Por cuatro duros

Las ideas clave del nuevo milenio

Los 500 títulos de la colección de pensamiento de Anagrama, nacida en 1969, coinciden con los 200 de Galaxia Gutenberg. ¿Qué ideas y autores han marcado el debate en las últimas décadas? Hay un bonito texto de Slavoj Zizek cuyo título —¿Lucha de clases o postmodernidad? Sí, por favor— resume algunas de las transformaciones que

Explotación del hombre por el hombre: reflejos de la Gran Depresión

La Gran Depresión posterior al hundimiento de la Bolsa en 1929 ha ilustrado desde entonces la historia moderna de la explotación del hombre por el hombre, y se ha convertido en filón literario y cinematográfico, laboratorio de análisis social y económico, parte de la explicación del estallido de catástrofes como la Segunda Guerra Mundial, y referente obligado a la hora de estudiar las consecuencias de la crisis mundial que estalló en 2008, así como de las fórmulas para superarla.

Hacía muchas décadas, por ejemplo, que no se citaba ni se releía tanto Las uvas de la ira, del Nobel John Steinbeck, la más conocida de las novelas que reflejaron los avatares de las víctimas más vulnerables de aquel cataclismo (en ese caso, los granjeros expulsados de sus granjas tras las grandes tormentas de polvo), elevadas a la categoría de iconos por mitos pioneros de la canción protesta como Woody Guthrie.

De forma paralela, se rescatan obras que, sin estar ambientadas en los años treinta, reflejan que sigue sin erradicarse la explotación de la mano de obra que marcó esa época atroz. Una muestra clara de esta tendencia es la reciente publicación en España de Por cuatro duros. Como (no) apañárselas en Estados Unidos (editado por Capitán Swing), de Barbara Ehrenreich . Se trata de una incursión a finales del siglo XX –en plena burbuja de prosperidad – en el submundo del trabajo precarios y mal pagado, único disponibles para la población no cualificada. La conclusión -que un empleo o garantiza siempre una vida digna- sigue siendo válida 15 años después,  no solo en el paraíso americano, sino mucho más lejos, como en España.

Otro ejemplo es Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper (también en Capitán Swing), publicada en 1998 en EE UU, prologada por Michael Moore y que, con un estilo irónico y desenfadado, no trata exactamente de explotación laboral y de retribuciones de hambre, sino de la castrante alienación que provoca el duro y rutinario trabajo de las cadenas de montaje por las que Henry Ford ha pasado a la historia. En este caso, el escenario es una fábrica de camionetas y autobuses de General Motors.

He citado ya dos libros de Capitán Swing, y no serán los únicos, porque esta modesta editorial está empeñada en ilustrar los males del capitalismo con el rescate de obras emblemáticas y con frecuencia relegadas al olvido.

Así ocurre con Los filántropos en harapos, de Robert Tressell, un clásico de la literatura obrera publicado por vez primera hace justamente 100 años. Los benefactores a los que alude el título son los obreros, explotados con jornadas agotadoras y salarios de miseria, que financian en el fondo con su sudor a empresarios explotadores y políticos corruptos. Este mismo concepto permeaba también Por cuatro duros, donde Ehrenreich afirmaba  que los trabajadores no cualificados “son los grandes filántropos de lasociedad norteamericana (…), pasan privaciones para que la inflación se mantenga baja y el precio de las acciones alto (…), [y se convierten en] benefactores y donantes anónimos”.

Volviendo a los siniestros años treinta del pasado siglo, citaré todavía un ensayo histórico, una novela y un largo reportaje periodístico. El primero, publicado en 2006 por la Universidad de Valladolid, es obra del profesor José Ramón Díez Espinosa y se titula: El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. Lástima que esta obra que debería ser un referente de obligada consulta haya quedado recluida al ámbito de las publicaciones académicas, porque, incluso por su estilo, resulta perfectamente accesible para el gran público. Ya desde su presentación, se resalta que “el desempleo representa sobre todo inseguridad material, hambre y frío, degradación personal y exclusión social, resignación o violencia”, y supone “un viaje perturbador desde el pesimismo al fatalismo”. Más actual no podría resultar esta caracterización.

La obra, ilustrada con impactantes fotografías de época, no se limita a la situación en Estados Unidos en aquella época, sino que se proyecta más allá, y especialmente hacia Europa. Además, y con la rotundidad que le permite apoyarse en las técnicas de la investigación histórica, con la recopilación de datos incontestables, llega desde lo general a lo particular e inmediato. Tanto como para buscar respuesta a “las preguntas de cada día, como ¿qué comer? o ¿dónde dormir?”, e incluir un extenso capítulo dedicado a los trastornos psicológicos que provoca el trauma de estar sin trabajo y sin perspectiva de conseguirlo.

La novela a la que me refería, ha sido ya glosada aquí. La escribió Woody Guthrie en 1947 y se perdió su rastro durante más de 60 años, hasta ser publicada en 2013 gracias al historiador Douglas  Brinkley y el actor Johnny Depp. Una casa de tierra (Anagrama) describe la dura lucha por la vida de un matrimonio de aparceros en los años treinta, en las tierras más áridas del norte de Texas. El símbolo de esa lucha sin esperanza es el intento de sustituir su vieja y destartalada cabaña de madera por una sólida construcción de adobe, que identifican como su victoria sobre una naturaleza implacable y la esperanza de escapar de la explotación de los terratenientes.

Acabaré con otro libro editado también por Capitán Swing: Algonodoneros. Tres familias de arrendatarios, de James Agee, con espléndidas fotografías de la época de Walter Evans. Se trata de un largo reportaje periodístico, realizado en 1936 por encargo de la revista Fortune, que no llegó a publicarse, y al que se considera el germen de una de las obras mayores de su autor: Elogiemos ahora a hombres famosos. El manuscrito se perdió durante décadas y, rescatado por una hija de Agee, fue publicado en Estados Estados Unidos en 2012.

Como se señala en el prólogo de Adam Haslett, que considera que Age era capaz de “convertir en épico lo cotidiano”, se trataba de texto para ser predicado y contenía un mensaje perturbador: “Una civilización que por la razón que sea pone la vida en desventaja, o cuya existencia radica en poner vidas humanas en desventaja, no merece llamarse así ni seguir existiendo”.

