Una autobiografía

Charla y debate sobre racismo, xenofobia y derechos humanos en Barcelona

El miércoles 14 de diciembre, a las 19h, colaboramos con la Casa Usher Llibreters de Barcelona para charlar sobre racismo, xenofobia y derechos humanos, tomando algunas de nuestras publicaciones como ejemplo. Participa el profesor de Antropología e Historia de la Universidad de Barcelona Javier Laviña, junto a Josep Granados, abogado de Sos Racismo en Cataluña.

Una autobiografía

Assata Shakur, nacida como JoAnne Deborah Byron en 1947, fue activista de diferentes grupos negros de liberación y objeto de una persecución implacable por parte del FBI que la llevó a la cárcel en 1973 tras un incidente en el que fue acusada de haber disparado a un policía a pesar de las evidencias existentes sobre la imposibilidad de este hecho. En 1979 consiguió escapar de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, y desde 1984 vive en Cuba donde se le ha concedido el estatus de refugiada política. Su Autobiografía, publicada en 1987 y que acaba de aparecer en versión castellana (Capitán Swing, traducción de Ethel Odriozola y Carmen valle), atrapa al lector como una buena novela, pero contiene información preciosa y esclarecedora sobre la vida de una niña negra en la América segregada, su despertar político y su lucha por los derechos de su gente, que tuvo que enfrentarse siempre a la guerra sucia habitual en los Estados Unidos contra los grupos negros de liberación. Tras cada capítulo un poema de la propia Assata nos acerca a sus emociones de aquellos días.

El libro entrelaza dos hilos narrativos que se van desarrollando en capítulos alternantes. En el primero de ellos, Assata nos cuenta su vida hasta su detención en 1973. Nacida en Nueva York, tras la separación de sus padres, a los tres años viaja con sus abuelos maternos a Wilmington en Carolina del Norte, donde se establecen. Es su abuela la que la educa, tratando de transmitirle un prurito de progreso social que cae en saco roto. Ella prefiere elegir por sí misma sus compañías. Nos describe su vida en aquel Sur completamente segregado de los años 50. Sus abuelos tienen un restaurante en una playa para negros y ella les ayuda desde muy pequeña. Es ya una lectora compulsiva, pero le gusta sobre todo la vida, el mar, la arena, la gente, la música, comer, bailar y ver bailar, espiar a las parejas. Lo más frustrante es contemplar a lo lejos el zoológico y el parque de atracciones, paraísos imposibles para ella.

Los niños negros tenían asimilado el sistema de valores impuesto por los blancos y odiaban el pelo rizoso y los labios gruesos, marcas de fealdad. Se peleaban continuamente, y los peores insultos eran los mismos epítetos racistas con los que los negros estigmatizaban a los blancos. Después asiste a una escuela integrada en Queens (N. Y.), donde la rodean sobre todo niños blancos y mimados. Entre los profesores predominan los amantes de un orden casi militar, aunque también hay otros que saben despertar en ella la pasión por entender las cosas. Se recuerda entonces convencida de la superioridad de los blancos y tratando de imitarlos, sufriendo por cada detalle de su propia identidad. Seducida un día por un traje de primera comunión de una amiga, decide convertirse al catolicismo, lo que da lugar a páginas hilarantes en las que nos narra sus encontronazos con los rituales y el dogma católicos.

Nos describe después sus años de adolescente en Nueva York. Las continuas riñas de su madre y su padrastro la llevan a escapar de casa y termina realizando pequeños hurtos para sobrevivir. Cuando esta vida se le atraganta, vuelve con su madre. Tras la separación de ésta y su padrastro vive en South Jamaica (N. Y.), pero tras una discusión se escapa de nuevo y consigue trabajo de entretenedora de hombres en un bar. Tiene trece años pero con un poco de maquillaje casi la creen cuando dice que tiene diecinueve. Un día sufre un intento de violación en grupo de la que sólo la libra su coraje. Esto la hace más cauta. Por fin tras un encuentro fortuito con una amiga de su tía Evelyn es obligada a regresar a casa. El periplo nos permite conocer jugosos personajes de la calle de Nueva York y tomar el pulso a aquella sociedad desquiciada.

Vive tras esto con Evelyn en un pequeño apartamento en la calle 80, una zona de clase trabajadora, pero muy próxima a Central Park y calles de gente pudiente. También frecuenta la sordidez de la calle 84, donde agonizan los restos de la trituradora capitalista. Con Evelyn aprende a apreciar el arte, lee y crece como persona. Evelyn es abogada y defiende sobre todo a negros pobres, lo que explica sus altibajos de fortuna. Los viajes al sur en vacaciones para ver a sus abuelos son degradantes experiencias de segregación, cuando por ejemplo paran para echar gasolina y no se les permite usar el baño por ser negros. Se les rechaza también en restaurantes y moteles. En Carolina del Sur, sin embargo, pasa días deliciosos. Allí conoce el movimiento por los derechos civiles, pero le desconcierta la infinita paciencia que predica ante cualquier agresión. Pronto alcanza la conclusión desoladora de que “nunca nadie ha conseguido su libertad apelando al sentido moral de la gente que los oprimía”. Por esa época comienza a escribir poesía.

A los diecisiete años decide dejar la escuela y buscar trabajo. Lo encuentra en tristes oficinas donde gana lo justo para ir tirando. Esto es a mediados de los 60 y cada día hay noticias de disturbios en los barrios negros. Assata se manifiesta a favor de los rebeldes y en breve es despedida. La conciencia política le llega poco a poco: con conversaciones en las que le hablan de las atrocidades de Vietnam y ella sólo puede responder con las mentiras de la televisión, con el prurito de saber y ávidas lecturas, con el asco que ve nacer en ella por las personas que presumen de su status. Su conclusión es clara y será el eje rector de su vida: “Quiero ayudar a liberar el gueto, no huir de él dejando atrás a mi gente.” Encadena trabajos de secretaria y contable que duran poco. Llena su vida una gran inquietud crítica con el mundo que la rodea. Al fin decide volver a la universidad.

En el Manhattan Community College, su mentalidad evoluciona rápidamente. Estudia y comprende por fin los hitos clave de la historia americana que le habían sido ocultados: las luchas de los negros por su liberación, el significado real de la Guerra de Secesión, cuando la esclavitud es abolida por motivos principalmente económicos, el papel de personajes mitificados, como A. Lincoln. Se relaciona con grupos negros y comienza a asumir su lucha como propia. “Siempre comenzábamos hablando de reformas y terminábamos hablando de revolución”, nos confiesa. Se acerca primero a los hermanos de la “República de Nueva África”, que pretendían crear una república negra independiente en los estados del sur. Ellos le proponen un cambio de nombre, pero sólo es años después que decide abandonar su apellido de esclava, que le repugna, y pasa a llamarse Assata (la que lucha) Shakur (la agradecida), en homenaje a su amigo Zayd Shakur. En este tiempo comienza a trabajar en un programa de ayuda para niños con dificultades en lectura y matemáticas. La enseñanza le gusta, entendida a su manera rebelde y anti-burocrática, pero nos dice: “Por mucho que me encantara trabajar con niños, sabía que nunca podría participar en el tipo de educación oficialista. No iba a enseñar a ningún niño Negro a jurar la bandera o a pensar que George Washington era genial o alguna mierda por el estilo.”

Asesinato de Martin Luther King: estupor y rabia. Tras graduarse en el Manhattan Community College, mientras asiste a clases en la City University of N. Y., decide casarse. No obstante, ella no es el ama de casa que él esperaba y “tras un año confuso e infeliz” se separan. Ella viaja a California y se establece en Berkeley, “el lugar más radical y progresista en el que he estado jamás”. Visita Alcatraz y allí conoce la historia y la lucha de los nativos americanos, concentrados por aquellas fechas para protestar de las infamias que se cometían con ellos. Contacta con grupos chicanos y asiáticos, pues cree en la unidad de todas las batallas contra el poder y al fin se acerca en Oackland al Black Panther Party, con el que ya había colaborado en Nueva York. Los encuentra entregados a la lucha y receptivos a las críticas, lo que la entusiasma. A su regreso a Nueva York, pide el ingreso en el partido.

Comienza a trabajar con los panteras y acude a la convención constituyente de Filadelfia. A la vuelta, es agregada a los programas sanitarios y de desayunos para niños pobres del partido. La dura disciplina y las jornadas agotadoras de los panteras la obligan a esforzarse, sin que falten roces, pero la experiencia es muy positiva. Los desayunos la acercan a la realidad desgarradora de marginación y hambre que el programa trataba de paliar. Critica los métodos de formación políticos para miembros del partido por su poca perspectiva histórica y destaca las cualidades humanas de sus compañeros de lucha de aquel tiempo. Pronto colabora con Zayd Shakur, que se convierte para ella en un auténtico maestro. La falta de autocrítica en el partido es lo que más le preocupa. También ve problemas en el liderazgo de Huey Newton, un mal orador que se perdía en divagaciones. Del mismo modo, el principio de defender con las armas las sedes de los panteras si eran atacados le parece escasamente racional, simplemente suicida.

Es la época de las divisiones entre los panteras: Huey es criticado por vivir en Oackland con un lujo excesivo y comienzan las expulsiones de sus oponentes más señalados. El ambiente es opresivo y los proyectos de Assata están siendo paralizados, con lo que opta por abandonar el partido. Luego se supo que todos estos conflictos eran en gran parte provocados por el FBI con cartas falsas. Un día la avisan de que la policía la espera en su casa y decide no volver a ella y pasar a la clandestinidad. Aunque no había cometido ningún delito, eso no significaba nada a su favor si caía en manos del FBI.

Assata nos revela su conmoción cuando lee que dos policías han sido ametrallados en Riverside Drive. Lo siente por las viudas y niños, pero por otro lado la alivia que muera alguien más que la gente negra perseguida cada día. Sin embargo, su sorpresa es mayor cuando ve su foto en los periódicos y lee que se la busca para interrogarla por las muertes de los policías. Como muchos otros acosados por su lucha política por la emancipación de la comunidad negra en aquel tiempo, Assata decide participar en la lucha armada y se une al Ejército de Liberación Negro. Siguen años de clandestinidad sobre los que Assata no se extiende.

