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La prisionera agradecida

 

Cuando Céleste Albaret entró a trabajar en casa de Proust, por entonces el 102 del Boulevard Haussmann, el escritor ya estaba inmerso en el encierro creativo que depararía En busca del tiempo perdido. Publicada ya Por el camino de Swann, la novela que la joven pueblerina recién llegada a París se encargaría de distribuir entre amigos, conocidos y críticos como primer encargo doméstico, Proust, que comenzaba a ser famoso, se encontraba -como diría Maurice Blanchot- en el espacio de la obra, fuera entonces del tiempo, más cerca del «él» que del «yo», experimentando los tormentos y favores creativos de una muerte repetida, puesta a distancia, mientras la verdadera, la física, se intuía ya demasiado cercana. Es de esos años de escritura febril y a contrarreloj que van de 1913 a 1922 de los que versan las memorias de Céleste, su última criada, gobernanta, mensajera, madre y enfermera; también y sobre todo su última testigo, cómplice y entregada víctima masoquista. Una convivencia de casi una década en la que Proust, subvertida la jerarquía día-noche, pasaba la mayor parte de las horas encamado, escribiendo o dictando, sin apenas ingerir otro alimento que ese café que inauguraba la jornada bien pasado el mediodía. Reveladas por primera vez en 1973, cuando la mujer sobrepasaba los ochenta años y más de cincuenta habían transcurrido desde la desaparición del escritor, con ellas Céleste, de natural reservada y desinteresada, pretendía final y definitivamente salir al paso de las muchas falsedades e inexactitudes con las que se había tropezado al leer la numerosa bibliografía que ya se acumulaba sobre el Proust escritor e íntimo.

«Usted es la única que me conoce de verdad. Nadie sabe tan bien como usted lo que hago, ni puede saber lo que a usted le cuento. Después de mi muerte, su diario se vendería más que mis libros. Sí, sí, se vendería como rosquillas y usted ganaría una fortuna». Unidos inesperadamente tras una Gran Guerra que sacaría al antiguo servicio -el matrimonio Cottin- del domicilio de Proust y a su vez espaciaría las visitas al mismo del servicial taxista Odilon, ya marido de Céleste y la llave de su acceso a la particular caverna proustiana, el escritor y la criada empezarían a estrechar lazos afectivos tras un viaje (el último) a Cabourg, vínculos que luego reforzaría el tiránico día a día punteado de timbrazos al que Proust sometiera a una tan joven e inexperta como fascinada muchacha que apenas tardó en advertir las dimensiones del azaroso privilegio que le regalaba la vida. De ahí que sea verosímil ese comentario que según Céleste le repetía «el pequeño Marcel» y con el que hemos abierto el párrafo, la invitación a que escribiera un diario que recogiera la neurótica y ritualizada cotidianidad del escritor enfermo y, en especial, diera cuenta de las largas conversaciones que ambos solían mantener de madrugada, sobre todo tras los regresos de Proust de cenas o recepciones, salidas por entonces contadas. Y es en su negativa a llevarlo a cabo donde nos parece que se encuentra la clave que explicaría la naturaleza de este tardío Monsieur Proust así como su inequívoca condición de libro enunciado desde la admiración y la ternura; esclarecería, asimismo, la vocación sublimadora con la que Luis Antonio de Villena resume en su prólogo la tentativa de la criada por «limpiar el retrato» de Proust y, lo que más parece molestar al autor de Huir del invierno, obviar o poner en duda sus inclinaciones uranistas. Pues si Céleste influyó en Proust -es una de las personas reales tras la sirvienta Françoise del libro-, cómo calibrar la profunda señal del escritor sobre la mucama. Si casi cincuenta años después aún Céleste describe su metamorfosis personal en observadora ave nocturna, por qué no reparar en el lógico ascendiente formal y de sentido de En busca del tiempo perdido (que Céleste demuestra conocer en profundidad) sobre su Monsieur Proust. No hay que olvidar que, como muchos y grandes pensadores han expuesto, no se trata en Proust del tema de la memoria, sino de cómo el arte la trasciende, recobrándola. Es el profundo respeto al artista, nos parece, y no por lo tanto el supuesto moralismo de una provinciana que callase para santificarlo, lo que impulsa este emocionante libro donde Céleste, como recomendara expresamente su «señorito», no hace sino convertirlo en un ser monstruoso, es decir (y así terminaba El tiempo recobrado y su obra) en uno de esos personajes que ocuparían «un lugar sumamente grande […] comparado con el muy restringido que se les asigna en el espacio, un lugar, por el contrario, prolongado sin límite en el Tiempo […]». Al igual que Proust resucitó mediante la literatura los días de la camelia en el ojal, así Céleste hace lo propio con sus vivencias alrededor del escritor, y también cuando presentía que no le quedaba demasiado por vivir.

En definitiva, y contra lo que cabría esperar del relato de una sencilla criada con todo su patrimonio de secretos a cuestas, Céleste, con sus limitaciones, escribe para la obra. Y eso es lo verdaderamente emocionante. Sus recuerdos sobre el proceder de Proust con sus cobayas humanas y, luego, con la colección de cuadernos y añadidos desde los que emergían los libros, apuntan a la interpretación que diera Deleuze en su clarificador ensayo Proust y los signos: la amistad, el amor y el arte como regímenes de signos a interpretar; la novela como máquina que funciona y que cada uno debe adaptar a sus necesidades.

 

El sur, mi gran sur

 

“Vivir en cual­quier parte del mundo hoy y estar con­tra la igual­dad por motivo de raza o de color es como vivir en Alaska y estar con­tra la nieve.” W. Faulk­ner

Si alguien repre­sentó la rabia y la dig­ni­dad secu­lar de un pue­blo derro­tado e inte­grado a la fuerza en un país que sen­tía ajeno fue William Faulk­ner (1897–1962). Un sur humi­llado por la impe­tuo­si­dad de Lin­coln que quedó con muchas heri­das por cerrar y mucho por recons­truir. Pobla­ción escla­vista, sí, y tam­bién conec­tada con la tie­rra y con la natu­ra­leza de un modo puro que los nor­te­ños habían ya aplas­tado indus­trial­mente, que se batía inte­rior­mente con la incor­po­ra­ción de los negros a la socie­dad civil y, sobre todo, con una eco­no­mía que no les repre­sen­taba. William Faulk­ner, desde luego absuelto de toda velei­dad ultra, supo enten­der que más allá del racismo había un ger­men de radi­cal alte­ri­dad en sus con­ciu­da­da­nos. Ensa­yos y Dis­cur­sos (Capi­tán Swing, 2012) com­pila los escri­tos opi­na­ti­vos de este gigante de las letras donde res­pira sobre todo el espí­ritu de su New Albany natal.

El autor ame­ri­cano era un hom­bre sen­ci­llo que amaba su liber­tad enten­dida de un modo muy dis­tinto a sus veci­nos del norte. En sus escri­tos y de un modo casi didác­tico trata de expli­car a sus veci­nos cómo fun­ciona la men­ta­li­dad del sep­ten­trión… y a los nor­te­ños cómo fun­cio­nan los suyos. La uni­dad básica de vida del sureño es su terruño, su granja, su cose­cha. Ver pasar, con suerte, una decena de per­so­nas durante sema­nas; sen­tado al por­che de su casa, con el arma a mano para defen­der su vida y pro­pie­dad a kiló­me­tros de la auto­ri­dad com­pe­tente. Con­ce­bir una nación unida tran­sita en la cabeza sureña de lo pequeño a lo grande, de la casa al con­dado, de allí al Estado y por último al país. Una suma de indi­vi­dua­li­da­des que el norte no entiende –más cohe­sio­nado por el mer­cado eco­nó­mico– y que puede esta­llar vio­len­ta­mente, ase­gura Faulk­ner, si se pre­siona demasiado.

La lle­gada de las tro­pas yan­kis no ha hecho tabula rasa en la socie­dad civil del sur. La con­ser­va­ción de lo pro­pio en medio de la nada se con­si­gue arrai­gando cos­tum­bres, ensam­blando ruti­nas. Si pre­tende impo­ner la inte­gra­ción de la raza negra, dice Faulk­ner, a tra­vés de las leyes nadie, ni los más acé­rri­mos igua­li­ta­ris­tas, va a acep­tar­las de buen grado. Este pro­ceso va a con­lle­var humi­lla­ción, y nadie quiere más humi­lla­ción. Humi­lla­ción tra­du­cida desde un des­pre­cio al estilo de vida de gene­ra­cio­nes. Hasta los líde­res negros sure­ños avi­san: pacien­cia. Los méto­dos del norte no valen para los del sur.

Los cam­bios his­tó­ri­cos que pro­pugna Faulk­ner con sere­ni­dad, con la pacien­cia con­tra el ava­sa­lla­miento del norte, nos mues­tran una des­pierta con­cien­cia cuasi nacio­nal que busca su lugar en un mundo cam­biante donde al mismo tiempo sus valo­res están obso­le­tos. En las líneas de Faulk­ner se intu­yen tér­mi­nos de una cul­tura dis­tinta, con­quis­tada por la domi­nante pro­ve­niente de Washing­ton y no de una parte de una misma nación.

El sueño de Faulk­ner: la libre com­pe­ten­cia de espí­ri­tus expli­cada en el libe­ra­lismo clá­sico com­pa­ti­ble con un pro­gre­sismo racial basado en la igual­dad de con­di­cio­nes de par­tida que per­mita a todos alcan­zar esa cierta aus­tera épica del “por­che y el rifle”. Una obse­sión y una pasión que pro­pugna una vida tran­quila ape­gada a sus tareas, en su caso las de escri­tor. Faulk­ner denosta la intro­mi­sión en su vida pri­vada durante los pri­me­ros pasos de la prensa rosa –ama­rrada a la men­ta­li­dad del norte capi­ta­lista más que a la apa­ci­ble fami­lia­ri­dad del sur– una ver­tiente cica­tera de la infor­ma­ción que ha pro­vo­cado miles de pági­nas de refle­xión desde fina­les del siglo pasado hasta prin­ci­pios de este, y que en la actua­li­dad ha dege­ne­rado en el famo­seo y en la dic­ta­dura de la ima­gen pública de la que auto­res como Salin­ger y Pyn­chon tam­bién tra­ta­ron de huir mien­tras que otros la aprovechan.

En estos ensa­yos no fal­tan el cul­tivo de la crí­tica lite­ra­ria, la polí­tica, las car­tas a los perió­di­cos y las que­re­llas lucha­das como un lla­nero solitario.

Todo ello, eso sí, desde la auto­ri­dad del sur.

 

Thoreau, apóstol del 15-M… de 1845

 

“De todas las cosas inexplicables y extrañas, esta de llevar un diario es la más extraña. No se puede decir nada sobre ello. No tiene sentido decir que está bien, y tampoco decir que está mal”. Pese a tanta reserva, el pensador estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), autor de la anotación, construyó a lo largo de 24 años un corpus autobiográfico fragmentado de más de siete mil páginas. Una pequeña porción ve al fin la luz en español en la recopilación El diario. Volumen I (1837-1861), editada por Capitán Swing Libros con traducción de Ernesto Estrella.

Ya licenciado en Harvard, el joven escritor reflexionó acerca de la pertinencia del dietario en 1840. Cinco años después, decidió romper con la civilización y renunció al mundo en una cabaña construida por él mismo en un terreno que Ralph Waldo Emerson le cedió a orillas de una laguna en las inmediaciones de Concord, Massachusetts, ciudad natal de Thoreau. Tituló Walden el recuento de aquellos días. Mezcla de ensayo autobiográfico, tratado de sociopolítica y estudio sobre flora y fauna del lugar, le valió el ingreso en la historia del inconformismo. Dos años después, pasó una de las noches en el calabozo más célebre de la historia de la literatura, ganada por negarse a pagar sus impuestos en protesta contra la esclavitud. De ahí salió su clásico Desobediencia civil, manual de uso pacífico para líderes como Gandhi o Martin Luther King.

Murió hace poco más de 150 años, pero sus ideas permanecen vivas en ámbitos tan dispares como los movimientos sociales aglutinados por el 15-M, el moderno libertarismo cibernético, la fértil cosecha del cine político estadounidense, el revival folk o la vuelta al campo. No tanto por la efeméride como porque sus enseñanzas gozan de un contundente eco de actualidad, los escritos de este sospechoso de múltiples paternidades (padre de la ecología, de la desobediencia civil) protagonizan un curioso fenómeno editorial. Además del libro de diarios (que tendrá en 2014 segunda parte, siguiendo el esquema de la edición estadounidense de New York Review of Books), otras dos jóvenes editoriales se suman a la celebración de la prosa trascendental de Thoreau con un cómic biográfico (La vida sublime, de los franceses A. Dan y Maximilien LeRoy, en Impedimenta) y una nueva traducción y revisión a fondo de Walden (a cargo de Marcos Nava, en Errata Naturae).

“Siempre ha existido interés por Thoreau, pero se ha dado más que nada en la periferia, rara vez en la academia. Como clásico que es, emerge y desaparece. El recurso a su obra crece en momentos de crisis, en la incertidumbre”, explica Antonio Casado Da Rocha, investigador de la Universidad del País Vasco y autor de Thoreau, biografía esencial (Acuarela Libros, 2005). Casado participó la semana pasada en un curso sobre el trascendentalismo del autor estadounidense, organizado por la Casa del Lector de Madrid en otra prueba del reavivado interés por su figura.

 

“Antiesclavista, conservacionista… a Thoreau se le puede caracterizar de muchos modos, pero a nosotros nos fascina sobre todo su dimensión de feroz buscador de sí mismo, y de obseso de la coherencia ética”, explica Enrique Redel, responsable de Impedimenta. “Su obra y su propia vida cotidiana, sus acciones y sus decisiones son”, añade Irene Antón, de Errata Naturae, “un elogio constante de tres cuestiones que resultan determinantes: la libertad individual contra toda institución, gobierno o idea preconcebida; la defensa radical de la tierra como un bien común y la reivindicación de lo salvaje como esencia última de la naturaleza”

Este último sello tiene más pruebas de la fascinación por Thoreau, a quien Machado definió en cierta ocasión como un “intelectual que soñó como latino, y como sajón puso en práctica su sueño”. El rescate del inédito epistolar Cartas a un buscador de sí mismo fue el mayor éxito de la editorial el pasado año. Van por la tercera edición. Con Walden, versión acompañada de ilustraciones, esperan repetir fortuna. Incluso aunque se trate de una obra reiteradamente traducida al español desde 1907 (la más reciente, en Cátedra) de uno de los escritores más admirados de EE UU, donde es reivindicado hasta por los presidentes y una réplica de la célebre cabaña es monumento en el estado de Massachusetts.

¿Qué de nuevo en el Walden de Nava? “Thoreau era una persona intensamente espiritual, capaz de ver belleza en lugares vedados para la mayoría, pero al mismo tiempo era un hombre con dotes extraordinarias para todo tipo de trabajos prácticos, desde la carpintería hasta lo que hoy llamaríamos chapuzas. Esta complejidad, estas paradojas y contrastes aparecen también en su pensamiento, refuerzan un cierto grado de tensión entre lo bello y lo eficaz, entre la poesía y el manual práctico para la vida, y tratar de reproducir eso ha sido una de mis principales preocupaciones”. Nava añade que en su trabajo, “más amplio que el realizado en las versiones previas de Walden, pero sin llegar a la edición crítica para un público estrictamente académico”, uno de los mayores retos aguardaba en las descripciones de la naturaleza: “Thoreau habla de decenas y decenas de especies animales y de plantas, muchas de las cuales se han traducido erróneamente anteriormente, aunque, no se debe olvidar que hoy, gracias a la Red, el acceso a bancos de información, diccionarios especializados… es mucho más sencillo y facilita la labor del traductor”.

En el caso de LeRoy, su biógrafo en cómic, las complicaciones fueron otras: “Paradójicamente, la vida de Thoreau es difícil de retratar debido a su aparente simplicidad. Dejando aparte sus expediciones clandestinas con esclavos fugados, era un hombre más bien solitario. Tenía que dar importancia a toda esa dimensión inmóvil. El registro biográfico está lleno de emboscadas: demasiado lineal, demasiado didáctico”.

