Ciego de nieve

Cocaine Blues

El corrido del eterno retorno Siempre que se habla del nuevo periodismo, y su gemelo malvado, el periodismo Gonzo, salen a relucir Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y Gay Talese. Sin embargo, el movimiento involucró a otros pesos pesados, como Robert Greenfield, Paul Scanlon (y toda la plantilla de Rolling Stone, comandada por Ben Fong

El gran caviar de los narcóticos

¿Es posible que una crónica del submundo del tráfico de drogas retrate a toda una sociedad en su conjunto? El espejo deformado no cambia la realidad, sino la percepción que tenemos de ella. Así opera Ciego de nieve, rara avis y pieza de culto publicada en 1976 y recuperada con acierto por Capitán Swing, con la nueva traducción de José María Álvarez. El relato describe con detalle las hazañas de Zachary Swan, un traficante convertido de la noche al día en empresario de éxito gracias a una mercancía, un producto de disfrute, que encontraba compradores en las élites de Nueva York. La cocaína, en los años ’60. El gran caviar de las narcóticos.

Swan compraba la droga en Colombia y la distribuía entre la clase alta de la Gran Manzana. Por el medio, Swan vive el auge y caída de un comercio para el que ningún gobierno estaba preparado. Antes de que naciera la DEA y sus cada vez más expeditivos métodos se extendieran y exportaran a otras administraciones, Swan saltaba de aeropuerto en aeropuerto, con su cocaína bajo el brazo, oculta bajo métodos que hoy consideraríamos de lo más rudimentario. A medida que la vigilancia crece, lo hacen también su imaginación y sus tretas, hasta exigir artimañas a cada cual más retorcida.

Es esa interminable y progresiva carrera de obstáculos, ese despliegue de una inventiva cada vez más paranoide, lo que dota al personaje de Swan de una enorme ‘pegada’. En su epopeya se rozan lo atroz y lo tierno, lo animal y lo humano. Por Ciego de nieve desfila además un carrusel de traficantes marcianos, intermediarios con intachable cara pública, yonkis irredentos, aspirantes a chamanes y tipos que circulan de un lado para otro con aparente desidia y que sólo preguntan: “¿Cuánto saco yo?”

Hunter S. Thompson se deshizo en elogios cuando leyó Ciego de nieve, que no es periodismo gonzo pero sí presenta a un personaje que se ve obligado a serlo, a quemarse antes de ser devorado por la creciente demencia en un negocio en el que, al final, todos ganan mucho dinero y pierden todo lo demás. Incluida la razón.

¿Dónde estaba tu dealer cuando estudiabas Periodismo?

«—Tú te vienes con nosotros.

Iban a encerrarle en un garaje y a tenerle allí atado hasta que llegara la coca.

—Tú puedes venir si quieres —le dijo a Alice.

Alice no podía dejar de llorar.

—Bah, no harías más que estorbar, en realidad —dijo Leslie.

Swan tenía la ropa llena de sangre. Tendría que cambiarse, dijo Leslie, para pasar delante del portero. Swan se inclinó hacia delante en el sofá y le goteó la sangre en los zapatos. Tendría que cambiarse también los zapatos.

Cuando se lo llevaron, Alice se echó en el sofá y lloró. Y rezó. Llamó a Trude daniels para pedirle que le cantara un salmo pero nadie contestó.

En cuanto Alice cogió el teléfono, éste volvió a sonar. Era Swan. Se había escapado.

—Coge todo el corte que puedas encontrar, mételo en una bolsa y sube a casa de Jeannie. Yo llegaré en seguida y nos largaremos.»

