Sociofobia

César Rendueles: “La izquierda ha regalado a la derecha la bandera y la idea de España”

Tiene 42 años, es doctor en Filosofía y fue profesor invitado en la Universidad de Columbia Dirigió durante ocho años proyectos culturales en el Círculo de Bellas Artes Autor de ‘Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital’ y ‘Capitalismo canalla’. Usted publicó un libro titulado Sociofobia. El cambio político en la

“La fragilización de la sociedad está impidiendo que la transformación política sea más rápida y profunda”

Entrevista a César Rendueles César Rendueles (Girona, 1975) vive en Madrid. En esta ciudad, es profesor en el Departamento de Teoría Sociológica de la Universidad Complutense. Ha editado textos de Marx, Benjamin y Polanyi. Su (primer) ensayo Sociofobia (Capitán Swing, 2013) fue elegido Mejor Ensayo del Año por el diario El País. En 2015, publica

Entrevista a César Rendueles. Intelectual marxista. Autor de ‘Sociofobia’ y ‘Capitalismo canalla’

“La izquierda debe ser revolucionaria en lo económico, pero conservadora en lo antropológico” «En un sistema alternativo seguramente algunos megarricos deberían prescindir de sus yates con asientos tapizados en piel de pene de ballena, tal vez la clase media japonesa se vería obligada a aceptar que una vida sin inodoros domóticos es digna de tal

Pablo Iglesias con César Rendueles (Otra Vuelta de Tuerka)

Prensa - Capitán Swing

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“A la industria editorial le va a ocurrir lo mismo que a la discográfica con Internet”

“No tenemos Wifi, hablen entre ustedes”. Esta frase de un cartel colgado en un bar lleva circulando por las redes sociales durante los últimos meses. Es la paradoja que constata Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, el último ensayo de César Rendueles (Gijón, 1975) publicado por Capitán Swing. En él, este profesor de Sociología en la Universidad Complutense sostiene la idea contemporánea de nuestro pánico a la deliberación en común, pese a estar más interconectados que nunca y la imposibilidad de que sean las tecnologías las que por sí solas provoquen un cambio político y social. De hecho para él el 15M fue un movimiento basado en algo muy poco tecnológico como fueron las asambleas populares. En el libro hace un repaso por las guerras del copyright y el copyleft y critica las estrategias de los Gobiernos para que sea la industria privada la que gestione los contenidos culturales valiosos cuando deberían formar parte del universo público. Una mirada distinta al cibercapitalismo y un rechazo a los que creen que Facebook, Twitter, Amazon o Google transformarán nuestro mundo a mejor. Una utopía que como todas, según Rendueles, está condenada al fracaso.

-En ‘Sociofobia’ desarrollas una teoría de la que llevamos un tiempo hablando: estamos muy comunicados, pero cada vez nos comunicamos menos entre nosotros.

Llamo sociofobia a nuestro pánico a la deliberación en común. La valoración que hacemos de nuestro sistema político como económico es catastrófica. Y, sin embargo, nos resulta extremadamente difícil pensar en acometer transformaciones de esos dos ámbitos. Y no tanto porque nuestros enemigos sean poderosos, sino porque no nos creemos capaces de ponernos de acuerdo o de gestionar nuestros conflictos. Llamo sociofobia a ese vértigo que nos produce la posibilidad de la democracia. Me da la sensación de que se ha generalizado un discurso que antes, en el siglo XIX, tenían las élites que consideraban que la posibilidad de que los trabajadores accedieran a las instituciones políticas era peligrosísimo. Creo que hoy hemos internalizado ese discurso. No somos capaces de deliberar en común.

-Pero este análisis choca con las manifestaciones en pos de una democracia participativa, con las actividades en pos del procomún y con las críticas, precisamente, a la democracia representativa y al funcionamiento que tenemos, en definitiva, del sistema político actual.

Sí, pero todos esos discursos son el fondo muy atávicos. Se remontan a prácticas muy antiguas, no encuentran modelos en nuestra cotidianidad más inmediata. Toda la tradición emancipatoria del siglo XX tenía sus propias prácticas cooperativas. Ahora necesitamos buscar ejemplos en el bazar persa. Y eso indica que tenemos un problema para pensar cómo realmente queremos cooperar.

-Pero Internet y las redes sociales también están mostrando nuevos modelos de cooperación, aunque en tu libro te muestras bastante escéptico ante este fenómeno.

Yo no soy tan optimista con esto. Muchas veces Internet no hace que acometamos más acciones conjuntas, sino que hace que no nos importe hacer acciones juntos. Muchas veces creemos que estamos haciendo cosas juntos cuando lo que hacemos es hacer cosas a la vez, y eso es diferente. Lo que hacen las redes sociales ahora me recuerda a lo que hacía el valium en los años cincuenta, es decir, tienen una cierta capacidad para apaciguar. Por supuesto, son una herramienta de comunicación estupenda y las uso, pero creo que muchas veces hay un tecnoutopismo extraño que es poco realista, porque además es muy hegemónico. Y creo que el discurso del poder incide mucho en eso. La única solución que se nos propone es la economía del conocimiento, algo que básicamente no existe, pero es un mantra. En ese sentido me parece que hay una cierta solidaridad entre ciertos discursos antagonistas muy ciberutópicos.

 

-Precisamente ha sido la izquierda la que más se ha apropiado de este discurso. ¿Una equivocación?

Sí, y es llamativo. Yo he participado de esto también, pero creo que ninguna tecnología, ninguna red social nos va a librar de acometer esos desafíos que en el fondo son políticos. Tenemos que buscar las instituciones necesarias para acometer los cambios que necesitamos. Ninguna tecnología nos va a librar de ese vértigo de ponernos de acuerdo.

-En el libro dices que “los cambios tecnológicos no influyen en las estructuras sociales”, pero lo cierto es que desde la revolución industrial las estructuras han cambiado.

Yo me eduqué en la tradición marxista y para un marxista la tecnología es crucial. Lo que no genera la tecnología son cambios automáticamente. Pensar eso me parece muy ingenuo.  La tecnología es esencial, pero combinada con otras transformaciones sociales, políticas y culturales. Desde mi punto de vista la tecnología saca a la luz posibilidades enormes de emancipación, pero para aprovecharlas tiene que haber cambios políticos, sociales y culturales. Se habla mucho de la importancia de las redes y cómo están cambiando los contactos, pero lo que está pasando es precisamente lo contrario: los contactos cara a cara cada vez son más valiosos y cada vez son un bien más escaso. Y, además, los están dominando las élites. Es decir, aunque hayas mandado un curriculum a una cuenta de recursos humanos corporativa, el que conoce al director de recursos humanos es el que tiene ventaja. Por tanto, la idea de que se están generando nuevas formas de sociabilidad tiene algo de verdad, pero también hay que relativizarlo mucho.

-De hecho, hay otro discurso en tu libro donde criticas que, a pesar de estas redes, cada vez somos más individualistas puesto que el contacto en las redes sociales es muy frágil. De hecho, quién conoce, por ejemplo, a todos sus seguidores en Twitter.

Yo no tengo nada en contra del individualismo ético. Me parece una herencia muy valiosa de la modernidad. Y tampoco soy una persona particularmente sociable. Lo que yo creo es que el individualismo y la fragmentación social son dos cosas diferentes. La fragmentación social es esa sensación de que nuestras vidas no tienen ninguna coherencia y son un mero deambular de aquí para allá sin tener la capacidad para dotarlas de un cierto sentido. A veces las redes sociales nos transmiten la sensación de que están solucionando ese problema, pero yo creo que no es real.

-Es más, según tu teoría, las redes sociales, Internet, no están revalorizando el discurso político sino mitigándolo, aunque lo cierto es que Twitter a veces parece un foro enfurecido hablando de política al que se suman los comentarios a los artículos en los medios digitales. No sé si la palabra justa es “mitigar” o “banalizar” el discurso político.

