El Crack-Up

Fitzgerald, el escritor de porcelana

Habló mucho del pasado, y llegué a la conclusión de que quería recuperar algo, cierta idea de sí mismo, quizás, que dependía de amor por Daisy. F. Scott Fitzgerald. Un reportero entra a la habitación de un hotel oscuro y húmedo. Dentro lo espera el escritor más sobresaliente de la generación perdida. Si alguno piensa

Diez libros para comprender Norteamérica

América blanca, negra o cobriza. Con apellidos irlandeses, sicilianos, holandeses, judíos o españoles. Una nación construida con el material de los sueños. Aunque no gane las próximas elecciones, apuntan Rafael Barberá y Miguel Ángel Benedicto en Estados Unidos 3.0 (Plaza y Valdés, 2012), Barack Obama ya ha pasado a la Historia por ser el primer presidente afroamericano. Lo mejor de Obama es que simboliza la reedición del sueño americano en versión demócrata: «Tiene una dimensión que no tienen otros presidentes, mesiánica y un poco religiosa», subrayan los periodistas.

Elecciones aparte, demócratas y republicanos acaban reunidos en torno al fuego del hogar de los pioneros, con la Biblia en el regazo. El historiador Mark Lee Gardner se crió en el centro de Missouri y pasó largas veladas, como otros chavales de su edad, escuchando de sus mayores la historia de Billy el Niño y Pat Garrett. Un grabado del Illustrated Police News de Boston del 8 de enero de 1881 inmortaliza al Niño. Apoyado en su Winchester con gesto indolente terminará pagando con la muerte el precio de su fama. «La mejor de las leyendas del Viejo Oeste» nos conduce Al infierno en un caballo veloz(Península, 2012).

Los alegres y peligrosos años veinte

Reencarnados en mitos, el bandolero Billy y el sheriff Pat inspiraron sesenta películas; las tribus indias roturadas por el ferrocarril y la guerra de Secesión constituyeron el cliché favorito de Hollywood cuando al productor de turno no se le ocurría nada mejor. La crónica de unos antepasados, que no superan el siglo de antigüedad, confinada a las reservas de celuloide. Así lo ve Richard Ford en Flores en las grietas (Anagrama, 2012): «En mi propia familia, el tema de nuestra identidad india siempre creaba cierta incomodidad. Mi bisabuela había nacido en la Franja de los Osage de Oklahoma y se había casado con un hombre que no era indio y se había mudado al otro lado de la frontera, en Arkansas, donde al parecer no había muchos indios. Luego se produjo una notable pelea en la generación de mi abuela para dejar la indianidad tranquila y presentarse como se pensaba que era la gente blanca normal: irlandeses y alemanes».

En sus Cartas escogidas (Alfaguara, 2012), William Faulkner aclara que en realidad se llama Falkner. Su bisabuelo reclutó, organizó, financió y comandó el ejército de infantería sudista en 1861 y construyó el primer ferrocarril de su distrito. Como a los forasteros les costaba pronunciar Falkner, el joven William le añadió una «u» con la que rubricó sus historias en el mítico territorio de Yoknapatawpha: Sartoris, El ruido y la furia, Mientras agonizo…

A la par que Faulkner se zambullía en la memoria del profundo Sur, Francis Scott Fitzgerald brindaba con El gran Gatsby. Eran los alegres y peligrosos años veinte, que llevaron al país de cabeza al «martes negro» de 1929. En El Crack-Up (Capitán Swing, 2012), Scott Fitzgerald hace examen de conciencia. Desde la Generación Perdida, que compartió con Dos Passos o Hemingway, ilustra el relevo en la hegemonía cultural de Europa a Estados Unidos: «Éramos la nación más poderosa. ¿Quién podía seguir diciéndonos lo que estaba de moda y qué era divertirse?».

 

¡Más celuloide!

Una raza mestiza entregada al placer en plena Ley Seca y a ritmo de jazz. En la década de los «enemigos públicos número uno», J. Edgar Hoover toma las riendas del FBI. Comienza la lucha de los Hombres G contra el gansterismo y la persecución del comunismo, que culminará, años después, con la «Caza de brujas» del senador McCarthy. Los «enemigos», advierte Hoover, son todos aquellos que se oponen «al modo de vida americano».

