Muerte y vida de las grandes ciudades

La reconquista del espacio público

La Bienal de Venecia, el Premio Europeo de Espacio Público y varios libros analizan la amenaza de privatización de las ciudades y las iniciativas cívicas para combatirla El pabellón de Luxemburgo en la Bienal de Arquitectura de Venecia —abierta hasta el 25 de noviembre— tiene un pasillo muy estrecho donde se concentran los visitantes. Está

La segunda vida de las ciudades

Victor Hugo sentenció que la historia se escribe en las alcantarillas. Es probable que con ello quisiera decir, simplemente, que los hechos fundamentales son los más anónimos y sucios, y que, al contrario de lo que proclaman las narraciones asépticas de los académicos profesionales, las cosas importantes se dirimen allá abajo, en las cloacas. Pero

La activista del urbanismo de los barrios

Nunca realizó estudios formales de urbanismo pero la estadounidense Jane Jacobs es una de las grandes referencias de la disciplina. Su libro Muerte y vida de las grandes ciudades americanas, escrito en 1961, y donde realiza una dura crítica a la transformación de las ciudades en los años 50, está considerada una de las obras

La importancia de tener vecinos

El invierno que Bob Dylan tocó por primera vez en el Village, un grupo de vecinos se manifestaba contra el plan de dividir el parque de Washington Square de lado a lado con una autopista elevada de diez carriles. El plan era de Robert Moses, considerado el gran arquitecto de la metropolis moderna norteamericana. Moses

Sobre los adoquines están los argumentos

De acuerdo con el esquema tripartito propuesto por Foucault en su seminario Seguridad, territorio, población, la soberanía se ejerce sobre los límites de un territorio, la disciplina se ejerce sobre el cuerpo de los individuos y la seguridad se ejerce sobre el conjunto de una población. En el punto de entrecruzamiento entre estos tres dispositivos de poder se encuentra la ciudad como espacio de socialización y modelo organizativo: una concentración de población dentro de un pequeño territorio. En este microcosmos el juego espacial se vuelve mucho más complejo. A medida que aumentan los posibles encuentros entre individuos, hasta el punto de volverse prácticamente ilimitado el número de permutaciones posibles, se incrementa proporcionalmente la inseguridad, el anonimato y la indiferencia mutua. Junto con el debilitamiento de los lazos de proximidad moral y familiar, sobre los cuales se asientan las sociedades tribales, surgen las condiciones propicias para la emergencia de lo político. La categoría de “ciudadano” se antepone a la condición de prójimo u hermano, las relaciones contractuales se imponen sobre los lazos de sangre, se constituye un espacio público basado en la libre confrontación de opiniones. De este modo, las pasiones cálidas de la moral dejan lugar a la meticulosa racionalidad política: el arte de la mediación, de la medida y, en última instancia, de los medios. En la balanza de medios y fines, la cohesión interna de la ciudad es un fin en si mismo. La gran incógnita del pensamiento político ciudadanista es cómo garantizar el correcto funcionamiento de la ciudad en torno a redes de asociación espontáneas que respeten los principios ya señalados (libre confrontación de opiniones en una relación entre iguales.

La ciudad se caracteriza por la diversidad y pluralidad pero también por la inestabilidad de las relaciones. La inseguridad es consustancial a un espacio público sometido a la afluencia constante de desconocidos. De ahí la necesidad de multiplicar los mecanismos de fijación y control. No es de extrañar, por tanto, que la ciudad sea el objeto preferido de las proyecciones utópicas. La utopía refleja un estadio de ordenación policial perfecta. En ella se realiza la ensoñación burocrática (cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa). La distribución de los cuerpos sobre el espacio es armónica. El control sobre las eventualidades, absoluto. No hay lugar para lo inesperado en la ciudad de nuestros sueños. La felicidad se desparrama sobre los objetos con la condición de que no se modifique un ápice el estado de cosas existente. Desde la Kalipolis de Platón a la Ciudad Radiante de Le Corbussier, pasando por la Utopía de Tomás Moro, las concentraciones urbanas han sido sometidas a un sin fin de proyecciones imaginarias por parte de filósofos, arquitectos y ensoñadores. Visibilidad, accesibilidad y armonía han sido las ideas más recurrentes de estos pensadores obsesionados por la construcción de una sociedad sobre bases nuevas, de acuerdo a las directrices de la Razón con mayúsculas. La ciudad ideal encarna en el espacio el principio de ordenación racional, controlado desde un órgano central que lo planifica todo con la meticulosidad de un geómetra. Un lugar común dentro del pensamiento urbanístico ha sido la preferencia por los asentamientos de escaso tamaño, donde el conocimiento mutuo hace las veces de vigilancia policial. Esta es una constante de la ciudad ideal proyectada por Platón al nuevo urbanismo de Duany (Kalipolis estaría habitada por unas 5.000 personas). La tradición republicana suele considerar que la gestión de los bienes públicos a través de la democracia directa sólo es posible dentro de comunidades reducidas, que el ciudadano que ejerce con plena libertad sus funciones debe ser habitante de una pequeña comunidad de iguales asociados contractualmente.

Si algo tienen en común Vida y muerte de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, y El espacio público como ideología, de Manuel Delgado, consiste en el ejercicio de poner en entredicho algunos de los axiomas principales del urbanismo utópico que hemos subrayado. Jacobs desmantela el racionalismo a priori de los modelos de planificación central en favor de un urbanismo respetuoso con las experiencias concretas de autogestión por parte de la comunidad de vecinos. Frente a los macro-proyectos de reconstrucción urbana puestos en marcha por la imaginación utópica, apuesta por una sensibilidad hacia lo ya existente, funcional y concreto. Reclama que “lo pequeño es hermoso”. En resumen, es reacia a pensar que en materia de urbanismo haya fórmulas mágicas para todo tiempo y lugar. Este libro es toda una proclama contra la escuela moderna de arquitectura comandada por Le Corbusier y Moses, un texto incendiario que tiene el vicio de reestablecer un utopismo negativo: Jacobs termina cayendo en una idolatría del barrio orgánico como espacio espontáneo de asociación. Recordemos que el aparato de vigilancia informal que ella considera tan benévolo puede volverse opresivo y degradante para el resto de individuos, como le reprochó Richard Sennet.

Por su parte, el libro de Delgado se detiene a determinar las contradicciones ideológicas que subyacen al concepto de ciudadanía, los conflictos de intereses que laceran los principios de la acción comunicativa, la lucha de clases acallada por la retórica del liberal de “los individuos libres que acceden a ponerse de acuerdo mediante la práctica del contrato”. A parte de su contenido, este libro tiene el valor añadido del contexto de su publicación, apenas unas semanas antes del estallido insurgente del 15 de mayo. Algunos pasajes del capítulo dedicado a las “Trampas de la Negociación” resultan proféticos de cara a lo sucedido durante los últimos meses en España. Para empezar, la descripción que ofrece de los movimientos sociales en huelga de identidad permanente coincide punto por punto con algunas señas de identidad y algunos de los defectos de este proceso constituyente abierto por la ciudadanía responsable: “no dejan de revitalizar el viejo humanismo subjetivista, pero aportan como relativa novedad su predilección por un particularismo o circunstancialismo militante, ejercido por individuos o colectivos que se reúnen y actúan al servicio de causas hiperconcretas […] renunciando a toda organicidad o estructuración duradera, a toda adscripción doctrinal clara y a cualquier cosa que se parezca a un proyecto de transformación o emancipación social que vaya más allá de un vitalismo más bien borroso.”