El segundo hilo narrativo del libro arranca con las experiencias de Assata tras su detención en 1973. Herida en el pecho, es hospitalizada e intentan hacerla hablar con amenazas y torturas, pero ella aguanta bien y no logran sacarle nada. En unos días, su estado mejora y en el mismo hospital un juez le lee los cargos contra ella: posesión ilegal de armas y disparar a agentes de policía. También la visitan su madre, su hermana y su tía Evelyn, que es además su abogada. Tiene una bala aún en el pecho y un brazo que tal vez no pueda volver a usar, pero sabe que va a sobrevivir.

Trasladada a la cárcel, se la mantiene en aislamiento al principio y se le niega tratamiento para su brazo enfermo. Aunque recibe correspondencia de todo el país, apenas puede responder hasta que se las arregla para usar la mano izquierda. Es entonces cuando, para contestar al acoso mediático, con la ayuda de Evelyn graba una cinta que se emite en la radio, un emocionado llamamiento recordando la terrible realidad de la gente negra, su miseria y postración, y la inalienable justicia de su la lucha. “A mi gente” impresiona porque rezuma sinceridad y coraje; es el grito de un alma noble que no puede renunciar a darlo todo por la emancipación de la América negra esclavizada.

Nos describe después su vida en la cárcel: normas estúpidas y solidaridad de las otras presas, mujeres humildes cruelmente encerradas por pequeños hurtos o infracciones absurdas (muchas de ellas por participar en una lotería paralegal de la que se lucraba la propia policía), mujeres condenadas en fin por ser pobres y negras. Mala comida y maltrato, pero resiste con valor. Un día traen a Sundiata, el compañero detenido con ella y juntos trabajan en la estrategia de defensa. Verlo la anima mucho. Además la recuperación de sus heridas avanza.

A finales de 1973 es trasladada a Nueva york para un juicio por atraco e internada en Rickers Island. Es una cárcel moderna, con micrófonos y puertas automáticas. Los viajes a la corte revelan el rostro de una “justicia” racista y miserable como la sociedad que la sustenta. Cuando el juez Gagliardi apresura el juicio sin que Evelyn tenga tiempo de preparar la defensa, montan un buen escándalo en la sala y hasta varios espectadores son detenidos. Mantiene por entonces una relación sentimental con Kamau, el compañero acusado con ella en este proceso, y de ella nacerá la hija de Assata, Kakuya Shakur. El juicio tiene que ser repetido y al final Assata y Kamau son absueltos de unos cargos que se revelan como un montaje policial.

Tras el veredicto de inocencia, Assata regresa a N. Jersey, donde se empieza a seleccionar el jurado para el juicio por asesinato. Son escenas que nos permiten conocer el profundo racismo de ese estado, llamado a veces “up south” (el sur de arriba). Pronto se descubre que Assata está embarazada, y ante el peligro de un aborto se consigue que sea hospitalizada. El juicio continúa para Sundiata, el otro acusado. El nacimiento de Kakuya Shakur está lleno de episodios penosos: aislamiento, maltrato. Assata quiere ser atendida por su propio médico y eso es demasiado para el sistema. La niña le es arrebatada a los pocos días de nacer.

Sigue el relato de los juicios en Nueva York, uno por atraco y otro por secuestro de un traficante de drogas, con Evelyn tratando de pilotar la nave en el piélago proceloso de la justicia americana. En el segundo juicio, Assata actúa como abogada adjunta y lee un emocionado alegato sobre la marginación de las comunidades de color y el sentido de la lucha del Ejército de Liberación Negro. Manifiesta su inocencia y se dispone a probarla. El montaje urdido para incriminar a Assata y Ronald Myers en el supuesto secuestro se cae por su propio peso durante el juicio y el 8 de diciembre de 1975 son absueltos.

A principios de 1976 es trasladada al centro correccional de Manhattan, controlado por los federales. Se la va a juzgar por el robo a un banco en Queens. Su abogado es en este caso Stanley Cohen, blanco, pero ex miembro del partido comunista y amante de la lucha jurídica, un gran tipo. El juicio viene precedido por una intensa campaña de falsas identificaciones que deja pocas posibilidades, pero batallan duro (Assata como abogada adjunta), y consiguen desmontar todas las trampas tendidas, bastante burdas en general. Assata es declarada inocente.

Tras la absolución, vuelve a N. Jersey, donde es internada en aislamiento hasta el fin del juicio por asesinato. Un nutrido grupo de abogados colaboran en la defensa sin recibir honorarios. Los problemas de ésta consistieron sobre todo en la imposibilidad de encontrar expertos en balística, medicina o química dispuestos a asumir los riesgos de desmontar la versión de la policía, sin que faltaran tampoco roces entre los defensores. Por otro lado, la movilización social a favor de Assata fue formidable. Cuando prepara un alegato bien cimentado, Stanley Cohen es asesinado en circunstancias misteriosas y sus papeles son confiscados por la policía. Aparte de esto, la estrategia del juez Appleby es un continuo hostigamiento a la defensa. El 17 de enero de 1977 comienza el juicio con la farsa de la selección del jurado y en marzo concluye como era de prever con un veredicto de culpabilidad para Assata. El análisis de todos los indicios pone de manifiesto que Assata fue disparada mientras tenía los brazos en alto y que las heridas recibidas la imposibilitaban para manejar un arma de fuego. Tampoco se encontraron rastros de pólvora en sus manos, ni huellas suyas en las armas. Se la condenó “por estar allí”.

El final de la Autobiografía se concentra en momentos clave de su vida tras recibir la condena. En el que es probablemente el fragmento más emotivo del libro, Assata nos describe una visita de su hija Kakuya, que tiene entonces cuatro años y se obstina en no creer que su madre esté internada contra su voluntad. No comprende nada y culpa a Assata de su ausencia. Al fin descubre allí mismo con sus manitas la rigidez de los barrotes que la separan de su madre. En otro capítulo, su abuela le dice en una visita a la prisión que la ha visto libre en sueños. Eso la estimula al límite. Los sueños de la abuela siempre se cumplían.

En el epílogo, Assata nos habla desde Cuba, donde vive actualmente. Nos cuenta sus experiencias en esa isla en la que, para su sorpresa, no consigue detectar rastros de racismo. Nos revela su vergüenza al tener que identificarse como estadounidense ante latinoamericanos, africanos o asiáticos que han sufrido en su carne los crímenes del imperialismo. Y nos habla también del calvario de su familia, acosada por el FBI hasta límites inhumanos. Con su hija, su tía y su madre logra reunirse al fin en suelo cubano, un proyecto largo tiempo acariciado.

La obra viene introducida por un prefacio y un prólogo. En el primero, Angela Davis nos describe el ambiente de acoso policial que vivían los miembros de la comunidad negra más comprometidos con la lucha pacífica por los derechos civiles en los años 70. Respirar esta atmósfera es imprescindible para comprender la biografía de personas como Assata, víctimas del racismo judicial y policial de los Estados Unidos de América, con síntomas tan claros hoy mismo como el encarcelamiento masivo de la población de color. Por su parte, en el prólogo, el abogado y profesor Lennox S. Hinds se centra en dos momentos clave de la vida de Assata, emblemáticos de la actitud de la “justicia” y la prensa americanas ante los activistas negros más destacados: el linchamiento mediático que sufrió mientras estaba en la clandestinidad, con imputaciones gravísimas que judicialmente resultaron siempre simples montajes, y el incidente de su detención, que le valió una acusación de asesinato y aunque en el juicio se demostró que ésta era absurda sirvió para condenarla.

Assata Shakur emerge de esta autobiografía con una imagen muy alejada del monstruo que dibujaron los medios más reaccionarios. Sus rasgos son los de una mujer que sufriendo en su carne la segregación y el racismo de la sociedad americana decidió dedicar su existencia a combatirlos. La brutalidad de los medios empleados contra la militancia política que desarrollaba, la llevó como a muchos otros a una lucha armada que tenía muy pocas posibilidades de éxito. Perseguida por el establishment con mentiras y manipulaciones, su defensa es contar la verdad de su vida.

Una causa célebre

Joanne Chesimard –que vive desde décadas en Cuba como Assata Shakur-, es la primera mujer incluida en la lista de los terrorista más buscados por el FBI, con una recompensa que asciende a dos millones de dólares. Quien fuera activista miembro de los “Panteras Negras” y de los Black Liberation Army y condenada por asesinato en 1979, se convirtió en prófuga y asilada en la patria de los Castro. Su autobiografía acaba de aparecer en el la Capitan Swing cuando coincide con la muerte de los dos agentes norteamericanos.

Lo que ocurrió o dejó de ocurrir no es asunto que podamos dilucidar. Tampoco cuánto hay de verdad o de leyenda en las páginas que todo espejo cóncavo y convexo que cualquier autobiografía supone. ¿Qué sucedió en el momento de ser detenida por los patrulleros, de quien ahora se cumple el aniversario de sus muertes? Según los registros policiales, la perteneciente al BLA abrió fuego contra ambos hasta que resultaron heridos de muerte. Para sus defensores, las garantías procesales del juicio fueron nulas.

Durante décadas de exilio castrista, la autora y personaje de estas páginas de memoria y carne se ha convertido en muchas cosas y con múltiples aristas: Representante icónica de la necesidad de igualdad étnica, símbolo épico contra el racismo, luchadora íntegra, delincuente, prófuga…La lista se elonga o contrae con cada movimiento, conciencia o ideología de quien la aborde. Sólo con la cercanía o la distancia, se subraya la longitud de su verbo y su memoria plagada de aciertos y errores cardinales…. Pero como toda historia, ésta, también, tiene un principio:

Nacida Joanee Deborah Byron y cuyo nombre de casada cambiaría por el de  Joanne Chesimard, quien llegara al mundo en 1947, narra en este libro editado por “Capitán Swing” su periplo vital que arranca con una infancia en la que los derechos básicos de un ser humano eran vetados por el simple hecho de ser negro –la ley segregacionista Jim Crow aún no había sido abolida- y continúa con una fuerte toma de conciencia en su entrada del mundo laboral coincidiendo con las protestas sesenteras hasta hacerle cuestionarse ese ejercicio de epifanía diaria en el que vivían los hombres y mujeres afroamericanos. Su sistema operativo  se va volviendo más combativo hasta involucrarse en la lucha por los derechos civiles. Es el momento en que se une a los “Panteras Negras” para después formar parte de las filas del BLA (Black Liberation Army). El final, toda su biografía es tinta publicada en la prensa de medio mundo: Humillada, detenida, acusada de robo, asesinato y secuestro –aunque finalmente se la condenó por un único crimen, cuyas pruebas no llegaron a ser concluyentes-, fuga carcelaria y asilo en Cuba, de donde, hasta el momento, no existe ley de extradición con EEUU.

