El Diario (1837-1861)

Vida verde – Vivir en modo avión

En esta edición de ‘Vida Verde’ de Radio Exterior de España, la directora Pilar Sampietro recomienda los libros ‘El hombre que susurraba los elefantes’ de Lawrence Anthony y ‘Diarios’de Henry David Thoreau.

“Si construye castillos en el aire, su obra no se perderá”

Se han cumplido este verano doscientos años del nacimiento de una rara hierba en el condado de Massachusetts. Se llamaba David Henry Thoreau y, como premonición de que nunca iba a seguir el camino marcado por las rutinas y los paripés, se cambió el orden del nombre y quedó para la pequeña gran historia de

Emboscados – El bosque habitado

El Diario (1837-1861)

El diario de Thoreau fue el trabajo de su vida: la práctica diaria que acompañaba sus paseos cotidianos, el origen en el que perfiló sus libros y ensayos, y tal vez la mejor investigación jamás realizada sobre los cambios estacionales, la ecología y las interrelaciones entre la naturaleza y los estados de ánimo. Nos ilumina

Presentación de El Diario de Thoreau en Madrid

El Diario es un tesoro de la prosa inglesa, pero las aproximadamente 7.000 páginas que lo componen, hacen que sea poco accesible en su versión íntegra. Esta edición en dos volúmenes es la más completa hasta ahora, y capta el alcance, la periodicidad, los ritmos y la variedad del trabajo de Thoreau en su conjunto.

Vida verde – Anticuarios en la granja

Esta es la experiencia de decrecimiento de los anticuarios Juan Castro y Juan Múgica. Al comprar una casa de 300 años en Las Merindades, se dieron cuenta de la necesidad de recomponerla de la forma más respetuosa posible. Su trabajo de deconstrucción incluyó también su vida en ella y así dejaron a un lado teléfonos,

Vocación salvaje

La consagración de H. D. Thoureau como clásico del naturalismo coincide con una avalancha de libros en su estela. La llamada de lo salvaje llega a las librerías El domingo seis de agosto de 1972, tras la misa de doce, un amplio sector de la oligarquía local toma el aperitivo en la terraza del bar

“Más allá de vuestras leyes hay una pradera”. Acerca del arte y la filosofía de caminar

No existe el caminante que no se haya quedado corto. Y tampoco el individuo que haya cimentado sus ideas sin moverse de la silla que no haya terminado por hacer el ridículo. Porque el caminante es un soñador y lo que importa es soñar, no solo el camino, en tanto que el otro termina por

Thoreau, apóstol del 15-M… de 1845

 

“De todas las cosas inexplicables y extrañas, esta de llevar un diario es la más extraña. No se puede decir nada sobre ello. No tiene sentido decir que está bien, y tampoco decir que está mal”. Pese a tanta reserva, el pensador estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), autor de la anotación, construyó a lo largo de 24 años un corpus autobiográfico fragmentado de más de siete mil páginas. Una pequeña porción ve al fin la luz en español en la recopilación El diario. Volumen I (1837-1861), editada por Capitán Swing Libros con traducción de Ernesto Estrella.

Ya licenciado en Harvard, el joven escritor reflexionó acerca de la pertinencia del dietario en 1840. Cinco años después, decidió romper con la civilización y renunció al mundo en una cabaña construida por él mismo en un terreno que Ralph Waldo Emerson le cedió a orillas de una laguna en las inmediaciones de Concord, Massachusetts, ciudad natal de Thoreau. Tituló Walden el recuento de aquellos días. Mezcla de ensayo autobiográfico, tratado de sociopolítica y estudio sobre flora y fauna del lugar, le valió el ingreso en la historia del inconformismo. Dos años después, pasó una de las noches en el calabozo más célebre de la historia de la literatura, ganada por negarse a pagar sus impuestos en protesta contra la esclavitud. De ahí salió su clásico Desobediencia civil, manual de uso pacífico para líderes como Gandhi o Martin Luther King.

Murió hace poco más de 150 años, pero sus ideas permanecen vivas en ámbitos tan dispares como los movimientos sociales aglutinados por el 15-M, el moderno libertarismo cibernético, la fértil cosecha del cine político estadounidense, el revival folk o la vuelta al campo. No tanto por la efeméride como porque sus enseñanzas gozan de un contundente eco de actualidad, los escritos de este sospechoso de múltiples paternidades (padre de la ecología, de la desobediencia civil) protagonizan un curioso fenómeno editorial. Además del libro de diarios (que tendrá en 2014 segunda parte, siguiendo el esquema de la edición estadounidense de New York Review of Books), otras dos jóvenes editoriales se suman a la celebración de la prosa trascendental de Thoreau con un cómic biográfico (La vida sublime, de los franceses A. Dan y Maximilien LeRoy, en Impedimenta) y una nueva traducción y revisión a fondo de Walden (a cargo de Marcos Nava, en Errata Naturae).

“Siempre ha existido interés por Thoreau, pero se ha dado más que nada en la periferia, rara vez en la academia. Como clásico que es, emerge y desaparece. El recurso a su obra crece en momentos de crisis, en la incertidumbre”, explica Antonio Casado Da Rocha, investigador de la Universidad del País Vasco y autor de Thoreau, biografía esencial (Acuarela Libros, 2005). Casado participó la semana pasada en un curso sobre el trascendentalismo del autor estadounidense, organizado por la Casa del Lector de Madrid en otra prueba del reavivado interés por su figura.

 

“Antiesclavista, conservacionista… a Thoreau se le puede caracterizar de muchos modos, pero a nosotros nos fascina sobre todo su dimensión de feroz buscador de sí mismo, y de obseso de la coherencia ética”, explica Enrique Redel, responsable de Impedimenta. “Su obra y su propia vida cotidiana, sus acciones y sus decisiones son”, añade Irene Antón, de Errata Naturae, “un elogio constante de tres cuestiones que resultan determinantes: la libertad individual contra toda institución, gobierno o idea preconcebida; la defensa radical de la tierra como un bien común y la reivindicación de lo salvaje como esencia última de la naturaleza”

Este último sello tiene más pruebas de la fascinación por Thoreau, a quien Machado definió en cierta ocasión como un “intelectual que soñó como latino, y como sajón puso en práctica su sueño”. El rescate del inédito epistolar Cartas a un buscador de sí mismo fue el mayor éxito de la editorial el pasado año. Van por la tercera edición. Con Walden, versión acompañada de ilustraciones, esperan repetir fortuna. Incluso aunque se trate de una obra reiteradamente traducida al español desde 1907 (la más reciente, en Cátedra) de uno de los escritores más admirados de EE UU, donde es reivindicado hasta por los presidentes y una réplica de la célebre cabaña es monumento en el estado de Massachusetts.

¿Qué de nuevo en el Walden de Nava? “Thoreau era una persona intensamente espiritual, capaz de ver belleza en lugares vedados para la mayoría, pero al mismo tiempo era un hombre con dotes extraordinarias para todo tipo de trabajos prácticos, desde la carpintería hasta lo que hoy llamaríamos chapuzas. Esta complejidad, estas paradojas y contrastes aparecen también en su pensamiento, refuerzan un cierto grado de tensión entre lo bello y lo eficaz, entre la poesía y el manual práctico para la vida, y tratar de reproducir eso ha sido una de mis principales preocupaciones”. Nava añade que en su trabajo, “más amplio que el realizado en las versiones previas de Walden, pero sin llegar a la edición crítica para un público estrictamente académico”, uno de los mayores retos aguardaba en las descripciones de la naturaleza: “Thoreau habla de decenas y decenas de especies animales y de plantas, muchas de las cuales se han traducido erróneamente anteriormente, aunque, no se debe olvidar que hoy, gracias a la Red, el acceso a bancos de información, diccionarios especializados… es mucho más sencillo y facilita la labor del traductor”.