En última instancia, tanto Jacobs como Delgado asumen una posición metodológica común: no existe un punto de vista único en la construcción de la ciudad, no hay un órgano central de planificación, sino una pluralidad de intereses en conflicto. La cohesión interna de la ciudad es el precario producto de un equilibrio no consensuado. Sin embargo, cuando entramos en profundidad las divergencias saltan a la vista. La americana interpreta el espacio público desde la óptica liberal de la libre concurrencia de intereses, gustos y necesidades; apuesta por una gestión privada de los lugares comunes, frente a la razón de Estado determinada desde las alturas burocráticas. El español objeta que ese espacio común ya está viciado de antemano por los intereses de la clase dominante que instrumentaliza a su favor la confusión entre sus intereses particulares y los de todos para promocionar una serie de prácticas y modos de vida beneficiosas para ellos. Aquí encontramos la línea ideológica que contrapone a los autores. Jacobs subraya la espontaneidad de las prácticas vecinales, con independencia de la extracción de clase de la comunidad de vecinos. Delgado, en una terminología deudora del marxismo estructuralista de Althusser, afirma que los individuos reproducen inconscientemente ciertos patrones de conducta que vienen dado por su posición de clase, por mucho que quieran zafarse de sus identidades preestablecidas.

Ernesto Castro Córdoba

Con Jane Jacobs llegó el sentido común a las grandes ciudades

“Este libro es un ataque contra el actual urbanismo y la construccion humana”, reza la propia introducción. 50 años después de la publicación de Vida y muerte de las grandes ciudades de Jane Jacobs, la editorial Capitan Swing ha vuelto a editar la obra y ya va por su segunda edición. La vigencia de los pensamientos y teorías de Jacobs es la principal baza para demostrar la revolución de sus ideas. Divulgadora científica, teórica del urbanismo y activista político-social, Jane Jacobs hace en este manual una crítica a las prácticas llevadas a cabo en las grandes ciudades de Estados Unidos durante los años 50. “Mi ataque no se basa en objeciones nimias sobre los diferentes métodos de edificación ni en distinciones quisquillosas sobre los diseños de moda. Es más bien un ataque contra los principios y los fines que han modelado el moderno y ortodoxo urbanismo y la reconstrucción urbana”, afirma la propia autora. Jacobs establece cuestiones que hasta 1961 nadie había planteado a la hora de diseñar la estructura de una ciudad o de un barrio como la importancia de la relación de las personas con el espacio público o la primacía de la calle como aglutinador de la vida de los barrios. Jacobs repara en cosas corrientes y vulgares hasta el momento olvidadas por otros teóricos, centrados más en el ensayo y error, en el fracaso y el éxito. La autora utiliza en su estudio del urbanismo datos como el nivel de delincuencia, las enfermedades o la mortalidad infantil. También lo que verdaderamente necesitan los ciudadanos sin utilizar un estándar. Habla de lo inútil que resulta planear la apariencia de una ciudad o especular sobre la mejor manera de darle una buena apariencia sin conocer antes su funcionamiento. Básicamente dota al urbanismo de sentido común. Así, en la primera parte del libro hace una observación de lo cotidiano, de los acontecimientos más corrientes, en la segunda se centra más en el componente económico de las ciudades para examinar el comportamiento de la decadencia y la regeneración en una tercera.

La detective de las ciudades

Hay libros que parecen haber sido escritos ayer. Y sin embargo, en el caso de Muerte y vida de las grandes ciudades estamos hablando de un texto publicado en 1961. Poco importa la fecha, la obra de la teórica del Urbanismo, la norteamericana Jane Jacobs, continúa tan lleno de vida como cuando salió a la luz hace medio siglo. La editorial CapitanSwing ha recuperado el que quizás sea el libro sobre planificación urbanística más infuyente del mundo. Y que no tema el lector un ladrillo (valga la metáfora) repleto de divagaciones plúmbeas, como lasque acostumbran a regalarnos tantos arquitectos y urbanistas en nuestros días. El libro de Jane Jacobs, a pesar de sus cuatrocientas páginas, es ligero, ameno y está escrito en un lenguaje sencillo y directo. Jacobs, que se pateó centenares de pueblos y ciudades de Estados Unidos, quiso responder a las renovaciones urbanísticas de los años 60, que optaron por hacer tabla rasa y levantar de nueva planta modélicas urbanizaciones en viejos barrios y zonas periféricas. Sus conclusiones están basadas en la observación. Jacobs es una detective urbana, observa la vida en las calles y enlos barrios y, tras seguir lapista, encuentra la causa de que unas zonas de la ciudad, a pesar de haber sido exquisitamente planifcadas, no funcionen, tengan poca vida o en ellas aumente la delincuencia, mientras en los barrios tradicionales sus habitantes tengan más ofertas y estén más seguros.

La autora se muestra implacable con la materia que estudia, a la que califica de «pseudociencia» sustentada en «cimientos idiotas». A su juicio, los urbanistas planifican mal porque desconocen el funcionamiento de las ciudades. Jacobs, enemiga acérrima de la Ciudad Jardín vertical de Le Corbusier concibe la ciudad como una trama de intereses sociales y económicos que, lejos de compartimentar o aislar, hay que seguir enriqueciendo con la variedad. A su juicio, cuatro son las grandes características que toda planificación urbana debe tener en cuenta: en primer lugar, la necesidad de que la zona en cuestión tenga varios usos, es decir, usuarios distintos que hagan uso de las calles y sus comercios a diferentes horas del día, lo que se consigue combinando residentes, turistas y oficinistas que den vida a la zona. En segundo lugar, manzanas pequeñas que faciliten el callejeo de residentes y visitantes y, por tanto, la capacidad de entrar en más tiendas y servicios. El tercer punto es una buena cantidad de edificios antiguos que no dispare el valor de la zona y haga imposible vivir en ella salvo a las rentas altas mermando la calidad. Por último, el condimento de una buena planificación es una concentración de personas «suficientemente densa para estar allí». La experta norteamericana aplica la lógica y sus conclusiones son demoledoras, incluso a la hora de inaugurar parques: Abre un parque en una zona falta de vida y tendrás una zona muerta, como esos barrios en los que los vecinos terminan aislándose unos de otros, viene a decir. Y lo que dice, de forma sencilla pero implacable. Toda una lección.

Alfonso Vázquez

El Nueva York que salvó Jacobs, 50 años después

Este otoño se cumplen cincuenta años de la publicación de obra «The Death and Life of Great American Cities», primer libro de Jane Jacobs que ahora se reedita en España con el título de «Muerte y vida de las grandes ciudades». Aunque la obra más notable y citada de Jacobs fue «The economy of cities», aparecida en 1969, su primer libro ya contenía la mayor parte de las ideas que esta extraordinaria científica social desarrollaría a lo largo de toda su vida. Economistas, sociólogos y planificadores urbanos han bebido de la fuente de conocimiento aportada por la genial Jacobs. A pesar del tiempo transcurrido la obra de Jacobs sigue plenamente vigente cincuenta años después como muy bien saben, entre otros muchos, Glaeser, Florida o Polèse, considerados algunos de los mejores economistas urbanos de nuestro tiempo y que siguen desarrollando y formalizando las magníficas ideas aportadas por Jacobs.