Y quienes están dispuestos a sacar ventaja de ello son “seres humanos solo por definición, y tienen mucho más en común con el chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo mar”.

Algodoneros retrata sin florituras, con una sequedad casi documental doblemente efectiva porque su mensaje es imposible de rebatir, la dura lucha por la supervivencia de tres familias de arrendatarios de tierras dedicadas al cultivo de algodón en la Alabama de la Gran Depresión. Agee no buscó casos dramáticos, personajes de los que abusaban terratenientes sin escrúpulos, tragedias personales capaces de perturbar las malas conciencias, sino prototipos que reflejasen la realidad en su justo punto.

Aun así, fue demasiado para que Fortune lo recogiera en sus páginas. La existencia de las tres familias, endeudadas con frecuencia y siempre al límite, se centra en cuestiones básicas que dan título a los diferentes capítulos: Dinero, Cobijo, Comida, Ropa, Trabajo, Temporada de recolección, Educación, Salud y dos apéndices, Sobre los negros y Terratenientes, que casi resultaban obligados. En el primer caso, porque un tercio de los arrendatarios eran negros y, a los problemas comunes de su condición, se unían los derivados de la discriminación y el recelo– cuando no el odio- de la población blanca, incluso de quienes compartían su destino de víctimas. Este hecho diferencial, que habría podido alterar la esencia y el objetivo de su trabajo periodístico de campo, le llevó a no incluir en su investigación a una familia negra. Sin embargo, no podía dejar de señalar los elementos que situaban injustamente a esta minoría racial en una escala todavía inferior a la de los arrendatarios blancos.

En cuanto a los terratenientes, considera Agee que eran “la piedra angular de la estructura social y económica del Sur rural, un problema de una sutileza y complejidad casi inconcebibles”. Su objetivo era desacreditar viejas y engañosas etiquetas, como la del latifundista con látigo negro y pistola, o el aún más peregrinos de Caballero del Sur. Valga una frase para despejar cualquier duda: “El terrateniente no piensa en sus arrendatarios, sean blancos o negros, exactamente como pensaría en un ser humano o en sus mulos. Sólo piensa en ellos en tanto arrendatarios, y así los trata, y así exige que se comporten y que se relacionen”.

Sostiene Haslett que aquel reportaje maldito constituía “un ataque sin ambages contra un sistema de clases retrógrado, un ataque firmemente fundado en las vivencias particulares de quienes se encuentran en el escalón más bajo del sistema”. Aún más, que es un espejo en el que mirarse desde el presente, “cuando la mejora de la eficiencia y el aumento de la productividad laboral que tanto celebran los economistas se han convertido en mecanismo de trasferencia desde las clases pobre y media [los nuevos filántropos] a los dueños del capital”. Y cuando el sistema crediticio “ha establecido una impersonal variante financiero-capitalista de la trampa del endeudamiento que Agee describió” hace 78 años.

Ser-hi per explicar-ho

És una vida rara. Escuchar, mirar mucho, hablar solo, pensar, anotar, dormir cada noche en un lugar distinto, comer bastante feo siempre, leer diarios locales o ninguno, limitar mi mundo a mi asiento del coche y todo lo que le pasa por el costado: la Argentina”. Martín Caparrós descriu així el que fa aquell 2006: un retrat del seu país tot viatjant fins al més profund; són 30.000 quilòmetres en diverses tongades enllaçant històries per fer-ne una de sola, com tessel·les del gran mosaic del món, una novel·la sense ficció, peça cabdal del periodista. En el fons, Caparrós descriu l’essència de la crònica, que està en camí avui, és clar, de ser el gènere rei. Aquells atributs els podria haver subscrit Agustí Calvet, Gaziel. De fet es veuen a De París a Monastir. “Nos recibió un oficial muy joven, alto, imberbe, que hablaba el italiano y tenía la cabeza vendada, a causa de una herida reciente. En mi cartera de viaje acabo de encontrar su tarjeta, manchada por la impresion rojiza de su pulgar, humedecido de sangre todavía fresca. Acababa de llegar del frente, donde había sido herido en la misma mañana de hoy, y donde las fuerzas serbias, hambrientas, rendidas, sin municiones, y sin esperanza de auxilio, sucumbían más bien como mártires que como soldados”, descriu en el seu viatge d’octubre de 1915 al front del sur d’Europa aquest corresponsal de guerra exquisit renascut a les llibreries amb una selecció impagable de textos sobre el catalanisme polític (Tot s’ha perdut; RBA, 17,95 euros) i la correspondencia amb el seu editor i amic Josep Maria Cruzet (Abadia de Montserrat, 23 euros).

Amb menys combinació reflexió-fet viscut, però amb un punt més de periodisme d’investigació, hi ha el treball del mític Albert Londres, del qual, amb De diásporas y colonias, es vol recuperar l’obra periodística completa. Comencen amb un triumvirat de reportatges d’entre 1929 i 1931, els darrers abans de desaparèixer mentre investigava el tràfic d’armes a la Xina: un pelegrinatge per Europa de punta a punta per acabar a Palestina resseguint el destí errant dels jueus; un relat sobre els pescadors de perles del golf aràbic, tema tapadora per abordar el creixement de l’islamisme, i un dur passeig de quatre mesos per les colònies franceses a Àfrica és el primer fris del prometedor projecte.

Però no cal anar massa lluny per aplicar el gènere i explicar la complexitat del món. La revista Fortune va enviar, l’estiu de 1936, el redactor James Agee (que alhora enredà l’excel·lent fotògraf i amic Walker Evans perquè l’acompanyés) a Alabama per descriure sobre el terreny les misèrrimes condicions laborals dels grangers blancs pobres del sud profund. El viatge en cotxe es traduí en 30.000 paraules per a les quals Agee, poeta sensible, va suar sang: pel que va veure (malalties, condicions d’esclavatge gairebé, pagesos atrapats en una espiral de prèstecs asfixiants…) i per com traduir-ho per a una revista econòmica. Lògicament, Algodoneros, retrat a partir de tres famílies de parcers, no veié mai la llum i es perdé entre la paperassa de qui també fou guionista de La reina d’Àfrica. Ara és la primera vegada que es publica, tot comprovant que va ser l’excel·lent laboratori de l’obra magna del periodista sobre el tema: Elogiemos ahora a hombres famosos.

