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Jim Dodge: Jop

“Jop tiene una extensión extraña, unas diecisiete mil palabras” señala Jim Dodge a Kiko Amat en una interesante entrevista incluida al final de este volumen. Jop no alcanza a ser una novela corta ni tampoco un cuento largo. Podríamos decir que es una historia breve, dividida en cuatro capítulos, a través de los cuales inunda la idea de Tradición Americana.

Una historia breve. Quizás por eso la necesidad de un prólogo y una entrevista —vale la pena leerlos después de la historia-, no por falta de valor literario, sino porque Jop por sí solo parece decirlo todo. La brevedad o la extensión de un libro no tiene que ver con el número de páginas. En Jop cada párrafo es tan potente como un trago de whisky. Su trama es excepcional, por no decir insólita. En una noche de juerga, Jake, encuentra a un viejo indio apuñalado que le da un papel con una receta de whisky de 97 grados que tiene el secreto de la inmortalidad. Jake, a pesar de ser un jugador, celebrador de todo tipo de excesos, casado tres veces —el matrimonio más largo le dura una semana-, decide producir artesanalmente el Último suspiro, en un rancho perdido de los Estados Unidos.

La producción del destilado implica casi no salir de casa. Se sosiega, alcanza los cien años, pero comienza a aburrirse. Se entera de que su hija ha muerto y decide tramitar la adopción de Peque, su único nieto. Para lograrlo, el abuelo Jake contrata a los abogados más caros que encuentra. Consigue dinero apostando y cría al niño bajo los fundamentos del exceso -lo recibe con cuatro litros de leche y medio kilo de Oreos- y el trabajo del campo.

Peque cultiva una obsesión por las cercas. Aunque no haya nada que cercar, éstas se extienden por el rancho y son destruidas constantemente por un jabalí. Un día, reparando los destrozos, descubre dentro de un hoyo a un ave agonizando. El abuelo Jake le salva la vida con unas gotas de Último suspiro y lo bautiza como Jop.

Jop se transforma en el actante de abuelo y nieto y en el elemento que le da matices fantásticos a la narración. Más allá de la trama -como en toda joya literaria- destacan otras cosas. La construcción de los personajes, el tono, de apariencia vulgar, pero lleno de poesía y de imágenes que van creando una atmósfera con sabor a Edgar Lee Masters, Whitman y Hemingway. Jop es un libro del que es muy difícil hablar. Como señaló Thomas Pynchon, gran admirador del escritor californiano, leer a Jim Dodge “es como una fiesta sin fin donde se celebra todo lo que importa de veras” y tras esa fiesta quedamos callados o lo que decimos parecen tonterías. Quizás valdría únicamente con citar un par de ejemplos: “El abuelo le dijo que no había necesidad de demostrarlo, que la mayoría de las cosas lo dicen todo por sí solas” o “Pues sí, maldita sea, fui inmortal hasta que morí”.

Por Gabriel Zanetti

El artista en crisis ideológica

Consideraciones de un apolítico (1918), que ahora reaparece en castellano, es una bicha negra en la biografía de Thomas Mann. Recoge ensayos de carácter «político» de 1915 y 1918, época en la que el autor de Muerte en Venecia clamaba por una Alemania que fuera «patria moral e intelectual». Aquel artista «burgués» cuestionaba las bondades de la democracia de los aliados, y reaccionaba contra la actividad política de su hermano mayor, Heinrich, quien la defendía con ardor y rechazaba el militarismo germano. Esta obra leída hoy permite comprender la ideología -bastante confusa- del escritor que, encerrado en su torre de marfil, vive sólo para su arte. Siempre a vueltas con su ego, reprimido en lo erótico y sumergido en profunda crisis ideológica, Thomas Mann se cuestionaba cuál era el papel del artista en la sociedad. ¿Acaso debía un autor de su altura transformarse en un mero agitador de masas? Se aferraba a la defensa de la «gran cultura» cuando la cultura en general comenzaba a ir por derroteros populares y democráticos. Quería oponer su «humanismo» al «humanitarismo demagógico». No lo consiguió. Con su díscolo hermano haría las paces, y años más tarde ambos destacarían por sus condenas a Hitler desde el exilio. Las Consideraciones de un apolítico quedaron olvidadas, como síntoma de una época de crisis y de transición en la vida del genial autor.

Luis Fernando Moreno Claros

Memorias de un cineasta bolchevique

La Revolución Rusa fue unida a una amplia transformación de la práctica totalidad de los lenguajes artísticos. La vanguardia política revolucionaria estuvo engarzada con una vanguardia artística igualmente revolucionaria, pues se teorizó y se puso en la práctica la idea coherente de que una sociedad nueva y un hombre nuevo sólo serían posibles con un arte nuevo que propiciara y, al tiempo, narrara el alumbramiento y la consolidación de un mundo nuevo, un arte alejado del decadentismo, en el fondo y en la forma -la misma cosa- del arte y la sociedad burgueses. Dziga Vertov (1896-1954) fue, en el terreno del cine, uno de los máximos puntales del intenso vector transformador. Si Eisenstein o Pudovkin lo fueron en el campo de la ficción, Vertov lo fue en el universo del documental, no sólo por su dedicación a este género, sino a partir del expreso rechazo del cine de ficción, del drama novelesco visualizado, que combatió y consideró inadecuado y dañino para el presente y el futuro de la clase obrera.

El joven Vertov, hasta su irrupción en el cine, a los 22 años, se había movido en el mundo de la música y de la literatura, proclamándose vinculado -como su luego amigo, el poeta Maiakovski, de quien da cuenta en este libro- al movimiento futurista, nacido en 1909, corriente troncal de sucesivas vanguardias.

En Memorias de un cineasta bolchevique queda patente, digámoslo ya, una escritura deudora de la poesía: frases cortas, nerviosas, incisivas y precisas, un ritmo frenético que encaja lo mismo con la claridad asertiva buscada para la teorización que con el pensamiento aforístico o la consigna penetrante y energética que persigue proponer, combatir e incitar.

Con una actividad incesante y prolífica, los logros fundamentales de Dziga Vertov pueden resumirse -a fuerza de simplificar- en su teoría y praxis del Cine-Ojo, concretada y desarrollada a partir de 1922 en sucesivos manifiestos y en infinidad de noticiarios -el centro nuclear de su trabajo- y en la película El hombre de la cámara (1929), de extraordinaria influencia, un documental sobre la vida de una gran ciudad de la mañana a la noche, rodado sin guión previo con el propósito de captar “la vida de repente” y gran antología de los novedosos recursos técnicos y estilísticos del cine de Vertov.

Los “kinoks”-así se autodenominaban Vertov y los seguidores del “Cine-Ojo”- desarrollaron una frenética labor, alejados de los platós, en el ámbito de los noticiarios, pretendiendo tanto ser testigos de la actividad de la clase obrera revolucionaria como servirla de ariete de propaganda y martillo de sus enemigos. El método: colocar la cámara frente al hombre, su máquina y su tarea. El libro entrevera un amplio conjunto de proposiciones teóricas con el pormenorizado testimonio de las circunstancias y procesos de trabajo de las múltiples realizaciones del cineasta, así como con observaciones y relatos autobiográficos del director que nos acercan a su memoria, a su lado más íntimo y personal.

Vertov, que vivió su apogeo en el periodo leninista, fue poco a poco arrinconado por el estalinismo, especialmente a partir de 1932, cuando la impuesta y obligada doctrina del “realismo socialista” fue dejando en la cuneta o en el ostracismo de las tareas secundarias no sólo a cineastas como él, sino a infinidad de escritores y artistas de vanguardia, considerados sospechosos e inasequibles para las empobrecedoras y opuestas nuevas consignas. El volumen cuenta con esclarecedores estudios previos y con una instructiva biofilmografía, y se completa con tres guiones del Grupo Dziga Vertov, liderado en los años 60 por Godard, a quien se debe el histórico texto (“Carta a Jane Fonda”) que cierra el libro.

por Manuel Hidalgo

Pound, el derrumbe excelso

Alguien diría: Ezra Pound fue un loco que se creía Ezra Pound. Nadie puede negar la belleza de gran parte de su poesía, su inmensa, voraz cultura, aquel implacable apetito lector y renovador, que le llevó desde la lírica arcaica griega o el latino Propercio, hasta China y Japón (y su estudio de los ideogramas chinos) pasando por Dante y Cavalcanti y los trovadores provenzales y los cantares de gesta medievales, lo que le trajo a titular la parte final y más polémica de su obra (esa acaso frustrada épica del siglo XX) en español, Cantos o Cantares.

Ezra Pound (1885-1972) fue el norteamericano enamorado de Europa. Lideró la modernidad poética anglosajona, corrigió La tierra baldía de Eliot, asesoró a Hemingway, fue amante de Nancy Cunnard y de todo arte moderno, incluido Joyce…

Pero en 1924 Pound abandonó París (antes había vivido en Londres) y se instaló en Rapallo, en la costa de Liguria y en la Italia fascista. Pound se enamoró del fascismo y nunca dejó de sentir que Benito Mussolini era un hombre genial al que en su Guía de la Kultura (1938) equipara con Confucio, a menudo. En los últimos años de la guerra, Pound dirigió a los estadounidenses, desde Radio Roma, unas arengas tan caóticas y vibrantes, que le dieron fama de loco, antisemita, traidor a su patria y desequilibrado. Justo Navarro acaba de publicar una novela, El espía (Anagrama), trazada hasta casi el final como una crónica objetivada, donde ve a este último Pound y a sus incomprensibles proclamas radiofónicas como un espía y más probablemente un espía doble. ¿No servirían los caracteres chinos de las Analectas de Confucio, libro que Pound manejaba en esos días, como código para descifrar sus mensajes? Es un libro atractivo.

Yo siempre he admirado mucho a Pound, y tuve la suerte de ver al viejo
mudo en Venecia, en 1970, dos años antes de su muerte. El culturalismo refinado de Pound era la sangre de mi joven ánima. Pero sus libros de ensayo, aunque riquísimos, nunca tienen la claridad de los de Eliot, por ejemplo. Pero tampoco Eliot se atrevió a mezclar a Joyce con Brancusi, a Mencio con Cicerón o a Marx con Thomas Hardy o los líricos griegos. En cierto modo genial y con fragmentos brillantes, su Guía de la Kultura (editada ahora en español por Capitán Swing) donde la K mayúscula significa la importancia alemana de la Kultur, que pronunciará Kulchur, de donde el singular título inglés Guide to Kulchur, es en verdad un libro difícil cuando no posiblemente indescifrable para muchos.

A Pound se lo llevaron por loco y traidor a un manicomio de EEUU donde estuvo hasta 1958, entonces volvió a su Europa con el final de los Cantos, sus a menudo estremecedores Pisan Cantos o Cantos pisanos… En los acaso inconclusos Cantos la poesía se suicida en traje de tragedia, como lo hace la prosa en el FinnegansWake de Joyce.

Pero Pound, que llegó más lejos que él mismo y que odió el capitalismo por odio a la usura (un tema tan de hoy) ¿estaba loco de veras? ¿O era sólo un hombre airado, a menudo incomprendido, un tanto profético –como muestran sus fotos de viejo– simplemente un vate, un adivino iracundo? Yeats dijo que era testarudo y genial. Obviamente es un gran símbolo de la cultura del siglo XX, de la fecundante tradición y no sé si de la aún rara modernidad…

Por Luis Antonio de Villena

Ezra Pound y su Guía de la Kultura

Muchos agradecerán, a día de hoy, cualquier tipo de guía de la cultura que caiga en sus manos. Habrá quien se conforme con esas guías culturales que aparecen de debajo de las piedras y que parece que han encontrado su lugar idóneo en el universo de las aplicaciones para iPhone… Nosotros decimos que, pudiendo tener entre tus manos la «Guía de la Kultura» (con k de anarka y de artistako inklasifikable) de Ezra Pound, lo mejor que puedes hacer es dejar a tu smart phone en cuarentena durante una temporada. Y es que esta incoherente guía surgió de la pluma del poeta cuando en 1938, Pound miro a su alrededor y decidió que la cultura europea estaba a un tris de irse de baretas. El revulsivo fue este tomo que el propio poeta reconoce algo hermético: «El lector apresurado quizá diga que escribo esto en clave y que mi discurso simplemente salta de un punto a otro sin conexión ni secuencia. Y sin embargo el discurso es completo. Todos los elementos están ahí y el más repugnante adicto a los crucigramas debería ser capaz de resolver éste». Otro punto a favor de la editorial Capitan Swing: nos alegraron la primavera y van a seguir haciéndolo con la estación que pensamos pasar en la orilla de la playa. Aunque eso implique que allá algo nos huela a podrido y sepamos que sigue siendo la cultura europea.

Jodido pato

Esperábamos como agua de mayo la publicación del primer libro de Jim Dodge pero ni en nuestros mejores sueños hubiéramos imaginado una edición tan hermosa y completa (¡si hasta el separador de páginas viene a juego¡) como la ofrecida por esta joven editorial que es Capitán Swing. Suculento prólogo, frescas ilustraciones, excelente traducción y una más que jugosa entrevista al autor a cargo de su descubridor patrio oficial, el omnipresente Kiko Amat.

Para este que os escribe, la publicación en España hace unos años de El cadillac de Big Bopper e Introitus Lapidis (rebautizada por Alpha Decay por su título original, Stone Junction) fue uno de los grandes acontecimientos literarios del momento. Gracias al tesón de Kiko Amat (de nuevo), Jim Dodge se convirtió, de la noche a la mañana, en un personaje de culto que nos reencontraba con un tipo de literatura ya perdida: la literatura de la evasión, la del descubrimiento, la del ‘coming-of-age’ que transforma al joven en adulto, al inmaduro en responsable… la vitalista, en definitiva.

Aún no siendo un autor fácilmente catalogable, me atrevería a decir que la obra de Dodge está más cerca de lo que parece de los libros de Enid Blyton o S. E. Hinton. Desde luego, nadie me puede negar el carácter puramente ‘naïf’ de este Jop (1983), que no deja de ser un cuento infantil. En él hay un niño y un abuelo, una convivencia armónica con la naturaleza, un jabalí y un pato (perdón, una ánade real) y una tierra sin límites que bien podría proveer el elixir de la eterna juventud. Un cuento éste, no obstante, sin moraleja aparente (o al menos no he querido tomarme el tiempo suficiente como para descubrirla) que podría alinearse con las primeras narraciones-mantra de Richard Brautigan, confesa influencia en la obra de Dodge.

También planea sobre este texto la figura de Mark Twain, no sólo por la época en la que está ambientada parte de su historia (finales del siglo XIX en el norte de California) sino también por su marcado carácter rural y por la bonhomía que rezuman algunos de sus personajes. Si a esto añadimos ese folclore casi mágico (en la línea de leyendas como la de Paul Bunyan o de héroes nacionales como John Henry) que recorre las escasas páginas de esta novela de juguete, podríamos afirmar que nos encontramos ante una obra claramente arraigada en la más profunda de las tradiciones americanas.

Jop nos ofrece una historia bien simple pero encantadora. En su sencillez y pureza reside, en nuestra humilde opinión, su éxito incuestionable. Lo que podría ser considerado como un ejercicio mongoloide por parte de un ‘hippie’ pirado se convierte en una lectura profunda, que te reencuentra con tu Yo más oculto, ese niño que apela por salir del caparazón del día a día. Leer esta «fábula moderna» es el mejor regalo que un ejecutivo de una multinacional podría hacerse en los tiempos que corren. Jop es como un libro de auto-ayuda (mejor que un libro de auto-ayuda). Te desinfecta la mente de la contaminación ambiental. Durante unas pocas horas, el mundo se reduce a una serie de aventuras y experiencias vividas por un joven obsesionado con fabricar cercas, acompañado por un jodido pato (de ahí el nombre de Jop, quizás no muy afortunada traducción del original Fup) glotón en busca de un jabalí maligno que bien podría ser la reencarnación de un viejo amigo indio del abuelo borracho del chaval. Si no sientes curiosidad por sumergirte en esta historia es que ya has exhalado tu Último Suspiro, ‘my friend’, y nada podemos hacer para remediarlo.

Por Fran G. Matute

Arquitectura de guerrilla en el 15-M

Un estudiante de Ciencias Ambientales de 21 años diseñó la bóveda de Sol – Arquitectos y urbanistas analizan la estética y filosofía constructiva de la acampada.

Alberto Araico de Brito tiene 21 años, estudia segundo de Ciencias Ambientales y ha proyectado una de las construcciones más comentadas del momento: la bóveda de palés de la Puerta del Sol. Es el puesto de información del Movimiento 15-M. «El barrancón», lo llaman algunos, incluido su autor, pero el nombre no gusta en Sol, porque suena a militar.

La acampada ha sido muchas cosas, entre ellas una acampada. Es decir, un asentamiento físico, que más allá -o mejor, más acá- de mensajes y símbolos, ha tenido sus procesos constructivos y su estética. Un experimento de improvisación, reciclaje, bricolaje, diseño colectivo y apáñate como puedas que ha llamado la atención de arquitectos y urbanistas profesionales. Para algunos fue una lección de arquitectura efímera y apropiación ciudadana, para otros un caos sin potencia estética, un poblado chabolista.

Lo que queda es esta simple bóveda de palés, que también es arquitectura urgente, sin duda, pero no tan improvisada como cabría pensar.

Sentado a lo indio frente a su obra, Araico explica que estaba en Valdegrulla, un pueblo fantasma de Soria, cuando se enteró del 15-M. «Lo que estaba pasando en Sol nos pareció mazo de chulo… pero pensamos que el campamento, estéticamente, no estaba a la altura de las ideas».

Habla en plural porque pertenece a la asociación neorrural Beatus Ille (Feliz Aquel), que se dedica a revivir pueblos abandonados. Son una docena de amigos del barrio del Pilar, estudiantes de arquitectura, carpinteros, soldadores… «Queríamos mejorar la estética de la acampada siendo fieles al espíritu de las asambleas», dice Araico, que se plantó en Sol con el Proyecto Manzana bajo el brazo.

En la portada hay un dibujo de una bomba con una manzana dentro (es un juego de palabras con el Proyecto Manhattan, que desarrolló la primera bomba atómica). No es la única ironía del documento: entre las 50 páginas hay una con el lema «Nuevo chabolismo ilustrado».

El Proyecto Manzana se redactó para la Universidad Autónoma. Hace meses, sintiendo que le faltaban «horas de vuelo» en bioconstrucción (combinación de calidades constructivas tradicionales y nuevos materiales), Araico se dispuso a «hacer algo con palés» en un solar olvidado del campus. «¡Y me salió el Guggenheim!», se ríe mostrando en el móvil las fotos de aquel primer proyecto: una caseta con tejado a un agua impermeabilizado con tetrabriks (que recuerdan a las planchas de titanio del museo de Gehry).

La caseta llamó la atención de Ecocampus -un organismo del vicerrectorado que promueve el pensamiento ecologista en el campus- y le encargaron que hiciese algo parecido en el huerto y vivero universitario. «Como la caseta perdía calor por el tejado, diseñamos una bóveda con un arco de medio punto, que disgrega la carga y una cercha circular que soporta espacios diáfanos», dice Araico, que firma el proyecto con el diseñador industrial Carlos Martín Ponz y el estudiante de arquitectura José Luis Moreno Muñoz.

El Proyecto Manzana tiene planos, cálculos y un presupuesto (6.471 euros, aunque «está algo hinchado», admite el autor). La estructura se completaba con un aislamiento de tetrabriks, pilastras de neumáticos usados, unos vanos de luz de lunas de coche y una cubierta vegetal. «Comparado con el proyecto original esto es una caseta de feria», dice Araico señalando la bóveda de Sol.

Cuando los neorrurales presentaron su proyecto al 15-M les llevaron «de comisiones». «Fue un proceso largo», suspira Irene Rodríguez, arquitecta técnica de 24 años y miembro de la disuelta Comisión de Infraestructuras. La idea gustó pero había suspicacias: «La gente asociaba la bóveda al desmantelamiento de la acampada y a cierta legalización del movimiento». Es decir, para algunos reducir el campamento a un punto informativo era «venderse». También se consultó con Legal el problema de seguridad, ya que la policía había subrayado que no quería estructuras permanentes.

Mientras las comisiones discutían, «Infra» decidió ir tirando. En una sala prestada en Tabacalera, un equipo de hasta 50 personas se propuso construir en tiempo récord y con los materiales disponibles la bóveda. Unos buscaban palés tirados por la ciudad, otros comprobaban los cálculos y triangulaciones. Subiéndose encima y zarandeándola se hicieron las pruebas de carga. «Con lo que teníamos, hicimos lo que pudimos», dice Rodríguez. «Esta experiencia me ha dado la creatividad que nunca me dejaron tener en la carrera, y me ha hecho preguntarme cosas como ¿por qué se alargan siempre tanto las obras? Aun con recursos limitados, si tienes sentido común, puedes ser eficaz», añade.

La estructura se desmontó y se plegó marcando cada pieza con un código para volver a montarla en Sol como un puzle (en los palés se puede leer: G7, H6…). El día que se desmanteló el campamento, camuflada en las mismas furgonetas que sacaban material («por si no nos dejaban meterlo»), la bóveda entró en Sol. Tras un parapeto de lonas azules para que la policía no se percatase, se volvió a montar discretamente. Se apretaron los tornillos con los palés de canto y se levantaron los arcos a pulso, «como lo hacían los romanos», según la técnica. Luego, los tirantes, «como en las bóvedas bizantinas». Todo entre las 2 de la tarde y las 10 de la noche del sábado 11 de junio. Aquella primera noche, tras el concierto de inauguración, Alberto Araico hizo el primer turno de guardia en su obra.

A la bóveda le faltan algunos detalles: barniz ignífugo, aislamiento de tetrabriks, flores en la cubierta «para que quede más bonita»… Eso en el plano estético; en el otro, queda por definir para qué servirá, cómo se gestionará, quién la atenderá… Pero sobre todo, la duda es: ¿cuánto tiempo durará en la plaza? «Constructivamente esto podría aguantar 30 años, lo que aguanten los materiales», dice Araico. «Pero también te digo que se puede desmontar en una tarde».

Bulos de la bóveda

«Refleja a los tragabolas del metro». No, el proyecto en el que se basa, pensado para el vivero de la Autónoma, preexistía a la localización en Sol.

«Es de un arquitecto famoso». No, la idea es obra de un estudiante de segundo de Ciencias Ambientales, y el resultado, obra del trabajo colectivo de la disuelta Comisión de Infraestructuras.

Documentando la improvisación

Los arquitectos que llevan años planteando temas de reciclaje, autogestión o bioconstrucción se emocionaron al ver lo que ocurría en Sol. «Tras años sin demasiada repercusión, se estaban haciendo esas cosas a la vista de todos», dice Manuel Pascual de Zuloark. «Y la primera pregunta fue, ¿quién está detrás?, sin embargo, no había ningun colectivo arquitectónico levantando aquello… ¡y eso es lo mejor!»