En el caso de LeRoy, su biógrafo en cómic, las complicaciones fueron otras: “Paradójicamente, la vida de Thoreau es difícil de retratar debido a su aparente simplicidad. Dejando aparte sus expediciones clandestinas con esclavos fugados, era un hombre más bien solitario. Tenía que dar importancia a toda esa dimensión inmóvil. El registro biográfico está lleno de emboscadas: demasiado lineal, demasiado didáctico”.

Para redondear su retrato en cómic de línea clara, Le Roy incluye en un apéndice titulado Thoreau, un filósofo para hoy una entrevista con el especialista Michel Granger, de la Universidad de Lyon, que aconseja la lectura del Diario recién editado por primera vez en español para adentrarse en las contradicciones de un pensador al que LeRoy pide no confundir “con un hippie”.

Además de consideraciones filosóficas (“Llevo veintitrés años rompiendo mi silencio y apenas sí le he hecho un desgarrón”), opiniones políticas (“Si no fuera por la muerte y por los funerales, dudo de que la institución de la Iglesia durara mucho”), consejos para escritores (“Las frases que son como pequeños actos de elasticidad desde el trampolín de nuestra vida; esas son las buenas”), digresiones oníricas (“Anoche soñé con la pureza”), o reflexiones naturalistas (“El lucio es el halcón, pez de rapiña que planea por encima de los alevines”), el dietario incorpora en su cierre una anotación hecha “en la tapa interior del cuaderno”, en la que se lee:

“Mis defectos son:

Paradojas: decir únicamente lo contrario, en un estilo fácil de imitar.

Ingenuidades.

Juegos de palabras, para provocar risa; no siempre simples, fuertes y amplios.

Uso de máximas y frases de actualidad, cuando debiera hablar por mí mismo.

No soy siempre sincero.

‘En breve’, ‘de hecho’, ‘¡y he aquí!’, etc.

Falta de concisión”.

Vigencia de Thoreau, precursor de la desobediencia civil

 

“Vivís unas vidas pobres y serviles, siempre al límite, tratando de salir de deudas, prometiendo pagar mañana y muriendo hoy insolventes”. “Ahorrar lo que cuesta una casa puede llevar entre 10 y 15 años de la vida de un trabajador (…), que pasará más de la mitad de su vida antes de que pueda comprarla”. “El lujo que disfruta una clase se compensa con la indigencia que sufre la otra”.

Estas verdades del barquero, que suscribirían muchos indignados que se echan a la calle para avergonzar a los políticos y exigir que se haga tabla rasa de un sistema injusto y desigual, no han salido de la boca de un portavoz del 11-M o de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas. Son citas textuales de Walden, la obra maestra de Henry David Thoreau (1817-1862), escrita hace casi 170 años como fruto de su experiencia de dos años de vida sencilla y en comunión con la naturaleza a orillas de la laguna Walden, cerca de Concord (Massachusetts).

Las injusticias lacerantes que marcan esta crisis -tan de valores como económica, política y social- ilustran la vigencia de este escritor y filósofo naturalista norteamericano, considerado a veces un anarquista o libertario, que fue encarcelado por negarse a pagar impuestos a un Gobierno esclavista y belicista, lúcido ecologista antes de que se inventase siquiera el término, defensor de una vida sin lujos en la que cada cual sea dueño de sí mismo y precursor de la desobediencia y la resistencia civil pacíficas que inspiró a Gandhi y Luther King. “Dadme la verdad”, decía, “antes que el amor, el dinero y la fama”.

Varios sellos artesanales, de los que sobreviven en estos tiempos difíciles a base de imaginación y entusiasmo, protagonizan su último revival. Así, Errata Naturae rescata Walden, con una impecable traducción de Marcos Nava. Desde sus páginas, Thoreau se dirige a quienes “están descontentos con su vida y con el tiempo que les ha tocado vivir, pero que podrían mejorarlos”, y relata su existencia sencilla, natural y alejada de lo superfluo, entre 1845 y 1847, al tiempo que desarrolla sus ideas para rescatar a la humanidad de las cadenas que se autoimpone.

La aportación de Impedimenta a este rescate es Thoreau, la vida sublime, en formato de cómic, con dibujos de A. Dan y guión de Maximilien Le Roy quien, en el prólogo, señala que en una época como ésta, en la que “ya no basta con indignarse”, el mensaje del escritor “conserva intacta su carga subversiva”. Por su parte, Capitán Swing, publica el primer volumen de El Diario (1837-1861), y Acuarela Libros prepara la reedición de la biografía del escritor de Antonio Casado de Rocha.

Tres de estos editores explican a continuación sus motivos para publicar a Thoreau y por qué sigue vigente.

Enrique Redel (Impedimenta)

“Nos enseña que es lícito rebelarnos”

“¿Por qué publicamos una novela gráfica sobre Thoreau? Primero, porque es un personaje inspirador de Impedimenta: un mohicano, un pensador lúcido, un adalid de la independencia, de la multiculturalidad, del panteísmo, un conservacionista y un personaje libre. En segundo lugar, resulta hoy pertinente, al igual que en los setenta (autor reivindicado en aquella época), porque, como entonces, vivimos un cambio de paradigma sociocultural. Thoreau sostenía que la única manera de ser realmente independiente era no deber nada al poder. Reivindicaba la libertad de alzar la voz ante todo lo que consideraba injusto, sobre todo ante los manejos de un poder cuyos fines no siempre eran éticos ni se manejaban bajo la óptica del bien común. En estos momentos en que la gente busca respuestas ante una pérdida de soberanía, Thoreau, de un modo apolítico, nos enseña que es lícito levantar la voz, decir nuestra verdad, rebelarnos. En este sentido, tanto los desaparecidos Hessel como Sampedro son alumnos de Thoreau, padre de la desobediencia civil, de la resistencia pasiva, de los movimientos ecologistas. Ante momentos de duda (pérdida de soberanía, gobiernos injustos y apartados del interés general que velan por las oligarquías y las macroestructuras financieras), tiramos de los maestros, y Thoreau es, sin duda, uno de ellos”.

Rubén Hernández (Errata Naturae)

“Creía que la justicia está por encima de la ley”

“Thoreau defiende la libertad individual contra toda institución, gobierno o idea preconcebida. Tenía muy claro que la Justicia está por encima de la Ley, que es valor moral y constante, mientras que la ley es una norma transitoria. Por eso apoyó acciones en el límite de lo legal o directamente ilegales que buscaban una mejora en las condiciones sociales y en la vida cotidiana de las personas. Este pensamiento -la idea que no todo lo legal es moral, al igual que no todo lo moral es legal- tiene una máxima vigencia en nuestros días, cuando, por ejemplo, la Comunidad de Madrid tiene miles de pisos en propiedad vacíos, al tiempo que se permite que se desahucie a familias y se condenan furibundamente los escraches a políticos. Además está la defensa radical de la tierra como un bien común y de lo salvaje como esencia última de la naturaleza. Thoreau fue pionero en alertar, hace ya más de 150 años, sobre el peligro de la extinción de ciertas especies animales por los desmanes del hombre, y de las consecuencias desastrosas que esto traería a la humanidad. Creía que la salud del planeta y el derecho a disfrutar de la naturaleza estaban por encima del deseo de acumulación de la propiedad privada”.