La ciutats són també focus de misèria: l’assagista Barbara Ehrenreich en va tenir prou amb 15 dies treballant de cambrera a Florida per veure que amb 5,15 dòlars de mitjana al dia (propines incloses i en temporada alta) no podria ni pagar el lloguer. El 1998 va preguntar-se en veu alta davant un editor de la revista Harper’s com es podia viure amb salaris tan baixos i que calia fer un reportatge de carrer, com els d’abans, per comprovar-ho. La resposta: que ho fes ella. Treballant, entre altres feines ben baixes i d’incògnit, de cambrera o venedora dels temibles magatzems (per les condicions laborals) Wal-Mart, la veritat és que no trigà gaire a veure que ingressos i despeses normals eren impossibles d’equilibrar així, cosa que explica el títol del llibre, Por cuatro duros, i el perquè el 29% de les famílies nord-americanes estan avui oficialment en la pobresa.

“No eres más que un gilipollas con diarrea bucal, y la única manera de que te publiquen toda esta basura es comiéndoles el culo a esos hijos de puta comunistas que no tienen nada mejor que hacer que estar sentados, drogarse y destrozar este país”, li eztiba un company de feina a Ben Hamper, treballador a la cadena de muntatge de la General Motors a Flint, Michigan, i que, en part per culpa del cineasta Michael Moore, va començar a escriure dels dobles torns, dels salaris, dels caps i dels companys de feina a la seva columna Impresiones de un cabeza de remache. Amb un humor negre i un estil dur cultivats en les experiències etíliques i de droga més properes a les maneres del gonzo Hunter S. Thompson, Hamper (que surt al documental Roger & Me) va tancar-se a escriure Historias desde la cadena de montaje. En definitiva: ser-hi per explicar-ho.

Por cuatro (malditos) duros

Barbara Ehrenreich (Butte, 1941) es una periodista estadounidense que se infiltró en las dinámicas del trabajo precario que dominan la mayoría de los “empleos no cualificados” de su país. Por cuatro duros. Cómo (no) apañárselas en Estados Unidos (Capitán Swing, 2014) es la narración en primera persona de una experiencia cargada de miserias, esclavitudes, incertidumbres y miedos. La iniciativa que realiza la (prestigiosa) periodista, se desarrolla entre 1998 y 1999, cuando la autora abandonó su casa y comodidades y buscó trabajo en las mismas condiciones que lo realizan millones de personas en la tierra de Micky Mouse, las propinas por porcentaje y la alimentación alta en calorías. Un relato que hace años nos habría parecido, desde la circunstancias más o menos garantistas que habitamos en Europa, una película de terror, pero que a día de hoy, con la que no está cayendo, parece el final del camino de las “políticas de austeridad”: la precariedad absoluta como modus vivendi.

Coincidencias de la vida, la tiranía a la que se somete Ehrenreich en su genial interpretación periodística de mujer divorciada, sin estudios, blanca y en búsqueda de nuevos horizontes, tiene que ver en buena parte con la perversión de vivir sin casa, en la pobreza y con largas jornadas laborales que no alcanzan para sobrevivir. Apenas para alimentarse a base de bolsas de Doritos, durmiendo en cuchitriles enmohecidos. “Una mujer de mediana edad con una nieta a cuestas me dice con tono consolador que al principio siempre es difícil vivir en un motel, sobre todo si estás acostumbrado a tener casa. Pero que una se acostumbra en poco tiempo y te quitas la idea de la cabeza. Ella, por ejemplo, lleva ya once años en el Blue Haven”, una de las residencias de mala muerte en el que se instala Ehrenreich durante los seis oficios que realiza. En otro momento del libro, señala la condición mayoritaria de los explotados: “Mucha gente brava pierde la belicosidad en el campo de prisioneros”.

A pesar de lo que pueda parecer, el libro termina con cierta voluntad de esperanza alrededor de la indignación de eso que algunos llaman, en éste caso con razón, las “mayorías sociales” y su capacidad para rebelarse. Precisamente, hace unos meses en una de las empresas donde trabajó Barbara Ehrenreich, la cadena de complementos Walmart, se inició una huelga exigiendo “mejores horarios y un tratamiento justo”. En la noticia que publicaba un medio estadounidense, un empleado que llevaba allí ocho años declaraba: “Estamos trabajando en un ambiente de inflexibilidad e intimidación”. Exactamente el clima laboral que se respira con la lectura de Por cuatro duros, exactamente el clima que vivimos en estos días de Marca España.

Una de las virtudes del relato es que la experiencia está contada sin dramatismos lacrimógenos, pero con un contundente tono de denuncia. Atendiendo a la realidad de las lamentables condiciones laborales en Estados Unidos en toda su crudeza, sin necesidad de abalorios narrativos. Tampoco sin que la periodista alardee de méritos en su función de exploradora social. Algo que se agradece en estos tiempos en los que con excesiva frecuencia se confunde al periodista con la noticia. Un texto con voluntad de levantar conciencias y reivindicar los protagonismos anónimos del día a día.

El libro tuvo un enorme éxito cuando se publicó en 2001 en Estados Unidos. Tanto, que fue señalado por algunos medios del Tea Party como el “típico desvarío marxista”, por eso de que para algunos, denuncia social y derechos laborales son sinónimos de “comunismo”. Una asociación de ideas que también se estila mucho por aquí, y que se apoya en su versión fuerza de choque mediática en denigrar el sindicalismo, como amenaza del privilegio y la explotación. Conceptos estos últimos en evidente sintonía. Muchos mas, después de leer está última perla de ensayo contemporáneo que edita Capitán Swing.

La escritora que fregó tu suelo

Barbara Ehrenreich es algo más que otra feminista de izquierdas recomendada en la solapa de sus libros por Naomi Klein; es una periodista valiente y necesaria de la estirpe de los Wallraff, investigadores de campo con lecturas y trabajo de archivo a sus espaldas que prefieren destapar las injusticias del sistema a quedarse muditos, sabiendo que la cruda verdad de los trabajadores mal pagados y de las mujeres estafadas por sencillos magufos vende mejor que la salsa rosa de unos pocos escogidos. Por cuatro duros es su libro mejor conocido, una suerte de jornada en el infierno, un descenso a los abismos del curro basura que tienen que aceptar las mujeres poco formadas del mejor de los mundos (y desde el comienzo de la crisis las formadas también) con tal de ganarse el pan de cada día y obtener en términos económicos —como reza el estribillo de “Antes muerta que sencilla”— «una poquita, una poquita, una poquita libertad».