Para redondear su retrato en cómic de línea clara, Le Roy incluye en un apéndice titulado Thoreau, un filósofo para hoy una entrevista con el especialista Michel Granger, de la Universidad de Lyon, que aconseja la lectura del Diario recién editado por primera vez en español para adentrarse en las contradicciones de un pensador al que LeRoy pide no confundir “con un hippie”.

Además de consideraciones filosóficas (“Llevo veintitrés años rompiendo mi silencio y apenas sí le he hecho un desgarrón”), opiniones políticas (“Si no fuera por la muerte y por los funerales, dudo de que la institución de la Iglesia durara mucho”), consejos para escritores (“Las frases que son como pequeños actos de elasticidad desde el trampolín de nuestra vida; esas son las buenas”), digresiones oníricas (“Anoche soñé con la pureza”), o reflexiones naturalistas (“El lucio es el halcón, pez de rapiña que planea por encima de los alevines”), el dietario incorpora en su cierre una anotación hecha “en la tapa interior del cuaderno”, en la que se lee:

“Mis defectos son:

Paradojas: decir únicamente lo contrario, en un estilo fácil de imitar.

Ingenuidades.

Juegos de palabras, para provocar risa; no siempre simples, fuertes y amplios.

Uso de máximas y frases de actualidad, cuando debiera hablar por mí mismo.

No soy siempre sincero.

‘En breve’, ‘de hecho’, ‘¡y he aquí!’, etc.

Falta de concisión”.

Houdini, Harry

Para ayudar en el sustento de su familia, Houdini se subió por primera vez a un escenario a los nueve años

Cómo hacer bien el mal

Publicado por primera vez en 1906, Cómo hacer bien el mal es una clase magistral sobre la subversión impartida por uno de los personajes más reconocidos y misteriosos del siglo XX. En la obra, Houdini recoge, a partir de entrevistas a delincuentes y agentes de policía, sus hallazgos en lo referente a los métodos más infalibles para cometer un crimen

Vigencia de Thoreau, precursor de la desobediencia civil

 

“Vivís unas vidas pobres y serviles, siempre al límite, tratando de salir de deudas, prometiendo pagar mañana y muriendo hoy insolventes”. “Ahorrar lo que cuesta una casa puede llevar entre 10 y 15 años de la vida de un trabajador (…), que pasará más de la mitad de su vida antes de que pueda comprarla”. “El lujo que disfruta una clase se compensa con la indigencia que sufre la otra”.

Estas verdades del barquero, que suscribirían muchos indignados que se echan a la calle para avergonzar a los políticos y exigir que se haga tabla rasa de un sistema injusto y desigual, no han salido de la boca de un portavoz del 11-M o de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas. Son citas textuales de Walden, la obra maestra de Henry David Thoreau (1817-1862), escrita hace casi 170 años como fruto de su experiencia de dos años de vida sencilla y en comunión con la naturaleza a orillas de la laguna Walden, cerca de Concord (Massachusetts).

Las injusticias lacerantes que marcan esta crisis -tan de valores como económica, política y social- ilustran la vigencia de este escritor y filósofo naturalista norteamericano, considerado a veces un anarquista o libertario, que fue encarcelado por negarse a pagar impuestos a un Gobierno esclavista y belicista, lúcido ecologista antes de que se inventase siquiera el término, defensor de una vida sin lujos en la que cada cual sea dueño de sí mismo y precursor de la desobediencia y la resistencia civil pacíficas que inspiró a Gandhi y Luther King. “Dadme la verdad”, decía, “antes que el amor, el dinero y la fama”.

Varios sellos artesanales, de los que sobreviven en estos tiempos difíciles a base de imaginación y entusiasmo, protagonizan su último revival. Así, Errata Naturae rescata Walden, con una impecable traducción de Marcos Nava. Desde sus páginas, Thoreau se dirige a quienes “están descontentos con su vida y con el tiempo que les ha tocado vivir, pero que podrían mejorarlos”, y relata su existencia sencilla, natural y alejada de lo superfluo, entre 1845 y 1847, al tiempo que desarrolla sus ideas para rescatar a la humanidad de las cadenas que se autoimpone.

La aportación de Impedimenta a este rescate es Thoreau, la vida sublime, en formato de cómic, con dibujos de A. Dan y guión de Maximilien Le Roy quien, en el prólogo, señala que en una época como ésta, en la que “ya no basta con indignarse”, el mensaje del escritor “conserva intacta su carga subversiva”. Por su parte, Capitán Swing, publica el primer volumen de El Diario (1837-1861), y Acuarela Libros prepara la reedición de la biografía del escritor de Antonio Casado de Rocha.

Tres de estos editores explican a continuación sus motivos para publicar a Thoreau y por qué sigue vigente.

Enrique Redel (Impedimenta)

“Nos enseña que es lícito rebelarnos”

“¿Por qué publicamos una novela gráfica sobre Thoreau? Primero, porque es un personaje inspirador de Impedimenta: un mohicano, un pensador lúcido, un adalid de la independencia, de la multiculturalidad, del panteísmo, un conservacionista y un personaje libre. En segundo lugar, resulta hoy pertinente, al igual que en los setenta (autor reivindicado en aquella época), porque, como entonces, vivimos un cambio de paradigma sociocultural. Thoreau sostenía que la única manera de ser realmente independiente era no deber nada al poder. Reivindicaba la libertad de alzar la voz ante todo lo que consideraba injusto, sobre todo ante los manejos de un poder cuyos fines no siempre eran éticos ni se manejaban bajo la óptica del bien común. En estos momentos en que la gente busca respuestas ante una pérdida de soberanía, Thoreau, de un modo apolítico, nos enseña que es lícito levantar la voz, decir nuestra verdad, rebelarnos. En este sentido, tanto los desaparecidos Hessel como Sampedro son alumnos de Thoreau, padre de la desobediencia civil, de la resistencia pasiva, de los movimientos ecologistas. Ante momentos de duda (pérdida de soberanía, gobiernos injustos y apartados del interés general que velan por las oligarquías y las macroestructuras financieras), tiramos de los maestros, y Thoreau es, sin duda, uno de ellos”.

Rubén Hernández (Errata Naturae)

“Creía que la justicia está por encima de la ley”

“Thoreau defiende la libertad individual contra toda institución, gobierno o idea preconcebida. Tenía muy claro que la Justicia está por encima de la Ley, que es valor moral y constante, mientras que la ley es una norma transitoria. Por eso apoyó acciones en el límite de lo legal o directamente ilegales que buscaban una mejora en las condiciones sociales y en la vida cotidiana de las personas. Este pensamiento -la idea que no todo lo legal es moral, al igual que no todo lo moral es legal- tiene una máxima vigencia en nuestros días, cuando, por ejemplo, la Comunidad de Madrid tiene miles de pisos en propiedad vacíos, al tiempo que se permite que se desahucie a familias y se condenan furibundamente los escraches a políticos. Además está la defensa radical de la tierra como un bien común y de lo salvaje como esencia última de la naturaleza. Thoreau fue pionero en alertar, hace ya más de 150 años, sobre el peligro de la extinción de ciertas especies animales por los desmanes del hombre, y de las consecuencias desastrosas que esto traería a la humanidad. Creía que la salud del planeta y el derecho a disfrutar de la naturaleza estaban por encima del deseo de acumulación de la propiedad privada”.

Daniel Moreno (Capitán Swing)

“Disidente perpetuo”

“Hay muchas buenas excusas para publicar a Thoreau y más si se trata de la que para nosotros es su gran obra (inédita en nuestro país): es uno de los estadounidenses más admirables y forma parte de una de las generaciones más fecundas de las letras americanas: contemporáneo de Emerson (con quien mantuvo una estrecha amistad), Hawthome, Whitman, Poe, Melville, Twain etc. Entre todos ellos ocupa un lugar destacado. Hay varias maneras de entrar en Thoreau, que nos atrapan por igual, y más en momentos de crisis total (económica, social y moral), como una inclinación hacia la vida contemplativa y un marcado desapego por el entorno social y las cosas materiales. Su propuesta literaria y vital apunta a la búsqueda de una economía compatible con el desarrollo pleno de cada persona, en donde lo importante no es obtener más o menos dinero, sino realizar un buen trabajo a gusto y cubrir con él nuestras necesidades más inmediatas. Esta alternativa, parece incompatible con la división del trabajo, la explotación del hombre por el hombre, la acumulación de capitales etc. Esta posición envuelve un cierto primitivismo y un regreso a una economía comunitaria, de subsistencia, en la que cada individuo puede trabajar en lo que desea y tener a su alcance todo lo que necesita. Este profundo rechazo a las convenciones y la sociedad que las engloba -que le convirtió y ahora nos convierte a nosotros, en disidentes perpetuos- está de máxima actualidad”.

 

‘Revival’ Thoreau

En 1846 Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) pasó una noche entre rejas (su tía abonó la fianza). ¿Motivo? Llevaba 6 años sin pagar impuestos. Por principios. Se negaba a dar su dinero a un Estado esclavista que hacía la guerra contra México: «Cuando un Gobierno es injusto el lugar de todo hombre justo está en la cárcel». Es un episodio anecdótico, pero de él surgió un ensayo, con cuyo título este filósofo, intelectual y uno de los fundadores de la literatura americana se forjó la leyenda de padre de la desobediencia civil. Inconformista y crítico, consideraba que un individuo era libre de negarse a cooperar con un Estado si, aun siendo legítimo, era abusivo y actuaba contra los derechos humanos y el bien común.

 

150 años después de su muerte, su figura y sus ideas, que entre otros inspirarían a Ghandi y Luther King, reviven -oportunamente, en esta era de indignación ciudadana y crisis de confianza en el poder- gracias a varias editoriales, que renuevan su obra maestra, Walden, sus diarios y su vida (en cómic y, en otoño, la Biografía esencial, de Antonio Casado da Rocha, reeditada por Acuarela Libros).

Con 20 años, Thoreau se graduaba en Harvard y empezaba su diario (a lo largo de su vida, que truncó la tuberculosis, llenó 14 cuadernos, de los que Capitán Swing publica el primer volumen de una selección a cargo de Damion Searls). Coincidía con el Pánico de 1837, una crisis económica nacional, con quiebra de bancos, ejecuciones hipotecarias y paro. «Muchos de vosotros vivís unas vidas pobres y serviles (…); andáis siempre al límite, tratando de entrar en negocios y salir de deudas (…), prometiendo pagar mañana y muriendo hoy, insolventes; tratando de buscar favores, de hacer clientes de todas las maneras posibles», escribió en el ensayo Walden, que recupera Errata Naturae, con nueva traducción y en edición crítica. Según su editor, Rubén Hernández, «veía en el comercio una herramienta del diablo que contaminaba al hombre».

«Era una situación como la actual, como en la crisis del petróleo de los 70, cuando Thoreau fue reivindicado por militantes de los derechos cívicos y la contracultura hippy. Son épocas de cambio de paradigma, en que la sociedad entra en crisis y deja de creer en el poder establecido porque el individuo se ve desamparado por un Estado que debería cuidar de él. El Estado ya no es fuerte, deja de existir y cede ante los poderes económicos y la sociedad civil levanta la voz», comenta Enrique Redel, editor de Impedimenta, que publica la biografía en cómic Thoreau. La vida sublime, de Maximilien Le Roy y A. Dan.

Esa voz la levantó él también para defender públicamente a John Brown -un abolicionista a quien ayudó a liberar a esclavos y que fue ahorcado por una acción armada que causó varias muertes- y para alertar de los riesgos de la explotación abusiva de los recursos naturales y del peligro de extinción de las especies, una convicción naturalista y ambientalista cercana al ecologismo que le liga a hoy día.

En la novela gráfica, el profesor de la Universidad de Lyón Michel Granger cree que sigue de actualidad «porque se opone a la opinión común, se rebela contra la injusticia política o la hipocresía religiosa y rechaza la adicción al dinero y el trabajo para proponer un modelo de vida simple y feliz, liberado del consumismo».

Así, escribe Thoreau: «Acumular lo que vale una casa corriente puede llevar entre 10 y 15 años de la vida de un trabajador (…) Por lo general, habrá pasado más de la mitad de su vida antes de que pueda comprarla» y la mayoría trabaja «20, 30 o 40 años para llegar a convertirse en los propietarios reales de sus granjas». Y se dirige a todo aquel «que está disconforme y se queja perezosamente de la dureza de su destino, o de los tiempos que les ha tocado vivir, cuando podría mejorarlos» y a los «que, en apariencia, son ricos, pero en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que han acumulado basura y no saben cómo hacer uso o deshacerse de ella, y que de esta forma han construido sus propias prisiones de plata u oro».

EL EXPERIMENTO / No era un teórico. De ahí su «experimento»: el 4 de julio de 1845, día de la Independencia, se retiró a vivir dos años solo a una rústica cabaña en el bosque, construida con sus propias manos, al lado de la laguna Walden, cerca de la casa familiar, para llevar una vida sencilla y salvaje en plena naturaleza, cultivando su huerto y siendo autosuficiente produciendo sus propios recursos, lo que, según Redel, «era una forma de no vincularse al poder y ser independiente».

«Walden es un manual de vida para aprender a ser feliz reduciendo las necesidades a lo que depende solo de nosotros, para no estar condicionado por las circunstancias externas. Así, la crisis le afectaba menos -apunta Hernández-. Es una forma de ver la vida radicalmente distinta a la que nos han enseñado. Hoy surgen nuevos modelos que beben de ello, iniciativas autogestionadas, banca ética, cooperativas…».

Sin embargo, Daniel Moreno, editor de Capitán Swing matiza que hay que ser conscientes de que los postulados de Thoreau «están atravesados por la filosofía trascendentalista», que compartía con el grupo de Concord, con su amigo Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman: «Criticaba la sociedad de la época pero tenía una concepción de la vida y la libertad individual muy americana. Entendían que el Gobierno no debía intervenir en cuestiones individuales. Hoy, el derecho a ir armado en Estados Unidos no se entendería sin ellos».

 

Una autobiografía

 

Assata Sahkur es activista afroamericana. Fue miembro del Black Panther Party. Fue detenida, torturada y encarcelada bajo falsas acusaciones y escribió su autobiografía oublicada en el año 2000. Por vez primera de edita en español gracias a la traducción de Carmen Valle y Ethiel Odriozola, y a la edición de Capitan Swing libros. Conversamos con Carmen Valle sobre este interesante personaje del movimiento afroamericano de los años 70 y que, a principios del mes de mayo de 2013, EEUU nuevamente la colocó en su lista de los 10 terroristas más buscados. La foto está tomada de la web de Assata Shakur. Algunos artículos sobre Assata en Rebelión y aquí, y sobre el libro en Diagonal.

 

 

Assata Shakur: ¿cuál es la amenaza que represento?

 

La inclusión en la lista de terroristas más buscados de Estados Unidos de Assata Shakur, militante del Movimiento de Liberación Negra y acusada falsamente del asesinato de un policía hace cuatro décadas, es en realidad un mensaje de criminalización contra los movimientos que se atreven a hablar contra la violencia del sistema o que insisten en su derecho a la autodefensa.

El anuncio fue hecho por el agente especial del FBI Aaron Ford el 2 de mayo de 2013, 40 años después del homicidio en cuestión. Assata es la primera mujer que entra a esta lista. En la misma conferencia de prensa, el teniente de la policía estatal de Nueva Jersey, Mike Rinaldi, anunció un aumento en la recompensa por su captura, de un millón a dos millones de dólares.

Cuando Barack Obama llegó a México -el mismo día-, no cabe la menor duda de que él y su procurador Eric Holder ya habían aprobado esta mentira sobre la historia de lucha de Assata, que no sólo la criminaliza a ella sino, por extensión,  a todos los hombres y mujeres que participaron o participarán en la lucha de la liberación negra en Estados Unidos.

 

Pasos en la lucha de Assata Shakur

En los años sesenta, Assata participó brevemente en los movimientos estudiantiles, comunitarios y anti-guerra; también conoció a diversas organizaciones del Movimiento de Liberación Negra antes de unirse a los Panteras Negras en 1970.