La cartografía de su existencia está jalonada de pequeños y grandes hechos que finalmente impelen a un ser humano a su postrera configuración. Como el momento en que nunca se dio una fecha cierta de su nacimiento en tanto que es imposible encontrar registro alguno de su llegada a este mundo. Una cruel imagen con la que Assata reseña la “invisibilidad” de los negros. Su infancia no fue más halagüeña: Poco después de llegar al mundo, sus padres se divorciaron y se vio obligada a vivir bajo un techo tumultuoso ocupado por su madre, su tía y su abuela y su abuelo en Jamaica. Siendo una niña trabajaba en la tasca familiar y en la playa, siendo su único respiro onírico el amor que su abuelo el inculcó por la lectura. El resto de sus años hasta la emancipación, transcurrió entre una vida desestructurada, yendo de norte a sur, alternando miserables trabajos, mientras se iba alimentando de los preceptos, denuncias y proclamas de Martin Luther King primero, y de Malcom X. No sólo en los fines, sino también en los medios, su conciencia fue ensanchándose y alargándose de forma exponencial.

Hay un instante escalofriante en las páginas de esta autobiografía, que, para quien tenga las heridas del pasado abiertas será un claro espejo en el que comprender la desolación futura: Baile en la escuela. Nadie quiere bailar con Assata porque es negra, hasta que un muchacho de su clase, le espeta: “si me das una moneda de diez centavos, te saco a la pista”… Fue la única niña en no bailar en la fiesta.  Anécdota, posiblemente baladí que, a la postre, supone una cimentación de profundo dolorosa que fue nutriendo a esta futura activista de la sopa negra de los espartanos….

En los 90, Assata Shakur, ya exiliada en la isla castrista, escribió al papa Juan Pablo II desde Cuba. “¿Por qué soy una amenaza? ¿Por qué merezco tanta atención?” Sus palabras se hacían eco a la petición formal del Congreso de Estados Unidos al Gobierno cubano, de su extradición, y pretendía utilizar un viaje del pontífice a la isla para que éste presionara. Ella ha sido una de las obsesiones del FBI desde que el presidente Nixon elevara a categoría de política nacional la reacción a los lisérgicos y reivindicativos preceptos sesenteros sobre la “Ley y Orden”.

DETENCIÓN Y FUGA

En torno a su de su detención hay una cadena de sospechas: “Había luces y sirenas –escribe Assata-. Zayd estaba muerto. El aire era como cristal frío. Me sabía la boca a sangre y a tierra. El coche daba vueltas a mí alrededor. Poco después, se apoderó de mí algo parecido al sueño. De fondo, me parecía oír algo como disparos. Pero perdía la conciencia y soñaba”. Es así, como arranca esta autobiografía, gracias al cual las autoridades norteamericanas supieron en 1987 que la fugitiva militante de del Ejército de Liberación Negra, y acusada del asesinato de un policía en 1973 durante el incidente anterior, llevaba tres años viviendo en Cuba.

La activista, en 1973 fue detenida en un control de carretera en Nueva Jersey cuando viajaba en coche junto a otros dos militantes, en el que se produjo un tiroteo donde murieron un policía y uno de sus compañeros. Ella resultaría gravemente herida. Lo que siguió fue, según relataron ella misma y diversas organizaciones por los derechos civiles, “una farsa de juicio en la que resultaría condenada a prisión en 1977 bajo cargo de asesinato”. Desde el incidente del coche hasta la sentencia permaneció en condiciones lamentables en prisiones estatales y federales, donde fue torturada y humillada en multitud de ocasiones –siempre según ella misma relata en este libro-. ¿La paranoia nixoniana estaba en su apogeo y el FBI, pese a la muerte del inquisidor de los movimientos de liberación J Hoover, se aplicaba sin desmayo?

En 1979 se fugó de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, Nueva Jersey. Hasta 1984 viviría en la clandestinidad. Ese año escapó a Cuba, donde le fue concedido asilo político. Es allí donde escribió esta vibrante y optimista autobiografía, en la que reivindica su trayectoria y se pregunta cómo es posible considerarla un peligro tras el relato de las infamias que, “por ser negra”, padeció. Si ese era el leitmotiv del libro, fracasó, pues en 2005 fue agregada a la lista de terroristas del FBI, en la que se ofrece un millón de dólares por su captura y ahora se ha doblado

Su vida causa adeptos y detractores, pero sus palabras conforman ya verbo para la Historia contemporánea de los derechos civiles –a favor o en contra- en un libro que alterna capítulos dedicados al germen de su causa con otros donde acomete su encarcelamiento, trabas judiciales a las que tuvo que enfrentarse, entretejiendo su propia experiencia con la de millones de personas y analizando las causas de un racismo que tampoco se puede desvincular de un sistema que margina al “diferente”. En modo alguno es una biografía complaciente, e incomodará –y causará infinidad de controversias- entre quienes defiendan las versiones oficiales y aquellos que se ocupen de las oficiosas. Tampoco pone en un pedestal la lucha armada, ni da detalles de su fuga sino que cuestiona una sociedad racista donde ser “distinto” se paga con la exclusión”

CUBA, CONTRA EL RACISMO…

Su voz no se ha sofocado. Aunque los hermanos Castro y su proverbial odio americano les haga abrazar “voces” y “reivindicaciones” que puedan no compartir, ASSATA continúa en su lucha contra el racismo y la segregación racial. No en vano, en la Isla –con cineastas que saben escorar los mandatos del régimen se rodó una película-documental sobre Shakur, “Ojos del arco iris”, escrita y dirigida por la cineasta cubana Gloria Rolando, apareció en 1997. De forma paralela, el mundo jurídico ha seguido girando y la Conferencia Nacional de Abogados Negros y Mos Def se encuentran entre las organizaciones profesionales y artistas para apoyar a Assata Shakur. Las “Manos Fuera de Assata” es una campaña está organizada por Dream Hampton. Artista de Hip-hop Common que registró como homenaje a Shakur, con el apoyo de su álbum : “A Song for Assata“. Muchos otros grupos han grabado canciones similares a favor de la causa de Skakur, que a su vez se ha manifestado como firme defensora del rap y la comunidad musical del hip-hop…. Sea como fuere; esté donde esté; y haya hecho lo imputado o erróneo que se le atribuye, es innegable que para la comunidad negra supone “una causa célebre”

 

Assata Shakur, la Pantera huida

 

Ha querido el todopoderoso FBI darle más relevancia a la traducción al español de la autobiografía de Assata Shakur. A primeros de mayo, la agencia federal de investigación elevó a dos millones de dólares (1,53 millones de euros) la recompensa por alguna pista sobre el paradero de esta antigua activista del revolucionario Partido de los Panteras Negras, a la que además situó en la lista de los 10 terroristas más buscados (es la única mujer en esa clasificación). ¿Quién es Assata Shakur? El libro que ha editado Capitán Swing (20 euros) es el relato en primera persona de alguien que se declara inocente del asesinato del policía Werner Foerster, por el que fue condenada a cadena perpetua en 1977. Assata se fugó de la prisión de Clinton, en Nueva Jersey, el 2 de noviembre de 1979, y tras un lustro de huidas se marchó a Cuba. En 1987 escribió Una autobiografía.

Assata arranca su relato cuando se encuentra en estado crítico, herida de bala, tirada en el suelo mientras espera ser trasladada a un hospital. Era el 2 de mayo de 1973, una pareja de policías dio el alto al coche en el que ella viajaba con dos amigos. Se produjo un tiroteo que acabó con la vida de un agente y de uno de los compañeros de Assata, Zayd Shakur. Esta mujer nacida en Nueva York el 16 de julio de 1947 como Joanne Chesimard alterna en su autobiografía los capítulos sobre su vida desde que era “un bebé gordito y alegre”, con los que detallan su vía crucis judicial, hasta seis causas, de las que sale inocente una tras otra porque las acusaciones no tienen consistencia. “Todos los casos se desmontaron”, señala Ethel Odriozola, una de las dos traductoras de la obra (junto a Carmen Valle) y a quien ha llamado la atención cómo Assata cuenta el horror de su vida en prisión con un estilo sencillo, “sin concesiones a metáforas”. “Me parece un personaje fascinante”.

Tras cuatro años de cárceles en condiciones terribles, palizas y torturas psicológicas incluidas, Assata es condenada por el suceso de la autopista de Nueva Jersey, aunque “las pruebas demuestran que ella no pudo hacerlo”, añade Odriozola. En el juicio se constata que le dispararon en la clavícula cuando estaba sentada en el coche y tenía los brazos en alto; varios expertos declararon que no había residuos de pólvora en sus dedos, ¿cómo pudo disparar a alguien? Demasiadas dudas, pero “era un momento en la historia de Estados Unidos y un caso por el que no podían dejarla escapar”. Sus abogados estaban convencidos de que el racismo estaba detrás de la sentencia.

El libro es también un paseo por la convulsa sociedad de EE UU de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. La de los movimientos revolucionarios que lucharon contra la vergüenza de la segregación racial, en ocasiones con las armas en la mano. La de un brutal sistema penitenciario en el que se mantenía el lodo del semiesclavismo, con presos empleados como trabajadores sin sueldo. La de la guerra sucia del FBI, que a través de un programa de contrainteligencia desbarató las organizaciones de izquierdas que nacieron al calor de la contracultura.