«Era gente anónima, nosotros nos acercamos luego», coincide Jaime Matamoros del colectivo Autoconstrucción, que colaboró con Acampada Sol con dos arquitecturas efímeras y una lectura de Jane Jacobs (la activista que, sin formación como urbanista, fue la grán crítica del desarrollismo de los setenta). Para el gabinete de psicología de la acampada construyeron una casita de cartón con los tubos de los rollos de tela de la cercana tienda Pontejos. Zuloark se volcó por su parte en «documentar el proceso puramente constructivo» del 15-M en la web www.inteligenciascolectivas.org. ¿Por qué documentar pilares hechos de palos de escoba, cubiertas de lona o cimentaciones de bidones de agua? «Son detalles constructivos no estandarizados, como una wikipedia de soluciones eficaces y alternativas a la arquitectura oficial», dice su portavoz, «y más allá del ingenio, plantean cuestiones muy contemporáneas de filosofía constructiva». Improvisando y sin medios, Acampada Sol sacó temas que tienen en ascuas a los arquitectos más punteros como la hibridación del espacio público digital con el espacio público físico o la creación de arquitecturas vivas, capaces de evolucionar. «Desde el principio, Sol se inaugura cada día», dice el arquitecto.

Lecciones arquitectónicas de y para el 15-M

José Antonio Granero. Decano del Colegio de Arquitectos de Madrid. «Un movimiento no lleva a ninguna parte si no es propositivo, y creo que aquí han faltado ideas claras, lo que se ha traducido en la estética de la acampada. Arquitectónicamente, el 15-M ha sido una oportunidad perdida por la confusión. Era una ocasión única para realizar una pieza de arquitectura efímera interesante siguiendo el ejemplo de gente como Frei Otto o Prada Poole, que experimentaron con construcciones hinchables o de malla y sistemas de autogestión y autoconstrucción. Sin embargo, en el 15-M faltó una propuesta formal, no se creó un espacio reconocible, y eso hará que, en lo que se refiere a la relación con el uso del espacio, pase sin pena ni gloria».

José María Ezquiaga. Premio Nacional de Urbanismo 2005. «Emociona ver cómo una generación formada en la carencia de un verdadero espacio público -fuera del centro comercial, la periferia de adosados y el espacio virtual- se apropia de él. Ha sido un encuentro histórico de una generación con su ciudad. Sol fue un ágora. Dicho esto, me pregunto, ¿es necesario plantar una infraestructura para sentirnos dueños de un espacio? La plaza es del indignado y del turista, del indigente y el comerciante… ¿No evita la ocupación que sea compartida por todos? La madurez del movimiento pasa por comprender que el espacio público está en la cabeza. La bóveda de palés es un santuario. Dicen que tiene un uso funcional, pero ante todo es un monumento al 15-M. Un obelisco, un arco del triunfo».

Andrés Perea. Profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid durante 42 años. «Hemos visto que con pocas cosas se puede hacer tantísimo. Este es un fenómeno a estudiar sobre la capacidad del ser humano para negociar el espacio. La inteligencia colectiva ha sido altamente eficaz gestionando las infraestructuras. Además, los resultados figurativos y formales sorprenden por su creatividad y su optimización de los recursos. Lo más curioso: la acampada respondía a rituales humanos y sociales más que a funciones y actividades. Las soluciones arquitec- tónicas no respondían a usos como ‘dormir’ o ‘comer’, sino a algo más primigenio: ‘reunirse’. El umbral de las relaciones humanas está en esa ceremonia, es el origen de la colectividad».

Guía de la kultura

Por alguna razón, Ezra Pound miró a su alrededor en 1938 y pensó que la cultura europea se estaba yendo al carajo. Su reacción se tradujo en un bramido impotente contra la llegada de la noche: la publicación de Guía de la kultura (con “K”, al viejo Ezra le encantaba deletrear palabras fonéticamente cuando adoptaba la máscara

Dziga Vertov en «L’hora del lector» [cat]

Reseña del libro «Memorias de un cineasta bolchevique» en el programa «L’hora del lector» (TV3 – Televisió de Catalunya), el pasado 12 de junio de 2011.

Dziga Vertov y la realidad arrancada a través del cine

Se reeditan las memorias y una colección de artículos del cineasta bolchevique, Dziga Vertov, impulsor del Cine-Ojo e inventor de algunas de las técnicas más influyentes de la dirección cinematográfica.

La gran transformación que produjo la revolución rusa en todos los órdenes de la vida social está aún por estudiar. El dominio de los estudios sobre el estalinismo y la represión han ocultado el significado del extraordinario período que supuso para la cultura y el arte los años que siguieron a 1917. De hecho, solamente una parte de las vanguardias soviéticas ha podido ser asimilada al régimen estético dominante en occidente. Otra parte, sin embargo, ha quedado sin historia, a pesar de constituir una nueva forma de producción ideográfica opuesta a la ideológica. Tal vez por ello Dziga Vertov escribió sus memorias y preparó para la edición sus diarios cuando ya no pudo continuar con su proyecto, como hizo el director de escena alemán Edwin Piscator en 1929 con su libro El teatro político. Vertov era miembro del grupo del Cine-Ojo, una forma de filmación y construcción documental que toma su material de la vida cotidiana, sin guiones preestablecidos, sin actores ni decorados. Coautor de manifiestos y llamamientos en los que se reclamaba que el cine se sometiera a su propio lenguaje (deshaciéndose de la literatura y el teatro en que se basaban la mayoría de las películas) y a la verdad, Vertov es uno de los intelectuales cuya obra conforma el Modo de Representación Material, si queremos completar las magistrales teorías del crítico de cine Noël Burch.

La obra de Vertov invierte el camino habitual: parte del material para llegar a la película, convierte la producción cinematográfica no en la filmación de un guión sino en el trabajo de arrancar de la realidad elementos significativos que sirvan para conocerla.

En sus memorias se revela una de las contradicciones esenciales del estalinismo: no es la censura institucional soviética la que limita su trabajo, por otra parte un mecanismo de control habitual en todos los países (baste recordar lo que significó en EE UU desde los años ‘30 el Código Hays, o en las dos décadas siguientes la acción de diferentes Comités de Actividades Antiamericanas) sino la imposibilidad efectiva de realizarla; a Vertov se le niegan los medios para producir cine. Con todo, la queja que aparece en las páginas de sus memorias da cuenta de una vida social distinta a la que podemos leer en las monografías más conocidas que se han escrito sobre los 30 primeros años de la URSS. En castellano, y al margen de libros históricos como el clásico de Jay Leyda sobre la cinematografía rusa y soviética y algunas tesis universitarias, sólo el ensayo biográfico del polaco Wiktor Woroszylski sobre Maiakovski consigue un panorama rico y ajustado de lo que supuso la revolución cultural en la URSS. Vertov escribe desesperado por lo que podría hacer aún y la administrada y burocratizada política soviética que se impone a su horizonte, le impide. Sus notas ayudan a entender que lo que impuso el estalinismo no fue el realismo socialista sino, muy al con- trario, un reconvertido naturalismo burgués. Es por ello que sus memorias y sus artículos pueden ser leídos ahora como una suerte de retorno de lo reprimido, de lo que reprimió el estalinismo pero también de lo que reprimió el capitalismo: la realidad.

Abolir las apariencias

Estos procesos de negación, ocultación, anulación que llamamos represión, y al contrario de lo que propone la teoría psicoanalítica, hicieron que el individuo, al sacrificarse en primer lugar la realidad mediante la ficción (puesto en marcha en el cine con el Modelo de Representación Institucional en la industria de Hollywood) y después con el espectáculo (analizado por Guy Debord), aumentara su goce. Así, Vertov escribe en su diario contra este goce sobre la alegría de “abolir las apariencias. De leer los pensamientos y no las palabras”. Es por eso que Vertov anunciaba ya en 1919 que su cine iba contra todos los grandes mecanismos de producción ideológica de la burguesía: contra “lo psicológico”, los actores, los decorados, los realizadores, los estudios, los trajes y el guión. En definitiva, contra la fábula, hilo rojo que llega hasta los años ‘60 con Peter Weiss y su teoría del documento y en nuestros días con los documentos fílmicos de Gerardo Tudurí y el Cine Sin Autor. En su horizonte está la “creación de una nueva percepción del mundo”, puesto que se trata de descifrar de un nuevo modo un mundo que es desconocido.

Representación de lo real

En el horizonte también de todo Modo de Representación Material está el representar lo real. En esta época solamente parecía posible a través de una categoría filosófica que había ensayado Lukács a comienzo de los años ‘20, la totalidad, y que habían trasladado Erwin Piscator al teatro, Hanns Eisler a la música, Alfred Döblin a la narrativa y Diego Rivera a la imagen (por poner sólo algunos ejemplos). Pero, para eso, Vertov tenía no solamente que deshacerse de la fábula como motor de la obra para colocar allí la vida, sino sobrepasarla en lo que tiene de humano para, paradójicamente, ampliar lo humano. Su elogio del ojo mecánico no es una mitificación de la técnica típica de algunas vanguardias, sino la consciencia de las posibilidades del instrumento como extensión del ojo humano, como un ver más, tal y como sucede con el microscopio. Ése es el sentido que tiene la cámara y el montaje: explorar ese caos de fenómenos que llenan el espacio, posibilitar una mirada distinta. Su proyecto iba más allá de la mirada: también buscó la manera de experimentar con el sentido del oído. Todo ello con un fin: desvelar el origen de las cosas y establecer “una relación visual entre los trabajadores de todo el mundo”. Mostrar, en definitiva, al ser humano viviente. Escribir otra Historia del mundo.

Una compilación de textos de Vertov

Se reedita en este volumen parte de los diarios y escritos de Vertov recopilados en los años ‘60 y ‘70 en francés a partir de una selección hecha en la URSS en 1966 por Sergei Drobashenko. Es una amplia visión de sus proyectos (Cine-Ojo; Cine-Verdad; Cine- Poesía) así como anotaciones de diarios, reflexiones del trabajo de montaje, manifiestos y memorias. Se completa la edición con tres de los guiones que rodó el Grupo Dziga Vertov (Godard y Jean-Pierre Gorin) entre 1968 y 1972.

CINEASTAS RUSAS CONTEMPORÁNEAS DE VERTOV

Elizaveta Svilova (1900-1970)
Su trabajo como montadora ha quedado en la sombra por la fama de su marido, Dziga Vertov. Con él formó el grupo Cine Ojo, codirigió varias películas, entre ellas Kino Glaz (1924) y montó otras tantas. Además de sus trabajos como montadora destacan una serie de documentales que Svilova dirigió en los años 30 y 40. Su obra Atrocidades fascistas (1946) se usó como prueba en el proceso de Nurenberg. Cuando Vertov fue denunciado por formalista y apartado de la industria cinematográfica en los años ‘30, Svilova se hizo cargo del mantenimiento económico de la pareja.

Olga Preobrazhenskaya (1881-1971)
Actriz y directora; como intérprete debutó antes de la revolución y protagonizó algunos éxitos como Guerra y Paz. Posteriormente fundó una escuela de interpretación en la trabajó como docente. Preobrazhenskaya también se atrevió con la dirección de películas, entre ellas varias infantiles. Su obra más destacada es Mujeres campesinas de Ryazan (1927), que según algunas autoras se puede considerar la primera película ‘de mujeres’ (esto es, dirigida por una mujer, para una audiencia femenina). El filme cuenta la historia de dos campesinas, una tradicional y otra moderna, en un cóctel explosivo de melodrama y crítica al patriarcado que fue todo un éxito de audiencia en la época. La carrera de Preobrazhenskaya se interrumpió en 1940, cuando fue retirada por una de las purgas estalinistas.

Esfir Shub (1894-1959)
Una de las pioneras del cine soviético, junto con Eisenstein, Vertov, Kuleshov o Pudovkin. Esfir Shub se forjó como montadora en Goskino, el Comité Cinematográfico de la URSS. Ahí, además de montar noticieros, una de sus tareas consistía en volver a montar películas occidentales para que el resultado fuese más acorde con la ideología revolucionaria. En la papelera de la sala de montaje solían acabar cosas como los finales felices de las películas hollywoodienses. Uno de sus remontajes de más renombre fue el de Doctor Mabuse, de Fritz Lang; para eso tuvo como asistente a su amigo Sergei Eisenstein, que aprendió a montar observando a Shub. Estas modificaciones de las películas permitieron a Shub y sus colegas aprender y desarrollar la técnica del montaje. Fruto de estos experimentos es su obra maestra, La caída de la dinastía Romanov (1927), elaborada a partir de las filmaciones del cámara del zar y considerado uno de los primeros documentales históricos. Shub partía de este material para darle un sentido ideológico revolucionario, en un ejemplo de lo que posteriormente se ha llamado apropiacionismo (películas que se crean a partir de metraje que existe previamente).

por César de Vicente Hernando

Fiesta y concierto de Espanto el 11 de junio en el CSA La Tabacalera

El Capitán Swing, Pepitas de calabaza y Papel de fumar invitan, a quienes hayan sobrevivido a la Feria del libro de Madrid, a una pequeña fiesta amenizada por el conjunto musical Espanto.

Te esperamos el sábado 11 de junio de 2011, a partir de las 21.30 horas en la sala Keller del CSA La Tabacalera de Lavapiés (c/ Embajadores 53).

La fiesta sin fin

A punto, estoy a punto de haber dicho todo lo que tengo que decir en la vida sobre Jim Dodge. Jim Dodge es mi escritor favorito. No está solo, que está con Susan Hinton, Nik Cohn, Edward Limonov, Joe Orton, Adrien Henri, B. S. Johnson, John Osborne, Shelagh Delaney, Richard Brautigan, Kurt Vonnegut y, claro, John Fante. Y más. Esta entrevista será la culminación de tanto hablar: entre preguntas y respuestas, aquí está casi todo lo que hay que saber sobre él. Lo demás: mi opinión y otros artículos publicados en periódicos cuelgan en el blog del fanzine La Escuela Moderna, junto al prólogo que me encargué de hacer para “El Aleph” con motivo de la publicación de Not fade away (aquí El Cadillac de Big Bopper). Un prólogo de fan sobreexcitado (la única forma de ser fan), como puede comprobarse leyéndolo.

Lo único que tienen que saber antes de que todo esto empiece es que Jim Dodge es un señor californiano nacido en 1945. Que tiene tres novelas en su haber (Jop, Not fade away / El Cadillac de Big Bopper y Stone Junction, publicada recientemente por Alpha Decay). Y que sus obras tienen todo lo que uno ha buscado siempre en la literatura: honestidad, pasión, ritmo, discos, drogadicciones variadas, posibilidad de redención, obsesión pulverizante, tristeza (y cómo vencerla), culpa (y cómo deshacerse de ella), y una cantidad enorme de diversión útil, fértil, nada banal. Tras leer a Jim Dodge, como casi nunca pasa, la percepción de ciertas cosas ha cambiado irremisiblemente. Al igual que con determinados discos y películas inductores de la catarsis, hay un claro antes y después de su lectura.

Para que vean, sin más preámbulos, qué tipo de persona es Jim Dodge, sólo les diremos que éste es un escritor mítico en Estados Unidos, alguien seleccionado repetidas veces para todos esos «Los 1001 libros que hay que leer antes de morir», alguien que podría ser fabulosamente rico y famoso e idiota si hubiese decidido vender su alma y trabajo al mejor postor. Pero Dodge no es así, como demuestra que nos contestara una entrevista de casi treinta preguntas y que acabó llenando diecisiete páginas de word (a 1 espacio, cuerpo 12) para un fanzine. Es decir, algo que no le reportaría aumento de ventas ni de cara pública, celebridad ni groupies ardientes. Dodge hizo esto por la misma razón que nosotros hacemos otras cosas y, sin ir más lejos, este fanzine: por pasión y por afán de trasmitir emociones, canjear conocimiento, celebrar el banquete.

Lo que sigue es denso, detallista y meticuloso, incluso indiscreto, algo sobre-sentimental, también confesional, ocasionalmente filo-hippie, y muy largo. Tan largo que tuvimos que partirlo en dos. Pero vale la pena, ya verán. Pues leer a Jim Dodge, como dijo Thomas Pynchon en el prólogo a Stone Junction, «es como estar en una fiesta sin fin donde se celebra todo lo que importa de veras». Y la fiesta acaba de empezar.

-Cuatro preguntas en una: ¿Cuándo empezaste de manera realista a pensar en escribir narrativa? ¿Eres autodidacta? Puesto que eres profesor, ¿qué piensas del síndrome Escritura Creativa, en cuanto a que es una asignatura escogida como carrera por muchos estudiantes americanos? Lo que estoy intentando decir es: ¿Crees que el taller de Escritura es una influencia positiva en los escritores que empiezan? Parece que cada vez hay menos escritores autodidactas y completamente autónomos. Todo parece cada vez más… prefabricado, por decirlo de alguna manera. Como si estuviésemos perdiendo los Fantes del mundo.

-No tengo claro haber pensado nunca de forma realista en escribir narrativa, pero empecé hacia los treinta y cinco con el manuscrito de lo que finalmente terminaría siendo Stone Junction. Probé con la narrativa porque mi inspiración poética estaba en un callejón sin salida (de acuerdo que quizás no había mucho más camino que recorrer). Morris Graves, un pintor amigo mío que vivía cerca y que a menudo trabajaba en formas Sumi muy delicadas, me comentó que cuando se bloqueaba iba y se compraba un puñado de escobas, galones y galones de pintura y un enorme rollo de papel de embalar, lo disponía todo en el suelo de su estudio y se ponía a pintar utilizando las escobas como brochas. Deduje que el equivalente de esto en escritura sería la prosa, así que decidí alegremente que escribiría una novela; trabajé cada noche durante un año, escribiendo a mano junto a una lámpara de queroseno, y Victoria, mi mujer, pasaba a máquina cada día lo que había escrito. Trabajé cinco horas cada noche durante un año y, cuando estaba a cien páginas del final —quizás porque ya sabía cómo iba a terminar— perdí interés en el tema; para desespero de Victoria, según recuerdo, que prometió no volver jamás a pasarme ningún manuscrito a máquina. En cualquier caso, en cuanto lo terminé a mi gusto tuve un pequeño chispazo de inspiración que llevó a Jop: lo escribí entero, si bien en dos partes, y un amigo que tenía una pequeña imprenta en Berkeley lo leyó y se ofreció a publicarlo. A pesar de mis denodados esfuerzos para disuadirle —Jop tiene una extensión extraña, unas diecisiete mil palabras— me convenció de que estaba dispuesto a probar suerte. Cuando Jop me hizo ganar cien mil dólares más de lo que había ganado en quince años de escribir poesía, decidí que exploraría la narrativa un poco más, a pesar de que exigiese meses de concentración firme y fuese, por tanto, mucho más jodida para las relaciones sentimentales.

Creo que el auge de la Escritura Creativa como diploma académico ha tenido en general una influencia positiva en los estudiantes, y algo menos positiva en los profesores. Como apuntó Gore Vidal, «la enseñanza ha destruido a más escritores americanos que la bebida». Se me hace a menudo la pregunta que has hecho, junto a «¿Realmente se puede enseñar escritura creativa?». Lo que la gente no parece entender es que yo no enseño a escribir narrativa, o poesía, o escritura naturalista. La base de la mayoría de la instrucción en Escritura Creativa es el Taller, donde de quince a veinte estudiantes se juntan tres horas a la semana y comentan el trabajo de los demás; el papel del «profesor» es el de guía o, como máximo, algo de modelo/autoridad. Así que si la pregunta es «¿Crees que es positivo que jóvenes escritores se junten y discutan el trabajo de los demás?» —o sea, tener una audiencia prepublicación de coetáneos apasionados y comprometidos— creo que la respuesta es un justamente incondicional sí. Al menos, muchos exestudiantes míos lamentan haber perdido aquella comunidad. Y sé que cuando yo estuve en el Taller de Poesía de Iowa aprendí mucho más de mis compañeros que de mis profesores.

Dicho esto, sí creo que los escritores jóvenes que todavía no han accedido a la plenitud de sus voces individuales tienden a imitar lo que sus compañeros alaban. Pero, del mismo modo, escritores que aún no han sido publicados tienden a imitar a escritores ya publicados. En cualquier caso, si hay algo que distorsiona peligrosamente las psiques de los escritores noveles es la presión por publicar, por hacerse con algo de fama. O, como me deleito en decirles a mis estudiantes, los dos grandes obstáculos con los que se encuentran los jóvenes escritores americanos son el fracaso y el éxito. Y salgo de los Estados Unidos suficientemente a menudo para ver lo mucho que otros países aprecian y premian a sus artistas/intelectuales, mientras los Estados Unidos no confían en sus artistas y mantienen una relación amor/odio con la celebridad.

-A pesar de que he leído bastantes detalles de tu biografía, me gustaría que nos hablaras de tu adolescencia y juventud en los años sesenta. Y a la vez cuánto de esa experiencia se ha infiltrado en tu obra.

-En mi octavo de EGB, hacia 1951, mi padre, que había volado cincuenta y ocho misiones como bombardero en el teatro europeo de la IIª Guerra Mundial, fue reclutado en las Fuerzas Aéreas durante la guerra de Corea. Dado que terminó ejerciendo de profesor de los instructores de vuelo nos mudábamos constantemente; me matriculé en más de quince colegios, y me adentré en la pubertad a lo largo del Año Geofísico Internacional, 1956, cuando estaba en Goose Bay, Labrador, donde mi padre era Comandante de vuelo de la Sección Norte. Mi pubertad en Labrador, en una clase combinada de 2º y 3º de BUP donde solo había cuatro chicas, retorció mi joven psique de una manera tan severa que no es de extrañar que acabara refugiándome en los brazos de las musas.

Cuando regresamos a los Estados Unidos, mi padre estudió para ser oficial en el programa de lanzamiento de misiles, así que pasé un año en Wyoming en el Warren AFB, y luego un año y medio más en Vanderberg, al sur de California. Cuando al final se retiró por razones médicas en 1959, volvimos a mi pueblo natal de Santa Rosa, California, donde fui al instituto y me convertí en el modelo de estudiante americano de pura cepa: cocapitán del equipo de fútbol americano; esprinter y corredor de fondo en el equipo de carreras; exterior central zurdo en el equipo de béisbol; delegado de la clase; miembro de la Block Society (en deportes) y en general el típico atleta-estudiante. Además, me estaba forrando a base de robar licor para estudiantes mayores de secundaria, corría en carreras drag1 con mi Ford del 51, perseguía mujeres y en general hacía maldades de todo tipo. Pero aparentemente mis maldades no eran tan graves, porque conseguí un nombramiento del Congreso para la Academia de Guardacostas. Al final decidí que estaba harto de regímenes castrenses y decidí concentrarme en obtener la carrera de biólogo pesquero, así que me matriculé en Humboldt State en 1963. Dos años después estaba en las calles protestando contra la implicación americana en Vietnam y la opresión de los ciudadanos afroamericanos en el sur. Algunas de las razones subyacentes en ese cambio aparecen en Not Fade Away y, de una manera más disfrazada, en Stone Junction.

(1 Carreras de aceleración muy populares en Estados Unidos, y a menudo origen de tuneados automovilísticos altamente bizarro-cool. Un clásico del universo surf/hot rod de los 50 y 60.)

