La idea de escribir este libro surgió en un escenario bastante suntuoso. Lewis Lapham, editor de Harper’s, me había invitado a una comida de 30 dólares en un sitio discreto de estilo francés rústico, con la intención de discutir mis futuros artículos para su revista. Creo recordar estar comiendo salmón y ensalada verde, mientras le sugería ideas sobre cultura pop, cuando la conversación derivó hacia un tema más familiar para mí: la pobreza. ¿Cómo viven las trabajadoras no cualificadas con el jornal que reciben? Sancionada la Reforma de la Seguridad Social, nos preguntábamos en particular cómo pueden ser arrojadas cuatro millones de mujeres al mercado laboral, con un salario de 6 0 7 dólares la hora. En ese momento dije algo que, desde entonces, he tenido que lamentar en muchas ocasiones: «Alguien tendría que hacer periodismo a la antigua usanza, ¿sabes? Echarse a la calle y ver cómo es la cosa». Pensaba en alguien mucho más joven que yo, en algún periodista neófito con hambre y tiempo disponible. Pero Lapham esbozó esa su media sonrisa con una chispa de locura y dio al traste —al menos por un tiempo— con la vida tal y como como yo la conocía, diciendo una sola palabra: «Tú».
La última vez que alguien me había urgido a renunciar a mi vida normal para aceptar un trabajo mal remunerado corriente y moliente había sido en los años setenta cuando docenas y tal vez cientos de radicales de los sesenta empezaron a meterse en las fábricas para «proletarizarse» y organizar a la clase trabajadora. La muchacha que yo era entonces no estaba por la labor. Me daban pena los padres que habían pagado una buena educación universitaria a esos obreros voluntariosos y me apenaba también la gente a la que pretendían redimir. El modo de vida de mi familia nunca había estado demasiado lejos del de quienes desempeñan trabajos mal remunerados; en realidad estaba lo suficientemente cerca para valorar la gratificadora independencia que otorga el oficio —no siempre bien pagado— de escribir. Mi hermana había pasado de un trabajo mal pagado a otro —corredora comercial en una compañía telefónica, operaria en una fábrica, recepcionista—, en constante lucha con lo que llama «la desesperación de ser un esclavo asalariado». Conocí a mi marido y compañero durante diecisiete años cuando trabajaba en un almacén y cobraba 4,50 dólares la hora. Situación de la que consiguió escapar para convertirse en organizador del Sindicato de Camioneros. Mi padre había sido minero del cobre. Mis tíos y abuelos trabajaron en las minas o en la Union Pacific. De modo que, para mí, estar sentada ante una mesa de despacho el día entero no sólo era un privilegio sino un deber; algo que debía a todas esas personas, vivas y muertas, que tantas cosas tendrían que contar. Muchas más de las que nadie puede alcanzar a escuchar a lo largo de toda una vida.
Además de mis recelos, ciertos miembros de la familia no dejaban de recordarme —aunque no hiciera falta— que yo podía participar en aquellos proyectos, tan de moda entonces, sin dejar por eso mi despacho. No tenía más que pagarme a mí misma un sueldo medio por ocho horas de trabajo al día, cobrarme casa y comida más algunos gastos admisibles —como la gasolina—, y hacer las cuentas a fin de mes. Con los salarios habituales de 6 o 7 dólares la hora y alquileres de 400 dólares o más al mes, me pareció que las cuentas difícilmente cuadrarían. Y, en caso de haberme preguntado si una madre soltera —dejada de lado por la Seguridad Social— podría sobrevivir sin asistencia estatal en forma de vales de comida, atención sanitaria, subsidios para el cuidado de la casa y la guardería, la respuesta era archisabida: no era cosa de dejar la seguridad del hogar.
Cuando, en 1998, empecé a pergeñar esta experiencia, la National Coalition for the Homeless [Coalición Nacional para los Sin Techo] afirmaba que la media nacional del salario mínimo necesario para alquilar un apartamento de una habitación era de 8,89 dólares la hora. El Preamble Center for Public Policy [Centro de Investigaciones Sociales] estimaba que las posibilidades de un aspirante típico de conseguir trabajo con un salario digno eran de 1 frente a 97. ¿Por qué tenía que preocuparme yo de confirmar hechos tan desagradables? Conforme se acercaba el momento de no poder evitar asumir la misión, empecé a sentirme un poco como aquel anciano conocido mío, que usaba la calculadora para hacer las cuentas de su talonario de cheques y, después, verificaba los resultados rehaciendo las sumas a mano.