Para los que (todavía) no hayan leído este clásico del gonzo journalism, la cara oculta de las payasadas de Hunter S. Thompson en las Vegas, cabe decir que el ensayo surge como un encargo de la revista Harper’s: hacerse pasar por dependienta, camarera y empleada del hogar, o mejor dicho, laborar durante un mes en cada uno de estos curros y pagar con estos exiguos ingresos unos gastos mensuales modestos (alquiler, gasolina, comida).

En suma, sobrevivir a la clase trabajadora para contarlo.

Tampoco hay que mistificar la iniciativa de Ehrenreich (1). Su paso por los bajos fondos parece algo casi heroico y ante todo increíble (habrá quien se pellizque para comprobar que no está soñando mientras lee su relato) ahora que los escritores están más lejos que nunca de la calle (véase la reflexión de Miqui Otero sobre la generación de letraheridos empollones que padecemos), y desde luego vivir tres meses en calidad de proletaria es algo digno de elogio en comparación a las farsas que ahora gastan ciertas cadenas de televisión enviando a modelos a pasar una semana en la calle, como si fueran unas vagabundas sin techo, o peor: como si el público (y carteristas y violadores potenciales) no supieran distinguir y tratar con un reality show a partir de las cámaras que lo custodian y lo acompañan.

Ehrenreich es honesta cuando escribe que «no hay manera de aparentar ser camarera: la comida llega o no llega a la mesa. […] En todos los puestos, en todos los lugares donde viví, el trabajo absorbía por completo mis energías y gran parte de mi intelecto. No estaba tonteando.» Y tampoco está de menos recordar aquellos escritores que, sin necesidad de cambiar de aires o hacerse pasar por otros, retrataron la miseria del trabajo asalariado manual desde una íntima cotidianeidad con ella. Estoy pensando en Jack London y George Orwell, por supuesto, pero también escritores actuales —quizá menos finos en términos ideológicos y literarios— como el López Menacho de Yo, precario.

Recuerdo un párrafo de Por cuatro duros que vale más que mil declaraciones de falsa modestia y que transmite a la perfección el carácter sencillo que debería literalmente atravesarnos cuando nos ponemos a juntar palabras por escrito sin ignorar la realidad que rodea a nuestro escritorio (empiezo a hablar en primera persona del plural y con expresiones normativas: mea culpa); una lección de humildad: «Hace años, cuando me casé con mi segundo marido, éste dijo muy orgulloso a su tío —por aquél entonces, aparcacoches— que yo era escritora. La respuesta del tío fue: “¿Quién no lo es?”»

A su retorno a la vida de escritora, la pregunta más recurrente entre los miembros de la jet set literaria era: pero Bárbara, ¿cómo es que no se percataron tus colegas?, ¿cómo es que no vieron la encerrona? Esta gente pensaba, siguiendo un prejuicio clasista bastante extendido, que un intelectual se reconoce a la legua (sus gafas le delatan, o algo, quizá el jersey de cuello de cisne) y no hay manera que un genio de las letras pase medio minuto fregando suelos sin que una pizca de su brillantez destape su coartada. Y tenían razón: Ehrenreich era jodidamente inexperta y torpe. Por lo demás, nada permite distinguir (en términos de ingenio) a una persona que lleva años desempeñando una profesión mecánica del resto. «Cualquiera que pertenezca a las clases instruidas y crea lo contrario debe ampliar su círculo de amigos», es un consejo de Barbara Ehrenreich.

Por cuatro duros: cómo sobrevivir al trabajo precario

La idea de escribir este libro surgió en un escenario bastante suntuoso. Lewis Lapham, editor de Harper’s, me había invitado a una comida de 30 dólares en un sitio discreto de estilo francés rústico, con la intención de discutir mis futuros artículos para su revista. Creo recordar estar comiendo salmón y ensalada verde, mientras le sugería ideas sobre cultura pop, cuando la conversación derivó hacia un tema más familiar para mí: la pobreza. ¿Cómo viven las trabajadoras no cualificadas con el jornal que reciben? Sancionada la Reforma de la Seguridad Social, nos preguntábamos en particular cómo pueden ser arrojadas cuatro millones de mujeres al mercado laboral, con un salario de 6 0 7 dólares la hora. En ese momento dije algo que, desde entonces, he tenido que lamentar en muchas ocasiones: «Alguien tendría que hacer periodismo a la antigua usanza, ¿sabes? Echarse a la calle y ver cómo es la cosa». Pensaba en alguien mucho más joven que yo, en algún periodista neófito con hambre y tiempo disponible. Pero Lapham esbozó esa su media sonrisa con una chispa de locura y dio al traste —al menos por un tiempo— con la vida tal y como como yo la conocía, diciendo una sola palabra: «Tú».

La última vez que alguien me había urgido a renunciar a mi vida normal para aceptar un trabajo mal remunerado corriente y moliente había sido en los años setenta cuando docenas y tal vez cientos de radicales de los sesenta empezaron a meterse en las fábricas para «proletarizarse» y organizar a la clase trabajadora. La muchacha que yo era entonces no estaba por la labor. Me daban pena los padres que habían pagado una buena educación universitaria a esos obreros voluntariosos y me apenaba también la gente a la que pretendían redimir. El modo de vida de mi familia nunca había estado demasiado lejos del de quienes desempeñan trabajos mal remunerados; en realidad estaba lo suficientemente cerca para valorar la gratificadora independencia que otorga el oficio —no siempre bien pagado— de escribir. Mi hermana había pasado de un trabajo mal pagado a otro —corredora comercial en una compañía telefónica, operaria en una fábrica, recepcionista—, en constante lucha con lo que llama «la desesperación de ser un esclavo asalariado». Conocí a mi marido y compañero durante diecisiete años cuando trabajaba en un almacén y cobraba 4,50 dólares la hora. Situación de la que consiguió escapar para convertirse en organizador del Sindicato de Camioneros. Mi padre había sido minero del cobre. Mis tíos y abuelos trabajaron en las minas o en la Union Pacific. De modo que, para mí, estar sentada ante una mesa de despacho el día entero no sólo era un privilegio sino un deber; algo que debía a todas esas personas, vivas y muertas, que tantas cosas tendrían que contar. Muchas más de las que nadie puede alcanzar a escuchar a lo largo de toda una vida.