“Esta autobiografía es muy conocida en EE UU y cuando se estudia a los autores negros en las universidades está siempre ahí”, explica Odriozola. La publicación de esta clase de obras por Capitán Swing, editorial nacida en 2009 con una propuesta “contracultural y disidente”, busca analizar las dinámicas sociales del pasado para ayudar a comprender el presente, cuenta su editor, Daniel Moreno. Quizá la razón del éxito y las sucesivas ediciones de Una autobiografía en el país de Assata esté en el estilo de la autora, “que no cae en lo fácil de quedar bien”, sino que muestra sus errores, lo que piensa cuando era una adolescente, como su apoyo a la guerra de Vietnam, y cómo va evolucionando hasta forjar su carácter indómito. Otro atractivo del texto es que a pesar de las asperezas que desgrana, deja pequeños espacios para las situaciones tiernas, para los sentimientos.

El libro se completa con un glosario para que el lego en la materia sepa, por ejemplo, quién fue Elmer Pratt, un pantera negra que pasó 27 años en prisión acusado en falso de asesinato, o hasta qué año tuvieron vigencia las leyes de segregación racial Jim Crow. Si a Assata le llega algún día este libro podrá comprobar cómo suena en español, el idioma del país en el que vive escondida, lo que escribió hace 26 años, la historia de su vida.

Una autobiografía

 

Assata Sahkur es activista afroamericana. Fue miembro del Black Panther Party. Fue detenida, torturada y encarcelada bajo falsas acusaciones y escribió su autobiografía oublicada en el año 2000. Por vez primera de edita en español gracias a la traducción de Carmen Valle y Ethiel Odriozola, y a la edición de Capitan Swing libros. Conversamos con Carmen Valle sobre este interesante personaje del movimiento afroamericano de los años 70 y que, a principios del mes de mayo de 2013, EEUU nuevamente la colocó en su lista de los 10 terroristas más buscados. La foto está tomada de la web de Assata Shakur. Algunos artículos sobre Assata en Rebelión y aquí, y sobre el libro en Diagonal.

 

 

Assata Shakur: ¿cuál es la amenaza que represento?

 

La inclusión en la lista de terroristas más buscados de Estados Unidos de Assata Shakur, militante del Movimiento de Liberación Negra y acusada falsamente del asesinato de un policía hace cuatro décadas, es en realidad un mensaje de criminalización contra los movimientos que se atreven a hablar contra la violencia del sistema o que insisten en su derecho a la autodefensa.

El anuncio fue hecho por el agente especial del FBI Aaron Ford el 2 de mayo de 2013, 40 años después del homicidio en cuestión. Assata es la primera mujer que entra a esta lista. En la misma conferencia de prensa, el teniente de la policía estatal de Nueva Jersey, Mike Rinaldi, anunció un aumento en la recompensa por su captura, de un millón a dos millones de dólares.

Cuando Barack Obama llegó a México -el mismo día-, no cabe la menor duda de que él y su procurador Eric Holder ya habían aprobado esta mentira sobre la historia de lucha de Assata, que no sólo la criminaliza a ella sino, por extensión,  a todos los hombres y mujeres que participaron o participarán en la lucha de la liberación negra en Estados Unidos.

 

Pasos en la lucha de Assata Shakur

En los años sesenta, Assata participó brevemente en los movimientos estudiantiles, comunitarios y anti-guerra; también conoció a diversas organizaciones del Movimiento de Liberación Negra antes de unirse a los Panteras Negras en 1970.

Shakur cuenta en su autobiografía que, cuando estaba de visita con los Panteras en Oakland, se sintió muy afectada por el asesinato del joven Jonathan Jackson y le dio gusto que los Panteras hicieran una guardia de honor en su funeral. Señala: “Hace falta que alguien defienda a la gente negra para que no seamos víctimas para siempre, pensé. Si sigo siendo una víctima, esto me va a matar. Ya era hora de hacer algo con mi vida. Quería ser una de las personas que defendían al pueblo.Lo pensé durante todo el viaje de regreso a casa. De todas las cosas que yo había querido ser cuando era niña, una revolucionaria definitivamente no era una de ellas. Ahora es lo único que quería hacer”.

Al llegar a Nueva York, Assata vendió periódicos, trabajó con Joan Bird en proyectos de salud y, aún cuando le costaba mucho trabajo levantarse a las 4:30 cada mañana para preparar desayuno para los niños, gozaba profundamente las actividades. Su grupo en Harlem tenía programas en tres distintas iglesias y ella se turnaba entre las tres, siempre aprendiendo algo de los niños.

Al hablar con su amistad con Zayd Shakur (Pantera Negra, de cuyo asesinato el gobierno la culpó), señaló: “Nunca dijo una sola mala palabra sobre ningún compañero. Yo lo respetaba porque se negó a ser parte del culto al machismo que era parte del Partido. Siempre me trató a mí y a todas las otras hermanas con respeto. Nos comunicábamos a un nivel tan intenso y honesto que después me preguntaba si era real”.

Assata salió del partido cuando se produjo una escisión muy fuerte -en parte impulsada o exacerbada por las actividades de contrainsurgencia de la división del FBI llamada Cointelpro, que enfoca su trabajo encubierto contra los movimientos disidentes. Aún así, la policía la buscaba constantemente para interrogarla y ella se vio obligada a vivir en la clandestinidad.

De este periodo de su vida dice que: “Durante los siguientes años viajé mucho y conocí a mucha gente hermosa, tan hermosa que me devolvió la fe en la naturaleza humana…Me quedó claro que el Ejército de Liberación Negra (BLA, por sus siglas en inglés) no era un grupo organizado y centralizado con una cadena de mando. Por el contrario, hubo varias organizaciones y colectivos trabajando en diferentes ciudades, y en algunas grandes había varios grupos trabajando independientemente. Muchas personas llegaron a la vida clandestina por haber sido obligadas a esconderse, pero las hermanas que quedaron se unieron a estos grupos por su compromiso con la revolución y la lucha armada, y porque querían ayudar a construir el movimiento armado en amérika”.

La militante señala, sobre su pensamiento sobre la lucha armada, que: “Los grupos tenían diferentes ideologías, diferentes niveles de consciencia pública y diferentes ideas sobre cómo realizar la lucha armada. Muchos hermanos estaban dispuestos a pelear hasta la muerte; eran inteligentes, valientes y dedicados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio, pero muy pronto entendimos que el valor y la entrega no eran suficientes. Algunos querían un enfrentamiento de vida o muerte con la estructura de poder a pesar de estar débiles y mal preparados. No entendieron que la lucha armada sola nunca va a traer una revolución, hace falta el apoyo de las masas. Pensé que lo más importante era organizar y construir esto pero no me oponía a unas acciones bien planeadas y ejecutadas que la gente negra pudiera entender y apoyar”.

A partir de 1971, la imagen de Assata apareció en periódicos y paredes de toda la ciudad de Nueva York, con acusaciones de robos de bancos y asesinatos de policías. Cuando el ex jefe de policía Robert Daley publicó su libro Target Blue, en febrero de 1973, sus descripciones de supuestos asesinatos de policías por el BLA estaban ilustradas con fotos de Assata.

 

Incidente en la autopista de Nueva Jersey

El 2 de mayo de 1973,  Assata Shakur, Zayd Malik Shakur y Sundiata Acoli hicieron un viaje en un coche. Fueron detenidos en la autopista de Nueva Jersey por la policía bajo el pretexto de traer una calavera dañada y por su apariencia “sospechosa” como negros. Se desató una balacera en la que los policías asesinaron a Zayd y dispararon a  Assata por la espalda,  hiriéndola gravemente mientras ella tenía las manos arriba.  Assata y Sundiata fueron detenidos y acusados del asesinato del policía Werner Foerster, quien también murió en la balacera. Y para colmo, los dos fueron acusados del asesinato de su propio compañero Zayd. Durante varios días, Assata fue golpeada y torturada en el hospital.

En una carta posterior, Assata Shakur se identifica como una cimarrona del siglo XX y comenta sobre las acusaciones en su contra: “Nunca en mi vida había sentido tanto duelo. Zayd juró protegerme y ayudarme a llegar a un lugar seguro, y quedó claro que él perdió la vida intentando protegerme a mí y a Sundiata. Aunque [Sundiata] no llevaba arma y el arma que mató al policía Foerster fue encontrada debajo de la pierna de Zayd, Sundiata fue capturado y  acusado de las dos muertes. Ni Sundiata Acoli ni yo tuvimos un juicio imparcial. Nos encontraron culpables en los medios de comunicación mucho antes de que se hicieran los procesos”.

El 4 de julio de 1973, mientras se recuperaba de sus heridas, Assata Shakur grabó un mensaje titulado “A mi pueblo”. Shakur declaró en el mensaje: “Hermanos negros, hermanas negras, quiero que sepan que los quiero y espero que en algún rincón de su corazón me quieran a mí también. Me llamo Assata Shakur (nombre de esclavo, Joanne Chesimard) y soy una revolucionaria. Una revolucionaria negra. Declaré la guerra contra los ricos que prosperan con nuestra pobreza, contra los políticos que nos mienten con las caras sonrientes, y contra todos los robots mecánicos sin corazón que los protegen a ellos y su propiedad”.

En la grabación, la militante señaló respecto a las acusaciones que “igual que a todos los revolucionarios negros, amérika pretende lincharme. Soy una mujer negra y revolucionaria, y por eso, me acusan de todos los crímenes en los cuales sospechan que una mujer participa. Con respecto a los crímenes cometidos por hombres, me acusan de planearlos. Soy una revolucionaria negra y, por eso, integrante del Ejército de Liberación Negra”.

La grabación dejó clara la perspectiva revolucionaria de Assta: “Los cerdos usan sus periódicos y canales de televisión para pintarnos como criminales despiadados y brutales, como perros rabiosos. Nos dicen asesinos, pero nosotros no asesinamos a Martin Luther King, Emmett Til, Medgar Evers, Malcolm X, George Jackson, Nat Turner, James Chaney y cientos más. Nos dicen ladrones, pero nosotros no robamos a millones de personas negras de África. Tampoco robamos o asesinamos a millones de indígenas para luego tomar sus tierras y llamarnos pioneros. Hay y siempre habrá, hasta que cada hombre, mujer, niña y niño negro esté libre, un Ejército de Liberación Negra. Hay que defendernos. Hay que ganar nuestra libertad por los medios que sean necesarios. No tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas”.

 

¿Qué está detrás de la nueva ofensiva?