En Enemigos. Una historia del FBI, el Premio Pulitzer Tim Weiner describe cómo va creciendo un estado dentro del Estado, sin contar siquiera con unos estatutos legales. Avalado por el presidente Roosevelt, Hoover se hizo cultura de masas: «El rostro público de la lucha contra el crimen, la estrella de un espectáculo que cautivaba la imaginación del pueblo estadounidense, el nombre que aparecía en los titulares, un icono en el escenario público norteamericano». ¡Más celuloide, esto es la guerra!

Tras la Segunda Guerra Mundial, la victoriosa Norteamérica debe superar todavía la asignatura pendiente de la segregación racial. Fue en diciembre de 1955, en Montgomery (Alabama), feudo del Ku Klux Klan: una mujer negra vestida dignamente se niega a ceder su asiento a un blanco. «¡Todos los negros tienen que levantarse y dejar el asiento a los blancos. ¡Tú, levántate y cédele el asiento al señor!», atruena el conductor. La mujer permanece sentada. Dignamente sentada. En El autobús de Rosa (Barbara Fiore Editora, 2011), Fabrizio Silei y Maurizio A. C. Quarello le ponen matices cromáticos al instante decisivo de la igualdad de derechos civiles.

 

Las clientas de la sastrería

Aquel mismo año, un joven descendiente de italianos debuta como periodista deportivo en el New York Times. Como cuenta en Vida de un escritor (Alfaguara, 2012), Gay Talese aprendió a escuchar las conversaciones de las clientas de la sastrería materna: «Muchos de los temas sociales y políticos sobre los que se ha discutido en Estados Unidos desde entonces -el papel de la religión en la alcoba, la igualdad racial, los derechos de las mujeres, los adulterios de los funcionarios públicos, la conveniencia de las películas y publicaciones que contienen sexo y violencia- yo los oí debatir en el negocio de mi madre…».

Una década después de Rosa, Talese cubrirá como reportero la marcha de Martin Luther King en los dominios del Klan. «Tengo un sueño», repite, cual salmo, el pastor negro. Todo americano tiene derecho a un sueño de porvenir, aunque a veces acabe caminando por el bulevar de los sueños rotos. La delincuencia juvenil inspira Dura la lluvia que cae(Duomo, 2012), de Don Carpenter, en el mismo año de la «sangre fría» de Capote: dos adolescentes -un huérfano blanco y un negro chapero- reunidos en una cárcel de California.

La tierra de oportunidades del self made man es, también, la de los gánsters financieros que secuestran la democracia. De la fiebre del oro a la enfebrecida burbuja bursátil. La crónica negra capitalista la escriben ahora Maddof & Cía (Errata Naturae, 2012); los «hermanos malasombra» Lehman, compañía fundada en 1850 (más o menos, cuando nació Billy el Niño). ¿Ha quebrado el contrato social entre élites y clases medias que sustentó la meritocracia?Diez libros para constatar que cada sueño americano deviene en mito o acaba estallando en un sinfín de fragmentos.

 

Las edades del jazz

“Fue una era de milagros, una era de arte, una era de excesos y una era de sátira”. Es Francis Scott Fitzgerald quien habla y se refiere, claro, a la Jazz Age de la que fue a la vez heraldo y protagonista, máximo relator y espectacular víctima. En el último año se han reeditado sus Cuentos completos y se han publicado nuevas traducciones de El gran Gatsby o A este lado del paraíso, pero son sus ensayos autobiográficos, buena parte de los cuales podemos leer por primera vez en castellano gracias a la impecable versión de Yolanda Morató, los que merecen una atención más detenida. La compleja historia editorial del libro –Mi ciudad perdida, publicado por Zut– no ha ayudado a su difusión. Como cuenta la traductora en un prólogo ingeniosamente titulado Entre el boom (la prosperidad) y el gloom (el pesimismo), Fitzgerald intentó convencer a su editor en Charles Scribner’s Sons, Max Perkins, de que publicara esta recopilación de artículos aparecidos entre 1920 y 1936 en revistas como New Yorker, Saturday Evening Post, Cosmopolitan o Esquire. No lo consiguió y el conjunto quedó en gran medida olvidado salvo por la recuperación parcial que llevó a cabo Edmund Wilson, publicada en 1945 con el título de El Crack-Up, en la que el crítico que ejercía como “conciencia intelectual” de Fitzgerald reunió una heterogénea selección de diarios, notas, ensayos y cartas.