Además de mis recelos, ciertos miembros de la familia no dejaban de recordarme —aunque no hiciera falta— que yo podía participar en aquellos proyectos, tan de moda entonces, sin dejar por eso mi despacho. No tenía más que pagarme a mí misma un sueldo medio por ocho horas de trabajo al día, cobrarme casa y comida más algunos gastos admisibles —como la gasolina—, y hacer las cuentas a fin de mes. Con los salarios habituales de 6 o 7 dólares la hora y alquileres de 400 dólares o más al mes, me pareció que las cuentas difícilmente cuadrarían. Y, en caso de haberme preguntado si una madre soltera —dejada de lado por la Seguridad Social— podría sobrevivir sin asistencia estatal en forma de vales de comida, atención sanitaria, subsidios para el cuidado de la casa y la guardería, la respuesta era archisabida: no era cosa de dejar la seguridad del hogar.

Cuando, en 1998, empecé a pergeñar esta experiencia, la National Coalition for the Homeless [Coalición Nacional para los Sin Techo] afirmaba que la media nacional del salario mínimo necesario para alquilar un apartamento de una habitación era de 8,89 dólares la hora. El Preamble Center for Public Policy [Centro de Investigaciones Sociales] estimaba que las posibilidades de un aspirante típico de conseguir trabajo con un salario digno eran de 1 frente a 97. ¿Por qué tenía que preocuparme yo de confirmar hechos tan desagradables? Conforme se acercaba el momento de no poder evitar asumir la misión, empecé a sentirme un poco como aquel anciano conocido mío, que usaba la calculadora para hacer las cuentas de su talonario de cheques y, después, verificaba los resultados rehaciendo las sumas a mano.

Al final, la única manera de superar mis dudas fue pensar que, en realidad, me habían educado para ser una mujer de ciencia. Tenía una licenciatura en Biología y no la conseguí sentada ante un escritorio, amañando cifras. En el despacho puedes especular con todo lo que se te antoje pero, antes o después, tienes que subir al estrado y zambullirte en el caos cotidiano de la naturaleza, donde acechan sorpresas y resultados más prosaicos. Cuando me metiera en el proyecto, tal vez descubriría en el mundo de la trabajadora mal remunerada ciertas formas ocultas de ahorro. Si casi el 30 por ciento de la fuerza laboral se desloma por 8 dólares o menos la hora —según informaba en 1998 el Washington-based Economic Policy Institute [Instituto de Política Económica de Washington]—, existía la posibilidad de que esas trabajadoras hubieran dado con algunos trucos, aún desconocidos para mí. Tal vez fuera capaz de detectar en mí misma los efectos psicológicos energizantes de salir de casa, como prometían los sesudos señores que nos trajeron la Reforma de la Seguridad Social. Por otro lado, tal vez hubiera costes inesperados —físicos, económicos, emocionales— que echaran por tierra todos mis cálculos. La única manera de averiguarlo era salir y ensuciarme las manos.

Con espíritu científico fijé antes de nada ciertas reglas y ciertos parámetros. La primera regla era, obviamente, que en mi búsqueda de trabajo no iba a respaldarme en ninguna de las habilidades adquiridas durante mis estudios ni mi trabajo… De cualquier manera, tampoco es que hubiera tantas ofertas para ensayistas. Segunda, tenía que aceptar el trabajo mejor pagado que me ofrecieran y hacer todo lo posible por conservarlo; nada de peroratas marxistas ni de escabullirme al aseo para leer novelas. Tercera, tenía que tomar el alojamiento más barato que encontrara o, por lo menos, el más barato que ofreciera condiciones aceptables de seguridad e intimidad, aunque mis exigencias en ese aspecto eran vagas y, como en poco tiempo quedó demostrado, inclinadas a degradarse.

Intenté aferrarme a esas reglas pero, en el curso de la experiencia, todas ellas cedieron o fueron quebradas en algún momento. En Key West, por ejemplo, donde empecé el proyecto a fines de la primavera de 1998, me ofrecí para un puesto de camarera diciendo que podía saludar a los turistas extranjeros con el debido bonjour o Guten Tag. Fue el único caso en que me permití dar indicios de mi verdadera educación. En Minneapolis, mi último destino, quebré otra regla al no aceptar el trabajo mejor pagado, pero habrá que juzgar mis razones para no hacerlo. Finalmente, en el último momento, estallé y solté una perorata furtiva sin que me oyeran los jefes.

Tenía también el problema de cómo presentarme a los eventuales empleadores y, en particular, cómo explicar mi lamentable falta de experiencia laboral. La verdad —o, por lo menos, una versión deslavazada de ella— parecía más fácil: me describía ante los entrevistadores como ama de casa divorciada, que volvía al mercado laboral al cabo de muchos años, cosa que hasta ahí era verdad. A veces, aunque no siempre, para unos pocos trabajos como empleada de hogar, cité como referencia a antiguos compañeros con quienes había compartido vivienda y a una amiga de Key West a quien había ayudado de vez en cuando a fregar los platos de la cena. En los formularios de solicitud de trabajo preguntaban también cuál era el nivel de educación. Como suponía que la licenciatura en Biología no me ayudaría en absoluto e incluso que haría sospechar a los empleadores que era una alcohólica empedernida o algo peor, me limitaba a hablar de tres años de universidad, confesando mi alma máter de la vida real. Resultó que nadie cuestionó nunca mis antecedentes y sólo uno de mis empleadores entre varias docenas se molestó en verificar mis referencias. En cierta ocasión, una entrevistadora excepcionalmente locuaz me preguntó por mis aficiones. Dije «escribir», y no le pareció nada extraño. Aunque el trabajo que me ofrecía podría haberlo desempeñado a la perfección un analfabeto.