Jane Jacobs nació en 1916 en una pequeña ciudad del Estado de Pensilvania (Estados Unidos). Estudió en la Universidad de Columbia, en Nueva York, en una época en la que la presencia de las mujeres en la Universidad no era muy habitual. La Columbia está ubicada en el Upper Manhattan, junto al West Bronx. Hoy en día este es uno de los barrios más emblemáticos de Nueva York, donde se han rodado la mayor parte de los exteriores de la exitosa serie «Sex in the city». En la época en la que Jacobs vivió allí, el West Bronx era la capital del jazz, cuna de los mejores músicos de la época, con una vida muy particular y excitante que aún hoy en día mantiene.

Una vez licenciada, Jacobs empezó a vivir de la publicación de artículos de divulgación científica en periódicos y revistas. En esta faceta alcanzó renombre destacando por ser una buena escritora capaz de encontrar las metáforas perfectas para transmitir los avances de la ciencia en un país que empezaba a darle a la investigación científica el justo valor que le corresponde en una sociedad avanzada. Se casó con un arquitecto y fijaron su nueva residencia en el Greenwich Village, un barrio más bien pobre que iba siendo ocupado por jóvenes escritores, artistas, arquitectos y cineastas. Esta joven «clase creativa», como la llamaría Richard Florida tiempo después, se concentraba en este barrio tradicionalmente industrial atraídos por los bajos precios de los alquileres de espacios que hasta mediados del siglo XX habían sido ocupados por talleres de costura, imprentas y almacenes. Estas actividades abandonaban el Greenwich porque necesitaban más espacio y se habían abaratado los costes de transporte desde las afueras, donde podían construir grandes naves industriales. De la mano de los jóvenes artistas que ocupan los viejos almacenes nace el concepto de «loft», que no es más que un almacén industrial convertido en vivienda con gusto creativo. Greenwich atrajo también a homosexuales siendo, unos pocos años después, uno de los puntos desde los que arranca en América la liberación gay.

A finales de los cincuenta, Nueva York empieza a resurgir económicamente recuperándose plenamente de los efectos de la Gran Depresión que tanto daño hizo a esta ciudad. Para impulsar su renacer, el Ayuntamiento neoyorquino planea emprender un gran proyecto que renovaría a la vieja City haciéndola más parecida a las modernas ciudades del centro y oeste del país. Los Ángeles, con sus megaautopistas y un diseño urbano pensado para el automóvil, era la referencia supuestamente a seguir. Entre otros proyectos se propone construir una gran autopista intraurbana que uniría la 57th con Wall Street. Esta gran obra probablemente acabaría con la rica y diversa vida que estaba apareciendo en Chinatown, el Soho y Greenwich Village. Jacobs alza una voz inesperadamente contundente contra este proyecto y lo hace usando toda la fuerza de la economía urbana que por entonces ella misma empezaba a descubrir.

«Muerte y vida de las grandes ciudades» es un precioso libro que presenta y desarrolla argumentos científicos en contra del urbanismo imperante en la época en los Estados Unidos. Jacobs explica multidisciplinarmente las consecuencias de las ciudades hechas para el coche frente a las que se pasean o recorren en bicicleta. Con una claridad increíble, comprende y explica el aislacionismo al que conduce el estilo de vida en barrios periféricos de viviendas unifamiliares. Identifica la importancia de la densidad urbana. Defiende los espacios públicos y la personalidad de los barrios. Entiende que en estos espacios surgen las ideas, se producen las mezclas y nace el arte. Y lo más importante: conecta por primera vez la creatividad artística con la vida urbana y a ambas con el desarrollo económico.

La contundencia argumental de Jacobs frenó el desarrollo del terrible proyecto urbanístico planteado por el Ayuntamiento. La economía urbana había tomado un impulso que mantendrá hasta nuestros días. Cincuenta años después, el tiempo que se sabe que hay que dejar pasar para poder evaluar los aciertos y errores de una política de planificación urbana, los barrios que Jacobs salvó reciben la visita de miles de turistas cada día. En ellos viven los artistas del presente y del futuro. Estos barrios han sido el escenario de numerosas películas de Woody Allen, quien, después de que Jacobs lo explicara, posiblemente es quien mejor haya sabido reflejar lo que allí ocurre.

Tal vez muchos de nuestros gestores urbanos deberían tener muy presentes las enseñanzas que contiene entre sus páginas y alrededor de sus páginas el precioso libro de Jane Jacobs.

FERNANDO RUBIERA MOROLLÓN

Arquitectura de guerrilla en el 15-M

Un estudiante de Ciencias Ambientales de 21 años diseñó la bóveda de Sol – Arquitectos y urbanistas analizan la estética y filosofía constructiva de la acampada.

Alberto Araico de Brito tiene 21 años, estudia segundo de Ciencias Ambientales y ha proyectado una de las construcciones más comentadas del momento: la bóveda de palés de la Puerta del Sol. Es el puesto de información del Movimiento 15-M. “El barrancón”, lo llaman algunos, incluido su autor, pero el nombre no gusta en Sol, porque suena a militar.

La acampada ha sido muchas cosas, entre ellas una acampada. Es decir, un asentamiento físico, que más allá -o mejor, más acá- de mensajes y símbolos, ha tenido sus procesos constructivos y su estética. Un experimento de improvisación, reciclaje, bricolaje, diseño colectivo y apáñate como puedas que ha llamado la atención de arquitectos y urbanistas profesionales. Para algunos fue una lección de arquitectura efímera y apropiación ciudadana, para otros un caos sin potencia estética, un poblado chabolista.

Lo que queda es esta simple bóveda de palés, que también es arquitectura urgente, sin duda, pero no tan improvisada como cabría pensar.

Sentado a lo indio frente a su obra, Araico explica que estaba en Valdegrulla, un pueblo fantasma de Soria, cuando se enteró del 15-M. “Lo que estaba pasando en Sol nos pareció mazo de chulo… pero pensamos que el campamento, estéticamente, no estaba a la altura de las ideas”.

Habla en plural porque pertenece a la asociación neorrural Beatus Ille (Feliz Aquel), que se dedica a revivir pueblos abandonados. Son una docena de amigos del barrio del Pilar, estudiantes de arquitectura, carpinteros, soldadores… “Queríamos mejorar la estética de la acampada siendo fieles al espíritu de las asambleas”, dice Araico, que se plantó en Sol con el Proyecto Manzana bajo el brazo.

En la portada hay un dibujo de una bomba con una manzana dentro (es un juego de palabras con el Proyecto Manhattan, que desarrolló la primera bomba atómica). No es la única ironía del documento: entre las 50 páginas hay una con el lema “Nuevo chabolismo ilustrado”.

El Proyecto Manzana se redactó para la Universidad Autónoma. Hace meses, sintiendo que le faltaban “horas de vuelo” en bioconstrucción (combinación de calidades constructivas tradicionales y nuevos materiales), Araico se dispuso a “hacer algo con palés” en un solar olvidado del campus. “¡Y me salió el Guggenheim!”, se ríe mostrando en el móvil las fotos de aquel primer proyecto: una caseta con tejado a un agua impermeabilizado con tetrabriks (que recuerdan a las planchas de titanio del museo de Gehry).