Daniel Moreno (Capitán Swing)

“Disidente perpetuo”

“Hay muchas buenas excusas para publicar a Thoreau y más si se trata de la que para nosotros es su gran obra (inédita en nuestro país): es uno de los estadounidenses más admirables y forma parte de una de las generaciones más fecundas de las letras americanas: contemporáneo de Emerson (con quien mantuvo una estrecha amistad), Hawthome, Whitman, Poe, Melville, Twain etc. Entre todos ellos ocupa un lugar destacado. Hay varias maneras de entrar en Thoreau, que nos atrapan por igual, y más en momentos de crisis total (económica, social y moral), como una inclinación hacia la vida contemplativa y un marcado desapego por el entorno social y las cosas materiales. Su propuesta literaria y vital apunta a la búsqueda de una economía compatible con el desarrollo pleno de cada persona, en donde lo importante no es obtener más o menos dinero, sino realizar un buen trabajo a gusto y cubrir con él nuestras necesidades más inmediatas. Esta alternativa, parece incompatible con la división del trabajo, la explotación del hombre por el hombre, la acumulación de capitales etc. Esta posición envuelve un cierto primitivismo y un regreso a una economía comunitaria, de subsistencia, en la que cada individuo puede trabajar en lo que desea y tener a su alcance todo lo que necesita. Este profundo rechazo a las convenciones y la sociedad que las engloba -que le convirtió y ahora nos convierte a nosotros, en disidentes perpetuos- está de máxima actualidad”.

 

‘Revival’ Thoreau

En 1846 Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) pasó una noche entre rejas (su tía abonó la fianza). ¿Motivo? Llevaba 6 años sin pagar impuestos. Por principios. Se negaba a dar su dinero a un Estado esclavista que hacía la guerra contra México: «Cuando un Gobierno es injusto el lugar de todo hombre justo está en la cárcel». Es un episodio anecdótico, pero de él surgió un ensayo, con cuyo título este filósofo, intelectual y uno de los fundadores de la literatura americana se forjó la leyenda de padre de la desobediencia civil. Inconformista y crítico, consideraba que un individuo era libre de negarse a cooperar con un Estado si, aun siendo legítimo, era abusivo y actuaba contra los derechos humanos y el bien común.

 

150 años después de su muerte, su figura y sus ideas, que entre otros inspirarían a Ghandi y Luther King, reviven -oportunamente, en esta era de indignación ciudadana y crisis de confianza en el poder- gracias a varias editoriales, que renuevan su obra maestra, Walden, sus diarios y su vida (en cómic y, en otoño, la Biografía esencial, de Antonio Casado da Rocha, reeditada por Acuarela Libros).

Con 20 años, Thoreau se graduaba en Harvard y empezaba su diario (a lo largo de su vida, que truncó la tuberculosis, llenó 14 cuadernos, de los que Capitán Swing publica el primer volumen de una selección a cargo de Damion Searls). Coincidía con el Pánico de 1837, una crisis económica nacional, con quiebra de bancos, ejecuciones hipotecarias y paro. «Muchos de vosotros vivís unas vidas pobres y serviles (…); andáis siempre al límite, tratando de entrar en negocios y salir de deudas (…), prometiendo pagar mañana y muriendo hoy, insolventes; tratando de buscar favores, de hacer clientes de todas las maneras posibles», escribió en el ensayo Walden, que recupera Errata Naturae, con nueva traducción y en edición crítica. Según su editor, Rubén Hernández, «veía en el comercio una herramienta del diablo que contaminaba al hombre».

«Era una situación como la actual, como en la crisis del petróleo de los 70, cuando Thoreau fue reivindicado por militantes de los derechos cívicos y la contracultura hippy. Son épocas de cambio de paradigma, en que la sociedad entra en crisis y deja de creer en el poder establecido porque el individuo se ve desamparado por un Estado que debería cuidar de él. El Estado ya no es fuerte, deja de existir y cede ante los poderes económicos y la sociedad civil levanta la voz», comenta Enrique Redel, editor de Impedimenta, que publica la biografía en cómic Thoreau. La vida sublime, de Maximilien Le Roy y A. Dan.

Esa voz la levantó él también para defender públicamente a John Brown -un abolicionista a quien ayudó a liberar a esclavos y que fue ahorcado por una acción armada que causó varias muertes- y para alertar de los riesgos de la explotación abusiva de los recursos naturales y del peligro de extinción de las especies, una convicción naturalista y ambientalista cercana al ecologismo que le liga a hoy día.

En la novela gráfica, el profesor de la Universidad de Lyón Michel Granger cree que sigue de actualidad «porque se opone a la opinión común, se rebela contra la injusticia política o la hipocresía religiosa y rechaza la adicción al dinero y el trabajo para proponer un modelo de vida simple y feliz, liberado del consumismo».

Así, escribe Thoreau: «Acumular lo que vale una casa corriente puede llevar entre 10 y 15 años de la vida de un trabajador (…) Por lo general, habrá pasado más de la mitad de su vida antes de que pueda comprarla» y la mayoría trabaja «20, 30 o 40 años para llegar a convertirse en los propietarios reales de sus granjas». Y se dirige a todo aquel «que está disconforme y se queja perezosamente de la dureza de su destino, o de los tiempos que les ha tocado vivir, cuando podría mejorarlos» y a los «que, en apariencia, son ricos, pero en realidad pertenecen a una clase terriblemente empobrecida, que han acumulado basura y no saben cómo hacer uso o deshacerse de ella, y que de esta forma han construido sus propias prisiones de plata u oro».

EL EXPERIMENTO / No era un teórico. De ahí su «experimento»: el 4 de julio de 1845, día de la Independencia, se retiró a vivir dos años solo a una rústica cabaña en el bosque, construida con sus propias manos, al lado de la laguna Walden, cerca de la casa familiar, para llevar una vida sencilla y salvaje en plena naturaleza, cultivando su huerto y siendo autosuficiente produciendo sus propios recursos, lo que, según Redel, «era una forma de no vincularse al poder y ser independiente».

«Walden es un manual de vida para aprender a ser feliz reduciendo las necesidades a lo que depende solo de nosotros, para no estar condicionado por las circunstancias externas. Así, la crisis le afectaba menos -apunta Hernández-. Es una forma de ver la vida radicalmente distinta a la que nos han enseñado. Hoy surgen nuevos modelos que beben de ello, iniciativas autogestionadas, banca ética, cooperativas…».

Sin embargo, Daniel Moreno, editor de Capitán Swing matiza que hay que ser conscientes de que los postulados de Thoreau «están atravesados por la filosofía trascendentalista», que compartía con el grupo de Concord, con su amigo Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman: «Criticaba la sociedad de la época pero tenía una concepción de la vida y la libertad individual muy americana. Entendían que el Gobierno no debía intervenir en cuestiones individuales. Hoy, el derecho a ir armado en Estados Unidos no se entendería sin ellos».