Por último, establecí algunos límites tranquilizadores, para afrontar cualquier emergencia que se presentara. Primero, siempre tendría coche. En Key West conducía el mío; en otras ciudades recurría a coches alquilados, que pagaba con tarjeta de crédito, en vez de hacerlo con mis ganancias. Sí, podría haber caminado o atenerme a trabajos accesibles utilizando el transporte público. Pensé que la historia de la espera de autobuses no sería muy interesante de leer. Segundo, descarté la opción de no tener alojamiento. La idea era pasar un mes en cada puesto y ver si podía encontrar un trabajo que me permitiera —en ese lapso— ganar el dinero suficiente para pagar el segundo mes de alquiler. Si pagaba el alquiler por semana y me quedaba sin dinero, daría el proyecto por terminado; para mí, nada de albergues ni de dormir en el coche. Tercero, no tenía la menor intención de pasar hambre. Al acercarse el momento de iniciar el experimento, me prometí que, si las cosas llegaban al extremo de no tener asegurada la comida siguiente, sacaría a relucir mi tarjeta de débito y haría trampa.

De manera que ésta no es la historia de una aventura sin «red de seguridad» que desafíe a la muerte. Casi cualquiera podría hacer lo que yo hice: buscar un puesto, trabajar en él, tratar de cuadrar los números. Millones de estadounidenses lo hacen todos los días, con mucha menos alharaca y sin titubeos.

Por razones que, a la vez, alientan y limitan, desde luego soy muy distinta de quienes normalmente desempeñan en Estados Unidos los puestos más humildes. Y, lo que es más obvio, sólo estuve de visita en un mundo que otros habitan a tiempo completo, con frecuencia la mayor parte de sus vidas. Con todos los halagos que me esperaban en mi vida real, conquistados cuando ya era una mujer de mediana edad —cuenta bancaria, plan de jubilación, cartilla sanitaria, casa de varias habitaciones—, en el fondo no había manera alguna de «experimentar la auténtica pobreza» ni de descubrir cómo se siente realmente quien es, durante largo tiempo, una trabajadora mal remunerada. Mi objetivo era mucho más claro y modesto: no pretendía más que ver si podía ajustar las entradas a los gastos, como hacen a diario los auténticos pobres. Además, había tenido suficientes encuentros indeseables con la pobreza durante mi vida para saber que no es el ámbito que querría visitar con fines turísticos: huele demasiado a miedo.

Al contrario que muchos trabajadores con salarios bajos, yo tenía la ventaja añadida de ser blanca y de que el inglés fuera mi lengua materna. No creo que eso afectara mis posibilidades de encontrar trabajo, teniendo en cuenta la buena disposición de los patrones para contratar poco menos que a cualquiera, dada la escasez de mano de obra entre 1998 y 2000, pero, casi con certeza, afectó el «tipo» de trabajo que me ofrecieron. Al principio busqué en Key West lo que presumí era el trabajo relativamente fácil de limpieza en hoteles y, sin embargo, me vi arrastrada a hacer las tareas de camarera, sin duda, por mi etnia y mis conocimientos de inglés. Tal como sucedió, ser camarera no me proporcionó muchas ventajas económicas, comparadas con las de las camareras de habitación. Por lo menos fuera de temporada, con propinas bajas, que es cuando trabajé en Key West. Pero la experiencia sí me sirvió para decidir en qué condiciones vivir y trabajar en otras localidades. Dejé de lado, por ejemplo, sitios como Nueva York y Los Ángeles, donde la clase trabajadora está constituida sobre todo por gente de color y una mujer blanca que habla inglés sin acento extranjero en busca de trabajos «no cualificados» sólo puede parecer una desquiciada o una excéntrica.

Tenía otras ventajas. El coche, por ejemplo, que me distinguía de muchos —aunque de ninguna manera de todos— de mis compañeros de trabajo. Si lo que buscaba era repetir la experiencia de una mujer que entra en el mercado laboral abandonando su bienestar, el caso ideal habría sido que tuviera, por lo menos, dos niños a cuestas. Pero los míos estaban crecidos y nadie iba a estar dispuesto a prestarme los suyos para que me los llevara un mes de vacaciones lleno de zozobra. Además de estar motorizada y sin carga, gozo seguramente de mejor salud que la mayoría de quienes llevan mucho tiempo viviendo de un trabajo mal pagado. Lo tenía todo a mi favor.

Si había otras diferencias más sutiles en mí, nadie me las señaló nunca. Desde luego no hice ningún esfuerzo por representar un papel ni por ajustarme a un imaginario cliché de trabajadora mal remunerada. Dondequiera que estuviera permitido usar ropa de calle, usaba la mía de siempre, el maquillaje y el peinado acostumbrados. En las conversaciones con mis compañeros de trabajo hablaba de mis hijos reales, mi estado civil y mis amigos. No había ninguna razón para inventarme una vida totalmente nueva. Sin embargo, en cierto aspecto, sí modifiqué mi vocabulario. Al menos cuando era nueva en el trabajo y me preocupaba por no parecer demasiado desenvuelta ni irrespetuosa. Censuraba las vulgaridades que forman parte de mi discurso normal, gracias en gran medida a la influencia de mi compañero. Aparte de eso hacía bromas, me burlaba, opinaba, especulaba y, de vez en cuando, daba cantidad de consejos sobre salud, exactamente como haría en cualquier otro ambiente.

Acabada la experiencia, mis conocidos me preguntaban si la gente con quien había trabajado no…, no advertían que… Daban por supuesto que una persona educada es irremediablemente distinta —y superior— a los zánganos con quienes trabaja. Querría poder decir que algún supervisor o compañero de trabajo me dijo, siquiera una vez, que tenía «un algo» especial, en cierto modo envidiable. Por ejemplo, que era más inteligente o estaba mejor educada que la mayoría. Pero no sucedió nunca. Sospecho que lo único que realmente tenía de «especial» era mi inexperiencia. O, vuelta la oración al revés: la personalidad o las destrezas de la trabajadora con salario bajo no son más anodinas que las de quien se gana la vida escribiendo. Tampoco tiene menos tendencia a ser ingeniosa o brillante. Cualquiera que pertenezca a las clases instruidas y crea lo contrario debe ampliar su círculo de amigos.

