Historias desde la cadena de montaje

Ben Hamper reconstruye la General Motors

Hoy os hablo del último libro que me ha impactado: Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper, editada en España por Capitán Swing. Historias desde la cadena de montaje es una novela autobiográfica que narra el trabajo en una fábrica de la General Motors, que supone el paradigma de la industrialización salvaje en

Magnates hurgando en nuestras miserias

A Ben Hamper no le molesta la etiqueta de “escritor proletario”. No le molestan las etiquetas –no es un snob-; sin embargo, siente una repulsión probablemente justificada por artistas comprometidos del estilo de Bruce Springsteen. El hecho de que a Hamper no le molesten las etiquetas se hace patente desde el mismo momento en que se autocalifica como “rata”: trabajador de la cadena de montaje de General Motors por tradición familiar -marca impresa en el ADN-.

Por una especie de inercia y alienación heredadas. El lugar donde te ha tocado nacer define muchas de tus posibilidades vitales y Ben Hamper nació en Flint en 1959 lo que le llevó de cabeza a la General Motors y a la vez le hizo entablar una fructífera relación de amistad con el siempre discutido Michael Moore: Mike Moore estimula la vocación literaria de Hamper que con este libro de memorias llega a convertirse en alguien conocido en su país.

Hamper es una rata y, cuando escribe columnas para revistas underground, se pone a sí mismo el apodo de Cabeza de Remache. El apodo tiene que ver con sus funciones en la cadena de fabricación de furgonetas y camiones: es un remachador. Y también un escritor proletario. Él mismo se encarga de ofrecernos una definición: “era cualquier persona lo suficientemente astuta como para lograr que su basura apareciera impresa , sin tener por ello que mantenerse sobrio, ni chupar pollas, ni dejarse ver a la luz de la chimenea, ni tener una carrera ni estar obligado a aprender a usar un procesador de textos. Así de fácil. ¡Hola, mamá, soy yo!”

El libro se centra en la narración autobiográfica del proceso de degradación de un personaje, Hamper, que paradójicamente se salva. Sabemos que se salva no porque el libro así lo cuente, sino porque confiamos en las informaciones de la contraportada y entendemos que Hamper –que se parece a Torrente en la foto de la solapa-  es el autor de este libro que tenemos entre las manos y ha sido traducido a varias lenguas. Es el triunfo de un looser –un perdedor- o, para ser más exactos, la constatación de que la literatura, las artes e incluso el periodismo cultural representan un instrumento de desclasamiento positivo.

Al margen de esta reflexión, la descripción de los compañeros y compañeras de trabajo de Hamper, capataces, supervisores y jefecillos a veces provoca uno de esos ataques de risa que pueden desembocar en lágrima. Hiel en el cielo del paladar. Hamper da cuenta de la transición económica y social que se produce en Estados Unidos desde la época de las políticas proteccionistas del Jimmy Carter hasta la Reganomanía que, en Europa, contó con el eco, tan bien recreado por los cineastas británicos –Loach, Frears- de Margaret Thatcher.

Historias en la cadena de montaje denuncia a una gran corporación que simboliza ciertos modos aparentemente paternalistas del capitalismo que han resultado ser una versión gore de Saturno comiéndose a su hijo. Hamper habla de explotación sin paños calientes. Habla de la falta de compasión, la deshumanización, la manipulación y la degradación moral como una consecuencia del funcionamiento del sistema económico. Y lo hace con un victimismo morigerado.

Los obreros, empezando por él mismo, se retratan con la conmovedora pincelada de Chaplin en Tiempos Modernos, pero también con esa furia nada autocompasiva de los Angry Young Men: la pulsión alcohólica de la galería de personajes de Hamper recuerda a ese ocio compulsivo, a esa ebriedad inducida y medicinal, falsamente liberadora, profundamente alienante y autodestructiva, desesperada, que Allan Sillitoe refleja en Sábado por la noche y domingo por la mañana, novela publicada no hace mucho por Impedimenta con traducción de Mercedes Cebrián.

Algunos episodios, como la aparición de Armando Cochuelos, gato gigante que se pasea por la cadena de producción para estimular el trabajo como pieza fundamental de la estrategia del plan de calidad de GM, son muy divertidos. La prosa es gamberra, fanzinera y descocada. Muy propia de un columnista que se llama a sí mismo Cabeza de remache y que ha escrito para revistas como Mother Jones.