-Esto es en apariencia una pregunta-cliché, pero te ruego que tengas paciencia: ¿Cuánto de lo que escribes surge de la experiencia personal? Asumiendo que la respuesta sea «mucho», ¿crees que todo este escribir sobre uno mismo y las experiencias personales y miserias y culpa es un proceso terapéutico? Tom Spanbauer siempre dice que lo es, completamente, y yo estoy bastante de acuerdo. En mi caso, es mi manera de arreglar los problemas mentales que arrastro; ponerlos en mi narrativa. ¿Cómo lo ves tú?

-En mi caso no es así, aunque por supuesto es imposible no depender hasta cierto punto de la experiencia personal. Mi gran vanidad es una creencia infundada en el poder de mi imaginación, así que me enorgullezco moderadamente de no utilizar mi propia vida como material, y particularmente las vidas de novias y amigos. Además, nunca me he encontrado tan interesante: un chico blanco de clase media que ha pasado la mayor parte de su vida en lo más profundo de los bosques intentando vivir de la tierra no es precisamente el arquetipo de la época. Un arquetipo que, como mi agente no deja de insistirme, es «urbano, contemporáneo». Tampoco creo que escribir prosa narrativa sea terapéutico; al contrario, opino que contribuyes al daño pasando cinco horas al día en una habitación llena de lenguaje pensando en tus pequeñeces, culpa y errores. Eso se me antoja casi tan horrible como estar encerrado en una habitación llena de taxonomistas chutándose speed.

-Cuando escribiste Jop ya tenías treinta y ocho años, si no me equivoco. Ése es un hecho que puede proporcionar mucha placidez mental a todos los aspirantes a escritores que se estresan brutalmente porque no han escrito una obra maestra a los veintitrés. Tú eres un tipo de escritor al que no parece importarle lo regular de la producción, y que se empeña en escribir bellamente requiera el tiempo que requiera.

-Como te decía, mi primera pasión (y la más pertinaz) es la poesía, de modo que nunca albergué ninguna fantasía de fama y dinero. A no ser que seas verdaderamente excepcional, lo máximo a lo que puedes aspirar a escribir a los veinticuatro son los sueños y delirios particulares que son endémicos de esa edad. De hecho, yo decidí escribir y publicar anónimamente hasta que tuve treinta y cinco para evitar esas ego-trampas (no lo conseguí, claro). Pero sea cual sea el género o edad, lo mejor que puedes hacer es lo mejor que puedes hacer; a partir de ahí, lo ideal es dejar las fichas donde tengan a bien de caer. Al margen de un determinado nivel de maestría en aptitudes literarias y estrategias narrativas o líricas —los aspectos del oficio de la escritura que se van aprendiendo a lo largo de una vida, mediante los cuales uno puede (¡debe!) alcanzar el nivel de pericia necesario para poder liberarse de cara al aspecto más artístico del empeño—, la gran mayoría del éxito es una combinación de timing, suerte y gracia. Con todo, tengo una indestructible fe en el hecho de que el mundo siempre está preparado para escuchar una gran historia —o una obra maestra, como quieras llamarla— así que prefiero aplicar toda mi concentración y habilidad en asegurar la calidad de la obra en lugar de preocuparme de si mi genio será apreciado y premiado adecuadamente. Creo que la primera lección que aprendes como poeta americano es que más vale que la maldita recompensa esté en la propia obra, porque es la única que vas a recibir. Si los fontaneros se mimaran a sí mismos tanto como los escritores, estaríamos todos nadando en mierda.

Además —quizás esto que voy a decir no tenga nada que ver con nada— la poetisa Pattiann Rogers me dijo una vez que hay dos tipos de escritores: los que tienen que escribir, y aquellos para los que escribir es una elección. Pattiann afirmaba que tanto ella como yo pertenecíamos al segundo grupo, y quizás la ausencia de esa necesidad influye en mi forma de pensar sobre este tema.

-Jop trata de muchos temas que luego aparecerán de una forma u otra en tus siguientes obras: la pasión y la obsesión (y el sufrimiento que acompaña a ambos), la amistad y la familia, el amor y su pérdida y el ser-diferente-y-que-te-dé-igual. ¿Dirías que éste es un buen resumen o me he dejado algo?

-No, está muy bien. Tan sólo añadiría que parece que muchos de mis personajes luchan por saber cómo amar, cómo aplicar adecuadamente su pasión en el mundo, cómo sobrevivir al sufrimiento que el amor inevitablemente engendra. Imagino que el contar historias siempre ha tenido para mí este elemento de cómo hacer algo. Hace veinte años tuve la gran suerte de trabajar con Aliza Jones, una mujer atabascana cuyo pueblo aún vive inmerso en la tradición oral, y le pregunté cómo funcionaban las historias en su cultura. «Oh, ya sabes», dijo, «van de cómo te metes en problemas y cómo sales de ellos». En ese sentido estamos todos trabajando el género del cómo: aplicaciones prácticas de la vida en un marco entretenido.

-En Jop también encontramos una gran cantidad de ternura, al igual que en las siguientes dos novelas. Incluso cuando pasa algún suceso brutal o a punto de ser trágico, la bondad (o la esperanza) siempre se las arreglan para subir a la superficie. Has comentado alguna vez la necesidad de que exista empatía, compasión, de tu rechazo del nihilismo y tu profundo amor a estar vivo: comenta, por favor.

-Siempre me ha gustado la reflexión de Kenneth Rexroth sobre que la imaginación es el órgano de la comunión, que a la vez tiene su raíz en la comunidad y en la compasión. Incluso podría admitir que creo en los poderes transformadores de la imaginación/empatía/compasión, pues son todos formas de conectar con algo mayor, o cuanto menos común/comunal. Creo que la gente se vuelve cínica cuando ya no puede seguir soportando la humillación de la impotencia, y se vuelve nihilista cuando esa humillación se trasforma en un tipo terrible de culpa, ese profundo y secreto sentimiento de cobardía, esa aceptación de la desesperanza. Y creo, como los Beats —que fueron los primeros en hacerlo notar para mi generación— que las corporaciones- monopolios capitalistas americanas libran una guerra no declarada contra la imaginación. Ahora bien, mientras pueda seguir imaginando el jugo que resbala por los codos de mi amada mientras se come un mango desnuda de cintura para arriba en las aguas de Baja, me da a mí que tengo alguna posibilidad de evitar la amargura cobarde del nihilismo. De hecho, no es algo tan difícil como parece, porque la imaginación tiene un gran aliado en el mundo natural, un lugar donde me cuesta estar un solo minuto sin sentir algún tipo de profunda sensación de admiración, y una concatenación de poderes tan por encima de mí que lo único que puedo hacer es sentirme privilegiado por haber sido incluido en el misterio. Así que, para mí, la imaginación es una fuerza que contrarresta, y dado que considero el escribir como un acto de colaboración con otro ser humano mediante el lenguaje, la escritura es mi pequeño puñetazo público contra El Imperio. Especialmente si consigue decir la verdad de forma hermosa, cosa que cuadriplica la fuerza de los golpes.

-Avanzando hasta Not Fade Away sólo un segundo, recuerdo que en una entrevista declaraste —cuando te preguntaron sobre las similitudes entre tu libro y Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson— que su novela era malvada y la tuya no. Creo que llamabas a las acciones de los personajes de Thompson «chuleo psíquico». ¿Intentas pues otorgarles un cierto sentido de la bondad y la amabilidad a tus personajes, a pesar de su locura o errores?

-Lo que trataba de decir era que los protagonistas de Thompson tienden a aterrorizar a gente como sirvientas o chicas del servicio de habitaciones en lugar de a sheriffs y guardaespaldas, y yo fui educado en la ética del macho americano que dice que un hombre de verdad protege al débil frente al poderoso, no se une en un ataque contra el débil. Y, por supuesto, aunque no sé hasta que punto esto es consciente, intento que mis personajes sean complejos, si bien sólo porque creo que la gente es compleja. Si me tientas incluso me atrevería a afirmar que la gente tiende a cometer errores y hacer locuras precisamente porque están intentando ser buenos y justos y nobles.

-A Jop lo compararon (por lo «estrambótico» de la prosa y la atmósfera rural, y en general por el comportamiento inusual de los personajes) con la obra de Richard Brautigan. ¿Crees que hay algo de verdad en esta comparación? Quizás ayudó también que vivas en el monte.

-Soy un enorme fan de la poesía de Brautigan y de mucha de su prosa (especialmente de los primeros trabajos, como Un general confederado de Big Sur2 y sí noto que hay un tipo de espíritu que compartimos, al tener esa apreciación mutua por el comportamiento extraño (no sólo estrambótico, sino también el de gente como la señora mayor que hace trampas al jugar a las damas chinas). Me siento orgulloso de citarle como influencia.

(2 Publicado en castellano por Blackie Books.)

-Y, hablando de manera más general, ¿qué otros escritores crees que han influenciado tu obra? Hay un cierto aroma a los Beats, pero resulta difícil señalar a otros escritores partiendo sólo de tu trabajo.

-No quisiera parecer poco sincero, pero creo que todos los escritores que he leído han ejercido algún tipo de influencia en mí, para bien (espero) o para mal. Si tengo que decir algo obvio, todos los escritores compartimos el mismo medio, así que cualquier autor al que leas puede ofrecerte algún pedazo para incorporar, elaborar o directamente, robar. Algunos, como Peter Matheissen, escriben con tal claridad y gracia que me siento alentado con sólo saber que hacer algo así es humanamente posible. Algunos tienen ángulos de mente —como Gary Snyder, Wendell Berry o Ursula K. Le Guin— cuya adopción, por muy torpemente que se realice, amplía la inteligencia y la comprensión de uno. Y escritores como Thomas Pynchon, además de su obvia maestría del lenguaje, aumentan salvajemente el sentido de posibilidad, sea ésta estructural o simplemente en términos de con qué puede salirse uno. Escritores como Jack Gilbert, de nuevo aparte de la verdad y la belleza de la obra propiamente dicha, modelan el comportamiento profesional, establecen puntos de referencia en cuanto a pasión e implicación. Y para mí, algunos escritores —me vienen a la cabeza Wallace Stevens y Dylan Thomas— son tan capciosos, lo que hacen tan parecido a mis propias aspiraciones, que no puedo leerlos cuando estoy trabajando o acabaría produciendo pálidas imitaciones suyas durante semanas. También soy un lector generoso e indulgente, y tomo a los escritores por lo que son y por dónde están; o sea, que no soy demasiado esnob. Para mí, los escritores aspiran a un cierto nivel de excelencia, más allá del cual toda clasificación en cuanto a categoría es un asunto de simpatía y gusto inherente. ¿Es Duncan mejor que Spicer? ¡A quién le importa! Ambos habitan claramente en un campo de excelencia, y prefiero gastar mis energías en su apreciación que en establecer distinciones atrozmente detalladas sobre quién es superior en categorías con aún menos sentido. Quizás me estoy haciendo viejo, porque cuando tenía veinte años me iba bastante eso del categorizar; en retrospectiva, supongo que estaba intentando establecer mis valores estéticos.

-Jop trajo consigo algo parecido a fama. Una fama que, en tus palabras, te distraía hasta el punto de la distorsión. Me gusta sin embargo tu idea de fama local, lo que dijiste sobre que te gustaría ser famoso en un radio de cien millas. Que te conozcan como escritor en los bares a los que vas, y en cierto modo en tu ciudad, y se acabó. Yo firmaría ese contrato con la fama.

-La verdad es que ahora he reducido el radio a cincuenta millas.

-Por otro lado, para los que no somos ricos, a veces un poco de fama puede traer consigo algo de ese indispensable dinero para comida-alquiler-facturas que no se nos aparecería sin ella. A veces encontrar el punto medio (dar alguna conferencia, salir en la radio o TV y por tanto ser un poco conocido pero no venderte a El Tinglado ni perder tus principios ni comprometerte artísticamente) puede ser un poco delicado, ¿No crees?

-No podría estar más de acuerdo contigo. Pero resolver ese problema es a la vez uno de los múltiples desafíos del éxito. Te recuerdo el gran consejo que aprendí de un grafiti en las paredes del Salal Café en Port Townsend, WA, en 1985: «La fama es pasajera, pero la oscuridad es para siempre». Y espero de todo corazón que todo aquél que haya aplicado su pluma a un papel consiga todo el reconocimiento que él o ella merezcan.

-A pesar de que los detalles biográficos sobre ti en Internet son fabulosamente escasos (una entrevista, una pequeña biografía, poco más) aún no eres un autor desaparecido al estilo Pynchon/Salinger. ¿Te gustaría serlo? Completamente anónimo, quiero decir.

-No, me parece que no, porque ya lo fui una vez: como te decía antes, hasta los treinta y cinco publiqué anónimamente. No publiqué una tonelada —algunos poemas en revistas y periódicos, unos cuantos ensayos, y un par de libritos baratos—, pero todo lo que hice fue sin firmar y sin aceptar dinero. Los libritos llevaban una nota que rezaba: «Puesto que pretendemos evitar el espectáculo de las comodidades, este libro no lleva emblemas de mercado: nombres, precio o copyright. Es un regalo. Pásalo». Bastante radical para la época, y obviamente influenciado por la retórica política situacionista/digger. Descubrí más adelante que al menos dos personas habían accedido a puestos docentes adjudicándose la autoría de mi trabajo, algo que en cierto modo me encantó; sin embargo, al final decidí que debía aceptar la responsabilidad de lo que había dicho y la forma en que lo dije. Además, me di cuenta de que insistir en lo gratuito de mi obra era demasiado fácil cuando ésta (poesía, mayormente) no tenía el menor valor económico. Me pregunto a menudo cómo habría reaccionado si miles de dólares hubiesen estado en juego, o si terceros hubieran tenido un interés financiero en mi trabajo (como el editor de Jop).

-Esto que voy a preguntarte es en cierto modo un cambio de tema, pero me gustaría saber tu opinión sobre Internet y las cibercomunidades y todo eso. Vonnegut dijo que «las comunidades electrónicas no construyen nada, siempre terminas con nada. Somos animales bailadores». ¿Estás de acuerdo con esto? ¿Consideras que hay un tipo de interacción humana física que simplemente no puede replicarse en la red? Personalmente, puedo definirme como anticibernético. ¿Tú?

-La verdad es que mi posición es una de indiferencia, por ignorancia más que otra cosa. He vivido la mayor parte de mi vida sin electricidad ni cañerías, así que me perdí la excitación inicial sobre el fenómeno y ya nunca me puse a la altura. He leído sobre ello, cómo no, pero no excita mi imaginación ni un poco así, probablemente porque estoy involucrado en el movimiento biorregionalista, y uno de sus principios es que cualquier noción de comunidad debe incluir necesariamente todas las otras formas vivientes del lugar donde vives, así como el paisaje, los ecoprocesos (como el agua y los ciclos de carbono) y las cifras mayores de regulación, como la ganancia solar. Por tanto, por supuesto que estoy de acuerdo con Vonnegut en que las cibercomunidades no son comunidades de ninguna de las maneras en que a mí me emocionan; como mucho, son grupos intelectuales. Para que exista una comunidad verdadera, primero hay que tener un cementerio; y no sólo interacciones físicas entre humanos, sino interacciones humanas en un ecosistema compartido a lo largo del tiempo, e interacciones con el mundo más-que-humano (flora, fauna, agua, aire, tierra y fuego). La existencia comunal es verdaderamente elemental. La palabra virtual significa «en efecto pero no de hecho», y las cosas que más disfruto de la vida —una tormenta formándose espontáneamente en el Pacífico, cerdos salvajes buscando bellotas bajo los olmos, el sabor del humo de arce en una pierna de venado— todo son sensaciones, los hechos y particularidades de la existencia, y no meras aproximaciones. Me he dado cuenta de forma irrefutable —según mi experiencia— de que cuanto más cerca estoy de la fuente, mayor calidad tiene la información que recibo, y como escritor y ciudadano siempre busco la información de mayor calidad, porque no puedes hacer una buena salsa de espagueti con tomates podridos. Para colmo, cuanto más viejo me hago más me doy cuenta de que no necesito más información, sino sintetizar la considerable información que ya llevo acumulada.

Por otro lado, dejando aparte todos mis reparos sobre lo que es o no es una comunidad verdadera, creo que de todos los profetas de los 60 McLuhan fue el que más cerca estuvo al imaginar el futuro como una aldea global. Veo a la juventud de hoy mucho más abierta a nuevas experiencias, mucho más espontánea, pero mucho menos reflexiva, con lapsos de atención más cortos; trabajando con jóvenes escritores me doy cuenta de que la única moneda cultural común son las películas o la música, no los libros. Por lo pronto sí parece también que los ordenadores han hecho la información mucho más democrática y descentralizada, lo cual es probablemente positivo, pero me preocupa que al reducir el tiempo de búsqueda de respuestas acabes olvidando el propósito de la pregunta. Parafraseando a Antonio Machado, es bueno saber que los vasos son para beber, pero no deberíamos olvidar qué es la sed.3

(3 Esta cita también la utiliza Dodge como introducción a Stone Junction.)

-Not Fade Away apareció cuatro años más tarde. ¿Crees que hay un salto estilístico apreciable de uno a otro libro? ¿Tuviste que dedicarle más esfuerzo por el mayor número de personajes y la mayor complejidad de la trama? ¿Cómo se te ocurrió la idea (del Cadillac, del regalo, de la peregrinación, del fantasma…) y por qué decidiste comenzar el libro con un personaje principal que no es un personaje principal? Es decir, el chico anónimo que escucha la historia de George Gastin.

-Siempre he visto el estilo como una continuación del contenido, así que no estoy seguro de hasta qué punto hay un salto estilístico, como un cambio de estilo que esté en consonancia con una voz (o, en el caso de Not Fade Away, voces) narrativa necesariamente distinta. Intento mantener una cierta lealtad de cara a la concepción de una historia, porque esa concepción inicial tiene que ser suficientemente poderosa para que dedique un año de mi vida —o más— a explorarla. La historia como tal se me ocurrió un día que me salí de una carretera fangosa y me cargué la dirección de la furgoneta chocando contra el tronco de una secuoya. Cuando el conductor de la grúa llegó para remolcarme, vi que llevaba una cinta con el lomo escrito a mano donde ponía Lectura de Kerouac / Jazz y empecé a conversar con él. Al tipo no le eran desconocidos los estimulantes, así que para cuando llegamos a Guenerville una hora después yo ya poseía un conocimiento considerable sobre la vieja escuela del conductor de grúas-remolcadores y el ambiente de San Francisco en los últimos años 50. Un par de noches más tarde tuve un sueño en el que intentaba entregar un regalo que tenía alguna relación con la música y, pensé más en ello, en la importancia de la música en la contracultura, y recordé lo completamente destrozado que me quedé cuando me enteré de que Buddy Holly, Ritchie Valens y el Big Bopper habían muerto en el accidente de avión, lo totalmente hundido que me sentí durante esos días al final del invierno del 59, y eso me hizo pensar en un Caddy del 59, y en la cultura americana, y en sexo-drogas-rock’n’roll. Antes de darme cuenta ya estaba escribiendo en un pedazo de papel A Thousand Bean Pilgrimage In The Big Bopper’s Short (Una peregrinación de mil anfetas en el buga del Big Bopper) —bean era la jerga local para definir la metanfetamina de la cruz blanca al dorso, y short la expresión vernácula de coche, llamado así porque hace las distancias más cortas que el ir a pie— y antes de darme cuenta ya estaba otra vez deambulando por las salinas de Utah que hay en mi cerebro en busca de una tumba imaginaria. En el momento de su concepción decidí que quería la inmediatez y la intimidad de un narrador en primera persona, pero a la vez necesitaba algo de distancia narrativa para confirmar la existencia de ese mismo narrador en primera persona. Así que terminé con esa narración en primera persona partida en un porcentaje de 2% y 98%, cosa que no he visto en ninguna otra parte; y no digo esto porque la rareza del hecho tenga la menor importancia (he acabado comprendiendo que la elección más importante que haces como escritor es decidir la conciencia de mediación que vas a usar para contarle la historia al lector; en pocas palabras, el PDV —Punto de Vista—). Empecé a escribir Not Fade Away un año después de la publicación de Jop. Escribí el primer tercio en Root Hog Ranch (la comuna donde Victoria y yo vivimos de 1971 a 1985), el segundo tercio de viaje por México —hasta que enfermé de hepatitis A y disentería de la jungla— y lo terminé al regresar a Crescent City.

-Esta pregunta es de escritor (con perdón) a escritor: ¿Se te hizo raro escribir la novela en ese estilo confesional de primera a segunda persona? Quiero decir, como si te dirigieras directamente a alguien, que es lo que hace George. Siempre he querido hacer algo así —me da la impresión que le otorgaría al texto una mayor intimidad— pero no sé si me saldría como deseo.

-Es básicamente narrativa normal en primera persona, escrita de la manera en que normalmente contamos y escuchamos la mayoría de historias en nuestras vidas, y habrás notado que George —que es básicamente el que lleva el peso de la conversación— no hace demasiado esfuerzo para incluir al tipo sin nombre cuya oreja está taladrando. Creo que el modelo más cercano a lo que hice, así de memoria, es La canción del anciano marinero.4 Pero estás en lo cierto: el saber popular dice que, si lo que quieres es un tono íntimo y confesional, la primera persona es lo que debes usar, especialmente cuando el narrador es el protagonista; o sea, cuando todo el peso del conflicto recae sobre el protagonista. Por ejemplo, como en El guardián entre el centeno o Huckleberry Finn. El desafío, por supuesto, es penetrar en esa voz, hacerla creíble, conseguir que la dicción y el ritmo y las imágenes sean consistentes con el personaje. Y, por supuesto también, ese narrador no puede morir; ésa es otra razón por la que utilicé un segundo narrador —uno que había tomado narcóticos, además—, para dejar una ligera posibilidad en el aire de que quizás George Gastin fuese, después de todo, un fantasma de verdad. Así, cuando el chico va a buscar su furgoneta al final de la historia, el tipo del taller de reparaciones le dice: «¿Qué fantasma, chaval? ¿Has tomado drogas, o qué? Trajiste la furgoneta tú mismo, ¿no te acuerdas?». Todo esto que estamos diciendo, por cierto, es el tipo de conversación que tenemos en clase en el taller de escritura creativa con casi cada una de las historias que leemos.

(4 Poema largo de Samuel Coleridge escrito en 1799.)

-Otro tema clásico Dodge es la redención (y la previa culpa, o remordimiento, o vergüenza, o dolor), como se ve claramente en Not Fade Away. ¿Crees que hay alguna forma de que los humanos limpiemos toda la pena y errores pasados y dolor creado a los que nos rodean? ¿Que existe algún tipo de limpieza fundamental que uno debe intentar alcanzar por cualquier medio? Mediante la locura, el sexo o el baile, a ser posible, no a base de atrición-flagelación a la manera cristiana.

-Joder, tío, de verdad que aprecio las preguntas «fáciles» que me estás haciendo. Veamos, mi opinión sobre la culpa/arrepentimiento y la vergüenza/remordimiento/pena que los acompañan: a no ser que hayamos permitido que alguien sea demasiado poderoso en nuestra psique, la mayoría de la culpa es negación de la verdad. Nos sentimos mal porque hemos actuado tan mal que no podemos siquiera racionalizarlo ni negarlo (con todo, nunca subestiméis el poder de la negación). Entonces tenemos tres tipos de mal comportamiento, y todos ellos tienen que ver con la conciencia: el que es intencionado; el que se causa por algún grado de distracción e ignorancia; y el que es verdaderamente accidental. Creo que la redención es imposible si no aceptas ni admites tu mal comportamiento; que eres un capullo descerebrado y miserable, o directamente maligno.