En una reciente entrevista con Democracy Now, el aclamado abogado Lennox Hinds afirma que no existió una pizca de evidencia que indicara que Assata disparó a Foerster o que cometió cualquier otro acto de terrorismo. Debido al daño que tiene en un nervio por un balazo, es sido imposible que ella haya disparado un arma.

Después, uno de los policías confesó que mintió en su declaración contra Assata. Hinds opina que al ponerla en su lista de los terroristas más buscados ahora, el FBI simplemente pretende inflamar a la opinión pública en su contra. Destaca que ella, igual que sus compañeros,  fue objetivo del programa Cointelpro, operado por J. Edgar Hoover, quien buscaba evitar el desarrollo de una sublevación tipo “Mau-Mau” en Estados Unidos. Es decir, Hoover no quería un movimiento de liberación nacional en su territorio parecido al que ocurrió en Kenya en los años cincuenta.

Sundiata Acoli lleva 40 años en prisión y está claro que el gobierno no tiene la menor intención de permitirle salir bajo libertad condicional aunque él, desde hace dos décadas, cumplió con todos los requisitos. En la página de Acoli se pueden leer sus brillantes análisis del sistema carcelario, los efectos del aislamiento prolongado sobre una persona y los movimientos en los que él participó.

Assata, por su lado, después de pasar seis años y medio en prisión, se fugó de esas condiciones de exterminio con la ayuda de sus compañeros, para gran deleite de muchos amantes de la libertad en varias partes del mundo.  Desde 1984 está exiliada en Cuba. Se describe como una cimarrona que vivirá y morirá como una esclava rebelde.

Encolerizados por su fuga y seguramente por los numerosos tributos que Assata Shakur recibe de artistas de hip hop como Common, Mos Def, Dead Prez, Michael Franti y otros simpatizantes, los policías de Nueva Jersey nunca dejaron de promover su captura. El 2 de mayo de 2005, fue nombrada “terrorista doméstica” y el FBI puso un precio a su cabeza por un millón de dólares.

En ese entonces, Mumia Abu-Jamal escribió: “Durante siglos, nada ha despertado la furia estadounidense tanto como la fuga de un esclavo. Esto no sólo es cierto con respecto a la historia lejana. Por atreverse a zafarse de sus cadenas y fugarse de una esclavitud brutal e injusta, Assata ahora es llamada ‘terrorista’ por el Imperio. Esto es porque, para los poderosos, nada es más aterrador que la resistencia a su voluntad imperial.  Por lo que se refiere a los terroristas, si en verdad quieren encontrar unos, no debería ser muy difícil encontrarlos. Sólo tendrían que revisar la Casa Blanca”.

De cierta manera, la nueva embestida contra Assata Shakur se puede entender como un burdo espectáculo mediático en una absurda guerra contra el terrorismo, dado que ella ni siquiera se encuentra en el país –si no fuera por los enormes y destellantes anuncios en las carreteras que incitan a cualquier mercenario a viajar a Cuba para secuestrarla o simplemente asesinarla.  El peligro para ella no es nada irreal.

Pero como en todos los casos políticos, las amenazas, castigos  y persecuciones no sólo se dirigen contra las luchadoras sociales; tienen el propósito de atacar a movimientos, clases y pueblos enteros al sembrar miedo entre la gente propensa a rebelarse. La activista e intelectual Angela Davis, entrevistada en Democracy Now, opina que este nuevo atropello contra Assata Shakur también tiene el propósito de espantar a las personas involucradas en luchas por la educación y la salud, o contra la violencia policial y el encarcelamiento masivo.  Scotty Reid, de Black Talk Radio, asevera que la maniobra es un mensaje a las comunidades negras en el sentido de que se penalizará a cualquier persona que levante la voz contra la violencia del sistema o que insista en su derecho a la autodefensa. Quien participe en un incipiente movimiento puede ser tachado de terrorista.

 

El FBI miente

Las declaraciones del agente especial del FBI, Aaron Ford, el pasado 2 de mayo, destacan la naturaleza política de la caza de Assata Shakur. Dice: “Al vivir de manera abierta y libre en Cuba, mantiene y promueve su ideología terrorista. Produce discursos contra el gobierno de Estados Unidos que divulgan el mensaje de revolución y terrorismo del Ejército de Liberación Negra”.

Como ejemplos de su “ideología terrorista”, citamos algunos de los mensajes enviados por Assata. En un mensaje que ella envió en su ampliamente festejado cumpleaños el 16 de julio del 2007, señaló: “Tengo 60 años y es poco probable que viva para ver a mi pueblo libre de opresión y represión. Pero estoy totalmente convencida de que nuestro sueño colectivo de libertad será realizado un día. Le ruego sinceramente a la juventud que desarrolle sus habilidades,  que amplíe la conciencia y que perfeccione sus capacidades para analizar la realidad. Los africanos que conspiraron con  el comercio europeo de esclavos para vendernos y sumirnos en la esclavitud fueron seducidos con baratijas. Espero que nuestros jóvenes no sigan cayendo en las mismas trampas”.

En el mismo mensaje de cumpleaños, Assata aseveró que “creo que es nuestro deber colectivo hacer de la libertad una realidad. Creo de verdad que es posible terminar con la opresión y la represión en este planeta. Si nos vemos como ciudadanos del planeta y ciudadanos del mundo, será más fácil salvar el planeta y reconocer los derechos humanos de los seres humanos alrededor del mundo”.

En 2008, al escuchar que la policía de Nueva Jersey pidió al papa Juan Pablo II su intervención en facilitar la extradición de Assata, ella le escribió una carta donde preguntó: “¿Cuál es la amenaza que represento?” Luego le informó sobre los hechos de su vida y su caso, pero dejó en claro su compromiso con “cambios revolucionarios en la estructura y principios que rigen los Estados Unidos”, la autodeterminación para su pueblo y otros pueblos oprimidos, y el fin de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política.

“Si esto es un crimen, soy totalmente culpable”, escribió Assata al papa. Le explicó que los policías de Nueva Jersey pretenden “llevarla a justicia”, pero cuestionó: “¿La tortura es justicia? A mí me mantuvieron en aislamiento total durante más de dos años, casi siempre en prisiones para hombres. ¿Ésta es justicia? Me enjuiciaron ante un jurado compuesto sólo por gente blanca, sin el más mínimo intento de imparcialidad, y luego me sentenciaron a cadena perpetua más 33 años. ¿Ésta es justicia? No busco justicia sólo para mí, sino para mi pueblo”.

Como tercer ejemplo de su “ideología terrorista”, podemos escuchar una canción que grabó en diciembre de 2010, titulada R/​evolución is love (feat assata shakur), donde  llama a una revolución de la mente, del corazón, del espíritu. Afirma que el poder del pueblo es más grande que cualquier arma. “Si nos obligan a hacerlo, pelearemos, pero la meta de la revolución es la paz. Una  r/evolución del pueblo no se puede parar. Tenemos que ser armas de construcción masiva, armas del amor masivo. R/evolución significa proteger a la gente, las plantas, los animales, el aire, el agua.  R/evolución significa salvar este planeta. R/evolución es amor”.

Una amenaza muy grande. No cabe la menor duda.

 

La mujer más buscada de América

Casualidades de la vida. Un autor publica un libro y a los pocos días ocurre algo que le pone en primer plano. Ya sea ganar el Premio Nobel, recibir el Príncipe de Asturias… o que el FBI ofrezca dos millones de dólares por tu cabeza. Lo típico, vamos. La editorial Capitán Swing publicó hace unos días la autobiografía de Assata Shakur, activista de las Panteras Negras exiliada en Cuba tras fugarse de una cárcel estadounidense en 1979. No había dado casi tiempo a que el libro llegara a las librerías cuando el FBI incluyó Shakur en su lista de los diez terroristas más buscados. Es la primera vez que una mujer entra en ese ranking. Assata Shakur tiene el dudoso honor de formar parte de una lista reservada casi en exclusividad a miembros de Al Qaeda.

 

El 2 de mayo de 1973, hace ahora 40 años, Shakur fue detenida en New Jersey tras verse involucrada en un tiroteo en el que murieron un policía y un activista de las Pantera Negras. Fue condenada por el asesinato del agente en un juicio con dudosas garantías procesales: todos los miembros del jurado eran blancos y no se presentaron pruebas concluyentes contra ella. Eran los años de la lucha sin cuartel del FBI contra las disidencias sesenteras. Por las buenas o por las malas. En 1979, Shakur se fugó de la cárcel. Obtuvo asilo político en Cuba en 1984. Cuatro décadas después, las autopistas de New Jersey se han llenado de carteles con la cara de Shakur y un número de teléfono del FBI. ¿Por qué ahora? Suena raro que Shakur, que tiene 65 años y parece destinada a morir en Cuba, se haya convertido de pronto en una amenaza para la seguridad de EEUU. Los misterios del FBI son inescrutables, aunque se especula con tensiones geopolíticas de fondo: el caso viene enrareciendo las relaciones entre EEUU y Cuba desde los años ochenta. Washington califica a Shakur de “terrorista” respaldada por Cuba y La Habana de “perseguida política”, en palabras de Fidel Castro en 2005. Su caso demuestra también que las heridas del enfrentamiento entre los movimientos de liberación negros y el FBI en los años sesenta y setenta aún no han cicatrizado pese a la llegada de Barack Obama a la presidencia.

Hasta aquí la crónica de sucesos. Ahora vamos con el contexto histórico. O sea, con la biografía. Angela Davis, legendaria activista de las Pateras Negras, dice en el prólogo que “el rediseño de la imagen de Assata como enemiga pública omite el contexto político original y la retrata como una delincuente común, ladrona de bancos y asesina”.  No es extraño, por tanto, que la autobiografía, que bascula entre lo personal (su infancia en el Sur) y lo militante (de las Panteras Negras a su duro paso por las cárceles de su país) funcione como contrapunto a esta imagen de asesina sin historia.