La recopilación póstuma de Wilson ha conocido varias ediciones en castellano, pero la versión más difundida en España –hay otras, nos informa Morató, del chileno Poli Delano y del argentino Marcelo Cohen– es la de Mariano Antolín Rato, publicada por Bruguera, luego por Anagrama y hace sólo unos meses por Capitán Swing, que la ha reeditado con un prólogo de Jesús Alonso López. Entre los textos recogidos por Wilson figuran ensayos ya clásicos como Ecos de la Era del Jazz, Mi ciudad perdida, Ring –dedicado por Fitzgerald a su amigo el escritor y cronista deportivo Ring Lardner, de quien la misma editorial Zut acaba de publicar el espléndido Cómo escribir relatos, traducido por Juan Bonilla– o el que da título a la colección –que suele figurar en inglés y Morató ha traducido como La quiebra–, caracterizados por la melancolía y la sensación de final de época. La publicación de Mi ciudad perdida, sin embargo, permite acceder a piezas deliciosas y hasta ahora inéditas como Princeton, ¡Espere a tener sus propios hijos! o Las chicas creen en las chicas, donde Fitzgerald se muestra ligero e irónico, pero también como un escritor meticuloso y autoconsciente, familiarizado con la literatura de su tiempo y lúcidamente crítico –pesimista, en efecto, pero consciente de las responsabilidades de su generación– respecto de la sociedad que lo rodea, lejos por tanto de la imagen estereotipada que lo retrata como a un borrachuzo exquisito y frívolo al que se le secó el genio. Una imagen no inexacta pero claramente incompleta.

Hubo otras edades del jazz, contemporáneas o no, al otro lado del océano. En particular, el París de la segunda posguerra, lugar de peregrinación para los devotos de la filosofía o la moda existencialista, está íntimamente vinculado a la música negra que sonaba en las cavas, y entre sus más rendidos admiradores –y practicantes– encontramos a Boris Vian, escritor, ingeniero, trompetista y presidente de la Subcomisión de Soluciones Imaginarias del Colegio de Patafísica. Hace menos de un año, BackList publicó sus Escritos de jazz en traducción de Palmira Feixas, un libro verdaderamente sorprendente –por lo mordaz y heterodoxo de sus opiniones– donde se reúnen sus artículos y reseñas para la revista Jazz News, acompañados de los textos de presentación que realizó para la colección Philips. Ahora Gallo Nero da a conocer su no menos irreverente y libérrimo Manual de Saint-German-des-Prés, traducido por Julia Osuna, un libro imprescindible para conocer la geografía y la intrahistoria del barrio parisino por los años en que se elevó a la categoría de mito. Juliette Gréco, Jacques Prévert, Simone Signoret, Albert Camus, Raymond Queneau o “la familia” de Sartre son algunos de los nombres esenciales de la aventura germanopratina o germanopratense, pero incluso si no hubieran existido nunca merecería la pena leer la guía de Vian, que se acompaña de un mapa desplegable, dibujado por David Cauquil, donde aparecen ubicados algunos de los escenarios –el Tabou o el Club Saint-Germain, el Café de Fiore o Les Deux Magots, Gallimard o Editions du Scorpion– donde se desarrolló una historia contada con frescura, desparpajo y buen humor, lejos de la enojosa solemnidad con que los franceses se aplican a cantar sus glorias.

“Fuerza, libertad y belleza” (Juan Ramón Jiménez). “Arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia” (Federico García Lorca). “Selva de metal y luz y escalofrío” (José Hierro). Algunas de las citas iniciales de Historia poética de Nueva York en la España contemporánea, el ensayo de Julio Neira que ha publicado Cátedra, podrían perfectamente aplicarse a los sonidos del jazz que se convirtieron, gracias al nuevo arte del cinematógrafo, en una de las señas de identidad de la nueva Babilonia. En la década de los veinte, escribe Neira, el poderoso influjo de los Estados Unidos en Europa viene no tanto de un conocimiento directo del país como “de la expansión de su cultura, sobre todo de la mano de un nuevo ritmo que con origen en los barrios negros de Nueva Orleans se irradia a todo el mundo, también a España”. Moreno Villa, por ejemplo, era un gran aficionado, como se aprecia en Jacinta la pelirroja, y consta que los poetas de la Residencia de Estudiantes –del mismo modo que sus antecesores los ultraístas– asistían a veladas de jazz, fascinados por una propuesta rompedora que se asociaba a la vida moderna y vertiginosa de las grandes ciudades. Pruebas de este interés son el poema Jazz-band de Concha Méndez o Temblor único de Lorca, a quien el ritmo entrecortado de los músicos le traía ecos del flamenco. El propio Neira prepara una antología que complementará el asunto abordado en su Historia poética de Nueva York y, en relación directa con el jazz, pronto dispondremos de otra específicamente dedicada a su presencia en la poesía española. Su autor, el profesor de la Hispalense Juan Ignacio Guijarro, ha estudiado, entre otros temas, la prosa de Zelda Fitzgerald, encarnación eterna de la flapper, hermosa, trágica y tanto o más desventurada que el escritor que le dio el apellido.