Una prosa propia de un tío al que le gusta la música. Pero la de verdad. No la de Springsteen. Y esto nos lleva al quid de la cuestión. La reflexión con la que empezaba esta página. Porque, al margen de que Hamper a veces se excede un poco con la pose proleta-provocadora, los tacos y una grosería que asociamos con la naturalidad, no es ni mucho menos tonto. Es un tío listísimo, lúcido, con sensibilidad social. Y lo que es más grave: con sensibilidad literaria.

Los obreros, empezando por él mismo, se retratan con la conmovedora pincelada de Chaplin en Tiempos Modernos, pero también con esa furia nada autocompasiva de los Angry Young Men: la pulsión alcohólica de la galería de personajes de Hamper recuerda a ese ocio compulsivo, a esa ebriedad inducida y medicinal, falsamente liberadora, profundamente alienante y autodestructiva, desesperada, que Allan Sillitoe refleja en Sábado por la noche y domingo por la mañana, novela publicada no hace mucho por Impedimenta con traducción de Mercedes Cebrián.

Algunos episodios, como la aparición de Armando Cochuelos, gato gigante que se pasea por la cadena de producción para estimular el trabajo como pieza fundamental de la estrategia del plan de calidad de GM, son muy divertidos. La prosa es gamberra, fanzinera y descocada. Muy propia de un columnista que se llama a sí mismo Cabeza de remache y que ha escrito para revistas como Mother Jones.

Una prosa propia de un tío al que le gusta la música. Pero la de verdad. No la de Springsteen. Y esto nos lleva al quid de la cuestión. La reflexión con la que empezaba esta página. Porque, al margen de que Hamper a veces se excede un poco con la pose proleta-provocadora, los tacos y una grosería que asociamos con la naturalidad, no es ni mucho menos tonto. Es un tío listísimo, lúcido, con sensibilidad social. Y lo que es más grave: con sensibilidad literaria.

Explotación del hombre por el hombre: reflejos de la Gran Depresión

La Gran Depresión posterior al hundimiento de la Bolsa en 1929 ha ilustrado desde entonces la historia moderna de la explotación del hombre por el hombre, y se ha convertido en filón literario y cinematográfico, laboratorio de análisis social y económico, parte de la explicación del estallido de catástrofes como la Segunda Guerra Mundial, y referente obligado a la hora de estudiar las consecuencias de la crisis mundial que estalló en 2008, así como de las fórmulas para superarla.

Hacía muchas décadas, por ejemplo, que no se citaba ni se releía tanto Las uvas de la ira, del Nobel John Steinbeck, la más conocida de las novelas que reflejaron los avatares de las víctimas más vulnerables de aquel cataclismo (en ese caso, los granjeros expulsados de sus granjas tras las grandes tormentas de polvo), elevadas a la categoría de iconos por mitos pioneros de la canción protesta como Woody Guthrie.

De forma paralela, se rescatan obras que, sin estar ambientadas en los años treinta, reflejan que sigue sin erradicarse la explotación de la mano de obra que marcó esa época atroz. Una muestra clara de esta tendencia es la reciente publicación en España de Por cuatro duros. Como (no) apañárselas en Estados Unidos (editado por Capitán Swing), de Barbara Ehrenreich . Se trata de una incursión a finales del siglo XX –en plena burbuja de prosperidad – en el submundo del trabajo precarios y mal pagado, único disponibles para la población no cualificada. La conclusión -que un empleo o garantiza siempre una vida digna- sigue siendo válida 15 años después,  no solo en el paraíso americano, sino mucho más lejos, como en España.

Otro ejemplo es Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper (también en Capitán Swing), publicada en 1998 en EE UU, prologada por Michael Moore y que, con un estilo irónico y desenfadado, no trata exactamente de explotación laboral y de retribuciones de hambre, sino de la castrante alienación que provoca el duro y rutinario trabajo de las cadenas de montaje por las que Henry Ford ha pasado a la historia. En este caso, el escenario es una fábrica de camionetas y autobuses de General Motors.

He citado ya dos libros de Capitán Swing, y no serán los únicos, porque esta modesta editorial está empeñada en ilustrar los males del capitalismo con el rescate de obras emblemáticas y con frecuencia relegadas al olvido.