Shakur cuenta en su autobiografía que, cuando estaba de visita con los Panteras en Oakland, se sintió muy afectada por el asesinato del joven Jonathan Jackson y le dio gusto que los Panteras hicieran una guardia de honor en su funeral. Señala: “Hace falta que alguien defienda a la gente negra para que no seamos víctimas para siempre, pensé. Si sigo siendo una víctima, esto me va a matar. Ya era hora de hacer algo con mi vida. Quería ser una de las personas que defendían al pueblo.Lo pensé durante todo el viaje de regreso a casa. De todas las cosas que yo había querido ser cuando era niña, una revolucionaria definitivamente no era una de ellas. Ahora es lo único que quería hacer”.

Al llegar a Nueva York, Assata vendió periódicos, trabajó con Joan Bird en proyectos de salud y, aún cuando le costaba mucho trabajo levantarse a las 4:30 cada mañana para preparar desayuno para los niños, gozaba profundamente las actividades. Su grupo en Harlem tenía programas en tres distintas iglesias y ella se turnaba entre las tres, siempre aprendiendo algo de los niños.

Al hablar con su amistad con Zayd Shakur (Pantera Negra, de cuyo asesinato el gobierno la culpó), señaló: “Nunca dijo una sola mala palabra sobre ningún compañero. Yo lo respetaba porque se negó a ser parte del culto al machismo que era parte del Partido. Siempre me trató a mí y a todas las otras hermanas con respeto. Nos comunicábamos a un nivel tan intenso y honesto que después me preguntaba si era real”.

Assata salió del partido cuando se produjo una escisión muy fuerte -en parte impulsada o exacerbada por las actividades de contrainsurgencia de la división del FBI llamada Cointelpro, que enfoca su trabajo encubierto contra los movimientos disidentes. Aún así, la policía la buscaba constantemente para interrogarla y ella se vio obligada a vivir en la clandestinidad.

De este periodo de su vida dice que: “Durante los siguientes años viajé mucho y conocí a mucha gente hermosa, tan hermosa que me devolvió la fe en la naturaleza humana…Me quedó claro que el Ejército de Liberación Negra (BLA, por sus siglas en inglés) no era un grupo organizado y centralizado con una cadena de mando. Por el contrario, hubo varias organizaciones y colectivos trabajando en diferentes ciudades, y en algunas grandes había varios grupos trabajando independientemente. Muchas personas llegaron a la vida clandestina por haber sido obligadas a esconderse, pero las hermanas que quedaron se unieron a estos grupos por su compromiso con la revolución y la lucha armada, y porque querían ayudar a construir el movimiento armado en amérika”.

La militante señala, sobre su pensamiento sobre la lucha armada, que: “Los grupos tenían diferentes ideologías, diferentes niveles de consciencia pública y diferentes ideas sobre cómo realizar la lucha armada. Muchos hermanos estaban dispuestos a pelear hasta la muerte; eran inteligentes, valientes y dedicados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio, pero muy pronto entendimos que el valor y la entrega no eran suficientes. Algunos querían un enfrentamiento de vida o muerte con la estructura de poder a pesar de estar débiles y mal preparados. No entendieron que la lucha armada sola nunca va a traer una revolución, hace falta el apoyo de las masas. Pensé que lo más importante era organizar y construir esto pero no me oponía a unas acciones bien planeadas y ejecutadas que la gente negra pudiera entender y apoyar”.

A partir de 1971, la imagen de Assata apareció en periódicos y paredes de toda la ciudad de Nueva York, con acusaciones de robos de bancos y asesinatos de policías. Cuando el ex jefe de policía Robert Daley publicó su libro Target Blue, en febrero de 1973, sus descripciones de supuestos asesinatos de policías por el BLA estaban ilustradas con fotos de Assata.

 

Incidente en la autopista de Nueva Jersey

El 2 de mayo de 1973,  Assata Shakur, Zayd Malik Shakur y Sundiata Acoli hicieron un viaje en un coche. Fueron detenidos en la autopista de Nueva Jersey por la policía bajo el pretexto de traer una calavera dañada y por su apariencia “sospechosa” como negros. Se desató una balacera en la que los policías asesinaron a Zayd y dispararon a  Assata por la espalda,  hiriéndola gravemente mientras ella tenía las manos arriba.  Assata y Sundiata fueron detenidos y acusados del asesinato del policía Werner Foerster, quien también murió en la balacera. Y para colmo, los dos fueron acusados del asesinato de su propio compañero Zayd. Durante varios días, Assata fue golpeada y torturada en el hospital.

En una carta posterior, Assata Shakur se identifica como una cimarrona del siglo XX y comenta sobre las acusaciones en su contra: “Nunca en mi vida había sentido tanto duelo. Zayd juró protegerme y ayudarme a llegar a un lugar seguro, y quedó claro que él perdió la vida intentando protegerme a mí y a Sundiata. Aunque [Sundiata] no llevaba arma y el arma que mató al policía Foerster fue encontrada debajo de la pierna de Zayd, Sundiata fue capturado y  acusado de las dos muertes. Ni Sundiata Acoli ni yo tuvimos un juicio imparcial. Nos encontraron culpables en los medios de comunicación mucho antes de que se hicieran los procesos”.

El 4 de julio de 1973, mientras se recuperaba de sus heridas, Assata Shakur grabó un mensaje titulado “A mi pueblo”. Shakur declaró en el mensaje: “Hermanos negros, hermanas negras, quiero que sepan que los quiero y espero que en algún rincón de su corazón me quieran a mí también. Me llamo Assata Shakur (nombre de esclavo, Joanne Chesimard) y soy una revolucionaria. Una revolucionaria negra. Declaré la guerra contra los ricos que prosperan con nuestra pobreza, contra los políticos que nos mienten con las caras sonrientes, y contra todos los robots mecánicos sin corazón que los protegen a ellos y su propiedad”.

En la grabación, la militante señaló respecto a las acusaciones que “igual que a todos los revolucionarios negros, amérika pretende lincharme. Soy una mujer negra y revolucionaria, y por eso, me acusan de todos los crímenes en los cuales sospechan que una mujer participa. Con respecto a los crímenes cometidos por hombres, me acusan de planearlos. Soy una revolucionaria negra y, por eso, integrante del Ejército de Liberación Negra”.

La grabación dejó clara la perspectiva revolucionaria de Assta: “Los cerdos usan sus periódicos y canales de televisión para pintarnos como criminales despiadados y brutales, como perros rabiosos. Nos dicen asesinos, pero nosotros no asesinamos a Martin Luther King, Emmett Til, Medgar Evers, Malcolm X, George Jackson, Nat Turner, James Chaney y cientos más. Nos dicen ladrones, pero nosotros no robamos a millones de personas negras de África. Tampoco robamos o asesinamos a millones de indígenas para luego tomar sus tierras y llamarnos pioneros. Hay y siempre habrá, hasta que cada hombre, mujer, niña y niño negro esté libre, un Ejército de Liberación Negra. Hay que defendernos. Hay que ganar nuestra libertad por los medios que sean necesarios. No tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas”.

 

¿Qué está detrás de la nueva ofensiva?

En una reciente entrevista con Democracy Now, el aclamado abogado Lennox Hinds afirma que no existió una pizca de evidencia que indicara que Assata disparó a Foerster o que cometió cualquier otro acto de terrorismo. Debido al daño que tiene en un nervio por un balazo, es sido imposible que ella haya disparado un arma.

Después, uno de los policías confesó que mintió en su declaración contra Assata. Hinds opina que al ponerla en su lista de los terroristas más buscados ahora, el FBI simplemente pretende inflamar a la opinión pública en su contra. Destaca que ella, igual que sus compañeros,  fue objetivo del programa Cointelpro, operado por J. Edgar Hoover, quien buscaba evitar el desarrollo de una sublevación tipo “Mau-Mau” en Estados Unidos. Es decir, Hoover no quería un movimiento de liberación nacional en su territorio parecido al que ocurrió en Kenya en los años cincuenta.

Sundiata Acoli lleva 40 años en prisión y está claro que el gobierno no tiene la menor intención de permitirle salir bajo libertad condicional aunque él, desde hace dos décadas, cumplió con todos los requisitos. En la página de Acoli se pueden leer sus brillantes análisis del sistema carcelario, los efectos del aislamiento prolongado sobre una persona y los movimientos en los que él participó.

Assata, por su lado, después de pasar seis años y medio en prisión, se fugó de esas condiciones de exterminio con la ayuda de sus compañeros, para gran deleite de muchos amantes de la libertad en varias partes del mundo.  Desde 1984 está exiliada en Cuba. Se describe como una cimarrona que vivirá y morirá como una esclava rebelde.

Encolerizados por su fuga y seguramente por los numerosos tributos que Assata Shakur recibe de artistas de hip hop como Common, Mos Def, Dead Prez, Michael Franti y otros simpatizantes, los policías de Nueva Jersey nunca dejaron de promover su captura. El 2 de mayo de 2005, fue nombrada “terrorista doméstica” y el FBI puso un precio a su cabeza por un millón de dólares.

En ese entonces, Mumia Abu-Jamal escribió: “Durante siglos, nada ha despertado la furia estadounidense tanto como la fuga de un esclavo. Esto no sólo es cierto con respecto a la historia lejana. Por atreverse a zafarse de sus cadenas y fugarse de una esclavitud brutal e injusta, Assata ahora es llamada ‘terrorista’ por el Imperio. Esto es porque, para los poderosos, nada es más aterrador que la resistencia a su voluntad imperial.  Por lo que se refiere a los terroristas, si en verdad quieren encontrar unos, no debería ser muy difícil encontrarlos. Sólo tendrían que revisar la Casa Blanca”.

De cierta manera, la nueva embestida contra Assata Shakur se puede entender como un burdo espectáculo mediático en una absurda guerra contra el terrorismo, dado que ella ni siquiera se encuentra en el país –si no fuera por los enormes y destellantes anuncios en las carreteras que incitan a cualquier mercenario a viajar a Cuba para secuestrarla o simplemente asesinarla.  El peligro para ella no es nada irreal.

Pero como en todos los casos políticos, las amenazas, castigos  y persecuciones no sólo se dirigen contra las luchadoras sociales; tienen el propósito de atacar a movimientos, clases y pueblos enteros al sembrar miedo entre la gente propensa a rebelarse. La activista e intelectual Angela Davis, entrevistada en Democracy Now, opina que este nuevo atropello contra Assata Shakur también tiene el propósito de espantar a las personas involucradas en luchas por la educación y la salud, o contra la violencia policial y el encarcelamiento masivo.  Scotty Reid, de Black Talk Radio, asevera que la maniobra es un mensaje a las comunidades negras en el sentido de que se penalizará a cualquier persona que levante la voz contra la violencia del sistema o que insista en su derecho a la autodefensa. Quien participe en un incipiente movimiento puede ser tachado de terrorista.

 

El FBI miente

Las declaraciones del agente especial del FBI, Aaron Ford, el pasado 2 de mayo, destacan la naturaleza política de la caza de Assata Shakur. Dice: “Al vivir de manera abierta y libre en Cuba, mantiene y promueve su ideología terrorista. Produce discursos contra el gobierno de Estados Unidos que divulgan el mensaje de revolución y terrorismo del Ejército de Liberación Negra”.

Como ejemplos de su “ideología terrorista”, citamos algunos de los mensajes enviados por Assata. En un mensaje que ella envió en su ampliamente festejado cumpleaños el 16 de julio del 2007, señaló: “Tengo 60 años y es poco probable que viva para ver a mi pueblo libre de opresión y represión. Pero estoy totalmente convencida de que nuestro sueño colectivo de libertad será realizado un día. Le ruego sinceramente a la juventud que desarrolle sus habilidades,  que amplíe la conciencia y que perfeccione sus capacidades para analizar la realidad. Los africanos que conspiraron con  el comercio europeo de esclavos para vendernos y sumirnos en la esclavitud fueron seducidos con baratijas. Espero que nuestros jóvenes no sigan cayendo en las mismas trampas”.

En el mismo mensaje de cumpleaños, Assata aseveró que “creo que es nuestro deber colectivo hacer de la libertad una realidad. Creo de verdad que es posible terminar con la opresión y la represión en este planeta. Si nos vemos como ciudadanos del planeta y ciudadanos del mundo, será más fácil salvar el planeta y reconocer los derechos humanos de los seres humanos alrededor del mundo”.

En 2008, al escuchar que la policía de Nueva Jersey pidió al papa Juan Pablo II su intervención en facilitar la extradición de Assata, ella le escribió una carta donde preguntó: “¿Cuál es la amenaza que represento?” Luego le informó sobre los hechos de su vida y su caso, pero dejó en claro su compromiso con “cambios revolucionarios en la estructura y principios que rigen los Estados Unidos”, la autodeterminación para su pueblo y otros pueblos oprimidos, y el fin de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política.

“Si esto es un crimen, soy totalmente culpable”, escribió Assata al papa. Le explicó que los policías de Nueva Jersey pretenden “llevarla a justicia”, pero cuestionó: “¿La tortura es justicia? A mí me mantuvieron en aislamiento total durante más de dos años, casi siempre en prisiones para hombres. ¿Ésta es justicia? Me enjuiciaron ante un jurado compuesto sólo por gente blanca, sin el más mínimo intento de imparcialidad, y luego me sentenciaron a cadena perpetua más 33 años. ¿Ésta es justicia? No busco justicia sólo para mí, sino para mi pueblo”.

Como tercer ejemplo de su “ideología terrorista”, podemos escuchar una canción que grabó en diciembre de 2010, titulada R/​evolución is love (feat assata shakur), donde  llama a una revolución de la mente, del corazón, del espíritu. Afirma que el poder del pueblo es más grande que cualquier arma. “Si nos obligan a hacerlo, pelearemos, pero la meta de la revolución es la paz. Una  r/evolución del pueblo no se puede parar. Tenemos que ser armas de construcción masiva, armas del amor masivo. R/evolución significa proteger a la gente, las plantas, los animales, el aire, el agua.  R/evolución significa salvar este planeta. R/evolución es amor”.

Una amenaza muy grande. No cabe la menor duda.

 

La mujer más buscada de América

Casualidades de la vida. Un autor publica un libro y a los pocos días ocurre algo que le pone en primer plano. Ya sea ganar el Premio Nobel, recibir el Príncipe de Asturias… o que el FBI ofrezca dos millones de dólares por tu cabeza. Lo típico, vamos. La editorial Capitán Swing publicó hace unos días la autobiografía de Assata Shakur, activista de las Panteras Negras exiliada en Cuba tras fugarse de una cárcel estadounidense en 1979. No había dado casi tiempo a que el libro llegara a las librerías cuando el FBI incluyó Shakur en su lista de los diez terroristas más buscados. Es la primera vez que una mujer entra en ese ranking. Assata Shakur tiene el dudoso honor de formar parte de una lista reservada casi en exclusividad a miembros de Al Qaeda.

 

El 2 de mayo de 1973, hace ahora 40 años, Shakur fue detenida en New Jersey tras verse involucrada en un tiroteo en el que murieron un policía y un activista de las Pantera Negras. Fue condenada por el asesinato del agente en un juicio con dudosas garantías procesales: todos los miembros del jurado eran blancos y no se presentaron pruebas concluyentes contra ella. Eran los años de la lucha sin cuartel del FBI contra las disidencias sesenteras. Por las buenas o por las malas. En 1979, Shakur se fugó de la cárcel. Obtuvo asilo político en Cuba en 1984. Cuatro décadas después, las autopistas de New Jersey se han llenado de carteles con la cara de Shakur y un número de teléfono del FBI. ¿Por qué ahora? Suena raro que Shakur, que tiene 65 años y parece destinada a morir en Cuba, se haya convertido de pronto en una amenaza para la seguridad de EEUU. Los misterios del FBI son inescrutables, aunque se especula con tensiones geopolíticas de fondo: el caso viene enrareciendo las relaciones entre EEUU y Cuba desde los años ochenta. Washington califica a Shakur de “terrorista” respaldada por Cuba y La Habana de “perseguida política”, en palabras de Fidel Castro en 2005. Su caso demuestra también que las heridas del enfrentamiento entre los movimientos de liberación negros y el FBI en los años sesenta y setenta aún no han cicatrizado pese a la llegada de Barack Obama a la presidencia.