 

Capitán Swing edita “El Diario” de Thoreau

 

Si este año es la celebración de algún aniversario que festeje alguna fecha señalada en la vida de Henry David Thoreau, nosotros no nos hemos enterado. Por eso nos sorprende ver cómo, en los últimos tiempos, parece ser que la figura del escritor / filósofo se ha reactivado de forma sorprendente: en los últimos meses, por ejemplo, han llegado hasta nosotros dos publicaciones como las “Cartas A Un Buscador de Sí Mismo” (publicadas por Errata Naturae, tal y como te explicamos aquí) o ese “Boston: Sonata Para Violín Sin Cuerdas” (publicado por Automàtica) en cuya trama el espectro de Thoreau y el lago Walden juegan un papel primordial. Por eso nos parece totalmente coherente que ahora sean Capitán Swing los que se sumen a la recuperación de la figura de Thoreau con la publicación de “El Diario (1837-1861)“, que viene a ser una versión más asequible (tanto en lo teórico como en lo económico) de los diarios completos publicados por Princeton. En las páginas de este tomo se encuentra el gérmen de todas las ideas naturalistas que luego fascinarían en los libros de Thoreau, pero también se encuentra aquí un retrato de la vida del propio autor, su visión al respecto del resto del mundo (incluídos sus amigos) y, sobre todo, su particular concepción de la belleza. Puede que no sea el centenario de nada relativo a Thoreau… Pero, para nosotros, como si lo fuera.

 

 

Ésta es la primavera de Thoreau

 

El pasado mes de septiembre, cuando Errata Naturae publicó el bello volumen Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau, su editor, Rubén Hernández, presagiaba una vuelta del pensador a los ámbitos editorial y académico. Las tesis del nortemericano, formuladas hace un siglo y medio, habían sido pasto de debates universitarios durante los años setenta pero, perdido el idealismo, su filosofía dejó de estar de moda. Su consideración de clásico logra que, por supuesto, Thoreau siempre haya funcionado como un referente, pero no ha sido hasta esta primavera cuando el autor ha vuelto realmente a la circulación en España gracias a los lanzamientos de varias editoriales. Mientras Errata Naturae, que ya anunció en su día que regresaría al escritor, publica una nueva edición crítica de Walden, su obra maestra, la editorial Impedimenta se atreve con La vida sublime, su biografía en cómic, en tanto que Capitán Swing colocó en las librerías hace unas semanas El diario. Por otra parte, Acuarela Libros planea una reedición de la biografía que escribió sobre él Antonio Casado de Rocha, uno de los mayores expertos en su obra.

No es casual este regreso a los bosques de Thoreau, a su trascendentalismo, a su pasmo ante el espectáculo de la naturaleza, a su visión del individuo como valor máximo, a su lirismo, a su rebeldía contra la injusticia política, a su aspiración de vivir una vida frugal, de espaldas al dinero, ajena al consumismo. En el contexto de la crisis económica y de la amenaza ecológica, tenía sentido que el filósofo, un indignado al fin y al cabo, emergiera de su cabaña para contarnos algunas verdades.

Después de tres ediciones de Cartas a un buscador de sí mismo, los responsables de Errata Naturae quisieron recuperar para los lectores españoles Walden, piedra angular del pensamiento ecologista y un clásico fundamental de la literatura norteamericana. En ella, Thoreau narraba su vida durante dos años en los bosques, con el único objetivo de “vivir deliberadamente” y de ver si con esta experiencia podía descubrir aquello que la vida tuviera que enseñarle (“no fuera que cuando tuviera que morir descubriera que no había vivido”, se autoadvertía). Con esta nueva edición, el sello ha querido corregir algunas carencias de las anteriores, ampliando las notas al pie y recuperando una cierta belleza del lenguaje que se había ido perdiendo en la traducción. Además, el libro ofrece por primera vez un formato de lectura cómodo, pues las ediciones supervivientes eran de bolsillo. Hernández considera que Thoreau es un pensador referencial “por su defensa de la insubordinación civil frente a los excesos del Estado y las injusticias de la justicia”, dos cuestiones que a su juicio casan bien con esta temporada de Congresos blindados.

¿Qué habría pensado el autor, por ejemplo, sobre los escraches?, se pregunta el editor, que recuerda que Thoreau fue el primer norteamericano que defendió públicamente al Capitán Brown, líder de un grupo de rebeldes que rescataba con acciones violentas a esclavos para liberarlos en Canadá. “Hoy existen otras formas de esclavitud, uno puede ser esclavo de un banco, por ejemplo. Desarrollar acciones más allá del marco legal es importante para entender el contexto de ciudadanía. Por tanto, esta es una reflexión que está presente, como lo está el ecologismo, pues Thoreau ya se percató en su tiempo de los riesgos que amenazaban al planeta y defendió la tierra como un bien común”, amplía.

Para los editores de Impedimenta, sus doctrinas adquieren peso en un momento como el presente, en el que el lector busca respuestas a cuestiones relacionadas con el poder. En este sentido, su carácter de resistente es para ellos su mejor atributo: “Fue el primero en rebelarse contra un orden establecido que no siempre actuaba a favor de los ciudadanos y supo vivir de sus propios recursos, algo que de lo que se está empezando a escribir mucho también ahora. Él ya se negó a pagar impuestos. El otro día veía el programa de Jordi Évole en torno a la desobediencia civil y te das cuenta de que es puro Thoreau”, compara Enrique Redel, el dueño de esta editorial que lanza estos días el primer cómic sobre la vida de un panteísta que, al margen de toda ideología, tuvo al hombre como su mayor valor. Muy bien estructurada y documentada, esta evocadora obra viene firmada por los franceses Maximilien Le Roy y A. Dan. “El álbum que publicamos refleja nuestra forma de ver al personaje, pues no lo describe como un ermitaño o un loco, sino como un escritor que es consciente de que se mueve en sociedad pero que vive como un individualista. Sin embargo, permanece contacto con la gente, da arengas, discursos…”, explica Redel, que ve en Thoreau una clara fuente de inspiración para voces como las de los recientemente fallecidos Stéphane Hessel y José Luis Sampedro.

Según Redel, la vuelta de Thoreau al presente tiene motivos similares a los que se dieron cuando la contracultura de los setenta lo sumó a sus referentes. “Hoy, como entonces, asistimos a un cambio de paradigma, a una explosión de la sociedad de consumo, a la pérdida de unos valores que habían imperado y, con ello, a la búsqueda de nuevas maneras de actuar. Ahora nos estamos dando cuenta de que el estado de bienestar no volverá a ser lo que era y de que las estructuras sociales ya no sirven. El inspirador Thoreau nos anima a buscar la respuesta en uno mismo y nos exige una visión más ética de las cosas”.

Daniel Moreno, de Capitán Swing, reconoce que ya le tomó cierto cariño al escritor en los años de universidad, cuando lo estudió junto a Whitman y Emerson en una asignatura sobre Trascendentalismo. “Tenía muchas ganas de sacarlo desde que descubrí que una editorial norteamericana había hecho una magnífica edición “resumida” de El diario. Este libro siempre me pareció la pieza perfecta de Thoreau; lo fue escribiendo durante toda su vida y en él se resume todo de la manera más bella, ágil y sencilla”. Moreno cita a Casado de Rocha para aludir también a los paralelismos de su producción literaria con nuestro tiempo: “Sin ir más lejos, convulsiones bancarias y sociales con consecuencias desastrosas, así como ciertos ‘progresos tecnológicos’ que parece que nos alejan como personas y que fracturan ciertas relaciones que las redes comunitarias nos han estado proporcionando durante milenios. Esto último se ve muy bien en Thoreau, en el desasosiego de una sociedad en la que se ha fracturado la parte de nuestra alma que nos conecta con los demás y con la naturaleza. Estamos, por así decirlo, en un momento trascendente. El trascendentalismo tiene algo de contracultura que nos atrae… de contracultura con mayúsculas. Thoreau no sólo se oponía a la cultura dominante de la época sino que tenía la capacidad de proponernos nuevas formas alternativas de vivir una buena vida, y en momentos como este me parecen reflexiones muy importantes”.