Desde luego, siempre estaba ahí la diferencia que sólo yo sabía: no trabajaba por el dinero. Estaba haciendo una investigación para escribir un artículo, que luego se convertiría en libro. Volvía a casa todos los días para hacer algo que en nada se parecía a mi vida doméstica normal. Volvía a un ordenador portátil, sobre el cual me pasaba una o dos horas registrando los acontecimientos del día… con mucha concentración, añadiría yo, porque rara vez podía tomar notas durante la jornada. Me preocupaba esa farsa —simbolizada por el portátil que me proporcionaba el vínculo entre mi pasado y mi futuro—, por lo menos frente a gente que me interesó y habría querido conocer mejor. (Debo decir aquí que señas de identidad y nombres han sido alterados para proteger la intimidad de las personas con quienes he trabajado o me he encontrado durante la investigación. En la mayoría de los casos he cambiado también el nombre de los lugares en los cuales he trabajado y su localización exacta para garantizar aún más el anonimato de quienes he conocido.)

Después de muchas reflexiones cargadas de ansiedad, hacia el final de mi permanencia en cada sitio me «descubría» ante unos pocos compañeros de trabajo elegidos. El resultado era siempre asombrosamente decepcionante. La reacción que más gracia me hacía era la pregunta: «¿Quieres decir que no volverás al turno de la noche de la próxima semana?». Me sorprendía mucho que no se asombraran más ni se indignaran. Parte de la respuesta esté quizás en la noción que la gente tiene de lo que significa «escribir». Hace años, cuando me casé con mi segundo marido, éste dijo muy orgulloso a su tío —por aquel entonces, aparcacoches— que yo era escritora. La respuesta del tío fue: «¿Quién no lo es?». Cualquier persona alfabetizada «escribe», y algunos de los trabajadores con salarios bajos que conocí o me presentaron durante el proyecto escribían diarios o poemas…; en un caso, incluso, una larga novela de ciencia ficción.

Pero, según advertí ya muy avanzada la experiencia, también es posible que yo exagerara la profundidad de mi decepción conmigo misma. Por ejemplo, no hay manera de aparentar ser camarera: la comida llega o no llega a la mesa. La gente me conocía como camarera, empleada de hogar, auxiliar de enfermería, dependienta de tienda, no porque actuara como las demás sino porque fui lo que era, al menos durante el tiempo en que estuve con ellas. En todos los puestos, en todos los lugares donde viví, el trabajo absorbía por completo mis energías y gran parte de mi intelecto. No estaba tonteando. Aunque desde el principio sospechara que el equilibrio entre los salarios y los alquileres trabajaban en mi contra, hice un verdadero esfuerzo por salir airosa. No doy más importancia a mis experiencias que a las de otro cualquiera, porque mi historia no tiene nada de particular. Lo único que pido que se tenga en cuenta cuando dé un traspié es que las mías eran, sin duda, las mejores circunstancias: las de una persona con todas las ventajas que la etnia y la educación, la salud y la motivación pueden conceder, en tiempos de desbordante prosperidad, para sobrevivir en las profundidades de la clase económica más baja.

¿Es Barbara Ehrenreich la ensayista más importante de EEUU?

Barbara Ehrenreich (Montana, 1941) tiene la asombrosa capacidad de ser tres escritoras a la vez: ensayista, periodista y divulgadora. Tres al precio de uno. Sumen a eso la intencionalidad de sus textos, siempre pisando charcos políticos y culturales, y se encontrarán ante una de las grandes ensayistas críticas de EEUU.

Una de esas pensadoras que no sólo hay que leer, sino que da gusto hacerlo, gracias a esa habilidad tan anglosajona de iluminar cualquier tema por sesudo que sea.

Hablamos de libros como Sonríe o muere (Turner, 2011), donde desmenuzó la ideología del pensamiento positivo sobre la política estadounidense: la autoayuda como corriente ultraliberal.

Barbara Ehrenreich (Montana, 1941) tiene la asombrosa capacidad de ser tres escritoras a la vez: ensayista, periodista y divulgadora. Tres al precio de uno. Sumen a eso la intencionalidad de sus textos, siempre pisando charcos políticos y culturales, y se encontrarán ante una de las grandes ensayistas críticas de EEUU.

Una de esas pensadoras que no sólo hay que leer, sino que da gusto hacerlo, gracias a esa habilidad tan anglosajona de iluminar cualquier tema por sesudo que sea.

Hablamos de libros como Sonríe o muere (Turner, 2011), donde desmenuzó la ideología del pensamiento positivo sobre la política estadounidense: la autoayuda como corriente ultraliberal.

Carolina del Olmo, autora de ¿Dónde está mi tribu? (Clave intelectual, 2013): Elige temas interesantísimos, muy importantes, pero que tienden a pasar desapercibidos o a permanecer en los márgenes. De algún modo, pone el punto de mira sobre cuestiones particulares que tienen la capacidad de revelar de manera indirecta un montón de información crítica sobre esa cuestión más general que es el defectuoso funcionamiento de nuestras sociedades de mercado. Combina la seriedad y el rigor del mejor ensayo con algunos recursos (historias de vida, entrevistas, crónicas personales) del mejor periodismo. Y es curioso porque, a pesar de usar mucho la crónica personal y las historias de vida, sortea –gracias a su seriedad con la documentación y los datos–, esa tendencia tan actual a generalizar y sacar consecuencias apresuradas a partir de una anécdota.

Ernesto Castro, autor de Contra la posmodernidad (Alpha Decay, 2011): Es algo más que otra feminista de izquierdas recomendada en la solapa de sus libros por Naomi Klein; es una periodista valiente y necesaria de la estirpe de los Wallraff, investigadores de campo con lecturas y trabajo de archivo a sus espaldas que prefieren destapar las injusticias del sistema a quedarse muditos, sabiendo que la cruda verdad de los trabajadores mal pagados y de las mujeres estafadas por sencillos magufos vende mejor que la salsa rosa de unos pocos escogidos.

C.O: Escribe muy bien. Como resultado, sus libros son, además de tremendamente interesantes, entretenidísimos, que es una virtud que no se valora mucho en el ámbito del ensayo pero a mí me parece muy importante, especialmente en estos tiempos de atención dispersa.

E.C: Por cuatro duros es su libro mejor conocido, una suerte de jornada en el infierno, un descenso a los abismos del curro basura que tienen que aceptar las mujeres poco formadas del mejor de los mundos (y desde el comienzo de la crisis las formadas también) con tal de ganarse el pan de cada día.

