad a un esclavo (Django, interpretado por Jamie Foxx), sino que le empodera a lo bestia: le da un caballo, le viste de cowboy y le arma hasta los dientes. Pero lo más subversivo de todo es que…  ¡también le da un trabajo! Un empleo de cazarecompensas que, para colmo, no sólo está excelentemente bien pagado, sino que le permite liarse a tiros con los negreros blancos que le explotan.  ¡Marx estaría orgulloso de Tarantino! También Lincoln, en parte.

La publicación de Guerra y emancipación (Capitán Swing, 2012), ensayo sobre la correspondencia mantenida entre Lincoln y Marx durante la Guerra de Secesión, permite hacer una relectura sobre cómo tratan Tarantino y Spielberg (Lincoln) el fin de la esclavitud en sus nuevas cintas.

Lincoln y Marx coincidían en que abolicionismo y autonomía laboral debían ir de la mano. Si uno no era dueño de su trabajo, no había emancipación posible: “Vosotros habéis entendido mejor que nadie que la lucha para terminar con la esclavitud es la lucha para liberar al mundo del trabajo, es decir, a liberar a todos los trabajadores. La liberación de los esclavos en el Sur es parte de la misma lucha por la liberación de los trabajadores en el Norte”, escribió Lincoln en una misiva a los sindicatos neoyorquinos. O la esclavitud como un sistema extremo de explotación de los trabajadores que había que derribar. ¡Lincoln agitador proletario! Lo que no quita, claro, para que hubiera profundas diferencias políticas en los métodos de Marx y Lincoln. Igual que hay profundas diferencias políticas en los enfoques de Tarantino y Spielberg. Dinamita versus leyes.

Tarantino, por ejemplo, ni siquiera se molesta en esperar a que el presidente Lincoln acabe con la esclavitud para liberar a su esclavo. Django desencadenado transcurre en 1858, tren años antes del inicio de la Guerra de Secesión y siete antes del asesinato de Lincoln. Como ya hiciera en Malditos bastardos (2009), el director modela la historia a su gusto para hacer justicia poética: convierte al esclavo Django en un pionero del Black Power que se venga del KuKluxKlan y de los negreros de las plantaciones con ráfagas de tiros y hip hop. Un subversivo más cercano a Marx que a Lincoln.

Spielberg, por su parte, se centra en las luchas de poder que llevaron al abolicionismo. Lincoln es una película sobre el fin de la esclavitud… sin presencia de negros. En efecto, al contrario que en El color púrpura (1985) y Amistad (1997), Spielberg da ahora la palabra a los políticos blancos que sacaron adelante la ley que abolió la esclavitud y zanjó la guerra civil. Explica cómo se cocinó la Decimotercera Enmienda. Una trifulca política entre bambalinas que el congresista interpretado por Tommy Lee Jones resume así: “La ley más decisiva de la historia de EEUU se ha aprobado gracias a un proceso corrupto manejado por el hombre más honrado [Lincoln] que ha dado nunca este país”.

Si Spielberg nos entrega la ley que convirtió a los esclavos en hombres libres, Tarantino anticipa (consciente o no) que el documento puede ser papel mojado si las nuevas libertades no se practican a las bravas. Django desencadenado es una fantasía histórica que contiene más de una verdad política: el abolicionismo no podía acabar con la discriminación y la desigualdad sino iba acompañado de emancipación laboral y autonomía personal. Lincoln y Django desencadenado, dos caras del mismo proceso cuyo penúltimo coletazo es que un negro carismático se puede pasear ahora a caballo por los jardines de la Casa Blanca si le da la real gana.