A la vuelta del verano, Acuarela Libros reeditará la biografía del filósofo que lanzó hace unos años cuando, como explica Javier Lucini, ya se hablaba del origen de la resistencia pasiva y de la desobediencia civil, hoy dos conceptos de completa actualidad. Sin embargo, el diálogo que ahora Thoreau mantiene con el presente es mayor porque, explica el editor, incorpora el desencanto pero a la vez es muy vitalista y brinda al lector un punto de vista esperanzador que, con toda esta debacle, se hace necesario. Lucini no se olvida de reseñar, además, sus cualidades como prosista, que han sabido apreciar escritores como Paul Auster y Joyce Carol Oates. Por último, celebra la coincidencia en el mercado de varios títulos: “El de Impedimenta, por ejemplo, está muy bien, porque más allá del Walden tiene una biografía muy desconocida, está bien saber qué hizo, qué dijo… y también era necesario que una editorial como Errata Naturae relanzase esta obra, porque no había una edición decente y es un libro que apetece tener”.

Marta Caballero

 

Creer en la naturaleza

 

El Diario (1837-1861), de Henry David Thoreau (Capitán Swing) | por Francisca Pageo

Cuesta creer y asimilar cómo alguien puede amar tanto la naturaleza, tanto que se adentra en ella y la hace suya, propia, casi digna de la vida de un animal silvestre que crece, se entremezcla y se diluye con ella. Así es la vida que Henry David Thoreau nos relata en sus diarios, los cuales abarcan desde el 22 de Octubre de 1837 hasta el 2 Septiembre de 1861. En ellos, Thoreau nos habla de los bosques, lagos, riachuelos, árboles y animales. Nos los describe, y como él mismo dice: “¿No podría llamarse mi Diario «Cuaderno de campo»?”. Sus diarios se convierten en una enciclopedia llena de colores, de formas naturales, de atardeceres y amaneceres, de sabores frutales, de cantos y clases de pájaros, de sensaciones térmicas, de anécdotas propias de un hombre y gente rural.

Para él se convierte en esencial que el hombre (se) busque, que investigue, que se apasione por lo que le es más cercano, que se deje llevar por lo que hace vibrar a nuestra imaginación; por lo que, en esencia, nos adentra en otro mundo que hallamos fuera pero en el que nos ubicamos dentro. Para él lo más importante es que el hombre busque en la experiencia y que encuentre significado en lo que tiene alrededor. Que aprecie lo poético de lo que nos viene y sucede. Que aprenda que la vida es un ciclo, pues viene la primavera y para llegar a la próxima tiene que desprenderse y dejar caer lo que ya no tiene vida al sol ni color chillón. Es todo eso lo que nos hace existir, el aprender de cada circunstancia, cada cosa que vemos y observamos, o cada discurso u opinión de las personas con las que tratamos.

Si desde fuera podía tenérsele por un hombre de carácter frío, aquí se le aprecia como a una persona preocupada. Donde las personas tienen miedo, se sienten solas y abandonadas, él halla poesía, vida, energía y calor. Thoreau se preocupa por el valor de lo que es natural, de lo bello, de la interioridad del hombre y de sus pasiones. Nos habla de ello de una manera espontánea y franca, sin rodeos, permitiendo que las palabras resuenen en nuestra percepción.

En estas páginas, Thoreau es cálido con la vida, pues nos la enseña como algo inimitable y que no puede encontrarse en las palabras, sino en un sonido, una forma, una sensación o un tinte de color. Sin embargo, y a pesar de ello, él nos la describe detallada y poéticamente, nos hace imaginarnos en plena naturaleza y sentirnos partícipes de ella. El hombre, como las plantas, va creciendo, educándose con cada etapa que vive, creando vida, hasta que al final, como una flor, se marchita y deja que la naturaleza siga con su cometido.

Nosotros, que vivimos en pueblos o en ciudades, vemos la naturaleza como algo salvaje, ajeno, algo que está ahí, que siempre ha estado ahí, a lo que nos acercamos de puntillas y mirándolo de refilón. Pese a ello, leemos a Thoreau, sus diarios, y nos hace meternos en ella sin que nos demos cuenta, embaucándonos de tal manera que nuestra imaginación se apodera de sus palabras y nos hace pisar hojas secas mientras escuchamos un riachuelo correr; quizás veamos a un colibrí coloreando nuestra mirada, invitándola a recorrer estas páginas con avidez, hasta que al final, nuestra mente deja de fantasear y nos hace reflexionar sobre la existencia del mundo rústico y agreste así como sobre nuestra propia y misma naturaleza. Así, nos hace sentir mucho más integrados con nuestro ser y con lo que somos, animales pero asimismo humanos.

 

Como una pluma flotando en la atmósfera

 

«Soy como una pluma flotando en la atmósfera; por todas partes, la profundidad insondable».

Thoreau, 21 de febrero de 1842

Henry David Thoreau (1817-1862) supone una atractiva y sugerente rara avis en el contexto de la filosofía y la literatura del siglo XIX. La densa cadencia de su prosa nos sumerge, en cualquiera de sus obras, en un universo a caballo entre la naturaleza y la creación, en el que a veces se hace imposible distinguir al hombre del escritor: «Lo que aprendo en cualquier circunstancia –escribía el 1 de marzo de 1842 en su diario– es algo que, de verdad, era necesario que supiera. Vienen los acontecimientos de la mano de Dios, y nuestro carácter los fija delimitando el destino».

La editorial madrileña Capitán Swing, en magnífica y preciosa edición, nos presenta en tomo único El Diario (1837-1861) de este autor norteamericano en el que encontraremos al Thoreau más íntimo y personal, al individuo que traza, poco a poco, un camino vital en el que la literatura y la reflexión se enseñorean como vórtices mareantes a través de los que, sin embargo, el ser humano puede encontrar la paz que la vida, en su desnudez, nos arrebata en tantas ocasiones. Así, explicaba el 24 de octubre de 1837 que «Todo en la naturaleza nos enseña que la extinción de una vida es lo que abre espacio para la aparición de otra. […] Así que esta constante erosión y descomposición crea el terreno para mi futuro crecimiento. Del modo en que ahora vivo, eso cosecharé».

Aunque… es necesario precaverse, por el bien de nuestra salud anímica, frente a esa fastidiosa voz interior que nos dicta a cada instante qué es bueno y qué es malo. Aunque podemos rastrear algunos fragmentos del diario en los que Thoreau nos invita a seguir y obedecer sin dilación a ese inflexible murmullo que proviene de nuestro más profundo fuero interno («Escribir bien, igual que actuar bien, significa obedecer a la conciencia. […] Si escuchamos con reverencia la voz interior, conseguiremos volver a situarnos en la cima de la humanidad»), en otros lugares, por el contrario, nos invita a desconfiar de él («En realidad, la moral no es algo sano»), acercándonos a un particular hedonismo («Las alegrías inmerecidas que nos llegan imprevistas y que más que hacernos sentir agradecimiento nos alegran: esas son las que nos cantan»).

Quizás, el único camino –si no salvífico, sí al menos consolador– hacia nuestra felicidad sea la aceptación de la continua e inextinguible cadena de acontecimientos que se da en el mundo, una cadena que carece de principio o fin y cuyo funcionamiento, desde el punto de vista humano, es imposible de desentrañar. Nuestra necesidad de otorgar al constante fluir de hechos una racionalidad sólo se ve satisfecha cuando, desesperanzados, logramos ser conscientes de lo vano de nuestro empeño: «Quien esté más quieto será el primero en llegar a su meta».