Sí, sí, sin duda, pero los efectos prácticos son escasos. Hay dos cosas que se confunden. Internet es muy eficaz cuando la gente sale a la calle, pero no para sacar a la gente a la calle. Los efectos para movilizar a la gente son escasos y a menudo tiene efectos desmovilizadores.

-Pero en las revoluciones árabes, según los analistas, Internet tuvo un poder aglutinador muy importante.

Tengo serias dudas de esa lectura. Por ejemplo, en Egipto la brecha digital es inmensa. Cuando se produjo la revolución egipcia, menos del 20% de la población tenía acceso a Internet. Evidentemente jugó su papel, pero creo que se ha sobrevalorado muchísimo y en cambio no se ha prestado atención a varias características del contexto egipcio muy relevantes: Egipto era un país donde seguía existiendo una estructura política antagonista, donde había sindicatos fuertes, donde el islamismo había tejido redes comunitarias muy tradicionales. Es decir era un país donde había un tejido comunitario muy intenso. A mí lo que me parece significativo es que nos interese mucho más ese 20% de gente conectada que el 80% de gente no conectada.

-Pero las revoluciones liberales que hubo en Europa en el siglo XIX también las protagonizaron la gente más cercana a las élites, al poder y al dinero.

Digamos que ahí hubo una dinámica entre los procesos de democratización radical, jacobinos de las clases populares y los intentos de fagocitar esos movimientos desde las elites burguesas.

-Sí, pero la revolución empezó por quienes estaban más cerca de cambiar el sistema.

Yo no estoy de acuerdo con esa lectura. Creo que hay realidades en conflicto y lo que me parece relevante es que nos interese más sólo una parte de esa historia.

-Y, en cualquier caso, ¿por qué es así?

Yo creo que hay un punto de eurocentrismo. Como nos parece imposible que los egipcios tengan una realidad política sólida, interesante y activa, nos gusta imaginar esas revoluciones como un subproducto tecnológico. Es un punto de eurocentrismo y de élites.

-Volviendo a Europa, y al 15M, ¿tampoco crees que las redes jugaron un papel importante en este movimiento?

Para mí lo importante del 15M fueron las asambleas, que son lo menos tecnológico del mundo. Fue un proceso de descubrimiento de la democracia para mucha gente, de pérdida de miedo a la democracia. Por supuesto que para eso las redes sociales, y el teléfono y las palomas mensajeras pueden ser muy útiles, pero lo valioso de esa experiencia me parece tan poco cibernético que me extraña que tanta gente insista en ello. Y yo creo que las transformaciones que han instituido, que son muy importantes, consisten en eso. Lo importante del 15M fue hablar de política con las madres con las que coincido en el parque con mis hijos.

-Pero algo de miedo o respeto debe de dar lo que sucede en Internet cuando se producen bloqueos y cortes de algunas páginas como está sucediendo por ejemplo ahora en Rusia tras la ley anti-gay. Es decir, no es algo que no tenga valor.

Sí, yo no pretendo infravalorar esa realidad. Son un medio de comunicación más e igual que la censura de los medios tradicionales fue importantísima lo es ahora en Internet. El papel de Internet como medio de comunicación me parece esencial y no creo que sepamos todavía muy bien cuál es el alcance del medio. Yo creo que el papel de los cambios políticos es sacar todo el partido que las tecnologías pueden dar de sí, pero para eso es más interesante mirar fuera de esas tecnologías. Cuando se habla de copyleft me llama la atención lo poco que se dice cómo podría beneficiar a esas iniciativas cambios que no son tanto digitales o cognitivos sino muy institucionales y políticos. Por ejemplo, una mayor presencia de instituciones públicas con estudios de grabación públicos, con editoriales públicas que saquen libros en copyleft darían un impulso brutal a esas iniciativas. O una sociedad de gestión de derechos de autor pública. Todo eso daría un impulso brutal al copyleft, pero no se habla nunca de ello.

-En una línea muy parecida a la de Jaron Lanier en Contra el rebaño digital criticas el discurso del contenido free (libre o gratis) en Internet, que ha contado con numerosos apóstoles, muchos desde la izquierda.

Uno de los problemas del movimiento del conocimiento libre ha sido lo que llamo ‘formalismo’, el creer que estableciendo ciertas condiciones jurídicas y formales la cosa se solucionaba. Yo creo que hay que atender a las condiciones materiales y políticas que pueden permitir que esos efectos de la libertad cognitiva sean beneficiosos para todos, para el público, los autores y los mediadores. Y si no se atiende a eso lo que se está difundiendo es una estrategia muy solidaria del neoliberalismo. Yo soy muy partidario del copyleft, pero solamente si es congruente con cambios políticos y sociales importantes.

-Sin embargo, para muchos lo que están haciendo los Gobiernos con las leyes de propiedad intelectual es una demonización del usuario.

Lo que están haciendo los Gobiernos es incrementar o defender su apuesta por la industria privada como gestora de los contenidos culturales valiosos. Creo que hay que revertir la estrategia de los Gobiernos. Lo común del copyleft necesita de lo público. La estrategia de los Gobiernos es una estrategia fracasada porque en el contexto digital no funciona, pero por otro lado la estrategia de establecer unas condiciones formales y que cada cual se las apañe buscando publicidad parece también bastante absurda. A los Gobiernos se les ha criticado mucho por esas estrategias censoras o por no estar a favor de licencias libres y menos por tener iniciativas proactivas en ese terreno. ¿En qué mejor momento que ahora recuperar las editoriales públicas?

-Pero dirán, ¿esto es rentable?

Sí, pero por ejemplo ya hay orquestas públicas. Los músicos son funcionarios. Qué fácil sería grabar eso y  ponerlo con copyleft en dominio público. Qué fácil sería utilizar toda la estructura universitaria para publicar clásicos y traducciones en libro electrónico. Sé que va a contracorriente pero me fascina lo ciego que está el mundo del conocimiento libre a todos esos cambios institucionales.

-Se han establecido soluciones como las plataformas de pago con suscripciones, como Spotify, sin embargo, ya hay artistas que no quieren estar ahí porque las retribuciones que reciben son mínimas. Ante esto, ¿qué podemos hacer los usuarios?

Este es un caso evidente de fallo del mercado. No hay manera de financiar la producción de los bienes digitalizados a través del mercado. Y eso es algo que se sabía. Pero cuando hay fallos del mercado es que hace falta una intervención pública. Siempre ha sido así. Las intervenciones públicas pueden ser de dos tipos, a veces represivas, pero en este caso es imposible.

-Pero cómo puede intervenir el Estado en la retribución a los autores, ¿dándoles una parte a través de los impuestos?

No lo sé, pero por ejemplo la investigación en el siglo XIX era privada, era cosa de aristócratas y nos hemos inventado una forma de financiarla a través de la docencia universitaria. A mí me pagan por dar clase y me reservan un tiempo para investigar. Yo creo que se pueden inventar métodos similares.

-¿No crees que estas plataformas digitales sean la solución? Como te decía, ¿qué hacemos entonces los usuarios?

No, cuando hay fallos del mercado, seguir insistiendo en el mercado cerrilmente es un error y yo creo que estas plataformas irán cayendo una tras otra. Yo creo que los usuarios estamos en un momento de desconcierto. Hay por ahí proyectos cooperativos en los que a veces participamos… Lo que ocurre es que ser usuario es formar parte del mercado y cuando actuamos como usuarios lo racional es pagar lo menos posible, entonces si se nos pide otra cosa, si se nos pide compromiso y lealtades, eso no tiene nada que ver. Ahí hay una dialéctica complicada porque se nos interpela como clientes, pero se nos piden compromisos propios de otro tipo de redes, y claro, ¿cómo nos comportamos? La lógica del mercado es otra. Estamos en un momento de transición de una lógica mercantil a otra que tendrá que ser diferente.

-En el libro hablas de la industria editorial como una industria de casino, ¿el entorno digital puede ayudar a revertir la situación o insistirá en esta forma de negocio destinada únicamente a la rentabilidad sin tener mucho en cuenta el producto cultural?