Al final, la única manera de superar mis dudas fue pensar que, en realidad, me habían educado para ser una mujer de ciencia. Tenía una licenciatura en Biología y no la conseguí sentada ante un escritorio, amañando cifras. En el despacho puedes especular con todo lo que se te antoje pero, antes o después, tienes que subir al estrado y zambullirte en el caos cotidiano de la naturaleza, donde acechan sorpresas y resultados más prosaicos. Cuando me metiera en el proyecto, tal vez descubriría en el mundo de la trabajadora mal remunerada ciertas formas ocultas de ahorro. Si casi el 30 por ciento de la fuerza laboral se desloma por 8 dólares o menos la hora —según informaba en 1998 el Washington-based Economic Policy Institute [Instituto de Política Económica de Washington]—, existía la posibilidad de que esas trabajadoras hubieran dado con algunos trucos, aún desconocidos para mí. Tal vez fuera capaz de detectar en mí misma los efectos psicológicos energizantes de salir de casa, como prometían los sesudos señores que nos trajeron la Reforma de la Seguridad Social. Por otro lado, tal vez hubiera costes inesperados —físicos, económicos, emocionales— que echaran por tierra todos mis cálculos. La única manera de averiguarlo era salir y ensuciarme las manos.
Con espíritu científico fijé antes de nada ciertas reglas y ciertos parámetros. La primera regla era, obviamente, que en mi búsqueda de trabajo no iba a respaldarme en ninguna de las habilidades adquiridas durante mis estudios ni mi trabajo… De cualquier manera, tampoco es que hubiera tantas ofertas para ensayistas. Segunda, tenía que aceptar el trabajo mejor pagado que me ofrecieran y hacer todo lo posible por conservarlo; nada de peroratas marxistas ni de escabullirme al aseo para leer novelas. Tercera, tenía que tomar el alojamiento más barato que encontrara o, por lo menos, el más barato que ofreciera condiciones aceptables de seguridad e intimidad, aunque mis exigencias en ese aspecto eran vagas y, como en poco tiempo quedó demostrado, inclinadas a degradarse.
Intenté aferrarme a esas reglas pero, en el curso de la experiencia, todas ellas cedieron o fueron quebradas en algún momento. En Key West, por ejemplo, donde empecé el proyecto a fines de la primavera de 1998, me ofrecí para un puesto de camarera diciendo que podía saludar a los turistas extranjeros con el debido bonjour o Guten Tag. Fue el único caso en que me permití dar indicios de mi verdadera educación. En Minneapolis, mi último destino, quebré otra regla al no aceptar el trabajo mejor pagado, pero habrá que juzgar mis razones para no hacerlo. Finalmente, en el último momento, estallé y solté una perorata furtiva sin que me oyeran los jefes.
Tenía también el problema de cómo presentarme a los eventuales empleadores y, en particular, cómo explicar mi lamentable falta de experiencia laboral. La verdad —o, por lo menos, una versión deslavazada de ella— parecía más fácil: me describía ante los entrevistadores como ama de casa divorciada, que volvía al mercado laboral al cabo de muchos años, cosa que hasta ahí era verdad. A veces, aunque no siempre, para unos pocos trabajos como empleada de hogar, cité como referencia a antiguos compañeros con quienes había compartido vivienda y a una amiga de Key West a quien había ayudado de vez en cuando a fregar los platos de la cena. En los formularios de solicitud de trabajo preguntaban también cuál era el nivel de educación. Como suponía que la licenciatura en Biología no me ayudaría en absoluto e incluso que haría sospechar a los empleadores que era una alcohólica empedernida o algo peor, me limitaba a hablar de tres años de universidad, confesando mi alma máter de la vida real. Resultó que nadie cuestionó nunca mis antecedentes y sólo uno de mis empleadores entre varias docenas se molestó en verificar mis referencias. En cierta ocasión, una entrevistadora excepcionalmente locuaz me preguntó por mis aficiones. Dije «escribir», y no le pareció nada extraño. Aunque el trabajo que me ofrecía podría haberlo desempeñado a la perfección un analfabeto.