 

“El FBI no puede encontrar ninguna prueba de que yo nací. En el pasquín de búsqueda y captura, ponen como fecha de nacimiento el 16 de julio de 1947 y, entre paréntesis, No consta partida de nacimiento. Bueno, pues yo nací”, escribe Shakur al principio de un libro centrado en la construcción de una identidad en el contexto de la falta de derechos de la población negra en EEUU. En eso se empeñó desde su más tierna infancia: en convertirse en una persona con derechos; es decir, digna. “Toda mi familia se esforzaba por inculcarme un sentido de dignidad personal, pero mis abuelos en esto eran verdaderos fanáticos. Una y otra vez me decían: ‘Tú vales tanto como cualquiera. No dejes que nadie te diga que son mejores que tú. Mis abuelos me prohibieron estrictamente que contestara Sí, señora y Sí, señor, o que me mirara a los zapatos e hiciera gestos serviles al hablar con los blancos. ‘Cuando hables con ellos, les miras a los ojos’, me decían”.

Los puntos álgidos del libro no corresponden a su militancia política o a sus problemas con la justicia, sino a aspectos mucho más cotidianos relacionados con su infancia y adolescencia en los estados del Sur. El anecdotario no tiene desperdicio.

Primero: “Un año todos llevaban chapas en sus abrigos. Yo elegí una de Elvis Presley. Todos los niños de la escuela pensaban que Elvis molaba. Lleve esa chapa religiosamente durante todo el invierno, y ese verano, cuando fui al Sur, fui a ver una de sus películas. En Wilmington sólo había un cine al que pudieran ir los negros… Cuando terminó la película, fui abajo. Todos los niños blancos se iban con fotos del cantante que habían comprado. Si los niños blancos podían tener una fotos de Elvis, yo también. Al menos, lo iba a intentar. Me fui directa a la sección blanca del cine. ¡Qué sorpresa me llevé! Era como los cines de Nueva York. Tenían máquina de refrescos, otra de palomitas con mantequilla y todo tipo de patatas fritas, chucherías y cosas. Arriba en la sección de color, sólo había las mismas palomitas sosas de siempre, algunas barritas y nada más. En cuanto entré, todo se detuvo. Todo el mundo me miraba. Me acerqué al mostrador donde vendían las fotos. Antes de que pudiera abrir la boca, la vendedora me dijo: ‘Estás en la sección equivocada’. Quiero comprar una foto de Elvis Presley, dije. ‘¿Qué has dicho, perdona?’”. Conclusión: la pequeña Assata tenía coraje.

Y otro: “En 1950, el Sur estaba totalmente segregado. La gente Negra tenía prohibido ir a muchos sitios, y eso incluía la playa. A veces recorrían todo el trayecto hasta Carolina del Sur sólo para ver el mar… El nombre popular de la playa era Bob City, aunque mis abuelos insistían en llamarla la Playa de Freeman. A lo largo de mi infancia, ese apellido no tuvo mayor significado. Era como cualquier otro. No fue hasta que me hice mayor y empecé a leer Historia Negra cuando me di cuenta de su importancia. Después de la esclavitud, muchas personas Negras se negaron a usar los apellidos de sus amos y prefirieron llamarse Freeman, que significaba literalmente hombre libre… A la playa venía mucha gente pobre. Normalmente venían con un montón de niños y no tenían trajes de baño. Nadaban con la ropa que llevaban puesta. Muchos decían ‘No puedo soportar el sol’, ‘Ya soy bastante Negro, yo no me pongo al sol’. Era increíble la cantidad de gente que decía  que eran demasiado Negros. Los mirábamos como si estuvieran locos, porque a nosotros nos encantaba el sol”.

 

El texto abunda en pequeños detalles sobre las barreras (visibles e invisibles) para hacerte un sitio en la sociedad cuando partes desde la marginalidad. El racismo no era únicamente no poder acceder a ciertos trabajos o entrar en ciertos lugares, sino también un sistema destinado a mantener tu autoestima bajo mínimos. “Desde que era pequeñita, recuerdo que la gente Negra decía: Los negratas son una mierda. Ya sabes lo vagos que son los negratas. Todo el mundo sabía lo que a los negratas les gustaba hacer después de dormir: dormir. A los negratas no les importa nada. La lista seguía y seguía. En general aceptábamos que estas afirmaciones eran verdad hasta cierto punto”. Conclusión de Shakur: los blancos “nos habían lavado el cerebro a todos y ni siquiera nos dábamos cuenta. Aceptábamos los sistemas de valores blancos y los estándares de belleza blancos y, en ocasiones, aceptábamos la visión del hombre blanco sobre nosotros mismos. Nunca habíamos tenido contacto con ningún otro punto de vista”.

En ese contexto, el shock cultural que se produjo en su cabeza cuando a mediados de los sesenta entró en contacto con revolucionarios negros fue de antología.  El resto es historia (la de las Panteras Negras) y crónica de sucesos, aunque nada plasma mejor la transformación de AssataShakur en otra persona (la activista política o la peligrosísima criminal que tiene en vilo a América, según prefieran) que un detalle tan tranquilizadoramente banal como un cambio de peinado en sus años universitarios: “Un día, un amigo me preguntó por qué no me dejaba mi pelo natural, afro. La idea ni siquiera se me había ocurrido antes. Pero cuanto más lo pensaba, mejor me sonaba. Siempre había detestado plancharme el pelo. Cuántas noches había pasado intentando dormir con rulos, envuelta en paños que se me hundían en la cabeza como un torniquete… La gente tiene razón cuando dice que lo que cuenta no es lo que tengas sobre tu cabeza sino dentro de ella. Puedes ser una persona revolucionaria y llevar el pelo planchado. Y puedes tener el pelo afro y ser un traidor a tu gente. Pero, para mí, cómo vistas y el aspecto que tengas siempre refleja lo que quieres decir de ti misma. Cuando pasas toda tu vida maltratando tu pelo para que parezca de otra raza, estás haciendo una declaración muy evidente. Da igual si es el rizado engominado, rizos artificiales o lo que sea, estás haciendo una declaración”, zanja.

Y AssataShakur se dejó el pelo a lo afro. Y se armó el quilombo. Más tarde el afro se pondría de moda y un negro llegaría a la Casa Blanca (y no precisamente a servir los cafés). Pero por el camino mucha gente se dejó la vida en el intento.Y la cosa, por lo visto, aún colea.

 

 

 

Assata Shakur: nosotros y ellos

En algunos barrios de Nueva Orleans es habitual que la gente se salude por la calle, como si se conocieran desde hace tiempo. Incluso si te incorporas a la rutina de forma ocasional el protocolo funciona. Una amiga cuenta que es un mecanismo de defensa social, una forma de protegerse. La amenaza viene en forma de noticias constantes sobre violencia que tratan de generar miedo y que proyectan las televisiones estadounidenses con machacona reiteración. Puede ser tras lo ocurrido en Boston, tras el secuestro de unas chicas en Cleveland o tras el desfile del día de la madre en la propia Nueva Orleans. Se trata de generar una permanente sensación de paranoia y desconfianza en la sociedad.

 

“Si nos saludamos vamos construyendo un nosotros cada vez más amplio y esto nos genera la confianza de que cada vez hay menos de ellos”, dice la amiga. Ellos son los que disparan, los que ponen bombas o los que pretenden difundir terror e inseguridad por la televisión. Quizá ellos también son los que dirigen el engranaje de gestión de los pánicos, porque para esta amiga esa lógica también tiene que ver con la proyección militar de su país, con la cultura de la violencia, con la posesión de armas, con la exclusión y con la marginación de las mayorías. Con las formas dominantes de ser y estar en Estados Unidos. Frente a la supervivencia del más fuerte, saludarse abre la posibilidad de tenerse en cuenta como sujeto, de asegurar un mínimo afecto, de encontrarse en un lugar común, de perder la desconfianza. No es mucho, pero es algo (o al revés, dependiendo de para quién). Un nosotros en construcción permanente, con vocación cotidiana de ampliarse. Una acción.

Assata Shakur cuenta en su autobiografía (Capitán Swing, 2013) su proceso vital. El de una afroamericana que crece en una sociedad racista donde la segregación es la atmósfera que desayunan, comen y cenan millones de personas, de todas las edades, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en el autobús o en los servicios de una gasolinera. Con la mayoría de edad ella va conformando su conciencia política. En un momento dado, Assata se une a las luchas por la liberación de su gente. Pasa por distintas organizaciones hasta llegar al Ejército de Liberación Negro. En su condición de militante “clandestina” se ve envuelta en un tiroteo inesperado cuando dos policías blancos paran el coche en el que circula con varios compañeros que termina con la muerte de un agente y un compañero de organización. A partir de ahí Assata relata la ponzoña de un sistema judicial y policial plagado de lodos, falto de garantías y atravesado por la supremacía racial y económica. Entonces como ahora, la población carcelaria de Estados Unidos es mayoritariamente afroamericana y pobre.

Cuando se habla o escribe de política la forma es protagonista. No es un tema menor. Ocurre con excesiva frecuencia que el ensayo viene acompañado de una reivindicación absoluta del autor, que quiere mostrarnos en primera persona lo guapo que sale en la fotografía a través de su propio protagonismo en el relato. Esta concepción de la literatura política es muy habitual también cuando se cuentan aventuras políticas del pasado en primera persona. La autobiografía de Assata tiene, entre otras virtudes, que no cae en la tentación ni del ego ni de la autoadulación, en singular o en plural. Ni la suya ni la de los entornos políticos que de alguna manera compartía. Al hilo de algunas críticas de revolucionarios pontificantes señala: “Su total y equivocada arrogancia me asqueaba”.

 

Cuarenta años después del fatal encontronazo en la carretera de condado estatal de Nueva Jersey por el que Assata fue acusada del asesinato del agente Werner Foerster, y casi treinta desde que Assata se exilió a Cuba (tras escaparse de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County) el FBI la ha renovado en la lista Most Wanted Terrorists de Estados Unidos. La recompensa por su captura es de dos millones de dólares, la única mujer en la lista de “terroristas más buscados” por el FBI. El coronel Rick Fuentes, actual “superintendente de la policía” en Nueva Jersey, dijo que el caso de la fugitiva es “una herida abierta para los agentes” del condado. Cuando en 2005 el FBI publicitó la busca y captura de la activista afroamericana la apuesta económica era de un millón de dólares por cortar la cabellera de Assata. El coronel Joseph R. Fuentes, entonces superintendente, declaró: “la recompensa deberá hacer a Chesimard (Assata Shakur) una presa mucho más atractiva para los cazadores de recompensas profesionales.” En este caso, el ellos es el FBI, el sistema judicial estadounidense y la fascinación norteamericana por mantenerse en las lógicas justicieras de las películas de vaqueros.