Los ebooks van a recalentar el mercado. De hecho ya lo están haciendo. Como bajan mucho los costes de producción eso te permite lanzar más novedades. Yo creo que la industria del libro es la próxima industria discográfica. Le va a ocurrir lo mismo.

-Pero en ciertos aspectos está siendo más cauta.

Yo pagaría gustosamente por libros digitales a un precio razonable, pero me niego a pagar lo mismo que por un libro en papel. Me parece un timo. Sería fácil crear una industria con menos beneficios y tener libros digitales a un precio razonable, pero no se ha aprendido nada de experiencias anteriores. La estrategia ahora mismo es al pardillo que va a pagar, estacazo.  Y es un problema serio. Parte de la industria editorial o del mundo discográfico puede vivir de la autoedición, pero en la industria editorial es muy difícil que eso sea sustituido. Por ejemplo, piensa en las traducciones. Es muy difícil que sean sustituidas por una dinámica amateur o meramente colaborativa.  Yo creo que la industria editorial ha jugado un papel de filtro importante, por supuesto que con la red puedes llegar a muchísimos más libros, lo que no estoy muy seguro es de que eso sea bueno.

-También afirmas en el libro que la crítica literaria en Internet está dando lugar a imposturas y una pérdida de no sé si llamarlo canon, puesto que son los propios autores quienes se alaban a través de nombres ficticios… Sin embargo, la crítica tradicional ha alabado libros porque eran de la editorial a la que pertenecía su medio de comunicación. Es decir, esto no ha cambiado.

Tienes toda la razón. Yo no soy nada complaciente con el estado de la industria editorial tradicional y mucho menos con la crítica tradicional. Me parecen instituciones deplorables. Lo que creo es que la euforia con el mundo colaborativo y la autoedición me parece injustificada. No lo ha cambiado por otra cosa, sino que ha fragmentado ese problema. Ahora ya no tenemos al crítico de turno hablando de su grupo editorial sino al crítico de turno hablando de su libro. Por otro lado, creo que hay que abordar también el problema de las condiciones de producción y financiación de esos contenidos. Parte de ello puede ser amateur, parte se podrá financiar con publicidad, pero me resulta difícil de creer que todo eso se pueda financiar. Es lo que ha ocurrido con la prensa. Podrá haber medios amateur y está bien que existan, pero pensar que todo eso que teníamos podrá ser sustituido ventajosamente por eso yo no me lo acabo de creer.

-Hablas también en el libro de la cibersociabilidad. ¿Qué consecuencias puede traernos esa disolución de la frontera entre lo público y lo privado?

Seguramente no lo sepamos. Internet está cambiando las cosas.  Está generando cambios culturales, sobre todo. Como son muy evidentes muchas veces los exacerbamos. Lo que no tengo muy claro es cómo están cambiando nuestras vidas. Por el lado de los cambios más profundos uno sea ese, vivir más públicamente nuestros gustos, nuestras preferencias, incluso nuestras relaciones. A mí me fascina la forma en la que uno comparte imágenes en Internet. Para mí es algo muy personal y privado. Eso seguramente nos diga algo sobre la comprensión de nuestra vida privada. Pero yo no sé muy bien hacia dónde irá todo eso. Nos cuesta mucho pensar a medio plazo en los cambios sociales. Tendemos a fijarnos en los últimos seis meses y diagnosticar un cambio social.

-Pero sí se observa ya que a mucha gente le crea desasosiego por ejemplo escribir un comentario o subir una foto y no obtener retuits o ‘me gustas’.

Sí, la búsqueda de popularidad y prestigio siempre ha existido, pero pensar que eso es en algún sentido una nueva forma de vínculo social o relación social más o menos estable o que pueda ser el fundamento de una nueva relación social a medio plazo siempre me ha resultado extraño. Suena más a competición de popularidad adolescente como de instituto, y eso sí es llamativo.

-Cierras el libro hablando del postcapitalismo. No parece que vayamos hacia eso.

Hablo de postcapitalismo para no hablar de esas tradiciones emancipatorias que son el comunismo, el socialismo y el anarquismo, no porque tenga algún problema con ellas, pero sé que mucha gente sí y piensa que son productos muertos que no les proporcionan respuestas. Para encontrar un punto de encuentro hablo de postcapitalismo. Nunca ha parecido que vayamos hacia eso, pero las transformaciones políticas más importantes de los 200 últimos años siempre han surgido muy de improviso. Nadie se las esperaba. Y yo creo que no nos deberíamos dejar amedrentar por los diagnósticos que surjan de los poderosos. Muchas veces están pasando cosas, pero no sabemos hasta qué punto están pasando.

 

 

“Nos vemos a nosotros mismos como antes los ricos veían a las clases peligrosas”

Relata César Rendueles (Gijón,1975) en las páginas finales de Sociofobia (Capitán Swing, 2013), cómo, al día siguiente de que el 15-M le saltara las costuras a las plazas de todo el país, numerosos amigos le interpelaron para asegurarle que lo ocurrido confirmaba sus distintas teorías sociológicas, la mayoría contradictorias entre sí. Anarquistas, leninistas o postmodernos le echaban en cara al autor recelos previos, pero a éste, a su vez impactado por aquellas inéditas asambleas que mudaban el botellón por la política, no lo convencieron. Como tampoco lo hicieron las ilusiones digitales que adjudicaban el éxito de las protestas a la Red. “Creo que ocurrió exactamente al revés. El 15-M fue un proceso tan tortuoso porque tuvo que soportar el brutal bloqueo que genera el ciberfetichismo consumista”.

Tal es precisamente el corazón de Sociofobia, un ensayo inhabitual por estos pagos en el que a Rendueles, ante la persistencia de lo que valora como un sistema socioeconómico injusto que amontona deshechos humanos en megaslums postapocalípticos, no acaban de convencerle la respuesta que esbozan los nuevos movimientos digitales. César Rendueles se fajó como filósofo en las míticas clases de Carlos Fernández Liria en la Complutense y hoy es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de dicha universidad. Su azarosa militancia política, de la que, con escepticismo, da cuenta en el libro, estuvo ligada durante un tiempo a los movimientos de cultura libre. Así, entre Karl Marx y Richard Stallman, despliega la sociofobia.

Pregunta.- Sociofobia: si los ricos odian a la gente, ¿por qué la gente no odia a los ricos?

Respuesta.- Porque nos odiamos a nosotros mismos. Las élites del siglo XIX no ocultaban su pánico y su asco ante la posibilidad de que las clases trabajadoras accedieran a las instituciones políticas. Creían que el populacho mancillaría la civilización occidental hasta acabar con ella. A principios del siglo XX, durante la época colonial, ese odio se convirtió en un miedo racista a que los pueblos sometidos por el imperialismo se descontrolaran y acabaran invadiendo la metrópoli. Hoy hemos internalizado ese discurso. Nos vemos a nosotros mismos como antes los ricos veían a las clases peligrosas. Hemos incorporado el elitismo a nuestro genotipo ideológico. Por eso los proyectos igualitaristas prácticamente han desaparecido del espacio político. Desconfiamos radicalmente de nuestra capacidad para deliberar en común, entendemos la democracia como una competición entre preferencias privadas. De ahí todo ese miasma de cinismo que nos paraliza. El mejor diagnóstico de la catástrofe política que se nos ocurre es una broma sin gracia: “disfruten lo votado”.

P.- Aborda Sociofobia un antiguo dilema, el que se pregunta por el adecuado equilibrio social entre el peso del individuo y el de la sociedad. Tras miles de páginas de historia, sociología, teoría política… ¿no hay acuerdo?