La caseta llamó la atención de Ecocampus -un organismo del vicerrectorado que promueve el pensamiento ecologista en el campus- y le encargaron que hiciese algo parecido en el huerto y vivero universitario. “Como la caseta perdía calor por el tejado, diseñamos una bóveda con un arco de medio punto, que disgrega la carga y una cercha circular que soporta espacios diáfanos”, dice Araico, que firma el proyecto con el diseñador industrial Carlos Martín Ponz y el estudiante de arquitectura José Luis Moreno Muñoz.

El Proyecto Manzana tiene planos, cálculos y un presupuesto (6.471 euros, aunque “está algo hinchado”, admite el autor). La estructura se completaba con un aislamiento de tetrabriks, pilastras de neumáticos usados, unos vanos de luz de lunas de coche y una cubierta vegetal. “Comparado con el proyecto original esto es una caseta de feria”, dice Araico señalando la bóveda de Sol.

Cuando los neorrurales presentaron su proyecto al 15-M les llevaron “de comisiones”. “Fue un proceso largo”, suspira Irene Rodríguez, arquitecta técnica de 24 años y miembro de la disuelta Comisión de Infraestructuras. La idea gustó pero había suspicacias: “La gente asociaba la bóveda al desmantelamiento de la acampada y a cierta legalización del movimiento”. Es decir, para algunos reducir el campamento a un punto informativo era “venderse”. También se consultó con Legal el problema de seguridad, ya que la policía había subrayado que no quería estructuras permanentes.

Mientras las comisiones discutían, “Infra” decidió ir tirando. En una sala prestada en Tabacalera, un equipo de hasta 50 personas se propuso construir en tiempo récord y con los materiales disponibles la bóveda. Unos buscaban palés tirados por la ciudad, otros comprobaban los cálculos y triangulaciones. Subiéndose encima y zarandeándola se hicieron las pruebas de carga. “Con lo que teníamos, hicimos lo que pudimos”, dice Rodríguez. “Esta experiencia me ha dado la creatividad que nunca me dejaron tener en la carrera, y me ha hecho preguntarme cosas como ¿por qué se alargan siempre tanto las obras? Aun con recursos limitados, si tienes sentido común, puedes ser eficaz”, añade.

La estructura se desmontó y se plegó marcando cada pieza con un código para volver a montarla en Sol como un puzle (en los palés se puede leer: G7, H6…). El día que se desmanteló el campamento, camuflada en las mismas furgonetas que sacaban material (“por si no nos dejaban meterlo”), la bóveda entró en Sol. Tras un parapeto de lonas azules para que la policía no se percatase, se volvió a montar discretamente. Se apretaron los tornillos con los palés de canto y se levantaron los arcos a pulso, “como lo hacían los romanos”, según la técnica. Luego, los tirantes, “como en las bóvedas bizantinas”. Todo entre las 2 de la tarde y las 10 de la noche del sábado 11 de junio. Aquella primera noche, tras el concierto de inauguración, Alberto Araico hizo el primer turno de guardia en su obra.

A la bóveda le faltan algunos detalles: barniz ignífugo, aislamiento de tetrabriks, flores en la cubierta “para que quede más bonita”… Eso en el plano estético; en el otro, queda por definir para qué servirá, cómo se gestionará, quién la atenderá… Pero sobre todo, la duda es: ¿cuánto tiempo durará en la plaza? “Constructivamente esto podría aguantar 30 años, lo que aguanten los materiales”, dice Araico. “Pero también te digo que se puede desmontar en una tarde”.

Bulos de la bóveda

“Refleja a los tragabolas del metro”. No, el proyecto en el que se basa, pensado para el vivero de la Autónoma, preexistía a la localización en Sol.

“Es de un arquitecto famoso”. No, la idea es obra de un estudiante de segundo de Ciencias Ambientales, y el resultado, obra del trabajo colectivo de la disuelta Comisión de Infraestructuras.

Documentando la improvisación

Los arquitectos que llevan años planteando temas de reciclaje, autogestión o bioconstrucción se emocionaron al ver lo que ocurría en Sol. “Tras años sin demasiada repercusión, se estaban haciendo esas cosas a la vista de todos”, dice Manuel Pascual de Zuloark. “Y la primera pregunta fue, ¿quién está detrás?, sin embargo, no había ningun colectivo arquitectónico levantando aquello… ¡y eso es lo mejor!”

“Era gente anónima, nosotros nos acercamos luego”, coincide Jaime Matamoros del colectivo Autoconstrucción, que colaboró con Acampada Sol con dos arquitecturas efímeras y una lectura de Jane Jacobs (la activista que, sin formación como urbanista, fue la grán crítica del desarrollismo de los setenta). Para el gabinete de psicología de la acampada construyeron una casita de cartón con los tubos de los rollos de tela de la cercana tienda Pontejos. Zuloark se volcó por su parte en “documentar el proceso puramente constructivo” del 15-M en la web www.inteligenciascolectivas.org. ¿Por qué documentar pilares hechos de palos de escoba, cubiertas de lona o cimentaciones de bidones de agua? “Son detalles constructivos no estandarizados, como una wikipedia de soluciones eficaces y alternativas a la arquitectura oficial”, dice su portavoz, “y más allá del ingenio, plantean cuestiones muy contemporáneas de filosofía constructiva”. Improvisando y sin medios, Acampada Sol sacó temas que tienen en ascuas a los arquitectos más punteros como la hibridación del espacio público digital con el espacio público físico o la creación de arquitecturas vivas, capaces de evolucionar. “Desde el principio, Sol se inaugura cada día”, dice el arquitecto.

Lecciones arquitectónicas de y para el 15-M

José Antonio Granero. Decano del Colegio de Arquitectos de Madrid. “Un movimiento no lleva a ninguna parte si no es propositivo, y creo que aquí han faltado ideas claras, lo que se ha traducido en la estética de la acampada. Arquitectónicamente, el 15-M ha sido una oportunidad perdida por la confusión. Era una ocasión única para realizar una pieza de arquitectura efímera interesante siguiendo el ejemplo de gente como Frei Otto o Prada Poole, que experimentaron con construcciones hinchables o de malla y sistemas de autogestión y autoconstrucción. Sin embargo, en el 15-M faltó una propuesta formal, no se creó un espacio reconocible, y eso hará que, en lo que se refiere a la relación con el uso del espacio, pase sin pena ni gloria”.

José María Ezquiaga. Premio Nacional de Urbanismo 2005. “Emociona ver cómo una generación formada en la carencia de un verdadero espacio público -fuera del centro comercial, la periferia de adosados y el espacio virtual- se apropia de él. Ha sido un encuentro histórico de una generación con su ciudad. Sol fue un ágora. Dicho esto, me pregunto, ¿es necesario plantar una infraestructura para sentirnos dueños de un espacio? La plaza es del indignado y del turista, del indigente y el comerciante… ¿No evita la ocupación que sea compartida por todos? La madurez del movimiento pasa por comprender que el espacio público está en la cabeza. La bóveda de palés es un santuario. Dicen que tiene un uso funcional, pero ante todo es un monumento al 15-M. Un obelisco, un arco del triunfo”.

Andrés Perea. Profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid durante 42 años. “Hemos visto que con pocas cosas se puede hacer tantísimo. Este es un fenómeno a estudiar sobre la capacidad del ser humano para negociar el espacio. La inteligencia colectiva ha sido altamente eficaz gestionando las infraestructuras. Además, los resultados figurativos y formales sorprenden por su creatividad y su optimización de los recursos. Lo más curioso: la acampada respondía a rituales humanos y sociales más que a funciones y actividades. Las soluciones arquitec- tónicas no respondían a usos como ‘dormir’ o ‘comer’, sino a algo más primigenio: ‘reunirse’. El umbral de las relaciones humanas está en esa ceremonia, es el origen de la colectividad”.

