El sendero de la sal

La vida en una mochila

¿Qué hacer cuando por una estafa o una mala inversión pierdes hasta la última libra, y también la granja que es tu hogar y tu medio de vida, y justo en ese trance diagnostican a tu marido una enfermedad degenerativa e incurable? A Raynor Winn y a su esposo, Moth, no se les ocurrió nada mejor que recorrer La vida en una mochila

La pareja que desafió a la enfermedad y el desahucio para volver a empezar

Raynor y su esposo Mott, a quien diagnosticaron una enfermedad terminal, perdieron su hogar tras una mala inversión. Doblemente desahuciados, buscando una salida, deciden recorrer el Sendero de la Costa Sudoeste sin saber que esa va ser la experiencia más excepcional de sus vidas. No es ficción, es lo que le ocurrió a Raynor Winn La pareja que desafió a la enfermedad y el desahucio para volver a empezar

¿Cómo se ‘resetea’ la vida a partir del instante en que te quedas en la calle?

Aquella época en que la autoayuda consistía en seguir consejos para convencerse de que se podía ser feliz sin importar las condiciones materiales en que nos tocara existir parece ser agua pasada. Dejando de lado cualquier calificación despectiva, la ayuda que hoy –un tiempo de precariedades individuales e incertidumbres colectivas– podemos procurarnos se asienta, quizá, en la escucha profunda ¿Cómo se ‘resetea’ la vida a partir del instante en que te quedas en la calle?

El sendero de la sal

Solo unos días después de que Raynor descubriera que Moth, su esposo de treinta y dos años, sufría una enfermedad terminal, les arrebataron su hogar y perdieron su modo de subsistencia. Sin nada que perder y en poco tiempo, tomaron la valiente e impulsiva decisión de caminar las 630 millas del Sendero de la Costa El sendero de la sal

La escritora a la que echaron de su hogar

La británica Raynor Winn, de 53 años, nunca tuvo inclinaciones literarias ni se imaginó en otro sitio que no fuera la granja centenaria de Gales que ella y su marido, Moth, restauraron piedra a piedra. Allí fueron felices y criaron a sus dos hijos, Tom y Rowan, hoy universitarios. Y allí querían morir, después de La escritora a la que echaron de su hogar