R.- En realidad, no es un dilema tan antiguo, tiene apenas dos o tres de siglos. Pero cuando salió a la luz tuvo efectos explosivos en muy poco tiempo. Resulta tan urgente que nos cuesta creer que no sea universal. Ser moderno es estar constituido por esa tensión. Padecemos una versión del dilema del turista. Esa sensación que tenemos cuando visitamos sitios que serían maravillosos si no fuera por toda esa gente que los abarrota en busca de sitios maravillosos. Queremos ser individuos libres sin ataduras pero que todos los demás formen una comunidad cálida que nos apoye si tenemos problemas. Raymond Williams decía con bastante gracia que la comunidad es siempre algo que ha sido, que se ha ido. No creo que ese dilema se pueda resolver. Pero tal vez nos ayude darnos cuenta de que en realidad no sabemos muy bien qué es un individuo y qué es una colectividad. Casi parecen extremos de un continuo, antes que opuestos. Aunque como entidades biológicas estamos aproximadamente bien definidos, nuestra identidad personal es mucho más vaga, es una realidad imprecisa que guarda una relación muy enrevesada con las sedimentaciones colectivas.

P.- A las tradicionales bacanales del opio del pueblo, de la religión al fútbol, ¿se suman hoy las redes sociales?

R.- Al igual que la religión e incluso el fútbol, las redes son demasiado complejas como para resumir sus efectos con un lema. Digamos que creo que las máquinas no son infinitamente plásticas ni políticamente neutras, sino que establecen patrones de uso más rígidos de lo que nos imaginamos. Por ejemplo, la correspondencia tradicional fue durante mucho tiempo un buen cauce para cierto tipo de debates de largo alcance. En cambio, hoy me imagino a Newton enviándole un DM a Leibniz: “qué pasa con esas ecuaciones, llevo esperando una hora y nada…” A veces hablamos de Internet como si fuera una metatecnología, una estructura formal vacía que podemos llenar sin ninguna clase de restricción. Y no es así. En el ámbito educativo abunda un ciberoptimismo muy acrítico. Soy profesor y uso intensivamente la tecnología en mis clases, pero no es una panacea. Nada puede sustituir al esfuerzo, la capacidad de concentración o la madurez argumentativa. Por eso hay muchísimos procesos formativos para los que el papel y el lápiz son herramientas mucho más eficaces que una tablet. Lo más reciente no es siempre lo más avanzado.

P.- ¿Twitter es un ágora o más bien un tribunal revolucionario tan ruidoso como falto de jurisdicción?

R.- No creo que los tribunales revolucionarios sean necesariamente ruidosos o faltos de jurisdicción. Durante lo que los publicistas burgueses denominaron el “terror” jacobino murió mucha menos gente que en unos pocos días de represión contrarrevolucionaria tras la Comuna de París de 1871. Lo que quiero decir es que a veces Twitter se parece a esa caricatura que la reacción hizo de los demócratas como una masa linchadora. Lo curioso es que la hemos aceptado con ganas. No es que tenga mayor importancia, en realidad, recuerda un poco a la típica fiesta de pueblo en la que los mozos acaban tirando a alguien al pilón. Pero me parece que deberíamos ser bien conscientes de sus límites como herramienta de deliberación colectiva.

P.- Cuando los militantes contra el copyright despierten en un mundo libre de derechos de propiedad intelectual, ¿el dinosaurio seguirá estando allí?

R.- No necesariamente. Algunos defensores del copyleft, no todos, adoptan una actitud bastante olímpica respecto a los trabajadores de la industria cultural. Vienen a decir, “las editoriales, los cines, los periódicos, las discográficas y las librerías deben adaptarse o morir”. Como si ese fuera el veredicto de una especie de darwinismo tecnológico. No sólo me parece un poco ruin sino que es contraproducente. Creo que para aprovechar las inmensas potencialidades de la tecnología no sólo necesitamos herramientas jurídicas que nos permitan compartir los contenidos, sino también cambios institucionales profundos que protejan la creación y la mediación. Una intervención pública a gran escala en este terreno podría tener efectos positivos explosivos. Necesitamos un Plan Marshall para el copyleft que complemente la espontaneidad colaborativa. Sabemos que es posible. Hace tiempo la investigación científica era una tarea que sólo estaba al alcance de unos pocos ricos. Pero encontramos la forma de remunerarla vinculándola a instituciones públicas, como las universidades.

P.- En su crítica de las ilusiones digitales suenan ecos de denuncias como la de Jaron Lanier del maoísmo digital. Lanier vindica al individuo frente al comunitarismo wikipédico que cree real. Pero para usted, sin embargo, lo que es ficticia es tanto la comunidad digital como su potencia, ¿Siembra el ciberfetichismo la semilla de un nuevo socialismo utópico?

R.- Internet rebaja el umbral de lo que esperamos de las relaciones sociales. Algo así como: ya que no podemos hacer cosas juntos, al menos hagámoslas a la vez. En sí mismo, tampoco me parece un mal plan. La verdad es que no soy nada nostálgico de las comunidades tradicionales. El problema es que eso afecta a las posibilidades de transformación política. No creo que un proyecto de emancipación igualitaria sea posible con unos mimbres sociales tan débiles. Es curioso porque al socialismo utópico histórico le pasó un poco lo contrario. Como proyecto político era un mal chiste, pero los saint-simonianos que recorrían Francia parecen la materialización misma de la fraternidad.

P.- Una reciente novela reciente de Ciencia Ficción (2312, de Kim Stanley Robinson) imagina un sistema solar futuro cuyo sistema económico se llama “Acuerdo Mondragón”. Usted también cita la cooperativa vasca como alternativa económica sensata.

R.- Kim Stanley Robinson es uno de los escritores más interesantes de la literatura anglosajona reciente. Lleva años embarcado en una reflexión de largo recorrido acerca de las posibilidades de organización postcapitalista. Me gusta porque no es nada empalagoso y aborda con mucha honestidad los conflictos de todo tipo que podrían surgir en ese entorno social. Hace tiempo que se fijó como ejemplo de organización económica en el Grupo Mondragón, que es una de las mayores cooperativas del mundo. El cooperativismo constituye una enorme potencia económica a nivel global, aunque no es algo de lo que nos hablen mucho los sicarios de los banqueros del Parlamento.

P.- Un pequeño ejercicio ucrónico. Si usted se equivocase y el mundo fuera hoy un lugar más próspero y pacífico de lo que lo ha sido jamás, como defienden por ejemplo optimistas racionales” como Steven Pinker o Matt Riddley, ¿no sería estupendo poder cerrar el mercadillo de las ideologías y disfrutar de la vida buena, que decían los atenienses?

R.- Sin duda. Hay una argumentación procedente de Walter Benjamin que Terry Eagleton elaboró en alguna ocasión. Viene a decir que todas estas despiadadas luchas políticas son un malentendido. El anticapitalismo es en realidad un proyecto muy modesto que sólo aspira a cosas nimias y razonables, como alimentar y educar a la totalidad de la población mundial. Que para conseguir esas minucias se necesiten cambios políticos descomunales pone de manifiesto la fascinante irracionalidad de la economía capitalista.

 

“Hay una gran cantidad de sociabilidad en Internet, pero resulta inservible para los cuidados”

 

“No hay ninguna posología del egoísmo racional compatible con un tejido colectivo tupido”. El filósofo César Rendueles (Girona, 1975) lanza múltiples dardos como este contra esa creencia asumida por el pensamiento liberal clásico que dice que lo mejor que puede hacer un panadero por su comunidad es pensar en su bolsillo. En su libro Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (Capitán Swing, 2013), Rendueles arremete contra esa idea desde la crítica a lo que él denomina ciberfetichismo, esa suerte de abrazo entusiasta que la sociedad ha dado a Internet y las Redes Sociales, herramientas que, lejos de ayudar a la emancipación, profundizan las desigualdades y nos alejan de una sociedad solidaria y cooperativa.

-Hablas de que los liberales han aceptado el nihilismo social, pero hay una tradición liberal, que incluye a cierta izquierda europea, que ha aportado muchísimo al progreso moral y económico. ¿No debería hablarse antes de neoliberales (neoclásicos o de la Escuela de Chicago) que de liberales? ¿No es una de las tragedias de la izquierda que la derecha le haya arrebatado la palabra “liberalismo”?