¿Cómo funcionan las ciudades en la vida real?

La periodista e historiadora Anatxu Zabalbeascoa escribe sobre todas las escalas de la arquitectura y el diseño en El País y en libros como The New Spanish Architecture, Las casas del siglo, Minimalismos o Vidas construidas, biografías de arquitectos. A continuación su análisis sobre Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs (Capitán Swing, 2011)

1. ¿Cómo funcionan las ciudades en la vida real?

Un modelo de seguridad basado en la confianza en el vecindario: responsabilidad social, personas que se saluden, gente que curiosea tras las ventanas, tenderos que conocen a la gente del barrio, calles en las que la gente se para a hablar.

¿Cómo debe ser un espacio público para que la gente lo use? Zaida Muxí y Blanca G. Valdivia sostienen en la introducción a la reedición del libro Muerte y vida de las grandes ciudades, publicado por Jane Jacobs hace cincuenta años, que hoy proliferan espacios públicos en los que se fomenta el pasar frente al estar. Justo lo contrario de lo que pedía Jacobs cuando aseguraba que no hay policía capaz de mantener la paz en las calles y que deben ser las aceras transitadas por personas de todas las razas y orígenes las que no ofrezcan ninguna oportunidad a la barbarie callejera. “Los tenderos son sólidos defensores de la paz y el orden: odian los escaparates rotos y los atracos, no les gusta ver a sus clientes nerviosos. Cuando son numerosos, pueden constituir un excelente cuerpo de guardianes de las aceras”.

La importancia de la calle como lugar de relación teje la obra de Jacobs, hoy tan vigente como hace medio siglo. Y tan universal que poco importa que el nuevo editor (Capitán Swing) haya omitido parte del título original: The Death and life of Great American Cities, porque, si bien es cierto que Jacbos explica qué funciona y qué no de las calles y barrios de Chicago, Filadelfia o Nueva York, también lo es que los problemas muy concretos del señor Fox, de la licorería, o de la señora Kostritsky, en su calle sin tiendas, se pueden aplicar a un tendero del barrio del Carmen de Valencia o a un vecino de la Plaza Maestro Mateo, en A Coruña.

Contra la simplificación, contra la utopía del tiralíneas, contra el jardín desierto y contra la planificación centralizada del movimiento moderno, Jacobs (1916-2006) fue una activista que paralizó proyectos urbanísticos que consideró que destruirían las comunidades locales. En Canadá consiguió la cancelación de una red de autopistas defendiendo otro modelo de planificación: “la ciudad no proyectada”, la urbe espontánea que van tejiendo las necesidades y las costumbres de los habitantes.

Este es el gran libro de Jacobs. Pura práctica callejera. La teoría, que es mucha, son las conclusiones de las preguntas que se hace examinando las calles y analizando las que funcionan y las que no. Su ataque a otros postulados teóricos nade de hechos recogidos en sus paseos. Del análisis de esos hechos reales obtiene sus propuestas.

También el antropólogo Manuel Delgado habla en el nuevo prólogo de una “colosal apología del valor de uso” para resumir este libro. Denuncia la actual “tendencia a acuartelar a los niños para protegerlos de una calle que había sido uno de los instrumentos clave para su socialización” y resume el valor de las ideas de la activista norteamericana asegurando que “sin necesidad de ser socióloga o antropóloga entendió lo que muchos sociólogos o antropólogos no son capaces de reconocer: que las aceras no son sólo extensiones sino auténticas instituciones sociales”. Con la Puerta del Sol dando una lección de ideales y democracia, la reedición del libro, a manos de la editorial Capitán Swing y traducido por Ángel Abad, no puede ser más oportuna: lo que Jacobs plantea con todos sus ejemplos es la pregunta: ¿A qué debemos llamar progreso?

¿Qué tipos de calles son seguros y cuales no? Les invito a la semana homenaje a Jane Jacobs. En los próximos posts, más sobre la activista y la vida en las ciudades.

2. El urbanismo del señor Rogan

Escena uno:

Lower East Side de Manhattan. Jacobs espera bajo la marquesina del autobús. Una mujer abre una ventana en un tercer piso y la llama.

-“Los sábados no pasa ningún autobús por aquí”. Luego entre gritos y gestos le indica que doble la esquina para encontrar otra parada. “Esa mujer era uno de los miles de personas que en Nueva York cuidan despreocupadamente las ciudades”.

Observando las escenas más cotidianas, Jacobs trató de entender cómo funcionaban algunas ciudades. E intentó desenmascarar la deshonesta cara de un supuesto orden: el que lleva a plantar hierba en las barriadas pobres para, desde un coche, demostrar que los pobres tienen ya de todo.

“Las calles y sus aceras, los principales lugares públicos de una ciudad, son sus órganos más vitales. ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente al pensar en una ciudad? Sus calles. Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste”. Que ver a otras personas tenga la virtud de atraer a más gente es algo, al parecer, incomprensible para los urbanistas. En las ciudades hay más desconocidos que conocidos, por eso, un distrito urbano está logrado cuando cualquier persona puede sentirse segura rodeada de desconocidos.

Jacobs se opone en Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitan Swing) a la destrucción de barrios para su “modernización”. “Paseos que van de ningún sitio a ninguna parte y que no tienen paseantes. Vías rápidas que destripan las grandes ciudades… Esto no es reordenar las ciudades. Esto es saquearlas.”, escribe. Y considera que los efectos destructivos de los automóviles no son una causa sino más bien un síntoma de nuestra incompetencia para construir ciudades. “¿Cómo se puede saber qué hacer con el tráfico sin saber antes cómo funciona una ciudad y para qué necesita sus calles?”, pregunta. No se puede.

Escena dos:

“Cuando Jimmy Rogan atravesó un escaparate, intentando separar la pelea de dos amigos y casi perdió un brazo, un desconocido salió del bar Ideal y con su camiseta le aplicó un torniquete que, según los médicos del hospital, le salvó la vida. Nadie había visto a aquel hombre antes y nadie le vio después. ¿Quién avisó al hospital? Una mujer sentada en las escaleras vio el accidente. Corrió hacia la parada del autobús y le arrebató una moneda de diez centavos a un señor que esperaba con sus quince centavos preparados. Corrió hacia la cabina telefónica. El señor la persiguió para ofrecerle también la moneda de cinco centavos. Nadie lo conocía de antes. Tampoco se le ha visto después”.

“Mi teoría (que es floja, lo sé)”, dice Jacobs, “es que los barrios de renta media tienden, conforme se van haciendo viejos, a contener una proporción significativa de gente que teme relacionarse fuera de su clase”. Muchos de esos problemas no hubieran surgido si los urbanistas y otros supuestos expertos comprendieran al menos cómo funcionan las ciudades y hubieran urbanizado para la vitalidad.

Bajo el aparente desorden de la vieja ciudad, cuando ésta funciona bien, circula un orden maravilloso que conserva la seguridad en las calles y la libertad de la propia ciudad. Este orden se compone de movimiento y cambio. “Somos los afortunados poseedores de un orden urbano que nos hace relativamente fácil mantener la paz porque hay muchos ojos en la calle”. Por modestos y casuales que parezcan, los contactos en las aceras son “la calderrilla a partir de la cual crece la riqueza en la vida pública de una ciudad”.