 

Serge, Victor

Anarquista y protagonista destacado de la Revolución rusa desde 1918, Victor Napoleón Lvovich Kibalchich

El caso Tuláyev

En la gran tradición de la novela europea, El caso Tuláyev es la comedia humana de un estado policial, con la sensación de urgencia y amenaza que se cierne sobre la capital moscovita sitiada por el invierno, donde el inocente confiesa su culpa y el castigo cae sobre él, y en la que la explicación de los hechos se da no como una fórmula histórica,

«Guerra y Emancipación. Lincoln & Marx» recoge la relación epistolar entre ambos personajes

El alemán y el estadounidense intercambiaron una serie de cartas con los temas del fin de la esclavitud y la situación de los trabajadores como ideas comunes

Si el nombre de Abraham Lincoln es esencial en la historia y en la constitución de los Estados Unidos de América, ahora, a raíz de la película dirigida por Steven Spielberg, su figura adquiere una mayor notoriedad. Como en todo gran personaje, hay pasajes de su vida que no son tan conocidos, ya sea por desconocimiento o por interés en esconderlos.

Capitán Swing publica en castellano, gracias a la traducción de Antonio Lastra, Andrés de Francisco y Javier Alcoriza, la correspondencia que tuvo al final de la Guerra Civil estadounidense con Karl Marx, a priori alguien con el que resulta extraño imaginarse una relación de admiración y comprensión, pero que como descubre el libro, coincidían en algo tan esencial como la causa de los trabajadores libres y en la urgente necesidad de acabar con la esclavitud.

Los escritos que recopila la obra indican el importante papel de los comunistas internacionales en oposición al reconocimiento europeo de la Confederación. Frente a la presuntuosa opinión del Londres liberal de su tiempo, que afirmaba que el verdadero motivo del conflicto eran los aranceles, Marx sabía que la crisis tenía que ver con la esclavitud. Era consciente de que el capitalismo podía fácilmente apoyar e incluso prosperar a costa de ésta y otras formas de servidumbre humana. Sus numerosos escritos sobre la Guerra Civil, lejos de propugnar un socialismo de raza blanca, demuestran una intención universalista: «sólo el rescate de una raza encadenada llevaría a la reconstrucción de un mundo social».

Poco después, los ideales del comunismo atrajeron a miles de adeptos por todo EE.UU., y la Asociación Internacional de Trabajadores trató de radicalizar la revolución inacabada de Lincoln promoviendo los derechos de los trabajadores blancos y negros, nativos y extranjeros, contribuyendo a una crítica profunda de los magnates que se enriquecieron con la Guerra, e inspirando una extraordinaria serie de huelgas y luchas de clase en las décadas siguientes.

 

EE.UU., ese país ¿comunista?

 

“El mundo no descubrió a Lincoln como héroe hasta que hubo caído como mártir”, dejó escrito Karl Marx. Esta admiración abre una de las grandes novedades de la semana literaria, Guerra y emancipación, la correspondencia entre Marx y Lincoln que publica Capitán Swing. En estas cartas, intercambiadas en los años de la Guerra Civil estadounidense, descubrimos la amistad y sentimientos parejos de ambos por acabar con el conflicto de la esclavitud. El director Steven Spielberg, que acaba de estrenar su vasto biopic sobre el presidente norteamericano y padre de la nación y gran líder, parece haber soslayado este espíritu “comunista”, pero ahí están las palabras para recordárnoslo.

De hecho, si bien Lincoln fue asesinado (uno de los homicidios más teatrales de la historia, que además, sucedió en un teatro), eso no fue obstáculo para que, después de que iniciara su revolución, la Asociación Internacional de Trabajadores comenzara a promover huelgas por todo el país estadounidense abogando por los derechos de los trabajadores blancos y negros, nativos y extranjeros.

Bien sabemos que EE.UU. siempre ha recelado del comunismo. No hace tanto de esa caza de brujas del senador McCarthy. Mucho menos de Reagan y del apostolismo neocon, pero esta correspondencia nos demuestra que en aquel nacimiento de la nación ya había un tipo merodeando por allí que puso las bases del sistema político y social marxista, y al que quizá los estadounidenses deban mucho más que a las barras y estrellas de la bandera. Para sacar más conclusiones, ahí están las cartas.

