Heil Hitler el cerdo está muerto

No te rías que es peor

Sobre el “humor triste” y el “humor alegre” como herramientas de dominio y liberación Es opinión general que el humor es una actividad liberadora. No son infrecuentes, sin embargo, los casos en los que el humor es utilizado para humillar, ridiculizar, excluir o bloquear el diálogo. Podemos distinguir, quizás, entre el “buen humor”, que se

Reír bajo Hitler: Rudolph Herzog entrevistado por Fernando Aramburu

El poeta, narrador y ensayista español Fernando Aramburu entrevista a Rudolph Herzog en el festival Ja! de Bilbao.

Los que sí pueden reírse del Holocausto

Prensa - Capitán Swing

Heil Hitler. El cerdo está muerto. La paradoja de este artículo es que el que quizá sea el chiste más importante y respetado sobre el Holocausto no lo hizo un judío, sino un alemán de pura cepa. ¡Atiza! Salvo que dicho cómico -el cabaretero Werner Finck- también cumple la premisa de que sólo las víctimas

Historia del humor durante el Tercer Reich

Que el humor es capaz de desactivar hasta la realidad más brutalmente dolorosa es tan cierto como que sólo los expertos en explosivos son capaces de hacer lo propio con las bombas. Y de ello da buena cuenta el exhaustivo y curiosísimo ensayo que Rudolph Herzog, el hijo de Werner, el reconocido cineasta alemán responsable de ‘Fitzcarraldo’, acaba de publicar: ‘Heil Hitler: el cerdo está muerto’ (Capitán Swing). Cuyo subtítulo especifica: ‘Reír bajo Hitler: Comicidad y humor en el Tercer Reich’. Y en cuyas páginas se amontonan todos los chistes (y las caricaturas y cualquier muestra de humor gráfico que se precie) que surgieron al poco de llegar los nazis al poder. Páginas que exploran los límites del humor ante el horror más absoluto: el Holocausto.

Porque, ¿puede uno reírse de las víctimas? ¿Y de Hitler? ¿No era peligroso? ¿Y eran, en algún sentido, útiles? “Los chistes políticos no eran una forma de resistencia activa, sino más bien vías de escape para la rabia acumulada del pueblo”, explica Herzog en el libro. Pero, por miedo, “aquel que ventilaba su rabia con bromas mordaces no se echaba a la calle ni desafiaba a la autoridad de otra manera”, apunta Herzog, que añade, “curiosamente, la mayor parte de los narradores de chistes que fueron denunciados y arrastrados a los tribunales recibieron castigos más bien leves”. Por lo que no es cierto que “los chistes políticos de la época nazi sólo se podían contar entre susurros y en secreto”, señala.

Pese a ello, sí que hubo un par de procesos draconianos en la atmósfera envenenada de los últimos años de la contienda. Aunque lo verdaderamente interesante del ensayo tiene que ver con tipos como Heinz Rühmann, el comediante estrella de la época nazi, que, por orden de Goebbels incluso animaba a los alemanes a procrear vía películas como ‘Hurra, ich bin Papa!’. Lo curioso del tema de Rühmann, que trató de no posicionarse aunque sus películas eran decididamente políticas (y obedecían órdenes muy concretas) y fue calificado de “simpatizante” por el comité de desnazificación de la posguerra, es que su mujer era judía y que había sido una estrella ya en la época de la República de Weimar, razón por la cual el nuevo regimen hizo la vista gorda. Goebbels fingía mirar hacia otro lado cada vez que alguien le recordaba con quién estaba casado el famoso actor (que acabó dejando de estarlo y se le arregló a su mujer un matrimonio de conveniencia con un actor sueco para que pudiera salir ilesa de Alemania).

Habla Herzog de los orígenes de ‘El gran dictador’, de Chaplin. El actor se encontraba en Cataluña cuando Inglaterra declaró la guerra a los nazis. Por entonces aún no había acabado la película, que, por cierto, no fue idea suya, sino del director Alexander Korda, pero, a medida, que el ejército alemán empezó a arrinconar al inglés, los telegramas no dejaron de llegar. La mayoría procedían de Nueva York y decían: “Apresúrese con la película, todos la están esperando”. A la vez que el Gobierno alemán inició su propia campaña para frenar el proyecto.

Pero ‘El gran dictador’ no es la única película de la que se habla en el ensayo de Herzog, aunque sí es la comedia más salvaje y famosa sobre la figura de Hitler que se rodó durante esa época, época en la que se popularizaron chistes como el que sigue: “¿Quién es el mejor técnico electricista de Alemania? Adolf Hitler. Ha encendido Austria, ha apagado Rusia, ha puesto el mundo entero en alta tensión y sigue teniendo el interruptor en sus manos”.

El histórico repaso culmina con el fin del tabú, que para Rudolph Herzog, que además de escritor es actor y director de documentales, coincide con el estreno de ‘La vida es bella’, de Roberto Benigni, capaz de convertir el horror del Holocausto en un modesto cuento que no deja de jugar con el humor y evita toparse con la atrocidad que, sin embargo, está presente en todo momento. Herzog también señala como punto de inflexión la publicación, en 1998, un año después de que ‘La vida es bella’ se llevara un buen puñado de Oscars, de ‘Adolf, el cerdo nazi’, la sátira de Walter Moers, en la que el dictador aparece en el mundo de hoy (ya de ayer, el mundo de los 90) y, en un ataque de furia, por ejemplo, deja morir de hambre a su Tamagochi. En cualquier caso, apunta Herzog, “el tiempo de la demonización ha quedado atrás”, y añade: “Cuando uno se ríe de Hitler, lo está despojando de las capacidades metafísicas y demoníacas que se le atribuían”.