Así ocurre con Los filántropos en harapos, de Robert Tressell, un clásico de la literatura obrera publicado por vez primera hace justamente 100 años. Los benefactores a los que alude el título son los obreros, explotados con jornadas agotadoras y salarios de miseria, que financian en el fondo con su sudor a empresarios explotadores y políticos corruptos. Este mismo concepto permeaba también Por cuatro duros, donde Ehrenreich afirmaba  que los trabajadores no cualificados “son los grandes filántropos de lasociedad norteamericana (…), pasan privaciones para que la inflación se mantenga baja y el precio de las acciones alto (…), [y se convierten en] benefactores y donantes anónimos”.

Volviendo a los siniestros años treinta del pasado siglo, citaré todavía un ensayo histórico, una novela y un largo reportaje periodístico. El primero, publicado en 2006 por la Universidad de Valladolid, es obra del profesor José Ramón Díez Espinosa y se titula: El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. Lástima que esta obra que debería ser un referente de obligada consulta haya quedado recluida al ámbito de las publicaciones académicas, porque, incluso por su estilo, resulta perfectamente accesible para el gran público. Ya desde su presentación, se resalta que “el desempleo representa sobre todo inseguridad material, hambre y frío, degradación personal y exclusión social, resignación o violencia”, y supone “un viaje perturbador desde el pesimismo al fatalismo”. Más actual no podría resultar esta caracterización.

La obra, ilustrada con impactantes fotografías de época, no se limita a la situación en Estados Unidos en aquella época, sino que se proyecta más allá, y especialmente hacia Europa. Además, y con la rotundidad que le permite apoyarse en las técnicas de la investigación histórica, con la recopilación de datos incontestables, llega desde lo general a lo particular e inmediato. Tanto como para buscar respuesta a “las preguntas de cada día, como ¿qué comer? o ¿dónde dormir?”, e incluir un extenso capítulo dedicado a los trastornos psicológicos que provoca el trauma de estar sin trabajo y sin perspectiva de conseguirlo.

La novela a la que me refería, ha sido ya glosada aquí. La escribió Woody Guthrie en 1947 y se perdió su rastro durante más de 60 años, hasta ser publicada en 2013 gracias al historiador Douglas  Brinkley y el actor Johnny Depp. Una casa de tierra (Anagrama) describe la dura lucha por la vida de un matrimonio de aparceros en los años treinta, en las tierras más áridas del norte de Texas. El símbolo de esa lucha sin esperanza es el intento de sustituir su vieja y destartalada cabaña de madera por una sólida construcción de adobe, que identifican como su victoria sobre una naturaleza implacable y la esperanza de escapar de la explotación de los terratenientes.

Acabaré con otro libro editado también por Capitán Swing: Algonodoneros. Tres familias de arrendatarios, de James Agee, con espléndidas fotografías de la época de Walter Evans. Se trata de un largo reportaje periodístico, realizado en 1936 por encargo de la revista Fortune, que no llegó a publicarse, y al que se considera el germen de una de las obras mayores de su autor: Elogiemos ahora a hombres famosos. El manuscrito se perdió durante décadas y, rescatado por una hija de Agee, fue publicado en Estados Estados Unidos en 2012.

Como se señala en el prólogo de Adam Haslett, que considera que Age era capaz de “convertir en épico lo cotidiano”, se trataba de texto para ser predicado y contenía un mensaje perturbador: “Una civilización que por la razón que sea pone la vida en desventaja, o cuya existencia radica en poner vidas humanas en desventaja, no merece llamarse así ni seguir existiendo”.

Y quienes están dispuestos a sacar ventaja de ello son “seres humanos solo por definición, y tienen mucho más en común con el chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo mar”.

Algodoneros retrata sin florituras, con una sequedad casi documental doblemente efectiva porque su mensaje es imposible de rebatir, la dura lucha por la supervivencia de tres familias de arrendatarios de tierras dedicadas al cultivo de algodón en la Alabama de la Gran Depresión. Agee no buscó casos dramáticos, personajes de los que abusaban terratenientes sin escrúpulos, tragedias personales capaces de perturbar las malas conciencias, sino prototipos que reflejasen la realidad en su justo punto.