 

Salir de la anestesia local con Günter Grass

Tanto da el 68 que el 13. El matri­mo­nio entre el acti­vismo polí­tico y el artista es tan espi­noso como cual­quiera de los civi­les o eclesiales.

Un alumno idea­lista e incons­ciente que con­trasta con un pro­fe­sor cons­ciente y deca­dente. La eterna vieja escuela de la acción directa con­tra el cam­bio polí­tico tran­quilo, sose­gado, cua­trie­nal, progresivo.

Así se cons­truye la trama de Anes­te­sia local, un libro de 1969 res­ca­tado al cas­te­llano por Capi­tan Swing del pre­mio Nobel Gün­ter Grass, donde este se moja sin palia­ti­vos sobre el mari­daje arte­po­lí­tico. Aun­que sin tomar par­tido. La bio­gra­fía de Grass se parece más a la de Sta­rusch, el maes­tro con un pasado tor­men­toso mar­cado por el aban­dono de su pro­me­tida, que a la del alumno, que pre­tende que­mar a su perro vivo en pleno Ber­lín para pro­tes­tar por la Gue­rra de Viet­nam y el uso del napalm.

Nin­guno de los per­so­na­jes sale espe­cial­mente bien parado, sin embargo: esta es una novela sobre la debi­li­dad humana y sobre como el pasado nos devora en detri­mento del futuro esperanzado.

En medio de este eje mas­cu­lino los per­so­na­jes feme­ni­nos tie­nen el aspecto de fan­tas­mas, de musas y val­quí­rias, de guías y ten­ta­cio­nes aje­nas a la iner­cia del estan­ca­miento abur­gue­sado. Sumi­dero de los pla­nes y la ima­gi­na­ción, la socie­dad de la pos­gue­rra se pre­senta como un obs­táculo al pla­cer. Cual­quier dis­frute es pos­trero, la muerte, el fin del libro, el abismo, parece el último res­qui­cio de ali­vio para unos per­so­na­jes que deam­bu­lan con­ven­cién­dose unos a otros de temas sobre los que no están dema­siado segu­ros: mien­tras las ideas se mue­van, mien­tras la inac­ción se man­tenga, habrá una segu­ri­dad en un futuro que nin­guno se atreve a abor­dar por cobar­día. Per­so­na­li­da­des sub­si­dia­rias y pará­si­tas de los demás, todas rodando hacia la nada.

Divi­dido en tres par­tes, Grass cons­truye per­so­naje, trama y desen­lace casi en com­par­ti­men­tos estan­cos, sal­pi­men­tán­do­los con bas­tante Séneca –su dis­cí­pulo fue Nerón, que exten­dió la “cale­fac­ción” en Roma– y haciendo de la enso­ña­ción y la estruc­tura enma­ra­ñada un com­ple­mento satis­fac­to­rio para el afor­tu­nado lec­tor que ter­mine o empiece el año con este volumen.

 

Desternillante retrato de la generation beat

Fresco e irreverente. Dos adjetivos que suenan a piropo para una obra con más de 40 años a sus espaldas. La recopilación de escritos, artículos y entrevistas que componen A la rica marihuana y otras especias (publicada en 1967) ha sido reeditada esta pasada primavera por la editorial Capitán Swing. Extravagante, a la par que brillante, supone una delicia literaria para los amantes de la generación beat.

Su lenguaje, a veces demasiado hip, es una valiosa fotografía de las expresiones y comportamientos de la contracultura americana de finales de los 50 y principios de los 60. Por eso, pese a su avanzada edad, el libro se conserva joven, manteniendo ese toque insolente que cautivó a sus coetáneos. Sus 275 páginas aseguran al lector un carrusel de carcajadas y buenos momentos.

Las veinte historias en las que se divide el libro, diferentes en forma y contenido, recorren un sinfín de paisajes de la cultura yanqui; eso sí, casi todos con la droga como telón de fondo. Southern lo mismo habla de música sureña, de política exterior, de homosexualidad, racismo, de la falsa moral, de la CIA, de Hollywood o de la carrera espacial; llegando a recrear un encuentro ficticio entre Kafka y Freud. Todo ellos, relatos recopilados de sus publicaciones en la revista Squire.

