El problema de los super-millonarios

El problema de los super-millonarios

Prensa - Capitán Swing

Digamos de entrada que el problema de los super-millonarios es un libro altamente recomendable en los tiempos que estamos viviendo. Su lectura ayuda a comprender, más si cabe, las políticas llevadas a cabo en los últimos siete años y las consecuencias que su aplicación están provocando en nuestra sociedad. Cuando después de décadas se había conseguido reducir la desigualdad con una mayor redistribución de la riqueza y la

Hacienda somos todos… menos las estrellas

Se acaba de publicar uno de los ensayos más claros, contundentes y necesarios del año: El problema de los supermillonarios (Capitán Swing). ¿Tesis principal? Que la creciente desigualdad económica es incompatible con la democracia, ya que mina derechos básicos como la educación, la sanidad y la seguridad laboral. El texto viene firmado por Linda McQuaig, periodista conocida como “la Michael Moore canadiense”, en colaboración con Neil Brooks, director del programa de tributación en la facultad de Derecho de Osgood Hall (Toronto).

El segundo capítulo, dedicado en gran parte a la industria cultural, se titula Por qué la pornografía es el único mercado libre. Los autores argumentan que los ricos son quienes más se benefician de los impuestos altos, ya que el dinero público es lo que ha levantado el sistema económico que les ha enriquecido.

“Solo gracias al complejo conjunto legal que regula la propiedad, las sucesiones, los contratos, la actividad bancaria, la Bolsa y el resto de relaciones comerciales pueden estar los ricos seguros de conservar sus posesiones y disfrutar de la vida acomodada que traen consigo”, apuntan.

Y no se cortan a la hora de poner ejemplos con nombre y apellidos.

La avaricia de Michael Caine

Primer caso: Michael Caine, quintaesencia del caballero británico. A comienzos de 2009, el actor amenazó con abandonar el país si los impuestos a los más ricos subían un solo punto porcentual. La prensa conservadora presentó a Caine como un mártir, subrayando sus orígenes humildes, como hijo de una limpiadora y un mozo del mercado de pescado de Billingsgate. ¿Qué sería de Inglaterra si a la gente pobre se le cierra el paso de la fama y la riqueza? Por supuesto, hay otra forma de verlo: Caine no es multimillonario solo porque tenga talento, sino porque trabaja en uno de los sectores laborales mejor valorados del mundo, un oligopolio dominado por los grandes estudios de Hollywood, que funcionan al estilo de “los gremios medievales”.

Los autores lo explican de manera divertida: “Nunca sabremos cómo le habría ido a Michael Caine de haber sido una estrella del porno, pero lo que es seguro es que habría ganado menos. Importa esta idea porque ayuda a deshacer el mito que lleva a creer a Caine, Andrew Lloyd Webber y otros triunfadores del mundo del espectáculo que sus grandes ingresos son simple consecuencia del ejercicio de su talento en el libre mercado. No les quepa la menor duda: su fortuna ha llegado a ser lo que es gracias a la intervención del Estado”.

Histeria fiscal

El rey de los musicales, Andrew Lloyd Webber, declaró en 2009 que era contrario a la subida de impuestos a los ricos que planteaban los laboristas. “Lo último que necesitamos es un ataque al estilo de los piratas somalíes contra los pocos creadores de riqueza que todavía atreven a surcar los procelosos mares de Gran Bretaña”, explicó Lloyd Webber.

Se calcula que la fortuna de Webber ronda los 947 millones de euros, gracias a las continuas representaciones de musicales como Cats, Jesucristo Superstar y El fantasma de la ópera. Su fortuna, por tanto, se debe al esfuerzo de actores que mantienen vivas obras creadas hace varias décadas. El trabajo de profesores y enfermeras no devenga derechos de autor, mientras que el de compositor sí. ¿Es aceptable que alguien describa la contribución al bienestar colectivo como un “ataque al estilo de piratas somalíes”?

Otro ejemplo extremo de alergia fiscal es la millonaria cantante Adele, que en 2011 declaró a la revista musical Q: “Me mortifica pagar un 50% de mis beneficios, sobre todo ahora que no voy en autobús ni uso los hospitales públicos”.

Por supuesto, nunca expresó este rechazo cuando era pobre y usaba esos servicios. “La gente se preocupa más de lo que le perjudica injustamente que de lo que le beneficia injustamente”, según explicaban los ensayistas Liam Murphy y Thomas Nagel en el libro El mito de la propiedad: impuestos y justicia social (Oxford University Press, 2004).

La hipocresía de U2

Hay opciones peores que la rabieta. Grandes nombres de la cultura han optado por trasladar sus millones al paraíso fiscal más cercano. El arquitecto global Norman Foster se trasladó a Suiza en 2008 ante la perspectiva de una subida tributaria. En verano de 2010 fue expulsado de la Cámara de los Lores por su negativa a pagar impuestos en Gran Bretaña.