3. Los parques no son pulmones

Jacobs arremete contra “la tontería propia de la ciencia ficción” de que los parques son los pulmones de una ciudad. “Para absorber el dióxido de carbono que cuatro personas exudan al respirar, cocinar y calentarse se requiere más de una hectárea de monte o bosque. Los océanos de aire que circulan a nuestro alrededor, y no los parques, impiden que las capitales se ahoguen”. Para la activista norteamericana, los parques más valiosos no sirven de barrera ni interrumpen la ciudad y es la gente, con horarios distintos, la que les da la “bendición de la vida”.

“Gracias a las ciudades fue posible popularizar la idea de contemplar la naturaleza como algo benigno, ennoblecedor y puro. Y, por extensión, considerar al hombre natural igualmente benigno y puro. Pero es peligroso sentimentalizar la naturaleza. “La mayoría de las ideas sentimentales implican en el fondo una falta de respeto profunda aunque inconsciente”, sostiene.

El sol, y la sombra en verano, son los requisitos para que funcionen los parques. Un edificio alto interpuesto entre los rayos del sol y el parque puede hacerle perder todas sus virtudes. Sin embargo, los edificios que rodean los parques pueden también protegerlos ayudando a definir el lugar.

Es importante entender que la autodestrucción de la diversidad la produce el éxito, no el fracaso. Asegura Jacobs que la idea de la ciudad-jardín (la de los ciudadanos que abandonan el centro y se instalan en los adosados) genera “unas ciudades muy agradables si uno es dócil y no tiene planes propios ni le importa pasar la vida entre gente sin planes propios”. Y compara la vida en la urbanización con la vida de los tres cerditos: sus casas están cerradas, preparadas para cuando llegue el lobo. La activista recuerda que en áreas urbanas densas y diversificadas la gente camina. Algo impensable en las zonas suburbanas.

“A todo el mundo que valora las ciudades le molestan hoy los automóviles. Para albergarlos, las calles se han desgarrado y hecho jirones incoherentes y sin sentido para quien vaya a pie”. Jacobs habló del Nolugar antes que el antropólogo Marc Augé se convirtiera en el dueño del término: “La personalidad de la ciudad se diluye hasta que todos los lugares se parecen y se integran en Nolugar”. Escribió también que echamos demasiado culpa a los automóviles: en Amsterdam o en Nueva Delhi aseguran que las bicicletas en grandes cantidades se combinan horriblemente con los peatones. Por eso, la actual relación entre ciudades y automóviles representa una de esas jugarretas que la historia hace a veces al progreso. El sentido de una ciudad es la multiplicidad de opciones. Pero es imposible aprovechar esa multiplicidad sin poder moverse con facilidad. “Sin variedad urbana, los habitantes de las grandes aglomeraciones están, probablemente, mejor en coches que a pie”.

Con todo, a Jacobs le resultaba perturbador pensar que hombres y mujeres jóvenes, deban aceptar, solo con el argumento de que deben pensar de forma moderna, concepciones sobre ciudades y tráfico no solo inviables, sino estancas: nada significativo les ha sido añadido desde que sus padres eran niños”.

4. La escuela de la calle

Escena uno, en cada vez menos calles:

“Los niños se ensucian en los charcos, escriben con tiza, saltan a la cuerda, patinan, juegan a las canicas, trotan, charlan, intercambian cromos, juegan a la pelota, desmantelan viejos cochecitos de bebés, fabrican un coche con cajas de cartón, trepan por las verjas, corren arriba y abajo… sin darle ninguna importancia. Buena parte de su encanto reside en la sensación de libertad para corretear por las aceras, que es algo muy diferente de ser encajonado en una reserva. Si estas cosas no se hacen casual y accesiblemente, casi nunca se hacen”.

Los arquitectos y urbanistas parecen no darse cuenta del alto porcentaje de adultos necesarios para criar a los niños en sus juegos informales. Tampoco parecen comprender que los espacios y las instalaciones no los crían. Pueden ser complementos, pero solo las personas educan a los niños y los integran en la sociedad civilizada. La lección de que los residentes de una ciudad han de aceptar una cierta responsabilidad respecto de lo que ocurre en la calle la aprenden los niños en las aceras. “La presencia o ausencia de ese señorío callejero en los niños de una ciudad da una idea de la presencia o ausencia de un comportamiento responsable de los adultos para con las aceras y los niños que las usan”, consideró Jacobs.

Escena dos: la cultura en la calle, Temporada gratuita de Shakespeare en Central Park:

“El ambiente, el tiempo, el color, las luces y la curiosidad los atrajeron: muchas personas no habían visto nunca una representación teatral. Cientos volvieron una y otra vez, un amigo nos dijo que un grupo de niños negros le dijo que habían visto Romeo y Julieta cinco veces. La vida de estos conversos se ha ensanchado y enriquecido, así como el público del teatro del futuro. Espectadores como estos, nuevos en el teatro, no pagarían por una experiencia que no saben si les resultará agradable”.

“Necesitamos el arte sobre todo para tranquilizarnos respecto a nuestra propia humanidad”: ver orden y no caos en los sistemas complejos requiere entendimiento. La complejidad y la vitalidad de uso dan a las diferentes partes de una ciudad una estructura. La sugerencia –la parte por el todo- es el medio por el que el arte comunica.

5. Estamos a tiempo: las propuestas de Jacobs

1-Calles ocupadas=calles seguras: “La única manera de mantener la seguridad en las calles es lograr la presencia literal y continua de un número indefinido y diversificado de gente con motivos distintos”.

2-Reconstruir en lugar de demoler: Cuando se arrasa un barrio bajo no solo se echan abajo las casas viejas, se desarraiga a sus habitantes, se corroe la espesa capa de amistades comunales.

3-Mejor costuras que barreras: un borde puede ser una línea de intercambio que cosa dos zonas.

4-Dejar sitio para la tienda de ultramarinos de la esquina. “La novedad, y su superficial barniz de bienestar, es un artículo muy perecedero. Es chapucero y vergonzoso ver cómo se ilegaliza la diversidad. Cuando un área es totalmente nueva no ofrece posibilidades económicas de diversidad humana. La vecindad queda marcada con el castigo de la monotonía. Con el paso de los años, los barrios construidos de una vez cambian poco y para peor. Demuestran una asombrosa incapacidad para ponerse al día y revitalizarse. Están muertos. Lo estaban desde que nacieron, pero nadie se dio cuenta hasta que el cadáver empezó a oler”.

5-Calles frecuentes y cortas: “Un alto índice de ocupación del suelo, necesario para la variedad en la alta densidad, puede ser intolerable si el suelo no está entrelazado por frecuentes calles. Las manzanas grandes con altos índices de ocupación son opresivas”.

6-Aprender de la ciudad informal: “El enfoque del urbanismo convencional hacia los barrios bajos y sus habitantes es paternalista. El problema de los paternalistas es que quieren hacer cambios profundísimos con unos medios muy superficiales”. “Si no existieran habitantes barriobajeros o inmigrantes pobres para heredar los fracasos urbanos, el problema de las vecindades abandonadas se agravaría aún más”. Solamente la rehabilitación puede arreglar estos barrios. Nunca la piqueta.