Hasta aquí la crónica de sucesos. Ahora vamos con el contexto histórico. O sea, con la biografía. Angela Davis, legendaria activista de las Pateras Negras, dice en el prólogo que “el rediseño de la imagen de Assata como enemiga pública omite el contexto político original y la retrata como una delincuente común, ladrona de bancos y asesina”.  No es extraño, por tanto, que la autobiografía, que bascula entre lo personal (su infancia en el Sur) y lo militante (de las Panteras Negras a su duro paso por las cárceles de su país) funcione como contrapunto a esta imagen de asesina sin historia.

 

“El FBI no puede encontrar ninguna prueba de que yo nací. En el pasquín de búsqueda y captura, ponen como fecha de nacimiento el 16 de julio de 1947 y, entre paréntesis, No consta partida de nacimiento. Bueno, pues yo nací”, escribe Shakur al principio de un libro centrado en la construcción de una identidad en el contexto de la falta de derechos de la población negra en EEUU. En eso se empeñó desde su más tierna infancia: en convertirse en una persona con derechos; es decir, digna. “Toda mi familia se esforzaba por inculcarme un sentido de dignidad personal, pero mis abuelos en esto eran verdaderos fanáticos. Una y otra vez me decían: ‘Tú vales tanto como cualquiera. No dejes que nadie te diga que son mejores que tú. Mis abuelos me prohibieron estrictamente que contestara Sí, señora y Sí, señor, o que me mirara a los zapatos e hiciera gestos serviles al hablar con los blancos. ‘Cuando hables con ellos, les miras a los ojos’, me decían”.

Los puntos álgidos del libro no corresponden a su militancia política o a sus problemas con la justicia, sino a aspectos mucho más cotidianos relacionados con su infancia y adolescencia en los estados del Sur. El anecdotario no tiene desperdicio.

Primero: “Un año todos llevaban chapas en sus abrigos. Yo elegí una de Elvis Presley. Todos los niños de la escuela pensaban que Elvis molaba. Lleve esa chapa religiosamente durante todo el invierno, y ese verano, cuando fui al Sur, fui a ver una de sus películas. En Wilmington sólo había un cine al que pudieran ir los negros… Cuando terminó la película, fui abajo. Todos los niños blancos se iban con fotos del cantante que habían comprado. Si los niños blancos podían tener una fotos de Elvis, yo también. Al menos, lo iba a intentar. Me fui directa a la sección blanca del cine. ¡Qué sorpresa me llevé! Era como los cines de Nueva York. Tenían máquina de refrescos, otra de palomitas con mantequilla y todo tipo de patatas fritas, chucherías y cosas. Arriba en la sección de color, sólo había las mismas palomitas sosas de siempre, algunas barritas y nada más. En cuanto entré, todo se detuvo. Todo el mundo me miraba. Me acerqué al mostrador donde vendían las fotos. Antes de que pudiera abrir la boca, la vendedora me dijo: ‘Estás en la sección equivocada’. Quiero comprar una foto de Elvis Presley, dije. ‘¿Qué has dicho, perdona?’”. Conclusión: la pequeña Assata tenía coraje.

Y otro: “En 1950, el Sur estaba totalmente segregado. La gente Negra tenía prohibido ir a muchos sitios, y eso incluía la playa. A veces recorrían todo el trayecto hasta Carolina del Sur sólo para ver el mar… El nombre popular de la playa era Bob City, aunque mis abuelos insistían en llamarla la Playa de Freeman. A lo largo de mi infancia, ese apellido no tuvo mayor significado. Era como cualquier otro. No fue hasta que me hice mayor y empecé a leer Historia Negra cuando me di cuenta de su importancia. Después de la esclavitud, muchas personas Negras se negaron a usar los apellidos de sus amos y prefirieron llamarse Freeman, que significaba literalmente hombre libre… A la playa venía mucha gente pobre. Normalmente venían con un montón de niños y no tenían trajes de baño. Nadaban con la ropa que llevaban puesta. Muchos decían ‘No puedo soportar el sol’, ‘Ya soy bastante Negro, yo no me pongo al sol’. Era increíble la cantidad de gente que decía  que eran demasiado Negros. Los mirábamos como si estuvieran locos, porque a nosotros nos encantaba el sol”.

 

El texto abunda en pequeños detalles sobre las barreras (visibles e invisibles) para hacerte un sitio en la sociedad cuando partes desde la marginalidad. El racismo no era únicamente no poder acceder a ciertos trabajos o entrar en ciertos lugares, sino también un sistema destinado a mantener tu autoestima bajo mínimos. “Desde que era pequeñita, recuerdo que la gente Negra decía: Los negratas son una mierda. Ya sabes lo vagos que son los negratas. Todo el mundo sabía lo que a los negratas les gustaba hacer después de dormir: dormir. A los negratas no les importa nada. La lista seguía y seguía. En general aceptábamos que estas afirmaciones eran verdad hasta cierto punto”. Conclusión de Shakur: los blancos “nos habían lavado el cerebro a todos y ni siquiera nos dábamos cuenta. Aceptábamos los sistemas de valores blancos y los estándares de belleza blancos y, en ocasiones, aceptábamos la visión del hombre blanco sobre nosotros mismos. Nunca habíamos tenido contacto con ningún otro punto de vista».

En ese contexto, el shock cultural que se produjo en su cabeza cuando a mediados de los sesenta entró en contacto con revolucionarios negros fue de antología.  El resto es historia (la de las Panteras Negras) y crónica de sucesos, aunque nada plasma mejor la transformación de AssataShakur en otra persona (la activista política o la peligrosísima criminal que tiene en vilo a América, según prefieran) que un detalle tan tranquilizadoramente banal como un cambio de peinado en sus años universitarios: “Un día, un amigo me preguntó por qué no me dejaba mi pelo natural, afro. La idea ni siquiera se me había ocurrido antes. Pero cuanto más lo pensaba, mejor me sonaba. Siempre había detestado plancharme el pelo. Cuántas noches había pasado intentando dormir con rulos, envuelta en paños que se me hundían en la cabeza como un torniquete… La gente tiene razón cuando dice que lo que cuenta no es lo que tengas sobre tu cabeza sino dentro de ella. Puedes ser una persona revolucionaria y llevar el pelo planchado. Y puedes tener el pelo afro y ser un traidor a tu gente. Pero, para mí, cómo vistas y el aspecto que tengas siempre refleja lo que quieres decir de ti misma. Cuando pasas toda tu vida maltratando tu pelo para que parezca de otra raza, estás haciendo una declaración muy evidente. Da igual si es el rizado engominado, rizos artificiales o lo que sea, estás haciendo una declaración”, zanja.

Y AssataShakur se dejó el pelo a lo afro. Y se armó el quilombo. Más tarde el afro se pondría de moda y un negro llegaría a la Casa Blanca (y no precisamente a servir los cafés). Pero por el camino mucha gente se dejó la vida en el intento.Y la cosa, por lo visto, aún colea.

 

 

 

Assata Shakur: nosotros y ellos

En algunos barrios de Nueva Orleans es habitual que la gente se salude por la calle, como si se conocieran desde hace tiempo. Incluso si te incorporas a la rutina de forma ocasional el protocolo funciona. Una amiga cuenta que es un mecanismo de defensa social, una forma de protegerse. La amenaza viene en forma de noticias constantes sobre violencia que tratan de generar miedo y que proyectan las televisiones estadounidenses con machacona reiteración. Puede ser tras lo ocurrido en Boston, tras el secuestro de unas chicas en Cleveland o tras el desfile del día de la madre en la propia Nueva Orleans. Se trata de generar una permanente sensación de paranoia y desconfianza en la sociedad.

 

“Si nos saludamos vamos construyendo un nosotros cada vez más amplio y esto nos genera la confianza de que cada vez hay menos de ellos”, dice la amiga. Ellos son los que disparan, los que ponen bombas o los que pretenden difundir terror e inseguridad por la televisión. Quizá ellos también son los que dirigen el engranaje de gestión de los pánicos, porque para esta amiga esa lógica también tiene que ver con la proyección militar de su país, con la cultura de la violencia, con la posesión de armas, con la exclusión y con la marginación de las mayorías. Con las formas dominantes de ser y estar en Estados Unidos. Frente a la supervivencia del más fuerte, saludarse abre la posibilidad de tenerse en cuenta como sujeto, de asegurar un mínimo afecto, de encontrarse en un lugar común, de perder la desconfianza. No es mucho, pero es algo (o al revés, dependiendo de para quién). Un nosotros en construcción permanente, con vocación cotidiana de ampliarse. Una acción.

Assata Shakur cuenta en su autobiografía (Capitán Swing, 2013) su proceso vital. El de una afroamericana que crece en una sociedad racista donde la segregación es la atmósfera que desayunan, comen y cenan millones de personas, de todas las edades, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en el autobús o en los servicios de una gasolinera. Con la mayoría de edad ella va conformando su conciencia política. En un momento dado, Assata se une a las luchas por la liberación de su gente. Pasa por distintas organizaciones hasta llegar al Ejército de Liberación Negro. En su condición de militante “clandestina” se ve envuelta en un tiroteo inesperado cuando dos policías blancos paran el coche en el que circula con varios compañeros que termina con la muerte de un agente y un compañero de organización. A partir de ahí Assata relata la ponzoña de un sistema judicial y policial plagado de lodos, falto de garantías y atravesado por la supremacía racial y económica. Entonces como ahora, la población carcelaria de Estados Unidos es mayoritariamente afroamericana y pobre.

Cuando se habla o escribe de política la forma es protagonista. No es un tema menor. Ocurre con excesiva frecuencia que el ensayo viene acompañado de una reivindicación absoluta del autor, que quiere mostrarnos en primera persona lo guapo que sale en la fotografía a través de su propio protagonismo en el relato. Esta concepción de la literatura política es muy habitual también cuando se cuentan aventuras políticas del pasado en primera persona. La autobiografía de Assata tiene, entre otras virtudes, que no cae en la tentación ni del ego ni de la autoadulación, en singular o en plural. Ni la suya ni la de los entornos políticos que de alguna manera compartía. Al hilo de algunas críticas de revolucionarios pontificantes señala: “Su total y equivocada arrogancia me asqueaba”.

 

Cuarenta años después del fatal encontronazo en la carretera de condado estatal de Nueva Jersey por el que Assata fue acusada del asesinato del agente Werner Foerster, y casi treinta desde que Assata se exilió a Cuba (tras escaparse de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County) el FBI la ha renovado en la lista Most Wanted Terrorists de Estados Unidos. La recompensa por su captura es de dos millones de dólares, la única mujer en la lista de “terroristas más buscados” por el FBI. El coronel Rick Fuentes, actual “superintendente de la policía” en Nueva Jersey, dijo que el caso de la fugitiva es “una herida abierta para los agentes” del condado. Cuando en 2005 el FBI publicitó la busca y captura de la activista afroamericana la apuesta económica era de un millón de dólares por cortar la cabellera de Assata. El coronel Joseph R. Fuentes, entonces superintendente, declaró: «la recompensa deberá hacer a Chesimard (Assata Shakur) una presa mucho más atractiva para los cazadores de recompensas profesionales.» En este caso, el ellos es el FBI, el sistema judicial estadounidense y la fascinación norteamericana por mantenerse en las lógicas justicieras de las películas de vaqueros.

 

Assata no fue declarada culpable de asesinato, sino de «ayuda o aliento” del crimen. En el juicio se declaró: “Los análisis de Activación de Neutrón hechos inmediatamente después de que Assata fuera llevada al hospital aquella noche mostraron que no había residuos de pólvora en sus manos. Refutando efectivamente la posibilidad de que ella hubiese disparado una pistola. (Los análisis oficiales fueron admitidos como evidencia)”. Presidía la corte el juez Theodore Appleby y el jurado estaba compuesto en su totalidad por ciudadanos blancos, algunos de los cuáles tenían relación personal con la policía de Nueva Jersey.

 

Stanley Cohen era uno de los abogados de Assata en el juicio que se celebró contra ella en 1977. Cohen tenía un plan para su defensa, apoyado en nuevas revelaciones y documentos que le habían “entusiasmado”. Sin embargo, Cohen apareció muerto días antes de iniciarse la vista contra Assata, y las circunstancias de su muerte todavía no están claras. El Departamento de Policía de Nueva York se quedó con parte de la documentación encontrada en su casa, entre ellos los apuntes con la estrategia del juicio. Al juez Appleby no le pareció relevante el caso en relación al proceso contra Assata. A pesar de que era conocido que existía un plan gubernamental de contrainteligencia (llamado COINTELPRO) cuyo actuar contra el movimiento negro consistía en contaminarlo, asfixiarlo y aniquilarlo sin contemplaciones.

 

a autobiografía de Assata Shakur se publicó en inglés en 1984, escrita desde Cuba. Ahora la editorial Capitán Swing la publica en castellano y hace un regalo a los lectores con voluntad de enriquecerse de reflexiones, personales y políticas. También a aquellos que quieran conocer un tiempo que, a pesar de los años transcurridos, no es tan diferente del actual. Incluso con Obama en la Casa Blanca, Oprah Winfrey en prime time y LeBron James anunciando refrescos con gas en multitud de publicidades y promociones. Pero el libro es mucho más que un documento en contra de la injusticia de su proceso judicial. Es una mirada, un tacto, una atmósfera y una historia. También un cuestionamiento honesto de ella misma y su forma de situarse en el mundo, especialmente sentido tras la lectura del trayecto vital que había recorrido -sin renunciar a nada- hasta llegar al punto en el que “las generalidades ya no me servían”.

Aplicando la teoría del saludo a otra escala, algunos movimientos sociales en Estados Unidos reivindican la situación del 99% de la sociedad frente al 1% de privilegiados que de forma más o menos directa gobiernan el país. La brecha social en aumento, dicen. La fractura no es sólo por la condición racial y el género, a pesar de que se difumine con personajes como Condolezza Rice, sino por la propia composición de clase. Las mareas de excluidos pueden ser negros, blancos, latinos o asiático americanos, como se vio al hilo del huracán Katrina. El color del dinero ya no es tan evidente como antes, pero sí sus desigualdades.

El racismo también es una concepción del mundo alrededor del nosotros y ellos. Se alimenta por la ignorancia, la manipulación, los intereses económicos y los miedos. Para esto último es necesario un soporte técnico. Las televisiones suelen ser un buen aliado, la alienación es más fácil que entre por la vista que por el oído o el paladar. A través de las pantallas se puede normalizar. Ocurre aquí, donde hay redadas policiales que identifican a ciudadanos por el color de su piel a diario. El libro de Assata es bueno por muchos motivos, también como recordatorio de un tiempo que está a la vuelta de la esquina porque no se ha ido. No es sencillo resolver el crucigrama, pero quizá saludarse por la calle es una forma muy sana de empezar a hacerlo. En Nueva Orleans, por ejemplo, algunos ciudadanos lo hacen por todos nosotros.

 

 

 

 

 

 

Whitman, Walt

Nacido en West Hills, condado de Suffolk (Nueva York), Whitman fue un poeta, ensayista, periodista

Perspectivas democráticas

El ensayo Perspectivas democráticas, así como el resto de cartas y apuntes fragmentarios que integran la presente edición, son probablemente las más importantes obras en prosa de Walt Whitman, escritas en plena Guerra de Secesión (donde ejerció de voluntario y enfermero de la Unión) y pocos años después

Assata Shakur y Cuba en la lista de terroristas más buscados

 

“Me llamo Assata Shakur, nací y me crié en los Estados Unidos. Soy descendiente de africanos secuestrados y traídos a las Américas como esclavos. Pasé mi primera infancia en el sur racista y segregado. Más tarde me mudé al norte del país y me di cuenta de que allí los negros eran igualmente víctimas del racismo y la opresión. Crecí y me transformé en una activista política, participé en las luchas estudiantiles, en el movimiento contra la guerra y, sobre todo, en el movimiento de liberación de los afroamericanos en Estados Unidos. Después me afilié al Partido de las Panteras Negras, una organización que fue perseguida por el programa COINTELPRO, un programa creado por el FBI para eliminar toda oposición a las políticas del gobierno estadounidense, destrozar el Movimiento de Liberación Negra en los Estados Unidos, desacreditar a los activistas políticos y eliminar a sus potenciales líderes” [1]

Estas son las palabras que Assata Shakur escribió en una carta abierta dirigida al Papa Juan Pablo II con motivo de su visita a Cuba en 1998 y a raíz de la petición de extradición del gobierno de Estados Unidos. En 1979 Shakur había escapado de la prisión de Clinton en New Jersey para recibir asilo político en Cuba en 1984. La semana pasada el FBI y el fiscal general del estado de New Jersey han redoblado su agresión imperialista situando a Assata Shakur en la lista de los 10 terroristas más buscados y ofreciendo 2 millones de dólares por su captura.