Ignacio F. Garmendia

 

Las ruinas del presente

El Crack-Up es una recopilación de textos, cartas,  y ensayos escritos durante  su vida que dan fe, como su propio nombre indica, de la quiebra personal que sufrió el autor. Una caída desde el éxito y la suntuosidad hasta el más profundo abismo colmado de desesperación y de vacío emocional. Íntimos detalles de la vida del día a día que muestran el cambio radical y la profunda desesperación que produjo el impacto en la vida de Francis y Zelda.

Los cuadernos, segunda parte de la ópera póstuma, recoge los aforismos incrustados en una mentalidad de época colindante con la genialidad y el ingenio propio de una persona como el propio Fitzgerald. Estructurado por orden alfabético, de la A hasta la Y,  sin mencionar la Z, última letra del abecedario.

“El éxito prematuro le proporciona a uno la convicción de que la vida es un asunto romántico, y una idea casi mística del destino en cuanto opuesto a la fuerza de voluntad: en su grado peor, el error napoleónico.” Bajo este llamativo epitafio, Fitzgerald da cuenta de su infinito y eterno error.

Las Cartas, muestra la relación del autor con sus contemporáneos, destacando cartas a sus amigos y a su hijo Frances Scott Fitzgerald, o también llamado Scottie.

Sentimientos, emociones y anécdotas recogidos y editados en un todo por Edmund Wilson después de su muerte que conforman una visión clara del epicentro global de su vida, ya que según Scott, Toda vida es signo de demolición.

Jorge Ayora

Mitja dotzena de maleïts

Cap obra d’art perdurable ha estat realitzada mai per un farsant”, escriví John dos Passos sobre Francis Scott Fitzgerald, carregat de tragèdies (alcoholisme seu i de la seva dona, Zelda; incomoditat en un món canviant). Sí, Scott Fitzgerald, com el seu Gatsby, era una mena de maleït i es pot veure en la fantàstica edició d’El Crack-Up de Capitan Swing. Són anècdotes, idees, moments que conformaven els quaderns de notes que prenia des de 1938 quan acabà amb la major MGM. Hi ha records i articles fins cartes on fa llistes sobre les coses importants per preocupar-se a la vida.

El que més preocupava l’iconoclasta Hunter S. Thompson (que transcrivia El gran Gatsby per aprendre) era la pugna entre literatura i periodisme (gènere mal parat). “Tuyo en el miedo y el asco”, conclou més d’una de les missives que escriví entre el 1955 i el 1976 des de William Kennedy i Tom Wolfe a Jimmy Carter i que constitueixen una mena de sucosa autobiografia dels inicis de l’autor-kamikaze (drogues, moters, bandes, màfies del joc…). Tot, a El escritor gonzo.

Molts moments de drogues i alcohol que porten a blackouts enllacen Thompson amb Fante, on Dan, el fill de John Fante, repassa la seva duríssima vida (drogues, alcohol, sexe brut, extorsions…), marcada pel rebuig d’un pare tan alcoholitzat com brillant autor de Pregunta-ho a la pols.

Opi és de les poques coses que no tocà Dan Fante però sí que va ser l’addicció estel·lar feta llibre de Thomas de Quincey, que en torna a parlar en un dels 12 articles de tall autobiogràfic que ara es recopilen a Bosquejos de infancia y adolescencia.