Aun así, fue demasiado para que Fortune lo recogiera en sus páginas. La existencia de las tres familias, endeudadas con frecuencia y siempre al límite, se centra en cuestiones básicas que dan título a los diferentes capítulos: Dinero, Cobijo, Comida, Ropa, Trabajo, Temporada de recolección, Educación, Salud y dos apéndices, Sobre los negros y Terratenientes, que casi resultaban obligados. En el primer caso, porque un tercio de los arrendatarios eran negros y, a los problemas comunes de su condición, se unían los derivados de la discriminación y el recelo– cuando no el odio- de la población blanca, incluso de quienes compartían su destino de víctimas. Este hecho diferencial, que habría podido alterar la esencia y el objetivo de su trabajo periodístico de campo, le llevó a no incluir en su investigación a una familia negra. Sin embargo, no podía dejar de señalar los elementos que situaban injustamente a esta minoría racial en una escala todavía inferior a la de los arrendatarios blancos.

En cuanto a los terratenientes, considera Agee que eran “la piedra angular de la estructura social y económica del Sur rural, un problema de una sutileza y complejidad casi inconcebibles”. Su objetivo era desacreditar viejas y engañosas etiquetas, como la del latifundista con látigo negro y pistola, o el aún más peregrinos de Caballero del Sur. Valga una frase para despejar cualquier duda: “El terrateniente no piensa en sus arrendatarios, sean blancos o negros, exactamente como pensaría en un ser humano o en sus mulos. Sólo piensa en ellos en tanto arrendatarios, y así los trata, y así exige que se comporten y que se relacionen”.

Sostiene Haslett que aquel reportaje maldito constituía “un ataque sin ambages contra un sistema de clases retrógrado, un ataque firmemente fundado en las vivencias particulares de quienes se encuentran en el escalón más bajo del sistema”. Aún más, que es un espejo en el que mirarse desde el presente, “cuando la mejora de la eficiencia y el aumento de la productividad laboral que tanto celebran los economistas se han convertido en mecanismo de trasferencia desde las clases pobre y media [los nuevos filántropos] a los dueños del capital”. Y cuando el sistema crediticio “ha establecido una impersonal variante financiero-capitalista de la trampa del endeudamiento que Agee describió” hace 78 años.

Ser-hi per explicar-ho

És una vida rara. Escuchar, mirar mucho, hablar solo, pensar, anotar, dormir cada noche en un lugar distinto, comer bastante feo siempre, leer diarios locales o ninguno, limitar mi mundo a mi asiento del coche y todo lo que le pasa por el costado: la Argentina”. Martín Caparrós descriu així el que fa aquell 2006: un retrat del seu país tot viatjant fins al més profund; són 30.000 quilòmetres en diverses tongades enllaçant històries per fer-ne una de sola, com tessel·les del gran mosaic del món, una novel·la sense ficció, peça cabdal del periodista. En el fons, Caparrós descriu l’essència de la crònica, que està en camí avui, és clar, de ser el gènere rei. Aquells atributs els podria haver subscrit Agustí Calvet, Gaziel. De fet es veuen a De París a Monastir. “Nos recibió un oficial muy joven, alto, imberbe, que hablaba el italiano y tenía la cabeza vendada, a causa de una herida reciente. En mi cartera de viaje acabo de encontrar su tarjeta, manchada por la impresion rojiza de su pulgar, humedecido de sangre todavía fresca. Acababa de llegar del frente, donde había sido herido en la misma mañana de hoy, y donde las fuerzas serbias, hambrientas, rendidas, sin municiones, y sin esperanza de auxilio, sucumbían más bien como mártires que como soldados”, descriu en el seu viatge d’octubre de 1915 al front del sur d’Europa aquest corresponsal de guerra exquisit renascut a les llibreries amb una selecció impagable de textos sobre el catalanisme polític (Tot s’ha perdut; RBA, 17,95 euros) i la correspondencia amb el seu editor i amic Josep Maria Cruzet (Abadia de Montserrat, 23 euros).

Amb menys combinació reflexió-fet viscut, però amb un punt més de periodisme d’investigació, hi ha el treball del mític Albert Londres, del qual, amb De diásporas y colonias, es vol recuperar l’obra periodística completa. Comencen amb un triumvirat de reportatges d’entre 1929 i 1931, els darrers abans de desaparèixer mentre investigava el tràfic d’armes a la Xina: un pelegrinatge per Europa de punta a punta per acabar a Palestina resseguint el destí errant dels jueus; un relat sobre els pescadors de perles del golf aràbic, tema tapadora per abordar el creixement de l’islamisme, i un dur passeig de quatre mesos per les colònies franceses a Àfrica és el primer fris del prometedor projecte.