En 1973 Joanne Chesimar –como la llaman el FBI y los negreros que dieron nombre a sus antepasados– o Assata Shakur –su nombre de guerrera africana– iba en un coche por la autopista de New Jersey con otros dos activistas del Ejército de Liberación Negro (“Black Liberation Army”) cuando la policía de tráfico les dio el alto. En el encuentro se produjo un tiroteo en el que murieron Werener Foester, uno de los policías, y Zayd Malik Shakur, uno de los activistas. Shakur fue acusada del asesinato del policía a pesar de haber recibido un tiro en la clavícula que la inhabilitaba para disparar y de que no se encontró ningún rastro de pólvora o arsénico en sus ropas. El juicio contra Shakur, como ha explicado su abogado Lenox Hinds, se celebró sin respetar ninguna de las garantías procesales: todos los miembros del jurado eran blancos, los medios de comunicación ya habían hecho una campaña previa de criminalización y a pesar de que no había ninguna evidencia contra la activista afroamericana, Shakur fue condenada simplemente por ir en el coche. Por si todo esto fuera poco, Shakur fue encadenada a una cama de hospital a pesar de la gravedad de sus heridas. Cuando se recuperó, fue internada en una celda de castigo durante dos años en una prisión de alta seguridad para hombres. El día que salió la sentencia Lennox Hinds convocó una rueda de prensa y calificó el juicio de linchamiento legal. En respuesta, el Colegio de Abogados de New Jersey y el fiscal general trataron de quitarle su licencia para ejercer la abogacía. La corte suprema acabó dándole la razón a Hinds de la misma manera que distintos juicios tuvieron que absolver a Assata Shakur de múltiples cargos fabricados por el FBI de robo armado, asesinato y secuestro.

¿Qué sentido tiene entonces, cuarenta años después, colocar a Assata Shakur en la lista de terroristas más buscadas? ¿Qué tipo de amenaza representa Shakur para la seguridad de los Estados Unidos? Creo que en esta decisión hay una pedagogía doble del imperio, un mensaje hacia dentro y hacia fuera, una llamada de atención para paralizar los movimientos de resistencia y emancipación en Estados Unidos y en América Latina que pone en el punto de mira y en una situación de extrema vulnerabilidad a la activista afroamericana.

Hacia fuera, en esta decisión hay, en primer lugar, un mensaje para Cuba, pues parte de la estrategia de guerra de baja intensidad y aislamiento consiste en incluir a la isla en la lista de países terroristas: si Assata Shakur es una de las diez terroristas más buscadas por el FBI y Cuba se niega a extraditarla es porque Cuba es, en efecto, un Estado terrorista. Pretenden vendernos esta lógica ilógica a pesar de que desde el punto de vista legal la decisión de Cuba es impecable, porque, de volver a Estados Unidos, Shakur podría ser juzgada, como ya sucedió, por sus ideas políticas y por su etnicidad, no por sus supuestos crímenes.

Pero además esta decisión sucede en un contexto en el que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos podrían –y deberían—relajarse. Recientemente el gobierno Cubano decidió cambiar su política migratoria y relajar la salida y el movimiento de sus ciudadanos al extranjero. La pelota está pues en el campo de los Estados Unidos que sigue restringiendo, ahora unilateralmente, los viajes a la isla. La semana pasada además Joan Lenard, una jueza del distrito de Florida, autorizó a René González, uno de los cinco agentes cubanos injustamente encarcelados en Estados Unidos por prevenir atentados terroristas contra su país, a volver a Cuba. Por detrás de la decisión de situar a Assata Shakur en la lista de terroristas más buscados están algunos congresistas cubanoamericanos que no están dispuestos a tolerar ninguna concesión frente a la Revolución. El bloqueo y las sanciones deben continuar, el castigo no puede ceder ni un milímetro, por cada concesión como la liberación de René González una agresión, ante la posibilidad del diálogo otra bala al corazón del pueblo cubano, “the carrot and the stick”. Ese gran palo del imperialismo norteamericano no sólo es para Cuba es también para Venezuela, para el gobierno de Nicolás Maduro y para cualquier otro gobierno o movimiento social que se atreva a desobedecer a los Estados Unidos. “Terrorista” no es una palabra ni un concepto, es un “código de guerra”, un arma arrojadiza que “autoriza” al imperio para matar y torturar con impunidad allí donde los intereses económicos y políticos de su oligarquía se vean amenazados.

Hacia dentro, la agresión contra Shakur es un intento de criminalizar el activismo político en general y las campañas contra la brutalidad policial y el encarcelamiento masivo de afroamericanos y latinos en particular. En los últimos meses se han intensificado las protestas contra los asesinatos impunes de afroamericanos como Trayvon Martin, Óscar Grant, Allan Blueford o Kimani Gray. Como muy bien explica Angela Davis, la decisión de redoblar la persecución contra Assata Shakur 40 años después es una vendetta diseñada para aterrorizar a los activistas y desincentivar la militancia política, puesto que “a principios del siglo XXI estamos todavía luchando por las mismas cuestiones: violencia policial, sanidad, educación, encarcelamiento” [2]. Además de estas causas el nuevo linchamiento mediático y legal contra Shakur se produce en un momento en el que las minorías latinas están luchando por una reforma migratoria que pare la deportación masiva de inmigrantes indocumentados. Esta reforma no amenaza de ninguna manera la estructura del sistema. De hecho, en su versión más conservadora, la que defiende el congresista cubanoamericano Marco Rubio, se trata simplemente de un nuevo “Programa Bracero” a cambio de la militarización total de la frontera. Pero aún así la criminalización de Shakur es un instrumento pedagógico de inestimable valor para las clases dominantes blancas, porque traza líneas rojas que no se pueden transgredir sin ser clasificado inmediatamente como “terrorista”. En su carta a Juan Pablo II Shakur escribe:

“En este momento creo que es importante dejar algo muy claro. He abogado y todavía abogo a favor de cambios revolucionarios en la estructura y los principios que gobiernan los Estados Unidos. Defiendo la autodeterminación de mi pueblo y de todos los pueblos oprimidos dentro de los Estados Unidos. Abogo por el final de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política. Si esto es un crimen, soy totalmente culpable”

Podemos tener un presidente negro en la Casa Blanca –qué cruel ironía—u otras formas de excepcionalismo afroamericano, lo que de ninguna manera se puede tolerar es que una mujer negra cuestione la estructura misma de poder que sigue situando a las minorías étnicas y a las clases más desfavorecidas en una posición de marginalización abyecta. Se pueden tolerar ciertos cambios cosméticos contra el sexismo, la misoginia, el racismo, la homofobia y la explotación capitalista, pero si se cuestiona la armadura del poder, su legitimidad, el espectro del pasado esclavista resucita siniestramente y sitúa los cuerpos de color en una posición de peligro, vida desnuda que puede ser extinguida sin repercusiones legales.

Entre los múltiples frentes abiertos por la campaña de criminalización contra Shakur destacan los carteles en las autopistas de New Jersey pidiendo su búsqueda y captura. Estos carteles recuerdan las postales y anuncios contra los esclavos cimarrones de las plantaciones del sur: desplegar el cuerpo de la mujer esclava, pedir su captura y su linchamiento, transformar el terror racial en un espectáculo para consumo doméstico en las autopistas o en las mesas de té mientras la clase media vuelve apaciblemente a sus casas en los suburbios de New Jersey. Esta es la “justicia” y la “democracia” que ofrece Estados Unidos: pedir la captura viva o muerta de Assata Shakur, invitar otra vez a los mercenarios de la estirpe de Posada Carriles a ejecutar actos de terror en la Isla. Frente a esta “justicia” travestida y manchada de sangre, dejemos hablar al espíritu libre de Shakur, sus palabras no se pueden detener con cadenas ni grilletes, porque están animadas por aquella memorable frase del apóstol de la independencia cubana, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”:

“¿Es la tortura justicia? Me tuvieron aislada en una celda más de dos años, la mayoría del tiempo en prisiones para hombres, ¿es esto justicia? Amenazaron a mis abogados con la prisión y los encarcelaron, ¿es esto justicia? Me juzgó un jurado enteramente blanco que ni siquiera disimuló ser imparcial y me sentenciaron a vivir en la cárcel durante más de 33 años, ¿es esto justicia? Déjenme enfatizar que no es justicia para mí lo que estoy pidiendo. Es justicia para mi gente lo que está en juego. Cuando se le haga justicia a mi pueblo, estoy segura de que se me hará a mí también”

N.B. Esta crónica hubiera sido imposible sin la ayuda inestimable, el diálogo y la alegría militante de Dennis Childs, Fatima El-Tayeb, Rosi Escamilla, Anthony Kim y Niall Twohig.

[1] http://www.democracynow.org/2013/5/3/assata_shakur_in_her_own_words

todas las citas de Assata Shakur están traducidas de esta carta.

[2] http://www.democracynow.org/2013/5/3/angela_davis_and_assata_shakurs_lawyer

 

Assata Shakur: la épica de la liberación negra

 

En los años 90, Assata Shakur escribió al papa Juan Pablo II desde Cuba. ¿Por qué soy una amenaza? ¿Por qué merezco tanta atención? El Congreso de Estados Unidos había pedido formalmente al Gobierno cubano su extradición, y pretendía utilizar un viaje del pontífice a la isla para que éste presionara. Era una de las obsesiones del FBI desde que el presidente Nixon elevara a categoría de política nacional la reacción a los lisérgicos y reivindicativos 1960, “Ley y Orden”. ¿Quién era Assata Shakur?

“Había luces y sirenas. Zayd estaba muerto. Mi mente sabía que él estaba muerto. El aire era como cristal frío. Se alzaban enormes burbujas y estallaban. Cada una parecía una explosión en mi pecho. Me sabía la boca a sangre y a tierra. El coche daba vueltas a mí alrededor. Poco después, se apoderó de mí algo parecido al sueño. De fondo, me parecía oír algo como disparos. Pero perdía la conciencia y soñaba”. Así comienza el libro gracias al cual las autoridades norteamericanas supieron en 1987 que Assata Shakur, fugitiva militante de del Partido Pantera Negra y del Ejército de Liberación Negra, y acusada del asesinato de un policía en 1973 durante el incidente anterior, llevaba tres años viviendo en Cuba.

Joanne Chesimard (que es así como se llamaba) no nació en Nueva York en 1947. Al menos para el Estado, incapaz de encontrar registro alguno de su llegada al mundo, una imagen poderosa con la que Shakur habla de la invisibilidad de los negros y de la necesidad de la lucha. Su infancia, como relata en esta vívida y sencilla autobiografía que se publica por primera vez en castellano (Capitán Swing), transcurrió entre el Sur y Nueva York, alternando casas y trabajos de miseria. El ejemplo de Martin Luther King primero y de Malcom X y su ‘Nación del Islam’ después, marcaron su trayectoria. No sólo en los fines, sino también en los medios, sobre todo tras los magnicidios de ambos.

En 1973, Shakur ya no pertenecía al Partido Pantera Negra (continuador del pensamiento de Malcom X e influido por las ideas de Frantz Fanon), sino al Ejército de Liberación Negra. Fue detenida en un control de carretera en Nueva Jersey cuando viajaba en coche junto a otros dos militantes, en el que se produjo un tiroteo en el que murieron un policía y uno de sus compañeros, y en el que ella resultaría gravemente herida. Lo que siguió fue, según relataron ella misma y diversas organizaciones por los derechos civiles, una farsa de juicio en la que resultaría condenada a prisión en 1977 bajo cargo de asesinato. Desde el incidente del coche hasta la sentencia permaneció en condiciones lamentables en prisiones estatales y federales, donde fue torturada y humillada en multitud de ocasiones. La paranoia nixoniana estaba en su apogeo y el FBI, pese a la muerte en 1972 del inquisidor de los movimientos de liberación J. Edgar Hoover, se aplicaba sin desmayo.

En 1979 se fugó de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, Nueva Jersey. Hasta 1984 viviría en la clandestinidad. Ese año escapó a Cuba, donde le fue concedido asilo político. Es allí donde escribió esta vibrante y, pese a todo, optimista autobiografía, en la que Shakur reivindica su trayectoria y se pregunta cómo es posible considerarla a ella un peligro tras el relato de las infamias que, por ser negra, hubo de padecer. Si ese era el leitmotiv de la autobiografía, fracasó, pues en 2005 fue agregada a la lista de terroristas del FBI, en la que se ofrece un millón de dólares por su captura.

 

Toma de conciencia

 

Exiliada en Cuba y buscada por el FBI como terrorista, la vida de Assata Shakur es en realidad la de una activista por los derechos civiles, pero como a tantos otros miembros del Black Liberation Army y los Panteras Negras, sufrió una persecución eminentemente política y una represión que ya entonces era más que cuestionada (incluso por las Naciones Unidas), como sus encierros en celdas de aislamiento. En su autobiografía, Assata Shakur narra cómo llegó hasta allí: desde esa infancia en la que veía cómo le eran vetados derechos básicos por el simple hecho de ser negra (la ley segregacionista Jim Crow aún no había sido abolida) a su paulatina toma de conciencia cuando entra en el mundo laboral, coincide con las protestas de los años 60 y que le hace cuestionarse todo lo que le han enseñado. A partir de ese momento, Assata se va implicando cada vez más en la lucha por los derechos civiles hasta unirse a los Panteras Negras y el BLA, momento en el que es detenida, acusada de robo, asesinato y secuestro (aunque finalmente sólo se la condenó por un crimen y las pruebas que llevaron a esa condena en ningún caso fueron contundentes).

En su autobiografía, Assata Shakur va alternando los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia con aquellos en los que describe su encarcelamiento y las trabas judiciales a las que tuvo que enfrentarse, entretejiendo su propia experiencia con la de millones de personas y analizando las causas de un racismo que tampoco se puede desvincular de un sistema que margina al más débil. Assata va narrando cómo abre los ojos, empieza a informarse  hasta que llega a unirse a las Panteras Negras en un intento de lograr cambiar el status quo, pero también hace autocrítica y somete el activismo a un análisis basado en la propia experiencia que resultan de plena vigencia en los tiempos que corren.

La autobiografía de Assata Shakur no es complaciente e  incomodará a quien se crea las versiones oficiales: su papel no es el de esclarecer cómo se fugó, ni el dar detalles de cómo terminó en los tribunales ni el de poner en un pedestal la lucha armada, sino el de cuestionar una sociedad racista y reaccionaria en la que pensar (y actuar) contracorriente se pagaba con una represión silenciosa pero brutal.

Carolina Velasco

 

Nixon y Pla

 

Daniel Serrano. Renace el periodismo de sus cenizas en los blogs, las redes, el viejo papel y las tertulias televisivas. Y vuelven a editarse crónicas como estas, en las que nos reencontramos con maestros de actualísimo y vigoroso estilo.

Josep Pla y Norman Mailer, ahí es nada. Pla viene a Madrid en 1921 y se encuentra una ciudad convulsa y trepidante, donde se hace vida en los cafés hasta la madrugada y en la Puerta de Alcalá matan al ministro Eduardo Dato a tiros ante la indiferencia de la gran mayoría de los madrileños (“cuando, después de la salida de los teatros, la gente se ha ido a dormir, en la Puerta del Sol han quedado las mismas horizontales, los mismos tronados noctámbulos, los mismos vendedores de lotería y de periódicos habituales”). Escribe Pla (y parece que estuviera escribiendo hoy mismo): “Este país está organizado sobre la base de una monarquía constitucional y parlamentaria. Pero no hay ningún partido digno de ser tomado en consideración. ¿Cómo es posible mantener una monarquía parlamentaria sin partidos fuertes?”.