El malditisme de Virginia Woolf era d’una altra mena: les veus que sentia al seu cap, que la portaren al suïcidi, episodi que recull el seu marit Leonard a La muerte de Virginia. Arthur Cravan (peó, boxejador, poeta, futur suïcida…) es defensà en una de les missives que es recullen ara (Cartas de amor a Mina Loy) dels seus excessos: “Sólo los rudos son excepcionales”. Qualsevol cosa, menys farsants, per ser perdurables.

Carles Geli

 

En época de descubrimientos y fracasos

F. “La literatura está en crisis porque el modelo dominante de consumo cultural es el entretenimiento”, dijo Aleksandar Hemon en la presentación de la última antología de relatos que Dalkey Archive Press acaba de publicar. Al acto asistió también Nicole Krauss, escritora de éxito y esposa del escritor de éxito Jonathan Safran Foer, quien leyó (Krauss leyó) uno de los relatos. Efectivamente Krauss, que eligió para la ocasión una amplia camiseta verde militar brillante y de look arrugado sobre la que pendía un sencillo colgante de cuentas cilíndricas de madera y que consumió parte del contenido de la sencilla botella de agua mineral embotellada que los organizadores del acto le entregaron al comienzo del mismo, leyó el relato de la escritora y crítica rusa Danila Davydov titulado “El telescopio”, y pareció estar de acuerdo con Hemon cuando interpoló (Hemon interpoló) que el relato era una “obra maestra”. Como es sabido, Nicole vive en Brooklyn con Jonathan, con quien tiene dos hijos en común.

D. Hieronymus Bosch, más conocido como El Bosco, presta su menos célebre nombre a la primera versión de la novela Au temps des monstres et des catastrophes (2011), titulada L’inversion de Hieronymus Bosch (2005), del escritor, cineasta, músico y fotógrafo Alexis Mital, más conocido por el pseudónimo artístico Camille de Toledo. En época de monstruos y catástrofes, versión española publicada por Alpha Decay, es la primera entrega de la tetralogía narrativa Estratos. La narración se centra en la creación, ascenso y caída de un imperio productivo-comercial de artículos personales dirigidos a satisfacer la demanda mundial de entretenimiento y placer sexual. LWK, su creador, emigrado en su juventud desde la Italia rural hasta la Europa tematizada en Norteamérica, se rodea de una ecléctica guardia pretoriana con la que compartirá con generosidad su creciente fortuna. Los personajes, deliberadamente caricaturescos, irán sufriendo una metamorfosis causada por las fuerzas exteriores más provincianas y más globalizadas: la prensa, el poder de los grupos de presión, las masas, el consumismo idiotizado, el pasado, el terrorismo de vanguardia, el puritanismo e incluso la alta cultura o intelectualidad. Es de destacar la aparición estelar de El monje, quien metafóricamente vendió su Ferrari para dedicarse al altruismo anarquista o al anarquismo altruista.

F. “Hace muchos años, la biblioteca a la que iba me regalaba ejemplares del suplemento literario del Times, que en caso contrario hubieran sido arrojados a la basura. Yo los guardaba en una caja grande debajo de la cama, y los leía por la noche. Al final, los encontraba opresivos. El estilo uniforme. La serenidad. La sensación de que cada libro analizado, cada obra, podía incardinarse en la red de la cultura. Qué poco razonable era mi actitud: el Times Literary Supplement es magnífico, impecable; deberíamos dar gracias por su existencia, claro que sí. Pero encontraba el papel opresivo, y todavía ahora me acerco a él con cuidado. … Leo artículos en papel sólo si vienen recomendados por una fuente online digna de confianza. Entrar y salir. No quedarse atascado en las páginas literarias. No internalizar el tono de esas publicaciones. No hacer caso de sus valoraciones. Cultivar en su lugar una especie de barbarie ilustrada…”

D. Tengo aquí al lado la primera novela de un norteamericano de 29 años con un background curricular que tira de espaldas. Comienza así: “Cuando la universidad me retiró la beca, hice lo único que sabía: volví a New Jersey. De vuelta a una ciudad que no había llamado hogar durante años, que toda mi familia había abandonado, como si no hubiera sido yo el primero en marcharme, como si el tiempo entre la partida y el regreso hubiera sido un desperdicio. Había ingresado en el programa de doctorado universitario tres otoños antes, estimulado por lo que suponían cuatro años de estudios de filosofía, y preparado, por fin, creía yo, para dedicarme a la vida académica. Durante el primer año, pasé las mañanas y las tardes enclaustrado en las salas de lectura de la universidad, estudiando metafísica y teología, teoría de cuerdas y escatología. Las noches las pasaba escribiendo. No poseía virtualmente nada, vivía en un apartamento del tamaño de un cuarto de escobas, mis comidas se componían principalmente de cereales y fideos”. Huelga decir (qué anticuada está ya esta expresión, y qué asco que lo esté) que la novela es genial y que el día que se edite en español la va a disfrutar un montón de gente —que lea.