Para Tom Wolfe, Southern es el padre del llamado Nuevo Periodismo, que supuso una renovación de ese estilo acartonado en la forma de contar de historias. Es en los hilarantes diálogos donde el autor destapa todo su talento. Da igual que la conversión sea entre dos fumetas, en el que hasta las vacas se colocan, o una discusión entre dos editores de una revista de Madison Avenue. El humor, al igual que las drogas, es el barniz que impregna cada conversación. Un talento, que los amantes del cine pudieron disfrutar en la fabulosa cinta de Stanley Kubrick, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de cuyo guión es corresponsable.

 

Odio contra la chusma

 

Suelen merodear el extrarradio británico atados a un pitbull y vestidos de riguroso Burberry –Nike o Adidas en su defecto–. La navaja no es descartable, tampoco algo de bisutería vistosa y barata. Capucha o gorra y andares gallináceos completan la estampa. Se les conoce vulgarmente como chavs y de un tiempo a esta parte se han convertido en el punto de mira de la peor bilis clasista británica. “Detritus de la Revolución Industrial”, “parásitos sociales”, “subclase palurda” son algunas de las lindezas que día a día les dedican los más avispados tribunos conservadores. La caricatura chav va camino de convertirse en el pasatiempo favorito y en el comodín ideal de políticos, periodistas y humoristas.

El vapuleo a los chavs se inspira en una larga e innoble tradición de odio de clase, pero no puede entenderse sin atender a acontecimientos más recientes. El joven historiador Owen Jones indaga en Chavs. La demonización de la clase obrera (Capitán Swing) cómo Gran Bretaña ha pasado de una rica cultura de clase, conformada entorno a poblaciones de mineros y estibadores, a la lenta decadencia actual perpetrada por los sucesivos gobiernos tories y neolaboristas.

Los ataques de Thatcher a los sindicatos y a la industria asestaron un duro golpe a la vieja clase obrera industrial. Los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de los que la gente estaba orgullosa, y que habían significado el eje identitario de la clase obrera, fueron erradicados en la década de los 70. Apelando a la engañosa idea de la responsabilidad individual para ascender en la escala social, la Dama de Hierro sentó las bases del “sálvese quien pueda” actual. “El objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten entre sí por su propio interés”, explica Jones en su ensayo. Una política fiscal que desplazaba la carga impositiva de los más ricos a los menos pudientes y la glorificación de una nueva cultura del éxito medida por lo que uno poseía hicieron el resto. La cultura de clase tenía los días contados.

Así las cosas, llegó el turno de la mediática tercera vía del nuevo laborismo. El mantra blairista de que “ahora somos todos clase media, mientras las barreras sociales van cayendo” terminó por desquiciar al lumpen británico y ahondaba en la herida de que si quedabas excluído era bajo tu responsabilidad. La degradación se fue haciendo cada vez más patente, el ascensor social –si es que alguna vez existió– se averió y los barrios de vivienda protegida se convirtieron en vertederos de prole atomizada y profundamente consumista. “El sistema de clases británico es como una cárcel invisible”, apunta el autor, “un trabajador varón con mono azul y un carné sindical en el bolsillo podría haber sido un símbolo apropiado de la clase trabajadora de los años cincuenta. Una reponedora mal pagada y a tiempo parcial sin duda sería representativa de esa misma clase hoy en día. Pero esta clase trabajadora contemporánea está ausente de las pantallas de televisión, de los discursos de nuestros políticos y de las páginas de comentarios de nuestros diarios”.

