Entre una gran diversidad de materias, Henry Lefebvre se ocupó particularmente de los problemas de la urbanización y el territorio, presentando a la ciudad como el corazón de la insurrección estética contra lo cotidiano. La producción del espacio, incisiva y clarividente, es su principal obra filosófica
El dinero es más que una medida de valor y medio de intercambio. Más allá de sus funciones económicas, simboliza y encarna el espíritu moderno de la racionalidad, de la calculabilidad, de la impersonalidad. Bajo su égida, ha prevalecido sobre la visión del mundo antiguo que otorgaba primacía a los sentimientos y la imaginación
La señora Vagelato era una inmigrante griega de avanzada edad que llevaba varias décadas viviendo en Nueva York. Un día, a principios de los años setenta, tuvo un golpe de suerte: le tocó un viaje de diez días a Colombia para dos personas en un concurso de una marca de café (Brown Gold, colombiano 100%). Vagelato había comprado el paquete de café en un supermercado neoyorquino. La señora aterrizó en Colombia junto a su marido jubilado. En Cartagena, se alojaron en el Hotel Caribe, un majestuoso edificio colonial con jardín botánico propio. La puerta del hotel daba a la playa. Vacaciones de ensueño por primera vez en su vida. Dos simpáticos representantes de Brown Gold obsequiaron a los Vagelato con varios regalos: rodillos de amasar, estatuas, colgantes de pared, hamacas, sombreros de paja, etc.
Como parte del concurso, los Vagelato aceptaron fotografiarse con los regalos al llegar a Nueva York. Ahí se hizo el cambio, la sustitución de sus regalos por otros similares (sin cargamento sorpresa en su interior). Los Vagelato nunca supieron que habían transportado varios kilos de cocaína de Colombia a EEUU. No existía ninguna marca de café llamada Brown Gold más allá de un falso paquete colocado estratégicamente en la estantería de un supermercado a la espera de que lo comprara algún despistado. Así se las gastaba Zachary Swan, cuyas andanzas como traficante de cocaína en la época primitiva del negocio narró el periodista Robert Sabbag en Ciego de nieve, editado ahora por Capitán Swing. El libro, publicado en EEUU en 1976 y alabado por luminarias como Hunter S. Thompson y Damien Hirst, convirtió a Sabbag en un nombre de referencia de la segunda ola del Nuevo Periodismo. El prólogo de la nueva edición española corre a cargo de Howard Marks, antiguo traficante de marihuana convertido en icono pop británico.
Una curiosidad que da idea del culto profesado a Ciego de nieve en ciertos ambientes: en 1999 salió en el Reino Unido una edición limitada diseñada por el celebérrimo artista británico Damien Hirst. Incluía un billete de 100 dólares enroscado (escondido en una raja del interior del libro) y una tarjeta de crédito de metal con el nombre de Zachary Swan. Las 1.000 copias están firmadas por Hirst, Sabbag y Marks. El libro, que tiene las tapas de cristal, se vende por internet a un precio de 950 libras. Un objeto de coleccionista que no oculta su condición de fetiche cocainómano.
Ciego de nieve, parte radiografía de la época heroica de la coca parte biografía de un cabra loca, arranca describiendo los adinerados orígenes biográficos de Swan: «Nació en el apogeo de la era del jazz, con una cuchara de plata en la boca. La posibilidad de que fuese a pasar sus años de madurez con esa misma cuchara en la nariz entró en el reino de lo posible cuando Zachary tenía unos 16 años. Hasta entonces se comportó como cualquier otro muchacho de su edad obligado a tratar con sirvientes por la casa y con un club de campo a la vuelta de la esquina».
Tendencia al trapicheo
Lo que Zachary Swan empezó a hacer a los 16 años en el colegio, la elitista Escuela Preparatoria Iona de New Rochelle (Nueva York), fue gestionar los juegos de dados en los patios, en lo que Sabbag califica de «síntesis inevitable de riqueza y ocio». O los orígenes de un espíritu emprendedor con tendencia al trapicheo.
No obstante, los negocios ilegales aún tendrían que esperar un poco más. Tras pasar por la universidad, Swan entró en la empresa paterna de empaquetado como ejecutivo de ventas. No le fue mal. «Cumplió durante los 17 años siguientes, con la mayor honradez y la mayor entrega que le fue posible, los rituales tradicionales de la comunidad mercantil neoyorquina. Manejó como vendedor los artículos de algunas de las empresas de cosméticos más prestigiosas del país. Ganaba un buen sueldo, pertenecía a un buen club neoyorquino y gozaba de la amistad de muchas personas distinguidas», resume Sabbag.
Lo que le ocurría a Zachary Swan es que era un adicto a la vida social. Fiestas de la jet set, salidas nocturnas junto a su pareja seis días a la semana, gastos por doquier. «Nos invitaban a las inauguraciones de las discotecas, a fiestas en Southampton… yo tenía mucha energía y mucho empuje y no dormía. No lo sabía entonces, pero estaba enganchado al speed. En 1964, conseguí una receta de pastillas para adelgazar de un médico y seguí rellenándola… durante seis años. Eso y mucho alcohol. Holly ganaba 40.000 al año, así que entre los dos, con mis 12.500, reuníamos más de 52.000 dólares al año, sin contar mi cuenta de gastos, menos 12 o 13.000 de impuestos. No teníamos nunca un céntimo y siempre andábamos con préstamos bancarios. Las facturas eran astronómicas», recuerda en el libro. El clásico perfil de elevado tren de vida con visos de descarrilamiento.
El caso es que Swan se cansó de ser un ejecutivo y decidió establecerse como autónomo bohemio. Primero como traficante de marihuana. Luego, dado que se le daban bien las matemáticas, como vendedor de coca: «La verdad era que un kilo de coca valía más o menos lo que tres furgonetas llenas de yerba y podías esconderlos en una rebanada de pan», se lee en el libro.
Estamos a finales de los 60 y la coca aún no se había convertido en un negocio multimillonario y sangriento controlado por la mafia y reprimido sin cuartel por la vía militar. Todavía era un pequeño reino de emprendedores que, como Swan, no eran amigos de las pistolas. Todo consistía en la venta artesanal de un producto que pronto iba a convertirse en el más deseado de la clase acomodada estadounidense.
Así describe Sabbag el pelotazo de la coca en EEUU en los años 70: «La cocaína es el caviar del mercado de la droga. En la calle, donde una cuantía equivalente de marihuana importada de primera puede obtenerse por sólo 40 dólares, la cocaína ostenta un precio de más de 1.000 dólares por onza. Y, como el caviar de primera, suele adornar la dieta de la vanguardia y de los aristócratas, de una clase ociosa: en Nueva York, es signo distintivo entre actores, modelos, atletas, artistas, músicos y hombres de negocios modernos, profesionales, políticos y diplomáticos, así como esa reserva inagotable de celebridades sociales y peces gordos sin ocupación certificable. El denominador común es el dinero. Y está de moda en los círculos dorados de Harlem, entre chulos, prostitutas y traficantes de drogas, cualquier capitoste de barrio con peso en la calle. La coca es estatus. Significativamente eclipsada por la fidelidad-culto a estimulantes, depresores, ácido, mescalina y cáñamo durante la explosión del consumo de drogas de fines de los años 60, la cocaína ha aflorado a mediados de los 70, inequívocamente, como la droga ilegal más popular de Norteamérica». Resumiendo: el hippismo ha muerto, viva la coca.
Repasada la evolución biográfica y el contexto histórico, Sabbag procede a describir los disparatados e imaginativos planes de Swan para pasar el material por fronteras y aeropuertos sin ser detectado. Entonces la DEA aún no existía y para viajar en avión de EEUU a Colombia no hacía falta pasaporte. No obstante, las autoridades sabían que el tráfico se estaba intensificando y había que agudizar el ingenio. Flashback: en el verano de 1971 se celebraron en Cali los Juegos Panamericanos. Tres componentes del equipo estadounidense de béisbol volaron de Colombia a EEUU tras participar en la competición deportiva. Jóvenes atléticos, de pelo corto, vestidos con chándal y blandiendo bastes de béisbol. Ningún problema con ellos en la aduana, faltaría más. Nadie se percató de que los bates estaban llenos de cocaína. No eran jugadores de béisbol, eran traficantes con imaginación. Otra gran estrategia ideada por Swan y puesta en práctica por unos amigos. Salvo que, en realidad, fue una idea terrible: en los Juegos Panamericanos no hubo competición de béisbol. Gran cagada. Por suerte, los agentes de aduanas no se percataron del timo.
«El tráfico no es más que una combinación de espera e improvisación precedidas por los planes más laberínticos, vueltas atrás y medidas de seguridad, todo ello ejecutado por un personal bastante chiflado», resume Howard Marks en el prólogo.
Swan acabó dando con sus huesos en la cárcel en 1972 tras dos años de frenesí traficante. El negocio empezaba a crecer, cada vez había más traficantes y empezaban a aparecer las armas. Sabbag explica con estas palabras una de las causas del descomunal éxito de la sustancia entre los consumidores estadounidenses. «La popularidad de la cocaína en EEUU puede estar relacionada con el hecho de que ella, más que cualquier otra de las drogas psicoactivas identificadas, refuerza todas esas cualidades características que han llegado a considerarse auténticamente norteamericanas: el espíritu de iniciativa, el empuje, el optimismo, la necesidad de triunfar y de tener poder. Venga de donde venga, esa popularidad es clara y notoria. Un experimento reciente demostraba que las ratas, a las que se condicionó a pulsar una palanca que les proporcionaba una recompensa, lo hicieron 250 veces seguidas por la cafeína, 4.000 por la heroína y 10.000 por la cocaína. Por algo se llama a la cocaína ‘caramelo nasal’. A la gente le gusta. Te hace sentirte bien», zanja.
“No tenemos Wifi, hablen entre ustedes”. Esta frase de un cartel colgado en un bar lleva circulando por las redes sociales durante los últimos meses. Es la paradoja que constata Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, el último ensayo de César Rendueles (Gijón, 1975) publicado por Capitán Swing. En él, este profesor de Sociología en la Universidad Complutense sostiene la idea contemporánea de nuestro pánico a la deliberación en común, pese a estar más interconectados que nunca y la imposibilidad de que sean las tecnologías las que por sí solas provoquen un cambio político y social. De hecho para él el 15M fue un movimiento basado en algo muy poco tecnológico como fueron las asambleas populares. En el libro hace un repaso por las guerras del copyright y el copyleft y critica las estrategias de los Gobiernos para que sea la industria privada la que gestione los contenidos culturales valiosos cuando deberían formar parte del universo público. Una mirada distinta al cibercapitalismo y un rechazo a los que creen que Facebook, Twitter, Amazon o Google transformarán nuestro mundo a mejor. Una utopía que como todas, según Rendueles, está condenada al fracaso.
-En ‘Sociofobia’ desarrollas una teoría de la que llevamos un tiempo hablando: estamos muy comunicados, pero cada vez nos comunicamos menos entre nosotros.
Llamo sociofobia a nuestro pánico a la deliberación en común. La valoración que hacemos de nuestro sistema político como económico es catastrófica. Y, sin embargo, nos resulta extremadamente difícil pensar en acometer transformaciones de esos dos ámbitos. Y no tanto porque nuestros enemigos sean poderosos, sino porque no nos creemos capaces de ponernos de acuerdo o de gestionar nuestros conflictos. Llamo sociofobia a ese vértigo que nos produce la posibilidad de la democracia. Me da la sensación de que se ha generalizado un discurso que antes, en el siglo XIX, tenían las élites que consideraban que la posibilidad de que los trabajadores accedieran a las instituciones políticas era peligrosísimo. Creo que hoy hemos internalizado ese discurso. No somos capaces de deliberar en común.
-Pero este análisis choca con las manifestaciones en pos de una democracia participativa, con las actividades en pos del procomún y con las críticas, precisamente, a la democracia representativa y al funcionamiento que tenemos, en definitiva, del sistema político actual.
Sí, pero todos esos discursos son el fondo muy atávicos. Se remontan a prácticas muy antiguas, no encuentran modelos en nuestra cotidianidad más inmediata. Toda la tradición emancipatoria del siglo XX tenía sus propias prácticas cooperativas. Ahora necesitamos buscar ejemplos en el bazar persa. Y eso indica que tenemos un problema para pensar cómo realmente queremos cooperar.
-Pero Internet y las redes sociales también están mostrando nuevos modelos de cooperación, aunque en tu libro te muestras bastante escéptico ante este fenómeno.
Yo no soy tan optimista con esto. Muchas veces Internet no hace que acometamos más acciones conjuntas, sino que hace que no nos importe hacer acciones juntos. Muchas veces creemos que estamos haciendo cosas juntos cuando lo que hacemos es hacer cosas a la vez, y eso es diferente. Lo que hacen las redes sociales ahora me recuerda a lo que hacía el valium en los años cincuenta, es decir, tienen una cierta capacidad para apaciguar. Por supuesto, son una herramienta de comunicación estupenda y las uso, pero creo que muchas veces hay un tecnoutopismo extraño que es poco realista, porque además es muy hegemónico. Y creo que el discurso del poder incide mucho en eso. La única solución que se nos propone es la economía del conocimiento, algo que básicamente no existe, pero es un mantra. En ese sentido me parece que hay una cierta solidaridad entre ciertos discursos antagonistas muy ciberutópicos.
-Precisamente ha sido la izquierda la que más se ha apropiado de este discurso. ¿Una equivocación?
Sí, y es llamativo. Yo he participado de esto también, pero creo que ninguna tecnología, ninguna red social nos va a librar de acometer esos desafíos que en el fondo son políticos. Tenemos que buscar las instituciones necesarias para acometer los cambios que necesitamos. Ninguna tecnología nos va a librar de ese vértigo de ponernos de acuerdo.
-En el libro dices que “los cambios tecnológicos no influyen en las estructuras sociales”, pero lo cierto es que desde la revolución industrial las estructuras han cambiado.
Yo me eduqué en la tradición marxista y para un marxista la tecnología es crucial. Lo que no genera la tecnología son cambios automáticamente. Pensar eso me parece muy ingenuo. La tecnología es esencial, pero combinada con otras transformaciones sociales, políticas y culturales. Desde mi punto de vista la tecnología saca a la luz posibilidades enormes de emancipación, pero para aprovecharlas tiene que haber cambios políticos, sociales y culturales. Se habla mucho de la importancia de las redes y cómo están cambiando los contactos, pero lo que está pasando es precisamente lo contrario: los contactos cara a cara cada vez son más valiosos y cada vez son un bien más escaso. Y, además, los están dominando las élites. Es decir, aunque hayas mandado un curriculum a una cuenta de recursos humanos corporativa, el que conoce al director de recursos humanos es el que tiene ventaja. Por tanto, la idea de que se están generando nuevas formas de sociabilidad tiene algo de verdad, pero también hay que relativizarlo mucho.
-De hecho, hay otro discurso en tu libro donde criticas que, a pesar de estas redes, cada vez somos más individualistas puesto que el contacto en las redes sociales es muy frágil. De hecho, quién conoce, por ejemplo, a todos sus seguidores en Twitter.
Yo no tengo nada en contra del individualismo ético. Me parece una herencia muy valiosa de la modernidad. Y tampoco soy una persona particularmente sociable. Lo que yo creo es que el individualismo y la fragmentación social son dos cosas diferentes. La fragmentación social es esa sensación de que nuestras vidas no tienen ninguna coherencia y son un mero deambular de aquí para allá sin tener la capacidad para dotarlas de un cierto sentido. A veces las redes sociales nos transmiten la sensación de que están solucionando ese problema, pero yo creo que no es real.
-Es más, según tu teoría, las redes sociales, Internet, no están revalorizando el discurso político sino mitigándolo, aunque lo cierto es que Twitter a veces parece un foro enfurecido hablando de política al que se suman los comentarios a los artículos en los medios digitales. No sé si la palabra justa es “mitigar” o “banalizar” el discurso político.
Sí, sí, sin duda, pero los efectos prácticos son escasos. Hay dos cosas que se confunden. Internet es muy eficaz cuando la gente sale a la calle, pero no para sacar a la gente a la calle. Los efectos para movilizar a la gente son escasos y a menudo tiene efectos desmovilizadores.
-Pero en las revoluciones árabes, según los analistas, Internet tuvo un poder aglutinador muy importante.
Tengo serias dudas de esa lectura. Por ejemplo, en Egipto la brecha digital es inmensa. Cuando se produjo la revolución egipcia, menos del 20% de la población tenía acceso a Internet. Evidentemente jugó su papel, pero creo que se ha sobrevalorado muchísimo y en cambio no se ha prestado atención a varias características del contexto egipcio muy relevantes: Egipto era un país donde seguía existiendo una estructura política antagonista, donde había sindicatos fuertes, donde el islamismo había tejido redes comunitarias muy tradicionales. Es decir era un país donde había un tejido comunitario muy intenso. A mí lo que me parece significativo es que nos interese mucho más ese 20% de gente conectada que el 80% de gente no conectada.
-Pero las revoluciones liberales que hubo en Europa en el siglo XIX también las protagonizaron la gente más cercana a las élites, al poder y al dinero.
Digamos que ahí hubo una dinámica entre los procesos de democratización radical, jacobinos de las clases populares y los intentos de fagocitar esos movimientos desde las elites burguesas.
-Sí, pero la revolución empezó por quienes estaban más cerca de cambiar el sistema.
Yo no estoy de acuerdo con esa lectura. Creo que hay realidades en conflicto y lo que me parece relevante es que nos interese más sólo una parte de esa historia.
-Y, en cualquier caso, ¿por qué es así?
Yo creo que hay un punto de eurocentrismo. Como nos parece imposible que los egipcios tengan una realidad política sólida, interesante y activa, nos gusta imaginar esas revoluciones como un subproducto tecnológico. Es un punto de eurocentrismo y de élites.
-Volviendo a Europa, y al 15M, ¿tampoco crees que las redes jugaron un papel importante en este movimiento?
Para mí lo importante del 15M fueron las asambleas, que son lo menos tecnológico del mundo. Fue un proceso de descubrimiento de la democracia para mucha gente, de pérdida de miedo a la democracia. Por supuesto que para eso las redes sociales, y el teléfono y las palomas mensajeras pueden ser muy útiles, pero lo valioso de esa experiencia me parece tan poco cibernético que me extraña que tanta gente insista en ello. Y yo creo que las transformaciones que han instituido, que son muy importantes, consisten en eso. Lo importante del 15M fue hablar de política con las madres con las que coincido en el parque con mis hijos.
-Pero algo de miedo o respeto debe de dar lo que sucede en Internet cuando se producen bloqueos y cortes de algunas páginas como está sucediendo por ejemplo ahora en Rusia tras la ley anti-gay. Es decir, no es algo que no tenga valor.
Sí, yo no pretendo infravalorar esa realidad. Son un medio de comunicación más e igual que la censura de los medios tradicionales fue importantísima lo es ahora en Internet. El papel de Internet como medio de comunicación me parece esencial y no creo que sepamos todavía muy bien cuál es el alcance del medio. Yo creo que el papel de los cambios políticos es sacar todo el partido que las tecnologías pueden dar de sí, pero para eso es más interesante mirar fuera de esas tecnologías. Cuando se habla de copyleft me llama la atención lo poco que se dice cómo podría beneficiar a esas iniciativas cambios que no son tanto digitales o cognitivos sino muy institucionales y políticos. Por ejemplo, una mayor presencia de instituciones públicas con estudios de grabación públicos, con editoriales públicas que saquen libros en copyleft darían un impulso brutal a esas iniciativas. O una sociedad de gestión de derechos de autor pública. Todo eso daría un impulso brutal al copyleft, pero no se habla nunca de ello.
-En una línea muy parecida a la de Jaron Lanier en Contra el rebaño digital criticas el discurso del contenido free (libre o gratis) en Internet, que ha contado con numerosos apóstoles, muchos desde la izquierda.
Uno de los problemas del movimiento del conocimiento libre ha sido lo que llamo ‘formalismo’, el creer que estableciendo ciertas condiciones jurídicas y formales la cosa se solucionaba. Yo creo que hay que atender a las condiciones materiales y políticas que pueden permitir que esos efectos de la libertad cognitiva sean beneficiosos para todos, para el público, los autores y los mediadores. Y si no se atiende a eso lo que se está difundiendo es una estrategia muy solidaria del neoliberalismo. Yo soy muy partidario del copyleft, pero solamente si es congruente con cambios políticos y sociales importantes.
-Sin embargo, para muchos lo que están haciendo los Gobiernos con las leyes de propiedad intelectual es una demonización del usuario.
Lo que están haciendo los Gobiernos es incrementar o defender su apuesta por la industria privada como gestora de los contenidos culturales valiosos. Creo que hay que revertir la estrategia de los Gobiernos. Lo común del copyleft necesita de lo público. La estrategia de los Gobiernos es una estrategia fracasada porque en el contexto digital no funciona, pero por otro lado la estrategia de establecer unas condiciones formales y que cada cual se las apañe buscando publicidad parece también bastante absurda. A los Gobiernos se les ha criticado mucho por esas estrategias censoras o por no estar a favor de licencias libres y menos por tener iniciativas proactivas en ese terreno. ¿En qué mejor momento que ahora recuperar las editoriales públicas?
-Pero dirán, ¿esto es rentable?
Sí, pero por ejemplo ya hay orquestas públicas. Los músicos son funcionarios. Qué fácil sería grabar eso y ponerlo con copyleft en dominio público. Qué fácil sería utilizar toda la estructura universitaria para publicar clásicos y traducciones en libro electrónico. Sé que va a contracorriente pero me fascina lo ciego que está el mundo del conocimiento libre a todos esos cambios institucionales.
-Se han establecido soluciones como las plataformas de pago con suscripciones, como Spotify, sin embargo, ya hay artistas que no quieren estar ahí porque las retribuciones que reciben son mínimas. Ante esto, ¿qué podemos hacer los usuarios?
Este es un caso evidente de fallo del mercado. No hay manera de financiar la producción de los bienes digitalizados a través del mercado. Y eso es algo que se sabía. Pero cuando hay fallos del mercado es que hace falta una intervención pública. Siempre ha sido así. Las intervenciones públicas pueden ser de dos tipos, a veces represivas, pero en este caso es imposible.
-Pero cómo puede intervenir el Estado en la retribución a los autores, ¿dándoles una parte a través de los impuestos?
No lo sé, pero por ejemplo la investigación en el siglo XIX era privada, era cosa de aristócratas y nos hemos inventado una forma de financiarla a través de la docencia universitaria. A mí me pagan por dar clase y me reservan un tiempo para investigar. Yo creo que se pueden inventar métodos similares.
-¿No crees que estas plataformas digitales sean la solución? Como te decía, ¿qué hacemos entonces los usuarios?
No, cuando hay fallos del mercado, seguir insistiendo en el mercado cerrilmente es un error y yo creo que estas plataformas irán cayendo una tras otra. Yo creo que los usuarios estamos en un momento de desconcierto. Hay por ahí proyectos cooperativos en los que a veces participamos… Lo que ocurre es que ser usuario es formar parte del mercado y cuando actuamos como usuarios lo racional es pagar lo menos posible, entonces si se nos pide otra cosa, si se nos pide compromiso y lealtades, eso no tiene nada que ver. Ahí hay una dialéctica complicada porque se nos interpela como clientes, pero se nos piden compromisos propios de otro tipo de redes, y claro, ¿cómo nos comportamos? La lógica del mercado es otra. Estamos en un momento de transición de una lógica mercantil a otra que tendrá que ser diferente.
-En el libro hablas de la industria editorial como una industria de casino, ¿el entorno digital puede ayudar a revertir la situación o insistirá en esta forma de negocio destinada únicamente a la rentabilidad sin tener mucho en cuenta el producto cultural?
Los ebooks van a recalentar el mercado. De hecho ya lo están haciendo. Como bajan mucho los costes de producción eso te permite lanzar más novedades. Yo creo que la industria del libro es la próxima industria discográfica. Le va a ocurrir lo mismo.
-Pero en ciertos aspectos está siendo más cauta.
Yo pagaría gustosamente por libros digitales a un precio razonable, pero me niego a pagar lo mismo que por un libro en papel. Me parece un timo. Sería fácil crear una industria con menos beneficios y tener libros digitales a un precio razonable, pero no se ha aprendido nada de experiencias anteriores. La estrategia ahora mismo es al pardillo que va a pagar, estacazo. Y es un problema serio. Parte de la industria editorial o del mundo discográfico puede vivir de la autoedición, pero en la industria editorial es muy difícil que eso sea sustituido. Por ejemplo, piensa en las traducciones. Es muy difícil que sean sustituidas por una dinámica amateur o meramente colaborativa. Yo creo que la industria editorial ha jugado un papel de filtro importante, por supuesto que con la red puedes llegar a muchísimos más libros, lo que no estoy muy seguro es de que eso sea bueno.