Diatribas de carácter vital a las que Thoreau intenta dar respuesta a través de una pregunta –de marcados tintes nietzscheanos, aunque el norteamericano no tuvo la oportunidad de leer al alemán–. Merece la pena reproducir el texto de Nietzsche en su tercera consideración intempestiva (dedicada, por cierto, a Arthur Schopenhauer), para tantear el caldo de cultivo que, tanto en América como en Europa, está preparando el terreno para el existencialismo más temprano: “Pero, ¿cómo podremos encontrarnos a nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso; y si la liebre tiene siete pieles, bien podría el hombre despellejarse siete veces setenta, que ni aun así podría exclamar: “¡Ah! ¡Por fin! ¡Éste eres tú realmente! ¡Ya no hay más envolturas!”. Por lo demás, es una empresa tortuosa y arriesgada excavar en sí mismo de forma semejante y descender violentamente por el camino más inmediato en el pozo del propio ser. Corremos el riesgo de dañarnos de manera que ningún médico pueda ya curarnos. Y, además, ¿para qué sería necesario algo así cuando todo es un testimonio de nuestro ser: nuestras amistades y enemistades, nuestra mirada y la manera de estrechar la mano, nuestra memoria y lo que olvidamos, nuestros libros y los rasgos de nuestra pluma? Pero he aquí una vía para llevar a cabo este interrogatorio importante. Que el alma joven observe retrospectivamente su vida, y que se haga la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que has amado hasta ahora verdaderamente? ¿Qué es lo que ha atraído a tu espíritu? ¿Qué lo ha dominado y, al mismo tiempo, embargado de felicidad? Despliega ante tu mirada la serie de objetos venerados y, tal vez, a través de su esencia y su sucesión, todos te revelen una ley, la ley fundamental de tu ser más íntimo”.

En este mismo sentido, un introspectivo Thoreau se preguntaba en la entrada correspondiente al 8 de abril de 1839: «¿Cómo ayudarme a mí mismo». La respuesta, quizás menos enigmática y elocuente que la de Nietzsche, esconde empero la prístina manifestación de la duda de un hombre que no está seguro de saber dónde podrá rastrear la solución al enigma que le plantea su propia conciencia. Se trata de la pregunta oracular por excelencia: quién soy y cómo puedo conocerme. Su contestación: «Retirándome a la buhardilla, asociándome con las arañas y los ratones, decidido a encontrarme antes o después. Completamente en silencio y atento, permaneceré esta hora, y la siguiente, y siempre». Y concluye el párrafo con una máxima casi estoica: «La vida más provechosa de la que la historia ha dejado noticia es el constante apartarse de esta vida, sin tener nada que ver con ella; el lavarse las manos observando cuán cruel es». Ese mismo año, el 26 de junio, Thoreau redacta una especie de credo particular en el que podemos leer: «Hay un déjame mejor que cualquier ayuda, y es el déjame-solo».

Inmersos en esta concepción agridulce, casi amarga, de la existencia, ¿qué lugar ocupa en ella la escritura? El autor de ‘Walden’ nos habla sin temor y no pocas veces a lo largo de este impresionante testimonio sobre qué significa para él la redacción de un diario. Una de las más claras exposiciones de motivos a este respecto la encontramos en la anotación del 8 de febrero de 1841, cuando compara el funcionamiento de la naturaleza con el de nuestro propio cuerpo, en una analogía que hará mucha fortuna: «Ni el alma ni el cuerpo olvidan. La ramita recuerda siempre el viento que la sacudió, y la piedra recuerda el golpe recibido. Pregúntale al árbol viejo y a la arena». Sin embargo, aunque el cuerpo recuerde de alguna manera (casi de modo tangible, material) los avatares a los que ha sido expuesto (heridas, cicatrices, magulladuras, etc.), se hace necesario en cualquier caso hacer memoria activa de cuanto ha ocurrido para saber, precisamente, si de alguna manera el pasado puede ser superado (Thoreau escribía unos meses antes que «El pasado, todo él, está aquí presente para ser juzgado; dejemos que, si puede, se apruebe a sí mismo»). Finalmente, Thoreau nos explica que «Mi Diario es esa parte de mí que, de otro modo, se derramaría y desperdiciaría, fragmentos espigados del campo que, en plena acción, cosecho».

Es decir, que el diario, y en general la escritura, se plantea en el escritor como un mecanismo mediante el que el tiempo se hace consciente de sí mismo a través de las palabras; unas palabras que no hacen más que buscar una fórmula adecuada para plantear una definición certera de la existencia: «Qué vida nos han dado los dioses, circundada de dolor y placer». Esta vida es «demasiado extraña para el pesar, y también demasiado extraña para el regocijo. A ratos parece superficial, aunque intrincada como un laberinto cretense, y luego, de nuevo, es un abismo intransitable», escribía Thoreau el 27 de marzo de 1842.

Nuestro protagonista, gran observador y admirador de la naturaleza como fenómeno maravilloso (atendiendo, especialmente, al regular paso de una estación a otra), asegura en no pocos fragmentos que su vida se parece al recorrido de un río, «brillante sobre sus arenas, pero imposible de navegar», aunque llegada la madurez esta imposibilidad se torna apacible, casi familiar, y por ello, aquel abismo puede siquiera contemplarse, por mucho que su observación nos conduzca, al final, «a capas nunca imaginadas de profundidad» (2 de agosto de 1861).

Un documento imprescindible para entender las obras de Thoreau, en excelente traducción de Ernesto Estrella, en el que, como se explica en la introducción, se lleva a cabo toda «una investigación de la vida en su cotidianeidad, una exploración de las estaciones y de la relación que uno mismo tiene con la naturaleza. Un libro híbrido e imposible de completar, pero, aun así, un libro con pleno derecho, con su propia ecología». Y es que, como afirma Thoreau en su diario, «El impulso, a fin de cuentas, es el mejor lingüista».

Carlos Javier González

Capitán Swing publica la edición íntegra de los diarios de Thoreau

 

“Mi vida ha sido el poema que hubiera querido escribir, pero no he podido vivir y pronunciarlo a la vez”. Este es uno de los apuntes, fechado en 1849, que Henry David Thoreau hizo en sus diarios. Capitán Swing ofrece, por primera vez en español, la edición de aquellos cuadernos personales.

Henry David Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios. Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras para crear la edición en un solo volumen más amplia y coherente que se ha publicado nunca.

Los ritmos y revelaciones de los largos paseos de Thoreau en El Diario inspiraron la fluidez y el resplandor de su prosa poética. En la obra se aprecia en toda su plenitud la constante contemplación del autor de los ciclos, pautas y conexiones de la naturaleza, su sostenida fascinación por la luna, los pájaros, las bayas y, claro está, por la naturaleza humana.

Arrebatadamente lírico

Observador filosófico y arrebatadamente lírico, Thoreau analiza sus estados de ánimo, retrata a amigos y vecinos, condena la esclavitud y la destrucción del mundo vivo y se deleita en la belleza.

Una edición soberbia y excepcionalmente accesible de una obra maestra esencial de la literatura estadounidense, y una de las mejores opciones para el lector interesado en El Diario completo de Thoreau, unas diez veces más extenso.