Ciego de nieve, Robert Sabbag (Capitán Swing, 2013)

No estamos en Hollywood ni en una teleserie rocambolesca sobre traficantes de mediopelo en los suburbios de Nueva York. Escrito en 1976, este fragmento de Ciego de nieve es el trabajo periodístico más exhaustivo acerca del tráfico de cocaína en Estados Unidos hasta la fecha. Lo leían periodistas que querían salir de sus exasperantes jornadas de oficina a los propios dealers de alto vuelo como Swan, el tipo que vertebra la obra. Roberto Saviano, con su recién publicado CeroCeroCero, esnifa directamente del libro de Sabbag.

Hoy es una pena que en las facultades de periodismo, en lo que se refiere al ya de por sí escaso interés de los profesores por el periodismo literario, el temario apenas alcance a Truman Capote y Tom Wolfe. Pedir algo de Gay Talese sería un milagro, igual que exigir a Hunter S. Thompson. No es cuestión de morbo. Tampoco se trata de buscar los tiros, las putas y las drogas.  En realidad, la idea al reclamar estas preciadas obras periodísticas es, precisamente, subrayar que un profesional de la comunicación puede intervenir y adentrarse tanto como considere oportuno en ámbitos cuya presencia pueda llevarle a marrones tan grandes como los riesgos que corre. Incluso el mencionado caso de Saviano, bestseller mundial y reclamado por el periodismo, resulta un nombre exótico en las universidades, y su puesta en valor una anomalía que complica los menesteres del académico de turno.

Una estrechez de miras similar sucede en las facultades de economía —risas—, donde quien suscribe pasó un par de años. Allí la pluralidad tampoco es un bien preciado. Sí, es más que obvio comentarlo a estas alturas, pero es lo que uno piensa cuando saluda en librerías la llegada de Los filántropos en harapos, de Robert Tressell (Capitán Swing, 2014). Ni corto ni perezoso, Tressel publicó en 1914 una novela documental —por decirlo de algún modo—que plasmaba, con todo detalle, el día a día de los obreros de la Inglaterra de la época. Veamos un breve ejemplo de cómo se lo monta Tressell en los albores del siglo pasado, a partir de un personaje de la novela:

«—Primero distinguiremos a quienes no sólo no hacen nada, sino que ni siquiera aspiran a ser de ninguna utilidad; las personas que se considerarían desgraciadas si, por casualidad, realizaran algún trabajo útil. En este grupo se incluye a vagabundos, los mendigos, la «Aristocracia», las gentes de «Sociedad», los grandes terratenientes y, en general, todos aquellos que poseen riqueza heredada.»

Un siglo atrás, Tressel lo tenía claro: la utilidad de las elites iguala a la de aquellos que están fuera del sistema.

Hacia 2005 las batallas que teníamos en clases de microeconomíaa para encontrar el equilibrio de Pareto y el Coste Marginal eran alucinantes. Los Pitagóricos fundamentalistas, que resolvían matemáticamente la existencia de Dios, son ahora grises profesores universitarios de economía —de la pública y de la privada— que llevan décadas apelando a modelos de los que sus propios creadores renegarían si estuviesen vivos: «la buena salud de la economía española se fundamenta, en esencia, en el fuerte aumento de la productividad continuada desde mediados de los noventa hasta la actualidad», decían. En efecto, mi profesora de Economía Española, joven, dinámica y molona, sentenciaba de un plumazo a tres años del crack el majestuoso porvenir de mi generación de fuckers. Robert Tressell, como tantos otros senseis del lado oscuro del capitalismo onfierista, brilla por su ausencia como lectura recomendada. Ni siquiera para cumplir con una cuota de mirada alternativa.

La venganza de la historia

Volvamos ahora al siglo XXI:

«La mayor concentración de ingresos y riqueza en manos de una minúscula élite no sólo constituye una grave afrenta a la justicia social y al más mínimo sentido de la igualdad de cualquier comunidad de individuos, sino que los datos muestran claramente que una mayor desigualdad alimenta la criminalidad, erosiona la democracia, divide las ciudades, impide el acceso a la vivienda, distorsiona la economía, genera marginación social, intensifica las tensiones étnicas, es una barrera para las oportunidades y ahoga la movilidad social.»