7-Cuestionar el progreso del urbanismo moderno: “El desarrollo urbanístico moderno se ha basado emocionalmente en una pegajosa resistencia a aceptar la concentración de gente en las ciudades. Esa emoción negativa ha asesinado intelectualmente el urbanismo”.

8-Orden que mata: “Superficialmente, la monotonía podría considerarse una especie de orden, pero es también el desorden de no tener dirección. En un lugar marcado por la monotonía y la repetición de la similitud uno se mueve pero no parece llegar a ninguna parte. Para orientarnos necesitamos diferencias”.

9-Cabeza frente a dinero: “La inversión privada forma las ciudades, pero las ideas (y las leyes) sociales forman la inversión privada. Primero viene la imagen de lo que queremos y luego se adopta la maquinaria para producir esa imagen. Si la maquinaria financiera ha producido anti-ciudad ha sido porque nosotros, como sociedad, creímos que era bueno”.

10-Variedad y vitalidad: En arquitectura, como en el teatro y la literatura, lo que da vitalidad y color al escenario humano es la riqueza en la variedad de lo humano.

11-Diversidad y orden: El reto estético de las ciudades es cómo acomodar la diversidad en términos visuales y como respetar su libertad mostrándola bajo una forma de orden.

12-El descubrimiento de lo diferente: Lo que el profesor de Teología de Harvard, Paul J. Tillich dijo con estas palabras: “Por su propia naturaleza, la metrópoli provee algo que, de otro modo, sólo podría observarse mediante los viajes; a saber, lo extraño”. Kate Simon, autora de la guía New York Places and Pleasures, lo dijo con estas otras. “Lleve a sus niños al restaurante Gran, donde se toparán con gente a la que probablemente nunca más volverán a ver y, quizás, nunca olvidarán”.

Muerte y vida de las grandes ciudades

En la economía de las sociedades, el desarrollo industrial y el desarrollo del sector servicios llevan acompañado casi necesariamente, y entre otros fenómenos, el proceso migratorio del campo a la ciudad. Con el paso del tiempo, tal movimiento impacta en la misma ciudad: de las pequeñas ciudades, las masas se desplazan a las grandes urbes. Pero, el fenómeno del que hablamos afecta, asimismo, a los países del Tercer Mundo, o en vías de desarrollo, o de economías emergentes, o cómo se haya dado en denominar a tales comunidades en estos últimos meses. De un modo u otro, las colosales concentraciones urbanas, de edificios y personas, marcan el devenir de los nuevos tiempos. Con sus ventajas y sus desventuras, sus glorias y sus miserias. Hablamos de Nueva York o Los Ángeles, pero, asimismo, de El Cairo o Ciudad de México.

Los problemas derivados de esta circunstancia afectan a todos los órdenes: económicos y sociales, políticos y culturales, urbanísticos y de seguridad y, claro es, de convivencia entre los pobladores de la civitas. Esto sucede en nuestros días, y esto mismo ocurría, aunque adecuado a su época, en los años sesenta del siglo pasado. Es en los primeros compases de esa década especialmente convulsa cuando aparece el libro que acaba de reeditarse en España: Muerte y vida de las grandes ciudades. Su autora, Jane Jacobs, aborda la cuestión mencionada desde la perspectiva cultural emergente y desde los postulados ideológicos dominantes en aquellas fechas.

Jane Jacobs (Scranton, Pensilvania, 1916-Toronto, 2006). Divulgadora científica, teórica del urbanismo y activista político-social, su obra más influyente fue Muerte y vida de las grandes ciudades (1961), en la que critica duramente las prácticas de renovación urbana de los años cincuenta en EE.UU., cuyos planificadores asumieron modelos esquemáticos ideales que condujeron a la destrucción del espacio público. Con métodos científicos innovadores e interdisciplinares, Jacobs identificaba las causas de la violencia en lo cotidiano de la vida urbana, según estuviera sujeta al abandono o, por el contrario, a la seguridad y calidad de vida.

Paralelamente, la autora destacó por su activismo en la organización de movimientos sociales autodefinidos como espontáneos (grassroots), encaminados a paralizar los proyectos urbanísticos que entendía que destruían las comunidades locales. Primero en EE.UU., donde consiguió la cancelación del Lower Manhattan Expressway; y posteriormente en Canadá, a donde emigró en 1968 y donde consiguió la cancelación del Spadina Expressway y la red de autopistas que pretendían construirse.

Combinando la experiencia personal y los análisis comparados en arquitectura y urbanismo, la geografía humana y la sociología, Jacobs ofrece en estas páginas un genuino «Manifiesto urbanista», una declaración programática de religión laica, cívica y ciudadana, muy socorrida y en boga dentro de los ambientes «revolucionarios», «contraculturales» o, sencillamente, «alternativos», del «sesentayochismo». Levantando la voz, haciendo sentadas en la vía pública y paralizando proyectos urbanísticos «salvajes», ansiaban cambiar el mundo. Recuérdese que eran los tiempos donde marcaban la pauta a seguir los testimonios de Erich Fromm y A. S. Neill alrededor de «Summerhill» o de Wilhelm Reich acerca de la función individual y social del orgasmo. En el presente, los herederos intelectuales de estas creencias utilizan términos más «post-moderno»; por ejemplo, «sostenibilidad».

Jane Jacobs no preconiza, sin embargo, un modelo urbano próximo al ecologismo «Ciudad Jardín» (Howard) o al post-ecologismo y el experimentalismo de la «Ciudad Radiante» (Le Corbusier). Su paradigma doctrinal, referido a la vida cívica, es «humanista», activista y autogestionario. Reivindica, por ejemplo, el uso prioritario de las aceras y los parques públicos, los encuentros vecinales y la participación ciudadana en competencia con el poder político y económico, la diversidad urbana y la cohesión social. Un mensaje, en suma, tan sencillo como lo que da de sí el sentido común: es preferible que exista en la esquina de nuestro barrio una tienda de alimentos que una sucursal bancaria, o un parque, en el centro, en lugar de un bloque de apartamentos, o que circulen bicicletas por las calles, en vez de automóviles.

Tal vez el contenido de estas páginas, leídas hoy, se nos pueda antojar un tanto rancio y melancólico, ingenuo y utopista. Pero, de seguro, que removerá los espíritus de algunos lectores con larga experiencia en la vida.

Ariodante

Del prólogo a Muerte y vida de las grandes ciudades

Final del prólogo para “Muerte y vida de las grandes ciudades”, de Jane Jacobs, recién publicado por Capitán Swing

En el año 2009 Planitizen, la influyente página web de Urban Insight of Los Angeles, planteó a sus lectores un reto: establecer la lista de los 100 “pensadores urbanos” más importantes de todos los tiempos. Al final, el primer lugar vino a ocuparlo una mujer que no era ni arquitecta, ni propiamente urbanista, ni socióloga urbana. Se llamaba Jane Jacobs (1916-2006) y su obra más influyente se tituló The Death and Life of Great American Cities, publicada originalmente en 1962. Cincuenta años después, la editorial Capitán Swing nos brinda la excelente noticia de, luego de casi treinta años desaparecida de las librerías, la reedición en castellano de la obra: Muerte y vida de las grandes ciudades. La editorial me ha considerado merecedor del extraordinario privilegio que es para mí escribir el prólogo de uno de los libros que, sin duda, ha definido lo que pienso y he escrito sobre las ciudades, que no es sino un homenaje permanentemente activado a la memoria de su autora. Me permito reproducir aquí los párrafos finales de ese texto con que se abre esta absolutamente fundamental novedad editorial.