Però no cal anar massa lluny per aplicar el gènere i explicar la complexitat del món. La revista Fortune va enviar, l’estiu de 1936, el redactor James Agee (que alhora enredà l’excel·lent fotògraf i amic Walker Evans perquè l’acompanyés) a Alabama per descriure sobre el terreny les misèrrimes condicions laborals dels grangers blancs pobres del sud profund. El viatge en cotxe es traduí en 30.000 paraules per a les quals Agee, poeta sensible, va suar sang: pel que va veure (malalties, condicions d’esclavatge gairebé, pagesos atrapats en una espiral de prèstecs asfixiants…) i per com traduir-ho per a una revista econòmica. Lògicament, Algodoneros, retrat a partir de tres famílies de parcers, no veié mai la llum i es perdé entre la paperassa de qui també fou guionista de La reina d’Àfrica. Ara és la primera vegada que es publica, tot comprovant que va ser l’excel·lent laboratori de l’obra magna del periodista sobre el tema: Elogiemos ahora a hombres famosos.

La ciutats són també focus de misèria: l’assagista Barbara Ehrenreich en va tenir prou amb 15 dies treballant de cambrera a Florida per veure que amb 5,15 dòlars de mitjana al dia (propines incloses i en temporada alta) no podria ni pagar el lloguer. El 1998 va preguntar-se en veu alta davant un editor de la revista Harper’s com es podia viure amb salaris tan baixos i que calia fer un reportatge de carrer, com els d’abans, per comprovar-ho. La resposta: que ho fes ella. Treballant, entre altres feines ben baixes i d’incògnit, de cambrera o venedora dels temibles magatzems (per les condicions laborals) Wal-Mart, la veritat és que no trigà gaire a veure que ingressos i despeses normals eren impossibles d’equilibrar així, cosa que explica el títol del llibre, Por cuatro duros, i el perquè el 29% de les famílies nord-americanes estan avui oficialment en la pobresa.

“No eres más que un gilipollas con diarrea bucal, y la única manera de que te publiquen toda esta basura es comiéndoles el culo a esos hijos de puta comunistas que no tienen nada mejor que hacer que estar sentados, drogarse y destrozar este país”, li eztiba un company de feina a Ben Hamper, treballador a la cadena de muntatge de la General Motors a Flint, Michigan, i que, en part per culpa del cineasta Michael Moore, va començar a escriure dels dobles torns, dels salaris, dels caps i dels companys de feina a la seva columna Impresiones de un cabeza de remache. Amb un humor negre i un estil dur cultivats en les experiències etíliques i de droga més properes a les maneres del gonzo Hunter S. Thompson, Hamper (que surt al documental Roger & Me) va tancar-se a escriure Historias desde la cadena de montaje. En definitiva: ser-hi per explicar-ho.

El obrero que sobrevivió a la cadena de montaje, al LSD y a un padre violento

Una vez le pregunté a César Rendueles por qué escribía sobre alienación. Debió ser algo así como “bueno, ahora que tenemos tasas de paro brutales, la alienación es algo así como un mal menor; en realidad el gran anhelo colectivo hoy es la posibilidad de estar alienado, o sea de tener un trabajo”. Él habló sobre la sensación de derrota que persigue cada mañana a los asalariados, y la normalidad con que todo el mundo asume esto. También dijo algo sobre los cuidados y la dificultad con que todos conciliamos la vida laboral y familiar. A fin de cuentas, la perspectiva de perder privilegios en nuestros respectivos empleos nos precipita a pensar que ayudar a los demás siempre es un fastidio, lo cual nos convierte en sujetos muy poco agradables. La ductilidad del alma para ajustarse a las situaciones más extremas, por otro lado, también es increíble.

Quien sabe mucho de todo esto es Ben Hamper (EEUU, 1955). Ben Hamper nació en el seno de la clase trabajadora de EEUU y durante un tiempo conoció el lado más salvaje del mundo laboral. Luego lo contó en “Historias desde la cadena de montaje” (ahora editado en España de la mano de Capitán Swing), y lo primero en lo que Hamper piensa al memorar su peripecia en la factoría es en su padre: “La devoción de mi padre por la bebida era inversamente proporcional a la que sentía por el trabajo.”