 

Assata no fue declarada culpable de asesinato, sino de “ayuda o aliento” del crimen. En el juicio se declaró: “Los análisis de Activación de Neutrón hechos inmediatamente después de que Assata fuera llevada al hospital aquella noche mostraron que no había residuos de pólvora en sus manos. Refutando efectivamente la posibilidad de que ella hubiese disparado una pistola. (Los análisis oficiales fueron admitidos como evidencia)”. Presidía la corte el juez Theodore Appleby y el jurado estaba compuesto en su totalidad por ciudadanos blancos, algunos de los cuáles tenían relación personal con la policía de Nueva Jersey.

 

Stanley Cohen era uno de los abogados de Assata en el juicio que se celebró contra ella en 1977. Cohen tenía un plan para su defensa, apoyado en nuevas revelaciones y documentos que le habían “entusiasmado”. Sin embargo, Cohen apareció muerto días antes de iniciarse la vista contra Assata, y las circunstancias de su muerte todavía no están claras. El Departamento de Policía de Nueva York se quedó con parte de la documentación encontrada en su casa, entre ellos los apuntes con la estrategia del juicio. Al juez Appleby no le pareció relevante el caso en relación al proceso contra Assata. A pesar de que era conocido que existía un plan gubernamental de contrainteligencia (llamado COINTELPRO) cuyo actuar contra el movimiento negro consistía en contaminarlo, asfixiarlo y aniquilarlo sin contemplaciones.

 

a autobiografía de Assata Shakur se publicó en inglés en 1984, escrita desde Cuba. Ahora la editorial Capitán Swing la publica en castellano y hace un regalo a los lectores con voluntad de enriquecerse de reflexiones, personales y políticas. También a aquellos que quieran conocer un tiempo que, a pesar de los años transcurridos, no es tan diferente del actual. Incluso con Obama en la Casa Blanca, Oprah Winfrey en prime time y LeBron James anunciando refrescos con gas en multitud de publicidades y promociones. Pero el libro es mucho más que un documento en contra de la injusticia de su proceso judicial. Es una mirada, un tacto, una atmósfera y una historia. También un cuestionamiento honesto de ella misma y su forma de situarse en el mundo, especialmente sentido tras la lectura del trayecto vital que había recorrido -sin renunciar a nada- hasta llegar al punto en el que “las generalidades ya no me servían”.

Aplicando la teoría del saludo a otra escala, algunos movimientos sociales en Estados Unidos reivindican la situación del 99% de la sociedad frente al 1% de privilegiados que de forma más o menos directa gobiernan el país. La brecha social en aumento, dicen. La fractura no es sólo por la condición racial y el género, a pesar de que se difumine con personajes como Condolezza Rice, sino por la propia composición de clase. Las mareas de excluidos pueden ser negros, blancos, latinos o asiático americanos, como se vio al hilo del huracán Katrina. El color del dinero ya no es tan evidente como antes, pero sí sus desigualdades.

El racismo también es una concepción del mundo alrededor del nosotros y ellos. Se alimenta por la ignorancia, la manipulación, los intereses económicos y los miedos. Para esto último es necesario un soporte técnico. Las televisiones suelen ser un buen aliado, la alienación es más fácil que entre por la vista que por el oído o el paladar. A través de las pantallas se puede normalizar. Ocurre aquí, donde hay redadas policiales que identifican a ciudadanos por el color de su piel a diario. El libro de Assata es bueno por muchos motivos, también como recordatorio de un tiempo que está a la vuelta de la esquina porque no se ha ido. No es sencillo resolver el crucigrama, pero quizá saludarse por la calle es una forma muy sana de empezar a hacerlo. En Nueva Orleans, por ejemplo, algunos ciudadanos lo hacen por todos nosotros.

 

 

 

 

 

 

Assata Shakur y Cuba en la lista de terroristas más buscados

 

“Me llamo Assata Shakur, nací y me crié en los Estados Unidos. Soy descendiente de africanos secuestrados y traídos a las Américas como esclavos. Pasé mi primera infancia en el sur racista y segregado. Más tarde me mudé al norte del país y me di cuenta de que allí los negros eran igualmente víctimas del racismo y la opresión. Crecí y me transformé en una activista política, participé en las luchas estudiantiles, en el movimiento contra la guerra y, sobre todo, en el movimiento de liberación de los afroamericanos en Estados Unidos. Después me afilié al Partido de las Panteras Negras, una organización que fue perseguida por el programa COINTELPRO, un programa creado por el FBI para eliminar toda oposición a las políticas del gobierno estadounidense, destrozar el Movimiento de Liberación Negra en los Estados Unidos, desacreditar a los activistas políticos y eliminar a sus potenciales líderes” [1]

Estas son las palabras que Assata Shakur escribió en una carta abierta dirigida al Papa Juan Pablo II con motivo de su visita a Cuba en 1998 y a raíz de la petición de extradición del gobierno de Estados Unidos. En 1979 Shakur había escapado de la prisión de Clinton en New Jersey para recibir asilo político en Cuba en 1984. La semana pasada el FBI y el fiscal general del estado de New Jersey han redoblado su agresión imperialista situando a Assata Shakur en la lista de los 10 terroristas más buscados y ofreciendo 2 millones de dólares por su captura.

En 1973 Joanne Chesimar –como la llaman el FBI y los negreros que dieron nombre a sus antepasados– o Assata Shakur –su nombre de guerrera africana– iba en un coche por la autopista de New Jersey con otros dos activistas del Ejército de Liberación Negro (“Black Liberation Army”) cuando la policía de tráfico les dio el alto. En el encuentro se produjo un tiroteo en el que murieron Werener Foester, uno de los policías, y Zayd Malik Shakur, uno de los activistas. Shakur fue acusada del asesinato del policía a pesar de haber recibido un tiro en la clavícula que la inhabilitaba para disparar y de que no se encontró ningún rastro de pólvora o arsénico en sus ropas. El juicio contra Shakur, como ha explicado su abogado Lenox Hinds, se celebró sin respetar ninguna de las garantías procesales: todos los miembros del jurado eran blancos, los medios de comunicación ya habían hecho una campaña previa de criminalización y a pesar de que no había ninguna evidencia contra la activista afroamericana, Shakur fue condenada simplemente por ir en el coche. Por si todo esto fuera poco, Shakur fue encadenada a una cama de hospital a pesar de la gravedad de sus heridas. Cuando se recuperó, fue internada en una celda de castigo durante dos años en una prisión de alta seguridad para hombres. El día que salió la sentencia Lennox Hinds convocó una rueda de prensa y calificó el juicio de linchamiento legal. En respuesta, el Colegio de Abogados de New Jersey y el fiscal general trataron de quitarle su licencia para ejercer la abogacía. La corte suprema acabó dándole la razón a Hinds de la misma manera que distintos juicios tuvieron que absolver a Assata Shakur de múltiples cargos fabricados por el FBI de robo armado, asesinato y secuestro.

¿Qué sentido tiene entonces, cuarenta años después, colocar a Assata Shakur en la lista de terroristas más buscadas? ¿Qué tipo de amenaza representa Shakur para la seguridad de los Estados Unidos? Creo que en esta decisión hay una pedagogía doble del imperio, un mensaje hacia dentro y hacia fuera, una llamada de atención para paralizar los movimientos de resistencia y emancipación en Estados Unidos y en América Latina que pone en el punto de mira y en una situación de extrema vulnerabilidad a la activista afroamericana.

Hacia fuera, en esta decisión hay, en primer lugar, un mensaje para Cuba, pues parte de la estrategia de guerra de baja intensidad y aislamiento consiste en incluir a la isla en la lista de países terroristas: si Assata Shakur es una de las diez terroristas más buscadas por el FBI y Cuba se niega a extraditarla es porque Cuba es, en efecto, un Estado terrorista. Pretenden vendernos esta lógica ilógica a pesar de que desde el punto de vista legal la decisión de Cuba es impecable, porque, de volver a Estados Unidos, Shakur podría ser juzgada, como ya sucedió, por sus ideas políticas y por su etnicidad, no por sus supuestos crímenes.

Pero además esta decisión sucede en un contexto en el que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos podrían –y deberían—relajarse. Recientemente el gobierno Cubano decidió cambiar su política migratoria y relajar la salida y el movimiento de sus ciudadanos al extranjero. La pelota está pues en el campo de los Estados Unidos que sigue restringiendo, ahora unilateralmente, los viajes a la isla. La semana pasada además Joan Lenard, una jueza del distrito de Florida, autorizó a René González, uno de los cinco agentes cubanos injustamente encarcelados en Estados Unidos por prevenir atentados terroristas contra su país, a volver a Cuba. Por detrás de la decisión de situar a Assata Shakur en la lista de terroristas más buscados están algunos congresistas cubanoamericanos que no están dispuestos a tolerar ninguna concesión frente a la Revolución. El bloqueo y las sanciones deben continuar, el castigo no puede ceder ni un milímetro, por cada concesión como la liberación de René González una agresión, ante la posibilidad del diálogo otra bala al corazón del pueblo cubano, “the carrot and the stick”. Ese gran palo del imperialismo norteamericano no sólo es para Cuba es también para Venezuela, para el gobierno de Nicolás Maduro y para cualquier otro gobierno o movimiento social que se atreva a desobedecer a los Estados Unidos. “Terrorista” no es una palabra ni un concepto, es un “código de guerra”, un arma arrojadiza que “autoriza” al imperio para matar y torturar con impunidad allí donde los intereses económicos y políticos de su oligarquía se vean amenazados.