Tras admitir que la has cagado, intenta —en la medida de tus habilidades— compensar a aquellos a quienes has dañado. Actúa restituyendo y busca el perdón. Si eso no es posible, intenta expiar el daño creado a algunos ayudando a otros. En pocas palabras, ajusta los niveles kármicos. Pero ante todo, trabaja para alterar comportamientos que dañan al prójimo (incluyendo al prójimo más-que-humano); si no haces eso de todo corazón y con toda tu alma, la redención no es posible. Si eres egocéntrico y no prestas atención a los demás y no trabajas duro para modificar tu comportamiento, está claro que continuarás siendo una fuente de dolor en el planeta. Busca tu parte buena y generosa y actúa en ella. Practica el perdón. Para todo esto se requiere una considerable cantidad de auto-honestidad porque, como dijo William Burroughs: «La única lacra que no puedes superar es la lacra interior». Mucha de la pena que viene con la culpa surge del reconocimiento de que la gran opinión que tenemos de nosotros mismos no es merecida; entre lo ideal y lo real se posa la sombra. Para eliminar esa sombra, haz que tu yo ideal sea tu yo real; cuando esto resulte un consecutivo y constante fracaso, al menos tendrás que aprender algo de humildad. Y, ey, si lo que necesitas es un peinado o una camisa, llévalos. Y respecto a lo de la locura, el sexo y el baile en cuanto a actos redentores, también son propensos a crear mucho más dolor. Pero ten en mente una cosa que los boxeadores han elevado a la altura de lo axiomático: el dolor es inevitable; el sufrimiento es una opción. No escojas sufrir. No te revuelques en la vergüenza.

Y tampoco utilices tu miseria como una excusa para más comportamiento destructivo, sea de cara a ti o a otros; a no ser, por descontado, que tu miseria sea un claro caso de opresión, en cuyo caso deberías rebelarte.

-La música aparece en Not Fade Away a lo bestia. Como defines hermosamente, por «el consuelo de su promesa, su chispa de vida». ¿Cómo de importante es la música para ti? Y —como Vonnegut—, ¿bailas a menudo? ¿Cuales son tus favoritos músicos o estilos? Te veo más como un fan del R&B que un hippie prog-rockero. Y tus personajes son bastante punk, también.

-La has clavado. Sólo tendrías que añadir roots music; el blues de la vieja escuela (Sonny Boy Williamson, Robert Johnson, etc.); jazz (Coltrane, Monk, Miles; en cualquier momento, cualquier periodo); country progresivo (y algo del tradicional); música clásica en determinados humores (especialmente tiempos de incertidumbre y confusión dolorosa); y hip hop (porque mi hijo de diecisiete lo escucha, muy alto, y él es quien controla el estéreo). Los top 5 de mi lista actual de escuchas es, sin ningún orden en particular: Van Morrison, Lucinda Williams, Bob Dylan (un favorito de siempre), Dire Straits y Tom Waits (todo lo cerca de la poesía que las canciones pueden estar, especialmente en la «tradición moderna» de W. C. Williams hasta los Beats, con el énfasis puesto en formas abiertas, imágenes y los sonidos y medidas del lenguaje natural americano). Resumiendo, soy bastante ecléctico y puedo ser capaz de aplicar mi generoso oído a cualquier cosa, pero ignoro miserablemente cualquiera de los aspectos técnicos del acto de crear música, y no poseo ni un ápice de talento (en el instituto me pidieron que dejara de tocar la batería en clase de música porque estaba «retrasando » a los demás estudiantes, y la última vez que me lancé a cantar a grito pelado mi mujer me preguntó qué narices estaba mascullando). Pero por Dios que sé lo que me gusta.

-Las drogas también ocupan un espacio importante en tu segunda novela. ¿Cuáles —si no te importa contárnoslo— son tus experiencias con ellas? ¿Crees que —como comenta tu personaje Kacy— el speed «hace agujeros en el alma»? ¿Y qué les dirías a los que por principio se oponen a cualquier tipo de intoxicante (cerveza incluida)?

-Digamos que conozco los principales grupos de drogas y que he catado modestamente cada uno de ellos. También he sido testigo directo de demasiados escritores/artistas destruidos, dañados o completamente idos por el uso de drogas, especialmente alcohol y speed. Estoy completamente de acuerdo con la opinión de Kacy sobre la metanfetamina: incluso en un periodo de chupa-droguismo tan extendido como los 60 recuerdo que se utilizaba el axioma: «No hay exadictos al speed». Y no porque sea especialmente adictivo, sino porque cada vez que lo comes, esnifas o te lo chutas te provocas un daño psicosomático irreparable; lo que un viejo aspirador de speed llamado Pete The Tweak5 definía como «draves gaños al cerebro».

Discernir la trémula línea que hay entre éxtasis y olvido ya es suficientemente complicado sin incluir en la ecuación las drogas psicotrópicas, y cualquiera que se atreva a aconsejar a los escritores jóvenes que las drogas pueden llegar a ser útiles en la búsqueda de la verdad y la belleza debería ser condenado a beberse una copa de opio fundido. Concurro en que parece haber un deseo humano innato de alterar la conciencia, de saltarse la zanja o cambiar de surco, pero existe una auténtica miríada de prácticas tradicionales desarrolladas con ese único fin —desde la meditación hasta el baile— que resultan mucho más seguras que engullir un supuesto estimulante fabricado en la bañera de una caravana por los típicos desertores de BUP.

Dicho esto, las culturas occidentales necesitan reexaminar su deseo por los estados alterados, los agentes que los producen y el hecho de que existan sanciones sociales que hacen que el producir drogas sea en algunos casos un empleo digno y en otros una infracción de la ley. Si dejamos de lado el tema de su legalidad, ¿cuál es la diferencia entre cultivar un viñedo de uvas para la producción de vino o marihuana de primera calidad? ¿cuál de estos productos provocaría un caos social mayor si los americanos no pudiesen abastecerse de ellos durante diez días: cigarrillos, café, azúcar, chocolate o cocaína? A la gente que está en contra por principio de cualquier tipo de intoxicante les preguntaría: ¿Incluye esa premisa el poder de impedirle a la gente que actúe según sus deseos?

(5 Pete El Pescozón, o Pete El Pellizco.)

-Una pregunta general: Acostumbras a definir tus libros como una manera de intercambiar emociones con tu audiencia, como una búsqueda de «comunión espiritual». Extiéndete un poco sobre este concepto, por favor.

-Creo que no lo defino exactamente así. Lo que digo a menudo es que, como comentaba en una pregunta anterior cuando hablaba de Rexroth, veo la escritura como un acto común de imaginación con otro ser humano mediante el uso del lenguaje. Como un tipo de cocreación, pero sin pretender ningún tipo de «comunión espiritual» o «intercambio emocional », ya que no tengo ni idea de cómo van a responder los lectores, a no ser que me lo digan directamente. Sí sé a raíz de numerosas lecturas públicas de poesía que los lectores les dan a las imágenes y palabras que uso un significado personal. De otro modo no se explica que, por ejemplo, el otro día les leyera un poema que trata de encontrar los huesos de una mula al lado de un manantial recóndito y me dijesen: «Ese poema trata de la masturbación, ¿verdad? ». A los escritores jóvenes que defienden sus abstracciones vanidosas clamando «Quiero dejar mucho espacio para la interpretación de lector» me encanta recordarles: «No te preocupes sobre eso; siempre lo hacen».

-El George de Not Fade Away está constantemente tratando de librarse de su pena, de vencerla de algún modo. Es cierto que, cuando estás triste, no eres capaz de vislumbrar el final de esa tristeza. De verdad crees que va a durarte siempre, que así es como vas a estar el resto de tu vida, y por eso creo que es bueno distraer tu espíritu con otros menesteres hasta que la pena decide irse por su propio pie. ¿Cuál es tu experiencia personal con el dolor emocional, la culpa y la tristeza? ¿Cómo la superas?

-Te contestaba bastante a esto en la pregunta sobre la redención de antes, pero reitero: No creo que nunca llegues a superarla; lo que hago, con suerte, es sobrevivirla alterando lo que puedo y aceptando lo que no puedo cambiar, y esforzándome para entender la diferencia entre ambas cosas. En cierto modo, creo que los budistas aciertan al decir: el sufrimiento surge de apegos profundos, como el amor. Si no quieres sufrir, no ames, porque el amor va a perderse algún día. Si crees, sin embargo, que el amor aún vale la pena, entonces ama con todo tu corazón, y cuando termine, y duela, entonces sufre. Pero no lloriquees, gimotees o te lamentes: la elección era tuya. Vive con ella.

-Eso parece fácil. Pero hay momentos extremos en que los sucesos pueden reducirle a uno a un estado de angustia constante y miedo y melancolía salvaje, sin que parezca que pueda hacerse nada para mejorarlo. El desamor y el abandono y el final de las cosas (sean amistades o amores), por ejemplo. O cambios radicales en la vida como estar a punto de ser padre, o ver morir a alguien cercano o perder el empleo.

-Lo dicho antes. Y recuerda que todo pasa; nada permanece eternamente. Parece un consuelo ínfimo, pero la ansiedad y la preocupación y el miedo/terror son riesgos del oficio para muchos escritores —de hecho, para los artistas en general—. Son la desventaja de lo que se suele considerar nuestra mayor virtud —la imaginación—, solo que no siempre somos capaces de imaginar amor universal y ciudades brillando en las colinas. En mi juventud (digamos desde el final de la adolescencia hasta los treinta y pocos) lo pasé muy mal con mis ataques de morbosidad, siempre intentando imaginar el peor desenlace posible para todo… algunos de ellos tan exageradamente malos que me acabó repugnando mi habilidad para imaginar cosas tan feas y horribles, a la vez que me preocupaba que de tanto imaginarlas al final terminaran siendo reales. No recuerdo cuál fue el momento concreto en que me libré de aquella morbidez incesante; pareció ir mejorando poco a poco, y si me viese forzado a dar una explicación diría que dejé atrás esa etapa. A pesar de que sigo siendo propenso a sufrir ataques de morbosidad —cosa que no tiene ninguna gracia— éstos me han ayudado a comprender que esa preocupación/ ansiedad/terror ese el precio que pagamos por tener una imaginación viva, y he desarrollado un cierto sentido del humor —si bien algo negro— para deshacerme de sus peores efectos: «Ah, sí, puedo ver el cuerpo en descomposición de mi propio hijo. Es hermoso poseer este maravilloso don que es la imaginación, y ser capaz de conectarme a todo lo que es oscuro y retorcido de la psique humana». Así pues, hay que aceptar ese algo que viene en el pack de ser brillante, pero tampoco regodearse en ello. Y en el gran Verdadómetro del alma poética, la angustia, el miedo y la melancolía aparecen como partes indiscutibles de la condición humana; sólo porque a los escritores nos guste considerarnos semidioses, eso no nos exime de los obstáculos y tribulaciones de la existencia, las grandes locuras ontológicas que vienen con ser humano. Y no hace falta añadir que —respecto a la paternidad— ser responsable de una nueva y completamente indefensa vida tiene que sacudir el árbol psíquico lo suyo, pero eso se nivela con el gozo de una nueva vida, esperanza eterna, y la alegría salvaje que acompaña a sus primeros pasos, palabras, citas e hijos. Relájate; es sólo la vida. Y rezaremos por que todo vaya bien.

-Gracias, hombre. De hecho, ahora que lo comentas, me gustaría saber cómo se maneja logísticamente alguien como tú para combinar el trabajo de profesor con tu actividad creativo-literaria y con las responsabilidades paternas.

-Tengo una pareja/mujer excepcional, que tuvo los bemoles y el arrojo de venirse a vivir conmigo sin electricidad ni teléfono en las colinas profundas de Del Norte Country (no era la comuna) mientras yo me pasaba tres días seguidos a la semana dando clases en Arcata y volviendo a casa a pasar el resto de la semana. Hace muy poco que nos hemos mudado a la ciudad, y eso ayuda logísticamente, a pesar de que nuestro hijo ya va al instituto y cree que somos estúpidos, inútiles y un coñazo. Por cierto, adoptamos el hijo de la hermana de mi mujer cuando tenía dos años (y nosotros cuarenta), así que lo nuestro fue una elección muy consciente. Esa elección —ja, ja— asume que ya sabes a lo que te enfrentas, pero nunca lo haces. Fue un periodo de adaptación difícil, puesto que había vivido sólo de mi ingenio durante veintidós años, pero llega un momento en que no puedes aceptar la responsabilidad de que una nueva vida viva también de los frutos de ese ingenio, así que tragué y conseguí un empleo de profesor, completo con una paga regular y prestaciones médicas y otras trampas de la vida adulta. Apañárselas con todas las exigencias juntas (de una familia, de un empleo y de una carrera literaria) es una faena de malabarista, y cuando algo tiene que dejarse caer, usualmente es la narrativa. Mi consejo a todos los futuros padres jóvenes es éste: aprende algunos pasos distintos, porque tendrás que bailar cosas diferentes. Y cuando empieces a notar ese resentimiento típico por pasar una noche más en vela con un infante berreador, y sepas que tienes que levantarte —¡mierda!— en sólo una hora para empezar el primero de los dos empleos a jornada completa que necesitas para mantener a tu familia (y la canguro/parvulario, si es que tu mujer trabaja también), y ya no tengas vida, y mucho menos un sólo pensamiento en tu exhausta cabeza, recuerda que todo esto fue tu elección —¡aaaaaaaaargh!— así que vive con ello armado de todo el amor y gracia que seas capaz de reunir.

-Stone Junction es tu novela político-mágica. Todos los clásicos Dodge-ismos siguen allí, pero añades una buena dosis de pensamiento libertario, anarquismo (si bien místico) y oposición general a cualquier tipo de gobierno o control centralizado de la sociedad. Explícales a nuestros lectores tu visión del anarquismo y coméntanos los principios básicos del biorregionalismo que mencionabas antes.

-Es difícil resumir los principios básicos en pocas palabras. Os dirigiré mejor a mi único ensayo sobre el tema («Living By Life: Some Bioregional Theory and Practice», CoEvolution Quarterly, invierno de 1981; ha sido incluido en múltiples antologías, recientemente en Literature and the Environment, editado por Ander son, Slovic, and O’Grady. Longman Publishers, 1998). Últimamente he estado pensando en una continuación, «Still Living By Life», y también trabajo en este momento en otro sobre poesía biorregional. Me gustaría puntualizar también que no es tanto que me oponga a un gobierno o a un control centralizado sino que estoy a favor de que la gente sea capaz de cuidarse a sí misma y al prójimo, incluyendo las comunidades bióticas en las que habitan. Creo que los gobiernos inmensos y centralizados, con el enorme poder que aplican sobre nuestras existencias individuales y colectivas, conducen al cinismo y al nihilismo (como decía más arriba). Nos pasamos el día llenándonos la boca con las palabras independencia y libertad, pero poca gente se para a pensar en profundidad qué es lo que constituye la libertad, o cómo se consigue, mantiene y pierde ésta. Yo defino libertad como algo que es igual a tus necesidades, y por esa definición muchos de nosotros seguimos siendo esclavos a sueldo y siervos atados a un contrato con el estado corporativo, en parte porque todavía nos estamos tambaleando a resultas de los inmensos cambios que trajo consigo la era industrial y el crecimiento de las ciudades. Lo atrayente del biorregionalismo es que ofrece una escala adecuada para hacer real la libertad y premiar la atención, y asume como la base de la vida una visión ecológica de la interconexión. Eso no es especialmente utópico, ya que los humanos han vivido de esa manera desde el neolítico. Quizás el futuro será primitivo.

-Dicho esto —consulta antes con tus amigos abogados—, ¿crees que se ha hecho necesaria —o que es moralmente defendible— la acción directa, como Stone Junction hace implícito? Es decir: ¿es éticamente defendible atacar al poder con sus mismas armas? Por ejemplo: una fábrica que está destruyendo el medio ambiente. ¿Le pegamos fuego si ninguna de las acciones previas han dado resultado?

-Por supuesto que la acción directa está justificada: América está construida sobre la premisa éticamente defendible de que los humanos están moralmente obligados a luchar contra la opresión y la explotación de la vida humana y más-que-humana. En Stone Junction, incluso matar está justificado, con la condición de que el arma homicida sea la imaginación. Pero la explotación de una persona es el salario de otra, y lo que nosotros llamamos inocente ellos lo llaman infiel; y ahí es donde todo se vuele resbaladizo, confuso y egoísta. Aunque sea egoísta en el nombre de Dios, del Estado o de la Revolución, da lo mismo. Yo fui educado en el dicho de Davy Crockett: «Asegúrate de que tienes razón, y luego tira para adelante ». Por supuesto, asegurarse de que se tiene razón, y asegurarse bien de que estás en ese lado de la acción, puede llevarle a uno unas cuantas vidas e incluso así dejarte atrapado en una telaraña de nudos éticos. Así que mejor pensar bien lo que se hace antes de empezar a «aplastar al Estado», incluso los estados mentales que condicionan nuestro pensamiento, o el estado privado que también lo influencia.

-Has declarado alguna vez de que casi perdiste la razón escribiendo Stone Junction. ¿Cómo sucedió, y de qué manera superaste tu casi-locura?

-¿Cómo? Bien, en términos de la historia, me quedé atrapado en el espejo. Me rendí, sólo para darme cuenta de que la luna asesina a balazos a sus prisioneros, y el sol fríe a los débiles. Sé a ciencia cierta que no he pasado unos nueve meses más intensos en mi vida. Esto era hacia 1988-89, antes de tener un hijo, estaba dando clases a jornada completa en Arcata, y Vicky y yo nos habíamos tomado un respiro en nuestra relación —ella vivía en Crescent City—. Yo enseñaba durante el día y escribía desde medianoche hasta al amanecer cada día. Cada día durante nueve meses, sin parar. Preparaba mis clases y corregía exámenes y era un ciudadano modelo hasta que daban las doce en el reloj, que era cuando entraba en un estado mental distinto. Dormía de madrugada hasta las diez, y luego entraba de nuevo en el modo «profesor», cocinaba mi cena tarde, fregaba los platos, y volvía a darle otras cinco o seis horas. Hacia el final de este periodo, mis estudiantes y amigos me han comentado que me veían en la cooperativa alimentaria local o en la oficina de correos, mirando al techo, completamente sumido en mis pensamientos, ido. Y recuerdo un par de ocasiones en que entré en la «zona», ese estado gozoso en que dejas de contar una historia y la historia empieza a contarte a ti, el tú-sin-ti, y esa sensación limpia y dulce que fluye con ello durante esos momentos abiertos e inacabables, así que empecé a dar paletadas como un loco en esa caldera, desgastándome al máximo en el proceso. Y no me arrepiento. Pero es un lugar que sólo puedes visitar; no puedes vivir allí. Hacia el final la cosa daba un poco de miedo y, cuando terminé la segunda revisión, la re-creación, me quedé tan vacío que no pude escribir nada durante seis meses, y me llevó otro año y medio comprender que realmente había vuelto de allí más o menos a salvo. Estaba plenamente convencido de que nunca volvería a —o debería— repetir algo así, y decidí que solo escribiría narrativa larga si me lo pasaba bien haciéndolo.

Así que después de unos años de debatirme en los brazos de la poesía decidí que trataría de escribir una novela de detectives a la que le había estado dando vueltas. Al poco, lo que había empezado siendo el típico ¿Quién lo hizo? se transformó simplemente en ¿Quién?, una exploración de la naturaleza de la identidad, porque el detective sufría —o fingía— algo llamado «sensibilidad de identidad múltiple» (no «personalidad», no «desorden», no «síndrome»), lo que originalmente significaba que el detective eran de hecho ciento doce personajes en uno, además de algunas sombras y fantasmas que eran innombrables e innumerables, sin contar otros cincuenta empleados de su agencia de seguridad e información (SISI:6 Servicios Integrados de Seguridad e Investigación). Al término de dos años de trabajar en la novela llevaba quinientas páginas, y ni había presentado a todos los personajes ni había siquiera mencionado el crimen. Nueve años más tarde caí desesperantemente en la cuenta de que las demandas narrativas del libro estaban muy por encima de mis magras habilidades, y que no tenía la menor posibilidad de alcanzarlas. Hace muy poco tiempo que he comprendido que no puedo entregarme a una historia si mis motivos son la diversión, o el juego, o un mero deleite en las palabras y la imaginación. La historia debe poseer en sí misma algún tipo de necesidad imperiosa que me obligue a involucrarme en ella de una manera tan profunda que sea capaz de escribir a un nivel de tal intensidad, honestidad despiadada y compromiso que sea capaz de honrar el arte. Resumiendo, la historia de detectives pateó mi culo sin misericordia de aquí a la Eternidad, dejándome al final como un humilde profesional, seguro que más triste y quizás también más sabio. Así que últimamente me dedico a escribir poemas de siete sílabas, creyendo que si realmente me concentro puedo afilar todo mi arte en un único fonema ocasional. Y luego desvanecerme en mi propio y estúpido silencio. O sea, que aquí estoy.

(6 ISIS en el original.)

-Pynchon dijo que leer Stone Junction era como estar en una fiesta en la que se celebrase todo lo que es importante. Eso es un elogio muy elevado. ¿Cómo te sentiste cuando te enteraste de que alguien casi beatificado como Pynchon era fan de tu obra y escribía el prólogo? ¿Sientes algún tipo de afinidad con el autor? Yo diría que sus prólogos, además, son fantásticos. Recientemente leí el que hizo para el libro de Richard Fariña Been Down So Long It Looks Like Up To Me y me pareció igualmente brillante.

-La propaganda de Pynchon vino —según su agente, y el mío— sin que se la solicitaran, y pudo muy bien ser lo que me salvó la vida, ya que yo estaba aún en las garras de una duda postparto enloquecida y me estaba sometiendo a un tipo de comportamiento que era potencialmente desgarra-almas; como encerrarme durante meses, por ejemplo, solo con mi lenguaje y mi imaginación desmoronándose. Así que la ayudante de mi agente llamó y dijo que Pynchon había estado buscando algo nuevo y diferente que leer, y que Melanie Jackson le había mandado Stone Junction, y que algo después el escritor había faxeado su prólogo justo cuando el libro iba a imprenta, y que si quería que leyera lo que decía. ¿Que si quería? ¿Mean los erizos en rocas planas? Le hice a esa pobre asistente leérmelo veintisiete veces, y cuando finalmente colgó me quedé sentado unos minutos, sonriendo, y me dije: «Bueno, Stone Junction valió la pena después de todo».

Eso es exactamente lo que el elogio de un escritor a quien admiro tanto significa para mí. Y luego mi editor inglés solicitó la introducción para la edición de Canongate, lo que fue incluso más dulce, especialmente su elogio de las escenas de póquer, que yo temía que fuesen demasiado largas y quizás no todo lo accesibles que deberían ser para un lector de buena voluntad. Creo que me reprendió gentilmente por mi acercamiento «analógico» a la narrativa, y me tomé sus comentarios muy en serio, puesto que parte de mi admiración por la obra de Pynchon viene de su liberación del narrador y de la sensación maravillosa que desprende su obra de que como escritor puedes hacer todo lo que tu coraje e imaginación te permitan; o al menos yo siento ese furioso sentimiento de liberación cuando le leo.