-También afirmas en el libro que la crítica literaria en Internet está dando lugar a imposturas y una pérdida de no sé si llamarlo canon, puesto que son los propios autores quienes se alaban a través de nombres ficticios… Sin embargo, la crítica tradicional ha alabado libros porque eran de la editorial a la que pertenecía su medio de comunicación. Es decir, esto no ha cambiado.
Tienes toda la razón. Yo no soy nada complaciente con el estado de la industria editorial tradicional y mucho menos con la crítica tradicional. Me parecen instituciones deplorables. Lo que creo es que la euforia con el mundo colaborativo y la autoedición me parece injustificada. No lo ha cambiado por otra cosa, sino que ha fragmentado ese problema. Ahora ya no tenemos al crítico de turno hablando de su grupo editorial sino al crítico de turno hablando de su libro. Por otro lado, creo que hay que abordar también el problema de las condiciones de producción y financiación de esos contenidos. Parte de ello puede ser amateur, parte se podrá financiar con publicidad, pero me resulta difícil de creer que todo eso se pueda financiar. Es lo que ha ocurrido con la prensa. Podrá haber medios amateur y está bien que existan, pero pensar que todo eso que teníamos podrá ser sustituido ventajosamente por eso yo no me lo acabo de creer.
-Hablas también en el libro de la cibersociabilidad. ¿Qué consecuencias puede traernos esa disolución de la frontera entre lo público y lo privado?
Seguramente no lo sepamos. Internet está cambiando las cosas. Está generando cambios culturales, sobre todo. Como son muy evidentes muchas veces los exacerbamos. Lo que no tengo muy claro es cómo están cambiando nuestras vidas. Por el lado de los cambios más profundos uno sea ese, vivir más públicamente nuestros gustos, nuestras preferencias, incluso nuestras relaciones. A mí me fascina la forma en la que uno comparte imágenes en Internet. Para mí es algo muy personal y privado. Eso seguramente nos diga algo sobre la comprensión de nuestra vida privada. Pero yo no sé muy bien hacia dónde irá todo eso. Nos cuesta mucho pensar a medio plazo en los cambios sociales. Tendemos a fijarnos en los últimos seis meses y diagnosticar un cambio social.
-Pero sí se observa ya que a mucha gente le crea desasosiego por ejemplo escribir un comentario o subir una foto y no obtener retuits o ‘me gustas’.
Sí, la búsqueda de popularidad y prestigio siempre ha existido, pero pensar que eso es en algún sentido una nueva forma de vínculo social o relación social más o menos estable o que pueda ser el fundamento de una nueva relación social a medio plazo siempre me ha resultado extraño. Suena más a competición de popularidad adolescente como de instituto, y eso sí es llamativo.
-Cierras el libro hablando del postcapitalismo. No parece que vayamos hacia eso.
Hablo de postcapitalismo para no hablar de esas tradiciones emancipatorias que son el comunismo, el socialismo y el anarquismo, no porque tenga algún problema con ellas, pero sé que mucha gente sí y piensa que son productos muertos que no les proporcionan respuestas. Para encontrar un punto de encuentro hablo de postcapitalismo. Nunca ha parecido que vayamos hacia eso, pero las transformaciones políticas más importantes de los 200 últimos años siempre han surgido muy de improviso. Nadie se las esperaba. Y yo creo que no nos deberíamos dejar amedrentar por los diagnósticos que surjan de los poderosos. Muchas veces están pasando cosas, pero no sabemos hasta qué punto están pasando.
Relata César Rendueles (Gijón,1975) en las páginas finales de Sociofobia (Capitán Swing, 2013), cómo, al día siguiente de que el 15-M le saltara las costuras a las plazas de todo el país, numerosos amigos le interpelaron para asegurarle que lo ocurrido confirmaba sus distintas teorías sociológicas, la mayoría contradictorias entre sí. Anarquistas, leninistas o postmodernos le echaban en cara al autor recelos previos, pero a éste, a su vez impactado por aquellas inéditas asambleas que mudaban el botellón por la política, no lo convencieron. Como tampoco lo hicieron las ilusiones digitales que adjudicaban el éxito de las protestas a la Red. “Creo que ocurrió exactamente al revés. El 15-M fue un proceso tan tortuoso porque tuvo que soportar el brutal bloqueo que genera el ciberfetichismo consumista”.
Tal es precisamente el corazón de Sociofobia, un ensayo inhabitual por estos pagos en el que a Rendueles, ante la persistencia de lo que valora como un sistema socioeconómico injusto que amontona deshechos humanos en megaslums postapocalípticos, no acaban de convencerle la respuesta que esbozan los nuevos movimientos digitales. César Rendueles se fajó como filósofo en las míticas clases de Carlos Fernández Liria en la Complutense y hoy es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de dicha universidad. Su azarosa militancia política, de la que, con escepticismo, da cuenta en el libro, estuvo ligada durante un tiempo a los movimientos de cultura libre. Así, entre Karl Marx y Richard Stallman, despliega la sociofobia.
Pregunta.- Sociofobia: si los ricos odian a la gente, ¿por qué la gente no odia a los ricos?
Respuesta.- Porque nos odiamos a nosotros mismos. Las élites del siglo XIX no ocultaban su pánico y su asco ante la posibilidad de que las clases trabajadoras accedieran a las instituciones políticas. Creían que el populacho mancillaría la civilización occidental hasta acabar con ella. A principios del siglo XX, durante la época colonial, ese odio se convirtió en un miedo racista a que los pueblos sometidos por el imperialismo se descontrolaran y acabaran invadiendo la metrópoli. Hoy hemos internalizado ese discurso. Nos vemos a nosotros mismos como antes los ricos veían a las clases peligrosas. Hemos incorporado el elitismo a nuestro genotipo ideológico. Por eso los proyectos igualitaristas prácticamente han desaparecido del espacio político. Desconfiamos radicalmente de nuestra capacidad para deliberar en común, entendemos la democracia como una competición entre preferencias privadas. De ahí todo ese miasma de cinismo que nos paraliza. El mejor diagnóstico de la catástrofe política que se nos ocurre es una broma sin gracia: “disfruten lo votado”.
P.- Aborda Sociofobia un antiguo dilema, el que se pregunta por el adecuado equilibrio social entre el peso del individuo y el de la sociedad. Tras miles de páginas de historia, sociología, teoría política… ¿no hay acuerdo?
R.- En realidad, no es un dilema tan antiguo, tiene apenas dos o tres de siglos. Pero cuando salió a la luz tuvo efectos explosivos en muy poco tiempo. Resulta tan urgente que nos cuesta creer que no sea universal. Ser moderno es estar constituido por esa tensión. Padecemos una versión del dilema del turista. Esa sensación que tenemos cuando visitamos sitios que serían maravillosos si no fuera por toda esa gente que los abarrota en busca de sitios maravillosos. Queremos ser individuos libres sin ataduras pero que todos los demás formen una comunidad cálida que nos apoye si tenemos problemas. Raymond Williams decía con bastante gracia que la comunidad es siempre algo que ha sido, que se ha ido. No creo que ese dilema se pueda resolver. Pero tal vez nos ayude darnos cuenta de que en realidad no sabemos muy bien qué es un individuo y qué es una colectividad. Casi parecen extremos de un continuo, antes que opuestos. Aunque como entidades biológicas estamos aproximadamente bien definidos, nuestra identidad personal es mucho más vaga, es una realidad imprecisa que guarda una relación muy enrevesada con las sedimentaciones colectivas.
P.- A las tradicionales bacanales del opio del pueblo, de la religión al fútbol, ¿se suman hoy las redes sociales?
R.- Al igual que la religión e incluso el fútbol, las redes son demasiado complejas como para resumir sus efectos con un lema. Digamos que creo que las máquinas no son infinitamente plásticas ni políticamente neutras, sino que establecen patrones de uso más rígidos de lo que nos imaginamos. Por ejemplo, la correspondencia tradicional fue durante mucho tiempo un buen cauce para cierto tipo de debates de largo alcance. En cambio, hoy me imagino a Newton enviándole un DM a Leibniz: “qué pasa con esas ecuaciones, llevo esperando una hora y nada…” A veces hablamos de Internet como si fuera una metatecnología, una estructura formal vacía que podemos llenar sin ninguna clase de restricción. Y no es así. En el ámbito educativo abunda un ciberoptimismo muy acrítico. Soy profesor y uso intensivamente la tecnología en mis clases, pero no es una panacea. Nada puede sustituir al esfuerzo, la capacidad de concentración o la madurez argumentativa. Por eso hay muchísimos procesos formativos para los que el papel y el lápiz son herramientas mucho más eficaces que una tablet. Lo más reciente no es siempre lo más avanzado.
P.- ¿Twitter es un ágora o más bien un tribunal revolucionario tan ruidoso como falto de jurisdicción?
R.- No creo que los tribunales revolucionarios sean necesariamente ruidosos o faltos de jurisdicción. Durante lo que los publicistas burgueses denominaron el “terror” jacobino murió mucha menos gente que en unos pocos días de represión contrarrevolucionaria tras la Comuna de París de 1871. Lo que quiero decir es que a veces Twitter se parece a esa caricatura que la reacción hizo de los demócratas como una masa linchadora. Lo curioso es que la hemos aceptado con ganas. No es que tenga mayor importancia, en realidad, recuerda un poco a la típica fiesta de pueblo en la que los mozos acaban tirando a alguien al pilón. Pero me parece que deberíamos ser bien conscientes de sus límites como herramienta de deliberación colectiva.
P.- Cuando los militantes contra el copyright despierten en un mundo libre de derechos de propiedad intelectual, ¿el dinosaurio seguirá estando allí?
R.- No necesariamente. Algunos defensores del copyleft, no todos, adoptan una actitud bastante olímpica respecto a los trabajadores de la industria cultural. Vienen a decir, “las editoriales, los cines, los periódicos, las discográficas y las librerías deben adaptarse o morir”. Como si ese fuera el veredicto de una especie de darwinismo tecnológico. No sólo me parece un poco ruin sino que es contraproducente. Creo que para aprovechar las inmensas potencialidades de la tecnología no sólo necesitamos herramientas jurídicas que nos permitan compartir los contenidos, sino también cambios institucionales profundos que protejan la creación y la mediación. Una intervención pública a gran escala en este terreno podría tener efectos positivos explosivos. Necesitamos un Plan Marshall para el copyleft que complemente la espontaneidad colaborativa. Sabemos que es posible. Hace tiempo la investigación científica era una tarea que sólo estaba al alcance de unos pocos ricos. Pero encontramos la forma de remunerarla vinculándola a instituciones públicas, como las universidades.
P.- En su crítica de las ilusiones digitales suenan ecos de denuncias como la de Jaron Lanier del maoísmo digital. Lanier vindica al individuo frente al comunitarismo wikipédico que cree real. Pero para usted, sin embargo, lo que es ficticia es tanto la comunidad digital como su potencia, ¿Siembra el ciberfetichismo la semilla de un nuevo socialismo utópico?
R.- Internet rebaja el umbral de lo que esperamos de las relaciones sociales. Algo así como: ya que no podemos hacer cosas juntos, al menos hagámoslas a la vez. En sí mismo, tampoco me parece un mal plan. La verdad es que no soy nada nostálgico de las comunidades tradicionales. El problema es que eso afecta a las posibilidades de transformación política. No creo que un proyecto de emancipación igualitaria sea posible con unos mimbres sociales tan débiles. Es curioso porque al socialismo utópico histórico le pasó un poco lo contrario. Como proyecto político era un mal chiste, pero los saint-simonianos que recorrían Francia parecen la materialización misma de la fraternidad.
P.- Una reciente novela reciente de Ciencia Ficción (2312, de Kim Stanley Robinson) imagina un sistema solar futuro cuyo sistema económico se llama “Acuerdo Mondragón”. Usted también cita la cooperativa vasca como alternativa económica sensata.
R.- Kim Stanley Robinson es uno de los escritores más interesantes de la literatura anglosajona reciente. Lleva años embarcado en una reflexión de largo recorrido acerca de las posibilidades de organización postcapitalista. Me gusta porque no es nada empalagoso y aborda con mucha honestidad los conflictos de todo tipo que podrían surgir en ese entorno social. Hace tiempo que se fijó como ejemplo de organización económica en el Grupo Mondragón, que es una de las mayores cooperativas del mundo. El cooperativismo constituye una enorme potencia económica a nivel global, aunque no es algo de lo que nos hablen mucho los sicarios de los banqueros del Parlamento.
P.- Un pequeño ejercicio ucrónico. Si usted se equivocase y el mundo fuera hoy un lugar más próspero y pacífico de lo que lo ha sido jamás, como defienden por ejemplo optimistas racionales” como Steven Pinker o Matt Riddley, ¿no sería estupendo poder cerrar el mercadillo de las ideologías y disfrutar de la vida buena, que decían los atenienses?
R.- Sin duda. Hay una argumentación procedente de Walter Benjamin que Terry Eagleton elaboró en alguna ocasión. Viene a decir que todas estas despiadadas luchas políticas son un malentendido. El anticapitalismo es en realidad un proyecto muy modesto que sólo aspira a cosas nimias y razonables, como alimentar y educar a la totalidad de la población mundial. Que para conseguir esas minucias se necesiten cambios políticos descomunales pone de manifiesto la fascinante irracionalidad de la economía capitalista.
“No hay ninguna posología del egoísmo racional compatible con un tejido colectivo tupido”. El filósofo César Rendueles (Girona, 1975) lanza múltiples dardos como este contra esa creencia asumida por el pensamiento liberal clásico que dice que lo mejor que puede hacer un panadero por su comunidad es pensar en su bolsillo. En su libro Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (Capitán Swing, 2013), Rendueles arremete contra esa idea desde la crítica a lo que él denomina ciberfetichismo, esa suerte de abrazo entusiasta que la sociedad ha dado a Internet y las Redes Sociales, herramientas que, lejos de ayudar a la emancipación, profundizan las desigualdades y nos alejan de una sociedad solidaria y cooperativa.
-Hablas de que los liberales han aceptado el nihilismo social, pero hay una tradición liberal, que incluye a cierta izquierda europea, que ha aportado muchísimo al progreso moral y económico. ¿No debería hablarse antes de neoliberales (neoclásicos o de la Escuela de Chicago) que de liberales? ¿No es una de las tragedias de la izquierda que la derecha le haya arrebatado la palabra “liberalismo”?
Soy extremadamente reacio a la intromisión del Estado en nuestra vida privada. Mucho más que, por ejemplo, José María Aznar, cuyo liberalismo Sí, tienes razón, tal vez debería haber sido más claro al respecto. En realidad, soy extremadamente reacio a la intromisión del Estado en nuestra vida privada. Mucho más que, por ejemplo, José María Aznar, cuyo liberalismo se limita a exigir que le dejen conducir borracho. Creo que las corrientes emancipatorias comparten algunos rasgos importantes con el liberalismo político más honesto. Para empezar, un ataque despiadado a las tradiciones opresoras. La crítica izquierdista del carácter meramente formal de algunas libertades no debería ser entendida como un menosprecio. Al revés, quiere decir que son tan importantes que debemos asegurarnos de que todo el mundo dispone de los medios materiales para desarrollarlas. La libertad de expresión significa poco si eres analfabeto. La libertad de asociación es una broma macabra si hay grupos paramilitares que aterrorizan a la oposición.
Dicho esto, me parece que esos valores liberales se enfrentan a algunas paradojas. Porque no sólo requieren condiciones materiales sino también sociales. Es importante no confundir la atomización social contemporánea –que es una especie de deriva accidental llena de sufrimiento– con la libertad entendida como un proyecto complejo que a menudo exige de cierto grado de trabajo en común. La libertad tiene que ver con la posibilidad de desarrollar las distintas capacidades que tenemos como individuos y para ello es esencial alguna clase apoyo mutuo. Es un tipo de dilema del que se ha ocupado, por ejemplo, Martha Nussbaum en su reconstrucción y ampliación de la teoría de la justicia de Rawls.
-Dices que el liberalismo es ingeniería social, que sin embargo tiene la virtud de que se hace aceptar como el orden natural de las cosas. Recuerdo unas palabras de Jacques Chirac en las que afirmaba que el liberalismo había causado tantos muertos como el comunismo.
A estas alturas de la modernidad quedan pocos proyectos políticos que no arrastren tras de sí una herencia criminal pavorosa. No me gusta nada la idea de andar comparando las montañas de cadáveres para ver cuál es más pequeña. Pero es cierto que los muertos del capitalismo tienden a ser invisibles. Vivimos nuestro sistema económico como si fuera una catástrofe natural que carece de responsables y que deja ganadores y perdedores al azar. Y no es así. Las inverosímiles cifras de las cuentas corrientes de los vencedores del capitalismo financiero tienen un correlato en la miseria de miles de millones de personas.
-En lo que llamas el Panóptico de la realidad, dices que quien se sale de ese sistema es castigado. ¿No es cierto sin embargo que hay un nivel de tolerancia y de alternativas cada vez mayores, aunque aún incipientes y minoritarias? Desde luego, han sido en los sistemas liberales donde han emergido, desde los hippies hasta los góticos.
El filósofo Carlos Fernández Liria suele citar una serie de países en los que, tras vencer democráticamente una opción de izquierdas que aspiraba a llevar a la práctica su programa electoral, se ha producido un golpe de Estado apoyado tácita o abiertamente por Occidente. La lista es asombrosa: España, Guatemala, República Dominicana, Indonesia, Chile, Nicaragua, Haití, Argelia, Venezuela, Paraguay… Es verdad que las sociedades liberales han creado espacios importantes de respeto a los estilos de vida no hegemónicos. Me parece una herencia irrenunciable. Pero son espacios que históricamente han tenido límites bien definidos. Hasta hace poco en Colombia cada año eran asesinados de media cien sindicalistas, con tasas de impunidad del 95%. Seguramente puedas ser gótico en Bogotá, pero si eres un gótico sindicalista, tienes bastantes papeletas para que te peguen un tiro.
-Eres muy crítico con la aportación de las Redes Sociales a la política, diciendo que ha reducido las opciones, básicamente haciendo más banales las relaciones y los afectos, y por tanto el compromiso. Esto es un pensamiento que va contra la corriente general, pero también contra hechos objetivos: el control político que se ejerce hoy gracias a las redes, la capacidad viral de cierta indignación y la sensación de que hay menos impunidad. ¿No crees que el problema del que hablas tiene más que ver con la falta o no de compromiso personal del individuo que con las herramientas tecnológicas? Hoy no se puede alegar falta de información política, en gran parte gracias a la Internet, y el conocimiento amplía las opciones políticas.
En realidad, no creo que la redes sociales hayan disminuido nuestros compromisos ni hayan aumentado la fragilidad de las relaciones interpersonales. No me parece que ninguna tecnología pueda hacer algo así. Creo que lo que han hecho es que nos importe menos ese proceso de debilitamiento de los vínculos sociales. La fragilización social tiene muchas dimensiones, algunas de ellas individuales o estrictamente culturales. Pero también es un proceso con fuertes raíces políticas que, desde mi punto de vista, tienen que ver con la contrarrevolución neoliberal que se inició en los años setenta del siglo pasado. Y, sí, es verdad que Internet, como cualquier otro medio de comunicación, aumenta las posibilidades de obtener información. Sin embargo, no solemos prestar tanta atención a sus efectos como fuente de legitimación ideológica. Tenemos a nuestra disposición infinitas fuentes de información, pero casi siempre elegimos unas pocas que no cuestionan lo que pensamos. Y lo hacemos con la convicción de que, puesto que todos los datos posibles están a la mano, nuestro conocimiento es óptimo. Lo que quiero decir es que tal vez hayamos rebajado el umbral de lo que consideramos que son los procesos de conocimiento y discusión necesarios para determinar nuestras opciones y acciones políticas.
-El otro día, en una entrevista, el filósofo Javier Gomá me decía que el gran reto ético ya no era ser libres, sino cómo ser libres juntos. A juzgar por tus tesis, crees que a ese “cuidar los unos de los otros”, Internet no aporta nada.
Creo que el igualitarismo basado en el apoyo mutuo es una de las bases de la democracia radical. Dicho así, suena un poco a monserga piadosa. Pero es una forma de resumir el tipo de comprensión de la política que tenían quienes inventaron la democracia moderna. No creo que Internet ni ninguna otra máquina vaya a producir ese cambio ni a resolver nuestros problemas políticos. Lo que sí puede pasar es que resulte de gran ayuda cuando finalmente tomemos la decisión de afrontar esos retos. Los electrodomésticos no liberaron a las mujeres. Fueron las propias mujeres las que lo hicieron luchando políticamente contra su relegación al espacio doméstico. En todo caso, los electrodomésticos nos ayudaron a reorganizar el trabajo doméstico una vez que se produjo esa transformación política tan importante.
-Defines el callejón sin salida de la izquierda como “la búsqueda de una estructura consistente y viable de un compromiso con los demás y compatible con la autonomía individual y la realización personal”. ¿No es eso, o fue, la socialdemocracia?
No soy experto en historia política, pero creo que no. Hay elementos fascinantes de la apuesta socialdemócrata original: el modo en que en la Alemania de principios del siglo XX apareció un amplísimo tejido comunitario socialdemócata que convivía, casi sin tocarse, con el capitalismo. Pero creo que esa convivencia es finalmente imposible. El capitalismo es un proyecto expansivo y universalista, como el catolicismo, y por tanto no hay gran cosa que negociar con él. En todo caso, se puede negociar qué papel deberíamos asignar al mercado. No es de ningún modo lo mismo. El mercado es una institución económica presente en casi todas las sociedades conocidas, pero siempre de forma muy limitada.
-Dices que “cuando al fin vivamos en una sociedad en la que sea posible un contrato social racional sin interferencias económicas espurias, aparecerá una versión mejorada del ser humano que deseará desarrollar un proyecto de vida socialista”. ¿Crees realmente que ese escenario se dará en algún momento? Por otro lado, esta afirmación no puede escapar al hecho de que la inmensa mayoría de los proyectos socialistas han sido un rotundo fracaso, no ya en términos de libertades y emancipación, sino económicos. Y no me refiero solo a dictaduras como la de Korea del Norte, sino la propia Francia de los primeros años de Mitterrand.
¡No! Era una declaración estrictamente irónica. La tesis del hombre nuevo, la idea de que el cambio político radical producirá grandes transformaciones antropológicas, no sólo era absurda sino que tuvo consecuencias infames. Creo que en nuestras intervenciones políticas tenemos que apañarnos con lo que tenemos, sin trucos de magia ideológicos. Como en el barco de Otto Neurath, que hay que reconstruir en alta mar. Hoy, tras la experiencia soviética, conocemos algunos límites insuperables de la planificación económica. También algunas virtudes, por cierto. En cualquier caso, me resulta extraña la idea de que ha quedado demostrado que el socialismo fracasó. Como si ese sistema económico se hubiera enfrentado a un experimento crucial que lo ha refutado. Me pregunto cuándo llegará ese experimento crucial para el capitalismo. ¿Dos guerras mundiales, dictaduras atroces y crisis económicas indescriptibles no han sido suficientes? ¿Por qué un 30% de paro o una crisis alimentaria global no demuestran el fracaso del capitalismo? No siento una gran simpatía por el sistema político cubano, pero la verdad es que Cuba es uno de los pocos países del mundo que combina altas tasas de desarrollo humano y sostenibilidad ecológica. ¿Qué nos dice eso sobre la posibilidad o la imposibilidad del socialismo?
-Hay una crítica que se repite con frecuencia en el libro, y es que el ciberfetichismo oculta y legitima los vicios del capitalismo dándole una pátina de modernidad progresista. ¿No hay una izquierda en la Red? ¿No puede haberla por principio? De nuevo parece que la herramienta se come el concepto.
Sí, claro que hay una izquierda en la red. Hay medios de comunicación alternativos, iniciativas educativas, repositorios valiosísimos, espacios de comunicación, herramientas de gestión, instrumentos de agitación… Pero también hay amplios espacios supuestamente ecuménicos que trasladan a las relaciones sociales una lógica propia del consumismo. Lo que planteo es que la frontera entre unas iniciativas y otras no siempre está clara. Mi posición no es que la izquierda deba desentenderse de la red. Más bien al contrario. Pienso que sólo las políticas de izquierdas pueden permitirnos sacar de las tecnologías de la comunicación todos sus beneficios potenciales.