Otras huidas estelares fueron Gerard Depardieu (Rusia), Diego el Cigala (República Dominicana) o los Rolling Stones (Holanda). El diario Daily Mail publicó que sus satánicas majestades se las habían arreglado para pagar solo un 1,6% de sus beneficios entre 1996 y 2006. Hablamos de unos ingresos mareantes: alrededor de 305 millones de euros, que pudieron retener gracias a la generosa legislación del país centroeuropeo.

Otros evasores habituales son los miembros de la banda británica U2, avergonzados públicamente por las protestas de un grupo de fans en el festival de Glastonbury de 2011. Dos años después, se publicó en España un libro que destapaba sus chanchullos fiscales, titulado Bono: en el nombre del poder, del periodista irlandés Harry Browne.

Los asesores fiscales del grupo son tan eficaces que lograron que su empresa, bautizada U2 Limited, pagara solamente 16.500 euros en la declaración de 2010, año en que el grupo estuvo embarcado en el 360º tour, que batió todos los récords de recaudación de la historia del rock. Billboard calcula que aquella gira ingresó 581 millones de euros. ¿Conclusión? Para conseguir una sociedad de iguales, no solo hay que combatir la pobreza, sino muy especialmente la acumulación de riqueza, empezando por la más extrema.

Hacienda somos casi todos

En España tampoco faltan ejemplos. El pasado mayo, la cantante Ana Torroja fue condenada a pagar 1,4 millones de euros por evadir pagos al fisco utilizando sociedades interpuestas, tanto españolas como extranjeras. Ese mismo mes la soprano catalana Montserrat Caballé devolvió a la agencia tributaria 300.000 de los 508.462 euros que había escamoteado.

Hace solo un par de días que la libertad de Isabel Pantoja pende de un hilo por su deuda de 1.140.000 euros con la Hacienda española. Muchos recordarán el mítico caso de Lola Flores, que no presentó la declaración de la renta entre 1982 y 1985. Y también que Miami es el destino preferido de las estrellas latinas, por una mezcla de motivos logísticos y baja fiscalidad. Adivinen cuál de los dos factores pesa más.

¡Que paguen los ricos!

La fiscalidad progresiva supone una importante declaración de principios, esa es la idea principal que Linda McQuaig y Neil Brooks sostienen en su libro El problema de los super-millonarios (Capitán Swing, 2014). Los autores —ella columnista y periodista de investigación y él director del Programa de Licenciatura en Tributación de la Osgood Hall Law School de la Universidad de York, en Toronto— centran su propuesta de reforma fiscal en el caso inglés, así que los datos que manejan, sin dejar de ser de interés, resultan no irrelevantes para el caso español, pero sí superfluos. Ahora bien, el ideario y las razones que amparan sus propuestas son absolutamente válidos para (re)pensar el sistema fiscal español, pero sobre todo, las razones de la desigualdad (y sus consecuencias).

La cosa es bien sencilla, hace unos treinta años que se comenzó el experimento neoliberal y, desde entonces, los superricos han ido acaparando cada vez más poder y riquezas y ello ha provocado la aparición de una nueva plutocracia, esto es: países gobernados en la práctica por los más ricos. Así, “quienes más ganan se las han arreglado para modelar la agenda política […], utilizando su influencia para imponer leyes […] que favorecen sus propios intereses”. Su principal logro no ha sido, como se piensa, crear riqueza (o trabajos, como ellos mismos sostienen), sino desviar tales riquezas hacia sí, gracias al rentismo parasitario o rent-seeking. Pero no solo eso, sino que lo más preocupante ha sido su capacidad para imponer, gracias a sus bien financiados think tanks y su control de los medios, una idea: el “credo social que celebra la ambición y la codicia personal”. Un ideario para el que, entre muchas otras cosas, la destrucción del planeta y la lucha contra el cambio climático no se cuentan entre sus intereses. Así, el problema al que se ha de hacer frente (y la base de este libro) no solo es de números (cuánto deben pagar los ricos y cómo hacerlo), que también, sino de revertir “esa mentalidad que se ha instalado en la cultura contemporánea y que está fundamentada en la ideología neoliberal”, pues la desigualdad extrema no solo radica en el exceso de poder de la élite, “sino en el déficit de poder del ciudadano de a pie”. Esta carencia provoca que el ciudadano tenga la sensación de que es inútil tratar de cambiar las cosas, y ello fuerza a que se desentienda de la política, dejando todo el campo libre para los plutócratas. Lo decía Aristóteles: “cuando un poder político se posee porque se posee poder económico o riqueza […] estamos ante un gobierno oligárquico, y cuando la clase no propietaria tiene el poder, ante un gobierno democrático”.