Hacia dentro, la agresión contra Shakur es un intento de criminalizar el activismo político en general y las campañas contra la brutalidad policial y el encarcelamiento masivo de afroamericanos y latinos en particular. En los últimos meses se han intensificado las protestas contra los asesinatos impunes de afroamericanos como Trayvon Martin, Óscar Grant, Allan Blueford o Kimani Gray. Como muy bien explica Angela Davis, la decisión de redoblar la persecución contra Assata Shakur 40 años después es una vendetta diseñada para aterrorizar a los activistas y desincentivar la militancia política, puesto que “a principios del siglo XXI estamos todavía luchando por las mismas cuestiones: violencia policial, sanidad, educación, encarcelamiento” [2]. Además de estas causas el nuevo linchamiento mediático y legal contra Shakur se produce en un momento en el que las minorías latinas están luchando por una reforma migratoria que pare la deportación masiva de inmigrantes indocumentados. Esta reforma no amenaza de ninguna manera la estructura del sistema. De hecho, en su versión más conservadora, la que defiende el congresista cubanoamericano Marco Rubio, se trata simplemente de un nuevo “Programa Bracero” a cambio de la militarización total de la frontera. Pero aún así la criminalización de Shakur es un instrumento pedagógico de inestimable valor para las clases dominantes blancas, porque traza líneas rojas que no se pueden transgredir sin ser clasificado inmediatamente como “terrorista”. En su carta a Juan Pablo II Shakur escribe:

“En este momento creo que es importante dejar algo muy claro. He abogado y todavía abogo a favor de cambios revolucionarios en la estructura y los principios que gobiernan los Estados Unidos. Defiendo la autodeterminación de mi pueblo y de todos los pueblos oprimidos dentro de los Estados Unidos. Abogo por el final de la explotación capitalista, la abolición de las políticas racistas, la erradicación del sexismo y la eliminación de la represión política. Si esto es un crimen, soy totalmente culpable”

Podemos tener un presidente negro en la Casa Blanca –qué cruel ironía—u otras formas de excepcionalismo afroamericano, lo que de ninguna manera se puede tolerar es que una mujer negra cuestione la estructura misma de poder que sigue situando a las minorías étnicas y a las clases más desfavorecidas en una posición de marginalización abyecta. Se pueden tolerar ciertos cambios cosméticos contra el sexismo, la misoginia, el racismo, la homofobia y la explotación capitalista, pero si se cuestiona la armadura del poder, su legitimidad, el espectro del pasado esclavista resucita siniestramente y sitúa los cuerpos de color en una posición de peligro, vida desnuda que puede ser extinguida sin repercusiones legales.

Entre los múltiples frentes abiertos por la campaña de criminalización contra Shakur destacan los carteles en las autopistas de New Jersey pidiendo su búsqueda y captura. Estos carteles recuerdan las postales y anuncios contra los esclavos cimarrones de las plantaciones del sur: desplegar el cuerpo de la mujer esclava, pedir su captura y su linchamiento, transformar el terror racial en un espectáculo para consumo doméstico en las autopistas o en las mesas de té mientras la clase media vuelve apaciblemente a sus casas en los suburbios de New Jersey. Esta es la “justicia” y la “democracia” que ofrece Estados Unidos: pedir la captura viva o muerta de Assata Shakur, invitar otra vez a los mercenarios de la estirpe de Posada Carriles a ejecutar actos de terror en la Isla. Frente a esta “justicia” travestida y manchada de sangre, dejemos hablar al espíritu libre de Shakur, sus palabras no se pueden detener con cadenas ni grilletes, porque están animadas por aquella memorable frase del apóstol de la independencia cubana, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”:

“¿Es la tortura justicia? Me tuvieron aislada en una celda más de dos años, la mayoría del tiempo en prisiones para hombres, ¿es esto justicia? Amenazaron a mis abogados con la prisión y los encarcelaron, ¿es esto justicia? Me juzgó un jurado enteramente blanco que ni siquiera disimuló ser imparcial y me sentenciaron a vivir en la cárcel durante más de 33 años, ¿es esto justicia? Déjenme enfatizar que no es justicia para mí lo que estoy pidiendo. Es justicia para mi gente lo que está en juego. Cuando se le haga justicia a mi pueblo, estoy segura de que se me hará a mí también”

N.B. Esta crónica hubiera sido imposible sin la ayuda inestimable, el diálogo y la alegría militante de Dennis Childs, Fatima El-Tayeb, Rosi Escamilla, Anthony Kim y Niall Twohig.

[1] http://www.democracynow.org/2013/5/3/assata_shakur_in_her_own_words

todas las citas de Assata Shakur están traducidas de esta carta.

[2] http://www.democracynow.org/2013/5/3/angela_davis_and_assata_shakurs_lawyer

 

Assata Shakur: la épica de la liberación negra

 

En los años 90, Assata Shakur escribió al papa Juan Pablo II desde Cuba. ¿Por qué soy una amenaza? ¿Por qué merezco tanta atención? El Congreso de Estados Unidos había pedido formalmente al Gobierno cubano su extradición, y pretendía utilizar un viaje del pontífice a la isla para que éste presionara. Era una de las obsesiones del FBI desde que el presidente Nixon elevara a categoría de política nacional la reacción a los lisérgicos y reivindicativos 1960, “Ley y Orden”. ¿Quién era Assata Shakur?

“Había luces y sirenas. Zayd estaba muerto. Mi mente sabía que él estaba muerto. El aire era como cristal frío. Se alzaban enormes burbujas y estallaban. Cada una parecía una explosión en mi pecho. Me sabía la boca a sangre y a tierra. El coche daba vueltas a mí alrededor. Poco después, se apoderó de mí algo parecido al sueño. De fondo, me parecía oír algo como disparos. Pero perdía la conciencia y soñaba”. Así comienza el libro gracias al cual las autoridades norteamericanas supieron en 1987 que Assata Shakur, fugitiva militante de del Partido Pantera Negra y del Ejército de Liberación Negra, y acusada del asesinato de un policía en 1973 durante el incidente anterior, llevaba tres años viviendo en Cuba.

Joanne Chesimard (que es así como se llamaba) no nació en Nueva York en 1947. Al menos para el Estado, incapaz de encontrar registro alguno de su llegada al mundo, una imagen poderosa con la que Shakur habla de la invisibilidad de los negros y de la necesidad de la lucha. Su infancia, como relata en esta vívida y sencilla autobiografía que se publica por primera vez en castellano (Capitán Swing), transcurrió entre el Sur y Nueva York, alternando casas y trabajos de miseria. El ejemplo de Martin Luther King primero y de Malcom X y su ‘Nación del Islam’ después, marcaron su trayectoria. No sólo en los fines, sino también en los medios, sobre todo tras los magnicidios de ambos.

En 1973, Shakur ya no pertenecía al Partido Pantera Negra (continuador del pensamiento de Malcom X e influido por las ideas de Frantz Fanon), sino al Ejército de Liberación Negra. Fue detenida en un control de carretera en Nueva Jersey cuando viajaba en coche junto a otros dos militantes, en el que se produjo un tiroteo en el que murieron un policía y uno de sus compañeros, y en el que ella resultaría gravemente herida. Lo que siguió fue, según relataron ella misma y diversas organizaciones por los derechos civiles, una farsa de juicio en la que resultaría condenada a prisión en 1977 bajo cargo de asesinato. Desde el incidente del coche hasta la sentencia permaneció en condiciones lamentables en prisiones estatales y federales, donde fue torturada y humillada en multitud de ocasiones. La paranoia nixoniana estaba en su apogeo y el FBI, pese a la muerte en 1972 del inquisidor de los movimientos de liberación J. Edgar Hoover, se aplicaba sin desmayo.

En 1979 se fugó de la prisión de máxima seguridad de Hunterdon County, Nueva Jersey. Hasta 1984 viviría en la clandestinidad. Ese año escapó a Cuba, donde le fue concedido asilo político. Es allí donde escribió esta vibrante y, pese a todo, optimista autobiografía, en la que Shakur reivindica su trayectoria y se pregunta cómo es posible considerarla a ella un peligro tras el relato de las infamias que, por ser negra, hubo de padecer. Si ese era el leitmotiv de la autobiografía, fracasó, pues en 2005 fue agregada a la lista de terroristas del FBI, en la que se ofrece un millón de dólares por su captura.

 

Toma de conciencia

 

Exiliada en Cuba y buscada por el FBI como terrorista, la vida de Assata Shakur es en realidad la de una activista por los derechos civiles, pero como a tantos otros miembros del Black Liberation Army y los Panteras Negras, sufrió una persecución eminentemente política y una represión que ya entonces era más que cuestionada (incluso por las Naciones Unidas), como sus encierros en celdas de aislamiento. En su autobiografía, Assata Shakur narra cómo llegó hasta allí: desde esa infancia en la que veía cómo le eran vetados derechos básicos por el simple hecho de ser negra (la ley segregacionista Jim Crow aún no había sido abolida) a su paulatina toma de conciencia cuando entra en el mundo laboral, coincide con las protestas de los años 60 y que le hace cuestionarse todo lo que le han enseñado. A partir de ese momento, Assata se va implicando cada vez más en la lucha por los derechos civiles hasta unirse a los Panteras Negras y el BLA, momento en el que es detenida, acusada de robo, asesinato y secuestro (aunque finalmente sólo se la condenó por un crimen y las pruebas que llevaron a esa condena en ningún caso fueron contundentes).

En su autobiografía, Assata Shakur va alternando los capítulos dedicados a su infancia y adolescencia con aquellos en los que describe su encarcelamiento y las trabas judiciales a las que tuvo que enfrentarse, entretejiendo su propia experiencia con la de millones de personas y analizando las causas de un racismo que tampoco se puede desvincular de un sistema que margina al más débil. Assata va narrando cómo abre los ojos, empieza a informarse  hasta que llega a unirse a las Panteras Negras en un intento de lograr cambiar el status quo, pero también hace autocrítica y somete el activismo a un análisis basado en la propia experiencia que resultan de plena vigencia en los tiempos que corren.

La autobiografía de Assata Shakur no es complaciente e  incomodará a quien se crea las versiones oficiales: su papel no es el de esclarecer cómo se fugó, ni el dar detalles de cómo terminó en los tribunales ni el de poner en un pedestal la lucha armada, sino el de cuestionar una sociedad racista y reaccionaria en la que pensar (y actuar) contracorriente se pagaba con una represión silenciosa pero brutal.

Carolina Velasco

 

Una autobiografía

El 2 de mayo de 1973, la integrante de los Panteras Negras Assata Shakur se hallaba en el hospital en estado crítico y esposada a la cama, mientras las autoridades locales y la policía federal trataban de interrogarla acerca del tiroteo en una autopista de Nueva Jersey que costó la vida a un policía blanco