El padre de Hamper es la clase de persona que puede rebotar por casa sólo un par de veces al mes, mientras dedica las mañanas a trabajar y las noches a emborracharse y calentar la cabeza a las parroquianas. En cuanto a su madre, ella era una católica estricta, razón por la cual tuvo un montón de hijos. Y claro, ¿qué clase de ciudadanos pueden surgir de un padre alcoholizado en la fábrica y una madre víctima de la violencia familiar? La respuesta es Flint, una ciudad de obreros embrutecidos que conforma el escenario de “Historias desde la cadena de montaje”.

Evidentemente, a Hamper le horrorizaba la posibilidad de acabar en la cadena de montaje, y sus primeros méritos en el colegio —entre los que se encuentran sus pinitos con la poesía—  respondían a ese instinto de supervivencia que le aconsejaba tomar distancia de sus raíces. Luego conoció el LSD y las drogas, se enamoró, se casó, tuvo una hija, el matrimonio hizo aguas y acabó convirtiéndose en aquello que más odiaba. Como su padre, volvió a la cadena de montaje.

La ciudad donde los niños juegan con alicates

Hace tres años un discípulo de Palahniuk sacudió nuestro panorama editorial con una serie de relatos que narraban la América más cruda. Su nombre es Donald Ray Pollock, autor de Knockemstiff y El diablo a todas horas. Con Pollock Hamper comparte su condición de proletario metido en la literatura, la precisión a la hora de recrear el rostro más amargo de Estados Unidos, y la destreza si se trata de diseccionar una panorámica sociopolítica desde la anécdota o la peripecia personal.

“Aquí nacieron el grupo de hard rock Grand Funk Railroad, el presentador de concursos televisivos Bob Eubanks y esa tienda de modelismo llamada General Motors. Una ciudad en la que los niños tienen un juego de alicates en lugar de sonajero. Una ciudad cuyos habitantes alcanzan una puntuación media a los bolos cuatro veces superior a su coeficiente intelectual. Una ciudad que hace la genuflexión ante un aparcamiento de coches usados y que se rasca el culo con los picos mellados de los gráficos de ventas automovilísticas. Una ciudad donde tener un coche aparcado en cualquier parte de tu propiedad te confiere un privilegiado sentimiento de realeza. El paraíso de las barrigas cerveceras. La carnicería mundial de operarios. Patatas fritas con salsa”.

Hamper inició su periplo como escritor en un periódico pequeño de la mano de Michael Moore, y después fue catapultado a la primera línea del periodismo estadounidense. El autor de “Historias desde la cadena de montaje” pasó entonces a Harper’s, y lo hizo con un relato nada complaciente: si había que contar que los primeros en fundirse estúpidamente sus salarios cuando la fábrica iba viento en popa, se contaba. Con Hamper todos son antihéroes. Proletarios y capataces.

Sin embargo, el éxito no le cambió mucho. En un artículo publicado en el New York Times en 1991, con la primera publicación del libro en EEUU, Hamper admite su nuevo estatus con titubeos:

“Supongo que ahora soy un escritor’, dice Hamper indeciso. Ahora vive con una pensión para discapacitados procedente de la Seguridad Social y General Motors, y permanece bajo psicoterapia y medicación constante. ‘En mi cabeza sigue la idea de que el pánico volverá’, dice. ‘Aunque empiezo a sentirme un poco mejor. El libro ha mejorado mi autoestima”.

En otra crónica excepcional, Barbara Ehrenreich se rebelaba contra la movilidad social: la pobreza es un círculo vicioso, y cuando estás dentro tu integridad será cada vez más castigada. La propia peripecia de Hamper es un buen reflejo de eso. Puede que su trabajo como cronista aliviase algunas de sus fobias, pero sabe que nada ni nadie podrá borrar aquel pasado de padres alcohólicos, madres sufridas, hijos descuidados, drogas, fracasos y alienación. Lamentablemente, la historia permanece. Y se repite.

Historias desde la cadena de montaje

Desde Hunter S. Thompson no había aparecido un escritor americano capaz de generar la explosión rebosante de verdad y cruda realidad a la que Ben Hamper da rienda suelta en este recorrido a través de la panza de la gran bestia industrial de los EE.UU