Soy extremadamente reacio a la intromisión del Estado en nuestra vida privada. Mucho más que, por ejemplo, José María Aznar, cuyo liberalismo Sí, tienes razón, tal vez debería haber sido más claro al respecto. En realidad, soy extremadamente reacio a la intromisión del Estado en nuestra vida privada. Mucho más que, por ejemplo, José María Aznar, cuyo liberalismo se limita a exigir que le dejen conducir borracho. Creo que las corrientes emancipatorias comparten algunos rasgos importantes con el liberalismo político más honesto. Para empezar, un ataque despiadado a las tradiciones opresoras. La crítica izquierdista del carácter meramente formal de algunas libertades no debería ser entendida como un menosprecio. Al revés, quiere decir que son tan importantes que debemos asegurarnos de que todo el mundo dispone de los medios materiales para desarrollarlas. La libertad de expresión significa poco si eres analfabeto. La libertad de asociación es una broma macabra si hay grupos paramilitares que aterrorizan a la oposición.

Dicho esto, me parece que esos valores liberales se enfrentan a algunas paradojas. Porque no sólo requieren condiciones materiales sino también sociales. Es importante no confundir la atomización social contemporánea –que es una especie de deriva accidental llena de sufrimiento– con la libertad entendida como un proyecto complejo que a menudo exige de cierto grado de trabajo en común. La libertad tiene que ver con la posibilidad de desarrollar las distintas capacidades que tenemos como individuos y para ello es esencial alguna clase apoyo mutuo. Es un tipo de dilema del que se ha ocupado, por ejemplo, Martha Nussbaum en su reconstrucción y ampliación de la teoría de la justicia de Rawls.

-Dices que el liberalismo es ingeniería social, que sin embargo tiene la virtud de que se hace aceptar como el orden natural de las cosas. Recuerdo unas palabras de Jacques Chirac en las que afirmaba que el liberalismo había causado tantos muertos como el comunismo.

A estas alturas de la modernidad quedan pocos proyectos políticos que no arrastren tras de sí una herencia criminal pavorosa. No me gusta nada la idea de andar comparando las montañas de cadáveres para ver cuál es más pequeña. Pero es cierto que los muertos del capitalismo tienden a ser invisibles. Vivimos nuestro sistema económico como si fuera una catástrofe natural que carece de responsables y que deja ganadores y perdedores al azar. Y no es así. Las inverosímiles cifras de las cuentas corrientes de los vencedores del capitalismo financiero tienen un correlato en la miseria de miles de millones de personas.

-En lo que llamas el Panóptico de la realidad, dices que quien se sale de ese sistema es castigado. ¿No es cierto sin embargo que hay un nivel de tolerancia y de alternativas cada vez mayores, aunque aún incipientes y  minoritarias? Desde luego, han sido en los sistemas liberales donde han emergido, desde los hippies hasta los góticos.

El filósofo Carlos Fernández Liria suele citar una serie de países en los que, tras vencer democráticamente una opción de izquierdas que aspiraba a llevar a la práctica su programa electoral, se ha producido un golpe de Estado apoyado tácita o abiertamente por Occidente. La lista es asombrosa: España, Guatemala, República Dominicana, Indonesia, Chile, Nicaragua, Haití, Argelia, Venezuela, Paraguay… Es verdad que las sociedades liberales han creado espacios importantes de respeto a los estilos de vida no hegemónicos. Me parece una herencia irrenunciable. Pero son espacios que históricamente han tenido límites bien definidos. Hasta hace poco en Colombia cada año eran asesinados de media cien sindicalistas, con tasas de impunidad del 95%. Seguramente puedas ser gótico en Bogotá, pero si eres un gótico sindicalista, tienes bastantes papeletas para que te peguen un tiro.

-Eres muy crítico con la aportación de las Redes Sociales a la política, diciendo que ha reducido las opciones, básicamente haciendo más banales las relaciones y los afectos, y por tanto el compromiso. Esto es un pensamiento que va contra la corriente general, pero también contra hechos objetivos: el control político que se ejerce hoy gracias a las redes, la capacidad viral de cierta indignación y la sensación de que hay menos impunidad. ¿No crees que el problema del que hablas tiene más que ver con la falta o no de compromiso personal del individuo que con las herramientas tecnológicas? Hoy no se puede alegar falta de información política, en gran parte gracias a la Internet, y el conocimiento amplía las opciones políticas.

En realidad, no creo que la redes sociales hayan disminuido nuestros compromisos ni hayan aumentado la fragilidad de las relaciones interpersonales. No me parece que ninguna tecnología pueda hacer algo así. Creo que lo que han hecho es que nos importe menos ese proceso de debilitamiento de los vínculos sociales. La fragilización social tiene muchas dimensiones, algunas de ellas individuales o estrictamente culturales. Pero también es un proceso con fuertes raíces políticas que, desde mi punto de vista, tienen que ver con la contrarrevolución neoliberal que se inició en los años setenta del siglo pasado. Y, sí, es verdad que Internet, como cualquier otro medio de comunicación, aumenta las posibilidades de obtener información. Sin embargo, no solemos prestar tanta atención a sus efectos como fuente de legitimación ideológica. Tenemos a nuestra disposición infinitas fuentes de información, pero casi siempre elegimos unas pocas que no cuestionan lo que pensamos. Y lo hacemos con la convicción de que, puesto que todos los datos posibles están a la mano, nuestro conocimiento es óptimo. Lo que quiero decir es que tal vez hayamos rebajado el umbral de lo que consideramos que son los procesos de conocimiento y discusión necesarios para determinar nuestras opciones y acciones políticas.

-El otro día, en una entrevista, el filósofo Javier Gomá me decía que el gran reto ético ya no era ser libres, sino cómo ser libres juntos. A juzgar por tus tesis, crees que a ese “cuidar los unos de los otros”, Internet no aporta nada.

Creo que el igualitarismo basado en el apoyo mutuo es una de las bases de la democracia radical. Dicho así, suena un poco a monserga piadosa. Pero es una forma de resumir el tipo de comprensión de la política que tenían quienes inventaron la democracia moderna. No creo que Internet ni ninguna otra máquina vaya a producir ese cambio ni a resolver nuestros problemas políticos. Lo que sí puede pasar es que resulte de gran ayuda cuando finalmente tomemos la decisión de afrontar esos retos. Los electrodomésticos no liberaron a las mujeres. Fueron las propias mujeres las que lo hicieron luchando políticamente contra su relegación al espacio doméstico. En todo caso, los electrodomésticos nos ayudaron a reorganizar el trabajo doméstico una vez que se produjo esa transformación política tan importante.

-Defines el callejón sin salida de la izquierda como “la búsqueda de una estructura consistente y viable de un compromiso con los demás y compatible con la autonomía individual y la realización personal”. ¿No es eso, o fue, la socialdemocracia?

No soy experto en historia política, pero creo que no. Hay elementos fascinantes de la apuesta socialdemócrata original: el modo en que en la Alemania de principios del siglo XX apareció un amplísimo tejido comunitario socialdemócata que convivía, casi sin tocarse, con el capitalismo. Pero creo que esa convivencia es finalmente imposible. El capitalismo es un proyecto expansivo y universalista, como el catolicismo, y por tanto no hay gran cosa que negociar con él. En todo caso, se puede negociar qué papel deberíamos asignar al mercado. No es de ningún modo lo mismo. El mercado es una institución económica presente en casi todas las sociedades conocidas, pero siempre de forma muy limitada.

-Dices que “cuando al fin vivamos en una sociedad en la que sea posible un contrato social racional sin interferencias económicas espurias, aparecerá una versión mejorada del ser humano que deseará desarrollar un proyecto de vida socialista”. ¿Crees realmente que ese escenario se dará en algún momento? Por otro lado, esta afirmación no puede escapar al hecho de que la inmensa mayoría de los proyectos socialistas han sido un rotundo fracaso, no ya en términos de libertades y emancipación, sino económicos. Y no me refiero solo a dictaduras como la de Korea del Norte, sino la propia Francia de los primeros años de Mitterrand.