Por si a alguien le interesa, T. P. vivió en Trinidad, unas doce millas al norte de Arcata/Eureka, en la época en que yo trabajaba en la librería local. El día que firmó el contrato de alquiler de su nuevo piso, su casera —a la que yo conocía— vino a la tienda y me preguntó si teníamos algo de un tal Pynchon, porque un tío que decía llamarse así y que afirmaba ser escritor había empezado a alquilar su piso.

Por supuesto, todo lo que había escrito estaba disponible, y yo le hablé largo y tendido de sus credenciales. Pero, aunque me hubiese encantado conocerle y tomar algo con él (yo no había empezado aún a escribir narrativa, pero por aquel entonces ya estaba pensando seriamente en ello y suponía que él podría darme algunos buenos consejos) decidí finalmente dejarle con su vida. Digo esto como evidencia de que no es el paranoico reclusivo que lleva disfraces y cambia de identidad semanalmente que dicen por ahí; muchas personas en la comunidad (algunos de ellos patrones de barcos de pesca, y carpinteros y lampistas y gente de clase obrera) le conocían bien, cenaban con él, iban a bares juntos y salían por ahí con él. Por todo lo que he oído, es buena compañía, nada afectado, y escucha mucho más que habla. Así que en lugar de un esnob frágil y reclusivo, quizás Pynchon sea lo que era para sus vecinos y adláteres de Trinidad: un tipo humilde y tímido que sabe que sería distorsionado por la maquinaria de la fama americana y que prefiere concentrarse en su obra en lugar de contestar preguntas inanes de la peña cultureta o de graduados que han leído demasiada teoría literaria francesa y no suficientes matemáticas o ciencia. La primera regla del escribir es escribir, y puesto que él basa gran parte de su trabajo en hechos históricos y es un investigador meticuloso, no le sobra tiempo para ir a hacer el numerito en el Today Show (aunque, eso sí, he oído que salió en Los Simpson). En Estados Unidos no puedes permitir que se te convierta en una comodidad pública, porque serías consumido. Así que personalmente lo aplaudo por eludir lo que sería obviamente celebridad y adulación. Creo que da un gran ejemplo a los artistas jóvenes: la celebridad, como la lujuria, es «un gasto de espíritu y un desperdicio de vergüenza». Quedaos en casa y trabajad.

-Perdona que insista de nuevo en ello, pero, hablando de trabajar: ¿Está abandonada del todo, pues, la novela detectivesca?

-Bueno, como te decía, mi culo fue azotado sin misericordia. Quizás si la convirtiese en una obra en diez volúmenes o algo así volvería a trabajar en ella, pero cada vez que he creído que tenía una idea factible para la estructura, la cosa volvía a hacerse enorme. Y ésa no es la parte más terrible del fracaso. Lo que duele es esto: tras trabajar en ella durante nueve años algunos de los personajes empezaban a gustarme mucho (y creo que a los lectores les hubieran gustado también), pero murieron antes de haber nacido. Doble putada. Quizás podría reinventarlo todo como una serie de TV, pero entonces perdería a mi narrador, que es uno de mis tres personajes favoritos. Todavía estaría presente en la serie, claro, pero perderíamos la voz narrativa. En fin, ¿qué es una década de trabajo sino algo pasado, en cualquier caso? Así va todo.

-Poesía: para ti es una completa prioridad, pero por lo que parece (y juzgando por la disponibilidad de tus títulos), tu producción poética no es tan extensa como la narrativa. ¿Por qué? ¿Es el proceso de creación poética más difícil?

-Mi «producción» poética excede en mucho la de mis novelas. He escrito, a ojo de buen cubero, unas novecientas páginas de prosa narrativa, y he publicado todo lo que he escrito. Por otro lado, debo de haber escrito unos cuatro mil poemas; es cierto que no todos ellos merecen ser publicados, pero la mayoría muestran un grado bastante alto de destreza. Supongo que la poesía es algo en lo que puedo mantenerme puro, manteniendo un control directo sobre el proceso de publicación/impresión. Mi gran fortuna es que Jerry Reddan, de Tangram Press, ha sido siempre un gran fan de mi poesía, y podría decirse que es el mejor impresor al oeste del Mississippi. Editamos una obra anual cada solsticio de invierno que regalamos a amigos y seguidores, y tenemos un libro de ku (un formato de siete sílabas) a punto de terminar. Supongo que la diferencia estriba en que mantengo la poes

Vertov, Cine-Ojo

No debe dejar de admirarse el trabajo de la realizadora Leni Riefenstahl por la cercanía que haya tenido con el régimen nazi o por cómo Hitler usó su cine para hacer propaganda del proyecto ideológico totalitario del Tercer Reich. De la misma forma debe tomarse el arte de Dziga Vertov (otro gran documentalista), por mucho que haya comulgado con los preceptos bolcheviques y Lenin. Impulsado por el ansia renovadora que fomentó la revolución rusa, Vertov (1896-1954) se convirtió en pionero sin parangón de las capacidades sociales del cine (deplora todo lo que sean herramientas de ficción y de comercio en una apuesta necesaria por «unos filmes dirigidos hacia la vida y exigidos por la vida»).

Aunque en aquellos tiempos hubo otros autores que alcanzaron mayor relevancia, como Pudovkin, Eisenstein o Dovzhenko, menos perjudicados por la burocracia soviética, es quizá la obra de Vertov —con la de Eisenstein— la que ha mantenido mayor capacidad de infl uir en el arte y el pensamiento contemporáneos, en especial con la teoría del cine-ojo y su película El hombre de la cámara. Parte de la vigencia se la debe a su gran valedor Jean-Luc Godard, pero hay que decir que su eco va mucho más allá del círculo no siempre permeable de las vanguardias culturales. Con Eisenstein, con quien mantuvo sus disensiones, Vertov es uno de los pilares del cine, el padre del documental moderno: su arma fue la cámara frente a la fe que el autor de El acorazado Potemkin puso en el montaje. Vertov fi aba todas sus naves a la verdad-realidad. Capitán Swing recupera sus Memorias de un cineasta bolchevique, libro abandonado desde que Labor lo editó en 1954 y al que se añaden otros textos esclarecedores.

Anhelos que guían una vida

Yösik, el del viejo mercado de Vilnius, de Joseph Buloff, es un relato que tiene algo de memorias de infancia y juventud de Joseph Buloff (1899-1985), un actor lituano que abandonó su país en 1926 para emigrar a los Estados Unidos, donde, desde su debut en Broadway en 1936 y en el cine en 1949, llegó a ser muy conocido.

El narrador habla primero de su infancia en el mercado de Vilnius, cuando era un chaval de baja estatura, charlatán y embaucador, que va poco a poco aprendiendo el rechazo que sufren los judíos. Luego cuenta cómo su vida da un giro cuando, al regresar su padre de los Estados Unidos, su familia se muda de barrio y él asiste al colegio. La segunda parte comienza con otro cambio de colegio donde trata con gente de otras capas sociales. Pero un nuevo revés de la fortuna, pues debido al asma su padre ya no puede seguir siendo peletero, le devuelve al mercado, en principio para trabajar de aprendiz, pero donde su vida sufre multitud de vaivenes debidos al estallido de la primera Guerra Mundial.

El libro cambia de tono y de ritmo varias veces: en ese sentido es desigual y no tiene la consistencia de una buena novela; sin embargo es interesante por lo que tiene de visión caleidoscópica y «chagallesca» del mundo del autor. En ocasiones tiene acentos surrealistas pues el pequeño y joven Yósik tiene un poderoso mundo imaginativo. Hay momentos cómicos pues también es un superviviente nato que se mete o le meten en unos líos monumentales. Otras veces predomina lo costumbrista, como cuando visita las sinagogas del barrio judío de Vilnius y nos cuenta su organización y funcionamiento. No faltan los acentos picarescos en algunas situaciones. En la tercera parte la guerra lo cambia todo y Yósik, que pasa por etapas de actor y de contrabandista, comienza con sus intentos de marcharse a América.

Como es habitual en este tipo de historias, abundan los personajes pintorescos y no faltan diálogos y reflexiones acerca del papel de Dios en la historia del pueblo judío y en la vida del narrador, con los choques entre los más ilustrados y los más tradicionales. En conjunto la novela tiene mucho de relato de aprendizaje y, en particular, el autor desea señalar cómo nació su vocación de actor desde que un tío suyo le introdujese en el mundo teatral: «me despertó anhelos que luego guiaron mi entera existencia: el anhelo de representar, el ansia de tener sujeto a todo un público en la palma de mi mano».

Américo Vespucio

Stefan Zweig fue, sin duda, uno de los escritores europeos más importantes de la época de entreguerras, de la cual resulta especialmente difícil disociarlo por ser tan cercanos esos tiempos a su propia experiencia vital y a las preocupaciones más profundas del célebre intelectual vienés.

Américo Vespucio. La historia de un error histórico podría parecernos por el título una más de entre las numerosas biografías que el autor escribió, pero no es exactamente así. Si bien es cierto que el personaje de Américo es imprescindible y central en la obra, para guiarnos con buen tiento debemos acudir al subtítulo, y así percatarnos de que este libro trata sobre un error histórico, o más bien, sobre una cadena interminable de coincidencias y confusiones que otorgaron a Américo Vespucio, hombre de dudosos méritos, el honor de dar nombre a un nuevo continente. Se trata de un trabajo casi arqueológico y un puzzle de piezas imposibles de armar que, al pasar por la pluma de Zweig, se convierten en una diversión, en una delicia para cualquier lector. El mérito de Zweig en este punto me parece indiscutible: coge una roca pesada y desigual y nos devuelve una pequeña obra arquitectónica cuyas desigualdades son tan solo atribuibles a las mismas desigualdades de la historia, a la materia prima.

Antes de entrar en materia, Zweig ofrece una introducción histórica que hace las veces de muestra impresionista del ambiente y atmósfera de la época, con un estilo claro y agilísimo que rehuye de tirar de datos hasta la extenuación. Esta es, justamente, una de las virtudes del presente libro frente a otros que han abordado el mismo tema quizá con mayor intensidad bibliográfica y obsesión histórica, frente al Zweig que quiere transmitir la ilusión, inquietud y cierto desconcierto que suponemos debía respirarse entre una población pendiente de noticias frescas sobre un nuevo mundo, ansiosos por saber más sobre todos aquellos misterios ultramarinos. Zweig nos muestra, pues, no sólo la historia de un descubrimiento y del bautismo de un nuevo continente, sino también la salida definitiva de ese mundo del año 1000 y sus resonancias apocalípticas; un mundo este raquítico y limitado, empobrecido por el agotamiento y el terror. Se trata, al fin y al cabo, del venirse abajo de la visión del mundo que creyeron Aristóteles y Ptolomeo, autor de la representación más fiable que se tenía del globo, el Mapamundi, el cual en apenas cincuenta años desde los primeros descubrimientos sufrirá continuas modificaciones, ampliándose de este modo los horizontes que se habían delimitado siglos y siglos atrás. Pero no hablamos tan sólo de un horizonte físico, sino, digámoslo así, también de un horizonte espiritual, que excita la tan necesitada esperanza en una época que vivía en medio de catástrofes. En ella aparece un texto de una extensión de cuatro a seis páginas titulado Mundus Novus y escrito por un tal Albericus Vesputius del que nadie ha oído hablar, el cual relata con cierta elegancia y pasión sus descubrimientos por tierras lejanas, afirmando ni más ni menos que “si hay un paraíso terrestre en algún lugar, no puede estar lejos de aquí”. No es de extrañar que despierte con sólo estas palabras y una vívida descripción de las maravillas allí vistas, el ánimo de todos aquellos que se hacían eco de tales palabras, debido a la teoría que rondaba por aquel entonces que defendía que tras el pecado original Dios había trasladado el Paraíso al punto opuesto de la Tierra. Este fue, sin duda, el relato de expediciones más leído y con más devoción de los muchos que circulaban en pequeños volantes. Américo prometía, además, seguir contando más cosas de otros viajes en un futuro. Pues bien, con este Mundus Novus, que interesaba tanto a curiosos como a eruditos, llegamos al principio de uno de los mayores errores, que no engaños, de la historia humanidad, pues la intención de Americo Vespucio parece ser realmente la que él mismo apunta, es decir, mostrar con palabras a los demás las inefables maravillas del mundo. Fuera o no tal la pretensión del que diera el nombre a América, esta primera publicación, cuyo título no es ajeno al revuelo que produce, es la cabeza de una apretada y confusa procesión de equívocos entre los que se cuentan, dispersos entre diferentes lugares y años, un tipógrafo de Vicenza el título de cuya antología de viajes donde figura, entre otros, el de Colón, es peligrosamente ambiguo; un error de imprenta en la edición latina; y la equivocación de un geógrafo de provincias que nos lleva a Saint-Dié, en un rincón de los Vosgos, amén de las imprecisiones en la fecha de alguna de las expediciones de Vespucio; y todo este carnaval de resbalones involuntarios apuntan, sin pretenderlo, a Vespucio como el autor de una hazaña que no es suya y como depositario de una gloria que no le pertenece, ajeno a las casualidades que lo han encumbrado. El desconocimiento de las mismas hará que en un futuro se tome a Vespucio como un usurpador, un falsario, un hombre incapaz y ávido de gloria, un perro, maltratado por figuras como Fray Bartolomé de Las Casas, quien lo describe como un hombre avieso que traza planes para tomar lo que no es suyo, o posteriormente el poeta Ralph Waldo Emerson, que dice: “Resulta extraño que la gran América deba llevar el nombre de un ladrón: Américo Vespucio, el fanfarrón de Sevilla, cuyo más alto logro naval era ser el compañero del contramaestre en una expedición que nunca fue en barco, el gerente suplantador de Columbus, y bautizar la mitad de la tierra con su deshonesto nombre” (p. 90). En contraposición a estas amigables declaraciones, Zweig nos dibuja un personaje para nada ladino, un hombre “que no salió por amor al oro y al dinero”, que, a diferencia de otros conquistadores “no había torturado a seres humanos ni destruido reinos”, y que “siempre dijo la verdad”; si acaso, mintió por no haber desvelado la mentira, pero en su descargo puede decirse: ¿a qué autoridad, a qué institución podría haber acudido? Al parecer ni el mismo Colón, con quien mantuvo una buena relación, hizo tal reclamación. Son los ojos posteriores los que inventan ese Colón versus Vespucio, pues sólo miran lo que quieren ver. Además, aunque se nos aparezca Vespucio como un personaje nada excelente, nadie puede negar que a él se debe el reconocimiento de la tierra descubierta por Colón como un Mundus Novus. De todos modos, la figura de Vespucio sigue siendo ambigua. A este respecto es muy interesante la presentación que contiene el presente ejemplar, a cargo de Felipe Fernández Armesto, profesor de la universidad de Notre Dame, pues ofrece una visión en general contraria a la que se describe en el texto de Zweig, cuyo texto podría leerse como una disculpa a la mala fama de Vespucio. Armesto lo describe como un simple mayordomo de la casa de Pierfrancesco, un hombre hábil para encargarse de asuntillos de poca importancia, con relaciones oscuras y al que podemos encontrar ejerciendo de proxeneta; un hombre que busca fama y gloria, que sale a la mar no por amor a los descubrimientos, sino por amor a las valiosas perlas, un hombre incapaz para los asuntos prácticos de la navegación, etc. El rompecabezas de Vespucio queda sin solución, pero su nombre nunca se acaba. Como dice Zweig, “una palabra, una vez echada al mundo, extrae fuerza de este mundo y existe libre e independientemente de aquél que la dio a luz” (p. 73), y esa palabra “vibrante y sonora” que, a la inversa que “Lolita”, se pronuncia de afuera hacia adentro, ya saben cuál es.

Por Raúl Narbón

Lady Nicotina

A lo largo de la historia, sobre todo en la literatura, el tabaco ha aparecido de forma recurrente, y muchas veces ha sido imposible separarlo de algunos personajes ya reales o ficticios (fumaba el Che Guevara, Cortázar, Hemingway, Popeye, el Capitán Garfio). El motivo de por qué tabaco y literatura están tan íntimamente ligados se recoge bajo el icono del escritor que fuma. El pitillo y el humo, una hoja en blanco y el escritor dispuesto a crear su obra, conforman de forma casi poética el triángulo amoroso de la literatura.

Muchas y muy diversas historias de gran repercusión literaria se han escrito bajo el influjo del tabaco. Otras, reales, tienen al tabaco y al libro como protagonistas, como, por ejemplo, la que de forma anecdótica refiere Jesús Marchamalo en la presentación del libro sobre los cigarreros de Cuba, quienes pagaban para que se les leyera un libro en voz alta y así amenizar la jornada. Uno de estos libros fue El conde de Montecristo, leído tantas veces que al final los cigarreros escribieron a Dumas para que dejara bautizar esos habanos con el título de su obra.

Este Lady Nicotina, compuesto una vez más de nicotina y letras, es una obra que reúne una serie de textos, cartas y algunos artículos, en los que el tabaco preside la vida de sus autores. El tabaco forma parte de estas vidas de forma sutilmente imprescindible, prestándose las veces a ser el medio o el fin de innumerables historias.

James M. Barrie e Italo Svevo (Ettore Schmitz) hablan en este libro del tabaco y de su uso como una forma de arte, el arte de fumar. Desde la sutileza para elegir la mezcla de tabaco o la pipa con la que fumarlo hasta los arreglos caseros de las boquillas astilladas, se encadena una larga lista de los componentes de la vida del fumador a los cuales hay que atender y cuidar como si de una esposa se tratase. Por este motivo, y a través de la pasión por el tabaco de ambos autores, advertimos su carácter introvertido y delicado. Svevo, fumador de cigarrillos, trata de proveerse de todo el tabaco necesario, que muy pocas veces es suficiente (ya que como bien dice a su esposa en las cartas fuma como un cosaco), para cubrir el plazo de ausencia durante los frecuentes viajes de trabajo (en una época de su vida en la que se aparta de la literatura) a fin de asegurarse su marca favorita. A su vez, Barrie también nos narra su desesperación y la de sus compañeros cuando se encuentran lejos de ese estanco londinense donde compran su adorada mezcla Arcadia. Estos episodios evidencian la falta de seguridad en sí mismos, lo que supone un rasgo definitorio de la personalidad de los dos autores.

Por otro lado, Barrie, a diferencia de Svevo, fue fumador de pipa. Este detalle aporta un matiz importante en cuanto a sus deberes como fumador que no atañen de ningún modo al consumidor de cigarrillos. Barrie dispensaba un cuidado especial y un tremendo respeto a su pipa, que para él resultaba casi insustituible, hasta el punto de hacer arreglos para poder continuar fumando en ella aún teniendo una nueva. De este modo, se patentiza cómo el fumador queda subordinado a este arte de fumar en el que se atiende a los detalles más insólitos y únicos que ofrece el tabaco, tal como sucede a quien observa una pintura o acude al teatro. Y así los autores van detallando las andanzas de la vida de un fumador que discurre al margen de las ordinarias vidas de los no fumadores, quienes no disfrutan de los goces que proporciona el tabaco, pero tampoco se obligan a los cuidados que éste requiere.

Fueron, pues, Barrie y Svevo grandes fumadores, y este Lady Nicotina es un homenaje a todos aquellos que comprendieron el placer y el vicio de fumar, exponiéndose en todo momento a ser requeridos para escuchar la indeseable frase “debe abstenerse absolutamente de fumar”, ya que, en definitiva, este arte de fumar comprende también el de dejar de hacerlo.

Svevo trató de dejar este vicio innumerables veces. Llegó a tener un cementerio de buenos propósitos: toda una habitación en la que anotaba en la pared las fechas en las que se proponía dejar de fumar. Escribía a su novia, más tarde esposa, prometiendo siempre que aquel día fumaría su último cigarrillo. Intentó todos los remedios para dejar de fumar y, con ellos, todos los medios que le condujeron a no hacerlo. Su pasión por el tabaco era tal que llega a comparar la felicidad de su matrimonio con el goce de fumar.

Barrie, en cambio, trata el tabaco con mucha más serenidad. Es cuidadoso hasta el más mínimo detalle, y si en algún momento descuida su pasión por el tabaco llega sentirse avergonzado. Fumar supone, en la vida de Barrie, todo un mundo de detalles y matices, desde la elección de la mezcla de tabaco hasta con qué prender la pipa o en compañía de quién fumarla.

Así Lady Nicotina: del placer y el vicio de fumar propone un buen recorrido por la vida de cualquier fumador empedernido en un tono “presidido por la ironía, la nostalgia, el abierto cinismo, la pasión y el descreimiento”.

Por Ana Embuena

Lucha de clases en Madison Avenue

Mad Men. Reyes de la Avda. Madison (Capitán Swing, 2010) viene a llenar el hueco académico –que otras editoriales que no merece la pena aquí mencionar han intentado llenar torpemente y de manera oportunista– de la que se ha convertido, por indiscutibles méritos propios, en una serie de culto. Por la excelente presentación a cargo de la profesora Concepción Cascajosa, en que analiza el contexto –obviado demasiado a menudo en los estudios de comunicación– en que se dio en el verano de 2007 luz verde a Mad Men –una serie de televisión ambientada en el quehacer diario, público y privado, de los trabajadores de una prestigiosa empresa de publicidad en el Nueva York de los sesenta–, sabemos que la serie no tenía los vientos a su favor en el momento de desplegar velas: se trataba al fin y al cabo de una serie de época, por lo que requería fuertes sumas de inversión, carecía de actores conocidos y el canal de televisión que la emitía, hasta entonces especializado en la emisión de cine clásico, apenas pudo invertir en su promoción, un factor primordial en un medio caracterizado por la saturación de la oferta, la extrema competencia y la fragmentación de una audiencia que, por lo demás, ya no tiene a la televisión como eje de su consumo cultural. Cuatro temporadas después, Mad Men, que cuenta con la aprobación casi unánime de la crítica cultural, no sólo ha conseguido imponerse, sino crear un modelo de ficción televisiva. Acaso la razón principal de su éxito haya de buscarse, como apuntan Mario Ortí y Miguel Ángel Durán haciéndose eco de una muy apropiada cita de Georg Lukács, en cómo el desarrollo dramático de los personajes se ve afectado por los cambios históricos que comenzaban a hacer trastabillar la aparente estabilidad de la opulenta sociedad norteamericana de posguerra: «¿Por qué los personajes de la pequeña nobleza construidos por Walter Scott o por Leon Tolstoi son figuras populares, por qué se refleja en sus vivencias el destino del pueblo? La razón es sencilla: Scott y Tolstoi han compuesto personajes en los cuales se unen del modo más íntimo el destino personal y el destino histórico-social. Y ello de tal modo que en la vida personal de esos personajes se expresan directamente aspectos determinados, importantes y generales del destino del pueblo. El espíritu auténticamente histórico de la composición se revela precisamente en el hecho de que esas vivencias personales, sin perder su carácter de tales, sin rebasar la inmediatez de la vida personal, rozan todos los grandes problemas de la época, están orgánicamente relacionados con ellos y nacen necesariamente de ellos.» (pp. 367-368) La densidad temática y estética de la serie que se deriva de ello, uno de sus principales atractivos y sin duda uno de los motivos de su éxito, hace imposible citar aquí todas las referencias cinematográficas y televisivas, políticas y sociales, que abarca la serie y que son mencionadas con precisión en el presente volumen. Santiago Gimeno describe este rasgo metafóricamente como sigue: «Mad Men se teje a sí misma como un complejísimo tapiz compuesto por una infinidad de parches. Una amalgama de telas históricas, sociológicas e interpretativas que al final vemos como lo que es: una carísima alfombra de seda a la que no se le ven las puntadas.» (p. 299)

El libro se estructura en dos partes: en la primera parte, las presentaciones de Concepción Cascajosa (ya mencionada) y de Jesús González Requena dan paso a la traducción de la guía de la serie de Jesse McLean. En la segunda encontramos once artículos de análisis a cargo de académicos, todos españoles menos Erlend Hammer. Como todos los libros que analizan un fenómeno cultural en curso, el interés y la calidad de las contribuciones es desigual –puede que la diferencia de estilo entre la guía de McLean y los artículos académicos contribuya a este desequilibrio y lo acentúe–, pero en cualquier caso resulta superior a la media, y aunque la crítica sociológica domina el libro (algo por desgracia muy poco habitual en los estudios de comunicación) uno no puede más que sorprenderse al leer frases como la de Erlend Hammer: «Si la democracia se propaga porque las mujeres iraquíes comienzan a soñar con bolsos de Louis Vuitton, aún con todo, eso sigue siendo progreso social.» (p. 285) ¿Se puede suscribir una frase como ésta? Ejemplo –uno entre varios– de cómo los señores académicos pueden ponerse las gafas de Rorty, Sloterdijk, Baudrillard, Deleuze o Virilio –en los que se apoyan de un modo u otro Fernando Ángel Moreno, Marina Domínguez Garachana y Leticia García Guerrero o Jesús Alonso López y Pablo Marínez Samper en sus respectivas contribuciones– porque quieren ver más lejos y no consiguen más que dar traspiés por lo borroso del enfoque.