Fue el actual primer ministro David Cameron, quien, ante el cada vez más evidente problema de desigualdad social, despachó con brío que “la cuestión no es de dónde vienes, sino adónde vas”. De nuevo salía a la palestra el concepto de la “aspiración” como salvoconducto para la salvación individual, de nuevo un miembro de la privilegiada clase alta británica hacía hincapié en la idea de que las perspectivas vitales de una persona quedaban determinadas por aspectos comportamentales y no por su entorno socioeconómico.

Entretanto el show no para y el estereotipo chav, con su estilo ramplón e irreverente, sirve para desviar la mirada de lo que realmente importa y refuerza la idea de que la clase es una patraña anticuada y que eres dueño de tu porvenir, sobre todo si estudiaste en Cambridge.

J. Losa

 

Un ensayo lúcido y necesario más allá de Inglaterra

Ya no nos sorprende pasear por la calle y topar cada dos por tres con personas que husmean en los contenedores o que piden limosna con carteles que muestran su desgracia. El proceso ha sido rápido, velocísimo, tanto que ya queda muy lejos el tiempo en que los españolitos pensábamos que el proletariado era algo del pasado. A fuerza de recortes y privaciones vamos dándonos cuenta que ha vuelto y que la utopía de una clase media universal se ha desvanecido entre burbujas, deudas y cinismo político de gran magnitud.

En Inglaterra siempre nos han llevado ventaja, su camino hacia el neoliberalismo ha forjado nuevas coordenadas sociales que sirven de aviso para todos aquellos países que observan con desazón el progresivo y letal desmantelamiento del Estado del Bienestar forjado, precisamente, en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial. Para entenderlo mejor conviene leer Chavs, la demonización de la clase obrera, otro estupendo ensayo publicado en España por Capitán Swing.

Su autor es el joven Owen Jones, quien disecciona a la perfección causas y consecuencias del fenómeno, y lo hace con clarividencia pedagógica. Muchos piensan que los ensayos son aburridos, quizá porque su enciclopedia mental los asocia con volúmenes insufribles que no empatizan con el lector. El autor de Chavs habla claro, contrasta datos y expone su propia opinión justificada desde la ciencia que observa el comportamiento humano en un territorio concreto donde intervienen política, medios de comunicación, alteraciones del paradigma y un contexto feroz y despiadado.

El parto de la desgracia surgió del vientre de una madre que no tuvo reparos en destruir el ABC del sistema británico. Hasta finales de los años setenta la estabilidad de obreros y trabajadores se basaba en el poder sindical que permitió un continuo aumento de sueldos y la seguridad del pleno empleo, paraíso en la tierra que finiquitó la llegada de Margaret Thatcher al diez de Downing Street.

Se abría la era contemporánea, ocultada por los últimos coletazos de la Guerra Fría, idónea tapadera para enmascarar deslocalizaciones industriales y la despedida y cierre del universo fabril, concentrado en enclaves para los que esta pérdida de un modus vivendi que aglutinaba la comunidad significó la irrupción de la pobreza y una total imposibilidad de recomponer los pedazos rotos por el programa de la dama de hierro.

El sector terciario subió con fuerza, Inglaterra jugó a la guerra, cayó el muro de Berlín y la ogra que todo lo lograba desde su supuesta humildad desapareció del mapa. Después de Major llegó el turno del nuevo laborismo de Tony Blair. ¿Nuevo? Sí, pero sin laborismo. La famosa tercera vía, pregonada a los cuatro vientos como una panacea que refundaba la izquierda, no era sino la aceptación de los principios neoliberales ante la frustración de no saber proponer recetas socialdemócratas. Y así seguimos, tres lustros más tarde.

Este conjunto de medidas y evoluciones culmina, por el momento, con el gobierno de David Cameron, el no tan joven líder que al ganar las elecciones fue anunciado a los cuatro vientos como un soplo de aire fresco. ¿Seguro? Obviamente no, pues sus medidas se enmarcan en la corriente actual desde una óptica, si quieren, aún más dañina. Es el enviado que cumple unos designios ya escritos que mucho tienen que ver con la transmisión de un mensaje que conlleva odio y genera estereotipos destinados a marcar tendencia para apuntalar una serie de postulados que de otro modo no podrían plasmarse en la realidad: demonizaciones, antesala de exclusiones y marginación.