-Dices que “en el caso de la mayor parte de los países occidentales, la sostenibilidad ya equivale a decrecimiento”. En otra época pero con una cuestión de fondo similar, Malthus se equivocó en un vaticinio parecido. No estamos en un escenario estático, sino todo lo contrario, en el que la ciencia y la conciencia medioambiental, pueden ir resolviendo cierto tipo de problemas. ¿No es una visión reaccionaria el decrecimiento?
Malthus propuso una hipótesis especulativa a partir del diferente comportamiento de la población y los recursos alimentarios. Yo diría que eso es exactamente lo que hacen hoy quienes especulan con la posibilidad de que en el futuro la ciencia llegue al rescate para permitirnos seguir usando chismes de dos toneladas para transportar setenta kilos de casa al trabajo o disfrutar del sublime placer de comer hamburguesas con sabor a plastilina. Al día de hoy, el actual ritmo de consumo de Estados Unidos es materialmente imposible de globalizar. Harían falta cinco mundos para vivir como en la tierra del hombre libre. Eso significa que hay una manifiesta desigualdad ecológica internacional basada en criterios de poder político y económico. Lo que quiero decir es que no me interesa la perspectiva decrecionista por sus dimensiones conservacionistas sino por razones políticas relacionadas con la justicia social.
Mediante la teoría del plan X, Raymond Williams identifica y examina una tendencia en el modo de actuar del adversario en las últimas décadas. No es una teoría de la conspiración, aunque no niegue que sectores de las clases dominante hayan conspirado en ocasiones y sigan haciéndolo. El plan X, sin embargo, se presenta como el simple sentido común de la política de alto nivel. El objetivo del plan “es de hecho una X, un algo desconocido aunque voluntario, en el que el único elemento definitorio es la ventaja”. Los actores del plan X asumen una lectura del futuro tan o más pesimista que las de la ecología y economía críticas. No consideran que los procesos peligrosos puedan ser detenidos; incluso allí donde existen medios técnicos, no creen que haya vías políticas. Y aunque como gesto de relaciones públicas todavía hablan de posibles estabilidades, no se centran en ellas, sino en la aceptación de la crisis extrema y continuada. Con esta perspectiva, “todos sus planes tienen por finalidad la ventaja por fases, un margen efectivo aunque temporal, que siempre los mantendrá un paso por delante”.
En su extraordinario libro, Sociofobia, César Rendueles nos recuerda hasta qué punto somos personas codependientes, frágiles y sólo parcialmente racionales. El plan X, la estrategia de sacar ventaja por fases, sin embargo, no suele ser llevado a cabo por los seres frágiles que somos, sino por actores semejantes a personas jurídicas, ya sean empresas, mafias, lobbies, élites institucionalizadas, que no necesitan gastar su tiempo en construir delicadas estructuras para el cuidado, el compromiso y el bien. Por eso hoy, como muchas veces a lo largo de la historia, tenemos dos tareas por delante. Una, “construir un entorno social donde las distintas instituciones económicas estén sujetas a la posibilidad de deliberación democrática” (Rendueles), y otra, enfrentar los procedimientos ventajistas de estructuras cuya fuerza procede tanto de la inercia de lo establecido como de la sencillez de una estrategia que no requiere discusión. Imagino que un día podremos deliberar e instituir, por ejemplo, un rango salarial donde ningún trabajo merezca ser mejor remunerado que el de quien cuida a un enfermo y aún es capaz de darle la mano cuando está en la mesa de operaciones, o limpia y abraza a una niña que no es suya. Imagino también que, para poder llegar a hacerlo, tendremos que conspirar, ahora que la NSA nos ha hecho transparentes, y combatir.
“Aíslame, Fermín” decía Edgardo en la divertida e inquietante obra de teatro de Jardiel Poncela Eloísa está dejabo de un almendro. En Eloísa el personaje de Edgardo pasa más de veinte años en la cama, simulando viajes en tren a lugares como San Sebastián, gracias a un ingenioso sistema de realidad virtual, montado a base de diapositivas y un criado tocando la campana anunciando la llegada a una nueva estación. La obra de Jardiel Poncela nos recuerda que la necesidad de aislarnos y de buscar sucedáneos de la realidad son muy anteriores a internet y las redes sociales. En Sociofobia César Rendueles analiza con precisión quirúrgica y estilo a veces algo complejo los problemas que aquejan a la sociedad moderna. Margaret Thatcher planteaba en los 80 que “no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Ahora en pleno siglo XXI vivimos tiempos de una sociabilidad mediada por todo tipo de nuevos dispositivos electrónicos, de smartsphones a tablets, volcando diversos aspectos de nuestras vidas en ese panóptico voluntario y viertual que son la redes sociales. Rendueles nada contracorriente, por ejemplo planteado que el 15M prosperó y se extendió a pesar de la hiperconectividad activista. Plantea también que internet ha generado una realidad social disminuida, no aumentada, un anatema total en tiempos de celebración del ciberactivismo, el periodismo ciudadano, wikiconstituciones, partidos políticos 2.0. y donde la obtención de un trending topic en Twitter se celebra como una importante victoria política.
Para el autor vivimos la era del ciberfetichismo, que define como la ficción de que las tecnologías de la comunicación y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o político. Así las cosas, el ciberfetichismo y la sociofobia serían “las fases terminales de una profunda degeneración en la forma de entender la sociabilidad que afecta decisivamente a nuestra comprensión de la política” (página 176). En las páginas de Sociofobia se plantea la necesidad imperiosa de asumir el fracaso de la utopía de libre mercado y las ideas neoliberales. Las terribles consecuencias de los dogmas de la utopía neoliberal son crisis especulativas cada vez más destructivas y virulentas. Rendueles revindica la lucidez de creadores como Pasolini, pionero en denunciar los efectos destructivos del consumismo en nuestras sociedades. Uno de los aspectos más destacables de Sociofobia es la apuesta por un activismo y cambio político postheroíco. Según Rendueles “los anticapitalistas entendieron que, en realidad, los grandes dramas de nuestra era […] son cuestiones sencillas de resolver con unos pequeños ajustes: apenas un cambio en la propiedad de los medios de producción y algo de ilustración” (página 31). En esa línea argumental alejada de la revindiación del martirologio en la izquierda, Rendueles recupera una conversación con Carlos Fernández-Lliria donde el filósofo le planteaba que las ideas socialistas son “para personas que necesitan unas vacaciones del mercado laboral, el consumo, la publicidad e incluso el ocio” (página 152).
No podemos sobrevivir sin la ayuda de los demás, por lo que Rendueles revindica una ética del cuidado como la ideología y la práctica que deben guiar nuestra acción colectiva para conseguir un tipo de relaciones antagónicas a las del capitalismo, es decir alejadas del individualismo y la desigualdad material. De manera consciente o inconsciente Sociofobia se complemente casi a la perfección con uno de los best-sellers más inesperados de los últimos tiempos, En deuda de David Graeber, que es otro lúcido análisis de las funestas concecuencias del fundamentalismo de mercado. Pero donde Graeber idealiza de alguna manera el “comunismo cotidiano” de nuestras relaciones más proximas (familiares, afectivas) Rendueles finaliza Sociofobia alertando sobre la complejidad de las relaciones comunes “que ni hoy ni nunca alcanzaremos a entender plenamente”.
Joey Tribbiani, Chandler Bing, Rachel Green, Phoebe Buffay, Monica Geller, Ross Geller eran tan divertidos que no importaba lo que sucedía en sus vidas, porque eran un desastre divertidísimo. Diez temporadas compartiendo piso en Manhattan, compartiendo sueños mileuristas como excusa perfecta para los chistes de seis vidas fracasadas sin opciones. Friends era la antesala de la pobreza, donde la explotación laboral y el vivir a salto de mata se anunciaban como el pan de las nuevas generaciones. Las mismas que se tronchaban con las ocurrencias que se cruzaban los amigos en aquel sofá.
De la teleserie a la novela. Un padre y un hijo caminan día tras día por desoladas autopistas norteamericanas. Los vehículos ya no circulan por ellas, se amontonan en las cunetas. Todo a su alrededor es devastación. La carretera ha sido definida como una novela distópica en la que Cormac McCarthy dibujaba a sus lectores un futuro postnuclear, pero en realidad no hace falta esperar tanto: “Buena parte de estos hechos se produjeron literal y repetidamente en un inmenso ámbito geográfico en el último tercio del siglo XIX”, cuenta el filósofo César Rendueles (Gijón, 1975) en la entrada de Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, uno de los libros calientes de este otoño, publicado por Capitán Swing (aquí tienes el adelanto del capítulo Ciberfetichismo).
Explica Rendueles que la segunda mitad de la época victoriana fue denominada como la época de la “crisis de subsistencia global”, para definir el holocausto que causó entre treinta y cincuenta millones de muertos en China, India y Brasil. El mundo se convirtió en una pesadilla por culpa de la inanición y las pandemias.
El escenario apocalíptico de McCarthy ya lo habíamos vivido y las grandes potencias aprovecharon el desamparo de estas catástrofes para aumentar la velocidad y la intensidad de su expansión imperial. “El capitalismo se impuso literalmente como una invasión militar”, dice.
El timo de la estampita
La devastación ha sido transformada en carne de ciencia ficción, en atrezo de una literatura reaccionaria que distrae de la actualidad más cruda: un somnífero, de Friends a La carretera. “La industria del entretenimiento ha desempeñado un papel crucial. Proveyó a mi generación de un tipo de consumo legitimador que nos hizo pensar que la catástrofe que se gestaba era un entorno interesante y sofisticado”. Un mito que nos tragamos.
Entonces, ¿cuál ha sido el gran triunfo del capitalismo? Lograr que desconfiemos de las capacidades comunes que tiene la sociedad para ayudarse y protegerse. “La desconfianza en nuestra capacidad para ponernos de acuerdo o, al menos, gestionar nuestros conflictos. A los liberales la vida en común les parece peligrosa, engorrosa y en última instancia imposible”. De ahí nace el concepto “sociofobia”, una patología que anhela automatismos institucionales, como el mercado, para coordinar las preferencias individuales sin necesidad de alcanzar consensos.
Rendueles cree que hemos dejado voluntariamente que algunos de los principales problemas del mundo queden fuera de nuestro control y “ese automatismo impersonal es aterrador, más que las novelas distópicas”. Aunque pase desapercibido, el filósofo explica que vivimos en un sistema social que tiene las características de una gran catástrofe meteorológica: “Hay decenas de millones de cadáveres en las cunetas del capitalismo global de los que nadie se responsabiliza”.
La ley de la selva
“La cosa no funciona”, añade el autor. “No podemos construir una sociedad basada exclusivamente en las afinidades electivas enfrentadas, como si todo fuera una especie de competición deportiva generalizada. Sencillamente, no estamos capacitados para ello”. Señala que nuestra civilización es la primera que ha hecho de las relaciones competitivas que se dan en el mercado colonicen la práctica totalidad de la realidad social.
¿Cómo combatir la sociofobia? “Promoviendo las condiciones materiales y sociales que hacen posible la deliberación política en común. Reconociendo que ni los expertos, ni la tecnología, ni el mercado nos van a librar de nuestros problemas, sólo nosotros podemos hacerlo. Asumiendo que el cuidado mutuo es la base de un vínculo social racional y libre y una fuente potencial de realización personal. Asumiendo que la igualdad, como la libertad, es un objetivo y no sólo un punto de vista”.
En Sociofobia queda claro que despreciar algunas características materiales de nuestra especie es un fallo en el sistema básico en nuestro progreso, como nuestra capacidad para sobrevivir sin depender los unos de los otros. La independencia es “un episodio fugaz de nuestra vida”. El cuidado mutuo no tiene por qué ser una carga. Como vemos, la “sociofobia” se acerca peligrosamente al perfil del sociópata.
Uno de los apartados más polémicos del libro de Rendueles es el escepticismo con el que despacha los augurios democráticos que predican los ciberfetichistas, para quienes sólo la Red nos hará libres. De hecho, cree que internet no ha servido para acabar con los viejos problemas sociales heredados: la opresión en vez de la libertad, el elitismo en vez de la igualdad y la sociofocia en vez de la fraternidad. “Los antónimos del ideario revolucionario de 1789”.
Relaciones engorrosas
Por tanto la influencia de Internet sobre nuestras expectativas políticas sólo ha servido para reducirlas. “La red parece resolver un dilema típico de las sociedades modernas: la tensión entre individualismo y comunidad”, pero no es así. Tal y como expone el autor, es exactamente al revés. “Internet no fomenta los proyectos en común, en todo caso hace que nos importe menos su ausencia. Para mí ponerse de acuerdo para intentar que un hashtag sea trending topic no entra en la categoría de proyecto común”.
La definición de Internet es, bajo este recelo, una especie de mercado social donde podemos establecer “relaciones sociales sin engorrosos compromisos personales”. Ha nacido un nuevo tipo de vínculo social débil pero extremadamente abundante. Ni siquiera cree que Internet sea capaz de sacar a la gente a la calle a protestar. Más bien, la Red puede ser un arma cuando la gente sale a la calle. Es diferente.
Así que la retórica tecnófila no sólo es totalmente fantasiosa, también es condescendiente: “Nos resistimos a aceptar que en Egipto o Túnez pueda darse una rica actividad política, sindical o comunitaria, así que imaginamos que su efervescencia constituyente es un subproducto de la tecnología occidental”.
La utopía digital está por hacer. Internet puede ofrecer las bases materiales y sociales para que ocurra algo, pero “quedarnos sentados a esperar que aparezca una pestaña de Google para la transformación social” no ayudará mucho. “En ocasiones puede potenciar los procesos de emancipación política –como está ocurriendo en países como Uruguay-, en otras cegarlos”. El conocimiento libre nos hará más libres, pero no la Red. La receta de Rendueles no es nueva, pero se ha insistido en que la olvidemos: “Fortaleza moral, bondad de corazón, inteligencia práctica y apoyo mutuo”, sólo así seremos “más libres, justos y solidarios”. Manos a la obra.
“Las páginas de tendencia de los grandes medios publicitan hasta la náusea las últimas novedades anglosajonas, aunque su recepción en nuestra país sea muy minoritaria. Estilos musicales apreciados por los inmigrantes como el reggaetón, el kuduro o la cumbia, son considerados por los críticos como un pozo de degradación estética y sexismo. Es comprensible que a los aficionados a la música abstracta, digamos Stockhausen, les parezca que la música popular contemporánea es chusca y poco elaborada. No es el caso de la mayor parte de los críticos musicales, siempre receptivos a obras de aspiraciones irónicas poco innovadoras y mal tocadas si vienen avaladas por el New Musical Express. La mayor parte de la música que el occidente rico odia se baila en pareja y extremadamente pegado. Una pista de baile de reggaetón es una especie de consumación de la pesadilla simbólica occidental: una masa sudorosa, apretada y sin ilustrar, coreando letras de alto voltaje sexual y proclive a la violencia”.
Al habla César Rendueles (Girona, 1975), autor del libro que todo simio con tableta debería consultar este otoño. “Sociofobia” (Capitán Swing, 2013) es una arremetida contra el fetichismo cibernético, o sea, contra el pensamiento de que todo lo digital es oro. Aunque por encima de todo, para Rendueles el ciberfetichismo sólo es un síntoma irritante aunque benigno de un problema mucho más grave: la rebaja de nuestras expectativas políticas. “Me refiero a que no damos un duro por nuestro sistema político o nuestro modelo económico, pero somos incapaces de asumir el tipo de compromiso necesario para transformarlos”.
De Rendueles dirán que tiene el bagaje cultural de un Slavoj Zizek y la cadencia viejuna de un Jaron Lanier, pero con ambos comparte sobre todo su ironía y, hasta cierto punto, su retorcido sentido común. Para algo estamos ante el joven que abrevió la última antología de “El Capital”, haciendo de ese tochaco apolillado otro superventas de Alianza, y de Marx alguien cuya barba quieres tener como funda del móvil. Pero Rendueles también es humano y –nos atrevemos a señalar– algo moderno incluso. También sospecha de su propia tribu urbana.
“Cuando leí ‘La Distinción’ de Bourdieu me quedé perplejo al comprobar que a todos los idiotas con estudios universitarios nos gustaba exactamente lo mismo: la fotografía en blanco y negro, los paisajes industriales, las disonancias musicales”, señala el sociólogo madrileño. De ahí su apología del mainstream cultural plebeyo como reducto estético, en la estela de Víctor Lenore.
Rendueles se interesa en la música y el deporte como fenómenos comunitarios, tengan componentes clasistas o de ningún modo. Así menciona, por ejemplo, las comunidades alternativas generadas por el northern soul o el hardcore. Considera que las redes de intercambio de archivos audiovisuales en internet parasitan las escenas locales. Habrá quien discrepe, yo mismo dado el caso, pensando en Resident Advisor y mil sitios web que generan comunidad sin localización tangible alguna. Sea como fuere, la reciente prohibición de capturar imágenes en algunos festivales parece conceder la razón a los escépticos que juzgan excesiva la rémora de los smartphones en los conciertos. Para todos ellos, los enemigos del parásito digital, está escrita “Sociofobia”.
¿Problemas con la tecnología? Ninguno, salvo el vocoder
Aunque lo cierto es que Rendueles tiene poco de ludita. Parafraseando a aquel Marx escandalizado por el hecho de que el capitalismo desaprovechara las posibilidades tecnológicas que él mismo desarrolla, él declara: “No tengo nada en contra de internet ni de ninguna máquina en particular, salvo los todoterreno, algunas armas y el vocoder”.
Su bestia negra es la tecnofilia fetichista desligada de los problemas cotidianos que preocupan a millones de personas, o deberían hacerlo según apagan la pantallita del consumo digital. Como dice él, “hoy mucha gente cree que la salida a los distintos dilemas a los que nos enfrentamos pasa por alguna clase de transformación tecnológica o cognitiva: producir software en vez de carbón, hackear en vez de sindicarse, ligar en Badoo en vez de en un bar”, cuando en realidad las mejoras sustanciales de nuestra calidad de vida, aquellas que nos permiten vivir hasta los 90 y no morir en epidemias como mosquitos, vienen ligadas a innovaciones tan recientes como el motor de combustión.
Como dijo hace poco en su blog: “Históricamente, la tecnología que ha tenido efectos más explosivos en el incremento de la esperanza de vida y la reducción de la mortalidad infantil ha sido el alcantarillado, muy por encima de cualquier innovación biomédica. La recombinación genética y los robotitos son muy cool, pero sirven de poco si vives enterrado en tu propia mierda”. De hecho, incluso en las economías avanzadas la incidencia de las nuevas tecnologías sobre la productividad del trabajo viene a ser casi nula. Y para más inri, “a pesar de las monsergas buenrollistas sobre la brecha digital, la verdad es que los pobres pasan más tiempo delante de la pantalla del ordenador que los ricos. Cualquiera que haya enviado un currículum por mail sabe la importancia de las relaciones cara a cara”.
Luego remata: “Tus followers no te van a librar del paro; tu compi del Colegio del Pilar, sí”.
Que la fragilidad de las relaciones sociales supone “un límite importante para casi cualquier proyecto de cambio político que queramos emprender” es una de las rocas más sólidas que articulan el pensamiento de Rendueles.
El ciberfetichismo también supone imaginar comunidades formadas por individuos que solo comparten las preferencias fugaces del momento. Esto es imposible, por supuesto, ya que ningún sistema de apoyo mutuo puede subsistir si depende en exclusiva de la motivación individual. El altruismo o la maternidad, entendidos como opciones de gusto entre otras, hacen peligrar el sustrato material de nuestra existencia. “Si los bebés tuvieran que esperar a que a sus padres les apeteciera cambiar sus pañales o darles la papilla, no sobrevivirían ni una semana”, sentencia el padre Rendueles. Y por cierto, la pareja de Rendueles, Carolina del Olmo, está a punto de publicar otro libro crucial sobre el cuidado y la maternidad, “¿Dónde Está Mi Tribu?”, donde desmantela la propaganda consumista para mamás y analiza la importancia de la socialización comunitaria durante los primeros meses del recién nacido en este mundo.
“¡Cómprate un perro, tío!”
En verdad, tanto César como Carolina apuestan por la fraternidad como modelo político. Porque, como dice Rendueles, “hoy la fraternidad resulta una idea bastante oscura, suena un poco a club de veteranos de guerra o de ultras de fútbol”. Los dos autores pertenecen a la primera generación española educada sobre bases puramente consumistas. Y ambos descubrieron tarde, gracias a la experiencia compartida de tener hijos, el carácter satisfactorio que puede tener la experiencia de la dependencia, el cuidar de alguien vulnerable. “Nos ha pasado un poco lo que al Fausto de Goethe. Ya sabes, Fausto busca satisfacer su ambición con conocimiento, sexo, experiencias vitales, transformando el mundo… Pero nada, sigue igual de insatisfecho. Dan ganas de gritarle: ‘¡tío, cómprate un perro!’”
Cuando se publicó por primera vez a mediados de los años setenta, Ciego de nieve se erigió en una pieza esencial de la literatura delictiva. Calificado de «reportaje extraordinario» (The New Yorker), es una mirada febril, desenfrenada y ya clásica al negocio de la cocaína a través de los ojos del legendario traficante Zachary Swan
Tras el derrumbe de la utopía neoliberal, el gran consenso ideológico de nuestro tiempo es la capacidad de las tecnologías de la comunicación para inducir dinámicas sociales positivas. La economía del conocimiento se considera unánimemente como la solución al deterioro especulativo de los mercados; las redes sociales son el remedio
A veces el lugar donde un escritor forja su destino tiene más importancia que su educación o sus lecturas. La ciudad donde nació puede no ser al final el lugar donde afianza su voz, construye su mundo y se convierte para siempre en alguien que, haga lo que haga, está “al otro lado”, pues solo de esa manera es capaz de conectar con su tiempo y mostrarlo. Y hay ciudades fronterizas que parecen imantadas para atraer las diversas virutas de hierro de la literatura. Esas ciudades atrapan al que creyó estar solo de paso y guían su mano, alimentan su pasión por escribir. Así hizo Tánger con Paul Bowles, Alejandría con Lawrence Durrell, Trieste con James Joyce.
¿Qué tiene Tánger?, se preguntaba Mick Jagger al volver de una estancia en sus fauces. ¿Y qué tenían Alejandría, Trieste, Estambul? Estas ciudades nos parecen hoy escenarios nacidos de la misma literatura. Mientras Alejandría se esconde en los versos de Cavafis y Trieste duerme en el humo enfermizo de Italo Svevo, Tánger, como decía Pierre Lotti, posa altiva como una vedette en la puerta de África. Se nos ofrece como la quintaesencia de la traición y el misterio. Ninguna como Tánger ha acaparado tantas ilusiones literarias, tanto énfasis misterioso entre los escritores exiliados-de-sí-mismos. ¿Será quizá porque Tánger, igual que una pirueta en un vuelo nocturno, produce, en palabras de Saint-Exupéry, “hermosos vértigos”? Espejo donde se mira lo ajeno, lo exótico, la ciudad caló en las mentes de los pintores africanistas y de los estetas del orientalismo. En los últimos cien años vio pasar bajo su balcón una miríada de escritores que buscaban en el laberinto algo diferente, digamos Barthes, Beckett, Burroughs, Bowles, Capote, Genet, Ginsberg, Juan Goytisolo, Kessel, Morand, Gertrude Stein, Tennessee Williams, Yourcenar.
La mayoría de ellos eran aves de paso. Algunos, sobre todo los americanos, nunca volvieron. Sin embargo, parecía que Tánger les hubiese otorgado una ciudadanía, un pasaporte. Y se dedicaron a proclamar a los cuatro vientos, remedando al Bogart de Casablanca, que siempre nos quedará Tánger. Una patria de palabras y frenesís desvanecidos. O, como dice Eduardo Jordá, autor de Tánger, “la patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán tener una patria”. Pero uno se quedó, negándose a mirar atrás con nostalgia beat. Paul Bowles dijo que Tánger era “una sala de espera entre conexiones, una transición de una manera de ser a otra”. En esa espera vivió cinco décadas. A partir de los setenta se encerró en su pequeño apartamento. Parecía estar por fin de acuerdo con Pascal en que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse tranquilos en casa. Consideraba que el escritor “es un espía enviado a la vida por las fuerzas del más allá”, y “tiene que saber engañar y, en la medida de lo posible, permanecer en el anonimato”. En esto se parecía a Genet. Un día Bowles dejó de escribir sus propios libros y empezó a traducir relatos de amigos marroquíes. Pensaba que adaptar historias del árabe dialectal era “una manera indirecta de crear”. Y de dejar atrás la nostálgica estela de sus compañeros de viaje, anclados en un Tánger que ya no existía y tal vez nunca había existido al margen de la tipografía. Estos relatos mostraban la otra cara de la ciudad: la miseria y el abandono, la orfandad, los humildes placeres cotidianos que contrastaban con los de quienes se sentaban en el café Hafa o en el París a escribir sus sesgadas impresiones. Así lo hizo con Mohamed Chukri, Mrabet y Hamed Charhadi. De la mano de Bowles, la leyenda foránea de Tánger contribuyó a crear otra vía literaria, esta vez local, que perpetuase el inefable misterio gracias a una deconstrucción del colonialismo literario. Porque esos escritores, rescatados del analfabetismo y las esquinas dudosas, no solo empezaron a escarbar en su propia basura, sino que a la par renegaban de la herencia del tío rico que representaba Bowles.