¡No! Era una declaración estrictamente irónica. La tesis del hombre nuevo, la idea de que el cambio político radical producirá grandes transformaciones antropológicas, no sólo era absurda sino que tuvo consecuencias infames. Creo que en nuestras intervenciones políticas tenemos que apañarnos con lo que tenemos, sin trucos de magia ideológicos. Como en el barco de Otto Neurath, que hay que reconstruir en alta mar. Hoy, tras la experiencia soviética, conocemos algunos límites insuperables de la planificación económica. También algunas virtudes, por cierto. En cualquier caso, me resulta extraña la idea de que ha quedado demostrado que el socialismo fracasó. Como si ese sistema económico se hubiera enfrentado a un experimento crucial que lo ha refutado. Me pregunto cuándo llegará ese experimento crucial para el capitalismo. ¿Dos guerras mundiales, dictaduras atroces y crisis económicas indescriptibles no han sido suficientes? ¿Por qué un 30% de paro o una crisis alimentaria global no demuestran el fracaso del capitalismo? No siento una gran simpatía por el sistema político cubano, pero la verdad es que Cuba es uno de los pocos países del mundo que combina altas tasas de desarrollo humano y sostenibilidad ecológica. ¿Qué nos dice eso sobre la posibilidad o la imposibilidad del socialismo?

-Hay una crítica que se repite con frecuencia en el libro, y es que el ciberfetichismo oculta y legitima los vicios del capitalismo dándole una pátina de modernidad progresista. ¿No hay una izquierda en la Red? ¿No puede haberla por principio? De nuevo parece que la herramienta se come el concepto.

Sí, claro que hay una izquierda en la red. Hay medios de comunicación alternativos, iniciativas educativas, repositorios valiosísimos, espacios de comunicación, herramientas de gestión, instrumentos de agitación… Pero también hay amplios espacios supuestamente ecuménicos que trasladan a las relaciones sociales una lógica propia del consumismo. Lo que planteo es que la frontera entre unas iniciativas y otras no siempre está clara. Mi posición no es que la izquierda deba desentenderse de la red. Más bien al contrario. Pienso que sólo las políticas de izquierdas pueden permitirnos sacar de las tecnologías de la comunicación todos sus beneficios potenciales.

-Dices que “en el caso de la mayor parte de los países occidentales, la sostenibilidad ya equivale a decrecimiento”. En otra época pero con una cuestión de fondo similar, Malthus se equivocó en un vaticinio parecido. No estamos en un escenario estático, sino todo lo contrario, en el que la ciencia y la conciencia medioambiental, pueden ir resolviendo cierto tipo de problemas. ¿No es una visión reaccionaria el decrecimiento?

Malthus propuso una hipótesis especulativa a partir del diferente comportamiento de la población y los recursos alimentarios. Yo diría que eso es exactamente lo que hacen hoy quienes especulan con la posibilidad de que en el futuro la ciencia llegue al rescate para permitirnos seguir usando chismes de dos toneladas para transportar setenta kilos de casa al trabajo o disfrutar del sublime placer de comer hamburguesas con sabor a plastilina. Al día de hoy, el actual ritmo de consumo de Estados Unidos es materialmente imposible de globalizar. Harían falta cinco mundos para vivir como en la tierra del hombre libre. Eso significa que hay una manifiesta desigualdad ecológica internacional basada en criterios de poder político y económico. Lo que quiero decir es que no me interesa la perspectiva decrecionista por sus dimensiones conservacionistas sino por razones políticas relacionadas con la justicia social.

 

Razón de la aspereza

Mediante la teoría del plan X, Raymond Williams identifica y examina una tendencia en el modo de actuar del adversario en las últimas décadas. No es una teoría de la conspiración, aunque no niegue que sectores de las clases dominante hayan conspirado en ocasiones y sigan haciéndolo. El plan X, sin embargo, se presenta como el simple sentido común de la política de alto nivel. El objetivo del plan “es de hecho una X, un algo desconocido aunque voluntario, en el que el único elemento definitorio es la ventaja”. Los actores del plan X asumen una lectura del futuro tan o más pesimista que las de la ecología y economía críticas. No consideran que los procesos peligrosos puedan ser detenidos; incluso allí donde existen medios técnicos, no creen que haya vías políticas. Y aunque como gesto de relaciones públicas todavía hablan de posibles estabilidades, no se centran en ellas, sino en la aceptación de la crisis extrema y continuada. Con esta perspectiva, “todos sus planes tienen por finalidad la ventaja por fases, un margen efectivo aunque temporal, que siempre los mantendrá un paso por delante”.

En su extraordinario libro, Sociofobia, César Rendueles nos recuerda hasta qué punto somos personas codependientes, frágiles y sólo parcialmente racionales. El plan X, la estrategia de sacar ventaja por fases, sin embargo, no suele ser llevado a cabo por los seres frágiles que somos, sino por actores semejantes a personas jurídicas, ya sean empresas, mafias, lobbies, élites institucionalizadas, que no necesitan gastar su tiempo en construir delicadas estructuras para el cuidado, el compromiso y el bien. Por eso hoy, como muchas veces a lo largo de la historia, tenemos dos tareas por delante. Una, “construir un entorno social donde las distintas instituciones económicas estén sujetas a la posibilidad de deliberación democrática” (Rendueles), y otra, enfrentar los procedimientos ventajistas de estructuras cuya fuerza procede tanto de la inercia de lo establecido como de la sencillez de una estrategia que no requiere discusión. Imagino que un día podremos deliberar e instituir, por ejemplo, un rango salarial donde ningún trabajo merezca ser mejor remunerado que el de quien cuida a un enfermo y aún es capaz de darle la mano cuando está en la mesa de operaciones, o limpia y abraza a una niña que no es suya. Imagino también que, para poder llegar a hacerlo, tendremos que conspirar, ahora que la NSA nos ha hecho transparentes, y combatir.

 

De Margaret Thatcher a Facebook

 

“Aíslame, Fermín” decía Edgardo en la divertida e inquietante obra de teatro de Jardiel Poncela Eloísa está dejabo de un almendro. En Eloísa el personaje de Edgardo pasa más de veinte años en la cama, simulando viajes en tren a lugares como San Sebastián, gracias a un ingenioso sistema de realidad virtual, montado a base de diapositivas y un criado tocando la campana anunciando la llegada a una nueva estación. La obra de Jardiel Poncela nos recuerda que la necesidad de aislarnos y de buscar sucedáneos de la realidad son muy anteriores a internet y las redes sociales. En Sociofobia César Rendueles analiza con precisión quirúrgica y estilo a veces algo complejo los problemas que aquejan a la sociedad moderna. Margaret Thatcher planteaba en los 80 que “no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Ahora en pleno siglo XXI vivimos tiempos de una sociabilidad mediada por todo tipo de nuevos dispositivos electrónicos, de smartsphones a tablets, volcando diversos aspectos de nuestras vidas en ese panóptico voluntario y viertual que son la redes sociales. Rendueles nada contracorriente, por ejemplo planteado que el 15M prosperó y se extendió a pesar de la hiperconectividad activista. Plantea también que internet ha generado una realidad social disminuida, no aumentada, un anatema total en tiempos de celebración del ciberactivismo, el periodismo ciudadano, wikiconstituciones, partidos políticos 2.0. y donde la obtención de un trending topic en Twitter se celebra como una importante victoria política.

Para el autor vivimos la era del ciberfetichismo, que define como la ficción de que las tecnologías de la comunicación y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o político. Así las cosas, el ciberfetichismo y la sociofobia serían “las fases terminales de una profunda degeneración en la forma de entender la sociabilidad que afecta decisivamente a nuestra comprensión de la política” (página 176). En las páginas de Sociofobia se plantea la necesidad imperiosa de asumir el fracaso de la utopía de libre mercado y las ideas neoliberales. Las terribles consecuencias de los dogmas de la utopía neoliberal son crisis especulativas cada vez más destructivas y virulentas. Rendueles revindica la lucidez de creadores como Pasolini, pionero en denunciar los efectos destructivos del consumismo en nuestras sociedades. Uno de los aspectos más destacables de Sociofobia es la apuesta por un activismo y cambio político postheroíco. Según Rendueles “los anticapitalistas entendieron que, en realidad, los grandes dramas de nuestra era […] son cuestiones sencillas de resolver con unos pequeños ajustes: apenas un cambio en la propiedad de los medios de producción y algo de ilustración” (página 31). En esa línea argumental alejada de la revindiación del martirologio en la izquierda, Rendueles recupera una conversación con Carlos Fernández-Lliria donde el filósofo le planteaba que las ideas socialistas son “para personas que necesitan unas vacaciones del mercado laboral, el consumo, la publicidad e incluso el ocio” (página 152).