Se sorprende Pla de lo poco madrugadores que son los madrileños, acude a ver a Ortega y toma el tren a Salamanca para encontrarse con Unamuno, se admira una y otra vez del paisaje castellano, secarral de altos chopos y figuras minúsculas en medio de la planicie, aspira Pla el aire de Madrid, aire proveniente de un cielo azul purísimo. Afirma de la tertulia del Pombo que lidera Ramón Gómez de la Serna: “Casi todos los asistentes (…) van vestidos de negro y tienden, famélicos, a las formas del seminario clerical”. Pla es preciso, certero en el detalle, enorme en la capacidad de descripción.

Literaturiza Pla con esa complicadísima sencillez que le caracteriza, siempre socarrón y extranjero en un Madrid que a ratos le complace pero, sobre todo, le fascina por el primitivismo que late bajo su endeble aspecto de gran urbe: “Por el puente monumental y sin gracia de Toledo, sobre el Manzanares (o falta río o sobra puente, decía Quevedo), entran y salen carros con toldo, mulas y asnos que sirven que bestias de carga, arrieros con cara de facinerosos y manta como en la ópera de Carmen, gente que va de camino. Los veis salir del puente y adentrarse en la tierra yerma de Castilla, y os cuesta creer que se dirijan a alguno de esos pueblos de color tierra calcárea como una pella de barro reseco. Tenéis la sensación de que no van a ninguna parte y de que han entrado en Madrid para la composición de los últimos aguafuertes y grabados del lugar”.

Pla. Y luego Mailer. Relatándonos la convención republicana de 1968 en Miami y la demócrata del mismo año en Chicago, ciudad convertida por el alcalde Daley en un campo de batalla donde bajo las balas caían los hijos de las flores. Es verano, plena guerra de Vietnam, Nixon exhibe su sonrisa equina y los demócratas optan por el suicidio y miran arder las calles. Y Mailer, con su prosa ególatra e hipermasculina, prosa de boxeador y bebedor infatigable de whisky, con esa prosa cincelada a puñetazos, nos cuenta a qué olía aquel tiempo.

“El cronista, sin embargo, está obsesionado con Nixon. Nunca ha escrito nada bueno sobre Nixon”. Se refiere Mailer a él mismo. Él es el cronista que aborrece a Nixon. Así de honestamente se confiesa pero, en seguida, admite que el Nixon de 1968 tiene algo diferente, brilla en su mediocridad sudorosa muy distinto de cuando (una y otra vez) fracasó en su asalto al poder. Intuye que ahora sí puede ganar. Luego, en Chicago, todo será pólvora y violencia y Mailer simpatiza con los rebeldes pero no tanto, considera a los jóvenes universitarios un tanto pequeñoburgueses, subversivos diletantes, meros aficionados al gamberrismo en más de una ocasión. Aunque ha marchado con ellos sobre Washington y esa fuerza de la juventud vociferante no deja de conmoverle: “Un espíritu de belleza se respiraba en la atmósfera, por encima de los chicos envueltos en ropas sucias, el olor a vómito de los aerosoles tóxicos, los suspiros y los gemidos de los camiones del ejército, llegando y marchándose todo el tiempo”.

Nixon y Pla y Dato y Ortega y Ronald Reagan, crónicas de lejanas glaciaciones que, sin embargo, refulgen a veces de pura actualidad. Y, sobre todo, lecciones de estilo para quienes todavía creemos que el periodismo puede alcanzar la categoría de gran literatura. Aunque quienes lo ejerzamos estemos más cerca de ese atinado sarcasmo de Mark Twain: “Después de fracasar en todos los oficios, decidí hacerme periodista”.

 

Capitán Swing edita “El Diario” de Thoreau

 

Si este año es la celebración de algún aniversario que festeje alguna fecha señalada en la vida de Henry David Thoreau, nosotros no nos hemos enterado. Por eso nos sorprende ver cómo, en los últimos tiempos, parece ser que la figura del escritor / filósofo se ha reactivado de forma sorprendente: en los últimos meses, por ejemplo, han llegado hasta nosotros dos publicaciones como las “Cartas A Un Buscador de Sí Mismo” (publicadas por Errata Naturae, tal y como te explicamos aquí) o ese “Boston: Sonata Para Violín Sin Cuerdas” (publicado por Automàtica) en cuya trama el espectro de Thoreau y el lago Walden juegan un papel primordial. Por eso nos parece totalmente coherente que ahora sean Capitán Swing los que se sumen a la recuperación de la figura de Thoreau con la publicación de “El Diario (1837-1861)“, que viene a ser una versión más asequible (tanto en lo teórico como en lo económico) de los diarios completos publicados por Princeton. En las páginas de este tomo se encuentra el gérmen de todas las ideas naturalistas que luego fascinarían en los libros de Thoreau, pero también se encuentra aquí un retrato de la vida del propio autor, su visión al respecto del resto del mundo (incluídos sus amigos) y, sobre todo, su particular concepción de la belleza. Puede que no sea el centenario de nada relativo a Thoreau… Pero, para nosotros, como si lo fuera.

 

 

Ésta es la primavera de Thoreau

 

El pasado mes de septiembre, cuando Errata Naturae publicó el bello volumen Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau, su editor, Rubén Hernández, presagiaba una vuelta del pensador a los ámbitos editorial y académico. Las tesis del nortemericano, formuladas hace un siglo y medio, habían sido pasto de debates universitarios durante los años setenta pero, perdido el idealismo, su filosofía dejó de estar de moda. Su consideración de clásico logra que, por supuesto, Thoreau siempre haya funcionado como un referente, pero no ha sido hasta esta primavera cuando el autor ha vuelto realmente a la circulación en España gracias a los lanzamientos de varias editoriales. Mientras Errata Naturae, que ya anunció en su día que regresaría al escritor, publica una nueva edición crítica de Walden, su obra maestra, la editorial Impedimenta se atreve con La vida sublime, su biografía en cómic, en tanto que Capitán Swing colocó en las librerías hace unas semanas El diario. Por otra parte, Acuarela Libros planea una reedición de la biografía que escribió sobre él Antonio Casado de Rocha, uno de los mayores expertos en su obra.

No es casual este regreso a los bosques de Thoreau, a su trascendentalismo, a su pasmo ante el espectáculo de la naturaleza, a su visión del individuo como valor máximo, a su lirismo, a su rebeldía contra la injusticia política, a su aspiración de vivir una vida frugal, de espaldas al dinero, ajena al consumismo. En el contexto de la crisis económica y de la amenaza ecológica, tenía sentido que el filósofo, un indignado al fin y al cabo, emergiera de su cabaña para contarnos algunas verdades.

Después de tres ediciones de Cartas a un buscador de sí mismo, los responsables de Errata Naturae quisieron recuperar para los lectores españoles Walden, piedra angular del pensamiento ecologista y un clásico fundamental de la literatura norteamericana. En ella, Thoreau narraba su vida durante dos años en los bosques, con el único objetivo de «vivir deliberadamente» y de ver si con esta experiencia podía descubrir aquello que la vida tuviera que enseñarle («no fuera que cuando tuviera que morir descubriera que no había vivido», se autoadvertía). Con esta nueva edición, el sello ha querido corregir algunas carencias de las anteriores, ampliando las notas al pie y recuperando una cierta belleza del lenguaje que se había ido perdiendo en la traducción. Además, el libro ofrece por primera vez un formato de lectura cómodo, pues las ediciones supervivientes eran de bolsillo. Hernández considera que Thoreau es un pensador referencial «por su defensa de la insubordinación civil frente a los excesos del Estado y las injusticias de la justicia», dos cuestiones que a su juicio casan bien con esta temporada de Congresos blindados.

¿Qué habría pensado el autor, por ejemplo, sobre los escraches?, se pregunta el editor, que recuerda que Thoreau fue el primer norteamericano que defendió públicamente al Capitán Brown, líder de un grupo de rebeldes que rescataba con acciones violentas a esclavos para liberarlos en Canadá. «Hoy existen otras formas de esclavitud, uno puede ser esclavo de un banco, por ejemplo. Desarrollar acciones más allá del marco legal es importante para entender el contexto de ciudadanía. Por tanto, esta es una reflexión que está presente, como lo está el ecologismo, pues Thoreau ya se percató en su tiempo de los riesgos que amenazaban al planeta y defendió la tierra como un bien común», amplía.

Para los editores de Impedimenta, sus doctrinas adquieren peso en un momento como el presente, en el que el lector busca respuestas a cuestiones relacionadas con el poder. En este sentido, su carácter de resistente es para ellos su mejor atributo: «Fue el primero en rebelarse contra un orden establecido que no siempre actuaba a favor de los ciudadanos y supo vivir de sus propios recursos, algo que de lo que se está empezando a escribir mucho también ahora. Él ya se negó a pagar impuestos. El otro día veía el programa de Jordi Évole en torno a la desobediencia civil y te das cuenta de que es puro Thoreau», compara Enrique Redel, el dueño de esta editorial que lanza estos días el primer cómic sobre la vida de un panteísta que, al margen de toda ideología, tuvo al hombre como su mayor valor. Muy bien estructurada y documentada, esta evocadora obra viene firmada por los franceses Maximilien Le Roy y A. Dan. «El álbum que publicamos refleja nuestra forma de ver al personaje, pues no lo describe como un ermitaño o un loco, sino como un escritor que es consciente de que se mueve en sociedad pero que vive como un individualista. Sin embargo, permanece contacto con la gente, da arengas, discursos…», explica Redel, que ve en Thoreau una clara fuente de inspiración para voces como las de los recientemente fallecidos Stéphane Hessel y José Luis Sampedro.

Según Redel, la vuelta de Thoreau al presente tiene motivos similares a los que se dieron cuando la contracultura de los setenta lo sumó a sus referentes. «Hoy, como entonces, asistimos a un cambio de paradigma, a una explosión de la sociedad de consumo, a la pérdida de unos valores que habían imperado y, con ello, a la búsqueda de nuevas maneras de actuar. Ahora nos estamos dando cuenta de que el estado de bienestar no volverá a ser lo que era y de que las estructuras sociales ya no sirven. El inspirador Thoreau nos anima a buscar la respuesta en uno mismo y nos exige una visión más ética de las cosas».

Daniel Moreno, de Capitán Swing, reconoce que ya le tomó cierto cariño al escritor en los años de universidad, cuando lo estudió junto a Whitman y Emerson en una asignatura sobre Trascendentalismo. «Tenía muchas ganas de sacarlo desde que descubrí que una editorial norteamericana había hecho una magnífica edición «resumida» de El diario. Este libro siempre me pareció la pieza perfecta de Thoreau; lo fue escribiendo durante toda su vida y en él se resume todo de la manera más bella, ágil y sencilla». Moreno cita a Casado de Rocha para aludir también a los paralelismos de su producción literaria con nuestro tiempo: «Sin ir más lejos, convulsiones bancarias y sociales con consecuencias desastrosas, así como ciertos ‘progresos tecnológicos’ que parece que nos alejan como personas y que fracturan ciertas relaciones que las redes comunitarias nos han estado proporcionando durante milenios. Esto último se ve muy bien en Thoreau, en el desasosiego de una sociedad en la que se ha fracturado la parte de nuestra alma que nos conecta con los demás y con la naturaleza. Estamos, por así decirlo, en un momento trascendente. El trascendentalismo tiene algo de contracultura que nos atrae… de contracultura con mayúsculas. Thoreau no sólo se oponía a la cultura dominante de la época sino que tenía la capacidad de proponernos nuevas formas alternativas de vivir una buena vida, y en momentos como este me parecen reflexiones muy importantes».

A la vuelta del verano, Acuarela Libros reeditará la biografía del filósofo que lanzó hace unos años cuando, como explica Javier Lucini, ya se hablaba del origen de la resistencia pasiva y de la desobediencia civil, hoy dos conceptos de completa actualidad. Sin embargo, el diálogo que ahora Thoreau mantiene con el presente es mayor porque, explica el editor, incorpora el desencanto pero a la vez es muy vitalista y brinda al lector un punto de vista esperanzador que, con toda esta debacle, se hace necesario. Lucini no se olvida de reseñar, además, sus cualidades como prosista, que han sabido apreciar escritores como Paul Auster y Joyce Carol Oates. Por último, celebra la coincidencia en el mercado de varios títulos: «El de Impedimenta, por ejemplo, está muy bien, porque más allá del Walden tiene una biografía muy desconocida, está bien saber qué hizo, qué dijo… y también era necesario que una editorial como Errata Naturae relanzase esta obra, porque no había una edición decente y es un libro que apetece tener».

Marta Caballero

 

Creer en la naturaleza

 

El Diario (1837-1861), de Henry David Thoreau (Capitán Swing) | por Francisca Pageo

Cuesta creer y asimilar cómo alguien puede amar tanto la naturaleza, tanto que se adentra en ella y la hace suya, propia, casi digna de la vida de un animal silvestre que crece, se entremezcla y se diluye con ella. Así es la vida que Henry David Thoreau nos relata en sus diarios, los cuales abarcan desde el 22 de Octubre de 1837 hasta el 2 Septiembre de 1861. En ellos, Thoreau nos habla de los bosques, lagos, riachuelos, árboles y animales. Nos los describe, y como él mismo dice: “¿No podría llamarse mi Diario «Cuaderno de campo»?”. Sus diarios se convierten en una enciclopedia llena de colores, de formas naturales, de atardeceres y amaneceres, de sabores frutales, de cantos y clases de pájaros, de sensaciones térmicas, de anécdotas propias de un hombre y gente rural.

Para él se convierte en esencial que el hombre (se) busque, que investigue, que se apasione por lo que le es más cercano, que se deje llevar por lo que hace vibrar a nuestra imaginación; por lo que, en esencia, nos adentra en otro mundo que hallamos fuera pero en el que nos ubicamos dentro. Para él lo más importante es que el hombre busque en la experiencia y que encuentre significado en lo que tiene alrededor. Que aprecie lo poético de lo que nos viene y sucede. Que aprenda que la vida es un ciclo, pues viene la primavera y para llegar a la próxima tiene que desprenderse y dejar caer lo que ya no tiene vida al sol ni color chillón. Es todo eso lo que nos hace existir, el aprender de cada circunstancia, cada cosa que vemos y observamos, o cada discurso u opinión de las personas con las que tratamos.

Si desde fuera podía tenérsele por un hombre de carácter frío, aquí se le aprecia como a una persona preocupada. Donde las personas tienen miedo, se sienten solas y abandonadas, él halla poesía, vida, energía y calor. Thoreau se preocupa por el valor de lo que es natural, de lo bello, de la interioridad del hombre y de sus pasiones. Nos habla de ello de una manera espontánea y franca, sin rodeos, permitiendo que las palabras resuenen en nuestra percepción.

En estas páginas, Thoreau es cálido con la vida, pues nos la enseña como algo inimitable y que no puede encontrarse en las palabras, sino en un sonido, una forma, una sensación o un tinte de color. Sin embargo, y a pesar de ello, él nos la describe detallada y poéticamente, nos hace imaginarnos en plena naturaleza y sentirnos partícipes de ella. El hombre, como las plantas, va creciendo, educándose con cada etapa que vive, creando vida, hasta que al final, como una flor, se marchita y deja que la naturaleza siga con su cometido.

Nosotros, que vivimos en pueblos o en ciudades, vemos la naturaleza como algo salvaje, ajeno, algo que está ahí, que siempre ha estado ahí, a lo que nos acercamos de puntillas y mirándolo de refilón. Pese a ello, leemos a Thoreau, sus diarios, y nos hace meternos en ella sin que nos demos cuenta, embaucándonos de tal manera que nuestra imaginación se apodera de sus palabras y nos hace pisar hojas secas mientras escuchamos un riachuelo correr; quizás veamos a un colibrí coloreando nuestra mirada, invitándola a recorrer estas páginas con avidez, hasta que al final, nuestra mente deja de fantasear y nos hace reflexionar sobre la existencia del mundo rústico y agreste así como sobre nuestra propia y misma naturaleza. Así, nos hace sentir mucho más integrados con nuestro ser y con lo que somos, animales pero asimismo humanos.