La sombra del autor de la mejor obra extranjera sobre Tánger, Déjala que caiga, con su loro al hombro, es de todos modos alargada. Amor por un puñado de pelos, de Mohamed Mrabet, fue uno de sus primeros experimentos de verter al inglés un relato oral de corte autobiográfico. Es difícil saber cuánto hay de ajeno en esa historia de conjuros amorosos en la que se mezcla el cuento oriental y la mirada de un lascivo puritano. Una vida llena de agujeros, de Charhadi, también tiene el sello inconfundible del americano. Es un libro duro, descarnado, nihilista. El narrador, un joven al que vemos maltratado por su padrastro y por la pobreza, se parece a los personajes de Bowles, empujados por un destino cruel e implacable. La odisea de Ahmed comienza cuando se muda con su familia a Tánger, donde trabaja como pastor y luego en un horno de pan. Tras su primera estancia en la prisión, el descubrimiento de las putas lo vuelve a tumbar. Le encierran en la cárcel de Malabata, se fuga, vuelve a ella y al salir siente que su “corazón es ligero y no le tiene miedo a nada”. Resignado a su suerte, aunque sea una suerte perra, Ahmed fascina por su imparcial relato de los hechos, sin apenas adjetivos, sin juicios. No se trata aquí de picaresca ni de realismo sino del noble arte de fabular lo vivido. Tras el tenso episodio de “El cable”, un Ahmed enamorado acaba siendo lacayo mientras hace de guardián en un café de Merkala, donde Charhadi encontró a Bowles, que puso su arte de narrador al servicio de la voz pura, ambulante, que sabía lo que había que contar y cómo. El tándem Charhadi-Bowles logra aquí un relato ejemplar, soberbio, de esa vida llena de agujeros y de espera.
Contribuyendo a cimentar la leyenda de Tánger desde el lado moro de la barrera, Mohamed Chukri ha jugado a dos bandas, manteniendo una libertad envidiable. Por un lado, su obra contiene el relato de la vida “verdadera” de la ciudad, que se vierte en la novela El pan a secas. Se trata de un relato brutal de su infancia, que empieza con el estrangulamiento de su hermano a manos del padre y se extiende en toda clase de vejaciones, miserias, de modos indignos de supervivencia. Viene a ser la cara más sombría y a veces insoportable (“si no les gustan mis libros, que vayan a protestar al que se inventó Marruecos y se inventó mi vida”, decía Chukri ante una copa de Soberano) de la moneda gastada, cosmopolita, de la ciudad. Por otro lado, Chukri se ocupa del extranjero y se revuelve contra él. No se muerde la lengua al escribir sobre Paul, su amigo americano, “el recluso de Tánger”. Le tilda de “criminal sexual en potencia”, de “rey de la astucia” y adicto al dinero, que siempre deseó vivir “en la penumbra de una gruta” mientras centraba su obra “en el odio del hombre a su semejante”.
Pero el peor pecado que Chukri atribuye a Bowles es que odiaba el país en el que se había refugiado, que creía “habitado por bárbaros e imbéciles”. Para él, Bowles nunca se desprendió de su mirada colonial, algo que sí consiguiera mucho antes el comisionado inglés Samuel Pepys en sus Diarios, donde dejó escrito su aprecio del magrebí y el asco que le producía el caos y la degeneración moral que su país había traído a Tánger. El novelista marroquí quiere en su libro matar al padre literario y al mismo tiempo ofrecerle un homenaje. Al final adopta un formato de diario crepuscular y repasa los personajes que también conoció en la ciudad legendaria, como Burroughs, Capote y Williams. Y concluye, con ironía amarga, que “terminamos por morirnos sin llegar a descubrir el secreto de Tánger”. En otras palabras: no van a ser los escritores autóctonos que maten la gallina de los huevos de oro. La ciudad sigue albergando un secreto que los foráneos no consiguieron robar.
Vuelve a la carga Chukri, esta vez con Jean Genet, que le resulta más próximo. Entre 1968 y 1974 Genet pasa temporadas en la ciudad. Chukri, de una manera muy tangerina, se hace el encontradizo, aunque tampoco es que el autor de Diario de un ladrón se oculte ni oculte las razones por las que viene tan a menudo. En una conversación se queja de que en Tánger “la prostitución crece de una manera vertiginosa” (lo mismo que había visto Pepys tres siglos antes) y Chukri le responde que “ha sido siempre un paraíso para los homosexuales”, que “el colonialismo nos legó esa libertad en el comercio del sexo”. Genet, alojado en el lujoso El Minzha, es aquí un escritor que ha colgado los hábitos y por eso ya no vive peligrosamente. Aunque a veces le sale la vena rebelde que le dio fama y defienda con una sonrisa el robo y la traición, marcas de la casa, es decir, de Genet y de Tánger.
Chukri murió a los 68 años dejando una obra valiente, original, que en cierto modo no ha tenido continuadores. En la última década, Ahmed Beroho ha escrito en francés varias novelas elegantes que tienen como telón de fondo la ciudad esfinge. Une saga à Tanger recorre la historia de varias generaciones y se adentra en la crónica familiar, mientras que Les Mystères de Tanger aborda la novela negra de las mafias locales y del integrismo religioso que tanto despreciaba Chukri y no consiguió tapar su boca ni cambiar sus costumbres.
Cuenta Jordá que como se sabía amenazado por su tendencia a beber y su promiscuidad con mujeres, amén de su ateísmo, el autor de Tiempo de errores mandó el recado a sus enemigos de que si querían ir a por él cada mañana estaba de once a una en el café Ritz. Pero que no lo pondría fácil porque tenía un cuchillo. El cuchillo era, por supuesto, la lengua afilada de Chukri, su memoria llena de rabia, ávida de justicia. Él tenía una relación de amor-odio con Tánger parecida a la de Thomas Bernhard con Salzburgo. En Rostros, amores, maldiciones el marroquí la tilda de “vieja decrépita, obesa, repugnante y cubierta de mierda”, y luego confiesa que pese a todo “nunca estaré en contra de ella: no renegaré de nuestra antigua convivencia, porque le debo mucho, por los tiempos en que fue mi bienhechora, también aliada; por los tiempos en que me apoyó, en la dificultad y en la incertidumbre”. Bernhard, en cambio, consigue ser un ingrato hasta el final. Pero la ingratitud es privilegio de los nativos. Joyce, por ejemplo, odiaba Dublín y adoraba Trieste, otra ciudad fronteriza. En Trieste, donde vivió 16 años, su arte y su vida brillaron igual que una cerilla al prender y antes de ir apagándose poco a poco. Como Bowles, como Tánger.
De un tiempo a esta parte, la figura del escapista se ha visto completamente revalorizada por la literatura post-moderna. Echémosle la culpa a Michael Chabon, que con “Las Asombrosas Aventuras de Kavalier y Clay” se marcó el epítome del escapista como personaje en huida literal y metafórica, como sublimación de un impostor que ya llevaba décadas siendo lugar común del mundo de la novela. En un momento como este, no es de extrañar que la llegada a nuestro país de un libro como “Cómo Hacer Bien El Mal” de Harry Houdini parezca no sólo algo más que natural, sino plenamente necesario. De la mano de los siempre acertados Capitán Swing, este tomo viene prologado por sendos textos del mismísimo Arthur Conan Doyle, quien no necesita presentación alguna, y Teller, asistente de Penn Jillette además de mago y cómico. Palabras mayores, vamos.
Pero es que lo que hay dentro de “Cómo Hacer Bien El Mal” se merece ser prologado por todo lo alto. Publicado originalmente en 1906, este libro es una master class sobre la subversión: partiendo de diversas entrevistas con delincuentes de diferente pelaje y con policías que las han visto de todos los colores, Houdini construye un texto en el que la finalidad absoluta es dejar al descubierto los métodos más infalibles para cometer un crimen y salir de rositas, sin necesidad alguna de pagar por ello. “Cómo Hacer Bien El Mal” se complementa con otros textos del mismo autor en los que expone sus propios métodos de escapismo: no duda ni un segundo en enseñar las tripas de trucos más icónicos, a la vez que se muestra despiadado a la hora de exponer los trucos de algunos de sus competidores más encarnizados. En general, y pese a haber sido escrito hace un siglo, Houdini compone un manual perfecto para el escapista post-modero.
Cuando dentro de diez años comiencen a llegar las primeras remesas de la generación perdida y exiliada en Berlín, acuérdense entonces de Gay Talese. Si llegamos a ver algún día de vuelta las esperanzas invertidas en la formación de la generación mejor pertrechada de la Historia de España (valiente mentira la nuestra, por cierto, que tantos eufemismos, paños calientes y premios de consolación requiere), ya les digo, no se olviden de Talese. Y es que el padre del nuevo periodismo tiene un brillante artículo sobre la experiencia desfasada de la emigración. La misma experiencia tendrán quienes ahora creen estar descubriendo el Mediterráneo y la electrónica en alguna sala de conciertos berlinesa. El texto se titula “Looking for Hemingway”: tomen nota. Narra las batallas de la primera generación de anglosajones que no tuvo la obligación de tomar Paris en paracaídas. Corría entonces el año 1952, los alemanes habían perdido una nueva oportunidad (ya habrá otras) de hacer saltar la ciudad de la luz y el amor por los aires, mientras ellos, veinteañeros barbilampiños recién expulsados de las mejores universidades del mundo, andaban buscando algo —no sé muy bien qué se les había perdido— por el Viejo Continente. Entonces acudían los jóvenes a Paris, como decimos, quizá ignorando que Nueva York ya le había robado la modernidad y la cartera a los franceses, como seguro acudirán los madrileños a Kreuzberg en busca de Sascha Ring, alias Apparat, hasta como poco 2023: sin enterarse de la misa la media. Si, como sostiene Talese, el objetivo consistía en saludar a los mayores de la generación perdida americana (ya se sabe, todo el mundo viaja para contemplar a sus compatriotas fuera de contexto: los estudiantes de Erasmus y los hoteles en Mallorca lo confirman), les habría salido mejor la jugada de haberse venido a contemplar la cultura/tortura de los animales con cuernos en España, que tanta pasión despertó entre los Welles y los Hemingways de la vida, en lugar de fundar revistas culturales perdurables, publicar a Samuel Beckett y conocer a los situacionistas. Eran tiempos más salvajes aquellos. No se lo tengan en cuenta.
Entre los bárbaros destaca la presencia de Alexander Trocchi. Talese escribe el artículo como homenaje a The Paris Review, pero no puede evitar la distracción que supone un personaje de su talla (o de su calaña, mejor dicho). Hacia la mitad del texto aparece Merlin, la revista dirigida por este escocés de apellido italiano, y las comparaciones terminan, como siempre, siendo odiosas: “Alexander Trocchi’s staff at Merlin in those days was made up largely of humorless young men in true rebellion, which The Paris Review staff was not; the Merlin crowd also read the leftist monthly Les Temps Modernes, and were concerned with the importance of being engage”[i], señala Talese de pasada. La historia pasa rápido sobre esta oposición entre niños ricos de letras y jóvenes proletas ilustrados, sin embargo, y nos encontramos de repente inmersos en una historia inquietante, pero sin apenas importancia: un paupérrimo poeta llamado Christopher resuelve suicidarse bajo el influjo de Nietzsche; sus amigos mantienen una vigilancia estricta de su persona; ante su desaparición, llaman a Trocchi, quien descubre el paradero del suicida, cerca de la frontera con España; la escena termina con Trocchi arrebatándole el veneno a Christopher mientras declara: “I’ve come down to embarrass you”, mientras bajan los títulos de crédito y colorín colorado. Este texto, esta historia, fueron la primera noticia que tuve sobre Alexander Trocchi. Y ustedes se preguntarán, como yo me pregunté entonces, ¿quién diantres es este tipo?
II.
Alexander Trocchi (1925-1984) tiene la distinción de ser el miembro de la Internacional Situacionista más inteligente en ser expulsado; Debord no se andaba con tonterías y muchos menos soportaba a los “cretinos místicos” con los que andaba el escocés con apellido italiano: Allen Ginsberg, Colin Wilson, R.D. Laing, Tim Leary et tutti quanti conformaban el entorno natural de un escritor más conocido, entonces y ahora, por la droga que consumía (la heroína) que por los libros legados. No en balde, sobre esta generación de emigrantes voluntarios con cierto prurito insurreccional, a caballo entre la Segunda Guerra Mundial y la contracultura de los 60, dejaron escrito los hermanos Wilson el siguiente tortazo en toda la cara: “Historically they have come to be regarded as revolutionaries advancing a contemporary relevant critique of modern society though in reality neither was able to transcend cultural specialisms and dissident cultural milieux. These two were forever pulling themselves up short never allowing themselves to fall and fall and fall on through the cultural safety net constantly afraid their publishers and dealers might no longer have anything to do with them even though this fear was rarely openly acknowledged.” [ii]
Corrían otros tiempos, como decíamos. Cuando los jóvenes descubrieron que la ciudad de los rascacielos detentaba el monopolio de lo bueno, ya era demasiado tarde para ellos. Durante la estancia de Trocchi en NYC los heroinómanos fueron amalgamados con la subversión comunista. Y en 1956 te condenaban a la silla eléctrica —ojo— por traficar ciertas sustancias con menores. A ojos de muchos, Trocchi seguirá siendo, para su desgracia, un mísero colgado de la vida, o como decían los tabloides de la época, “the media favourite junkie”, con sus intervenciones en directo y sus multas por consumo. Más éxito tuvo con sus ideas revolucionarias el Christopher de la historia del suicidio que antes mencionábamos: se trataba nada más y nada menos que de Chris Logue, un troskista convencido, amigo de Tariq Ali, a quien encarcelaron por algo más que sus apariencias. A diferencia de su amado Burroughs (un amor en una sola dirección, nunca correspondido) Trocchi no sacó nada en claro de taladrarse la piel, nada que uno pudiera aprender desde su casa, vaya. Sus ideas sobre el tratamiento de la adicción, contenidas en “El yonqui: ¿amenaza o cabeza de turco?”, quizá sean acertadas en términos médicos, o incluso proféticas en vistas a la evolución posterior de los centros de desintoxicación, pero no pueden estar tampoco más en consonancia con la doble moral que consiste en invisibilizar el problema (dejando de lado la fanfarria mediática, claro: las historias sobre inyecciones públicas en la rive gauche parisina son conocidas por todos; “mi own personal Dada”, las llamaba, anticipando —sin saberlo— a Depeche Mode y a Gus van Sant). ¿La receta contra la drogodependencia?, según Trocchi: una comunidad hippie retirada en el campo para la expresión sexual, vital y artística del yonqui. “Si estuviera implicado en tal proyecto, ciertamente me gustaría tener doctores entre mis colegas, pero más que otra cosa desearía disponer de amantes y de una sexualidad liberada”, confiesa el muy pillastre.
En 1962 Trocchi publica “La insurrección invisible de un millón de mentes”, su texto más conocido con distancia, donde promueve la abolición del arte, como toca en una publicación de la IS, a la vez que apuesta por una salida comunitaria del impasse mediático que tanto ha perturbado a los artistas con conciencia de clase (y de gremio) desde las vanguardias históricas, a saber: ¿cómo eliminar a los intermediarios? Y más importante, ¿cómo eliminar ese enorme sistema de intermediación llamado división capitalista del trabajo? Comparado con otros manifiestos del largo ciclo contracultural europeo que lleva desde Alfred Jarry hasta Wu Ming, y que tantos panfletos con garra social nos ha dejado a los historiadores y a los curiosos (¿y a los indignados?), no comprendo en este caso la fama del texto de Trocchi. Quizá sea la traducción, quién sabe, porque la redacción carece de tensión en muchas partes, a la par de incurrir en inconsistencias imperdonables para un documento de esta influencia y brevedad. Estaré yo blando de entendederas, así que díganme ustedes como conciliar estas dos frases, por ejemplo: (i) “Organización, control, revolución: cada uno de los millones de individuos a los que hablo tendrá cautela con tales conceptos, los encontrará imposibles con una conciencia silenciosa para identificarse a sí mismo con cualquier grupo, no importa su nombre”; (ii) “Sin organización coordinada la acción es imposible; la energía se disipa en ciento y un pequeños de protesta sin vinculación… un manifiesto aquí, una huelga de hambre allá.”
A falta de la jerigonza hegeliana del amigo Debord, el poco ducho en cuestiones filosóficas de Trocchi no tiene forma de conciliar los términos de la contradicción (¿espontaneidad u ordenación?) y termina saliendo por la tangente del dirigismo de la clase pensante (“Nosotros, los creativos de todos los lugares, tenemos que descartar esta postura paralítica y “) aderezado por el clásico wishful thinking sobre la cornucopia de las fuerzas productivas desarrolladas: “Está claro que en principio no hay problema de producción en el mundo moderno”, escribe sin asombro de vergüenza una persona que tuvo que trabajar como carguero para ganarse la vida en NYC; está visto que el hambre, conjugado con otros alimentos espirituales, no aviva el seso. Y para terminar, la mentalidad ociosa concomitante a todo proyecto medianamente utópico: “Mientras [mientras el resto doblamos el espinazo, se entiende] nuestro anónimo millón puede proyectar su atención sobre el problema del “tiempo libre”.” Un problema fantabuloso, por supuesto, pero no me salen las cuentas: 1 millón de yuppies, dividido por la población mundial en 1960, unos 3 billones de criaturas, equivale a una birria en términos estadísticos. Suerte a la clase creativa y su 0’03%. La van a necesitar, sin duda, si piensan que “los problemas distributivos están manejados más eficientemente y económicamente mejor en una escala global por una organización internacional como Naciones Unidas.”
III.
Poca cosa tenemos de Trocchi en nuestro idioma. En Anagrama está descatalogada su obra maestra, El libro de Caín, y para de contar con los dedos de la mano. Se agradece mucho por tanto la traducción en Capitán Swing de La insurrección invisible de un millón de mentes, una recopilación de textos editada por Andrew Murray, un pequeño aperitivo para descubrir a un escritor tan inagotable como el Mediterráneo, la electrónica o París. Para la versión en castellano, el traductor prefiere respetar el estilo sincopado del original, volviendo difícil el entrar en materia. Intuyo que lo críptico y lo inquietante son el objeto mismo de unos relatos que tratan de cuestiones tan cotidianas como el realizar una inversión fallida en el negocio del trapero del piso de arriba (“Peter Pierce”) o el revelar la muerte del padre durante la merienda (“La campechana”). Así que la decisión traductoril de Antonio J. Rodríguez parece la correcta: la fidelidad a los sustantivos encadenados sin acción, a los verbos en subjuntivo y a las frases de tres palabras resulta bastante acertada en vistas a unas descripciones impresionistas que apenas capturan el ambiente que rodea a los personajes, cortando en seco con las pamplinas que los sociólogos venidos a críticos culturales han escrito sobre la existencia acelerada en las ciudades modernas y su relación con lo fragmentario. Lugares comunes que Trocchi pasa por el rodillo de unas narraciones costumbristas que bien podría haber firmado desde su dacha un ruso del siglo XIX. Y es que Trocchi es un maestro de la intrascendencia incluso para sentar siquiera alguna suerte de arquetipo sobre el anonimato, la alienación o el desencantamiento de su época. Sus personajes son anodinos; sus historias, nada interesantes; su extensión, apenas perceptible. Que sigamos avanzando por una selva de puntos y seguidos, sin esperar en ningún momento la llegada del Mesías, ignorando la llamada de atención que nos lanzan las cartas a Beckett, a Southern y a Burroughs desde los apéndices de cada capítulo, viene a ser un milagro para unos relatos cuya única razón de lectura, único fundamento narrativo y único interés literario, viene a ser el dodecafonismo del escritor, el tempo que alcanza en ocasiones.
En este sentido, “Los fragmentos de un diario” revelan la poética del amontonamiento y del solapamiento que caracteriza la escritura de Trocchi: “No soy yo quien impone las series de etiquetas: chubasquero, platillo, libros. Un recital automático. A diferencia de un asalariado que trabaja con inventarios, yo no tengo un interés inmediato. No hay sugerencia de valor posible que adjuntar. No hay columna de cifras cuidadosamente escritas que añadir. No hay resultado al que llegar. Papeles, simplemente. Libros, simplemente. Botellas, simplemente. Y pronto hasta los nombres dejarán de sugerir nada en mi boca.” Bien sabía él que el testigo surrealista de Lautréamont no se encuentra en el léxico abundante, sino en la construcción sintáctica del párrafo, sin dejar nunca de lado la primera persona. Que la misiva de Lord Chandos no iba en serio, porque toda despedida del lenguaje no puede sino posponer el momento del silencio, llenando de palabras el hueco que deja un adiós. O que el mutismo de los personajes de Beckett, autor con el que Trocchi tuvo trato y desavenencia, como muestra la carta contenida en el libro (“Que usted sea capaz de reunir tantas recriminaciones […] hace honor a su habilidad literaria, pero dice poco de lo que yo creía que era nuestra amistad”), provoca la risa por no hacer llorar. Menos poético y más anecdótico es el relato de la iniciación de Trocchi en el lado oscuro: son las Navidades de 1945, la guerra está a punto de terminar y nuestro joven escritor camina cerca del mar, a punto de terminar su servicio militar, avanzando en dirección a su fragata, mientras lleva algo de poesía en la mano; harto del libro en cuestión, toma impulso y contempla la parábola que describe el volumen antes de caer sobre las aguas, donde el papel se amasa y las palabras se difuminan, mientras pronuncia algún conjuro contra el texto; una historia similar a la experimentada por el adolescente Saint-John Perse, por aquél entonces portador del nombre compuesto más cabrón que jamás haya puesto un padre sobre un hijo, Marie-René-Auguste-Alexis, cuya biblioteca familiar todavía descansa en el fondo del mar, caída en un traslado desde Francia hasta las Antillas. El relato de Trocchi, por tanto, parece bastante increíble. Pero de eso se trata en ocasiones. Así pues, si quieren mi consejo, compren ahora este Reader. O esperen a la próxima década. Nunca se hace tarde, si la dicha es buena, para viajar a Paris.
[i] “En aquellos días el personal de Alexander Trocchi en Merlin estaba compuesto por jóvenes sin humor puestos en verdadera rebelión, a diferencia del personal de The Paris Review; la peña del Merlin también leía el mensual izquierdista Les Temps Modernes, y estaban preocupados con la importancia de estar comprometido”
[ii] “Históricamente hemos llegado a verlos como aquellos revolucionarios que avanzaron una crítica relevante y contemporánea de la sociedad moderna, aunque en verdad ninguno fue capaz de trascender la especialización cultural y los milieux culturales disidentes. Estos dos [Alex Trocchi] estaban siempre lanzándose por los aires sin nunca permitirse caer y caer y caer a través de la red cultural de seguridad, temiendo constantemente que sus editores y sus camellos no tuvieran nada que hacer con ellos, aunque este miedo rara vez fuera reconocido abiertamente.”
Eric Weiss llevaba ya 80 años reposando apaciblemente en el cementerio de Machpelah, en Queens (Nueva York), junto a su querida madre, cuando la publicación de un libro levantó una considerable polvareda sobre las verdaderas circunstancias de su muerte, achacada oficialmente a una peritonitis, y las de su vida, consagrada, según todas las crónicas de su época y las de quienes le siguieron glosando muchas décadas después de su fallecimiento, al ilusionismo.
El libro en cuestión aseguraba que el ilustre caballero había sido víctima de un complot destinado a taparle la boca de forma irreversible, y que si alguien tenía tan negras intenciones era porque él había hecho méritos para ganarse una colección de enemigos por sus coqueteos con el espionaje y su determinación de desenmascarar a quienes estafaban a los incautos fingiendo ser capaces de contactar con los espíritus.