Por último, establecí algunos límites tranquilizadores, para afrontar cualquier emergencia que se presentara. Primero, siempre tendría coche. En Key West conducía el mío; en otras ciudades recurría a coches alquilados, que pagaba con tarjeta de crédito, en vez de hacerlo con mis ganancias. Sí, podría haber caminado o atenerme a trabajos accesibles utilizando el transporte público. Pensé que la historia de la espera de autobuses no sería muy interesante de leer. Segundo, descarté la opción de no tener alojamiento. La idea era pasar un mes en cada puesto y ver si podía encontrar un trabajo que me permitiera —en ese lapso— ganar el dinero suficiente para pagar el segundo mes de alquiler. Si pagaba el alquiler por semana y me quedaba sin dinero, daría el proyecto por terminado; para mí, nada de albergues ni de dormir en el coche. Tercero, no tenía la menor intención de pasar hambre. Al acercarse el momento de iniciar el experimento, me prometí que, si las cosas llegaban al extremo de no tener asegurada la comida siguiente, sacaría a relucir mi tarjeta de débito y haría trampa.
De manera que ésta no es la historia de una aventura sin «red de seguridad» que desafíe a la muerte. Casi cualquiera podría hacer lo que yo hice: buscar un puesto, trabajar en él, tratar de cuadrar los números. Millones de estadounidenses lo hacen todos los días, con mucha menos alharaca y sin titubeos.
Por razones que, a la vez, alientan y limitan, desde luego soy muy distinta de quienes normalmente desempeñan en Estados Unidos los puestos más humildes. Y, lo que es más obvio, sólo estuve de visita en un mundo que otros habitan a tiempo completo, con frecuencia la mayor parte de sus vidas. Con todos los halagos que me esperaban en mi vida real, conquistados cuando ya era una mujer de mediana edad —cuenta bancaria, plan de jubilación, cartilla sanitaria, casa de varias habitaciones—, en el fondo no había manera alguna de «experimentar la auténtica pobreza» ni de descubrir cómo se siente realmente quien es, durante largo tiempo, una trabajadora mal remunerada. Mi objetivo era mucho más claro y modesto: no pretendía más que ver si podía ajustar las entradas a los gastos, como hacen a diario los auténticos pobres. Además, había tenido suficientes encuentros indeseables con la pobreza durante mi vida para saber que no es el ámbito que querría visitar con fines turísticos: huele demasiado a miedo.
Al contrario que muchos trabajadores con salarios bajos, yo tenía la ventaja añadida de ser blanca y de que el inglés fuera mi lengua materna. No creo que eso afectara mis posibilidades de encontrar trabajo, teniendo en cuenta la buena disposición de los patrones para contratar poco menos que a cualquiera, dada la escasez de mano de obra entre 1998 y 2000, pero, casi con certeza, afectó el «tipo» de trabajo que me ofrecieron. Al principio busqué en Key West lo que presumí era el trabajo relativamente fácil de limpieza en hoteles y, sin embargo, me vi arrastrada a hacer las tareas de camarera, sin duda, por mi etnia y mis conocimientos de inglés. Tal como sucedió, ser camarera no me proporcionó muchas ventajas económicas, comparadas con las de las camareras de habitación. Por lo menos fuera de temporada, con propinas bajas, que es cuando trabajé en Key West. Pero la experiencia sí me sirvió para decidir en qué condiciones vivir y trabajar en otras localidades. Dejé de lado, por ejemplo, sitios como Nueva York y Los Ángeles, donde la clase trabajadora está constituida sobre todo por gente de color y una mujer blanca que habla inglés sin acento extranjero en busca de trabajos «no cualificados» sólo puede parecer una desquiciada o una excéntrica.
Tenía otras ventajas. El coche, por ejemplo, que me distinguía de muchos —aunque de ninguna manera de todos— de mis compañeros de trabajo. Si lo que buscaba era repetir la experiencia de una mujer que entra en el mercado laboral abandonando su bienestar, el caso ideal habría sido que tuviera, por lo menos, dos niños a cuestas. Pero los míos estaban crecidos y nadie iba a estar dispuesto a prestarme los suyos para que me los llevara un mes de vacaciones lleno de zozobra. Además de estar motorizada y sin carga, gozo seguramente de mejor salud que la mayoría de quienes llevan mucho tiempo viviendo de un trabajo mal pagado. Lo tenía todo a mi favor.