Los Chavs son un colectivo social que ha visto como poco a poco sus derechos desaparecían en medio de una campaña de ataques y rabia contra ellos. Los tópicos brotan y la gente los acepta, entre ellos el más detestable es el de situar a millones de personas en el grupo de los que no pegan sello porque viven de las prestaciones estatales. Curiosamente la mayor parte de estos individuos viven en las otrora prósperas zonas que Thatcher desmanteló en su afán desindustrializador. El trabajo creaba comunidad, ahora su ausencia produce monstruos en forma de depresión, alcoholismo, adicción a las drogas y desesperación de quien no puede aspirar a ganarse el pan.

El gobierno, en la mejor tradición neoliberal, acusa a los ciudadanos de su ruina, lo que es más falso que un duro de cuatro pesetas. Owen Jones demuestra que no hay suficiente oferta de trabajo, por lo que el desempleo es lo más normal del mundo. Aún llenando los huecos del paro Gran Bretaña siempre tendría un número fijo de personas sin posibilidad de optar a un mínimo estipendio.

Por lo demás, las causas de esta decadencia tienen raíces que en nada dependen de los que las sufren, que año tras año observan desde la pantalla de sus hogares cómo los medios, aliados con los que ostentan el cetro, se dedican a esputar mierda contra su miseria. Ellos, que han visto cómo la vivienda social, ese mito de la Pérfida Albión, se derrumbaba, que han comprobado cómo los gerifaltes del partido conservador soltaban sus perlas de quien no trabaja no come. Ellos, que han observado cómo el secuestro de una niña de clase media daba la vuelta al mundo y la desaparición de una chavalita del suburbio servía para condenar de antemano a todo un colectivo.

Ellos son los que aparecen en series televisivas como bebedores con hijas que son madres antes de los veinte años. Ellos quedan relegados y son pasto del racismo posmoderno, que privilegia, tapándose la nariz, la multiculturalidad y se regodea, en un apestoso engaño, de volver a la época victoriana, pero ahora el metáforico Whitechapel del siglo XXI no está en el Este de Londres, se extiende por toda la isla y sirve como alivio para todos aquellos que viven en la ilusión de ser clase media pese a que las encuestas muestren que muchos aún se consideran de la working class, denostada hasta el punto de asemejarse, en el imaginario colectivo, a detritus, víctimas de la desigualdad y la imposición de los de arriba, siempre más seguros de su mandato de victoria contra los pobres..

El desmantelamiento del poder y carisma de los sindicatos desde 1989 ha servido para controlar mejor a la población y usarla como un titiritero usa a sus muñecos. El autor de Chavs dice mucho más, y hasta analiza los turbulentos sucesos del verano de 2011, cuando miles de jóvenes salieron a la calle tras la muerte de Mark Duggan. Sin embargo, el potencial de Owen Jones va más allá de su patria, pues los datos expuestos y analizados en su ensayo sirven para reflexionar sobre lo que quizá acaezca en España y en Europa en un futuro bastante próximo, Chavs es, sin duda, uno de los volúmenes más lucidos para comprender los efectos de la crisis, y es así porque, a diferencia de muchos otros textos que se han vendido como la panacea, su disección es seria y no busca fuegos artificiales, sólo ofrece lo que hay en un desierto que por suerte, y se agradece que una voz clame y albergue esperanza, entre todos podemos solucionar.