Puede que a estas alturas del relato ya esté claro quién era en realidad Eric Weiss, pero, por si hay alguna duda, este es el título del libro que publicaron en 2006 William Kalush y Larry Sloman: ‘La vida secreta de Houdini’. Porque así es como Eric Weiss, el hijo de un rabino húngaro trasplantado en Wisconsin, pasó a la posteridad: como Harry Houdini, el ilusionista más famoso de la historia y, como ven, un verdadero enigma casi 87 años después de su muerte.
Nuevos interrogantes
Más que dar respuestas, la obra de Kalush y Sloman abría nuevos interrogantes, al asegurar que el mago había contado con el apoyo del MI-5 para convertirse en una estrella mundial (a cambio, claro, de trabajar para ellos), que no era el marido fiel que las crónicas y los biógrafos oficiales pintaban y que de peritonitis nada: envenenamiento urdido por un lobi espiritista con la complicidad de un médico.
La historia del complot convenció a parte de los descendientes de Houdini, que en 2007 solicitaron que se exhumaran los restos del mago para someterlos a la autopsia que no se le hizo en su momento. La oposición de otros miembros del clan, sin embargo, mantiene frenada la exhumación, y los huesos de Houdini siguen en su lugar. A no ser que, como el Cid, fuera capaz de agrandar su leyenda una vez muerto, que, a la vista de lo que llegó a hacer en vida, todo podría ser.
El caso es que difícilmente se podrá tener la certeza absoluta de cómo vivió y cómo murió, y eso, sin duda, multiplica su magnetismo y la curiosidad por conocer al hombre de carne y hueso que había detrás de la estrella de la ilusión. Y a eso contribuye un nuevo libro que ha llegado a las librerías recientemente: ‘Cómo hacer bien el mal’, una recopilación de textos, algunos escritos por él y otros sobre él, que tal vez no proporcione las claves de lo que hacía, pero sí de por qué lo hacía.
«No, estimado lector, no es mi propósito contarle cómo abro cerrojos, cómo escapo de una celda en cuyo interior he sido encerrado, tras haber sido desnudado por completo y maniatado con pesados grilletes (…) ni cómo descerrajo cualquier esposa reglamentaria que pueda fabricarse. No todavía. Puede que algún día lo cuente, y entonces lo sabrá. Por el momento, prefiero que todos aquellos que me vean saquen sus propias conclusiones», proclama él mismo desde el artículo que da nombre al conjunto.
Así que el estimado lector no encontrará en las 250 páginas del libro publicado por Capitán Swing trampillas, falsos techos y orificios para esconder ganzúas, pero sí mucho sentido del honor y aún más del espectáculo. Y el retrato de una época en la que los charlatanes intentaban sacarse un jornal vendiendo crecepelos, tragando vidrio, dejándose picar por serpientes venenosas, vomitando aguas de colores o convirtiendo la deformidad en show. Una época en la que por hacerse ricos y famosos algunos maltrataban su cuerpo hasta extremos inimaginables, con una alarmante falta de respeto por su integridad y por la de los demás. En los más de 100 años que han pasado desde entonces las cosas han dado un giro, aunque de 360 grados.
Dos versiones de su nacimiento
Pero vayamos a los orígenes. El enigma Houdini empieza en la cuna. Las semblanzas del mago relatan un nacimiento en Budapest, el 24 de marzo de 1874, y un traslado con sus padres y sus seis hermanos, cuando apenas tenía 4 años, a la localidad de Appleton (Wisconsin), donde su padre, rabino, debía hacerse cargo de una nueva congregación. Al abordar su vida en ‘Cómo hacer bien el mal’, en cambio, Houdini se proclama «estadounidense de nacimiento», y fecha su llegada al mundo un 6 de abril de 1873, sin mucha más explicación. De hecho, dedica menos de una cincuentena de líneas a despachar su paso por la vida, que se resume en cómo el niño que se escapó de casa porque no quería ser mecánico (su madre lo había colocado de aprendiz en un taller con tan solo 9 años) se convirtió en el Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles, y, con ese rimbombante título, en el ilusionista más famoso de todos los tiempos.
Lejos de casa, habiendo descubierto «a edad temprana la vertiente más oscura de la vida», se unió a un pequeño circo en el que hizo de todo: de ventrílocuo, de payaso, de contorsionista y de lo que se terciara. Aquella fue su particular universidad de la vida. De allí sacó, sin duda, las tablas que después le resultarían fundamentales para triunfar.
Porque él mismo lo deja claro en otro de los textos que firma en el libro, titulado ‘Cómo dirigirse al público’: «Si quiere usted tener éxito, hágase a la idea de que su forma de abordar al público será el aspecto más importante de su actuación». No la complejidad de la fuga, no el grosor de las cuerdas, no la profundidad del tanque en el que le sumerjan boca abajo y enfundado en una camisa de fuerza: su habilidad para vender el número.
Y ahí sí que no le ganaba nadie. Podía haberse escapado de un cesto de mimbre que artesanos holandeses habían tejido a su alrededor cuando visitó ese país, del furgón en el que los condenados al gulag eran trasladados a Siberia, de una muerte segura al ser arrojado a la gélida bahía de San Francisco con las manos esposadas a la espalda y una bola de 34 kilos atada a su cuerpo: nada de eso habría tenido la trascendencia que tuvo entonces y que le ha convertido en leyenda si no hubiera contado con la complicidad de la prensa, que llevaba hasta el último rincón del mundo sus hazañas. Allí donde Houdini hacía algo grande, ya fuera saltar de un avión a otro en Australia o llenar un teatro de niños pobres y encargar 500 pares de botas para calzarles, como hizo en Escocia, siempre había al menos un periodista para dejar constancia en letras de molde de lo ocurrido.
Fabricante de marca
Houdini «era un ‘showman’, un fabricante de marca», sentencia el mago Teller, del dúo Penn & Teller, en el prólogo del libro. Si de algo sabía más que nadie, era de márketing. Esa habilidad destaca también Arthur Conan Doyle en quien un día fue buen amigo y acabó siendo oponente por culpa de sus posturas radicalmente enfrentadas sobre el espiritismo. Si Houdini consagró media vida a dejar a los asistentes a sus espectáculos boquiabiertos por lo inexplicable de sus números, consagró la otra media a cerrar la boca a quienes pretendían sacar dinero al prójimo presentándose como médiums.
Para Conan Doyle, que creía firmemente en la existencia de los espíritus y la posibilidad de invocarlos, la beligerancia de Houdini con los espiritistas, en cuyos espectáculos se colaba para destripar los trucos que empleaban, no era más que otro ardid para estar siempre en la primera línea, para tener proyección pública. «Se trataba de un asunto que despertaba un vivo interés en la gente y él sabía que podía constituir una fuente ilimitada de publicidad», explica el padre de Sherlock Holmes en el artículo ‘El enigma de Houdini’, también incluido en el libro de Capitán Swing.
Teller, en cambio, apunta a una motivación mucho más loable. «Los ilusionistas engañan a su público. Pero solo durante un ratito, solo en el teatro. Caído el telón (…) uno se siente maravillado, no estafado. Esta distinción constituía un valor moral para Houdini», expone. De ahí su afán por desenmascarar a quienes pretenden aprovecharse de los incautos, que es también, según su propia declaración, el motivo por el que se lanzó a escribir ese ‘Cómo hacer bien el mal’ en el que recoge el resultado de las entrevistas mantenidas con policías y delincuentes: «Salvaguardar al público contra las prácticas de las clases criminales», al tiempo que le proporciona «una lectura entretenida e instructiva».
Las trampas de los delincuentes
Ladrones y magos comparten a menudo herramientas y habilidades, pero con un fin y, sobre todo, un final muy diferente. Por el texto de Houdini desfilan grandes maletas con sofisticados mecanismos que atrapan los maletines descuidados en los andenes, sofás cuyo interior ha sido preparado para alojar al caco que desvalijará la casa del inocente que acepte cobijar el mueble y timadores que se aprovechan de la avaricia ajena para dar el golpe. «Si los hombres no se empeñasen en querer conseguir algo sin dar nada a cambio tal vez fueran capaces de conservar lo que sí tienen», sentencia Houdini, a quien también maravilla «cómo los pillos se toman más molestias en perpetrar sus robos que los hombres honrados en ganarse el pan». Por todo ello, llega a una conclusión inapelable: «Se puede decir que no sale a cuenta llevar una vida deshonesta, y a aquellos que lean este libro, aunque les informe de ‘Cómo hacer bien el mal’, solo les puedo decir una cosa, en tres palabras: NO LO HAGAN». Contundencia en mayúsculas porque solo hay un rey del escapismo: él.
La relación de Houdini con la literatura no se limitó a su truncada amistad con Conan Doyle. Como explica Teller, «reverenciaba la erudición y le atormentaba su escasa formación académica», ya que solo pudo ir a la escuela hasta sexto curso, puesto que desde muy niño tuvo que contribuir a la economía familiar con trabajos como limpiador de botas o vendedor de periódicos. Compensó esas carencias convirtiendo su casa en una biblioteca, algo de lo que le alardeaba en cuanto tenía ocasión. Invirtió tanto dinero en libros que, cuando murió, en 1926, su colección se valoró en medio millón de dólares de la época, más de seis millones de dólares de hoy (4,6 millones de euros).
Lo que no pudo comprar fue el talento como escritor, pero ahí le sonrió la fortuna: en 1924, la revista ‘Weird Tales’ apostó por incrementar las ventas incluyendo en sus páginas firmas famosas, así que llegó a un acuerdo con Houdini para publicar algunos cuentos con su nombre. Debutó con un negro de lujo: Lovecraft, que puso sus atmósferas opresivas al servicio del mago en un relato, ‘Bajo las pirámides’, incluido en la selección de Capitán Swing. Hasta 1939, su nombre figuró como único autor de esa historia.
Poderes paranormales
No consta que ese engaño le molestara tanto como los que él atribuía a personajes como Margery Crandon, una mujer que había convencido incluso a algunos miembros de un comité de la Scientific American de que tenía poderes como vidente, y que contaba con el apoyo incondicional de Conan Doyle, quien reprochaba a Houdini que estaba tan obcecado con su campaña antiespiritista que no era capaz de darse cuenta de que ella sí era una médium de verdad. Tampoco de que sus propias hazañas, las de Houdini, no eran atribuibles solo al entrenamiento y la destreza, sino que había algo más. Algo paranormal.
«Ni mi propia esposa conoce el secreto de algunas de mis proezas», había confesado el mago a la esposa del escritor. «No se trata de un truco, sino de un don», había asegurado un ilusionista chino al ver una de sus actuaciones. Houdini era un médium, concluía Doyle, y su negativa a aceptar la existencia de esa dimensión paralela un día le pasaría factura, advertía.
Y, de algún modo, así fue. En octubre de 1926, Houdini recibió la visita de dos estudiantes, tras una actuación. Les aseguró que su abdomen estaba preparado para aguantar los golpes más fuertes, y les retó a pegarle. Los puñetazos de uno de ellos fueron tan terribles que le doblaron. Pero él no estaba dispuesto a aceptar esa derrota y, desafiando a un dolor que llevaba días atormentándole, quiso seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Murió una semana más tarde. Los golpes habían provocado una rotura del apéndice que, al no ser tratada, había derivado en peritonitis. Todo muy terrenal. Si no fuera por un detalle: el especialista en apéndice del hospital donde fue ingresado dos días antes de su muerte se apellidaba Crandon, como la médium. Era su marido.
También la fecha en que pasó a mejor vida merece una mención: era 31 de octubre, la noche de las brujas. Desde entonces, y pese a que Houdini debe de revolverse en su tumba, espiritistas de todo el mundo se reúnen cada 31 de octubre a invocarle. No consta que jamás haya vuelto a aparecer. Salvo en las librerías.
Con motivo de la celebración este año en Estados Unidos del 150 aniversario de la Guerra de Secesión, se ha prestado una especial atención a la resistencia afro-americana a la esclavitud y a los abolicionistas radicales del Norte. Cada vez más se está admitiendo, incluso en el Sur, que la supuesta “causa noble” de los confederados se basaba en la defensa de la esclavitud. Sin embargo, hasta hoy, este país continúa negando las dimensiones raciales y de clase de esta guerra. Igualmente se niegan, incluso en la izquierda, las implicaciones revolucionarias de la guerra, no sólo para los afro-americanos, sino también para la clase trabajadora blanca y para el sistema económico y político americano en su conjunto. Al mismo tiempo, persiste un gran desconocimiento de los escritos de Marx y Friedrich Engels sobre la dialéctica de la raza y de la clase en la guerra civil americana, algo que he intentado remediar en mi último libro, Marx at the Margins: On Nationalism, Ethnicity and Non-Western Societies 1
Frantz Fanon: la dialéctica de la raza, de la clase y de la revolución
Una feliz coincidencia hace que este año, 2011, se celebre también el 100 aniversario de la revolución china de 1911 cuyo objetivo era la lucha contra el imperialismo y el despotismo indígena, al tiempo que reivindicaba la democracia y la emancipación de las mujeres. Más en relación con el tema que aquí nos interesa, conmemoramos también este año una tercera efeméride, el 50 aniversario de la muerte del gran revolucionario y filósofo afro-caribeño, Frantz Fanon, quien, al igual que Marx, tiene cantidad de cosas que decirnos hoy sobre la dialéctica de la raza y de la clase. Escritor y humanista radical, impregnado de los trabajos de Hegel y de Marx, Fanon esboza una teoría de la violencia revolucionaria, a la vez que necesaria liberadora, cuando es utilizada por grupos racialmente oprimidos. El intento de Fanon se basaba en la experiencia de una de las luchas de liberación africana más radicales, la Revolución argelina. En los años 1960, en Estados Unidos, este mensaje de una revolución violenta sembró el pánico en algunos medios, principalmente conservadores, mientras que en otros, principalmente radicales, sobre todo en las comunidades negras, suscitaba admiración. En el espíritu de esta época, impregnada del concepto de guerrilla de Mao Tse Tung, el mensaje de Fanon atraía también a grupos como el de los Black Panthers.
Al mismo tiempo, este enfoque de la teoría sobre la violencia de Fanon que constituía solamente un capítulo de su libro principal, Los condenados de la tierra, oscureció el tema global de la dialéctica humanista en la obra de Fanon. Porque en la magnífica conclusión de Los condenados de la tierra, Fanon hacía un llamamiento al reconocimiento mutuo y a la solidaridad entre las divisiones nacionales y raciales, entre las naciones oprimidas y sus antiguos colonizadores. Lo hizo en una maravillosa discusión dialéctica, en la que sostenía que los pueblos de África recién independizados, durante tanto tiempo sometidos tanto a la opresión económica como a la opresión racial, necesitaban desarrollar con más ahínco la conciencia de sí mismos (self-consciousness), incluido el orgullo de su cultura y de su historia (Fanon, sin embargo, siempre fue muy crítico con todo tipo de opresión, patriarcal o cualquiera otra), a menudo tan despreciados por parte de los colonizadores. Aunque esto suponía un llamamiento a los nacionalistas negros de entonces, Fanon afirmaba en su argumentación dialéctica que esta conciencia de sí mismos en modo alguno significaba que haya que replegarse sobre sí mismo, ni como individuos ni como pueblo. Al contrario, afirmaba, que la conciencia de sí – eso que Hegel hubiera llamado un factor singular o particular – era lo que en condiciones revolucionarias nos puede hacer evolucionar de lo particular a lo universal de la fraternidad humana.
Así expresaba Fanon, con ese magnífico lenguaje dialéctico con que concluye Los condenados de la tierra:
“La conciencia de sí no es cerrazón a la comunicación. La reflexión filosófica nos enseña, al contrario, que es su garantía. La conciencia nacional, que no es el nacionalismo, es la única que nos da dimensión internacional.” 2
Esto puede resultar duro de entender, sobre todo en el contexto actual de la izquierda de hoy –como por ejemplo, en el libro Imperio de Hardt y Negri– para la que toda forma de conciencia nacional tiende a ser rechazada como reaccionaria.
Marx a propósito de Irlanda: clase, etnicidad y liberación nacional
Esta reflexión sin embargo sigue el pensamiento de Marx a propósito de la raza, de la clase y del nacionalismo. Como traté de demostrar en Marx at the Margins, muchas veces Marx analizaba la vía que lleva a la conciencia de clase y a la revolución proletaria, no de manera directa sino indirecta. Tomemos a los obreros británicos de los años 1860. Como justamente observó Marx, en la década de 1860, éstos estaban tan impregnados de condescendencia, en realidad de racismo, hacia los irlandeses – tanto con la minoría irlandesa en el seno de la clase obrera británica, como con los habitantes mismos de Irlanda, por entonces colonia británica – que llegaban a identificarse a menudo con las clases dominantes británicas. Como escribió Marx en una “circular confidencial” de la Primera Internacional el 1 de enero de 1870:
“En todos los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo entre el proletario inglés y el irlandés. El obrero medio inglés odia al irlandés, al que considera como un rival que hace que bajen los salarios y el nivel de vida. Siente una antipatía nacional y religiosa hacia él. Lo mira casi como a los pobres blancos [poor whites] de los Estados meridionales de Norteamérica miraban a los esclavos negros. La burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro de la misma Inglaterra. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico secreto del mantenimiento de su poderío”.
Nótese la comparación con las relaciones raciales en Estados Unidos. ¿Esta situación –tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña– era permanente, era una especie de “estructura subyacente”, como les gusta decir a algunos intelectuales radicales?
Según Marx, no. Marx creía que una revolución irlandesa, liberadora de este país del colonialismo, iba a superar esta situación, no sólo liberando a Irlanda del colonialismo británico, sino también abriendo nuevas posibilidades en el seno mismo de la propia Gran Bretaña. Marx oponía estos argumentos a las críticas del anarquista Mickhail Bakunin, que atacaba el apoyo que la Primera Internacional daba a los prisioneros políticos irlandeses, al considerarlo una desviación de la luchas de clases. En una carta a Engels del 10 de diciembre de 1869, escribe Marx:
“Durante mucho tiempo yo pensaba que era posible derrocar el régimen irlandés gracias a la influencia de la clase obrera inglesa. Yo siempre defendí este punto de vista en el New York Tribune. Investigaciones más profundas me han convencido ahora de lo contrario. La clase obrera inglesa nunca va a hacer nada mientras no se libre de Irlanda. La palanca debe accionarse en Irlanda. Por eso la cuestión irlandesa es tan importante para el movimiento social en general” (MECW 43: 398).
Esta aspiración – a una conexión entre los movimientos antiimperialistas y los movimientos obreros de los países imperialistas – fue un punto crucial durante todo el siglo XIX y sigue siendo primordial hoy en día.
Francia en los años 1960: del apoyo a las luchas de liberación nacional en las colonias a la Revolución social en la metrópoli
Un ejemplo dramático de esta vinculación tuvo su manifestación en los acontecimientos franceses de los años 1950 y 1960, cuando los vietnamitas, y más tarde los argelinos, arrebataron su independencia al colonialismo francés. En Francia, la Izquierda había sido derrotada en los años 1950 y tuvo que tragarse la amarga píldora del sistema político autoritario instaurado mediante el golpe de Estado de Charles De Gaulle en 1958. Pero en los 60, comenzaron a florecer nuevas redes que daban su apoyo a la revolución argelina, surgidas dentro de una nueva generación y de jóvenes intelectuales radicales como Jean-Paul Sartre. (Un ejemplo de ello es el prefacio de Sartre a Los condenados de la tierra de Fanon). Se mantuvieron firmes incluso ante la oleada de tentativas de asesinato (una contra Sartre); un género de violencia al que la comunidad de inmigrantes argelinos en Francia tuvo que enfrentarse de manera aun más brutal. Una vez que Argelia obtuvo la independencia en 1962, Francia parecía volver a un régimen conservador durante varios años. Pero de hecho, las nuevas mentalidades creadas por la revolución argelina, así como la red francesa de apoyo a esta revolución, participaron en la formación de una izquierda a la izquierda del Partido Comunista Francés oportunista y reformista y tuvieron mucho que ver en la explosión de 1968, el mayor levantamiento revolucionario en un país capitalista y desarrollado desde principios del siglo XX.
(Es verdad que un tercermundismo acrítico acompañaba muchas veces estas evoluciones; además, la red de apoyo a Argelia no era la única red revolucionaria existente antes de 1968. Habría que mencionar aquí el grupo “socialismo o barbarie”, incluso la “Internacional situacionista”, pero es importante señalar que si tuviésemos que recopilar los escritos de estos dos grupos sobre Argelia, o del movimiento anticolonialista en general, no darían para más que para un panfleto muy corto. Más o menos es la misma situación que la de las corrientes marxistas libertarias características de Estados Unidos, como las inspiradas por C.L.R. James o por el humanismo-marxista de Raya Dunayevskaya; este último grupo, en el que estoy implicado desde los años 70, reaccionó sin embargo con seriedad a las cuestiones planteadas por lo movimientos anticoloniales y antirracistas).
Marx y la guerra de Secesión: aspiraciones democráticas y realidad económica
Durante la guerra civil americana, Marx escribió alguno de sus más significativos textos sobre la raza y la clase. Aunque estos escritos fueron objeto de una cierta curiosidad en Estados Unidos después de que W.E.B. Du Bois los hubiera citado en Black Reconstruction en 1935, y que la mayoría de estos escritos fueron traducidos en el libro Marx and Engels on the Civil War in the United States de 1937 (por desgracia hoy agotado), estos textos han sido menos discutidos de lo que se hubiera podido esperar.
Marx veía la guerra de Secesión como una segunda revolución americana, con una dimensión socio-económica, pero también política. Así se expresaba en el prefacio del Primer volumen de El Capital : “Así como la guerra norteamericana por la Independencia, en el siglo XVIII, tocó a rebato para la clase media de Europa, la guerra civil norteamericana del siglo XIX, hizo otro tanto con la clase obrera europea” 3 . Por supuesto que él veía la guerra civil americana como una revolución burguesa y democrática más que como una revolución comunista, pero también creía que podía ser precursora de una revolución comunista en Europa. Y así sucedió con la Comuna de París, una revolución radicalmente comunista que estalló en Europa pocos años después del final de la guerra civil.
Como escribe Robin Blackburn en su reciente libro, An Unfinished Revolution: Karl Marx and Abraham Lincoln (2002), en el espíritu de Marx “deshacer el poder esclavista y liberar a los esclavos no necesariamente destruirían el capitalismo, pero crearían condiciones mucho más favorables para organizar y concienciar a los obreros, sean blancos o negros” (p. 13). De ese modo, la guerra crearía nuevas posibilidades para la clase obrera americana, negra y blanca. El libro de Blackburn contribuyó a poner de nuevo a disposición algunos textos de Marx sobre la guerra americana.
La guerra de Secesión tenía además importantes implicaciones, económicas pero también políticas, para Marx. Una victoria del Norte, señala varias veces, habría consolidado lo que era, con todas las reservas, una de las pocas repúblicas democráticas del mundo. Lo que se produciría, no sólo por la derrota de los secesionistas reaccionarios del Sur, sino también por la abolición de la esclavitud. Esta última medida daría lugar a una paz formal para una parte importante de la población americana, al hacer de esta democracia una realidad. (El derecho a voto de las mujeres, si bien surgió en Estados Unidos en 1860, fue, por desgracia, postergado durante 60 años a causa de una escisión entre los partidarios del sufragio para los hombres negros y las feministas).
Tampoco hay que olvidar que en 1861, prácticamente toda Europa estaba dominada por monarquías o por regímenes militares; incluso países con un parlamento fuerte, como Gran Bretaña, exigían requisitos de propiedad para poder votar que excluían del sufragio a gran parte de la clase obrera y buena parte de la clase media. Las clases dominantes de estas sociedades tendían a despreciar “el experimento” americano del sufragio masculino (blanco), aunque simpatizasen con los confederados.
La guerra civil tenía pues –escribe Marx– importantes implicaciones económicas relativas a la tierra y a la propiedad. Dada la vasta y continuamente creciente economía americana y de la proporción de esta economía que se basaba en el trabajo de los esclavos, la emancipación de cuatro millones de esclavos, sin compensación para sus “propietarios”, significaría, en términos económicos, la mayor expropiación de propiedad privada en la historia hasta entonces.