 

Como una pluma flotando en la atmósfera

 

«Soy como una pluma flotando en la atmósfera; por todas partes, la profundidad insondable».

Thoreau, 21 de febrero de 1842

Henry David Thoreau (1817-1862) supone una atractiva y sugerente rara avis en el contexto de la filosofía y la literatura del siglo XIX. La densa cadencia de su prosa nos sumerge, en cualquiera de sus obras, en un universo a caballo entre la naturaleza y la creación, en el que a veces se hace imposible distinguir al hombre del escritor: «Lo que aprendo en cualquier circunstancia –escribía el 1 de marzo de 1842 en su diario– es algo que, de verdad, era necesario que supiera. Vienen los acontecimientos de la mano de Dios, y nuestro carácter los fija delimitando el destino».

La editorial madrileña Capitán Swing, en magnífica y preciosa edición, nos presenta en tomo único El Diario (1837-1861) de este autor norteamericano en el que encontraremos al Thoreau más íntimo y personal, al individuo que traza, poco a poco, un camino vital en el que la literatura y la reflexión se enseñorean como vórtices mareantes a través de los que, sin embargo, el ser humano puede encontrar la paz que la vida, en su desnudez, nos arrebata en tantas ocasiones. Así, explicaba el 24 de octubre de 1837 que «Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra. […] Así que esta constante erosión y descomposición crea el terreno para mi futuro crecimiento. Del modo en que ahora vivo, eso cosecharé».

Aunque… es necesario precaverse, por el bien de nuestra salud anímica, frente a esa fastidiosa voz interior que nos dicta a cada instante qué es bueno y qué es malo. Aunque podemos rastrear algunos fragmentos del diario en los que Thoreau nos invita a seguir y obedecer sin dilación a ese inflexible murmullo que proviene de nuestro más profundo fuero interno («Escribir bien, igual que actuar bien, significa obedecer a la conciencia. […] Si escuchamos con reverencia la voz interior, conseguiremos volver a situarnos en la cima de la humanidad»), en otros lugares, por el contrario, nos invita a desconfiar de él («En realidad, la moral no es algo sano»), acercándonos a un particular hedonismo («Las alegrías inmerecidas que nos llegan imprevistas y que más que hacernos sentir agradecimiento nos alegran: esas son las que nos cantan»).

Quizás, el único camino –si no salvífico, sí al menos consolador– hacia nuestra felicidad sea la aceptación de la continua e inextinguible cadena de acontecimientos que se da en el mundo, una cadena que carece de principio o fin y cuyo funcionamiento, desde el punto de vista humano, es imposible de desentrañar. Nuestra necesidad de otorgar al constante fluir de hechos una racionalidad sólo se ve satisfecha cuando, desesperanzados, logramos ser conscientes de lo vano de nuestro empeño: «Quien esté más quieto será el primero en llegar a su meta».

Diatribas de carácter vital a las que Thoreau intenta dar respuesta a través de una pregunta –de marcados tintes nietzscheanos, aunque el norteamericano no tuvo la oportunidad de leer al alemán–. Merece la pena reproducir el texto de Nietzsche en su tercera consideración intempestiva (dedicada, por cierto, a Arthur Schopenhauer), para tantear el caldo de cultivo que, tanto en América como en Europa, está preparando el terreno para el existencialismo más temprano: “Pero, ¿cómo podremos encontrarnos a nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso; y si la liebre tiene siete pieles, bien podría el hombre despellejarse siete veces setenta, que ni aun así podría exclamar: “¡Ah! ¡Por fin! ¡Éste eres tú realmente! ¡Ya no hay más envolturas!”. Por lo demás, es una empresa tortuosa y arriesgada excavar en sí mismo de forma semejante y descender violentamente por el camino más inmediato en el pozo del propio ser. Corremos el riesgo de dañarnos de manera que ningún médico pueda ya curarnos. Y, además, ¿para qué sería necesario algo así cuando todo es un testimonio de nuestro ser: nuestras amistades y enemistades, nuestra mirada y la manera de estrechar la mano, nuestra memoria y lo que olvidamos, nuestros libros y los rasgos de nuestra pluma? Pero he aquí una vía para llevar a cabo este interrogatorio importante. Que el alma joven observe retrospectivamente su vida, y que se haga la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que has amado hasta ahora verdaderamente? ¿Qué es lo que ha atraído a tu espíritu? ¿Qué lo ha dominado y, al mismo tiempo, embargado de felicidad? Despliega ante tu mirada la serie de objetos venerados y, tal vez, a través de su esencia y su sucesión, todos te revelen una ley, la ley fundamental de tu ser más íntimo”.

En este mismo sentido, un introspectivo Thoreau se preguntaba en la entrada correspondiente al 8 de abril de 1839: «¿Cómo ayudarme a mí mismo». La respuesta, quizás menos enigmática y elocuente que la de Nietzsche, esconde empero la prístina manifestación de la duda de un hombre que no está seguro de saber dónde podrá rastrear la solución al enigma que le plantea su propia conciencia. Se trata de la pregunta oracular por excelencia: quién soy y cómo puedo conocerme. Su contestación: «Retirándome a la buhardilla, asociándome con las arañas y los ratones, decidido a encontrarme antes o después. Completamente en silencio y atento, permaneceré esta hora, y la siguiente, y siempre». Y concluye el párrafo con una máxima casi estoica: «La vida más provechosa de la que la historia ha dejado noticia es el constante apartarse de esta vida, sin tener nada que ver con ella; el lavarse las manos observando cuán cruel es». Ese mismo año, el 26 de junio, Thoreau redacta una especie de credo particular en el que podemos leer: «Hay un déjame mejor que cualquier ayuda, y es el déjame-solo».

Inmersos en esta concepción agridulce, casi amarga, de la existencia, ¿qué lugar ocupa en ella la escritura? El autor de ‘Walden’ nos habla sin temor y no pocas veces a lo largo de este impresionante testimonio sobre qué significa para él la redacción de un diario. Una de las más claras exposiciones de motivos a este respecto la encontramos en la anotación del 8 de febrero de 1841, cuando compara el funcionamiento de la naturaleza con el de nuestro propio cuerpo, en una analogía que hará mucha fortuna: «Ni el alma ni el cuerpo olvidan. La ramita recuerda siempre el viento que la sacudió, y la piedra recuerda el golpe recibido. Pregúntale al árbol viejo y a la arena». Sin embargo, aunque el cuerpo recuerde de alguna manera (casi de modo tangible, material) los avatares a los que ha sido expuesto (heridas, cicatrices, magulladuras, etc.), se hace necesario en cualquier caso hacer memoria activa de cuanto ha ocurrido para saber, precisamente, si de alguna manera el pasado puede ser superado (Thoreau escribía unos meses antes que «El pasado, todo él, está aquí presente para ser juzgado; dejemos que, si puede, se apruebe a sí mismo»). Finalmente, Thoreau nos explica que «Mi Diario es esa parte de mí que, de otro modo, se derramaría y desperdiciaría, fragmentos espigados del campo que, en plena acción, cosecho».

Es decir, que el diario, y en general la escritura, se plantea en el escritor como un mecanismo mediante el que el tiempo se hace consciente de sí mismo a través de las palabras; unas palabras que no hacen más que buscar una fórmula adecuada para plantear una definición certera de la existencia: «Qué vida nos han dado los dioses, circundada de dolor y placer». Esta vida es «demasiado extraña para el pesar, y también demasiado extraña para el regocijo. A ratos parece superficial, aunque intrincada como un laberinto cretense, y luego, de nuevo, es un abismo intransitable», escribía Thoreau el 27 de marzo de 1842.

Nuestro protagonista, gran observador y admirador de la naturaleza como fenómeno maravilloso (atendiendo, especialmente, al regular paso de una estación a otra), asegura en no pocos fragmentos que su vida se parece al recorrido de un río, «brillante sobre sus arenas, pero imposible de navegar», aunque llegada la madurez esta imposibilidad se torna apacible, casi familiar, y por ello, aquel abismo puede siquiera contemplarse, por mucho que su observación nos conduzca, al final, «a capas nunca imaginadas de profundidad» (2 de agosto de 1861).

Un documento imprescindible para entender las obras de Thoreau, en excelente traducción de Ernesto Estrella, en el que, como se explica en la introducción, se lleva a cabo toda «una investigación de la vida en su cotidianeidad, una exploración de las estaciones y de la relación que uno mismo tiene con la naturaleza. Un libro híbrido e imposible de completar, pero, aun así, un libro con pleno derecho, con su propia ecología». Y es que, como afirma Thoreau en su diario, «El impulso, a fin de cuentas, es el mejor lingüista».

Carlos Javier González

Trocchi, Alexander

Escritor, artista, militante de la Internacional Situacionista, yonki, revolucionario

La insurrección invisible de un millón de mentes

Trasladado a París desde 1952, Trocchi frecuentó los ambientes del existencialismo, participando en la edición de la famosa revista Merlin, en la que colaboraban autores como Samuel Beckett, Jean Genet, Jean-Paul Sartre y Henry Miller

Proust vivía en el sueño de su memoria

 

Céleste Albaret estuvo al servicio de Proust desde 1913 hasta la muerte del novelista en 1922. Aquella joven, recién casada con el taxista de Proust, fue primero la recadera que llevaba cartas a los distintos corresponsales del escritor y pronto se convirtió en su ama de llaves, en su confidente y casi en su secretaria en aquellos nueve años esenciales en los que escribió A la busca del tiempo perdido.

Entró a su servicio cuando acababa de aparecer Por el camino de Swann, el primer tomo de la serie, y sus primeros recados consistían en repartir los ejemplares dedicados de la novela entre amigos y conocidos de Proust.

Se ocupó de los asuntos domésticos en el 102 del Boulevard Haussmann y en la Rue Hamelin donde vivió Proust, se adaptó a su vida de recluso y le defendió de las visitas, protegió su intimidad y adoptó los mismos horarios extravagantes del novelista que dormía de día y escribía de noche.

Lo recuerda Painter en la biografía monumental de Proust: el príncipe Bibesco, su amigo, decía que el escritor sólo había querido a dos personas: a su madre y a Céleste, por quien se sentía comprendido y a quien inmortalizó como personaje en Sodoma y Gomorra  y en La prisionera.

Cincuenta años después de la muerte de Proust, Céleste evocó al novelista con la ayuda de Georges Belmont, que puso por escrito este Monsieur Proust, el resultado de cinco meses y setenta horas de entrevistas.

Belmont transcribió, reelaboró y organizó en treinta capítulos que combinan el enfoque temático y la secuencia cronológica este relato oral de la memoria privada de Céleste Albaret en sus casi diez años años al servicio del novelista.

Se publicó en 1973 e inspiró en 1981 una espléndida película del director alemán Percy Adlon sobre esta Céleste que, como señala Belmont en su nota introductoria, “era el testigo capital, estaba en el centro de todo.”

Con traducción de Elisa Martín y Esther Tusquets y prólogo de Luis A. de Villena, Capitán Swing reedita este retrato íntimo de la vida diaria de Proust en los años de mayor actividad creativa y de reclusión más radical para dedicarse obsesivamente a terminar su obra hasta esos últimos días en que corrigió febrilmente las pruebas de La prisionera porque sabía que se estaba muriendo.

“A veces me sentía como si fuese su madre, y otras como si fuese su hija”, escribe Céleste acerca de un Proust íntimo y educado, inapetente y sensible. Pero este libro va más allá de la mera imagen doméstica del escritor visto por una sirvienta sobreprotectora: revela también detalles de la cocina de la escritura de A la busca del tiempo perdido, que además de muchas otras cosas es una novela en clave, un reflejo de los ambientes y personajes del círculo social o privado del novelista que le relataba sus veladas o le hablaba de política o de sus amigos.

De hecho, ella misma –además de dar nombre a la mensajera de una aristócrata- aparece transformada en el personaje de Françoise, la sirvienta del narrador que recorre las páginas de todo el ciclo. Y en un breve poema de circunstancias que le dedicó unos meses antes de morir, la llamaba “espiritual, activa, incorruptible.”

Aquella mujer, que lo acompañó en el último viaje a Cabourg tras superar un episodio de rivalidad con otros sirvientes, explicaba que Proust “sólo vivía en el sueño de su memoria y para este sueño.”

Algo parecido se puede decir de ella, que se convirtió en la memoria viva del novelista, de sus crisis asmáticas y su trabajo frenético, de su inapetencia y su aversión a los ruidos y los olores, de sus noches negras en París durante la primera guerra mundial, del cuidado de su imagen o del largo túnel en el que la enfermedad confundió las noches y los días de sus últimas semanas en los que una gripe precipitó el final.

“Lo sabe todo acerca de mí”, decía Proust de Céleste Albaret, que no sólo fue la depositaria de su memoria doméstica, sino que también contribuyó a preservar sus textos, por lo que obtuvo la orden de Commandeur des Arts et des Lettres que otorga el Ministerio de Cultura francés.

Santos Domínguez

 

Un repaso maligno por algunas de las intimidades de Marcel Proust

 

Este año se está celebrando un aniversario especial para los letraheridos del universo: han transcurrido cien años desde la publicación de En busca del tiempo perdido. La efeméride ha dado lugar a reportajes, reediciones y libros sobre Proust. Todo ello me ha llevado a reflexionar sobre hasta qué punto ser hoy un letraherido es una forma de resistencia no tan pacífica: un autor integrado y elegíaco como Proust, por obra y gracia del efecto que provoca en cierto lector desatento o vertiginoso, se convierte en una especie de escritor antisistema. Por la paciencia y la concentración que exige la lectura de una prosa que funde los principios de observación, memoria y sensualidad. Esto se me ocurría cuando, desde un suplemento literario me pidieron resumir en un tuit la trascendencia del proyecto proustiano y yo, ahogada en la gran paradoja Proust-tuit, pensé que ser hoy iconoclasta contra Proust implicaba asumir el discurso hegemónico sobre realidad y cultura: brevedad, superficialidad, consumo, literatura kleenex, analgesia, grandes superficies. Pim pam pum.

Sin dinero ya no hay rock and roll

Hace algunos años Soledad Puértolas escribió una novela sobre asuntos de familia, la relación materno-filial y el tránsito por las edades. Lo hacía a partir de la peripecia de un abrigo y se titulaba Historia de un abrigo (Anagrama). Hoy la escritora italiana Lorenza Foschini reconstruye en El abrigo de Proust (Impedimenta) las aventuras del bibliófilo, fetichista, proustiano y perfumero Jacques Guérin en su afán por recolectar las pertenencias de Proust.

Su máximo tesoro acaba siendo el desgastado abrigo del escritor francés que desencadena la reconstrucción de una historia de amor tan obstinada como casi todas: la de Guérin hacia los objetos del hombre que admiró más que a nadie en el mundo. La aparente asequibilidad del libro, su facilidad de lectura, encubre temas que, como Guérin o las urracas acaparadoras de fetiches brillantes, yo también colecciono: la mezcla de lo exquisito y de lo sórdido en esa belleza que, según Baudelaire, siempre es rara; el filo que distingue la devoción de la admiración y el fanatismo de la tenacidad…

Entre todos esos temas, destaca uno: la existencia de una gran pasión que mueve la vida y que, sin embargo, se coloca fuera de la propia vida. Las vicisitudes de las vidas ajenas sirven para construir nuestra identidad y, en este libro, vinculan la homosexualidad de Proust con la de Guérin. La vivencia problemática del homoerotismo, por parte de las familias de homosexuales con proyección pública, convierte el secreto, tal vez la ocultación, en un asunto central de El abrigo de Proust. Como las quemas purificadoras de papeles que puedan comprometer el “buen nombre”. Hay familias que salvaguardan su fama de cualquier salpicadura sodomita activando un avieso sentido de la rectitud. No sé por qué me habrá venido a la cabeza el caso de Jaime Gil de Biedma.