D. En Aire de Dylan, la nueva novela de Enrique Vila-Matas, Francis Scott Fitzgerald tiene un papel estelar, y su libro misceláneo editado póstumamente, El Crack-Up, tiene un cameo a modo de referencia. “Crack-up” significa quiebra, ataque de nervios, pero también partirse de risa, y de todo eso y más hay en el libro de Scott Fitzgerald, recientemente editado en español por Capitán Swing. “Enfadado por un centenar de cartas de rechazo, escribió un relato extraordinariamente bueno y lo vendió privadamente a veinte revistas distintas. De la noche a la mañana era lanzado veinte veces al público. La lápida mortuoria fue costeada por la Sociedad de Autores”, 172. “Ventajas de la educación: amplía el mundo normal y corriente”, 214. “Guionistas a sueldo, habiendo quitado toda vida a un relato, la sustituyen por los malos olores de la vida: un pedo, un chiste verde, una broma asquerosa”, 228. Para comprender bien esta última cita hay que leer Aire de Dylan. Quiero decir que hay que leer Aire de Dylan. Y después, o al mismo tiempo, El Crack-Up.

F. En estos momentos no puedo revelar el título de la novela ni el nombre de su autor porque se trata de un descubrimiento al que he tenido el privilegio de asistir gracias a una nueva amiga norteamericana, y gracias también a la gentileza de una amiga de esa amiga que es editora (la amiga de segundo grado) y que me la ha enviado a casa. Se ve que hay un cierto movimiento en las tripas del mercado para ver quién la edita —en español— y que ese movimiento ya se ha producido en Alemania, Francia e Italia, donde se la han quedado los mejores, o al menos los que disponen de más recursos. No exagero cuando digo que es verdaderamente buena. Pero si ahora me pongo a elogiarla, como aquel que dice antes de tiempo, existe el peligro de que la cotización del artefacto suba más de la cuenta y de que finalmente se lleven el gato al agua los menos idóneos para ello. Porque las editoriales más interesantes son aquellas que todavía no se han convertido en supermercados o grandes almacenes, aquellas cuyas estructuras de producción son escuetas y no pueden permitirse el ¿lujo? de alimentar varias líneas diferentes —me refiero al término “colección”, que en las editoriales pequeñas es redundante e incluso fantasioso—. Aquellas cuya opción es menos aprovechar una tendencia que descubrirla o incluso aspirar a marcarla. Aquellas en las que el riesgo no es una elección sino la mera razón de su existencia.

D. Raymond Queneau definió a los integrantes del OULIPO como ratas que construyen el laberinto del que después intentarán escapar. Se refería a la cuestión de la forma en el arte de la ficción, decimonónicamente constreñido por una única y sempiterna y aburrida forma primordial: planteamiento, nudo y desenlace, todo ese rollo de la trama, etc. Pero no sólo los escritores, sino también la mayoría de lectores, se constriñen a sí mismos en un sencillo laberinto del que de antemano conocen la salida; un artefacto simplón del que no les costará ningún esfuerzo escapar. La ficción mayoritaria sabe que debe seguir ese patrón que emula el aburrimiento vital de sus lectores, sus páginas tan soporíferas y a modo de rueda para esos hámsters semipeludos llamados humanos. Marc Saporta se cargó la rueda, descuajaringó el juguete preferido de los lectores, suprimió el orden. Contó cosas de Marianne, de Dagmar, de Helga en episodios simples que no ocupaban más de una cuartilla y después las desordenó y las publicó sin pegamento ni hilo, metidas en una caja con el título Composición nº 1 a modo de portada, lomo y contraportada. Ahora Capitán Swing las ha editado decorándolas por detrás con melodías de letras aleatorias que no significan nada, sólo hacen bonito. Una bonita forma de acabar con el sadomasoquismo implícito en los números de página.