Otro aspecto económico era el de la propiedad de tierras en el Sur. Marx participaba de la esperanza de los abolicionistas y de los republicanos liberales – y de manera general de los socialistas – de que en el Sur ocupado, las políticas de reconstrucción de la posguerra se encaminarían, más allá de la creación de nuevos derechos políticos para los antiguos esclavos, hacia una real revolución agraria que destruiría las antiguas plantaciones esclavistas y redistribuiría las tierras. En el prefacio de 1867 a El Capital, por ejemplo, Marx hace alusión al programa de los republicanos-radicales, un programa que prometía conceder 16 hectáreas (forty acres) y una mula a los esclavos liberados. Se refería a Benjamin Wade, el siguiente en la lista para convertirse en presidente de Estados Unidos si hubiese prosperado, por parte de la mayoría republicana-radical del Senado, la impugnación (impeachment) contra el obstruccionista y violento racista Andrew Johnson, que fue el que sucedió a Abraham Lincoln en la presidencia en 1865 después del asesinato de éste último: “M. Wade, vicepresidente de los Estados del Norte de América, declaró abiertamente en varios mítines políticos, que después de la abolición de la esclavitud, estaba en la agenda la transformación de las relaciones del capital y de la propiedad de la tierra” (Fowkes trans., p. 93). Este programa se archivó el año siguiente, después del fracaso del Senado para destituir al reaccionario Johnson.
El apoyo crítico de Marx al Norte
Marx apoyó firmemente al Norte, incluso desde el principio de la guerra, cuando Lincoln aún se negaba a introducir en la agenda política la abolición de la esclavitud. A pesar de estas deficiencias del Norte, Marx insistía una y otra vez en que el Sur era totalmente reaccionario, al hacer del “derecho” a tener esclavos uno de los principios fundamentales de su Constitución. Al mismo tiempo, Marx emitía severas críticas públicas en contra de Lincoln. El 30 de agosto, en un artículo para el Die Presse de Viena, Marx atacó el rechazo de Lincoln de hacer de la abolición de la esclavitud uno de los objetivos de la guerra, citando extensamente un artículo del abolicionista radical Wendell Phillips. En un célebre discurso del verano de 1862, Phillips había fustigado a Lincoln como “una mediocridad de primer plano” (« first-rate second rate man »), que no ha sabido comprender que Estados Unidos “nunca conocerá la paz… si la esclavitud no es aniquilada”.
Hay que señalar también que cuando la Primera Internacional se fundó en 1864, se basaba en buena medida en las redes de obreros y socialistas de toda Europa occidental que habían apoyado al Norte. Estas redes movilizaron también a mucha gente a favor del Norte en los primeros años cruciales de la guerra, cuando Gran Bretaña y Francia parecían amenazar con una intervención al lado del Sur. En enero de 1865, después de que Lincoln no sólo hubiese pronunciado la Proclamación de Emancipación, sino también reclutado tropas negras en el ejército de la Unión, la Internacional envió un comunicado a Lincoln, redactado por Marx, felicitándole por su amplia victoria en las elecciones de 1864. Como Marx observaba en privado, esta victoria en las elecciones, al contrario de la victoria de 1860, significaba un apoyo clamoroso a las políticas de emancipación. El Gobierno americano establecía de este modo unas relaciones con la Internacional yendo directamente a la clase obrera sin pasar por los jefes del Gobierno británico cuya actitud era antagónica con la del Norte. El embajador americano en la Corte de Saint James, Francis Adams, aceptó recibir una delegación de 40 miembros de la Internacional que le entregaron el comunicado en cuestión. A lo que se añade el hecho de que, después de haber remitido el comunicado a Lincoln, Adams remitió, siguiendo sus instrucciones, una importante y calurosa respuesta a la Internacional en nombre del Gobierno americano. En la respuesta oficial de Adams se declaraba que “Estados Unidos […] puede contar con nuevas fuentes de estímulo, con vistas a perseverar en este camino, del testimonio de los trabajadores de Europa, y que la actitud nacional se ve favorecida por sus manifiestas ardientes simpatías” (reeditado en Blackburn, An Unfinished Revolution, pp. 213-14).
Al año siguiente, cuando Johnson, el sucesor de Lincoln, bloqueó el acceso a los derechos de ciudadanía a los antiguos esclavos, la Internacional hizo pública otra declaración sobre la legalidad de la esclavitud en Estados Unidos. El contundente comunicado de la Internacional al pueblo americano del 28 de septiembre de 1865, es un texto que, desgraciadamente, no tuvo gran repercusión. Se dirige directamente al pueblo americano, más allá de su presidente Johnson. Y concluye con una advertencia concreta sobre el racismo y la resistencia en Estados Unidos:
“Nos permitimos también añadir una palabra de consejo para el futuro. Puesto que la injusticia sufrida por una parte de vuestro pueblo ha producido consecuencias tan desoladoras, parémosla. Que vuestros ciudadanos actuales sean declarados libres e iguales, sin reservas. Si ustedes no les dan derechos civiles, mientras que ustedes claman por los derechos del ciudadano, habrá una lucha por el futuro que podría manchar vuestro país con la sangre de vuestro pueblo. Los ojos de Europa y del mundo están fijos en vuestros esfuerzos de reconstrucción, y los enemigos están preparados para dar el golpe de gracia a las instituciones republicanas en cuanto encuentren la mínima brecha. Os prevenimos pues, en tanto que hermanos en una misma causa común, para que retiréis cada cadena de las ramas de la libertad; así vuestra victoria será completa”.
Aunque Marx no haya escrito este comunicado, es poco probable que no estuviera de acuerdo con esta afirmación de la Internacional, organización en la que su influencia política fue decisiva.
Raza, clase y guerra civil en el Primer volumen de El Capital
El tema de la raza y de la clase, aplicado a la situación específica a la que se enfrentan los trabajadores de Estados Unidos, aparece regularmente en los escritos de Marx sobre la guerra civil. Asimismo encontramos esta temática en un pasaje de El Capital, también frecuentemente ignorado:
“En los Estados Unidos de Norteamérica, todo movimiento obrero independiente estuvo sumido en la parálisis mientras la esclavitud desfiguró una parte de la república. El trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra . Pero de la muerte de la esclavitud surgió de inmediato una vida nueva, remozada. El primer fruto de la guerra civil fue la agitación por las ocho horas que, calzándose las botas de siete leguas de la locomotora, avanzó a zancadas desde el Océano Atlántico hasta el Pacífico, desde Nueva Inglaterra a California. El Congreso General del Trabajo, reunido en Baltimore (16 de agosto de 1866) declara: “La primera y gran necesidad del presente, para librar de la esclavitud capitalista al trabajo de esta tierra, es la promulgación de una ley con arreglo a la cual las ocho horas sean la jornada laboral normal en todos los Estados de la Unión norteamericana. Estamos decididos a emplear todas nuestras fuerzas hasta alcanzar este glorioso resultado” 4 .
Este pasaje es central en el capítulo VIII sobre “La jornada laboral” en el que Marx, más que ninguna otra parte de El Capital, apunta a las resistencias de la clase obrera. Los términos explícitos al respecto han llamado poderosamente, con toda razón, la atención hasta el día de hoy: “El trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra”. Menos son, sin embargo, los que han advertido la expresión que se refiere a la lucha contra “la esclavitud capitalista” que Marx cita cuando lo retoma en el primer Congreso nacional de los obreros americanos; términos que cada vez se harán más raros a medida que los sindicatos se vayan instituyendo y burocratizando.
A ello se añade el hecho de que, como ha demostrado Raya Dunayevskaya en un trabajo sobre los escritos de Marx sobre la guerra civil que los relaciona con su crítica más global de la economía política, Marx añadió el capítulo sobre “La jornada laboral” – y la frase citada más arriba – en un borrador más tardío de El Capital. Este añadido se hizo, afirma Dunayevskaya, bajo la influencia directa de la guerra civil americana y el apoyo masivo y firme al Norte surgido entre una parte de los trabajadores británicos (este punto lo discutiremos más abajo). Como escribe Dunayevskaya, al observar el impacto de la guerra civil americana en la estructura del primer volumen de El Capital, «en tanto que teórico» Marx era «sensible a este nuevo impulso de los trabajadores” lo que le llevó a la creación de nuevas “categorías” teóricas (p. 89).
Los escritos anteriores a la guerra civil sobre la esclavitud y el capitalismo
Marx abordó ocasionalmente los temas sobre la raza, la esclavitud y el capitalismo mucho antes del Manifiesto Comunista. En una carta fechada el 28 de diciembre de 1846 dirigida a Pavel Annekov, igualmente conocido por su crítica a la versión del socialismo de Pierre-Joseph Proudhon, Marx asocia la esclavitud con el capitalismo:
“La esclavitud directa es el pivote de nuestro industrialismo actual al igual que la maquinaria, el crédito, etc. Sin esclavitud no tendríais algodón, sin algodón no tendríais industria moderna. Es la esclavitud la que ha dado valor a las colonias, son las colonias las que han creado el comercio mundial, es el comercio mundial el que constituye la condición necesaria de la gran industria mecánica. Antes de la trata de negros, las colonias apenas daban al antiguo mundo algunos productos y no cambiaba visiblemente la faz del mundo. Así pues, el esclavismo es una categoría económica de primer orden”.
En otra crítica a Proudhon, también de esta época, Marx ataca el tópico, por entonces de moda, según el cual los negros estarían predestinados a la esclavitud. Y aunque no publicó mucho sobre la esclavitud en el Nuevo Mundo antes del periodo de la guerra civil americana, hay al menos dos indicaciones que prueban su profundo conocimiento así como su simpatía por la causa abolicionista. Una de ellas se encuentra en el hecho de que, durante el año 1850, Marx fue el corresponsal europeo más importante del New York Daily Tribune, periódico abolicionista que, al parecer, él leía asiduamente.
El segundo indicio de este interés de Marx por la esclavitud se encuentra en unos cuadernos de notas privados que empezaron a publicarse sólo en las últimas décadas, en el marco de la edición en curso de la Marx-Engels Gesamtausgabe o MEGA [Obras Completas de Marx y Engels]. En estos cuadernos, que fueron ya publicados en la MEGA, encontramos extractos y resúmenes, en una mezcla de alemán e inglés, de dos libros sobre la esclavitud del abolicionista británico Thomas Buxton. En agosto de 1851, Marx leyó y anotó The African Slave Trade (1839) y The Remedy; Being a Sequel to the African Slave Trade (1840) de Buxton. Marx insiste especialmente en estas notas en la conclusión de Buxton según la cual, a pesar del hecho de que Gran Bretaña haya abolido primero la trata de negros (1807), y después la misma esclavitud (1833), el mercado transatlántico de esclavos continuó extendiéndose. Marx retoma de este modo los detalles de Buxton relativos a la importante tasa de mortalidad durante la travesía del Atlántico, incluyendo pasajes como éste: “la mortalidad que resulta del sistema aumenta proporcionalmente a la expansión del tráfico que, comparado con el periodo de antes de 1790, se ha duplicado cuantitativamente”. (MEGA IV/9, p. 496).
Esto se debía a que, como sugieren las notas de Marx al texto de Buxton, a pesar de que la flota británica había arrestado a todos los barcos de esclavos, la trata continuó clandestinamente sin que realmente disminuyese el número de seres humanos transportados para hacerlos esclavos: “hasta aquí el único cambio realizado es un cambio de pabellón bajo el que se sigue realizando la trata”. (MEGA IV/9, p. 497). Además, las condiciones en los barcos negreros se habían, imaginando que esto fuera posible, degrado aun más.
«Los esclavos ahora están sujetos a mayores sufrimientos que los soportados en el pasado por el modo en que son embarcados y ocultados, como mercancía de contrabando, cuando un barco de esclavos entra en el puerto de Río de Janeiro y de La Habana como si se tratara de un honrado comerciante que dispone abiertamente de su mercancía. El número de seres humanos ahora víctimas de la trata de negros es el doble de cuando (los abolicionistas) Wilberforce y Clarckson desempeñaban su noble tarea; y cada individuo, de entre estas altísimas cifras, además de los horrores padecidos en el pasado, tiene que sufrir el confinamiento en un exiguo rincón del navío, donde los espacios son sacrificados en favor de la velocidad” (MEGA IV/9, p. 497).
La atención que Marx presta aquí a los detalles muestra no sólo su indignación moral ante la esclavitud, sino también su creciente convicción de que la esclavitud era en aquella época una de las principales característica del capitalismo global.
En sus notas, Marx aborda igualmente el debate planteado por Buxton sobre los nefastos efectos de la trata de negros en la sociedad del Oeste de África, donde la trata se impone tanto en el orden económico como en el político. Como algunos mezquinos reyes o jefes africanos decían a los esclavistas europeos: “Nosotros queremos tres cosas. Pólvora, municiones y coñac; nosotros tenemos tres cosas para vender: hombres, mujeres y niños” (MEGA IV/9, p. 499). Marx parece así aprobar la idea de Buxton según la cual solamente concediendo a África otro tipo de desarrollo económico – sobre todo sacando ventajas de la riqueza de su tierra – pueden superarse los efectos letales de la esclavitud en la región del Oeste de África.
Raza, clase y revolución en el sur de Estados Unidos
Un ejemplo claro de la visión de Marx sobre la raza, la clase y la revolución en el Sur, lo encontramos en una carta dirigida a Engels justo antes del desencadenamiento de la guerra civil. Escrita el 11 de enero de 1860, a propósito del ataque del abolicionista John Brown a un arsenal federal en Harpers Ferry, Virginia, unas semanas antes, Marx proclama:
“En mi opinión, el acontecimiento más memorable que tiene lugar en el mundo de hoy es, por un lado, la movilización de los esclavos por la muerte de Brown y, por otro, el movimiento de los esclavos en Rusia […] Acabo de ver en Tribune que hay un levantamiento de esclavos en Misuri, por supuesto reprimido. Pero la señal ya está dada”. (MECW 41, p. 4).
La expedición de Brown, que incluía abolicionistas negros y blancos, fue un intento de provocar un levantamiento de esclavos en la región de Harpers Ferry.
Marx escribió también sobre la conciencia social y política de aquellos a los que llamaba “los pobres blancos” (poor whites) del Sur, ya que, de hecho, de los 5 millones de sudistas blancos, solamente 300.000 poseían esclavos. Cuando los Estados del Sur votaron por la secesión en 1861, lo que provocó la guerra civil, Marx informaba de la manera como los votos, durante la convención sobre la secesión, demostraban que inicialmente la mayoría de los pobres blancos no apoyaban la secesión. En un artículo del 25 de octubre de 1861, “La guerra civil norte-americana”, Marx comparaba a los pobres blancos del Sur con los plebeyos de la antigua Roma cuyos antagonismos de clase con la aristocracia patricia se fueron amainando debido a las ventajas que los plebeyos fueron recibiendo de las conquistas romanas. Refiriéndose a las maniobras del Sur para la expansión hacia nuevos territorios donde el trabajo esclavo predominaba, como se vio en la guerra mexicana de 1846, Marx afirmaba que un proceso similar estaba viendo la luz en Estados Unidos:
«En resumen, el número de los actuales esclavistas en el Sur de la Unión apenas alcanza 300.000, es decir, una oligarquía muy exigua a la que se enfrentan millones de “pobres blancos” cuya masa crece sin cesar en razón de la concentración de la propiedad de tierras y cuyas condiciones son comparables a las de aquellos plebeyos romanos en la época del declive definitivo de Roma. Sólo mediante la adquisición –o la perspectiva de adquisición – de nuevos territorios, o mediante expediciones de filibusteros es posible nivelar los intereses de estos “pobres blancos” con los de los esclavistas y dar a su turbulenta necesidad de actividad una dirección que no sea peligrosa, ya que así pueden tener el espejismo de una esperanza de que también ellos pueden llagar a ser un día propietarios de esclavos” (MECW 19: 40-41).
Como escribe August Nimtz en su Marx,Tocqueville an Race in America (2003), “La anexión violenta del Norte de México a Estados Unidos, a los ojos de Marx estaba clara. Trató de explicar la base material de eso que más tarde se llamará la falsa conciencia de los pobres blancos sudistas de antes de la guerra de Secesión y ofrece así una visión de cómo se establece y mantiene la ideología dominante” (2003: 94). Es la necesidad de crear nuevos estados esclavistas la que empujó al Sur a llevar a cabo la secesión en 1861 porque, según Marx, la oposición de Lincoln a crear nuevos estados esclavistas, cuando aún no había abolido la esclavitud en los Estados esclavistas, era una seria amenaza para el futuro del Sur en el sentido anteriormente evocado.
Pero la preocupación de Marx no era sólo explicar esta falsa conciencia. Era también la de examinar la posibilidad de una nueva forma de subjetividad revolucionaria que podía surgir de las profundidades del sistema social del Sur, algo que durante cientos de años las clases dominantes se empeñaban en impedir sin descanso: la posible alianza entre pobres blancos y esclavos negros. La misma guerra podía revertir las antiguas relaciones sociales en el Sur, permitiendo aparecer tales contradicciones sociales.
Los debates de Marx con Engels y Lasalle
Como muy bien observó Marx, la guerra civil iba a abrir también posibilidades revolucionarias para el Norte. Como se ha explicado anteriormente, Marx escribió en El Capital sobre el nacimiento de un movimiento obrero a raíz de la guerra. Además, cuando Lincoln trataba de postergar la cuestión del esclavismo, desde el inicio de la guerra, Marx escribía con la certeza de que la lógica de los acontecimientos iba, con el correr del tiempo, a forzar al Norte no sólo a sostener la abolición de la esclavitud, sino también a enrolar a regimientos negros y a conceder derechos civiles plenos a los antiguos esclavos. En este sentido, la causa nordista era del todo progresista y revolucionaria desde un principio, al menos implícitamente.
Engels, por su parte, era menos optimista en cuanto a las posibilidades de victoria del Norte, y menos aun de que adoptase políticas revolucionarias. Sobre este punto, parece que compartía, al menos desde un cierto punto de vista, la opinión de socialistas europeos como Ferdinand Lasalle – a menudo blanco de las virulencias críticas de Marx que le acusaba sobre todo de ser partidario del socialismo de Estado, o peor aun – en el sentido de que el Norte carecía de radicalismo revolucionario y de una voluntad real de combatir. Esto significaba que el Sur hubiera podido triunfar en esta guerra, principalmente a causa de las indecisiones del Norte que contrastaban fuertemente con la resuelta voluntad del Sur de combatir para defender sus instituciones reaccionarias. En su debate con Marx, Engels apunta también al hecho de que el cuerpo de oficiales sudistas estaba muy experimentado militarmente, ya que la mayoría del cuerpo de oficiales americanos había desertado del Norte por el Sur. Este debate, que se prosiguió durante varios años en la correspondencia entre Marx y Engels, constituye, a mi entender, la diferencia política más explícita en unas relaciones que duraron cuarenta años. En el curso de uno de estos debates con Engels, Marx predice, en una carta fechada el 7 de agosto de 1862, que “el Norte iba finalmente a guerrear en serio y adoptar métodos revolucionarios” que incluirían el uso de tropas negras que “iban a golpear duro sobre los nervios de los sudistas” 5 .
Internacionalismo proletario: los obreros británicos y la guerra civil americana
Una parte importante de los escritos de Marx sobre la guerra civil retoma el tema al que se refería en la Conferencia inaugural de la Primera Internacional, es decir, a la necesidad para la clase trabajadora de “dominar por sí misma los misterios de la política internacional”, algo que más tarde los marxistas llamarán el internacionalismo proletario. Desde el inicio de la guerra se temía una intervención británica o francesa al lado del Sur, lo que le hubiera ayudado considerablemente a asegurarse la victoria. Como Marx y otros socialistas y sindicalistas habían visto, como las fuerzas conservadoras, sobre todo las surgidas de la aristocracia terrateniente, intentaban avivar los sentimientos de la población contra el Norte. En este sentido, uno de los argumentos de estas corrientes conservadoras era el bloqueo de los puertos sudistas por parte del Norte, que impedía la exportación de algodón y provocaba una situación económica desastrosa para los obreros del textil de Manchester y otros centros industriales.
En “La opinión pública inglesa”, un artículo publicado en el New York Tribune el 11 de enero de 1862, Marx describe la manera como las clases obreras británica e irlandesa se negaban a prestar atención a los gritos de guerra de la clase dirigente británica, incluso después de que la flota americana hubiese abordado un navío británico a bordo del cual se encontraban dos diplomáticos confederados que se dirigían a Londres:
«Incluso en Manchester el estado de ánimo de la clase obrera fue tan consciente de los sentimientos que un intento aislado de convocar un mitin a favor de la guerra fue abandonado apenas convocado (…). Dondequiera que tuvieran lugar reuniones públicas en Inglaterra, en Escocia o en Irlanda, se protestó contra los violentos gritos de guerra de la prensa y los sombríos proyectos del gobierno, declarándose por una solución amistosa de las cuestiones en litigio (…) En las presentes circunstancias, una gran parte de la clase obrera inglesa sufría directa y severamente las consecuencias del bloqueo del Sur, mientras que otra parte indirectamente estaba afectada por las restricciones del comercio americano debidas – según se les contaba – a la política egoísta proteccionista de los republicanos (…) En esas condiciones, la simple justicia exige rendir un homenaje a la firme actitud de la clase obrera inglesa, y más cuanto aun cuando se compara con el comportamiento hipócrita, jactancioso, cobarde e idiota del oficial y ‘bienintencionado’ John Bull”.
En varias ocasiones Marx publicó artículos sobre los grandes mítines de los obreros ingleses que sufrían la causa nordista, incluso sabiendo que eso les costaba a corto plazo el puesto de trabajo en su propio país. Fue uno de los mejores ejemplos en aquellas época –y en las posteriores – de internacionalismo proletario. Como hemos mencionado más arriba, estos mítines de apoyo al Norte en la guerra eran cruciales para la formación de las redes de las que emergería la Primera Internacional. Marx lo resume brevemente en una carta a Lion Philips, del 29 de noviembre de 1864; en ella se interesa por la manera como las redes de los movimientos obreros europeos que apoyaban al Norte –como apoyarían más tarde la insurrección polaca de 1863– se fusionaron en otoño de 1864 para formar la Primera Internacional:
“En septiembre los obreros de París enviaron una delegación a los trabajadores de Londres para confirmar su apoyo a Polonia. En esta ocasión se formó un Comité Internacional de los Trabajadores. Lo que no deja de tener su importancia ya que (…) en Londres la misma gente estaba a la cabeza (…) de un gigantesco mitin con (el líder liberal británico John) Brigth en St. James’s Hall, para impedir la guerra contra Estados Unidos” (MECW 42: 47).
En el mitin de St. James Hall, donde por otra parte se celebró el congreso fundacional de la Primera Internacional, fue donde los obreros británicos y otros apoyos del Norte se reunieron para denunciar una serie de declaraciones belicistas de las clases dominantes contra el gobierno americano.
En este contexto era muy natural que, aparte del discurso inaugural redactado por Marx que subrayaba los principios generales, la primera declaración pública de la recién fundada Primera Internacional fuera una carta abierta de felicitación a Lincoln con ocasión de su reelección. En esta carta, de enero de 1865, cuya respuesta por parte de la administración Lincoln ya hemos citado más arriba, la Primera Internacional explicita los principios internacionalistas que motivaron a los obreros británicos a apoyar al Norte a pesar de las dificultades económicas: “Desde el principio de la lucha titánica que lleva América, los obreros de Europa sienten instintivamente que la suerte de su clase depende de la bandera estrellada. (…) Por eso soportaron con toda paciencia los sufrimientos que les impuso la crisis del algodón y se opusieron firmemente a la intervención a favor de la esclavitud que apoyaban sus clases superiores; y un poco por toda Europa contribuyeron con su sangre a la causa justa” (MECW 20: 19-20). El texto hace referencia al hecho de que Estados Unidos era la mayor república democrática de entonces, pero también al hecho de que una buena cantidad de inmigrantes, sobre todo alemanes, participaron activamente en la guerra, a veces incluso en puestos de mando. La calurosa respuesta de la administración Lincoln, antes citada, significó la primera gran publicidad de la Internacional en la prensa inglesa.
La América de la guerra civil era una sociedad impregnada de grandes impulsos revolucionarios. Entre otras cosas, esto provocó el crecimiento de una rama de la Primera Internacional en la América de la pos-guerra civil, uno de cuyos miembros fue el abolicionista radical Wendell Phillips, el único abolicionista que pasó del abolicionismo al apoyo a los obreros en el periodo de la reconstrucción. Y como ya sabemos, las fuerzas reaccionarias, no solamente sudistas sino también los grandes capitalistas del Norte, trabajaron conjuntamente para limitar el alcance de la reconstrucción, asegurándose, por ejemplo, de que las 16 hectáreas y la mula nunca se concedieran a los antiguos esclavos. Hacia 1876, a pesar de las esperanzas, en adelante aniquiladas, ligadas a la fase de reconstrucción, un nuevo tipo de opresión racial, caracterizado por una segregación forzosa y una violenta represión, se instaló en el Sur. Ya sabemos cómo este sistema sobrevivió durante casi un siglo, hasta la década de 1960.