Al habla Seumas Milne en La venganza de la historia.

¿Y a qué nos suena este discurso? Cualquiera diría que, en efecto, se trata del mantra que todo indignado conoce y difunde cagándose en todo, y con razón. La constatación de esta delirante brecha que separa el jacuzzi y el Cayenne del Lidl y el Primark es un discurso necesario que está en boca de casi todos desde hace años. La gracia de este fragmento, en cambio, no es otra que su fecha de publicación: agosto de 2007. Justo un año antes del epicfail de Lehman Brothers. Costaba esfuerzos y sudores fríos creerse antes de 2008 lo chungas que podían ponerse las cosas: ser apocalíptico nunca ha molado especialmente, y menos cuando estás molestando en la cola VIP de una discoteca con descuentos para universitarios que llevan dos años de carrera y todavía nadie se ha dignado a enseñarles algo más allá de la fascinante Historia Medieval.

Vale que culpar a alguna institución concreta —profesores, estudiantes, el Sistema— de esta asincronía académica suena a recurso fácil y loser, además de una generalización injusta. Sin embargo, la historia demuestra que mantener una cierta prudencia y memoria siempre es necesario, y los tres libros que aquí se refieren son literatura necesaria para cualquier momento. Ciego de nieve, Los filántropos en harapos y La venganza de la historia son tres títulos imprescindibles para todo aquel cansado de encontrarse lo mismo en las bibliografías académicas de ciencias sociales. Ahora y siempre, buena merca.

Ciego de nieve, Los filántropos en harapos y La venganza de la historia son tres títulos imprescindibles para todo aquel cansado de encontrarse lo mismo en las bibliografías académicas de ciencias sociales. Buena merca.

El tráfico de cocaína a gran escala como una de las bellas artes

 

La señora Vagelato era una inmigrante griega de avanzada edad que llevaba varias décadas viviendo en Nueva York. Un día, a principios de los años setenta, tuvo un golpe de suerte: le tocó un viaje de diez días a Colombia para dos personas en un concurso de una marca de café (Brown Gold, colombiano 100%). Vagelato había comprado el paquete de café en un supermercado neoyorquino. La señora aterrizó en Colombia junto a su marido jubilado. En Cartagena, se alojaron en el Hotel Caribe, un majestuoso edificio colonial con jardín botánico propio. La puerta del hotel daba a la playa. Vacaciones de ensueño por primera vez en su vida. Dos simpáticos representantes de Brown Gold obsequiaron a los Vagelato con varios regalos: rodillos de amasar, estatuas, colgantes de pared, hamacas, sombreros de paja, etc.

Como parte del concurso, los Vagelato aceptaron fotografiarse con los regalos al llegar a Nueva York. Ahí se hizo el cambio, la sustitución de sus regalos por otros similares (sin cargamento sorpresa en su interior). Los Vagelato nunca supieron que habían transportado varios kilos de cocaína de Colombia a EEUU. No existía ninguna marca de café llamada Brown Gold más allá de un falso paquete colocado estratégicamente en la estantería de un supermercado a la espera de que lo comprara algún despistado. Así se las gastaba Zachary Swan, cuyas andanzas como traficante de cocaína en la época primitiva del negocio narró el periodista Robert Sabbag en Ciego de nieve, editado ahora por Capitán Swing. El libro, publicado en EEUU en 1976 y alabado por luminarias como Hunter S. Thompson y Damien Hirst, convirtió a Sabbag en un nombre de referencia de la segunda ola del Nuevo Periodismo. El prólogo de la nueva edición española corre a cargo de Howard Marks, antiguo traficante de marihuana convertido en icono pop británico.