Mad Men. Reyes de la Avda. Madison será sin duda un libro de referencia para esa disciplina por desgracia todavía marginal en nuestro país que son los estudios televisivos, y por descontado, sobre una serie de televisión que ha revelado los orígenes de un colectivo envidiado y odiado a un mismo tiempo. No hay más que recordar que Jacques Séguéla, un conocido publicista francés (acuñó el eslogan de “La force tranquille” para François Miterrand, del que fue asesor de campaña), tituló con ingenio digno de mejor causa uno de sus libros No le digas a mi madre que estoy en la publicidad. Ella cree que soy pianista en un burdel (Flammarion, 1979). Y como escribe Jesse McLean en este volumen: «Weiner comprendió enseguida que un público sediento de dramas inteligentes sabría superar su desagrado por cualquier profesión. A nadie le caen bien los abogados, y ¿cuántas series han triunfado contando sus aventuras?»

Pound, Ezra

Poeta, ensayista, músico y crítico estadounidense perteneciente a la Lost Generation (Generación perdida)

¿Cómo funcionan las ciudades en la vida real?

La periodista e historiadora Anatxu Zabalbeascoa escribe sobre todas las escalas de la arquitectura y el diseño en El País y en libros como The New Spanish Architecture, Las casas del siglo, Minimalismos o Vidas construidas, biografías de arquitectos. A continuación su análisis sobre Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs (Capitán Swing, 2011)

1. ¿Cómo funcionan las ciudades en la vida real?

Un modelo de seguridad basado en la confianza en el vecindario: responsabilidad social, personas que se saluden, gente que curiosea tras las ventanas, tenderos que conocen a la gente del barrio, calles en las que la gente se para a hablar.

¿Cómo debe ser un espacio público para que la gente lo use? Zaida Muxí y Blanca G. Valdivia sostienen en la introducción a la reedición del libro Muerte y vida de las grandes ciudades, publicado por Jane Jacobs hace cincuenta años, que hoy proliferan espacios públicos en los que se fomenta el pasar frente al estar. Justo lo contrario de lo que pedía Jacobs cuando aseguraba que no hay policía capaz de mantener la paz en las calles y que deben ser las aceras transitadas por personas de todas las razas y orígenes las que no ofrezcan ninguna oportunidad a la barbarie callejera. “Los tenderos son sólidos defensores de la paz y el orden: odian los escaparates rotos y los atracos, no les gusta ver a sus clientes nerviosos. Cuando son numerosos, pueden constituir un excelente cuerpo de guardianes de las aceras”.

La importancia de la calle como lugar de relación teje la obra de Jacobs, hoy tan vigente como hace medio siglo. Y tan universal que poco importa que el nuevo editor (Capitán Swing) haya omitido parte del título original: The Death and life of Great American Cities, porque, si bien es cierto que Jacbos explica qué funciona y qué no de las calles y barrios de Chicago, Filadelfia o Nueva York, también lo es que los problemas muy concretos del señor Fox, de la licorería, o de la señora Kostritsky, en su calle sin tiendas, se pueden aplicar a un tendero del barrio del Carmen de Valencia o a un vecino de la Plaza Maestro Mateo, en A Coruña.

Contra la simplificación, contra la utopía del tiralíneas, contra el jardín desierto y contra la planificación centralizada del movimiento moderno, Jacobs (1916-2006) fue una activista que paralizó proyectos urbanísticos que consideró que destruirían las comunidades locales. En Canadá consiguió la cancelación de una red de autopistas defendiendo otro modelo de planificación: “la ciudad no proyectada”, la urbe espontánea que van tejiendo las necesidades y las costumbres de los habitantes.

Este es el gran libro de Jacobs. Pura práctica callejera. La teoría, que es mucha, son las conclusiones de las preguntas que se hace examinando las calles y analizando las que funcionan y las que no. Su ataque a otros postulados teóricos nade de hechos recogidos en sus paseos. Del análisis de esos hechos reales obtiene sus propuestas.

También el antropólogo Manuel Delgado habla en el nuevo prólogo de una “colosal apología del valor de uso” para resumir este libro. Denuncia la actual “tendencia a acuartelar a los niños para protegerlos de una calle que había sido uno de los instrumentos clave para su socialización” y resume el valor de las ideas de la activista norteamericana asegurando que “sin necesidad de ser socióloga o antropóloga entendió lo que muchos sociólogos o antropólogos no son capaces de reconocer: que las aceras no son sólo extensiones sino auténticas instituciones sociales”. Con la Puerta del Sol dando una lección de ideales y democracia, la reedición del libro, a manos de la editorial Capitán Swing y traducido por Ángel Abad, no puede ser más oportuna: lo que Jacobs plantea con todos sus ejemplos es la pregunta: ¿A qué debemos llamar progreso?

¿Qué tipos de calles son seguros y cuales no? Les invito a la semana homenaje a Jane Jacobs. En los próximos posts, más sobre la activista y la vida en las ciudades.

2. El urbanismo del señor Rogan

Escena uno:

Lower East Side de Manhattan. Jacobs espera bajo la marquesina del autobús. Una mujer abre una ventana en un tercer piso y la llama.

-“Los sábados no pasa ningún autobús por aquí”. Luego entre gritos y gestos le indica que doble la esquina para encontrar otra parada. “Esa mujer era uno de los miles de personas que en Nueva York cuidan despreocupadamente las ciudades”.

Observando las escenas más cotidianas, Jacobs trató de entender cómo funcionaban algunas ciudades. E intentó desenmascarar la deshonesta cara de un supuesto orden: el que lleva a plantar hierba en las barriadas pobres para, desde un coche, demostrar que los pobres tienen ya de todo.

“Las calles y sus aceras, los principales lugares públicos de una ciudad, son sus órganos más vitales. ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente al pensar en una ciudad? Sus calles. Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste”. Que ver a otras personas tenga la virtud de atraer a más gente es algo, al parecer, incomprensible para los urbanistas. En las ciudades hay más desconocidos que conocidos, por eso, un distrito urbano está logrado cuando cualquier persona puede sentirse segura rodeada de desconocidos.

Jacobs se opone en Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitan Swing) a la destrucción de barrios para su “modernización”. “Paseos que van de ningún sitio a ninguna parte y que no tienen paseantes. Vías rápidas que destripan las grandes ciudades… Esto no es reordenar las ciudades. Esto es saquearlas.”, escribe. Y considera que los efectos destructivos de los automóviles no son una causa sino más bien un síntoma de nuestra incompetencia para construir ciudades. “¿Cómo se puede saber qué hacer con el tráfico sin saber antes cómo funciona una ciudad y para qué necesita sus calles?”, pregunta. No se puede.

Escena dos:

“Cuando Jimmy Rogan atravesó un escaparate, intentando separar la pelea de dos amigos y casi perdió un brazo, un desconocido salió del bar Ideal y con su camiseta le aplicó un torniquete que, según los médicos del hospital, le salvó la vida. Nadie había visto a aquel hombre antes y nadie le vio después. ¿Quién avisó al hospital? Una mujer sentada en las escaleras vio el accidente. Corrió hacia la parada del autobús y le arrebató una moneda de diez centavos a un señor que esperaba con sus quince centavos preparados. Corrió hacia la cabina telefónica. El señor la persiguió para ofrecerle también la moneda de cinco centavos. Nadie lo conocía de antes. Tampoco se le ha visto después”.

“Mi teoría (que es floja, lo sé)”, dice Jacobs, “es que los barrios de renta media tienden, conforme se van haciendo viejos, a contener una proporción significativa de gente que teme relacionarse fuera de su clase”. Muchos de esos problemas no hubieran surgido si los urbanistas y otros supuestos expertos comprendieran al menos cómo funcionan las ciudades y hubieran urbanizado para la vitalidad.

Bajo el aparente desorden de la vieja ciudad, cuando ésta funciona bien, circula un orden maravilloso que conserva la seguridad en las calles y la libertad de la propia ciudad. Este orden se compone de movimiento y cambio. “Somos los afortunados poseedores de un orden urbano que nos hace relativamente fácil mantener la paz porque hay muchos ojos en la calle”. Por modestos y casuales que parezcan, los contactos en las aceras son “la calderrilla a partir de la cual crece la riqueza en la vida pública de una ciudad”.

3. Los parques no son pulmones

Jacobs arremete contra “la tontería propia de la ciencia ficción” de que los parques son los pulmones de una ciudad. “Para absorber el dióxido de carbono que cuatro personas exudan al respirar, cocinar y calentarse se requiere más de una hectárea de monte o bosque. Los océanos de aire que circulan a nuestro alrededor, y no los parques, impiden que las capitales se ahoguen”. Para la activista norteamericana, los parques más valiosos no sirven de barrera ni interrumpen la ciudad y es la gente, con horarios distintos, la que les da la “bendición de la vida”.

“Gracias a las ciudades fue posible popularizar la idea de contemplar la naturaleza como algo benigno, ennoblecedor y puro. Y, por extensión, considerar al hombre natural igualmente benigno y puro. Pero es peligroso sentimentalizar la naturaleza. “La mayoría de las ideas sentimentales implican en el fondo una falta de respeto profunda aunque inconsciente”, sostiene.

El sol, y la sombra en verano, son los requisitos para que funcionen los parques. Un edificio alto interpuesto entre los rayos del sol y el parque puede hacerle perder todas sus virtudes. Sin embargo, los edificios que rodean los parques pueden también protegerlos ayudando a definir el lugar.

Es importante entender que la autodestrucción de la diversidad la produce el éxito, no el fracaso. Asegura Jacobs que la idea de la ciudad-jardín (la de los ciudadanos que abandonan el centro y se instalan en los adosados) genera “unas ciudades muy agradables si uno es dócil y no tiene planes propios ni le importa pasar la vida entre gente sin planes propios”. Y compara la vida en la urbanización con la vida de los tres cerditos: sus casas están cerradas, preparadas para cuando llegue el lobo. La activista recuerda que en áreas urbanas densas y diversificadas la gente camina. Algo impensable en las zonas suburbanas.

“A todo el mundo que valora las ciudades le molestan hoy los automóviles. Para albergarlos, las calles se han desgarrado y hecho jirones incoherentes y sin sentido para quien vaya a pie”. Jacobs habló del Nolugar antes que el antropólogo Marc Augé se convirtiera en el dueño del término: “La personalidad de la ciudad se diluye hasta que todos los lugares se parecen y se integran en Nolugar”. Escribió también que echamos demasiado culpa a los automóviles: en Amsterdam o en Nueva Delhi aseguran que las bicicletas en grandes cantidades se combinan horriblemente con los peatones. Por eso, la actual relación entre ciudades y automóviles representa una de esas jugarretas que la historia hace a veces al progreso. El sentido de una ciudad es la multiplicidad de opciones. Pero es imposible aprovechar esa multiplicidad sin poder moverse con facilidad. “Sin variedad urbana, los habitantes de las grandes aglomeraciones están, probablemente, mejor en coches que a pie”.

Con todo, a Jacobs le resultaba perturbador pensar que hombres y mujeres jóvenes, deban aceptar, solo con el argumento de que deben pensar de forma moderna, concepciones sobre ciudades y tráfico no solo inviables, sino estancas: nada significativo les ha sido añadido desde que sus padres eran niños”.

4. La escuela de la calle

Escena uno, en cada vez menos calles:

“Los niños se ensucian en los charcos, escriben con tiza, saltan a la cuerda, patinan, juegan a las canicas, trotan, charlan, intercambian cromos, juegan a la pelota, desmantelan viejos cochecitos de bebés, fabrican un coche con cajas de cartón, trepan por las verjas, corren arriba y abajo… sin darle ninguna importancia. Buena parte de su encanto reside en la sensación de libertad para corretear por las aceras, que es algo muy diferente de ser encajonado en una reserva. Si estas cosas no se hacen casual y accesiblemente, casi nunca se hacen”.

Los arquitectos y urbanistas parecen no darse cuenta del alto porcentaje de adultos necesarios para criar a los niños en sus juegos informales. Tampoco parecen comprender que los espacios y las instalaciones no los crían. Pueden ser complementos, pero solo las personas educan a los niños y los integran en la sociedad civilizada. La lección de que los residentes de una ciudad han de aceptar una cierta responsabilidad respecto de lo que ocurre en la calle la aprenden los niños en las aceras. “La presencia o ausencia de ese señorío callejero en los niños de una ciudad da una idea de la presencia o ausencia de un comportamiento responsable de los adultos para con las aceras y los niños que las usan”, consideró Jacobs.

Escena dos: la cultura en la calle, Temporada gratuita de Shakespeare en Central Park:

“El ambiente, el tiempo, el color, las luces y la curiosidad los atrajeron: muchas personas no habían visto nunca una representación teatral. Cientos volvieron una y otra vez, un amigo nos dijo que un grupo de niños negros le dijo que habían visto Romeo y Julieta cinco veces. La vida de estos conversos se ha ensanchado y enriquecido, así como el público del teatro del futuro. Espectadores como estos, nuevos en el teatro, no pagarían por una experiencia que no saben si les resultará agradable”.

“Necesitamos el arte sobre todo para tranquilizarnos respecto a nuestra propia humanidad”: ver orden y no caos en los sistemas complejos requiere entendimiento. La complejidad y la vitalidad de uso dan a las diferentes partes de una ciudad una estructura. La sugerencia –la parte por el todo- es el medio por el que el arte comunica.

5. Estamos a tiempo: las propuestas de Jacobs

1-Calles ocupadas=calles seguras: “La única manera de mantener la seguridad en las calles es lograr la presencia literal y continua de un número indefinido y diversificado de gente con motivos distintos”.

2-Reconstruir en lugar de demoler: Cuando se arrasa un barrio bajo no solo se echan abajo las casas viejas, se desarraiga a sus habitantes, se corroe la espesa capa de amistades comunales.

3-Mejor costuras que barreras: un borde puede ser una línea de intercambio que cosa dos zonas.

4-Dejar sitio para la tienda de ultramarinos de la esquina. “La novedad, y su superficial barniz de bienestar, es un artículo muy perecedero. Es chapucero y vergonzoso ver cómo se ilegaliza la diversidad. Cuando un área es totalmente nueva no ofrece posibilidades económicas de diversidad humana. La vecindad queda marcada con el castigo de la monotonía. Con el paso de los años, los barrios construidos de una vez cambian poco y para peor. Demuestran una asombrosa incapacidad para ponerse al día y revitalizarse. Están muertos. Lo estaban desde que nacieron, pero nadie se dio cuenta hasta que el cadáver empezó a oler”.

5-Calles frecuentes y cortas: “Un alto índice de ocupación del suelo, necesario para la variedad en la alta densidad, puede ser intolerable si el suelo no está entrelazado por frecuentes calles. Las manzanas grandes con altos índices de ocupación son opresivas”.

6-Aprender de la ciudad informal: “El enfoque del urbanismo convencional hacia los barrios bajos y sus habitantes es paternalista. El problema de los paternalistas es que quieren hacer cambios profundísimos con unos medios muy superficiales”. “Si no existieran habitantes barriobajeros o inmigrantes pobres para heredar los fracasos urbanos, el problema de las vecindades abandonadas se agravaría aún más”. Solamente la rehabilitación puede arreglar estos barrios. Nunca la piqueta.

7-Cuestionar el progreso del urbanismo moderno: “El desarrollo urbanístico moderno se ha basado emocionalmente en una pegajosa resistencia a aceptar la concentración de gente en las ciudades. Esa emoción negativa ha asesinado intelectualmente el urbanismo”.

8-Orden que mata: “Superficialmente, la monotonía podría considerarse una especie de orden, pero es también el desorden de no tener dirección. En un lugar marcado por la monotonía y la repetición de la similitud uno se mueve pero no parece llegar a ninguna parte. Para orientarnos necesitamos diferencias”.

9-Cabeza frente a dinero: “La inversión privada forma las ciudades, pero las ideas (y las leyes) sociales forman la inversión privada. Primero viene la imagen de lo que queremos y luego se adopta la maquinaria para producir esa imagen. Si la maquinaria financiera ha producido anti-ciudad ha sido porque nosotros, como sociedad, creímos que era bueno”.

10-Variedad y vitalidad: En arquitectura, como en el teatro y la literatura, lo que da vitalidad y color al escenario humano es la riqueza en la variedad de lo humano.

11-Diversidad y orden: El reto estético de las ciudades es cómo acomodar la diversidad en términos visuales y como respetar su libertad mostrándola bajo una forma de orden.

12-El descubrimiento de lo diferente: Lo que el profesor de Teología de Harvard, Paul J. Tillich dijo con estas palabras: “Por su propia naturaleza, la metrópoli provee algo que, de otro modo, sólo podría observarse mediante los viajes; a saber, lo extraño”. Kate Simon, autora de la guía New York Places and Pleasures, lo dijo con estas otras. “Lleve a sus niños al restaurante Gran, donde se toparán con gente a la que probablemente nunca más volverán a ver y, quizás, nunca olvidarán”.

Alemania, capital de la Feria del Libro

La Feria del Libro de Madrid abre sus puertas con un invitado de excepción: Alemania, país que solo en el siglo XX dio once premios Nobel. Las novedades de su literatura inauguran esta selección de apuestas

A lo largo del siglo XX, Alemania y la lengua alemana se vieron recompensadas en once ocasiones con el Premio Nobel de Literatura. En 1929, el galardón recayó en Thomas Mann, uno de los escritores más influyentes de su época y también uno de los más leídos entonces y ahora. Por tanto, nada más oportuno que seguir adentrándonos en su riqueza y complejidad y en la evolución de su pensamiento. Sus Consideraciones de un apolítico (Capitán Swing, 26 euros) son un libro atípico, especial, brillante, contradictorio y con un aura de malditismo dentro de la bibliografía del autor de La montaña mágica. A menudo se ha considerado esta obra «un escrito de guerra» en el contexto de la Alemania de 1914-1918 o, si se prefiere, el «pecado de juventud» de un escritor que, sin embargo, ya había pasado de los cuarenta en el momento de su publicación.

El gran humanista, erigido en acusador inflexible del fascismo y el nazismo, también se caracterizó por su defensa excesiva del nacionalismo germano en la Primera Guerra Mundial. Algo que él mismo calificó de «excentricidades». Pero en aquellos turbulentos años, antes de su conversión a las ideas liberales, Mann daba la impresión, en sus juicios de valor, en sus ataques al bloque democrático representado por los Aliados, de sentirse de algún modo «movilizado». El lector puede zambullirse en los apasionantes debates políticos e ideológicos de aquella época, así como en sus fascinantes confesiones y reflexiones. Así lo atestiguan espléndidos pasajes de su obra dedicados a Schopenhauer, Dostoievski, Nietzsche o Wagner.

Las utopías enterradas por el capitalismo

El 15-M resucita la capacidad de imaginar un mundo mejor. La reedición de novelas utópicas históricas contrasta con la incapacidad de la ficción actual para plantear alternativas

«No somos antisistema, somos cambiasistemas». «Tu futuro es ahora». «Ya ha empezado». Los eslóganes del 15-M no dejan lugar a dudas: hemos vuelto a recuperar la fe en el futuro. Y la capacidad para imaginarnos mundos mejores. El movimiento del 15-M puede ya apuntarse el tanto de haber rescatado de los sótanos de la Historia la idea de la utopía (posible) para el imaginario colectivo. Se trata, sin ningún género de duda, de una pequeña revolución cultural.

Curiosamente, la insurrección del 15-M ha coincidido con la llegada de varias utopías literarias históricas a nuestras librerías. Historias antiguas que imaginaron sociedades más justas y que tuvieron mucho impacto cuando fueron publicadas. Una ola de reediciones de textos clásicos de un género que en las últimas tres décadas había pasado a mejor vida. Ahora que los manifestantes de la Puerta del Sol gritan «lo queremos todo y lo queremos ahora» ha llegado el momento de preguntarse por qué la utopía había desaparecido del horizonte cultural contemporáneo, qué papel jugó la ideología dominante (el libre mercado) en su caída en desgracia y qué función política cumplen los textos utópicos literarios.

Una guerra ideológica

En 1887 un hombre llamado Julian West fue enviado al año 2000 para conocer las bases políticas de la sociedad del futuro. Tres años después, otro ciudadano del siglo XIX, William Guest, partió también hacia el año 2000. Le enviaban los enemigos políticos de West… Sí, suena a argumento de ciencia ficción. Y lo es. En 1887, Edward Bellamy publicó El año 2000. La novela narraba las peripecias de un tipo adinerado de Boston (Julian West) que, tras someterse a un tratamiento de hipnosis para curar su insomnio, amanecía en el Boston del año 2000. Había dormido 113 años en una sola noche.

Bellamy se imaginó que en el EEUU del año 2000 era una sociedad socialista centralizada. Su visión irritó a otro escritor, William Morris, que en 1890 publicó Noticias de ninguna parte, donde William Guest, tras una agitada discusión política en la Liga Socialista, despertaba en el Londres del año 2000. El capitalismo, cómo no, también había desaparecido. Ahora triunfaba una sociedad comunitaria y rural de aires libertarios. ¿Quién da más?