Me gustaría terminar con una nota más general concerniente a la visión global de Marx sobre la raza, la etnicidad y el nacionalismo y su inserción en su marco dialéctico como en un todo, también en su crítica del capital, con una cita de mi Marx at the Margins:
“Marx desarrolló una teoría dialéctica del cambio social que no era ni unilineal ni exclusivamente clasista. Al igual que su teoría del desarrollo social fue evolucionando hacia una dirección más multilineal, su teoría de la revolución, con el correr de los tiempos, empezó a centrarse cada vez más en la interrelación de la clase con la etnicidad, la raza y el nacionalismo. Marx no era un filósofo de la diferencia en el sentido posmoderno del término, en la medida en que la crítica de una sola entidad englobante, el capital, era central en toda su empresa intelectual. Pero centralidad no quiere decir univocidad o exclusividad. La teoría de la madurez de Marx gira en torno a un concepto de la totalidad que no sólo ofrece un lugar considerable a la singularidad y a la diferencia, sino que puede también hacer que estas particularidades – la raza, la etnicidad y la nacionalidad – sean determinantes para la totalidad” (p. 244).
En 1906, Werner Sombart publica su segundo ensayo más famoso. El primer puesto siempre estuvo reservado para su Refutación del Marxismo (1926), una conversión ideológica anunciada desde hacía tiempo por parte de quien, mediante su modelo intelectual, puso en entredicho la susodicha palabrita: «Moi, je ne sui pas marxiste», dijo el anciano Karl para quitarse avant la lettre de encima la infausta herencia de su pensamiento. Luego vendría, en términos políticos, el Congreso de Erfurt y su inopinada estrategia política de los dos mundos. Y en términos intelectuales, los marxistas de cátedra, muy duramente combatidos por una socialdemocracia (sin lugares en la universidad: resultado de los dos mundos) que los tachaba de apolíticos para arriba, y entre los cuales se contaba Sombart hasta su giro nazi, ya anticipado en unos trabajos de antropología obsesivamente circunscritos sobre el pueblo hebreo, cuya guinda que corona el pastel es Deutscher Sozialismus (1934): una apología sin descaro del régimen hitleriano. Aún marxista entonces, Sombart publica en 1906 la medalla plateada de su palmarés intelectual, como decimos: ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos?. Una pregunta ciertamente precipitada, como comprenderán, dado el momento de su formulación. Sombart se pregunta, como si el socialismo triunfara entonces all over the world, como si el desarrollo y la implantación del SPD no fuera una excepción, una punta de lanza en Alemania, por qué el continente que satisface las condiciones del desarrollo homogéneo, creciente y explotador predichas por Marx (las disparidades de renta entre los percentiles más altos y los más bajos en USA ya era célebre entonces), no tiene una plebe marxista convencida, se pregunta Sombart.
La pregunta quizá hasta tuviera sentido. A fin de cuentas, el primer afiliado del Partido Socialista electo a nivel federal, Victor Berger, accede como miembro del Congreso en 1910, en paralelo a la elección de Pablo Iglesias en España como diputado socialista del Parlamento. Y cabe preguntar: ¿resulta concebible acaso que la doctrina de Iglesias, defensor de «la Bendita Intransigencia», una exportación de los dos mundos alemanes, tuviera idéntico arraigo popular que Berger, mucho menos obrerista, con demandas bastante inclusivas, teniendo además en cuenta las diferencias existentes entre el sufragio caciquil ibérico y el sistema electoral americano? A primera vista —no— apenas resulta concebible. Incluso podemos llegar a tragar, pues resulta bastante intuitiva, la tipología arquetípica de Sombart: el obrero yanqui «está a gusto, está bien y de buen humor —como todos los norteamericanos—. Su visión del mundo es el optimismo —su máxima fundamental: vivir y dejar vivir—. Por ello mismo se desvanece el fundamento de aquellos sentimientos y emociones sobre los cuales un trabajador europeo construye su conciencia de clase: la envidia, la amargura, el odio hacia aquellos que poseen más, que viven en la abundancia.» Idénticas consideraciones nietzscheanas, sobre el espíritu anglosajón y su componente überemprendedor, pueblan el resto del ensayo. Sombart incurre en varios errores, tales que: tomar en serio la retórica inflada del SPD, cuyo sindicalismo siempre fue pactista en grado sumo, mientras los representantes parlamentarios agitaban el gallinero, como los antisistema (de palabra) que eran. Resulta también curioso que Sombart elija como modelo sindical la AFL, una federación laborista exclusiva para varones blancos cualificados, cuando hacía unos meses (1905, Chicago) se había fundado la IWW, siguiendo el paradigma del sindicalismo insurgente continental: un sindicato no racista y no sexista, que abogaba por la acción directa. «Acción directa significa acción industrial directamente por, para y de los propios trabajadores, sin la ayuda traicionera de falsos líderes sindicales o de políticos intrigantes», rezaban los panfletos de los Wobblies.
La década posterior a ¿Por qué no? terminaría refutando el contenido predictivo del ensayo, volviendo más acuciante el interrogante si cabe. En 1909 se funda el International Ladies Garment Workers Union, la primera organización contundente de costureras, cuyas sonadas victorias no impidieron la tragedia del 25 de marzo de 1911, el incendio de la Triangle Shirtwaist, la fabrica neoyorkina donde trabajaban cerradas con pestillo las obreras textiles, durante el aniversario del alunizaje de los colonos en Maryland (1634), ¡tierra de oportunidades! En 1912, los Wobblies organizan una acción directa en Lawrence (Masachussetts), dando comida y combustible a 50.000 huelguistas (en una población de 86.000 habitantes), aguantando ante las muertes y los arrestos provocados por la policía («Las bayonetas no pueden tejer la ropa», fueron las declaraciones del arrestado Joseph Etor, líder de la IWW en NYC), trasladando a los niños hasta otras ciudades, ante la perspectiva de una larga huelga, y finalmente obteniendo aumentos salariales entre el 5 y el 11 por 100, repartiendo las mejores compensaciones entre los trabajadores peor remunerados, ante una rendida Silk American Company. En 1913 comienza en Colorado una huelga de los mineros del carbón contra la familia Rockefeller que termina en abril del 14 con la Masacre de Ludlow, con la guardia nacional matando a varias docenas de personas, con varios cientos de mineros siendo convocados a tomar las armas, con compañías de soldados negándose a disparar sobre población civil, y finalmente, con el despliegue del ejército federal, aplacando la insurgencia.
En suma, justo unos meses antes del arranque de la Primera Guerra Mundial la pregunta de marras (Why not socialism?) resultaba pertinente, sí, pero tras unos años the correct answer sería más clara: los congresistas.
Fueron los congresistas quienes votaron el reclutamiento obligatorio para paliar las vacas flacas del patriotismo tras el hundimiento del Lusitania (la IGM necesitaba un millón de soldados, pero solo hubo 73.000 volutarios), provocando que hasta 330.000 reclutas dieran señas falsas, huyendo de las autoridades en calidad de prófugos y sediciosos (¿quién quiere morir en una trinchera?); los candidatos socialistas, opuestos desde el inicio contra la guerra, a diferencia de sus compañeros del Viejo Mundo, multiplicaran varias veces sus resultados en las elecciones municipales de 1917, comparadas con los votos de 1915: en Chicago, por ejemplo, subieron del 3,6 al 34,7 por 100. Fue el comienzo del fin. También fueron los congresistas quienes aprobaron la Espionage Act, elevando la beligerancia a religión de Estado, convirtiendo la cárcel o la muerte en la disyuntiva existencial de los socialistas que quisieran continuar abriendo la boca: 10 veranos entre barrotes para Eugene Debs (fundador del PS); la tortura y la soga para el gaznate de Frank Little (organizador del IWW en Montana); un vuelo desde el 14º piso de Park Row (NYC) hasta el suelo para Andrea Salcedo (impresor anarquista); y así hasta 4.000 personas detenidas en 1920, una vez terminada la guerra, y 249 inmigrantes eslavos deportados a la URSS (¡Sayonara, Emma Goldman!). ¿Qué opinarían pacifistas, socialistas y anarquistas del optimismo sombartiano durante el Trienio Guerrero (1917-20)? Durante el mitin que condujo a su arresto, Eugene Debs puso los puntos sobre las ies, dando (en parte) la razón a Sombart:
“Nos dicen que vivimos en una gran república libre; que nuestras instituciones son democráticas; que somos un pueblo libre y autónomo. Incluso para un chiste, eso es demasiado. […] Sí, a su debido tiempo nos haremos con el poder de esta nación y de todo el mundo. Vamos a destruir todas las instituciones capitalistas esclavizantes y degradantes. Está saliendo el sol del socialismo.”
En verdad, se estaba poniendo. Optimismo de la voluntad, dice Gramsci.
Harry Houdini convirtió en espectáculo lo que sería la enfermedad degenerativa del siglo XX: la necesidad de huir de todos los sitios a cualquier parte, de abandonar todos los nidos, de hacer del escapismo una estructura del carácter. Hombre complejo o complejísimo, de todas formas. Capitán Swing publica una serie de escritos del artista -especie de ilustrado autodidacta- bajo el título «Cómo hacer bien el mal» (traducción de Alicia Frieyro) y con prólogos del mago Teller y de Sir Arthur Conan Doyle en su vertiente espiritista.
Para decirlo cuanto antes, Houdini hizo cosas que después nadie se ha atrevido siquiera a intentar, como ser lanzado con grilletes al East River en un cajón, ser congelado en el interior de un bloque de hielo o ser enterrado, por no hablar de que puso a prueba las prisiones de máxima seguridad de Estados Unidos, sin que ninguna se le resistiera, o de su afición a saltar del ala de un avión a la de otro con las manos esposadas.
Por otro lado, el Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles era enemigo acérrimo del espiritismo, al que consideraba una estafa en todas y cada una de sus manifestaciones. Su obsesión por desenmascarar a los farsantes fracasó, sin embargo, con la famosa médium Margery Crandon (que también fue sometida a examen por la Scientific American) y acabó enfrentándole a Conan Doyle, su amigo hasta entonces. Y Conan Doyle siempre mantuvo que el don concedido a Houdini estaba relacionado con fuerzas psíquicas que desbordaban la conciencia del artista y que le sumían en la confusión a la hora de explicar la manera en que se libraba de sus encierros. El autor de Sherlock Holmes creía que el talento de Houdini se relacionaba con el fenómeno de la desmaterialización, consistente en lo que dice la propia palabra, más o menos.
Fuera como fuese, Houdini era un tipo especial, enigmático y contradictorio. Su obsesión por el conocimiento erudito -producto de una educación académica truncada a los seis años de edad- le llevó a reunir una biblioteca valorada en medio millón de dólares de la época, posteriormente legada a la Biblioteca del Congreso de Washington. Sus persecuciones contra el espiritismo no le impidieron entregar a su mujer un código que demostraría la veracidad o no de su comunicación con ella desde el otro mundo. Era un hombre recto y generoso, digamos, pero estaba fascinado por el mal en cualquiera de sus versiones (aunque no distinguía tanto entre mal y bien como entre legal e ilegal). Era fanfarrón, sociópata, vanidoso, a la vez que solidario y caritativo en extremo. Y murió probablemente de una forma estúpida, retando a un campeón universitario de boxeo a golpearle en el estómago, lo que le produjo una peritonitis mortal.
Bien, en el libro se encuentra un poco de todo: delirios sangrientos en Egipto, consejos a magos presentes y futuros, disertaciones sobre la cortesía en el escenario, cómo tragar sables o comer piedras, la cuestión de si el crimen resulta lucrativo, supersticiones de los ladrones, la eficacia de las mujeres en el crimen, etc. Está bien escrito, seguramente a dos manos entre el propio Houdini y algún otro más florido, y resulta francamente entretenido. Y, al fondo, el misterio.
De forma oportuna, reedita Capitán Swing Libros un terxto publicado por primera vez en 1922, Julio Jurenito, considerado la mejor novela de Ilya Ehrenburg (Kiev, 1891 – Moscú, 1967). Julio Jurenito que puede presumir de ir rotulada con uno de los títulos más largos de la narrativa de todos los tiempos que, por curiosidad, reproduzco aquí (“Las extraordinarias aventuras de Julio Jurenito y sus discípulos Monsieur Delet, Karl Schmidt, míster Cool, Alexei Tishin, Ercole Bambucci, Ylya Ehrenburg y el negro Aisha. En días de paz y guerra y revolución, en París, en México, en Roma, en Senegal, en Kinieshma, en Moscú, y en otros lugares, y también las distintas opiniones del Maestro. Sobre el arte de fumar en pipa, sobre la muerte, sobre el amor, sobre la libertad, sobre el juego de ajedrez, sobre la raza hebrea, sobre la construcción y otras muchas cosas”), es un libro poco conocido, pero que en las manos lectoras se convierte en una verdadera joya literaria, disparatada y genial en igual proporción. Tan soviética como antisoviética, tan occidental como antioccidental. Novela de humor extremo y rayando el absurdo, que lo satiriza todo: el viejo continente europeo, tan alienado o esquizofrénico que se precipitó, casi sin darse cuenta, en la carnicería de la Primera Guerra Mundial; la utopía de la Revolución bolchevique; la religión y casi todas la convenciones y hábitos sociales. “En Jurenito, escribe el mismo Ehrenburg, estigmaticé toda suerte de racismos y nacionalismos, denuncié la guerra, la crueldad, codicia e hipocresía de los hombres que la provocaron”.
Pero ¿quién es esta mente autorial que escribe no para las élites, élites actuales de inútiles y perdidos, sino para los pueblos venideros, para que no caigan en los mismos errores del pasado? Considerado el corresponsal de guerra más popular de toda la prensa soviética (Vasili Grossman), Ehrenburg fue un escritor y periodista soviético, de ascendencia judía, que cubrió la mayoría de las guerras. Tras su participación en las revueltas estudiantiles en la Universidad de Moscú de 1905, emigró a París donde inició su carrera como escritor bajo la influencia de Verlaine. En la capital francesa trabó así mismo amistad con Picasso, Apollinaire y Fernand Léger. Corresponsal en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, en 1917 retornó a su país. Aunque simpatizaba con la revolución bolchevique, no se sentía a gusto en la Unión Soviética, y en 1921 volvió a autoexiliarse. Ese mismo año escribió Julio Jurenito. Corresponsal más tarde en la Guerra Civil española, escribió varias obras que lo reconciliarían con el régimen soviético. A partir de 1950 se convirtió en una destacada personalidad, sobre todo cultural, de la URSS.
La acertada combinación de humor, sentido del absurdo y agudas sátiras sociales convierten a Julio Jurenito en una novela tan original como actual. En la misma Ehrenburg crea la ficción del Maestro mexicano Julio Jurenito, un personaje que amalgama en su figura la sabiduría, la ironía y un acusado sentido de lo pintoresco. Personaje sin principios, a pesar de que los defiende apasionadamente, se rodea de una “selecta” tropa de discípulos que, más que personajes de lo más variopinto, son estereotipos de sus propias nacionalidades y de los que se sirve para revelar y satirizar, deformándolos hasta el esperpento, los defectos de las mismas. La denuncia de este profeta de artistas excéntricos, banqueros, filósofos y parias, delineada con un toque bastante iconoclasta, no resulta por ello menos contundente.
En treinta y cinco capítulos Ehrenburg, escribiendo con un ritmo ágil, nos sirve en bandeja y a través de una lupa deformadora los avatares surrealistas del Maestro mexicano y de su troupe de estrafalarios discípulos entre los que se incluye a sí mismo, pues Ehrenburg ejerce a de autor, narrador y personaje representante de los judíos, a los que satiriza con la misma intensidad con la que retrata al resto de nacionalidades.
Novela esperpento pero muy coherente con la realidad que capta y plasma, de la que es fiel reflejo, y que no ha perdido actualidad porque las condiciones en las que fue escrito Jurenito en 1922 son en esencia las mismas de nuestros días, aunque las designemos eufemísticamente con otros nombres: la guerra sigue instalada en el corazón de los pueblos, muchos países siguen siendo colonizados por el subdesarrollo y la explotación, navegamos, quizás más que nunca, por mares y océanos de crisis, inseguridades y falsedad, se sigue discriminando a los pobres y continúa habiendo sociedades que son al mismo tiempo socialistas y nacionalistas. Y el fascismo no ha muerto, porque, incrustado en el corazón de muchas personas, pocas veces se le hace frente de la misma forma que refleja este breve texto de Ilya Ehrenburg: “En la Europa de los años treinta, inquieta y humillada, era difícil respirar. El fascismo avanzaba, y avanzaba impunemente. (…) Pero hubo de pronto un pueblo que aceptó el reto. No se salvó a sí mismo ni salvó a Europa, pero si para la gente de mi generación queda algún sentido de las palabras «dignidad humana» es gracias a España.”
Francisco Martínez Bouzas
Joanne Chesimard –que vive desde décadas en Cuba como Assata Shakur-, es la primera mujer incluida en la lista de los terrorista más buscados por el FBI, con una recompensa que asciende a dos millones de dólares. Quien fuera activista miembro de los “Panteras Negras” y de los Black Liberation Army y condenada por asesinato en 1979, se convirtió en prófuga y asilada en la patria de los Castro. Su autobiografía acaba de aparecer en el la Capitan Swing cuando coincide con la muerte de los dos agentes norteamericanos.
Lo que ocurrió o dejó de ocurrir no es asunto que podamos dilucidar. Tampoco cuánto hay de verdad o de leyenda en las páginas que todo espejo cóncavo y convexo que cualquier autobiografía supone. ¿Qué sucedió en el momento de ser detenida por los patrulleros, de quien ahora se cumple el aniversario de sus muertes? Según los registros policiales, la perteneciente al BLA abrió fuego contra ambos hasta que resultaron heridos de muerte. Para sus defensores, las garantías procesales del juicio fueron nulas.
Durante décadas de exilio castrista, la autora y personaje de estas páginas de memoria y carne se ha convertido en muchas cosas y con múltiples aristas: Representante icónica de la necesidad de igualdad étnica, símbolo épico contra el racismo, luchadora íntegra, delincuente, prófuga…La lista se elonga o contrae con cada movimiento, conciencia o ideología de quien la aborde. Sólo con la cercanía o la distancia, se subraya la longitud de su verbo y su memoria plagada de aciertos y errores cardinales…. Pero como toda historia, ésta, también, tiene un principio:
Nacida Joanee Deborah Byron y cuyo nombre de casada cambiaría por el de Joanne Chesimard, quien llegara al mundo en 1947, narra en este libro editado por “Capitán Swing” su periplo vital que arranca con una infancia en la que los derechos básicos de un ser humano eran vetados por el simple hecho de ser negro –la ley segregacionista Jim Crow aún no había sido abolida- y continúa con una fuerte toma de conciencia en su entrada del mundo laboral coincidiendo con las protestas sesenteras hasta hacerle cuestionarse ese ejercicio de epifanía diaria en el que vivían los hombres y mujeres afroamericanos. Su sistema operativo se va volviendo más combativo hasta involucrarse en la lucha por los derechos civiles. Es el momento en que se une a los “Panteras Negras” para después formar parte de las filas del BLA (Black Liberation Army). El final, toda su biografía es tinta publicada en la prensa de medio mundo: Humillada, detenida, acusada de robo, asesinato y secuestro –aunque finalmente se la condenó por un único crimen, cuyas pruebas no llegaron a ser concluyentes-, fuga carcelaria y asilo en Cuba, de donde, hasta el momento, no existe ley de extradición con EEUU.
La cartografía de su existencia está jalonada de pequeños y grandes hechos que finalmente impelen a un ser humano a su postrera configuración. Como el momento en que nunca se dio una fecha cierta de su nacimiento en tanto que es imposible encontrar registro alguno de su llegada a este mundo. Una cruel imagen con la que Assata reseña la “invisibilidad” de los negros. Su infancia no fue más halagüeña: Poco después de llegar al mundo, sus padres se divorciaron y se vio obligada a vivir bajo un techo tumultuoso ocupado por su madre, su tía y su abuela y su abuelo en Jamaica. Siendo una niña trabajaba en la tasca familiar y en la playa, siendo su único respiro onírico el amor que su abuelo el inculcó por la lectura. El resto de sus años hasta la emancipación, transcurrió entre una vida desestructurada, yendo de norte a sur, alternando miserables trabajos, mientras se iba alimentando de los preceptos, denuncias y proclamas de Martin Luther King primero, y de Malcom X. No sólo en los fines, sino también en los medios, su conciencia fue ensanchándose y alargándose de forma exponencial.
Hay un instante escalofriante en las páginas de esta autobiografía, que, para quien tenga las heridas del pasado abiertas será un claro espejo en el que comprender la desolación futura: Baile en la escuela. Nadie quiere bailar con Assata porque es negra, hasta que un muchacho de su clase, le espeta: “si me das una moneda de diez centavos, te saco a la pista”… Fue la única niña en no bailar en la fiesta. Anécdota, posiblemente baladí que, a la postre, supone una cimentación de profundo dolorosa que fue nutriendo a esta futura activista de la sopa negra de los espartanos….
En los 90, Assata Shakur, ya exiliada en la isla castrista, escribió al papa Juan Pablo II desde Cuba. “¿Por qué soy una amenaza? ¿Por qué merezco tanta atención?” Sus palabras se hacían eco a la petición formal del Congreso de Estados Unidos al Gobierno cubano, de su extradición, y pretendía utilizar un viaje del pontífice a la isla para que éste presionara. Ella ha sido una de las obsesiones del FBI desde que el presidente Nixon elevara a categoría de política nacional la reacción a los lisérgicos y reivindicativos preceptos sesenteros sobre la “Ley y Orden”.
DETENCIÓN Y FUGA
En torno a su de su detención hay una cadena de sospechas: “Había luces y sirenas –escribe Assata-. Zayd estaba muerto. El aire era como cristal frío. Me sabía la boca a sangre y a tierra. El coche daba vueltas a mí alrededor. Poco después, se apoderó de mí algo parecido al sueño. De fondo, me parecía oír algo como disparos. Pero perdía la conciencia y soñaba”. Es así, como arranca esta autobiografía, gracias al cual las autoridades norteamericanas supieron en 1987 que la fugitiva militante de del Ejército de Liberación Negra, y acusada del asesinato de un policía en 1973 durante el incidente anterior, llevaba tres años viviendo en Cuba.
La activista, en 1973 fue detenida en un control de carretera en Nueva Jersey cuando viajaba en coche junto a otros dos militantes, en el que se produjo un tiroteo donde murieron un policía y uno de sus compañeros. Ella resultaría gravemente herida. Lo que siguió fue, según relataron ella misma y diversas organizaciones por los derechos civiles, “una farsa de juicio en la que resultaría condenada a prisión en 1977 bajo cargo de asesinato”. Desde el incidente del coche hasta la sentencia permaneció en condiciones lamentables en prisiones estatales y federales, donde fue torturada y humillada en multitud de ocasiones –siempre según ella misma relata en este libro-. ¿La paranoia nixoniana estaba en su apogeo y el FBI, pese a la muerte del inquisidor de los movimientos de liberación J Hoover, se aplicaba sin desmayo?