 

Una curiosidad que da idea del culto profesado a Ciego de nieve en ciertos ambientes: en 1999 salió en el Reino Unido una edición limitada diseñada por el celebérrimo artista británico Damien Hirst. Incluía un billete de 100 dólares enroscado (escondido en una raja del interior del libro) y una tarjeta de crédito de metal con el nombre de Zachary Swan. Las 1.000 copias están firmadas por Hirst, Sabbag y Marks. El libro, que tiene las tapas de cristal, se vende por internet a un precio de 950 libras. Un objeto de coleccionista que no oculta su condición de fetiche cocainómano.

Ciego de nieve, parte radiografía de la época heroica de la coca parte biografía de un cabra loca, arranca describiendo los adinerados orígenes biográficos de Swan: “Nació en el apogeo de la era del jazz, con una cuchara de plata en la boca. La posibilidad de que fuese a pasar sus años de madurez con esa misma cuchara en la nariz entró en el reino de lo posible cuando Zachary tenía unos 16 años. Hasta entonces se comportó como cualquier otro muchacho de su edad obligado a tratar con sirvientes por la casa y con un club de campo a la vuelta de la esquina”.

Tendencia al trapicheo

Lo que Zachary Swan empezó a hacer a los 16 años en el colegio, la elitista Escuela Preparatoria Iona de New Rochelle (Nueva York), fue gestionar los juegos de dados en los patios, en lo que Sabbag califica de “síntesis inevitable de riqueza y ocio”. O los orígenes de un espíritu emprendedor con tendencia al trapicheo.

No obstante, los negocios ilegales aún tendrían que esperar un poco más. Tras pasar por la universidad, Swan entró en la empresa paterna de empaquetado como ejecutivo de ventas. No le fue mal. “Cumplió durante los 17 años siguientes, con la mayor honradez y la mayor entrega que le fue posible, los rituales tradicionales de la comunidad mercantil neoyorquina. Manejó como vendedor los artículos de algunas de las empresas de cosméticos más prestigiosas del país. Ganaba un buen sueldo, pertenecía a un buen club neoyorquino y gozaba de la amistad de muchas personas distinguidas”, resume Sabbag.

Lo que le ocurría a Zachary Swan es que era un adicto a la vida social. Fiestas de la jet set, salidas nocturnas junto a su pareja seis días a la semana, gastos por doquier. “Nos invitaban a las inauguraciones de las discotecas, a fiestas en Southampton… yo tenía mucha energía y mucho empuje y no dormía. No lo sabía entonces, pero estaba enganchado al speed. En 1964, conseguí una receta de pastillas para adelgazar de un médico y seguí rellenándola… durante seis años. Eso y mucho alcohol. Holly ganaba 40.000 al año, así que entre los dos, con mis 12.500, reuníamos más de 52.000 dólares al año, sin contar mi cuenta de gastos, menos 12 o 13.000 de impuestos. No teníamos nunca un céntimo y siempre andábamos con préstamos bancarios. Las facturas eran astronómicas”, recuerda en el libro. El clásico perfil de elevado tren de vida con visos de descarrilamiento.

 

El caso es que Swan se cansó de ser un ejecutivo y decidió establecerse como autónomo bohemio. Primero como traficante de marihuana. Luego, dado que se le daban bien las matemáticas, como vendedor de coca: “La verdad era que un kilo de coca valía más o menos lo que tres furgonetas llenas de yerba y podías esconderlos en una rebanada de pan”, se lee en el libro.

Estamos a finales de los 60 y la coca aún no se había convertido en un negocio multimillonario y sangriento controlado por la mafia y reprimido sin cuartel por la vía militar. Todavía era un pequeño reino de emprendedores que, como Swan, no eran amigos de las pistolas. Todo consistía en la venta artesanal de un producto que pronto iba a convertirse en el más deseado de la clase acomodada estadounidense.