No podemos sobrevivir sin la ayuda de los demás, por lo que Rendueles revindica una ética del cuidado como la ideología y la práctica que deben guiar nuestra acción colectiva para conseguir un tipo de relaciones antagónicas a las del capitalismo, es decir alejadas del individualismo y la desigualdad material. De manera consciente o inconsciente Sociofobia se complemente casi a la perfección con uno de los best-sellers más inesperados de los últimos tiempos, En deuda de David Graeber, que es otro lúcido análisis de las funestas concecuencias del fundamentalismo de mercado. Pero donde Graeber idealiza de alguna manera el “comunismo cotidiano” de nuestras relaciones más proximas (familiares, afectivas) Rendueles finaliza Sociofobia alertando sobre la complejidad de las relaciones comunes “que ni hoy ni nunca alcanzaremos a entender plenamente”.

 

“Hay decenas de millones de cadáveres en las cunetas del capitalismo global”

 

Joey Tribbiani, Chandler Bing, Rachel Green, Phoebe Buffay, Monica Geller, Ross Geller eran tan divertidos que no importaba lo que sucedía en sus vidas, porque eran un desastre divertidísimo. Diez temporadas compartiendo piso en Manhattan, compartiendo sueños mileuristas como excusa perfecta para los chistes de seis vidas fracasadas sin opciones. Friends era la antesala de la pobreza, donde la explotación laboral y el vivir a salto de mata se anunciaban como el pan de las nuevas generaciones. Las mismas que se tronchaban con las ocurrencias que se cruzaban los amigos en aquel sofá.

De la teleserie a la novela. Un padre y un hijo caminan día tras día por desoladas autopistas norteamericanas. Los vehículos ya no circulan por ellas, se amontonan en las cunetas. Todo a su alrededor es devastación. La carretera ha sido definida como una novela distópica en la que Cormac McCarthy dibujaba a sus lectores un futuro postnuclear, pero en realidad no hace falta esperar tanto: “Buena parte de estos hechos se produjeron literal y repetidamente en un inmenso ámbito geográfico en el último tercio del siglo XIX”, cuenta el filósofo César Rendueles (Gijón, 1975) en la entrada de Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital, uno de los libros calientes de este otoño, publicado por Capitán Swing (aquí tienes el adelanto del capítulo Ciberfetichismo).

 

Explica Rendueles que la segunda mitad de la época victoriana fue denominada como la época de la “crisis de subsistencia global”, para definir el holocausto que causó entre treinta y cincuenta millones de muertos en China, India y Brasil. El mundo se convirtió en una pesadilla por culpa de la inanición y las pandemias.

El escenario apocalíptico de McCarthy ya lo habíamos vivido y las grandes potencias aprovecharon el desamparo de estas catástrofes para aumentar la velocidad y la intensidad de su expansión imperial. “El capitalismo se impuso literalmente como una invasión militar”, dice.

El timo de la estampita

La devastación ha sido transformada en carne de ciencia ficción, en atrezo de una literatura reaccionaria que distrae de la actualidad más cruda: un somnífero, de Friends a La carretera. “La industria del entretenimiento ha desempeñado un papel crucial. Proveyó a mi generación de un tipo de consumo legitimador que nos hizo pensar que la catástrofe que se gestaba era un entorno interesante y sofisticado”. Un mito que nos tragamos.

 

Entonces, ¿cuál ha sido el gran triunfo del capitalismo? Lograr que desconfiemos de las capacidades comunes que tiene la sociedad para ayudarse y protegerse. “La desconfianza en nuestra capacidad para ponernos de acuerdo o, al menos, gestionar nuestros conflictos. A los liberales la vida en común les parece peligrosa, engorrosa y en última instancia imposible”. De ahí nace el concepto “sociofobia”, una patología que anhela automatismos institucionales, como el mercado, para coordinar las preferencias individuales sin necesidad de alcanzar consensos.

Rendueles cree que hemos dejado voluntariamente que algunos de los principales problemas del mundo queden fuera de nuestro control y “ese automatismo impersonal es aterrador, más que las novelas distópicas”. Aunque pase desapercibido, el filósofo explica que vivimos en un sistema social que tiene las características de una gran catástrofe meteorológica: “Hay decenas de millones de cadáveres en las cunetas del capitalismo global de los que nadie se responsabiliza”.

La ley de la selva

“La cosa no funciona”, añade el autor. “No podemos construir una sociedad basada exclusivamente en las afinidades electivas enfrentadas, como si todo fuera una especie de competición deportiva generalizada. Sencillamente, no estamos capacitados para ello”. Señala que nuestra civilización es la primera que ha hecho de las relaciones competitivas que se dan en el mercado colonicen la práctica totalidad de la realidad social.

 

¿Cómo combatir la sociofobia? “Promoviendo las condiciones materiales y sociales que hacen posible la deliberación política en común. Reconociendo que ni los expertos, ni la tecnología, ni el mercado nos van a librar de nuestros problemas, sólo nosotros podemos hacerlo. Asumiendo que el cuidado mutuo es la base de un vínculo social racional y libre y una fuente potencial de realización personal. Asumiendo que la igualdad, como la libertad, es un objetivo y no sólo un punto de vista”.

En Sociofobia queda claro que despreciar algunas características materiales de nuestra especie es un fallo en el sistema básico en nuestro progreso, como nuestra capacidad para sobrevivir sin depender los unos de los otros. La independencia es “un episodio fugaz de nuestra vida”. El cuidado mutuo no tiene por qué ser una carga. Como vemos, la “sociofobia” se acerca peligrosamente al perfil del sociópata.

Uno de los apartados más polémicos del libro de Rendueles es el escepticismo con el que despacha los augurios democráticos que predican los ciberfetichistas, para quienes sólo la Red nos hará libres. De hecho, cree que internet no ha servido para acabar con los viejos problemas sociales heredados: la opresión en vez de la libertad, el elitismo en vez de la igualdad y la sociofocia en vez de la fraternidad. “Los antónimos del ideario revolucionario de 1789”.

Relaciones engorrosas

Por tanto la influencia de Internet sobre nuestras expectativas políticas sólo ha servido para reducirlas. “La red parece resolver un dilema típico de las sociedades modernas: la tensión entre individualismo y comunidad”, pero no es así. Tal y como expone el autor, es exactamente al revés. “Internet no fomenta los proyectos en común, en todo caso hace que nos importe menos su ausencia. Para mí ponerse de acuerdo para intentar que un hashtag sea trending topic no entra en la categoría de proyecto común”.

 

La definición de Internet es, bajo este recelo, una especie de mercado social donde podemos establecer “relaciones sociales sin engorrosos compromisos personales”. Ha nacido un nuevo tipo de vínculo social débil pero extremadamente abundante. Ni siquiera cree que Internet sea capaz de sacar a la gente a la calle a protestar. Más bien, la Red puede ser un arma cuando la gente sale a la calle. Es diferente.

Así que la retórica tecnófila no sólo es totalmente fantasiosa, también es condescendiente: “Nos resistimos a aceptar que en Egipto o Túnez pueda darse una rica actividad política, sindical o comunitaria, así que imaginamos que su efervescencia constituyente es un subproducto de la tecnología occidental”.