En 1979 se fugó de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, Nueva Jersey. Hasta 1984 viviría en la clandestinidad. Ese año escapó a Cuba, donde le fue concedido asilo político. Es allí donde escribió esta vibrante y optimista autobiografía, en la que reivindica su trayectoria y se pregunta cómo es posible considerarla un peligro tras el relato de las infamias que, “por ser negra”, padeció. Si ese era el leitmotiv del libro, fracasó, pues en 2005 fue agregada a la lista de terroristas del FBI, en la que se ofrece un millón de dólares por su captura y ahora se ha doblado
Su vida causa adeptos y detractores, pero sus palabras conforman ya verbo para la Historia contemporánea de los derechos civiles –a favor o en contra- en un libro que alterna capítulos dedicados al germen de su causa con otros donde acomete su encarcelamiento, trabas judiciales a las que tuvo que enfrentarse, entretejiendo su propia experiencia con la de millones de personas y analizando las causas de un racismo que tampoco se puede desvincular de un sistema que margina al “diferente”. En modo alguno es una biografía complaciente, e incomodará –y causará infinidad de controversias- entre quienes defiendan las versiones oficiales y aquellos que se ocupen de las oficiosas. Tampoco pone en un pedestal la lucha armada, ni da detalles de su fuga sino que cuestiona una sociedad racista donde ser “distinto” se paga con la exclusión”
CUBA, CONTRA EL RACISMO…
Su voz no se ha sofocado. Aunque los hermanos Castro y su proverbial odio americano les haga abrazar “voces” y “reivindicaciones” que puedan no compartir, ASSATA continúa en su lucha contra el racismo y la segregación racial. No en vano, en la Isla –con cineastas que saben escorar los mandatos del régimen se rodó una película-documental sobre Shakur, “Ojos del arco iris”, escrita y dirigida por la cineasta cubana Gloria Rolando, apareció en 1997. De forma paralela, el mundo jurídico ha seguido girando y la Conferencia Nacional de Abogados Negros y Mos Def se encuentran entre las organizaciones profesionales y artistas para apoyar a Assata Shakur. Las “Manos Fuera de Assata” es una campaña está organizada por Dream Hampton. Artista de Hip-hop Common que registró como homenaje a Shakur, con el apoyo de su álbum : “A Song for Assata“. Muchos otros grupos han grabado canciones similares a favor de la causa de Skakur, que a su vez se ha manifestado como firme defensora del rap y la comunidad musical del hip-hop…. Sea como fuere; esté donde esté; y haya hecho lo imputado o erróneo que se le atribuye, es innegable que para la comunidad negra supone “una causa célebre”
“Filósofo de la democracia” es el apelativo que George Kateb utiliza para definir a Walt Whitman en la “Introducción” (se trata del conocido trabajo crítico Whitman and the Culture of Democracy,1992) de este magnífico volumen en el que se incluye su celebérrimo Perspectivas democráticas junto a otros escritos de índole más personal no traducidos -que yo sepa- hasta ahora al español. Y, efectivamente, al concluir la lectura de este libro uno considera que el autor de Hojas de hierba tiene tanto de filósofo y politólogo como de poeta. Lo que Whitman nos está presentado -y me refiero exclusivamente a Perspectivas democráticas- es el desarrollo intelectual de su percepción política, de lo que según él debiera ser la democracia norteamericana. Parte de principios similares a los de Thoreau en Of Civil Desobedience, en cuanto a la exaltación del individuo, y su argumentación parece evocar aquella de Thomas Paine -alabado en los escritos posteriores- en “The Crisis”, al asumir su proyección en el futuro: “Es una gran palabra [la democracia], cuya historia, me imagino, sigue sin escribirse, porque esa historia todavía tiene que ser llevada a la práctica.” (p. 94).
La principal aportación de Whitman a los principios democráticos tiene que ver con la incorporación del elemento cultural. Parece sugerir que un pueblo sin cultura nunca alcanzará la verdadera democracia: “Yo afirmo que la democracia no podrá nunca mostrarse como es allende la pura teoría si no se lanza a fundar y a cultivar lujuriantemente sus formas nuevas de arte, poemas, escuelas, teología, desplazando todo cuanto existe…” (p. 62). Un punto de vista en concordancia con su principio filosófico en torno a su asunción del cuerpo y el alma como unidad indivisible constitutiva del ser humano, y no como una dualiad. Al igual que en su poesía también en estos escritos ensalza el aspecto individual de la persona muy por encima del aspecto social. Entiende, por ejemplo, que siendo necesarios los partidos políticos para la construcción de una sociedad democrática, pueden representar un peligro para la propia democracia en tanto en cuanto sus intereses partidistas pueden no coincidir con los individuales. Se trataría de una singular derivación política de los principios ya expuestos por Emerson respecto a los conceptos de “Inner Soul” y “Over-Light”. No en vano Ralph Waldo Emerson es uno de los autores citados en la parte del volumen correspondiente a los “Otros escritos” referidos en el título.
Con el título genérico de “Días cruciales en América” se han agrupado de forma cronológica más de doscientas micro-narraciones que nos sirven para conocer de primera mano al autor. Por su temática podríamos subdividirlas en tres apartados relativos a sus recuerdos de índole autobiográfica, sus sentimientos ante y sobre el horror de la guerra -recordemos que fue enfermero de la Unión- y por último una serie de impresiones sobre aspectos nimios a primera vista pero que se antojan “poesía narrada”; en esta tercera parte también se incluyen reflexiones sobre algunos autores contemporáneos -W.C. Bryant, T. Carlyle, Longfellow…- con motivo de su fallecimiento. Es en esta parte, por ejemplo, donde menciona a Emerson, asegurando que tras una larga conversación con él entendió que “nunca había tenido un juez tan completo y convincente”; pero lejos de seguir los consejos de Emerson se sintió “más dispuesto que nunca a afirmarme en mi propia teoría y a ponerla en práctica.” (p. 360).
Me ha resultado especialmente interesante la segunda sección dedicada a los horrores de la guerra; uno de los mejores alegatos antibelicistas que conozco. En ella descubrimos a un Whitman más humano que poeta, y que se siente aterrorizado ante la tragedia de la contienda. Pese a mostrar su admiración por Lincoln no entra en juicios de valor respecto a la justicia de los motivos que han provocado la guerra. Lo que él ve y describe son seres humanos destrozados. Le interesan los personajes anónimos que son quienes verdaderamente sufren las consecuencias: “Su historia íntima no sólo nunca será escrita, sino que su realidad, la minuciosidad de sus hechos, de sus pasiones, nunca será ni siquiera sugerida.” (p. 37).
Se hacía llamar ‘El Gran Auto-Liberador, Rey Mundial de las Esposas y Escapista de Prisiones’, pero ha llegado hasta nuestros días como ‘El gran Houdini’. Nadie a día de hoy sabe cómo lo hacía y, en su momento, se llegó a hablar de desmaterialización y poderes psíquicos, y no de trucos. Todo un enigma.
Nacido en Wisconsin en 1874, Eric Weiss, como se llamaba realmente, decía que una voz en su interior le dictaba lo que debía hacer y cuándo hacerlo y que, si en alguna ocasión la desoía, podría llegar a morir. Más allá de eso, jamás reveló nada a nadie, ni siquiera a su esposa.
Viajara a donde viajara, superó toda clase de retos. En Holanda pidió a los cesteros locales que confeccionaran una cesta alrededor de su cuerpo. Y salió de ella. En Moscú lo encerraron en el furgón donde se transportaba a los condenados a Siberia, pero se fugó. En California, lo enterraron a un metro y 80 centímetros de profundidad y salió ileso. Y el 2 de diciembre de 1906 saltó del puente Old Belle Isle de Detroit atado con varias esposas, y se soltó debajo de un agua helada que habría paralizado a cualquiera, tal y como hizo en la Bahía de San Francisco al ser arrojado con las manos atadas a la espalda por grilletes y una bola de 34 kilos amarrada a su cuerpo. Y no fueron esas sus únicas hazañas.
«Toda su vida fue una larga sucesión de tales proezas y, cuando digo que entre ellas se encontraba saltar de un aeroplano a otro, con las manos esposadas, a una altura de tres mil pies, podemos hacernos una idea de hasta qué extremos era capaz de llegar», contaba su amigo y observador de sus hazañas, el escritor Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes.
Y siempre había prensa para hacerse eco, porque el ‘gran Houdini’ era un agente publicitario extraordinario. «No se detenía ante nada cuando veía la posibilidad de hacerse propaganda. Incluso cuando iba a dejar flores en las tumbas organizaba de antemano la presencia de fotógrafos», escribía Conan Doyle.
Sus flaquezas
Amén de su encarnizada campaña contra el espiritismo, que más de una vez le costó tener mala prensa, a Houdini le perdía su vanidad infantil, que dicen que resultaba más graciosa que ofensiva. A su hermano, de hecho, le presentaba con la siguiente frase: «Éste es el hermano del gran Houdini». Para qué decir más.
Él, que reverenciaba la erudición, ya que su padre era rabino, estaba atormentado por su escasa formación, porque asistió a la escuela solo hasta sexto curso. Por ello invirtió gran parte de su fortuna en libros.
«Su colección atestaba su casa desde el sótano hasta el ático. Contrató a un bibliotecario y en una ocasión presumió ante un corresponsal de vivir en una biblioteca», cuenta el mago Teller.
Tras su muerte por una rotura del apéndice tras un experimento en el que demostraba la dureza de los músculos de su abdomen gran parte de su colección pasó a engrosar la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Houdini también aspiraba a ser escritor y llegó a publicar algún libro y artículos periodísticos en los que daba consejos a sus compañeros de profesión o contaba los métodos usados por algunos delincuentes, a los que tenía acceso porque ante él todos hablaban y así era capaz de obtener más información que la Policía.
De entre las historias recopiladas en ‘Cómo hacer bien el mal’, libro de Houdini que se editó por vez primera en 1906 y que ahora se publica en España, destaca un ingenioso truco para robar en las joyerías.
«Uno de los ladrones de diamantes más inteligentes y sin escrúpulos del que he oído hablar jamás perfeccionó un ardid para robar a la luz el día gemas sin engarzar que durante un tiempo tuvo en jaque a detectives de Londres y París», escribía Houdini.
En él, una dama que podría hacerse pasar por la esposa de un banquero entraba en una joyería y pedía que le mostraran diamantes. Mientras los examinaba, una segunda dama se acercaba al mismo mostrador, momento en que desaparecía una de las joyas. Entonces se avisaba a la Policía y, tras registrar a todo el mundo, nada.
El truco: una de las damas ocultaba la piedra preciosa en un chicle y lo pegaba bajo el mostrador. Ahí permanecía hasta que, tras la infructuosa búsqueda, un tercer miembro de la banda entraba en la tienda y se lo llevaba tranquilamente.
Este y otros trucos son los que Houdini fue averiguando en sus entrevistas con gente de «un mundo cuyo bien más preciado es la evasión con éxito de las leyes», decía.
Al final, y de algún modo, esos delincuentes se sentían conectados al gran escapista, aunque las rejas a estos sí les detuvieran.
“No, estimado lector, no es mi propósito contarle cómo abro cerrojos, cómo escapo de una celda en cuyo interior he sido encerrado, tras haber sido desnudado por completo y maniatado con pesados grilletes. No es mi intención contarle en este libro cómo escapo del baúl o de la caja fuertemente atada y claveteada en la que he sido confinado, ni cómo descerrajo cualquier esposa reglamentaria que pueda fabricarse. No todavía. Puede que algún día lo cuente, y entonces lo sabrá. Por el momento, prefiero que todos aquellos que me vean saquen sus propias conclusiones”. Publicado originalmente en 1906, Cómo hacer bien el mal no es por tanto un tratado donde Harry Houdini (1874-1926) enseña los bolsillos de su chaqueta al público y revela los trucos que lo convirtieron en el mago más famoso del mundo. Pero en él demuestra ser un escritor tan astuto como ilusionista.
Fruto de entrevistas con delincuentes y agentes de policía, de recortes de periódico y de sus propias lecturas, este libro publicado por Capitán Swing es una recopilación de textos en los que, el autodenominado “Gran Auto-Liberador, Rey Mundial de las Esposas y Escapista de Prisiones”, deja en evidencia los métodos utilizados por pillos, carteristas, estafadores y otros profesionales de lo ajeno a la hora de cometer sus crímenes. Como los buenos magos, los buenos ladrones deben conseguir que su víctima mire a la luna y no al dedo que la señala, porque ése es el que tiene que trabajar sin ser visto. La labia hace milagros, o mejor: hace creer en milagros.
Algunas notas biográficas de Houdini ofrecen pistas sobre la escuela donde aprendió a ser tan ágil con las manos como con la palabra. Cuando tenía nueve años entró como aprendiz de un mecánico, poco después se escapó de casa, se unió a un circo “y pronto aprendí a ofrecer espectáculos de marionetas de cachiporra, ejercer de ventrílocuo y hacer de payaso en los bares. También echaba una mano en la orquesta, a saber, tocaba los platillos. De esta forma adquirí la experiencia que posiblemente me preparó para adentrarme en el mundo del Rey de las Esposas y Escapista de Cárceles, título que me he ganado justamente”.
Contra los malos
El ladrón y el mago son tan buenos moviendo las manos como reventando cerraduras, no digamos ya escapando de cárceles. Los hay que usan artilugios trucados dignos de un espectáculo de magia: sofisticadas maletas que sirven para robar otras maletas mientras se espera al tren en un andén, brazos falsos, baúles y hasta sofás manipulados para que en su interior quepa un adolescente o una mujer menuda, que serán los encargados de desplumar a los incautos en su propia casa.
Houdini reconoce que escribió Cómo hacer bien el mal para “salvaguardar al público contra las prácticas de las clases criminales, desvelando sus diferentes trucos y explicando los diestros métodos de los que se valen para defraudar”. No busquen paralelismos, por clases criminales se refiere a las marginales no a las poderosas con cuentas en Suiza. Esas sí que tienen bien ensayado el truco: con chasquear los dedos y hacer desaparecer montañas de monedas, tamaño tío Gilito. El mago confía en que su experiencia valga, además, para colocarse “en una posición en la que sea menos propenso a convertirse en víctima”.
Por el camino, eso sí, Houdini se permite el lujo de desvelar algunos de sus secretos con cuerdas, cadenas y demás instrumental, si bien adelanta que “se puede decir que NO SALE A CUENTA LLEVAR UNA VIDA DESHONESTA, y para aquellos que lean este libro, aunque les informe sobre Cómo hacer bien el mal, sólo les puedo decir una cosa, en tres palabras: NO LO HAGAN”. Las mayúsculas son suyas.
Los buenos magos, buena promoción
Además del rey de los magos, Houdini fue también el rey del márketing y del autobombo un siglo antes de que los virales nos robaran las mañanas procrastinando. Era una showman y un fabricante de marca. Pecó de vanidoso y atacó sin piedad a imitadores y estafadores, especialmente a los que practicaban el espiritismo, como los médiums y videntes. Fue un rey autodidacta que cultivó su intelecto e invirtió gran parte de su fortuna en una espléndida biblioteca.
En la parte central del libro, Houdini da consejos a magos. Lo básico es tener buenos modales y altas dosis de persuasión. Como experto publicitario que era, consideraba que el éxito de la actuación no dependía tanto de la ejecución del truco, sino de “cómo se comunica”. Cómo abordar al público es lo más importante y si los magos no suelen alcanzar el estrellato, escribe Houdini, es porque “creen que todo lo que tienen que hacer es disponer sus artilugios sobre la mesa y saltar de un truco al siguiente”.
“El experimento y los artilugios son secundarios”, suelta. Lo que tenga que decir, dígalo con convencimiento, como si creyera en su propio milagros, aconseja. Si encima se aporta un poco de humor a la representación, mucho mejor.
Houdini el escritor
Lo que sigue es un viaje en el tiempo, una vuelta a la época en que las ciudades eran un hervidero de personajes fascinantes, de falsos hombres-elefante y charlatanes vendedores de crecepelo, antes de que la magia y el misterio fueran barridos por completo de la faz de la tierra, dejándonos como estamos. Algo aburridos.
Muchos de los artículos de Houdini parecen estar planteados al lector como un relato de misterio, como un desafío en el que él juega el papel detective que debe resolver un robo, con esa mezcla de gélida profesionalidad y teatralidad en la puesta en escena típica de los sabuesos de la literatura. En alguna ocasión el propio Houdini llega de disfrazarse con bigote y peluca falsos para ello, algo en lo que Sherlock Holmes le llevaba ventaja. La conexión del mago con Conan Doyle fue por tanto también literaria, no se limitó a su amistad ni al texto que padre de Holmes escribió sobre él (El enigma de Houdini, también incluido en el volumen que se publica ahora).
Lo que les separó fue la manera de enfrentarse a lo paranormal. El paciente, y más bien crédulo, Doyle estaba convencido de que los poderes de Houdini tenían “naturaleza psíquica” y que eran “un don de dios”, e incluso de que la muerte del mago había sido una especie de venganza de “otras fuerzas que escapan al control humano” ante los esfuerzos de Houdini por desacreditarlas.
No en vano ya le venían avisando desde hacía un tiempo con diferentes señales. Para Doyle, la “profecía” terminó por cumplirse y Harry Houdini, que aprovechaba cada oportunidad que tenía para “ridiculizar algo que yo considera una causa sagrada”, murió envuelto en el mismo misterio con el que trabajó durante su vida.
El arte de escapar
La conexión de Houdini con Lovecraft nació de un encargo del fundador de la revista Weird Tales en 1924, que intuyó con olfato que incluir al popular mago en su publicación podía relanzarla y atraer a los lectores. Entre otras colaboraciones, el acuerdo con Houdini incluía la publicación de algunas historias bajo su nombre aunque escritas por otros. Lovecraft fue el negro, y de la mezcla de una supuesta experiencia vivida por Houdini en El Cairo y la imaginación alucinada del escritor de Providence nació el relato Bajo las pirámides, que abre de manera magistral esta edición de Cómo hacer bien el mal.
En él, un Houdini fascinado con los misterios de Egipto, un país “oscura cuna de civilización” y “manantial de horrores y maravillas innombrables”, es secuestrado, atado e introducido en lo que parece ser un templo en la meseta de Guiza, con el objetivo de demostrar que podía salir de semejante laberinto con vida.
El mago se enfrenta allí a un “espeluznante suplicio”, marca de la casa Lovecraft: construcciones ciclópeas, espacios mohosos, anormalidades malignas, “nauseabundos vacíos inferiores” y otras experiencias de horror cósmico y amorfa hechicería, que describe como “el éxtasis de las pesadillas y el súmmum de la crueldad extrema”. Ni que decir tiene que, en su relato, consiguió escapar de ahí abajo.
Ha querido el todopoderoso FBI darle más relevancia a la traducción al español de la autobiografía de Assata Shakur. A primeros de mayo, la agencia federal de investigación elevó a dos millones de dólares (1,53 millones de euros) la recompensa por alguna pista sobre el paradero de esta antigua activista del revolucionario Partido de los Panteras Negras, a la que además situó en la lista de los 10 terroristas más buscados (es la única mujer en esa clasificación). ¿Quién es Assata Shakur? El libro que ha editado Capitán Swing (20 euros) es el relato en primera persona de alguien que se declara inocente del asesinato del policía Werner Foerster, por el que fue condenada a cadena perpetua en 1977. Assata se fugó de la prisión de Clinton, en Nueva Jersey, el 2 de noviembre de 1979, y tras un lustro de huidas se marchó a Cuba. En 1987 escribió Una autobiografía.
Assata arranca su relato cuando se encuentra en estado crítico, herida de bala, tirada en el suelo mientras espera ser trasladada a un hospital. Era el 2 de mayo de 1973, una pareja de policías dio el alto al coche en el que ella viajaba con dos amigos. Se produjo un tiroteo que acabó con la vida de un agente y de uno de los compañeros de Assata, Zayd Shakur. Esta mujer nacida en Nueva York el 16 de julio de 1947 como Joanne Chesimard alterna en su autobiografía los capítulos sobre su vida desde que era «un bebé gordito y alegre», con los que detallan su vía crucis judicial, hasta seis causas, de las que sale inocente una tras otra porque las acusaciones no tienen consistencia. «Todos los casos se desmontaron», señala Ethel Odriozola, una de las dos traductoras de la obra (junto a Carmen Valle) y a quien ha llamado la atención cómo Assata cuenta el horror de su vida en prisión con un estilo sencillo, «sin concesiones a metáforas». «Me parece un personaje fascinante».
Tras cuatro años de cárceles en condiciones terribles, palizas y torturas psicológicas incluidas, Assata es condenada por el suceso de la autopista de Nueva Jersey, aunque «las pruebas demuestran que ella no pudo hacerlo», añade Odriozola. En el juicio se constata que le dispararon en la clavícula cuando estaba sentada en el coche y tenía los brazos en alto; varios expertos declararon que no había residuos de pólvora en sus dedos, ¿cómo pudo disparar a alguien? Demasiadas dudas, pero «era un momento en la historia de Estados Unidos y un caso por el que no podían dejarla escapar». Sus abogados estaban convencidos de que el racismo estaba detrás de la sentencia.
El libro es también un paseo por la convulsa sociedad de EE UU de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. La de los movimientos revolucionarios que lucharon contra la vergüenza de la segregación racial, en ocasiones con las armas en la mano. La de un brutal sistema penitenciario en el que se mantenía el lodo del semiesclavismo, con presos empleados como trabajadores sin sueldo. La de la guerra sucia del FBI, que a través de un programa de contrainteligencia desbarató las organizaciones de izquierdas que nacieron al calor de la contracultura.
«Esta autobiografía es muy conocida en EE UU y cuando se estudia a los autores negros en las universidades está siempre ahí», explica Odriozola. La publicación de esta clase de obras por Capitán Swing, editorial nacida en 2009 con una propuesta «contracultural y disidente», busca analizar las dinámicas sociales del pasado para ayudar a comprender el presente, cuenta su editor, Daniel Moreno. Quizá la razón del éxito y las sucesivas ediciones de Una autobiografía en el país de Assata esté en el estilo de la autora, «que no cae en lo fácil de quedar bien», sino que muestra sus errores, lo que piensa cuando era una adolescente, como su apoyo a la guerra de Vietnam, y cómo va evolucionando hasta forjar su carácter indómito. Otro atractivo del texto es que a pesar de las asperezas que desgrana, deja pequeños espacios para las situaciones tiernas, para los sentimientos.
El libro se completa con un glosario para que el lego en la materia sepa, por ejemplo, quién fue Elmer Pratt, un pantera negra que pasó 27 años en prisión acusado en falso de asesinato, o hasta qué año tuvieron vigencia las leyes de segregación racial Jim Crow. Si a Assata le llega algún día este libro podrá comprobar cómo suena en español, el idioma del país en el que vive escondida, lo que escribió hace 26 años, la historia de su vida.
Me parece que el nombre de Alexander Trocchi (1925-1984) dice poco en España. Sus años de mayor actividad coincidieron con épocas poco abiertas de nuestro país. Trocchi, escocés de padre italiano, fue un universitario, muy culto, que asumió con algún anticipo la idea –hoy no tan rara- de que el mundo necesita cambios radicales en la manera de vivir y saber. Rebelde asumido, comprendió que hacer cultura, despertar inteligencias, era estar contra el Poder. En los años 50 dirigió en París una célebre revista internacional, “Merlin” en la que colaboraron desde Samuel Beckett o Henry Miller hasta Pablo Neruda. En esa época Trocchi publicó la antología “Writers in revolt” (Escritores en rebeldía) que ya indicaba su camino. Amigo de Maurice Girodias, el editor que publicaba en París, en raras ediciones, casi todo lo prohibido – Burroughs, por ejemplo- en esa Olympia Press, Trocchi editó novelas pornográficas, con los pseudónimos de Carmencita de las Lunas o Frances Lengel. Entró en contacto con Guy Debord, uno de los padres de la “Internacional Situacionista”. Sus postulados: crear un saber sin fronteras y más libre contra la sociedad de consumo y muy cerca de lo que, con los beat, en EEUU, empezaría a ser la contracultura.
Viviendo ya en California, Trocchi se hizo adepto a la heroína sin dejar sus convicciones rebeldes (quizá como una parte menos lúcida de ellas) y a principios de los años 60 publica “La insurrección invisible de un millón de mentes”, el artículo que da título a la colección de ellos que acaba de publicar Capitan Swing. Como cuando Debord publique, en 1967, “La sociedad del espectáculo”, no hacen sino aproximarse al deterioro que el consumismo causa en la cultura y en el individuo, que ha de luchar para mantener su razón y su libertad. Muchos vinculan a Trocchi con Burroughs por un lado y con Debord, por otro. Era un analista, un hombre culto y lúcido, pero también un escritor (esta antología recoge algunos relatos) que hablan del despierto inconformismo, como cuando continuó –contando sus propias aventuras sexuales- los cuatro tomos originales de las famosas memorias eróticas de Frank Harris , en “My life and loves” (quinto volumen, 1954). Con todo, para muchos lo mejor del ardiente y a veces desmadejado Trocchi, que sufrió también abundantes problemas familiares cuando regresó a Escocia, está en novelas como “Safo de Lesbos” (1960) o “El Libro de Caín” del mismo año, editado en España por Anagrama. La antología plural “La insurrección invisible de un millón de mentes” vale por ese texto fundacional y por otros que, con bastante antelación, tocan problemas posteriores como “El yonqui: ¿amenaza o cabeza de turco?” o “Sigma: un anteproyecto táctico”. Hablamos de un hombre que quería cambiar el mundo pero que no estaba ni con la izquierda ni con la derecha de su momento. Aspiraba a la novedad y le sobraban ideas. Pero en 1978 dejó de escribir y esperó el fin, vencido pero no resignado. Igual que Guy Debord (1931-1994) que terminó suicidándose, pese al éxito. “La sociedad del espectáculo” igual que muchas obras de Trocchi están escritas para hoy mismo.