Ernesto Estrella ha traducido los diarios de Thoreau que son presentados por John R. Stilgoe y Damion Searls en la cuidada edición que ha preparado Capitán Swing.

Biografía de un insumiso

Henry David Thoreau (1817-1862) nació en Concord, Massachusetts, en el seno de una familia modesta. Se graduó en Harvard en 1837. De vuelta en Concord, inició una profunda amistad con el escritor Ralph Waldo Emerson y entró en contacto con otros pensadores trascendentalistas. En 1845 se estableció en una pequeña cabaña que él mismo construyó cerca del estanque de Walden a fin de simplificar su vida y dedicar todo el tiempo a la escritura y la observación de la naturaleza. Dos años después escribe la obra homónima en la que describe su economía doméstica, sus experimentos en agricultura, sus visitantes y vecinos, las plantas y la vida salvaje.

En 1846, concluida su vida en el estanque, Thoreau se negó a pagar los impuestos que el gobierno le imponía, como protesta contra la esclavitud en América, motivo por el cual fue encarcelado. Este episodio le llevó a escribir Desobediencia civil (1849), donde establecía la doctrina de la resistencia pasiva que habría de influir más tarde en figuras de la talla de Gandhi o Martin Luther King. Cercano a los postulados del trascendentalismo, su reformismo partía del individuo antes que de la colectividad, y defendía una forma de vida que privilegiara el contacto con la naturaleza.

 

Más de siete mil páginas

 

A lo largo de su vida, Henry David Thoreau escribió más de siete mil páginas de su diario. Más de una decena de cuadernos en los que cada noche anotaba lo que le había sucedido durante la jornada. Algunas entradas ocupaban sólo unas pocas líneas, otras se extendían durante diez o doce páginas. Cuando empezó a escribir, tenía veinte años, estaba recién licenciado en Harvard y acababa de volver a Concord, la pequeña ciudad de Massachussets donde había nacido. Desde entonces no dejaría de escribir hasta que una bronquitis empeorase su tuberculosis crónica y falleciese con sólo cuarenta y cuatro años. Entre estas dos fechas, una vida marcada por fuertes convicciones ideológicas, que le harían pasar a la Historia como el teórico de la desobediencia civil gracias a su influyente ensayo Civil Disobedience. Estas convicciones aparecen a lo largo de todo el diario, empapando de frustración y amargura algunas entradas. Sin embargo, Thoreau no fue sólo un teórico. A lo largo de toda su vida, mantuvo una intensa militancia antiesclavista que aparece documentada en su diario, en el que relata cómo ayudaba a esclavos huidos a salir de Estados Unidos: Acabo de poner a un esclavo fugitivo –quien había tomado el nombre de Henry Williams- en uno de los trenes que van a Canadá. Se había escapado el pasado octubre del condado de Stafford, en Virginia, con dirección a Boston. Esa militancia se intensificará aún más con la aprobación de la Fugitive Slave Act, que establecía que todos los esclavos huidos serían devueltos a sus amos una vez capturados, lo que equivalía a legalizar las persecuciones con perros para darles caza. Esta ley hará que Thoreau se comprometa aún más en su militancia y se involucre con más fuerza en el Underground Railroad, una red de rutas secretas y casas seguras que usaban los esclavos para huir a Canadá o a alguno de los estados que habían prohibido la esclavitud.

Sin embargo, la faceta política de su vida no es lo que prevalece en el diario de Thoreau. La mayoría de las reflexiones que contiene se refieren a cuestiones más cotidianas pero también más íntimas, como la observación de la naturaleza en sus largos paseos o los cambios que va dejando el paso de las estaciones. En esos pasajes es donde aparece el Thoreau más cercano, el que es capaz de emocionarse al ver los dibujos que hace la escarcha en la hierba o al observar a las ardillas recoger frutos secos para el invierno. Es en esos fragmentos donde tenemos la sensación casi obscena de estar leyendo un diario personal, algo que no fue escrito para ser visto por nosotros. Pero también son esos pasajes los que matizan la extendida idea del difícil carácter del escritor norteamericano. Thoreau odiaba acudir a fiestas y le aburría la mayoría de la gente, pero eso no significa que no le importase lo que sucedía a su alrededor, sino todo lo contrario: le importaba tanto como para jugarse años de cárcel por un esclavo huido, como para lamentarse frecuentemente del trato que habían recibido los pueblos nativos, como para sentarse a hablar durante horas con los marginados a los que Concord despreciaba.

Pero en el diario de Thoreau no es solo importante lo que está, sino también lo que falta. Prácticamente ninguna referencia a la convivencia con su familia y ni una sola amante conocida a lo largo de su vida, ni un solo comentario que mostrase deseo o amor por alguien. Quizá su mundo interior era demasiado profundo para que nadie entrase en él. Quizá simplemente no lo escribió porque sus anotaciones como naturalista ocupaban todo su tiempo libre, el que le dejaba el trabajo de agrimensor que tuvo que aceptar para pagar las deudas de su primera publicación.

Esta cuidada edición de Capitán Swing, que recoge una selección de las entradas del diario hasta 1854, le gustará sobre todo a los que disfrutasen con Walden, el libro en el que relataba su estancia durante dos años en una cabaña construida en el bosque por él mismo. La misma pasión por aprender de lo que le rodea, el mismo tono poético pero ágil y sencillo que hace tan reconocible la prosa de Thoureau. Más que su faceta política, lo que hay en sus ensayos es la cara más íntima, la que habríamos conocido si nos hubiese dejado acompañarse en sus largos paseos. Y esa intimidad es lo que le da tanto valor a la obra de Thoreau, lo que hace de su diario una de las grandes joyas de la literatura americana del siglo XIX.

Layla Martínez

 

La seducción del yo

 

Dijo Doris Lessing, autora a su vez de Autobiografía. Un viaje por la sombra, hace algunos años: “Nos enfrentamos a un rechazo de la imaginación. Hay un deseo general de saber lo real, lo auténtico, lo que verdaderamente ha sucedido”. Tal vez esta cita constituya un buen pórtico a esta entrada, aunque igualmente podríamos encontrar ejemplos que pusieran en entredicho una afirmación que difícilmente podría alcanzar validez universal. Pero más allá del hecho de que nuestra realidad –y la literaria, particularmente– sea diversa, plural, heterogénea, es innegable que las declaraciones de Lessing apuntan a algo más que una tendencia descollante en nuestro tiempo.

Diarios, memorias, epistolarios, biografías, autoficción…

Nos interesan las vidas ajenas y, entre éstas, las vidas de escritores, artistas e intelectuales, por motivos que a nadie se le escapan, nos resultan doblemente atractivas. ¿Corremos el riesgo de llegar a escrutar la biografía de personajes cuya obra desconocemos o de la que sólo tenemos vagas referencias? ¿Nos ahorra la lectura de toda esta hojarasca íntima, el esfuerzo de enfrentarnos a pecho descubierto con obras con frecuencia ariscas, densas, impenetrables? Está claro que exageramos. Primero, porque ambas cosas con perfectamente complementarias y contribuyen a formarnos una idea más perfecta en su ínsita inexactitud de aquellas figuras cuyo talento reverenciamos. Y, por supuesto, porque ya sea a través de la mirada exógena de un paciente observador o por medio del rastro más o menos complaciente que estos personajes dejan al hablar con otros o con la posteridad, no estamos situados ante trabajos de segundo orden. Diarios como los de Kafka o Gide, autorretratos como el de Nietzsche en Ecce-Homo, memorias como las de Primo Levi, epistolarios como los de Mann o Hesse, biografías como la que BHL consagra a Jean-Paul Sartre, por traer una ínfima selección aquí, suponen testimonios capitales de nuestra cultura que no podemos ni remotamente desdeñar.