La propuesta de fiscalidad progresiva de McQuaig y Brooks se fundamenta en algo muy básico: los supermillonarios no merecen sus fortunas, sino apenas una parte (lo cual, por supuesto, no significa que no tengan derecho legal a ella). Pero ha de quedar bien claro que estas fortunas son una mezcla de suerte, oportunismo, falta de escrúpulos y, lo más importante: de la utilización del “legado del conocimiento” del pasado. Y es que las invenciones solo ocurren cuando “se ha reunido un corpus de evidencias científicas suficiente para que el descubrimiento resulte casi obvio, al menos para los expertos estrechamente involucrados en ese campo”. Dicho de otra manera: el ordenador personal se habría desarrollado con Bill Gates o sin él. De hecho, nos dicen los autores, “es posible que sin Gates la revolución informática hubiera discurrido por caminos menos comerciales”. John Stuart Mill llamaba a este tipo de ganancias “beneficios indebidos” y luchó toda su vida para que se reconociera el importante papel que juega la sociedad en los ingresos individuales. Gracias a una alta tributación aplicada a esas enormes fortunas como la de Gates, opinan McQuaig y Brooks, se conseguiría una justa compensación a la sociedad, de la que el individuo se ha beneficiado. E inciden: no se trata de redistribuir la riqueza, sino de que hay una legitimidad moral en los impuestos, para defender lo que el economista francés del siglo XVIII Jacques Turgot denominó como “tesoro común”.

Nos recuerdan los autores que los ricos no siempre tuvieron esta posición dominante de la que gozan hoy, pues en la así conocida como “época dorada del capitalismo” (1940-1980) vieron reducida notablemente su hegemonía “a causa de los impuestos progresivos, la regulación estatal y el fortalecimiento de los trabajadores”. Y la bonanza generalizada de esta época (no en vano en ella surge el Estado del Bienestar) demuestra, además, que los impuestos altos y la regulación estatal no solo no detienen el crecimiento económico sino que lo fomentan. Para retomar esa senda perdida de igualdad y democracia es fundamental tener el control de los recursos económicos. Ello garantiza la libertad y el empoderamiento de la sociedad. Pues no se olvide  que el sistema fiscal es el fundamento mismo de la democracia, ya que consiste en recaudar dinero de forma colectiva para luego decidir también colectivamente en qué gastarlo. No queremos la caridad de los ricos y sus donaciones (y que decidan ellos adónde irá a parar ese dinero), lo que queremos, dicen McQuaig  y Brooks,  es que se recaude a través del sistema tributario y que sean los ciudadanos quienes decidan a donde irá a parar ese dinero. Lo dijo Adam Smith, ese economista al que tan  interesadamente mentan los liberales. Que “cualquier impuesto […] es para el que paga, un emblema, no de servidumbre, sino de libertad”.

Decíamos antes que la batalla contra los supermillonarios no es solo de números, antes bien es un batalla ideológica: se ha denunciar la teoría de la elección pública, que sostiene que todos los participantes en los procesos políticos actúan en su propio interés, porque esto no es verdad, no puede ser verdad. Tenemos que pensar más en Polanyi y su idea de que el bienestar de los individuos “depende en gran medida de sus relaciones sociales, así como de la conservación y la viabilidad de sus comunidades”. Se ha de reforzar la idea de comunidad y una forma muy convincente de hacerlo es mandándoles un mensaje a los hiperricos: Vds. son unos egoístas extremos y unos seres profundamente antisociales, no son héroes ni líderes, ni son dignos de admiración, más bien al contrario. Por eso es justo que devuelvan a la sociedad lo que tomaron de ella. Se trata de volver a construir un concepto fuerte de sociedad, en tanto que comunidad, y dejar bien clara la idea de que los impuestos son una expresión de ciudadanía.

El negocio de la crisis: ¿por qué hay más supermillonarios en 2014 que en toda la historia?

En enero de 2011, el diario The Economist escribía sobre la nueva estirpe de magnates billonarios que han surgido en los últimos veinte años. Consideraba que, en lugar de recibir la mayor parte de su dinero como herencia, lo habían conseguido gracias a sus propios méritos: “Toda sociedad ha tenido élites”, afirmaban. “El gran cambio con respecto al siglo pasado es que estas élites son cada vez más meritocráticas y globales. En los países desarrollados, las personas más ricas no son aristócratas, sino emprendedores como Bill Gates”.

Este texto es uno de los muchos recogidos en el ensayo El problema de los supermillonarios (Ed. Capitán Swing). Sus autores, Neil Brooks y Linda McQuaig (a la que comúnmente se conoce como la “Michael Moore de Canadá”) ilustran, a través múltiples ejemplos, el modo en que la redistribución polarizada de la riqueza es una consecuencia lógica del sistema económico actual. Ese mítico 0′ 001% de la población que maneja la mayor parte del dinero mundial crece cada año.