El año 2000 y Noticias de ninguna parte, reeditados por Capitán Swing, fueron escritos por dos militantes con visiones antagónicas del socialismo del futuro. El libro de Bellamy se convirtió en uno de los mayores best sellers de la época, inspiró la creación de un partido político y de decenas de clubs de debates.

En la utopía descrita por Bellamy los hombres trabajaban a las órdenes del denominado Ejército Industrial. Una gigantesca organización controlada por el Estado, propietario único de tierras y empresas. Una sociedad centralizada donde todo el mundo recibía el mismo sueldo. Y la jubilación llegaba a los 45 años.

Morris, por su parte, apostó por un futuro rural alejado de la mecanización propia de finales del XIX. Una utopía en la que el trabajo, una de las principales críticas de Morris a la utopía «alienante» de Bellamy, sólo tenía sentido como generador de placer y realización humana. En su sociedad se había abolido la propiedad privada. Y triunfaba la autogestión cooperativa y el control asambleario de los medios de producción. No había clases sociales ni autoridad política. Y la sede del Parlamento se había reconvertido ¡en un almacén de estiércol! Una utopía, en definitiva, con pinta de paraíso rural medieval.

«En la década de 1890, Norteamérica estaba abierta y lista para aceptar visiones de la buena sociedad. Mientras que las novelas del siglo XX que intentan describir un cuadro del futuro, como Un mundo feliz de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, describen una sociedad deshumanizada gobernada por la sugestión hipnótica de las masas o el terror, los norteamericanos de finales del siglo XIX estaban dispuestos a creer en, y eran capaces de creer en, una sociedad que cumpliese las promesas y las esperanzas que están en la raíz de toda la sociedad occidental», explicó el psicoanalista Eric Fromm en un prólogo a El año 2000 recuperado ahora.

Los tiempos culturales, en efecto, han cambiado. Algo que la actual ola de reediciones de novelas utópicas históricas, repletas de ejemplos de futuros alternativos, deja claro por contraste. Porque la utopía triunfante del siglo XXI no se llama ni socialismo centralizado, como imaginó Bellamy, ni socialismo libertario, como pensó Morris, sino libre mercado.

«Los textos utópicos nos ayudan a entender que el utopismo no ha desaparecido, sólo se ha camuflado. Por ejemplo, la idea liberal de que el mercado puede regular cualquier relación social es una auténtica excentricidad utópica que parece inmune, como buena ideología, a su permanente refutación por la realidad. A mi juicio, el programa de Milton Friedman, Ronald Reagan o Jean-Claude Trichet tiene más que
ver con las sectas icarianas que con lo que la mayoría de la gente esperamos de la política. El liberalismo económico es una forma de utopía cuya principal peculiaridad es que a finales de los años setenta del siglo pasado se impuso en todo el mundo», señala César Rendueles, adjunto al director del Círculo de Bellas Artes.

La institución cultural madrileña ha lanzado una colección de utopías históricas que incluye, además del clásico de Tomás Moro (Utopía), obras de Claude Henri de Saint-Simon (De la reorganización de la sociedad europea), Robert Burton (Una república poética) y el anónimo español Sinapia. Les seguirán en los próximos meses La isla de los esclavos, de Marivaux; Panóptico, de Jeremy Bentham; París en sueños, de Jacques Fabien, y Ciudades Jardín del mañana, de Ebenezer Howard, entre otros.

El secuestro de la idea de utopía por el neoliberalismo explicaría también por qué la posmodernidad ha convertido el género utópico en una reliquia histórica. En un tiempo en el que las alternativas a la utopía capitalista han sido eliminadas políticamente, cineastas y novelistas parecen haber perdido la capacidad de imaginarse un mundo mejor.

Bienvenidos, pues, al maravilloso mundo de las distopías catastrofistas. El filósofo esloveno Slavoj Zizek lo ha explicado recurriendo a ejemplos paradigmáticos del Hollywood contemporáneo. «Estamos imaginándonos constantemente el fin del mundo. Prueba de ellos son las películas apocalípticas del tipo Independence Day o El día de mañana. Sin embargo, ninguna teoría sociológica actual puede ya siquiera imaginar cuál era el tema estrella del debate en los años setenta. ¿Existe una alternativa al capitalismo? ¿Durará para siempre el capitalismo? Ya no podemos imaginarnos una sociedad diferente. Hoy en día la izquierda sólo parece aspirar a un capitalismo global con cara humana: más derechos para los desamparados, para las minorías de género, menos racismo… Y esto dice mucho del dilema en el que nos encontramos. La única pregunta seria y radical hoy en día es: ¿Es verdad? ¿Es cierto que, históricamente la humanidad ha dado con la mejor forma posible? ¿O por el contrario el capitalismo global actual contiene lo que en términos marxistas son contradicciones, tensiones y antagonismos irresolubles?», asegura Zizek, cuyo último libro, Living in the end times (Verso, 2010), no publicado aún en España, analiza la hecatombe del capitalismo global y nuestra incapacidad para darnos cuenta de la que se nos viene encima. Lo que daría pie a otra gran pregunta: ¿Qué ocurre cuando la utopía triunfante se parece peligrosamente al fin del mundo?

Hacer posible lo imposible

Para Fredric Jameson -autor del fundamental Arqueologías del futuro. El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción (Akal, 2010), ensayo de referencia sobre las utopías literarias- «lo devastador» no es tanto «la presencia de un enemigo», el capitalismo, como la «creencia universal no sólo de que esta tendencia es irreversible sino de que las alternativas históricas al capitalismo se han demostrado inviables e imposibles, y que ningún otro sistema socioeconómico es concebible, y mucho menos disponible en la práctica». Lo que hace aún más necesaria, según Jameson, la existencia de utopías de ficción: «Uno no puede imaginar ningún cambio fundamental de nuestra existencia social que antes no haya arrojado visiones utópicas cual sendas chispas de un cometa».

Rendueles zanja el debate ahondando en la necesidad de recuperar las ficciones utópicas. «Nos ayudan a entender hasta qué punto muchos de los problemas que marcaron la agenda política moderna siguen actuando larvadamente en nuestro tiempo, y haríamos bien en hacernos cargo de ellos explícitamente. La utopía dotaba de sentido a conflictos que hoy resultan difíciles de entender y, sobre todo, de resolver, una vez destruido ese marco ideal. Tal vez la lucha de clases no sea el motor de la historia, pero no está muy claro que esta calma chicha distópica que nos ha tocado vivir sea mucho más hospitalaria. Recuperar la literatura utópica clásica contribuye a sacar a la luz las posibilidades ocultas de nuestra contemporaneidad».

El viaje de las palabras o las palabras que se comen

Vuelan las palabras, las letras encadenadas con la brisa primera de una Primavera rebelde. Rebelde clima, de voces en plazas del mundo, de soles y lluvias y luego soles y luego lluvias.

Y entre tanto cambio climático, nos preparamos para recibir la gran feria de las letras, la Feria del Libro de Madrid. El viaje comienza en la puerta de nuestras casas y continúa por las calles de nuestra ciudad, entre la sombra de los árboles supervivientes. La luz de Madrid es bella; en Primavera la luz de Madrid dibuja un mapa delicioso que invita a pasear, a descubrir paso a paso cada barrio, cada plaza, cada parque.

Y es a este Madrid de luces y sombra tenues al que me voy esta semana, concretamente al centro, junto a la Puerta de Alcalá, a su bellísimo Parque del Retiro, porque es allí donde volarán las palabras, los versos, las voces de los poetas… de un lado a otro en forma aún –y espero que por mucho tiempo- de libro.

Culinariamente hablando la sorpresa de este año es descubrir que el libro más vendido, no solo en España sino también en Francia y otro puntos de Europa, es esa fórmula infalible para quitarnos los kilos de más llamada El Método Dukan, que ha traducido y publicado en España RBA. Así que estoy segura que el señor Dukan venderá más de lo vendible en esta feria, al igual que lo harán Sergio y Mariló con su exitoso libro Saber Cocinar. La fama de ambos, conseguida a través de las mañanas de TVE1, ha hecho que cientos de mujeres se apunten a las recetas más televisivas.

También ha sacado libro Isma Prados, que quien no le conozca tendrá que ver el programa de la sexta Hoy Invito Yo para descubrir a un excelente chef catalán. Su libro se llama igual que el programa y lo edita RBA.

En tema de vinos, la tendencia es escribir sobre cómo aprender de vino en poco tiempo… ¡en fin no me lo creo! En esta línea han sacado libro mi compañero de profesión Federico Oldemburg, Saber de Vinos en Tres Horas (Planeta), o Meritxell Falgueras, Presume de Vinos en Siete Días (Salsa Books)…

Sin embargo, yo estoy deseosa por ver la nueva edición de La Guía del Vino Cotidiano que va a presentar la editorial Opus Wine y cuya primera edición ha sido un merecido éxito; y también tengo ganas de ver escrito y bien ilustrado ese viaje por España que se hicieron Juan Echanove e Imanol Arias en Un País para Comérselo (Grijalbo).

Como literatura culinaria me quedo con la joyita reeditada de Comiendo en Hungría de Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias (Capitan Swing); el Libro de Cocina de la República, de Isabel Herreros (Reino de Cordelia) y de una pequeña joyita que ya tiene unos añitos pero que creo que es un libro gustoso para recibir a la primavera. Se llama Sopa de Kafka (Edaf) y se trata de un recopilatorio de cuentitos que Mark Crick ha unido en un pequeño y manejable volumen, una sopa de letras fantástica con relatos culinarios de Jane Austen, Raymond Chandier o Vargas Llosa. ¡Sublime!.

JOP de Jim Dodge por fin llega a nuestro país de la mano de Capitan Swing

Ya está. “JOP“, de Jim Dodge, era el movimiento que Capitan Swing necesitaba para confirmarse como una de las nuevas editoriales imprescindibles para entender el panorama literario español (si es que no lo había hecho ya). Tampoco es que sean tantas, no nos engañemos: Alpha Decay, Errata Naturae, Cabaret Voltaire, Periférica, Nórdica, Blackie Books… A todos estos pequeños nombres que se han hecho grandes, inmensos, en los últimos tiempos gracias a sus aciertos editoriales, hay que sumar ahora Capitan Swing.

Y es que hay que tener un olfato muy pero que muy fino para marcarse una edición tan sublime como la del “JOP“: la desquiciada historia de cómo la vida de un jugador de póquer de 99 años y su nieto Peke se ve totalmente afectada por la aparición de Jop, una pata (la mujer del pato, vamos) alcohólica. Si la historia es atractiva, más atractivo es este tomo que llega con presentación de Antonio Jiménez Morato, ilustraciones de Virginia Frieyro, traducción de Alicia Frieyro y una entrevista al autor a cargo de Kiko Amat (y la presencia de este último ya debería dejar bien clarito por dónde van los tiros de Dodge). Una última apostilla: ¿no ha de ser interesante una editorial que pone tanto mimo a sus publicaciones como para marcarse un book trailer como el que os dejamos más abajo?

Rodney Stone

Novela que generalmente se incluye entre sus obras históricas, pero que más bien es un cuadro vívido y fascinante de la Inglaterra previctoriana, con especial atención al boxeo, que describe en sus comienzos con notabilísima penetración. A puño limpio y sin límite de asaltos, así era este rudo deporte por aquel entonces, en el que una contienda podía prolongarse durante horas.

Muerte y vida de las grandes ciudades

En la economía de las sociedades, el desarrollo industrial y el desarrollo del sector servicios llevan acompañado casi necesariamente, y entre otros fenómenos, el proceso migratorio del campo a la ciudad. Con el paso del tiempo, tal movimiento impacta en la misma ciudad: de las pequeñas ciudades, las masas se desplazan a las grandes urbes. Pero, el fenómeno del que hablamos afecta, asimismo, a los países del Tercer Mundo, o en vías de desarrollo, o de economías emergentes, o cómo se haya dado en denominar a tales comunidades en estos últimos meses. De un modo u otro, las colosales concentraciones urbanas, de edificios y personas, marcan el devenir de los nuevos tiempos. Con sus ventajas y sus desventuras, sus glorias y sus miserias. Hablamos de Nueva York o Los Ángeles, pero, asimismo, de El Cairo o Ciudad de México.

Los problemas derivados de esta circunstancia afectan a todos los órdenes: económicos y sociales, políticos y culturales, urbanísticos y de seguridad y, claro es, de convivencia entre los pobladores de la civitas. Esto sucede en nuestros días, y esto mismo ocurría, aunque adecuado a su época, en los años sesenta del siglo pasado. Es en los primeros compases de esa década especialmente convulsa cuando aparece el libro que acaba de reeditarse en España: Muerte y vida de las grandes ciudades. Su autora, Jane Jacobs, aborda la cuestión mencionada desde la perspectiva cultural emergente y desde los postulados ideológicos dominantes en aquellas fechas.

Jane Jacobs (Scranton, Pensilvania, 1916-Toronto, 2006). Divulgadora científica, teórica del urbanismo y activista político-social, su obra más influyente fue Muerte y vida de las grandes ciudades (1961), en la que critica duramente las prácticas de renovación urbana de los años cincuenta en EE.UU., cuyos planificadores asumieron modelos esquemáticos ideales que condujeron a la destrucción del espacio público. Con métodos científicos innovadores e interdisciplinares, Jacobs identificaba las causas de la violencia en lo cotidiano de la vida urbana, según estuviera sujeta al abandono o, por el contrario, a la seguridad y calidad de vida.

Paralelamente, la autora destacó por su activismo en la organización de movimientos sociales autodefinidos como espontáneos (grassroots), encaminados a paralizar los proyectos urbanísticos que entendía que destruían las comunidades locales. Primero en EE.UU., donde consiguió la cancelación del Lower Manhattan Expressway; y posteriormente en Canadá, a donde emigró en 1968 y donde consiguió la cancelación del Spadina Expressway y la red de autopistas que pretendían construirse.

Combinando la experiencia personal y los análisis comparados en arquitectura y urbanismo, la geografía humana y la sociología, Jacobs ofrece en estas páginas un genuino «Manifiesto urbanista», una declaración programática de religión laica, cívica y ciudadana, muy socorrida y en boga dentro de los ambientes «revolucionarios», «contraculturales» o, sencillamente, «alternativos», del «sesentayochismo». Levantando la voz, haciendo sentadas en la vía pública y paralizando proyectos urbanísticos «salvajes», ansiaban cambiar el mundo. Recuérdese que eran los tiempos donde marcaban la pauta a seguir los testimonios de Erich Fromm y A. S. Neill alrededor de «Summerhill» o de Wilhelm Reich acerca de la función individual y social del orgasmo. En el presente, los herederos intelectuales de estas creencias utilizan términos más «post-moderno»; por ejemplo, «sostenibilidad».

Jane Jacobs no preconiza, sin embargo, un modelo urbano próximo al ecologismo «Ciudad Jardín» (Howard) o al post-ecologismo y el experimentalismo de la «Ciudad Radiante» (Le Corbusier). Su paradigma doctrinal, referido a la vida cívica, es «humanista», activista y autogestionario. Reivindica, por ejemplo, el uso prioritario de las aceras y los parques públicos, los encuentros vecinales y la participación ciudadana en competencia con el poder político y económico, la diversidad urbana y la cohesión social. Un mensaje, en suma, tan sencillo como lo que da de sí el sentido común: es preferible que exista en la esquina de nuestro barrio una tienda de alimentos que una sucursal bancaria, o un parque, en el centro, en lugar de un bloque de apartamentos, o que circulen bicicletas por las calles, en vez de automóviles.

Tal vez el contenido de estas páginas, leídas hoy, se nos pueda antojar un tanto rancio y melancólico, ingenuo y utopista. Pero, de seguro, que removerá los espíritus de algunos lectores con larga experiencia en la vida.

Ariodante

Del prólogo a Muerte y vida de las grandes ciudades

Final del prólogo para «Muerte y vida de las grandes ciudades», de Jane Jacobs, recién publicado por Capitán Swing

En el año 2009 Planitizen, la influyente página web de Urban Insight of Los Angeles, planteó a sus lectores un reto: establecer la lista de los 100 “pensadores urbanos” más importantes de todos los tiempos. Al final, el primer lugar vino a ocuparlo una mujer que no era ni arquitecta, ni propiamente urbanista, ni socióloga urbana. Se llamaba Jane Jacobs (1916-2006) y su obra más influyente se tituló The Death and Life of Great American Cities, publicada originalmente en 1962. Cincuenta años después, la editorial Capitán Swing nos brinda la excelente noticia de, luego de casi treinta años desaparecida de las librerías, la reedición en castellano de la obra: Muerte y vida de las grandes ciudades. La editorial me ha considerado merecedor del extraordinario privilegio que es para mí escribir el prólogo de uno de los libros que, sin duda, ha definido lo que pienso y he escrito sobre las ciudades, que no es sino un homenaje permanentemente activado a la memoria de su autora. Me permito reproducir aquí los párrafos finales de ese texto con que se abre esta absolutamente fundamental novedad editorial.

Está claro que Jacobs no pretendió proveernos de un texto académico. La suya es una reflexión personal a partir de lo que sucedía en las calles, plazas y parques que conocía, esa fecunda animación que veía malograr a manos de los planificadores de ciudad y de los intereses económicos a los que servían. Ahora bien, esas apreciaciones de apariencia algo naïf sobre lo que no deberíamos dudar en calificar como la quintaesencia misma del espacio social tienen implicaciones no explicitadas, acaso ni siquiera del todo conscientes en la autora, cuya importancia merece ser remarcada ahora, cinco lustros después de ser planteadas.

La primera de esas conclusiones implícitas tiene que ver con la naturaleza de esas formas de sociabilidad que protagonizan los transeúntes o avecindados que llevan a cabo actividades más o menos ordinarias a lo largo y ancho de la acera de una calle, distribuyéndose en una plaza u ocupando el que consideran su lugar en un parque público. Cuando Jacobs subrayaba la importancia extraordinaria que tenía ese amontonamiento en apariencia informe de conductas múltiples y diferenciadas lo que estaba captando era algo tan importante como es la manera como se conforma la sociedad urbana, acaso la sociedad a secas, sus mecanismos básicos, la apertura que los individuos y las familias debían realizar hacia un exterior en el que la cooperación con extraños totales o relativos –los vecinos, los conocidos “de vista”– implicaba la articulación de formas sutiles, pero estratégicas, de cooperación. El barrio, la en lcalle en la que está radicado el hogar o el lugar de trabajo, incluso esos espacios distantes a los que se acude de vez en cuando o por primera vez o que se transitan, como suele decirse, de paso, y en los que coincide brevemente con personajes a los que nunca más volverá a ver –aunque algunos queden para siempre grabados en su recuerdo–…, todos esos son marcos en los que se nos presenta a los ojos nada más y nada menos que el trabajo de lo social sobre sí mismo, la máquina societaria sorprendida, de pronto, manos a la obra. En otras palabras, sin ser socióloga o antropóloga entendió lo que muchos sociólogos o antropólogos no son ni siquiera capaces de reconocer: que esas aceras no son sólo extensiones o sitios, sino auténticas instituciones sociales, dotadas de estructura, ejecutoras de funciones y que registran lógicas de apropiación y empleo organizadas a partir de pautas culturales específicas.

Eso por un lado. Por el otro, lo que Jacobs veía desplegarse en tales escenarios no era sólo una colección fascinante de actos y acciones. Cuando nos propone la analogía del ballet para referirse al conjunto de conductas observables en cualquier calle o plaza no se limita a dar con una imagen poética con virtudes descriptivas: está adivinando que lo que sucede ahí responde a un sistema de actividades coordinadas desde dentro, es decir a un concierto entre cuerpos en movimiento que ordenan su disposición mutua a partir de una dinámica de ajustes y reajustes constantes y en buena medida espontáneos. Todo ello funcionando como una especie de musculatura regida por principios que no dependen de una instancia central ajena y supuestamente superior –la del proyectador o el gestor urbanos–, sino de la autoorganización autónoma de sus componentes moleculares y de la manera como estos se trenzan con frecuencia a partir de la cierta capacidad ordenadora del azar.

Se verá que Jacobs nos habla, por ejemplo, de cómo la seguridad de un barrio se obtiene gracias no a la presencia policial, sino a “una densa y casi inconsciente red de controles y reflejos de voluntariedad y buena disposición inscrita en el ánimo de las personas y alimentada constantemente por ellas mismas”. Lo que esa anotación conlleva es la percepción de la vida colectiva en una ciudad como un verdadero “orden físico” –ese es el concepto que la propia autora propone–, conformado por microprocesos en los que más que la compenetración entre elementos orgánicos integrados, lo que se da es, en efecto, un ballet, es decir una suite de iniciativas coordinadas altamente eficaces, en condiciones de dotar de coherencia interna una masa de unidades en permanente agitación. De ahí que Jacobs, con un lenguaje llano y a partir de una estimación directa de la realidad, reconozca en una calle, un parque público o un barrio ejemplos de lo que ella misma imagina como una suma de movimientos y actividades la mayoría de ellos triviales y casuales, pero cuya suma no lo es en absoluto, es decir aquello que poco después los teóricos del caos y de los sistemas complejos lejos de la linealidad llamarán sistema emergente.

Hasta aquí esta presentación de Muerte y vida de las grandes ciudades, un libro que nos es devuelto para ayudarnos a mirar a nuestro alrededor compartiendo y acrecentando su escándalo ante el pavoroso espectáculo de la destrucción sistemática de las urbes, a manos de la alianza sagrada entre políticos, mercaderes, arquitectos y planificadores. No ha disminuido, antes al contrario, se ha incrementado el desprecio y la desconfianza –acaso el temor– de los poderosos y sus “expertos en ciudad” hacia las formas consideradas prosaicas mediante las cuales viandantes y vecinos se apropian de los escenarios de sus quehaceres de cada día, dotándolos de sus propias funcionalidades tanto instrumentales como simbólicas.

Pero las calles continúan estando donde estaban y en sus aceras todavía hay gente que hace todo tipo de cosas a todas horas. Allí, en ellas, siguen mezclándose acontecimientos grandes o microscópicos, conductas pautadas y comportamientos marginales, monotonías y sorpresas, lo anodino y lo excepcional, lo vulgar o lo misterioso, permanencias y mutaciones, lo indispensable y lo superfluo, las certezas y la aventura. Como Jane Jacobs quería: un dominio difícil de dominar en el que, mal que les pese a sus enemigos, continúa viviendo la vida.

Manuel Delgado Ruiz

Noticias de utopía

Si el pasado es un país extranjero, el futuro a veces es otro planeta. Una de las formas canónicas de imaginar ese territorio desconocido, soñado, idealizado y temido es la utopía. En la utopía se exponen las ideas del Bien soñado en oposición a la caverna vivida o al Mal padecido. La utopía es ese género entre la política y la mitología, entre el manifiesto social y el trance hipnótico, entre el cuento de hadas y la ciencia ficción. Ha sido uno de los sueños más recurrentes de la razón.