Jordi Corominas i Julián

 

El pueblo contra el proletariado

Aunque la palabra chav resulta intraducible a otras lenguas, cualquier recién llegado a Reino Unido intuirá de inmediato que ese concepto tan recurrente en los medios de comunicación locales no significa nada bueno. El chav es una persona de clase baja y a menudo joven, adepta a la ropa deportiva de marca (real o de imitación). Un ser vulgar y rayano en el comportamiento antisocial, según los diccionarios ingleses que han incorporado el nuevo e informal vocablo. Los seguidores españoles de la serie humorística de la BBC Little Britainpueden identificarlo en el personaje de Vicky Pollard, madre soltera adolescente que viste un horrendo chándal rosa, roba chucherías en el supermercado y busca nuevos embarazos para seguir cobrando el cheque de ayuda social. El periodista y escritor Owen Jones (Sheffield, 1984) es probablemente uno de los pocos televidentes que no le ríen las gracias, porque ve en esa Vicky el estereotipo al que ha sido reducida la clase trabajadora por parte de una élite política y periodística: una especie irresponsable, indeseable y parásita en la que nadie se reconoce.

“La pobreza y el paro ya no son percibidos como problemas sociales, sino en relación con los defectos individuales: si la gente es pobre, es porque es vaga. ¿Para qué tener entonces un Estado del Bienestar?”, plantea Jones en el libro Chavs: La Demonización de la Clase Obrera (Capitán Swing Libros) que ha provocado muchos oleajes en el Reino Unido y lo ha convertido en un referente de la nueva izquierda británica. El autor de ese diagnóstico no es ningún veterano nostálgico de otros y mejores tiempos, sino el portador de un rostro angelical y aniñado que no hace justicia a sus 28 años. Un joven que transita por Londres en bicicleta y que fácilmente podría confundirse entre el grupo de estudiantes que visita la British Library, lugar que ha propuesto para la cita. Y, sin embargo, una primera obra lo ha convertido en una estrella mediática, indispensable en los debates de calado, y ha traspasado los confines nacionales hasta merecer la atención de medios tan influyentes como The New York Times y su traducción a varias lenguas, entre ellas la española. En la versión que llega a las librerías se añade un epílogo con un brillante análisis de las razones de los disturbios que asolaron Gran Bretaña en verano de 2011 y sobre los que los medios informaron estableciendo vínculos entre la devastación callejera y los tópicos chav, como la capucha o la influencia de los videojuegos.

Él mismo reconoce que, “de haberse publicado tres o cuatro años antes, cuando los estragos de la crisis económica no eran tan palpables, el libro quizá no habría suscitado el mismo interés”. “Los chavs son un fenómeno muy británico, pero por ejemplo España también es un país de clases, una sociedad desigual donde los brutales programas de austeridad se están cebando en la gente corriente”.

Lejos de un farragoso tratado, el libro de Jones es fácil de leer e ilustra con ejemplos actuales y bien conocidos del público su tesis sobre la demonización de la clase obrera: “Pretendo desmontar los mitos (asentados en más de tres lustros de bonanza económica) de que ‘ahora todos somos de clase media’, que la división de clases es anticuada y que la creciente desigualdad es producto de los fallos del individuo”.

La obra da saltos en el tiempo para reflexionar sobre el antiguo concepto de una clase obrera respetada como uno de los puntales de la economía hasta su conversión en esa “escoria que pretende el establishment neoliberal”. También es una diatriba contra los medios, transformados “en una élite encerrada en una burbuja de privilegios y desconectada de los problemas de la gente corriente”. Ellos han contribuido a forjar en el imaginario colectivo la perniciosa noción del chav. Jones describe en el libro el tratamiento desigual y sesgado que tuvieron en la prensa sendos secuestros de dos niñas inglesas, Madeleine McCann y Shannon Matthews. De la primera, la hija de una pareja de médicos cuyo caso mereció enorme cobertura también en España, llegó a escribirse: “Esto no suele sucederle a gente como nosotros” (léase clase media).

La madre de la segunda, una mujer que vive de los beneficios sociales, fue desde el primer momento estigmatizada como una chav incapaz de cuidar de su prole. Y, por extensión, lo fue toda la clase que encarna, mientras se obviaba la movilización de su comunidad para localizar a Shannon.