F. Los verdaderos descubrimientos (D.) suceden así. Un tipo que desperdicia su tiempo de estudios escribiendo páginas que no sabe si le conducirán a algún sitio que no sea de vuelta a casa, directo al fracaso (F.). Una agente experimentada que las lee y sabe que ahí hay algo que se sale de lo común. Un editor o editora que se deja impulsar por el criterio de la agente experimentada. Una ronda de consultas. Una novela. Otra ronda de consultas. Uñas comidas. Mercado. Y antes de seguir creo que debo aclarar que la amiga de segundo grado tampoco es española ni vive en España y que la editorial para la que trabaja es extranjera y está radicada en Londres, donde al parecer finaliza el período de cocción de buena parte de los asuntos literarios importados del otro lado del Atlántico que podrían concernir a la vieja Europa. Pero según cuentan Hemon y Krauss (ver primer Fracaso), la atención no es recíproca: menos del 3% de los libros vendidos en USA son traducciones, y además en parte de ellos las editoriales ocultan el nombre del traductor, para que el consumidor potencial no se cosque de que, al ponderar pros y contras de la adquisición, en realidad está valorando la compra de un producto extranjero adulterado, directamente llegado del Más Allá, un espalda mojada, un inmigrante literario, un indeseable.

D. (y en gran parte F.) Scott Exposito dijo: “A la literatura que cuestiona las ideas establecidas se acercarían más lectores si sus defensores dejaran de elogiarla haciendo que parezca sadomasoquismo”. Sí, esa clase de tortura infligida a Jonathan Franzen según David Foster Wallace cuando le escribía (Wallace escribía) a Don DeLillo esta postal de aquí abajo: “Todavía no he leído a Gaddis, pero estoy en contacto con Franzen, a quien parece que le han encargado la tarea de escribir un artículo exhaustivo sobre Gaddis para el New Yorker, y está pasando apuros”. Y lo escribió, vaya si lo escribió (Franzen escribió).

José Luis Amores

El Crack-Up de Scott Fitzgerald

El Crack-Up (Capitán Swing) es una colección de ensayos, cartas inéditas y apuntes de Francis Scott Fitzgerald compilada y editada por Edmund Wilson en 1945, poco después de su muerte. Incluye también valoraciones favorables de su obra a cargo de celebridades como Glenway Wescott, John Dos Passos o John Peale Bishop. Los ensayos no tuvieron buena acogida en su época, en especial las confesiones personales. Sin embargo, el libro nos permite comprender mejor la mente del escritor estadounidense durante el período más difícil de su vida.

Cuenta El Crack-Up la historia de la brusca caída de Scott Fitzgerald desde una vida de éxito y glamour a otra de vacío y desesperanza, así como de su voluntariosa recuperación. Esta intensa y reveladora colección de escritos describe la trayectoria de un hombre cuya personalidad nos sigue cautivando, cuya alegría y genio temerarios lo convirtieron en un símbolo viviente en la época del jazz. A los que crecieron con El gran Gatsby o con Suave es la noche, esta extraordinaria recopilación de escritos autobiográficos les ofrece una mezcla única y personal del romance y la realidad encarnados tanto en la vida como en la literatura de Fitzgerald.

Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) es un narrador estadounidense considerado el máximo intérprete literario de la llamada “era del jazz” de los años veinte de su país. Obtuvo gran popularidad con su primera novela, A este lado del paraíso (1920), lo que le permitió publicar sus cuentos en revistas de prestigio como The Saturday Evening Post, y convertirse en una de las figuras más representativas del “sueño americano” de la década de 1920. En Francia escribió la que se considera su obra maestra, El gran Gatsby (1925), la historia del éxito y posterior decadencia de un traficante de alcohol durante la ley seca. Fitzgerald describió en sus páginas un arquetipo que estaba surgiendo por entonces en Estados Unidos: el individuo de clase baja y de escasa moral, que para triunfar utiliza cualquier medio a su alcance.

 

El Crack-Up

Publicado en 1945, El Crack-Up es una colección de ensayos, cartas inéditas y apuntes de F. Scott Fitzgerald compilada y editada por Edmund Wilson poco después de su muerte. Incluye también valoraciones favorables de su obra a cargo de celebridades como Glenway Wescott, John Dos Passos o John Peale Bishop