Así describe Sabbag el pelotazo de la coca en EEUU en los años 70: “La cocaína es el caviar del mercado de la droga. En la calle, donde una cuantía equivalente de marihuana importada de primera puede obtenerse por sólo 40 dólares, la cocaína ostenta un precio de más de 1.000 dólares por onza. Y, como el caviar de primera, suele adornar la dieta de la vanguardia y de los aristócratas, de una clase ociosa: en Nueva York, es signo distintivo entre actores, modelos, atletas, artistas, músicos y hombres de negocios modernos, profesionales, políticos y diplomáticos, así como esa reserva inagotable de celebridades sociales y peces gordos sin ocupación certificable. El denominador común es el dinero. Y está de moda en los círculos dorados de Harlem, entre chulos, prostitutas y traficantes de drogas, cualquier capitoste de barrio con peso en la calle. La coca es estatus. Significativamente eclipsada por la fidelidad-culto a estimulantes, depresores, ácido, mescalina y cáñamo durante la explosión del consumo de drogas de fines de los años 60, la cocaína ha aflorado a mediados de los 70, inequívocamente, como la droga ilegal más popular de Norteamérica”. Resumiendo: el hippismo ha muerto, viva la coca.

 

Repasada la evolución biográfica y el contexto histórico, Sabbag procede a describir los disparatados e imaginativos planes de Swan para pasar el material por fronteras y aeropuertos sin ser detectado. Entonces la DEA aún no existía y para viajar en avión de EEUU a Colombia no hacía falta pasaporte. No obstante, las autoridades sabían que el tráfico se estaba intensificando y había que agudizar el ingenio. Flashback: en el verano de 1971 se celebraron en Cali los Juegos Panamericanos. Tres componentes del equipo estadounidense de béisbol volaron de Colombia a EEUU tras participar en la competición deportiva. Jóvenes atléticos, de pelo corto, vestidos con chándal y blandiendo bastes de béisbol. Ningún problema con ellos en la aduana, faltaría más. Nadie se percató de que los bates estaban llenos de cocaína. No eran jugadores de béisbol, eran traficantes con imaginación. Otra gran estrategia ideada por Swan y puesta en práctica por unos amigos. Salvo que, en realidad, fue una idea terrible: en los Juegos Panamericanos no hubo competición de béisbol. Gran cagada. Por suerte, los agentes de aduanas no se percataron del timo.

“El tráfico no es más que una combinación de espera e improvisación precedidas por los planes más laberínticos, vueltas atrás y medidas de seguridad, todo ello ejecutado por un personal bastante chiflado”, resume Howard Marks en el prólogo.

Swan acabó dando con sus huesos en la cárcel en 1972 tras dos años de frenesí traficante. El negocio empezaba a crecer, cada vez había más traficantes y empezaban a aparecer las armas. Sabbag explica con estas palabras una de las causas del descomunal éxito de la sustancia entre los consumidores estadounidenses. “La popularidad de la cocaína en EEUU puede estar relacionada con el hecho de que ella, más que cualquier otra de las drogas psicoactivas identificadas, refuerza todas esas cualidades características que han llegado a considerarse auténticamente norteamericanas: el espíritu de iniciativa, el empuje, el optimismo, la necesidad de triunfar y de tener poder. Venga de donde venga, esa popularidad es clara y notoria. Un experimento reciente demostraba que las ratas, a las que se condicionó a pulsar una palanca que les proporcionaba una recompensa, lo hicieron 250 veces seguidas por la cafeína, 4.000 por la heroína y 10.000 por la cocaína. Por algo se llama a la cocaína ‘caramelo nasal’. A la gente le gusta. Te hace sentirte bien”, zanja.

 

 

 

 

Ciego de nieve

Cuando se publicó por primera vez a mediados de los años setenta, Ciego de nieve se erigió en una pieza esencial de la literatura delictiva. Calificado de «reportaje extraordinario» (The New Yorker), es una mirada febril, desenfrenada y ya clásica al negocio de la cocaína a través de los ojos del legendario traficante Zachary Swan