La utopía digital está por hacer. Internet puede ofrecer las bases materiales y sociales para que ocurra algo, pero “quedarnos sentados a esperar que aparezca una pestaña de Google para la transformación social” no ayudará mucho. “En ocasiones puede potenciar los procesos de emancipación política –como está ocurriendo en países como Uruguay-, en otras cegarlos”. El conocimiento libre nos hará más libres, pero no la Red. La receta de Rendueles no es nueva, pero se ha insistido en que la olvidemos: “Fortaleza moral, bondad de corazón, inteligencia práctica y apoyo mutuo”, sólo así seremos “más libres, justos y solidarios”. Manos a la obra.

 

 

 

 

 

César Rendueles: “Tus followers no te van a librar del paro; tu compis del colegio, sí”

 

“Las páginas de tendencia de los grandes medios publicitan hasta la náusea las últimas novedades anglosajonas, aunque su recepción en nuestra país sea muy minoritaria. Estilos musicales apreciados por los inmigrantes como el reggaetón, el kuduro o la cumbia, son considerados por los críticos como un pozo de degradación estética y sexismo. Es comprensible que a los aficionados a la música abstracta, digamos Stockhausen, les parezca que la música popular contemporánea es chusca y poco elaborada. No es el caso de la mayor parte de los críticos musicales, siempre receptivos a obras de aspiraciones irónicas poco innovadoras y mal tocadas si vienen avaladas por el New Musical Express. La mayor parte de la música que el occidente rico odia se baila en pareja y extremadamente pegado. Una pista de baile de reggaetón es una especie de consumación de la pesadilla simbólica occidental: una masa sudorosa, apretada y sin ilustrar, coreando letras de alto voltaje sexual y proclive a la violencia”.

Al habla César Rendueles (Girona, 1975), autor del libro que todo simio con tableta debería consultar este otoño. “Sociofobia” (Capitán Swing, 2013) es una arremetida contra el fetichismo cibernético, o sea, contra el pensamiento de que todo lo digital es oro. Aunque por encima de todo, para Rendueles el ciberfetichismo sólo es un síntoma irritante aunque benigno de un problema mucho más grave: la rebaja de nuestras expectativas políticas. “Me refiero a que no damos un duro por nuestro sistema político o nuestro modelo económico, pero somos incapaces de asumir el tipo de compromiso necesario para transformarlos”.

De Rendueles dirán que tiene el bagaje cultural de un Slavoj Zizek y la cadencia viejuna de un Jaron Lanier, pero con ambos comparte sobre todo su ironía y, hasta cierto punto, su retorcido sentido común. Para algo estamos ante el joven que abrevió la última antología de “El Capital”, haciendo de ese tochaco apolillado otro superventas de Alianza, y de Marx alguien cuya barba quieres tener como funda del móvil. Pero Rendueles también es humano y –nos atrevemos a señalar– algo moderno incluso. También sospecha de su propia tribu urbana.

“Cuando leí ‘La Distinción’ de Bourdieu me quedé perplejo al comprobar que a todos los idiotas con estudios universitarios nos gustaba exactamente lo mismo: la fotografía en blanco y negro, los paisajes industriales, las disonancias musicales”, señala el sociólogo madrileño. De ahí su apología del mainstream cultural plebeyo como reducto estético, en la estela de Víctor Lenore.

Rendueles se interesa en la música y el deporte como fenómenos comunitarios, tengan componentes clasistas o de ningún modo. Así menciona, por ejemplo, las comunidades alternativas generadas por el northern soul o el hardcore. Considera que las redes de intercambio de archivos audiovisuales en internet parasitan las escenas locales. Habrá quien discrepe, yo mismo dado el caso, pensando en Resident Advisor y mil sitios web que generan comunidad sin localización tangible alguna. Sea como fuere, la reciente prohibición de capturar imágenes en algunos festivales parece conceder la razón a los escépticos que juzgan excesiva la rémora de los smartphones en los conciertos. Para todos ellos, los enemigos del parásito digital, está escrita “Sociofobia”.

¿Problemas con la tecnología? Ninguno, salvo el vocoder

Aunque lo cierto es que Rendueles tiene poco de ludita. Parafraseando a aquel Marx escandalizado por el hecho de que el capitalismo desaprovechara las posibilidades tecnológicas que él mismo desarrolla, él declara: “No tengo nada en contra de internet  ni de ninguna máquina en particular, salvo los todoterreno, algunas armas y el vocoder”.

Su bestia negra es la tecnofilia fetichista desligada de los problemas cotidianos que preocupan a millones de personas, o deberían hacerlo según apagan la pantallita del consumo digital. Como dice él, “hoy mucha gente cree que la salida a los distintos dilemas a los que nos enfrentamos pasa por alguna clase de transformación tecnológica o cognitiva: producir software en vez de carbón, hackear en vez de sindicarse, ligar en Badoo en vez de en un bar”, cuando en realidad las mejoras sustanciales de nuestra calidad de vida, aquellas que nos permiten vivir hasta los 90 y no morir en epidemias como mosquitos, vienen ligadas a innovaciones tan recientes como el motor de combustión.

Como dijo hace poco en su blog: “Históricamente, la tecnología que ha tenido efectos más explosivos en el incremento de la esperanza de vida y la reducción de la mortalidad infantil ha sido el alcantarillado, muy por encima de cualquier innovación biomédica. La recombinación genética y los robotitos son muy cool, pero sirven de poco si vives enterrado en tu propia mierda”. De hecho, incluso en las economías avanzadas la incidencia de las nuevas tecnologías sobre la productividad del trabajo viene a ser casi nula. Y para más inri, “a pesar de las monsergas buenrollistas sobre la brecha digital, la verdad es que los pobres pasan más tiempo delante de la pantalla del ordenador que los ricos. Cualquiera que haya enviado un currículum por mail sabe la importancia de las relaciones cara a cara”.

Luego remata: “Tus followers no te van a librar del paro; tu compi del Colegio del Pilar, sí”.

Que la fragilidad de las relaciones sociales supone “un límite importante para casi cualquier proyecto de cambio político que queramos emprender” es una de las rocas más sólidas que articulan el pensamiento de Rendueles.

El ciberfetichismo también supone imaginar comunidades formadas por individuos que solo comparten las preferencias fugaces del momento. Esto es imposible, por supuesto, ya que ningún sistema de apoyo mutuo puede subsistir si depende en exclusiva de la motivación individual. El altruismo o la maternidad, entendidos como opciones de gusto entre otras, hacen peligrar el sustrato material de nuestra existencia. “Si los bebés tuvieran que esperar a que a sus padres les apeteciera cambiar sus pañales o darles la papilla, no sobrevivirían ni una semana”, sentencia el padre Rendueles. Y por cierto, la pareja de Rendueles, Carolina del Olmo, está a punto de publicar otro libro crucial sobre el cuidado y la maternidad, “¿Dónde Está Mi Tribu?”, donde desmantela la propaganda consumista para mamás y analiza la importancia de la socialización comunitaria durante los primeros meses del recién nacido en este mundo.

“¡Cómprate un perro, tío!”

En verdad, tanto César como Carolina apuestan por la fraternidad como modelo político. Porque, como dice Rendueles, “hoy la fraternidad resulta una idea bastante oscura, suena un poco a club de veteranos de guerra o de ultras de fútbol”. Los dos autores pertenecen a la primera generación española educada sobre bases puramente consumistas. Y ambos descubrieron tarde, gracias a la experiencia compartida de tener hijos, el carácter satisfactorio que puede tener la experiencia de la dependencia, el cuidar de alguien vulnerable. “Nos ha pasado un poco lo que al Fausto de Goethe. Ya sabes, Fausto busca satisfacer su ambición con conocimiento, sexo, experiencias vitales, transformando el mundo… Pero nada, sigue igual de insatisfecho. Dan ganas de gritarle: ‘¡tío, cómprate un perro!’”

 

Sociofobia

Tras el derrumbe de la utopía neoliberal, el gran consenso ideológico de nuestro tiempo es la capacidad de las tecnologías de la comunicación para inducir dinámicas sociales positivas. La economía del conocimiento se considera unánimemente como la solución al deterioro especulativo de los mercados; las redes sociales son el remedio