Mientras tanto, el sistema se encarga de neutralizar las cada vez más flagrantes desigualdades hablando de sociedades meritocráticas y hombres hechos a sí mismos . Como si cualquiera de nosotros, con la idea adecuada y en momento adecuado, pudiera entrar en esa élite privilegiada que amasa fortunas escandalosas, paga impuestos irrisorios y tiene las medidas políticas a su favor.

Una libra por segundo

Imagínense que ganan una libra cada segundo de su vida, escriben McQuaig y Brooks; tardarían poco más de diez días en ser millonarios, más de treinta años en ser milmillonarios y morirían sin llegar a ser billonarios, porque para eso, y a ese ritmo, se necesitan muchas vidas. Sin ir más lejos, Bill Gates no podría contar su patrimonio a un ritmo de libra por segundo, porque pasaría 1.680 años contándolo. Un ejemplo tan inituivo sirve para que nos demos cuenta de lo inimaginable que resulta para cualquiera de nosotros pensar que amasaremos una fortuna similar. ¿Cómo pueden deberse todas estas cuentas corrientes sólo al mérito individual?

A medida que los medios hablan de emprendimiento y meritocracia, cubriendo de una aparente justicia las arcas de ese mínimo porciento de elegidos, el número de billonarios no para de crecer (como crece, en consecuencia, el número de individuos bajo el umbral de la pobreza): los mil hombres más ricos de Reino Unido acumulan ellos solos un tercio del PIB del país entero (antes de la crisis, no llegaban a esa cifra). En los últimos treinta años, los ingresos de los norteamericanos sólo han crecido un 1%. Los de lo billonarios se han multiplicado por cuatro. Dinero llama a dinero, y las políticas y los sistemas tributarios actuales están diseñadas para que esta expresión se cumpla literalmente.

Paralelamente, la crisis ha generado la mayor cantidad de individuos billonarios de la historia. Si en 2012, la fecha en que McQuaig y Brooks terminaron de escribir su ensayo, el número de súperricos ascendía a 492 sólo en Estados Unidos (diez años atrás era de 101), ahora se sabe que 2014 marca el récord en el crecimiento de fortunas disparatadas: en estos últimos doce meses, marcados por las medidas de austeridad y las deudas públicas, 153 personas se han convertido en billonarias. Nunca antes los súperricos se habían multiplicado tanto.

Una vez demostrado mediante ejemplos, citas a artículos y sucesos históricos que el sistema económico actual favorece la polarización de la riqueza, los autores se centran en describir las consecuencias de este panorama social: la austeridad, según argumentan, no ha funcionado en ningún caso como remedio ante la crisis. Su puesta en práctica sólo afecta a las rentas medias y bajas, lo que hace que aumente la brecha entre ellos, la élite que amasa la fortuna mundial, y nosotros, las verdaderas víctimas de las medidas anticrisis.

¿Tasas más altas? Sí, por supuesto

Se habla de oligarquía, dado que los que ejercen el poder político también concentran el económico; se detallan prácticas fraudulentas de algunos de los magnates actuales (hay más de 15 billones de euros ocultos en paraísos fiscales) y, en contra de lo que comúnmente se piensa, no se producen demasiados cambios de residencia y nacionalidad hacia países con impuestos más bajos. Mientras los billonarios aumentan el volúmen de su fortuna en paraísos fiscales, apoyan de forma incondicional la subida de tasas en su nación. Precisamente, el magnate Eduard de Rothschild afirmó que aceptaba de buena gana la subida de impuestos. Mientras, el billonario Warren E. Buffet se alió con Obama para que los tipos fiscales de los acaudalados no fueran menores que los de la población media. Un lavado de imagen que además, a efectos prácticos, no daña en absoluto el estado de sus cajas fuertes.

Las prácticas poco igualitarias y el poder económico acumulado en pocas manos se asocia en el imaginario colectivo a la imagen del magnate sexagenario o el banquero de monopolios. Pero Mark Zuckerberg y otros jóvenes residentes en Silicon Valley también tienen cuentas corrientes inimaginables. En poco tiempo, el grueso de los billonarios no superará los cuarenta años. El problema, además del obvio aumento de la brecha económica, tiene que ver con la ideología: cuantas más personas se convierten en súperricas, más se encarga la sociedad de hablarnos de ingenio, emprendimiento y méritos. No hay brecha real si fingimos que cualquiera de nosotros puede saltarla, piensan.

 

El problema de los super-millonarios

Entre 1980 y 2008 los ingresos del 90% de los estadounidenses crecieron un mísero 1%, mientras que los de los grandes multimillonarios (el 0,01% de la población) crecían un 403%. Una sociedad descompensada en la parte superior de la pirámide puede parecer un paraíso de la movilidad ascendente, pero en realidad