“Vivimos en una era de reacción y derrota”, se lamenta este activista cuyo objetivo esencial es “recuperar una voz para la clase obrera, aquella que hace tres décadas trabajaba en la mina, las fábricas y los muelles y que hoy lo hace en supermercados, call centers o cafés” por sueldos de risa. La mayoría pertenecen a su generación y ya no son un colectivo organizado como antaño. Si bien el movimiento de los indignados que ocupó la City, Wall Street y las calles españolas “llenó un vacío y ayudó a expresar la ira de la gente”, Jones considera que “no es una alternativa”. Ahí se manifiesta el hijo de un matrimonio de sindicalistas, con carné del Labour desde los 15 años, a pesar de la “traición” que ha supuesto el viraje de este partido hacia la derecha. ¿No cree que muchos jóvenes consideran a los sindicatos una antigualla de la era pretecnológica? Responde con otra pregunta: “¿Por qué es anticuado querer que los trabajadores se unan y se apoyen?”

 

Lumpen del siglo XXI

A mediados del siglo XIX, Marx definió la categoría de lumpemproletariado.Con la vibrante literatura que practica cuando ejerce de periodista, escribe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Se organizó el lumpemproletariado de París en secciones secretas (…) junto a roués arruinados con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra toda la masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”.

Desde aquí se acuñó el concepto de lumpen, que ha evolucionado con la sociedad de cada tiempo pero que ha aglutinado siempre, como elementos constantes de sus componentes, los de ser la clase social más baja, sin conciencia de clase (la clase en sí frente a la clase para sí) y sin organización política ni sindical. Así, la estratificación social estaba formada por los andrajosos, la clase obrera y la clase alta. Un siglo y pico después, cuando la revolución conservadora que inició Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en EE UU se hizo hegemónica, irrumpieron con fuerza las hasta entonces incipientes clases medias, las sociedades de propietarios, a las que trataron de sumarse en el ejercicio del progreso social los proletarios y parte de los más abajo. El icono principal de esas clases medias era la vivienda en propiedad, para lo cual debían endeudarse para toda la vida y depender del crédito de los bancos.

Los efectos de la Gran Recesión inaugurada en el verano del año 2007, que se trata de la crisis más larga y profunda del capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta, suprimen la movilidad de las clases sociales y quiebran esa idea del progreso lineal. El empobrecimiento de las clases medias las está arrastrando, de nuevo, a la parte más baja de la escala social. Como el mito de Sísifo. Y ello en un contexto de desigualdad (de ingresos, de patrimonios, de oportunidades) brutal. Muchos analistas comienzan a hablar de una nueva estratificación social en esta segunda década del siglo XXI, cuyos extremos son los desafiliados (Robert Castel), aquellos que van quedándose al margen del progreso, y las elites que se rebelan (Christopher Lasch), abandonan al resto de las clases sociales a su albur y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos. Estas élites, financieras, políticas o mediáticas, redistribuyen los estereotipos de la clase trabajadora a la que culpabilizan por haber vivido por encima de sus posibilidades, y los de las subespecies como la de los chavs de Owen Jones, parte del nuevo lumpemproletariado del siglo XXI: jóvenes que ni estudian ni trabajan, parados o con sueldos tan bajos que ser mileuristas es su utopía factible, poco reivindicativos pero con sensación de pertenencia a una tribu, y siempre con un teléfono móvil en su mano y ataviados con alguna prenda (original o copia) de marca. Con mucho acierto, Jones ha pretendido con su libro sobre la demonización de la clase obrera deconstruir los mitos de la revolución conservadora (todos somos clase media) y los efectos de la desigualdad extrema (como desigualdad natural) en la calidad de la democracia y en la cohesión social.

Joaquín Estefanía

 

Guerra y emancipación

Marx y Lincoln mantuvieron correspondencia al final de la Guerra Civil estadounidense. Aunque los separaban más cosas aparte del Atlántico, coincidían en la causa de los trabajadores libres y en la urgente necesidad de acabar con la esclavitud. Estos escritos señalan el importante papel de los comunistas internacionales