Sueños o novelas filosóficas, políticas. En dos utopías noveladas de finales del siglo XIX, publicadas este año en España por Capitán Swing, el mito es además ideológico. Noticias de ninguna parte, de William Morris, es el sueño visionario de un anarquista. Después de una velada entre amigos en la que se discutió sobre el día siguiente de la revolución, y en la que pasó de la circunspección exagerada a la intemperancia no menos extrema, una fracción, es decir un hombre, regresa a su casa al oeste de Londres, no sin despedirse cordialmente de sus camaradas. Camino a casa, en el tufo del ferrocarril subterráneo, siente remordimientos por haberse acalorado en la conversación y recapitula los muchos argumentos «excelentes y definitivos que había tenido en la punta de la lengua y que había olvidado en la reciente discusión». Entonces alza una súplica ensimismada: ¡Si yo pudiera verlo un día nada más, sólo un día! A partir de una duermevela, el deseo se le cumple. La fracción se despierta muchos años después del advenimiento de la revolución. Es decir en el paraíso.

Porque no hay ninguna duda, en el texto de Morris, acerca del carácter benéfico del más allá revolucionario. Benéfico y en realidad idílico, un nuevo mundo signado por la felicidad, la cordialidad y la belleza. Ya no es Londres, «aquel desierto de cal y ladrillo», sino un conjunto de caseríos diseminados que ocupan el territorio que alguna vez fue Londres. No hay comercio ni dinero ni por supuesto pobres. La gente es más bella y con cierta tendencia a vestirse a la manera de la Edad Media. Todas las casas tienen jardín y no hay escuelas, «esos rediles de niños», ni cárceles ni leyes, formas anacrónicas de dominación. Y ya no hay dominación porque no hay política. Se bebe buen vino, se anda a caballo y a remo, se lee poco, porque los mejores libros son los mismos seres humanos, libros siempre abiertos. Todos trabajan por placer. El mundo, en suma, es un «jardín encantado», como una historia de los hermanos Grimm en clave anarquista. Lo único que molesta al Huésped del edén revolucionario es el color de los vestidos, demasiado chillones para su gusto, confesadamente malacostumbrado al gris decimonónico.

La utopía de William Morris es un himno en prosa a la infancia de la historia. Trata de un tiempo no sólo ahistórico sino apasionadamente antihistórico. El pecado capital de la historia -la propiedad privada, el lucro- ha sido abolido, y con él todos los problemas sociales, es decir humanos. La familia, otro derivado de la propiedad privada, ya no es la célula básica de nada. No que se haya caído en esa alucinación de propietario que es el individualismo. Morris ensalza más bien un comunitarismo agrícola, acaso una presciencia de las comunas hippies. Tiene una sóla nostalgia histórica: la Edad Media. No tanto por su comunitarismo sino por su buen gusto arquitectónico y decorativo. En esto, es curioso, se asemeja a un escritor conservador como G.K. Chesterton. Sin ventaja, a mi parecer. Mientras la Edad Media de Chesterton es tabernera, filosófica, teatral y religiosa, humana hasta en sus intolerancias y delirios, la de Morris parece una entrevisión romántica del londinense Victoria & Albert Museum.

Algo recurrente en Noticias de ninguna parte: los revolucionarios tienen no poco de dandis, en estado casi salvaje, eso sí. En ello Morris es más una versión plúmbea de Oscar Wilde (quien a su vez escribió un todavía interesante libro sobre el «alma del hombre bajo el socialismo») o un tatarabuelo con doctrina de John Galliano que un profeta de las masas uniformadas. Puede resultar un detalle nimio, y sin duda pertenece sin problemas al kitsch utópico de Morris, pero sospecho que no carece de consecuencias. Si se quiere reparar en la independencia de criterio (o en el sentido de la extravagancia) de ese socialista agrario que fue Morris, compárese su idea del vestir, suntuoso y ligeramente medievalista o es carnavalesco, casi una parodia antes de tiempo del Swinging London, con el clóset de los estados comunistas que en el mundo han sido. El culto a la personalidad ha exigido siempre un voto de pobreza multitudinario, culto y pobreza ausentes en la ficción de Morris. Es algo.

Porque el sueño de Morris, todo lo kitsch que se quiera, es un mundo sin líderes ni jefes, no el de la hipertrofia burocrática y estatista. Es también una fantasía ecológica, posible antecedente de los Partidos Verdes contemporáneos y en todo caso pasión compartida por los británicos desde hace siglos. Admirador de Charles Fourier y del Erewhon de Samuel Butler, Morris declaró que no había otra forma de leer una utopía que considerándola como la expresión del temperamento del autor. Y el temperamento político de Morris tenía un elemento de resistencia no sólo al mainstream de su tiempo sino a las tendencias más controladoras del socialismo, pues Noticias de ninguna parte, según recuerda el prologuista Edward P. Thompson, fue una respuesta al Looking backwards / The year two thousand, de Edward Bellamy, traducida escuetamente como El año 2000.

Hay más humor en Bellamy, mejores diálogos, mayor complejidad narrativa e intelectual. También más severidad doctrinaria. El año 2000 narra el viaje al futuro de Julian West, un bostoniano acomodado con tendencia al insomnio. A la tercera noche en vela, West acude siempre al Doctor Pilsbury, «Profesor de Magnetismo animal». El mismo West reconoce las limitaciones profesionales del doctor: «Creo que no entendía gran cosa de medicina; pero era sin duda un destacado magnetizador». No se dice muy bien qué le hace el curandero, pero el caso es que Julian West, nacido en 1857 y treintañero, despierta en pleno año 2000. Luego de su resurrección (así la llama el doctor Leete, su anfitrión y guía), da una vuelta por un Boston  para él tan irreal como fabuloso, y  atina a preguntar, sin mover un músculo de la cara literaria: « ¿Qué solución, si solución hay, se ha encontrado para la cuestión obrera? Este era nuestro enigma de la Esfinge en el siglo XIX». Como el Huésped de Morris, Julian West ha llegado al cielo y tal vez cree estar frente a un benévolo San Pedro comunista. Pronuncia palabras mágicas. La respuesta del doctor Leete es una muestra de que los comunistas no siempre creyeron en la lucha de clases sino también en la gracia divina al final del túnel: «Se puede decir que ni siquiera ha tenido necesidad de resolverlo: se ha resuelto solo». En Noticias de ninguna parte, en cambio, el interminable picnic revolucionario sólo es obtenido después de una impostergable guerra civil.

Porque no faltan diferencias entre uno y otro sueño. El siglo XIX sigue siendo en Bellamy la Edad de las Tinieblas, es decir del capitalismo, pero al contrario de Morris, que lo despreciaba sin atenuantes por feo, injusto, sucio, ruidoso y desalmado, en Bellamy es al menos el más productivo de los sistemas antes del advenimiento de la revolución. En Morris, el placer es la condición del trabajo; en Bellamy, el trabajo es una función del complejo engranaje estatal. Noticias de ninguna parte está poblada por protohippies; El año 2000 por un inmenso ejército industrial. En Morris, todos son propietarios de la tierra, mientras que en Bellamy el Estado es el único propietario. En éste hay una presciencia del Estado policial, en el que no hay cárceles porque los contados criminales son considerados enfermos; en el británico, rige un Estado natural que se afianza en la conciencia personal: no hay culpables, hay sólo culpa. La utopía de Morris es una fantasía romántica, en la que los personajes son más proclives al ejercicio físico y a la agricultura que a la práctica científica, ya no digamos a las humanidades; la de Bellamy es una novela en la que el Estado rige de forma casi total la vida de sus agradecidos habitantes.

Las coincidencias son igual de sugestivas. Los habitantes de ambos mundos son esforzados propagandistas del régimen social en el que viven. (En Morris hay todavía algunos «gruñones” irremediables).  Ambos obtienen sus visiones a través de experiencias oníricas y gozan de la inmensa hospitalidad de sus anfitriones del futuro. Los dos recriminan el individualismo como la fuente de los males sociales. Pero acaso la coincidencia más profunda es que en el paraíso de Morris como en el de Bellamy, la política no existe, tal es el consenso fraterno de sus moradores. El hombre ya no es un animal político sino revolucionario.

Leyendo a Morris y a Bellamy uno se asoma al pasado para ver el futuro que ya es presente. El futuro sobre el que escribieron, deformado, parodiado y saqueado, nos es extrañamente familiar. Algunas de sus visiones e ideas (sobre todo en el caso de Bellamy) han configurado o al menos cuajado en la realidad. Ciertas páginas (ciertos ambientes) de Morris tienen un posible pariente en Peter Pan. Otra de Bellamy, en Gregorio Samsa. Todavía resuenan sus regaños, denuncias y comparaciones históricas, sus invectivas contra la injusticia y la inhumanidad de su tiempo. Lo que prevalece en ambos, sin embargo, es el tono del benefactor iluminado, Homais, aquel personaje de Flaubert que creía con fe de carbonero en el progreso, ahora vestido de campesino fotogénico (Morris) y de «soldado industrial» (Bellamy). En el reino de Utopía, sea a través de las contradicciones mismas del capitalismo o después de una guerra contra los opresores, no hay lugar sino para los bienaventurados. Sólo los infieles no creen en el futuro. Porque el Futuro, quizá más que la Sociedad, es aquí el nombre no tan secreto de la divinidad.

Conan Doyle, Arthur

Conan Doyle es conocido principalmente por su serie de novelas y folletines protagonizados por el detective

Nueva sangre editorial

Un puñado de pequeñas o pequeñísimas editoriales independientes se ha instalado en el mercado con el aval de lectores, críticos, medios y redes sociales. Están abiertas a toda clase de géneros y son pioneras en una nueva y constante relación de ida y vuelta con su público.

El espíritu pop, la mezcla de alta y baja cultura, la recuperación de joyas clásicas para un lector moderno, los textos combativos, el cuidado por el diseño, el contacto directo con el lector a través de las redes sociales… Unas u otras son características de una nueva generación de editoriales que han brotado en el panorama español. La agente literaria Carmen Balcells dijo en una ocasión que las pequeñas editoriales emergentes son hoy en día como setas: brotan muchas, pero son de temporada. Solo algunas aguantarán el paso del tiempo. Pues bien, un buen puñado de ellas se consolidan con fuerza: Alpha Decay, Blackie Books, Errata Naturae, Gallo Nero, Capitán Swing, entre otras, han arriesgado en tiempos turbulentos y han conseguido buena acogida por parte de lectores, crítica y medios de comunicación.

«El éxito radica en tener un buen catálogo», explica Rubén Hernández, editor junto a Irene Antón de Errata Naturae. «El surgimiento de las pequeñas editoriales es normal. Pasa en cualquier sector en el que la tecnología abarata los costes. Ocurre igual en el mundo del documental, por ejemplo: con una cámara y un Mac puedes trabajar de forma aceptable, y el número de documentalistas crece. Cada vez hay más posibilidades de crear una editorial. Además, muchas editoriales independientes han sido absorbidas por grandes grupos y sus programas de producción han cambiado, han abandonado determinadas líneas. La parte del programa menos rentable se ha liberado, porque los accionistas de grandes grupos quieren beneficios. Eso nos deja a nosotros margen para editar a Alain Badiou, Michel Onfray o Hans Magnus Enzensberger, que antes eran más complicados. De alguna manera hemos ido a cubrir ese vacío porque no buscamos un interés económico tan alto».

El citado espíritu indie, no solo en sus diseños, sino también en sus formas y contenidos, es otro de los hilos de unión entre algunas de estas editoriales. Alpha Decay rastrea jóvenes autores como el polémico Tao Lin, Micah P. Hinson, Fabián Casas o Pola Oloixarac, y ensayos sociológicos sobre los hipsters o lo cool. Blackie Books y Errata Naturae producen camisetas sobre sus títulos que venden en cajas de regalo junto a sus libros. Por cierto, las tres compartirán caseta en la próxima Feria del Libro de Madrid. Además, no tienen problemas en orquestar eso tan posmoderno que es la mezcla entre alta y baja cultura: libros de filosofía sobre superhéroes, Los Simpson o las series televisivas; o coloridas reediciones de autores con solera como Enrique Jardiel Poncela. Da igual la recuperación de un texto clásico o el descubrimiento de un autor joven e innovador. «Eso responde a un perfil social que, quizás, hace 40 años igual no existía y hoy en día sí. Ahora hay un público que está interesado en leer a Wittgenstein y dos horas después está viendo una película de zombis. Respecto al diseño de corte pop: el hecho de leer a Bertrand Russell no quiere decir que tenga que vestirme como él», bromea Rubén Hernández. «Reeditar un texto de hace dos siglos, volcando en el diseño lo que te ha sugerido es, en cierta manera, resucitarlo, darle nueva vida», dice Donatella Iannunzzi, de Gallo Nero, «el diseño cambia la percepción del título por parte del lector». Su editorial tiene una línea dedicada a la novela gráfica (por ejemplo, El caso Pasolini. Crónica de un asesinato, de Gianluca Maconi) y al libro ilustrado. Otro de sus libros bandera es Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel, de Leonardo Sciascia.

Estas llamadas microeditoriales, en las que trabajan entre una y cuatro personas, algunas veces desde sus domicilios, tienen un público joven (en sentido amplio, o al menos joven mentalmente) con el que se involucran a través de las redes sociales. «Estamos en consonancia con el gusto de gente joven, que gracias al surgimiento de las editoriales pequeñas se está acercando a la literatura y quiere conocer a escritores de su franja de edad», dice Ana S. Pareja, editora, junto a Enric Cucurella, de Alpha Decay. «Ahora la lectura es un tema más de conversación para cierto público joven, gracias, quizás, a Facebook. Ahí veo conversaciones eternas sobre libros, de gente de diversa procedencia y pelaje, que no había visto nunca. Además, como paso muchas horas en el ordenador, en el perfil de la editorial en Facebook ya se ha fusionado lo personal y lo profesional». El editor ha dejado de ser una empresa sin rostro y su figura vuelve prefigurarse como la de una persona de confianza que selecciona para el lector buenas lecturas, como ocurrió en el pasado con Anagrama o Tusquets. «Hay un nuevo tipo de relación con los lectores», dice Jan Martí de Blackie Books. «Tenemos un contacto diario con gente que no conocemos, pero que leen nuestros libros o quieren leerlos. Nos dan feedback constante, nos proponen libros, nos enseñan los blogs donde nos han reseñado, preguntan cosas

… y nosotros les preguntamos cosas a ellos (incluso en un libro les pedimos que buscaran alguna errata para corregirlo rápidamente de cara a una reimpresión urgente) y les explicamos lo que estamos preparando. Es una gran comunidad que nos ayuda enormemente, nos da ánimos para seguir y nos indica qué estamos haciendo bien y en qué estamos fallando».

La nueva generación vendría a tomar el relevo de otras camadas de editoriales independientes precursoras, y ya consolidadas, como Lengua de Trapo, Melusina o las que formaron, en 2008, el grupo Contexto, que ganó ese mismo año el Premio Nacional a la mejor labor editorial cultural: Periférica, Barataria, Libros del Asteroide, Global Rhythm, Nórdica, Impedimenta y Sexto Piso. «Hemos llegado a un momento de aparente saturación pero también de normalización respecto a modelos editoriales vecinos; es decir, existen gigantescos grupos, por una parte, grandes y medianas editoriales independientes y, por último, pequeñas editoriales. Este sector es el que antes no existía en España, o apenas existía. Todos publican libros buenos, regulares y malos. Pero, curiosamente, son las pequeñas las que menos libros malos publican. ¿Por qué? Porque su programación es tan corta que pueden elegir solo lo mejor, lo más interesante, y porque su prestigio, aún en vías de consolidación, se fundamenta en la calidad constante», explica Julián Rodríguez, editor de Periférica, que ahora cumple cinco años.

Lo cierto es que embarcarse en la aventura de montar una pequeña editorial en estos tiempos inciertos podría catalogarse de cosa de locos o, al menos, de románticos utópicos. Pero aguantan. «Editorial joven o pequeña editorial no es sinónimo de proyecto económico suicida», opina Jan Martí, «sino que en muchos casos la parte económica está muy bien pensada, el modelo muy bien estructurado, a veces es más viable incluso que una gran editorial». La buena marcha de estas editoriales puede incluso contrarrestar los hachazos de la crisis: «Cuando empezamos con Alpha Decay», dice Ana S. Pareja, «la cosa no estaba tan mal. Pero la crisis ha coincidido con un momento de bonanza de la editorial, y ambas cosas se contrarrestan. Tenemos visibilidad, la gente se interesa por los libros, las cosas están funcionando. Empezamos a despegar con fuerza». «Para hacer libros nunca es buen momento, por razones estructurales, en este país se publica mucho y hay pocos lectores. Es muy interesante que haya cada vez más editoriales, de todo para todo el mundo. Se están rescatando muchos textos y espero que la cosa se anime y se creen nuevos lectores», opina Daniel Moreno, de Capitán Swing, muy centrada, aunque no exclusivamente, en el ensayo, pues creen que en el panorama editorial predominan las dedicadas a la narrativa. «En cualquier caso, el componente que une nuestros libros, ya sea de narrativa o ensayo, es que se comprometan, que tengan un espíritu crítico o político». Así mezcla textos recuperados de Nietzsche, Engels o Thomas Mann con ensayos sobre la serie televisiva Mad Men.

Algunos lectores siguen fielmente varios de estos sellos. «Puede que haya un lector joven que, aunque no de forma exclusiva, sí tenga un foco de atención en estas editoriales», opina Irene Antón, de Errata Naturae. «Compartimos inquietudes, somos lectores con el mismo perfil, algunos de nuestros títulos incluso serían intercambiables en nuestros catálogos», dice Iannunzzi, «textos con gancho, que sacudan la mente del público». «No creo que nos parezcamos mucho», disiente Jan Martí, «es cierto que hay mucha gente que prefiere gastarse dinero en un libro hecho desde una editorial pequeña, joven, antes que pagar por un best seller con una tirada de medio millón de ejemplares. Pero desde el punto de vista de las temáticas, criterios, colecciones y diseño, creo que no nos parecemos a ninguna otra editorial. Y luchamos por eso. Todas las editoriales pequeñas luchan por eso, creo, por distinguirse, por la particularidad, por destacar de algún modo, por tirar por un camino inédito, por tener un lenguaje propio, por enseñar las cosas de una manera muy personal. Nadie quiere abarcar lo que hace otro. Ahí está la gracia».

La muerte de la polilla y otros escritos

En esta edición se agrupan diecinueve textos, entre artículos y algún relato, que giran alrededor de la literatura y del papel femenino en la vida, temas habituales en el pensamiento de la escritora británica. Textos que Virginia Woolf (Londres, 1882-Sussex, 1941) fue escribiendo por encargo para revistas, prólogos de libros u otros fines, y que precisamente por ser de encargo no valoraba, acumulándose sin publicitar en los cajones de su mesa. Fue su marido, el editor y escritor Leonard Woolf, el que compiló en cuatro volúmenes toda su obra como articulista. Incluso, -como nos cuenta Gloria Fortún en su excelente introducción al libro- tras la muerte de Leonard salieron a la luz más artículos inéditos.

Al ser una compilación diversa y distinta de las originales (The Death of the Moth, Captain’s Death Bed, The London Scene y The Common Reader) hay cuatro traductores en este libro, lo que da distintas voces a los textos. Destaca la autora del prólogo que la propia Virginia no era partidaria de prólogos ni introducciones, puesto que pensaba que los libros debían hablar por sí mismos y si un libro necesitaba aclaraciones es que no había cumplido su función. En parte es cierto. Pero en el caso de una antología o compilación de textos diversos como el que nos ocupa, no está de más una introducción, nos ayuda a tener una idea del nexo que los une y de las razones o las finalidades de algunos o de todos los textos.

En algunos artículos, como por ejemplo, Ruta Callejera, la traducción es francamente mejorable; nos produce un franco malestar, a pesar de que el contenido del texto es precioso: un paseo por Londres, “la Ciudad” como dicen los ingleses, con la simple excusa de comprar un lápiz, y las divagaciones que se disparan en la mente de Virginia en su deambular vespertino o nocturno.

Hablar hoy de Virginia Woolf es, en cierto modo, repetirse. Porque son tan abundantes los textos sobre ella que nos resulta reiterativo. Pero siempre podemos seguir hablando o escribiendo sobre su obra, y las ideas que nos brinda, porque su extensión y prolijidad nos dan pie a ello, y porque, como la Woolf dice en uno de los textos, Destreza, el poder evocador es una de las cualidades más misteriosas de las palabras. Las palabras no son útiles. Pero tienen poder para decir la verdad la verdad. No son útiles porque tienen muchos significados, y por tanto cuando se busca una utilidad estricta se suele recurrir a los signos, puesto que las imágenes son en este caso más explícitas. Pero sin embargo, pueden decir verdades: las palabras sobreviven a las vidas que las pronuncian o las escriben, y por tanto, pueden ser más verídicas.

Lo que me ha parecido más destacable de este conjunto variopinto de textos son sus reflexiones y acotaciones sobre la lectura, la escritura y la crítica literaria. En El arte de la biografía, por ejemplo, aborda la cuestión de la difusa frontera entre historia y literatura, explicándonos que el biógrafo ha de atenerse a un guión fijo -la vida del biografiado-, mientras que el novelista goza de una libertad mucho más amplia. Analiza el caso de Lytton Strachey, escritor y amigo personal, miembro destacado del Grupo de Bloomsbury, cuya biografía La Reina Victoria le encumbró y sin embargo, su obra Elisabeth y Essex, al ser más literaria y dejar volar más la imaginación, fracasa –siempre según Virginia- como biografía. Entre los textos seleccionados se pueden encontrar breves semblanzas biográficas sobre el Capitán Marryat, Beau Brummel, Madame de Sevigné, o Mr. Cowper, en los que Virginia se desliza por esas vidas revoloteando, destacando un detalle o una frase, una actitud o un aspecto de la vida elegida.

Otro de los más atractivos artículos es ¿Cómo se debería leer un libro?, en el que nos lleva a la cuestión de la complejidad de la lectura, a la importancia de leer un buen libro, y resalta una doble actitud ante ello: en primer lugar. abrir muy bien la mente a la multitud de impresiones que nos abordan desde las páginas del libro. Y después, juzgar y comparar. ¿Comparar con quién? –diríamos. Con los clásicos, obviamente, responde Virginia. Leer una novela es, en suma, algo que no hacemos para conseguir algo, con una finalidad: la finalidad de la lectura está en sí misma, en su disfrute. Disfrutar leyendo. ¿Cómo podría ser de otro modo?

En Qué impresión causa a un contemporáneo, Virginia remarca la dificultad que tenemos para discernir la calidad literaria de los autores contemporáneos. Y cómo de una misma obra los críticos pueden llegas a posiciones completamente contradictorias. El factor tiempo es un arma que nos ayudará en la decisión, pero sólo sirve para los autores del pasado. El presente nos deja, a veces, perplejos. “La tormenta y las lluvias torrenciales están en la superficie: la continuidad y la calma, en las profundidades”, nos dice. Sin embargo, es inevitable que la literatura contemporánea, por su frescura, vivacidad, por su choque contra las tradiciones, nos atraiga enormemente. “Es como un pariente a quien laceramos y desairamos cada día, pero al fin y al cabo no podemos vivir sin él”.

En suma, una obra que por su variedad gustará a unos y a otros por abarcar un amplio abanico de temas y estilos: desde el cuento al relato biográfico y al ensayo literario y social, sobre la posición de las mujeres. Recomendable, pues, su lectura.

Ariodante