Si había otras diferencias más sutiles en mí, nadie me las señaló nunca. Desde luego no hice ningún esfuerzo por representar un papel ni por ajustarme a un imaginario cliché de trabajadora mal remunerada. Dondequiera que estuviera permitido usar ropa de calle, usaba la mía de siempre, el maquillaje y el peinado acostumbrados. En las conversaciones con mis compañeros de trabajo hablaba de mis hijos reales, mi estado civil y mis amigos. No había ninguna razón para inventarme una vida totalmente nueva. Sin embargo, en cierto aspecto, sí modifiqué mi vocabulario. Al menos cuando era nueva en el trabajo y me preocupaba por no parecer demasiado desenvuelta ni irrespetuosa. Censuraba las vulgaridades que forman parte de mi discurso normal, gracias en gran medida a la influencia de mi compañero. Aparte de eso hacía bromas, me burlaba, opinaba, especulaba y, de vez en cuando, daba cantidad de consejos sobre salud, exactamente como haría en cualquier otro ambiente.
Acabada la experiencia, mis conocidos me preguntaban si la gente con quien había trabajado no…, no advertían que… Daban por supuesto que una persona educada es irremediablemente distinta —y superior— a los zánganos con quienes trabaja. Querría poder decir que algún supervisor o compañero de trabajo me dijo, siquiera una vez, que tenía «un algo» especial, en cierto modo envidiable. Por ejemplo, que era más inteligente o estaba mejor educada que la mayoría. Pero no sucedió nunca. Sospecho que lo único que realmente tenía de «especial» era mi inexperiencia. O, vuelta la oración al revés: la personalidad o las destrezas de la trabajadora con salario bajo no son más anodinas que las de quien se gana la vida escribiendo. Tampoco tiene menos tendencia a ser ingeniosa o brillante. Cualquiera que pertenezca a las clases instruidas y crea lo contrario debe ampliar su círculo de amigos.
Desde luego, siempre estaba ahí la diferencia que sólo yo sabía: no trabajaba por el dinero. Estaba haciendo una investigación para escribir un artículo, que luego se convertiría en libro. Volvía a casa todos los días para hacer algo que en nada se parecía a mi vida doméstica normal. Volvía a un ordenador portátil, sobre el cual me pasaba una o dos horas registrando los acontecimientos del día… con mucha concentración, añadiría yo, porque rara vez podía tomar notas durante la jornada. Me preocupaba esa farsa —simbolizada por el portátil que me proporcionaba el vínculo entre mi pasado y mi futuro—, por lo menos frente a gente que me interesó y habría querido conocer mejor. (Debo decir aquí que señas de identidad y nombres han sido alterados para proteger la intimidad de las personas con quienes he trabajado o me he encontrado durante la investigación. En la mayoría de los casos he cambiado también el nombre de los lugares en los cuales he trabajado y su localización exacta para garantizar aún más el anonimato de quienes he conocido.)
Después de muchas reflexiones cargadas de ansiedad, hacia el final de mi permanencia en cada sitio me «descubría» ante unos pocos compañeros de trabajo elegidos. El resultado era siempre asombrosamente decepcionante. La reacción que más gracia me hacía era la pregunta: «¿Quieres decir que no volverás al turno de la noche de la próxima semana?». Me sorprendía mucho que no se asombraran más ni se indignaran. Parte de la respuesta esté quizás en la noción que la gente tiene de lo que significa «escribir». Hace años, cuando me casé con mi segundo marido, éste dijo muy orgulloso a su tío —por aquel entonces, aparcacoches— que yo era escritora. La respuesta del tío fue: «¿Quién no lo es?». Cualquier persona alfabetizada «escribe», y algunos de los trabajadores con salarios bajos que conocí o me presentaron durante el proyecto escribían diarios o poemas…; en un caso, incluso, una larga novela de ciencia ficción.
Pero, según advertí ya muy avanzada la experiencia, también es posible que yo exagerara la profundidad de mi decepción conmigo misma. Por ejemplo, no hay manera de aparentar ser camarera: la comida llega o no llega a la mesa. La gente me conocía como camarera, empleada de hogar, auxiliar de enfermería, dependienta de tienda, no porque actuara como las demás sino porque fui lo que era, al menos durante el tiempo en que estuve con ellas. En todos los puestos, en todos los lugares donde viví, el trabajo absorbía por completo mis energías y gran parte de mi intelecto. No estaba tonteando. Aunque desde el principio sospechara que el equilibrio entre los salarios y los alquileres trabajaban en mi contra, hice un verdadero esfuerzo por salir airosa. No doy más importancia a mis experiencias que a las de otro cualquiera, porque mi historia no tiene nada de particular. Lo único que pido que se tenga en cuenta cuando dé un traspié es que las mías eran, sin duda, las mejores circunstancias: las de una persona con todas las ventajas que la etnia y la educación, la salud y la motivación pueden conceder, en tiempos de desbordante prosperidad, para sobrevivir en las profundidades de la clase económica más baja.