Está claro que Jacobs no pretendió proveernos de un texto académico. La suya es una reflexión personal a partir de lo que sucedía en las calles, plazas y parques que conocía, esa fecunda animación que veía malograr a manos de los planificadores de ciudad y de los intereses económicos a los que servían. Ahora bien, esas apreciaciones de apariencia algo naïf sobre lo que no deberíamos dudar en calificar como la quintaesencia misma del espacio social tienen implicaciones no explicitadas, acaso ni siquiera del todo conscientes en la autora, cuya importancia merece ser remarcada ahora, cinco lustros después de ser planteadas.

La primera de esas conclusiones implícitas tiene que ver con la naturaleza de esas formas de sociabilidad que protagonizan los transeúntes o avecindados que llevan a cabo actividades más o menos ordinarias a lo largo y ancho de la acera de una calle, distribuyéndose en una plaza u ocupando el que consideran su lugar en un parque público. Cuando Jacobs subrayaba la importancia extraordinaria que tenía ese amontonamiento en apariencia informe de conductas múltiples y diferenciadas lo que estaba captando era algo tan importante como es la manera como se conforma la sociedad urbana, acaso la sociedad a secas, sus mecanismos básicos, la apertura que los individuos y las familias debían realizar hacia un exterior en el que la cooperación con extraños totales o relativos –los vecinos, los conocidos “de vista”– implicaba la articulación de formas sutiles, pero estratégicas, de cooperación. El barrio, la en lcalle en la que está radicado el hogar o el lugar de trabajo, incluso esos espacios distantes a los que se acude de vez en cuando o por primera vez o que se transitan, como suele decirse, de paso, y en los que coincide brevemente con personajes a los que nunca más volverá a ver –aunque algunos queden para siempre grabados en su recuerdo–…, todos esos son marcos en los que se nos presenta a los ojos nada más y nada menos que el trabajo de lo social sobre sí mismo, la máquina societaria sorprendida, de pronto, manos a la obra. En otras palabras, sin ser socióloga o antropóloga entendió lo que muchos sociólogos o antropólogos no son ni siquiera capaces de reconocer: que esas aceras no son sólo extensiones o sitios, sino auténticas instituciones sociales, dotadas de estructura, ejecutoras de funciones y que registran lógicas de apropiación y empleo organizadas a partir de pautas culturales específicas.

Eso por un lado. Por el otro, lo que Jacobs veía desplegarse en tales escenarios no era sólo una colección fascinante de actos y acciones. Cuando nos propone la analogía del ballet para referirse al conjunto de conductas observables en cualquier calle o plaza no se limita a dar con una imagen poética con virtudes descriptivas: está adivinando que lo que sucede ahí responde a un sistema de actividades coordinadas desde dentro, es decir a un concierto entre cuerpos en movimiento que ordenan su disposición mutua a partir de una dinámica de ajustes y reajustes constantes y en buena medida espontáneos. Todo ello funcionando como una especie de musculatura regida por principios que no dependen de una instancia central ajena y supuestamente superior –la del proyectador o el gestor urbanos–, sino de la autoorganización autónoma de sus componentes moleculares y de la manera como estos se trenzan con frecuencia a partir de la cierta capacidad ordenadora del azar.

Se verá que Jacobs nos habla, por ejemplo, de cómo la seguridad de un barrio se obtiene gracias no a la presencia policial, sino a “una densa y casi inconsciente red de controles y reflejos de voluntariedad y buena disposición inscrita en el ánimo de las personas y alimentada constantemente por ellas mismas”. Lo que esa anotación conlleva es la percepción de la vida colectiva en una ciudad como un verdadero “orden físico” –ese es el concepto que la propia autora propone–, conformado por microprocesos en los que más que la compenetración entre elementos orgánicos integrados, lo que se da es, en efecto, un ballet, es decir una suite de iniciativas coordinadas altamente eficaces, en condiciones de dotar de coherencia interna una masa de unidades en permanente agitación. De ahí que Jacobs, con un lenguaje llano y a partir de una estimación directa de la realidad, reconozca en una calle, un parque público o un barrio ejemplos de lo que ella misma imagina como una suma de movimientos y actividades la mayoría de ellos triviales y casuales, pero cuya suma no lo es en absoluto, es decir aquello que poco después los teóricos del caos y de los sistemas complejos lejos de la linealidad llamarán sistema emergente.

Hasta aquí esta presentación de Muerte y vida de las grandes ciudades, un libro que nos es devuelto para ayudarnos a mirar a nuestro alrededor compartiendo y acrecentando su escándalo ante el pavoroso espectáculo de la destrucción sistemática de las urbes, a manos de la alianza sagrada entre políticos, mercaderes, arquitectos y planificadores. No ha disminuido, antes al contrario, se ha incrementado el desprecio y la desconfianza –acaso el temor– de los poderosos y sus “expertos en ciudad” hacia las formas consideradas prosaicas mediante las cuales viandantes y vecinos se apropian de los escenarios de sus quehaceres de cada día, dotándolos de sus propias funcionalidades tanto instrumentales como simbólicas.

Pero las calles continúan estando donde estaban y en sus aceras todavía hay gente que hace todo tipo de cosas a todas horas. Allí, en ellas, siguen mezclándose acontecimientos grandes o microscópicos, conductas pautadas y comportamientos marginales, monotonías y sorpresas, lo anodino y lo excepcional, lo vulgar o lo misterioso, permanencias y mutaciones, lo indispensable y lo superfluo, las certezas y la aventura. Como Jane Jacobs quería: un dominio difícil de dominar en el que, mal que les pese a sus enemigos, continúa viviendo la vida.

Manuel Delgado Ruiz

C.Swing desvela la muerte y vida de las grandes ciudades de la mano de J. Jacobs

Ahora más que nunca parece el momento adecuado para recuperar (si es que alguna vez se fue) el vital trabajo de Jane Jacobs, defensora a ultranza de la abolición de la ordenación territorial reglada y del restablecimiento de mercados libres de tierra. Es decir: huir de la disposición urbanística ideada por los arquitectos y urbanistas más influyentes para abrazar una disposición de la rejilla urbana mucho más natural, viva y, sobre todo, surgida de la experiencia de los propios habitantes de la ciudad. La Biblia de estas teorías es, sin duda, “Muerte y Vida de las Grandes Ciudades“, uno de los libros más influyentes en la historia de la planificación urbana que ahora, por fin, se publica en España de la mano de Capitán Swing (editorial que, desde ya, debería estar entre vuestra lista de imprescindibles). La edición del tomo en nuestro país coincide estos días con el 50 aniversario de la publicación del original, que se celebra realizando diferentes “Recorridos Jane Jacobs” en las principales ciudades del mundo. Madrid y Barcelona tendrán sus respectivos recorridos… Excusa ideal para hacerse con “Muerte y Vida de las Grandes Ciudades” y disfrutarlo al aire libre, en plena ciudad.

Muerte y vida de las grandes ciudades

Cincuenta años después de su publicación, Muerte y vida de las grandes ciudades es, según el New York Times, «probablemente el libro más influyente en la historia de la planificación urbana». Jane Jacobs, columnista y crítica de arquitectura de principios de los años sesenta,