“Los periodistas no se comprometen con su profesión porque escriben para los ricos”

Era el final del siglo XX, y los republicanos estadounidenses, con la ayuda del presidente demócrata Bill Clinton, consiguieron reformar las leyes que regulaban el acceso a las ayudas asistenciales. Los usuales argumentos de que las prestaciones estatales perpetúan la pobreza y generan un montón de vagos que esperan vivir siempre del dinero ajeno, por lo que las ayudas debían ser reducidas “por su propio bien”, motivaron a la periodista y ensayista Barbara Ehrenreich a poner en marcha una prueba de realidad que situara todos aquellos discursos en el lugar adecuado.

Ehrenreich decidió pasar varios meses viviendo y trabajando como si fuera parte de esa numerosa clase trabajadora que sobrevivía en la tierra de la abundancia gracias a trabajos mal pagados. De Florida a Minnesota, la escritora trabajó de camarera de hotel, mujer de la limpieza, auxiliar de enfermería o empleada de Wal-Mart. Se propuso subsistir únicamente con el dinero que ganaba (“y sólo hice trampas cuando sufrí la terrible erupción que cuento en el libro”) y sufrió en carne propia lo que supone vivir con un salario que no basta para llegar a fin de mes.

El experimento tomó cuerpo en un libro, Nickel and Dimed, que se hizo enormemente popular en EEUU, y que ahora se vuelve a publicar en el mercado español gracias a la editorial Capitán Swing con el título de Por cuatro duros. El texto, no obstante, es mucho más que la narración de una experiencia personal o el retrato social de una época. Es también una lección de periodismo que nos avisa del deterioro al que estamos abocados. Hay que recordar, avisa Ehrenreich, que “el libro tiene 13 años y las cosas han ido a peor desde entonces. Ahora le digo a la gente que lo lea para recordar cómo eran los ‘buenos viejos tiempos’. La tasa de pobreza ha aumentado desde 2001 y la pobreza extrema se ha disparado aún más. Yo ya no podría hacer ese experimento hoy, porque incluso los trabajos mal pagados que tuve entonces serían hoy difíciles de conseguir”.

Un estigma añadido

Los trabajadores pobres, esa mano de obra que a pesar de contar con empleo regular no llega a los niveles económicos necesarios para la subsistencia, han aumentado sustancialmente desde entonces. Al mismo tiempo que los salarios bajan (o en el mejor de los casos se mantienen), los precios de materias primas y servicios esenciales para la vida cotidiana aumentan. La brecha entre los que tienen y los que tienen poco es cada vez más grande, una situación que también está afectando, y de manera sustancial, a las clases medias, pivotes tradicionales en los que se sustentaba la estabilidad social. Según Ehrenreich, esta diferencia entre unos y otros ocurre porque quienes mandan “se están llevando todo lo que pueden. No les preocupa en absoluto el largo plazo. No les importa respecto de sus empresas, menos aún respecto de la sociedad”.

Las clases empobrecidas, además, han de soportar un estigma añadido, el de encontrarse en una situación precaria por no haber sabido conducirse adecuadamente: no se prepararon, no supieron ver los cambios, se dedicaron a ir de fiesta o se gastaron todo en teles de plasma. En ese sentido, igual da ser pobre en EEUU que en España, porque la consideración es la misma: “Algo has hecho mal. Debes ser alguien perezoso, adicto, promiscuo o estúpido, y eso explica tu situación de necesidad”. Ehrenreich esperaba un cambio de mentalidad provocado por la caída de la clase media por la pendiente social, pero poco parece haberse transformado en cuanto a dicha mentalidad. “La recesión no ha matado ese mito, al contrario. Supongo que es reconfortante para los ricos creer que los pobres son los causantes de su destino”.

Se vuelven invisibles

Al mismo tiempo que esta década generaba muchos más trabajadores pobres, y muchas más personas en situación de urgencia económica, también los hacía invisibles, ya que cada vez aparecen menos en los medios, donde suelen ser objeto estelar sólo cuando ilustran la crónica de sucesos, y tampoco las ficciones televisivas o cinematográficas les prestan atención. Ehrenreich no tiene claros los motivos por los que el cine o la televisión se han olvidado de ellos, pero sí está segura de lo que ocurre con los medios, que “ya no están comprometidos con la investigación y con el periodismo, porque su audiencia son los ricos. Escriben para ellos, y a ellos no les interesan esas cosas”.

En este tiempo de escasez de empleos, más acuciante que cuando la ensayista publicó en EEUU Por cuatro duros, la constante que lo define es “el miedo a perder el empleo”, lo que hace mucho más fácil la tarea de los gestores. Sus empleados “van a protestar mucho menos por sus escasos sueldos o por las abusivas condiciones de trabajo que padecen” para no buscarse problemas. Pero si sentirse permanentemente amenazado por la pérdida del empleo contribuye a mermar la confianza en sí mismos de las personas con pocos recursos, aún más lo hace esa sensación de estar siempre fuera de juego.  Según Ehrenreich, “el trabajo de los subasalariados tiene el efecto de hacerlos sentir como unos parias, porque en cuanto encienden la televisión ven un mundo donde todos viven bien y tienen mucho más que ellos”.

Nadie paga por el periodismo

Eso crea también sociedades con muchas más tensiones. Por ejemplo, señala Ehrenreich, “el resentimiento contra los ricos se expresa de una manera mucho más abierta que antes, por ejemplo en los medios de entretenimiento de masas. He estado viendo El lobo de Wall Street y…”.

Precisamente estos tiempos convulsos, que darán lugar a crecientes tensiones y que nos van a conducir hacia escenarios desconocidos, hacen mucho más necesario que existan iniciativas periodísticas que den cuenta de ellos, que nos hagan percibir mejor la realidad y comprender las claves que la construyen. Sin embargo, cuanto más avanzamos en los nuevos tiempos, menos presente está esa clase de narración. Ehrenreich ha abogado, y continúa haciéndolo, por el periodismo de inmersión, convencida, como está, de que “el buen periodismo a menudo está relacionado con las dificultades económicas”. La cuestión, aparentemente insalvable, es que para llevar a cabo esa tarea hace falta dinero, “y hoy nadie parece querer pagar por el periodismo”.

Por cuatro duros

Una de las pensadoras sociales norteamericanas más agudas y originales decide ocultarse como trabajadora no cualificada para revelar el lado oscuro de la prosperidad estadounidense, recogiendo sus experiencias en trabajos poco remunerados, como parte de un trabajo