Lorenza Foschini sumerge al lector en un juego detectivesco de investigaciones dentro de investigaciones y voces dentro de voces: ella sigue la pista de Guérin quien, a su vez, sigue la pista de Proust. La decisión de incluir fotos sacia la morbosidad de lectores que, mientras leen este libro, se preguntan cómo se puede ser creíble formulando tantas hipótesis sobre lo ajeno. A lo mejor es que escribir sobre los otros es una manera de robar. Escritores y asesinos suelen ser los protagonistas de este tipo de libros que evocan la figura de personajes reales: pienso en las espléndidas El adversarioy Limónov de Emmanuelle Carrère (ambas en Anagrama) o en José Ovejero, último premio Alfaguara con La invención del amor, que combina escritura y pulsión delictiva en Escritores delincuentes (Alfaguara).

Con la referencia a títulos como estos, trato de reivindicar esas librerías que conservan obras de más de seis meses de edad en sus anaqueles. Esa aspiración se relaciona con El abrigo de Proust y su retrato de un mundo casi irreconocible para una sensibilidad no analógica. Aquí lo más importante es el poder evocador de los objetos como justificación del coleccionismo y de la propia escritura; a su vez, la escritura fija una memoria que cristaliza en un objeto, el libro –según Proust, estuche del alma del escritor-. La bibliofilia sería un pleonasmo del fetichismo en su proceso de fijación doble de la memoria: primero, la escritura casi convierte en fetiche la vida; luego, el coleccionista hace del libro un fetiche que está lleno de fetiches: trozos de vida, recuerdos, disecados o embellecidos, dentro de los estuches para el bijoux.

En las imágenes dentro de las imágenes, en el desdoblamiento infinito, hay una connotación de muerte de la que también se nutre El abrigo de Proust. Como señala Hugo Beccacece, en su brillante prólogo, el abrigo es el vacío del cuerpo que abriga y el objeto es un modo de conjurar la ausencia. Los abrigos, los libros. Yo me permito añadir que en estas páginas el dinero es un sobreentendido y es obvio que, sin dinero, ya no hay rock and roll.

Un libro maligno

Monsieur Proust es la evocación que del escritor lleva a cabo Céleste Albaret, su criada, cuidadora, asistente y asistenta, secretaria, recadera, cancerbero y no sé sabe cuántas cosas más, durante los últimos ocho años de vida del autor. Monsieur Proust, publicado en Francia en 1973, ha sido rescatado por Capitán Swing con traducción de Esther Tusquets y Elisa Martín, y prólogo de Luis Antonio de Villena.

En el libro de Foschini se menciona a Céleste Albaret: se parece a esa criada, fiel y contestona, que retrata en Señor Sueño el escritor suizo Robert Pinget (Antonio Machado). La visión de Céleste, que deja entrever Foschini, se deshace cuando leoMonsieur Proust y Céleste toma la palabra. Aunque lo haga a través del filtro depurador de Georges Belmont. Porque Céleste Albaret no es solo un personaje de guardarropía, la actriz de carácter apropiada para el segundo plano. Es muchas más cosas. No todas mejores, pero todas interesantes.

Monsieur Proust acaba con una detallada descripción de la muerte del escritor a causa de un absceso pulmonar que revienta. Como si a Céleste Albaret, para relatar la agonía, la hubiese abducido un amo que es un maestro que es un amo. A partir de esa circunstancia se pueden sacar un montón de conclusiones porque este libro, además de la vívida pintura de uno de los autores más relevantes del siglo XX, puede leerse también como la novela de aprendizaje de la propia Céleste. La criada desbanca al señor y tal vez solo en ese punto podamos encontrar la puntita de resentimiento que echamos de menos en la narración de esta criada. La apología que hace del patrón se opone a esos retratos hogarthianos de los criados de Fielding en Tom Jones (Cátedra): Céleste se sitúa en un lugar un poco abyecto como si la defensa a ultranza de un amo listo, la complicidad que solo ella establece con él, la engrandecieran y le dieran lustre.

Sin embargo, la complicidad es una palabra difícil de digerir entre criada y amo. La digestión resulta aún más difícil cuando nos damos cuenta de que, tras la fachada admirativa de la Albaret hacia Proust, tras su intención de refutar los infundios sobre él, a los lectores nos llega la historia de un hombre enfermo, maniático, excéntrico y tiránico en sus costumbres, que obliga a sus servidores a permanecer despiertos durante la noche entera o a escuchar a pata firme el relato de una velada en el salón de cualquier princesa parisina.

Céleste Albaret opera con una sutileza casi maquiavélica: dice que Proust no es drogadicto, como afirman algunos maledicentes, y sin embargo lo retrata tomando Veronal para dormir y cafeína para despertar… En el capítulo de los entuertos que la Albaret, como heroína salvadora, se empeña en desfacer se sitúa la refutación de la homosexualidad de Proust. También el sadomasoquismo o las torturas a animales que supuestamente protagonizó en la casa de Le Cruziat formarían parte, según Céleste, del proceso de documentación para la escritura. El lector sospecha que, si la Albaret aspiraba a proteger la fama de Proust, quizá hubiera sido más sensato correr un tupido velo sobre este asunto. El silencio mejor que la alusión.

En el retrato de Proust, su proceso creativo, la construcción de los personajes, su amistad con personalidades de la época o su buen gusto musical se combinan con la disección de sus pequeñas miserias hipocondríacas: con ese lado tan íntimo que se revela en nuestro cubo de basura y en los medicamentos que descansan sobre nuestra mesilla de noche. Pese a las mentiras para encubrir verdades o las verdades para anular mentiras, al final, las palabras de Céleste logran que la imagen de Proust aparezca un poco más nítida al fondo del espejo…

No se pierdan Monsieur Proust: es un libro maligno que nos enfrenta con nuestros prejuicios al hacernos repensar lo que significa sentir afecto, cariño, incluso amor, por las personas que están por debajo o por encima de nosotros. Como en En la jaula (Alba) del siempre grandioso Henry James.

Marta Sanz

Tras la ascensión del nazismo

 

 

“Cuando el ser humano es perseguido por el odio y la desgracia no mejora sino que se vuelve todavía peor”. Estas palabras de El Anticristo bien podrían condensar el espíritu de esta obra, híbrido de novela, ensayo y memorias que Roth escribió inmediatamente después del ascenso del nazismo y que ahora recupera Capitán Swing manteniendo la traducción de José Luis Gil Aristu y la introducción de Ignacio Vidal-Folch que presentaba la edición anterior, a cargo de Península.

JR, un homólogo ficticio de Roth, es un periodista contratado por un magnate de los medios de comunicación, encargado de informar sobre las emanaciones del Anticristo en todo el mundo, en sus diversas caracterizaciones: la técnica, el nacionalismo, el patriotismo, el comunismo, la Iglesia católica, la urbe moderna e incluso el cinematógrafo, al que veía como un truco de magia negra para sustituir la vida real por un limbo hipnótico e ilusorio. De este modo, la figura del Anticristo, el maligno, el tergiversador, no tiene tanto que ver, como nos recuerdan sus editores, con la religión (lo que lo aleja de su más obvio referente, Nietzsche y lo aproxima, salvando todas las debidas distancias, a los frankfurtianos) como con la desintegración moral del mundo moderno, constituyendo un alegato moral contra la barbarie de una modernidad industrial y deshumanizante escrito desde la desesperación y el pesimismo, de quien , pese a todo, se resigna a aceptar la derrota.

“Ningún corresponsal –decía Roth al final de un artículo publicado en el Pariser Tageblatt y que sirvió para dar nombre a una extraordinaria recopilación de textos publicada el pasado otoño por Acantilado– puede hacer frente a un país en el que, por primera vez desde la creación del mundo, no sólo se producen anomalías físicas, sino también metafísicas: ¡monstruosas creaciones del infierno! Tullidos que corren; incendiarios que se prenden fuego a sí mismos; fratricidas que son hermanos de asesinos; demonios que se muerden su propio rabo. Es el séptimo círculo del infierno, cuya filial en la tierra lleva por nombre Tercer Reich”.

El tono parabólico, escatológico, vuelve, pues, a estar más presente que nunca en esta obra escrita poco tiempo después de aparecer una de sus más célebres títulos,  La marcha Radetzky –donde relataba la decadencia de aquel imperio multiétnico con capital en Viena a través de los acontecimientos que viven tres generaciones de una misma familia–por un autor que, debido a su ascendencia judía (aunque él era católico y un fiel defensor de la monarquía austrohúngara), debería iniciar un exilio forzoso por Europa que terminaría llevándolo a París, en cuyo cementerio de Thiais reposan sus restos. Roth, paradigmático representante de la vieja Europa de entreguerras, que coqueteó con las ideas socialistas durante su juventud y que con toda justicia pertenece a esa estirpe de grandes narradores centroeuropeos de su tiempo, que integran nombres como Musil, Broch o su amigo Zweig.

 

Capitán Swing publica la edición íntegra de los diarios de Thoreau

 

«Mi vida ha sido el poema que hubiera querido escribir, pero no he podido vivir y pronunciarlo a la vez». Este es uno de los apuntes, fechado en 1849, que Henry David Thoreau hizo en sus diarios. Capitán Swing ofrece, por primera vez en español, la edición de aquellos cuadernos personales.

Henry David Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios. Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras para crear la edición en un solo volumen más amplia y coherente que se ha publicado nunca.

Los ritmos y revelaciones de los largos paseos de Thoreau en El Diario inspiraron la fluidez y el resplandor de su prosa poética. En la obra se aprecia en toda su plenitud la constante contemplación del autor de los ciclos, pautas y conexiones de la naturaleza, su sostenida fascinación por la luna, los pájaros, las bayas y, claro está, por la naturaleza humana.

Arrebatadamente lírico

Observador filosófico y arrebatadamente lírico, Thoreau analiza sus estados de ánimo, retrata a amigos y vecinos, condena la esclavitud y la destrucción del mundo vivo y se deleita en la belleza.

Una edición soberbia y excepcionalmente accesible de una obra maestra esencial de la literatura estadounidense, y una de las mejores opciones para el lector interesado en El Diario completo de Thoreau, unas diez veces más extenso.

Ernesto Estrella ha traducido los diarios de Thoreau que son presentados por John R. Stilgoe y Damion Searls en la cuidada edición que ha preparado Capitán Swing.

Biografía de un insumiso

Henry David Thoreau (1817-1862) nació en Concord, Massachusetts, en el seno de una familia modesta. Se graduó en Harvard en 1837. De vuelta en Concord, inició una profunda amistad con el escritor Ralph Waldo Emerson y entró en contacto con otros pensadores trascendentalistas. En 1845 se estableció en una pequeña cabaña que él mismo construyó cerca del estanque de Walden a fin de simplificar su vida y dedicar todo el tiempo a la escritura y la observación de la naturaleza. Dos años después escribe la obra homónima en la que describe su economía doméstica, sus experimentos en agricultura, sus visitantes y vecinos, las plantas y la vida salvaje.

En 1846, concluida su vida en el estanque, Thoreau se negó a pagar los impuestos que el gobierno le imponía, como protesta contra la esclavitud en América, motivo por el cual fue encarcelado. Este episodio le llevó a escribir Desobediencia civil (1849), donde establecía la doctrina de la resistencia pasiva que habría de influir más tarde en figuras de la talla de Gandhi o Martin Luther King. Cercano a los postulados del trascendentalismo, su reformismo partía del individuo antes que de la colectividad, y defendía una forma de vida que privilegiara el contacto con la naturaleza.

 

Más de siete mil páginas

 

A lo largo de su vida, Henry David Thoreau escribió más de siete mil páginas de su diario. Más de una decena de cuadernos en los que cada noche anotaba lo que le había sucedido durante la jornada. Algunas entradas ocupaban sólo unas pocas líneas, otras se extendían durante diez o doce páginas. Cuando empezó a escribir, tenía veinte años, estaba recién licenciado en Harvard y acababa de volver a Concord, la pequeña ciudad de Massachussets donde había nacido. Desde entonces no dejaría de escribir hasta que una bronquitis empeorase su tuberculosis crónica y falleciese con sólo cuarenta y cuatro años. Entre estas dos fechas, una vida marcada por fuertes convicciones ideológicas, que le harían pasar a la Historia como el teórico de la desobediencia civil gracias a su influyente ensayo Civil Disobedience. Estas convicciones aparecen a lo largo de todo el diario, empapando de frustración y amargura algunas entradas. Sin embargo, Thoreau no fue sólo un teórico. A lo largo de toda su vida, mantuvo una intensa militancia antiesclavista que aparece documentada en su diario, en el que relata cómo ayudaba a esclavos huidos a salir de Estados Unidos: Acabo de poner a un esclavo fugitivo –quien había tomado el nombre de Henry Williams- en uno de los trenes que van a Canadá. Se había escapado el pasado octubre del condado de Stafford, en Virginia, con dirección a Boston. Esa militancia se intensificará aún más con la aprobación de la Fugitive Slave Act, que establecía que todos los esclavos huidos serían devueltos a sus amos una vez capturados, lo que equivalía a legalizar las persecuciones con perros para darles caza. Esta ley hará que Thoreau se comprometa aún más en su militancia y se involucre con más fuerza en el Underground Railroad, una red de rutas secretas y casas seguras que usaban los esclavos para huir a Canadá o a alguno de los estados que habían prohibido la esclavitud.

Sin embargo, la faceta política de su vida no es lo que prevalece en el diario de Thoreau. La mayoría de las reflexiones que contiene se refieren a cuestiones más cotidianas pero también más íntimas, como la observación de la naturaleza en sus largos paseos o los cambios que va dejando el paso de las estaciones. En esos pasajes es donde aparece el Thoreau más cercano, el que es capaz de emocionarse al ver los dibujos que hace la escarcha en la hierba o al observar a las ardillas recoger frutos secos para el invierno. Es en esos fragmentos donde tenemos la sensación casi obscena de estar leyendo un diario personal, algo que no fue escrito para ser visto por nosotros. Pero también son esos pasajes los que matizan la extendida idea del difícil carácter del escritor norteamericano. Thoreau odiaba acudir a fiestas y le aburría la mayoría de la gente, pero eso no significa que no le importase lo que sucedía a su alrededor, sino todo lo contrario: le importaba tanto como para jugarse años de cárcel por un esclavo huido, como para lamentarse frecuentemente del trato que habían recibido los pueblos nativos, como para sentarse a hablar durante horas con los marginados a los que Concord despreciaba.

Pero en el diario de Thoreau no es solo importante lo que está, sino también lo que falta. Prácticamente ninguna referencia a la convivencia con su familia y ni una sola amante conocida a lo largo de su vida, ni un solo comentario que mostrase deseo o amor por alguien. Quizá su mundo interior era demasiado profundo para que nadie entrase en él. Quizá simplemente no lo escribió porque sus anotaciones como naturalista ocupaban todo su tiempo libre, el que le dejaba el trabajo de agrimensor que tuvo que aceptar para pagar las deudas de su primera publicación.

Esta cuidada edición de Capitán Swing, que recoge una selección de las entradas del diario hasta 1854, le gustará sobre todo a los que disfrutasen con Walden, el libro en el que relataba su estancia durante dos años en una cabaña construida en el bosque por él mismo. La misma pasión por aprender de lo que le rodea, el mismo tono poético pero ágil y sencillo que hace tan reconocible la prosa de Thoureau. Más que su faceta política, lo que hay en sus ensayos es la cara más íntima, la que habríamos conocido si nos hubiese dejado acompañarse en sus largos paseos. Y esa intimidad es lo que le da tanto valor a la obra de Thoreau, lo que hace de su diario una de las grandes joyas de la literatura americana del siglo XIX.

Layla Martínez

 

Shakur, Assata

Nacida con el nombre de JoAnne Deborah Byron Chesimard, Assata Shakur fue una activista

Una autobiografía

El 2 de mayo de 1973, la integrante de los Panteras Negras Assata Shakur se hallaba en el hospital en estado crítico y esposada a la cama, mientras las autoridades locales y la policía federal trataban de interrogarla acerca del tiroteo en una autopista de Nueva Jersey que costó la vida a un policía blanco