De modo que ya satisfagan nuestra ansia de curiosidad, un inconfesado vouyerismo, nuestra no menos natural proclividad a la mitomanía, un auténtico deseo de aprender o todo junto, las siguientes novedades tienen ingredientes sobrados para incitar al lector a su atenta ingesta. Aunque tal vez sería recomendable intercalar algo de ficción genuina entre plato y plato si no queremos exponernos a una intoxicación de yo. Recuerden que el ego son los otros.

No resultaba fácil imaginar que Henry D. Thoreau (Massachusetts, 1817-1862) pudiera llegar a convertirse en uno de los protagonistas del panorama editorial español durante el curso 2012/2013. Pero es un hecho que, al menos, para una inmensa minoría, el suyo está siendo uno de los nombres de la temporada. Si hace unos meses Errata Naturae nos daba la oportunidad de conocer por primera vez en castellano en Cartas a un buscador de sí mismo la correspondencia que el autor de La desobediencia civil mantuvo con Harrison G. O. Blake, y donde reflexionaba sobre las más diferentes cuestiones de la vida, ahora es el también siempre sugestivo sello Capitán Swing el que hace que detengamos nuestra mirada en este pensador disidente, inspirador del moderno ecologismo y precursor de las letras estadounidenses.

La clave sigue siendo netamente personal, pero si cabe, cuando se trata de hablarse a sí mismo, más íntima. Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló “Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios”. Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras, donde resplandece ya la fluidez que caracterizará a su prosa poética, para crear la edición en un solo volumen más amplia y coherente que se ha publicado nunca de una obra en la que se despliega la constante contemplación del autor de los ciclos, pautas y conexiones de la naturaleza, y en la que Thoreau analiza sus estados de ánimo, retrata a amigos y vecinos, condena la esclavitud y la destrucción del mundo vivo y se deleita, a través de paisajes de un lirismo arrebatador, en la belleza del entorno.

“¡Dígales que yo fui surrealista antes de conocer a Gala!”. Con solicitud tan imperiosa Salvador Dalí dio fin en 1986 a la emotiva entrevista concedida a Ian Gibson (Dublín, 1939), poco antes de su muerte. No le fallaba la memoria al pintor. Cuando aparece la Musa en 1929, Dalí, que entonces tenía 25 años, ya abrazaba con fanatismo el movimiento capitaneado por André Breton. El “Papa” del surrealismo, impresionado por el talento, la inteligencia y la estrafalaria personalidad del joven catalán, no había tardado en intuir que su aportación al movimiento, entonces en crisis, podía ser contundente. Y así sería.

De la mano de uno de los hispanistas más reconocidos de la actualidad, autor, entre otras, de una imprescindible biografía de Lorca (Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca), Dalí joven, Dalí Genial supone una introducción amena al pintor que ya para 1929 ha creado obras que figuran entre las más extraordinarias de toda su carrera y que nunca serán superadas. Gibson, que ya ha dedicado al artista trabajos como La vida desaforada de Salvador Dalí o Lorca-Dalí, el amor que no pudo ser, nos descubre las raíces ampurdanesas del biografiado antes de llevarnos en apasionante periplo a Barcelona, Madrid y París, trazando diestramente la trayectoria que, en diez años, lleva al figuerense desde el impresionismo hasta el surrealismo. El encuentro con Gala, y la compra al año siguiente de la barraca de pescadores al pie del cabo de Creus son otros de los jalones del itinerario que recorre el investigador irlandés en un libro en el que se traza la figura de aquel fabuloso Dalí joven cuya ambición es ser tan famoso, o más, que Picasso.

Dramaturgo, novelista, guionista y traductor, George Tabori (Budapest, 1914-Berlín, 2007) dedicó buena parte de su obra a temas como el de la muerte, que abordó de una forma entre brutal y estridente, haciendo gala de un surrealismo absurdo; o los totalitarismos, de manera particular al nazismo, fenómeno que llega a abordar con ironía y humor desde su condición de judío, rompiendo con el tabú establecido en su tiempo al llevar la cuestión del Holocausto a los escenarios teatrales.

Obra representativa de esto que venimos diciendo fue Mein Kampf, comedia de humor negro estrenada en Viena en 1987 en la que centró su atención en el joven Adolf Hitler, a quien retrata como alguien que se cree un gran artista pero que en el fondo no es sino un pintor miserable y a quien presenta viviendo en un albergue en Viena, donde traba amistad con un judío vendedor de biblias llamado Schlomo Herzl.

Convencido de que llanto y risa van siempre de la mano, Tabori nos retrata en Auto de fe los años de su infancia y su juventud con toques equilibrados de tristeza e ironía en un libro que, como se deduce desde las primeras líneas (“Según rumores inciertos alimentados por las mujeres de mi familia, yo no quería nacer”) presenta una sabia combinación entre poesía y vida. Las mujeres que le acompañaron, las mentiras sinceras de su hermano, el recuerdo imborrable de su padre –periodista asesinado en un campo de concentración nazi–, y un escenario centroeuropeo a punto de desaparecer se mezclan en estas memorias de gran intensidad emocional y literaria.

La obra como compositor de Richard Wagner (1813-1883), en la que destacan especialmente sus “dramas musicales”, la más sublime plasmación de su proyectado “arte del porvenir” –allí donde, según Manuel Crespillo, se concreta el “único, solitario legado en que la modernidad reconoce la fortaleza de la ambigüedad contenida en la tragedia clásica”–  resulta incomparable. Pero el genio de Leipzig también fue, como certifican obras como El arte y la revolución u Ópera y drama, un brillante ensayista y teórico musical que desparramó su talento igualmente por su nutrida correspondencia, que abarca varios volúmenes.

Cuando en todo el mundo se celebra (ex aequo con Verdi) el bicentenario de su nacimiento, Fórcola ha tenido la gran idea de reunir en una edición preparada por el crítico y ensayista Blas Matamoro aquellas misivas escritas por Wagner desde 1864 hasta su muerte que tienen a Luis II de Baviera, figura decisiva dentro de su biografía,  y la materialización del gran proyecto de Bayreuth como ejes.

Familiares, como su hermana; amigas, como Eliza Wille; músicos y directores de orquesta, como Franz Liszt, Hans von Bülow o Hermann Levi; tenores, como Angelo Neumann, Ludwig Schnorr von Carolsfel o Franz Vess; y, por supuesto, el “virginal” y hamletiano Luis II de Baviera desfilan, de este modo, por un libro –que se completa con el texto La casa de los festivales escénicos de Bayreuth, que escribió Wagner con motivo del primer aniversario de la colocación de la primera piedra del nuevo teatro de la ópera, en  mayo de 1872– que al tiempo que aporta abundante material inédito hasta ahora en español, nos brinda una suerte de historia epistolar que radiografía la personalidad del músico, dejando caer numerosas observaciones sobre su estética, su filosofía musical y su ideología política en la madurez de su vida.

 

El Diario (1837-1861)

Thoreau comenzó a llevar un diario a los veinte años, y terminó rellenando catorce cuadernos y una recopilación que tituló «Fragmentos, o lo que el tiempo no ha cosechado de mis diarios». Años más tarde, el escritor, editor y traductor Damion Searls seleccionó pasajes de este vasto mar de palabras para crear la edición en un solo volumen