El chimpancé que hacía el saludo fascista y otros chistes del Tercer Reich

No hay pueblo que no se tome a chirigota a sus gobernantes cuando legislan contra sus costumbres de toda la vida.  Una de las muchas extravagancias de Hitler cuando llegó al poder fue imponer el saludo brazo en alto a sus conciudadanos. Aunque muchos alemanes acabaron cogiendo el gusto al saludo marcial, la medida fue recibida con no pocas dosis de cachondeo sus primeros días, cuando la maquinaria represiva nacionalsocialista estaba aún en pruebas. El saludo fascista se convirtió, de hecho, en un tema recurrente en los chistes políticos alemanes de la época. Ejemplo: “Hitler visita un manicomio. Los pacientes hacen sumisamente el ‘saludo alemán’. Pero de repente Hitler descubre a un hombre que no lo hace. ‘¿Por qué no saluda usted como los demás?’, le increpa. Y el hombre le contesta: ‘Mein Führer, es que yo soy el enfermero, ¡yo no estoy loco!'”.

Lo cuenta Rudolph Herzog (Alemania, 1973) en uno de los libros bomba de la temporada primaveral: Heil Hitler, el cerdo está muerto, estupendo repaso a los límites del humor durante el Tercer Reich que publicará Capitán Swing en unos días.

Herzog, hijo del célebre director alemán Werner Herzog (Aguirre, la cólera de dios, Fitzcarraldo), da otro ejemplo en el libro de lo poco en serio que se tomaron algunos alemanes el saludo fascista:

“La mejor respuesta al saludo hitleriano la tenía un feriante de Paderborn que hacía levantar el brazo derecho a sus chimpan­cés amaestrados, lo cuales lo hacían con gus­to y con mucha frecuencia. Cada vez que divisaban un uniforme, incluso aunque fuera el del cartero, hacían inmedia­tamente el saludo hitleriano. Pero no todos los integrantes del partido veían con buenos ojos a los monos nazis. La acción de carácter dadaísta del feriante, un socialdemócrata convencido, fue denunciada a la autoridad por diligentes ‘camaradas del pueblo’. Poco después fue publicada una orden que prohibía el saludo hit­leriano a los monos.Y al que no respetara la orden se le amena­zaba con el ‘sacrificio’. Cuando se trataba del culto al Führer, los nazis no tenían ni pizca de humor”, razona el ensayista.

No obstante, pese a que sería maravilloso imaginarse a toda Alemania choteándose del nacionalsocialismo, la realidad no fue exactamente esa. Herzog concluye que la mayoría de chistes políticos sobre el nazismo eran… apolíticos. Ejemplo: las bromas sobre los gerifaltes del régimen se centraban en sus extravagancias personales pero evitaban la crítica radical al sistema.

O cuando el chiste político no solo no hace daño al régimen, sino que lo acaba reforzando de algún modo. “Eran poco críticos y señalaban más las flaquezas huma­nas de los dirigentes que sus crímenes. Había, por ejemplo, nume­rosos chistes sobre Hermann Göring, que con su aspecto barroco y su predilección por el boato y las condecoraciones daba alas a la imaginación de la gente. Así pues, lo que transmiten muchos de estos chistes no es una crítica severa, sino un pueril afecto”, aclara Herzog.

El libro da varios ejemplos de chistes sobre Göring como estadista adicto a las medallas: “Göring lleva últimamente sobre la hebilla de su condecoración una flecha que indica la dirección: ‘Continúa por la espalda'”, decía uno de los chascarrillos.

En efecto, se trata de una pequeña burla al dirigente, pero con unos límites muy claros: “El hecho de que Göring fuera un sádico que degeneró en asesino de masas no constituía un tema interesante para el humor políti­co. En el contexto satírico, Göring se nos aparece la mayoría de las veces como un vanidoso pero, al mismo tiempo, encantador gordinflón. Precisamente esas debilidades humanas de las que él alardeaba fueron las que hicieron del segundo hombre del Estado nazi una persona muy apreciada por el pueblo. El hecho de que actuase con sangre fría, con cinismo y absoluto desprecio por los seres humanos no hizo mella en la simpatía que la gente le profesó hasta el momento de su suicidio”, cuenta el ensayista.

O cuando el chiste político no solo no hace daño al régimen, sino que lo acaba reforzando de algún modo. “Eran poco críticos y señalaban más las flaquezas huma­nas de los dirigentes que sus crímenes. Había, por ejemplo, nume­rosos chistes sobre Hermann Göring, que con su aspecto barroco y su predilección por el boato y las condecoraciones daba alas a la imaginación de la gente. Así pues, lo que transmiten muchos de estos chistes no es una crítica severa, sino un pueril afecto”, aclara Herzog.

El libro da varios ejemplos de chistes sobre Göring como estadista adicto a las medallas: “Göring lleva últimamente sobre la hebilla de su condecoración una flecha que indica la dirección: ‘Continúa por la espalda'”, decía uno de los chascarrillos.

En efecto, se trata de una pequeña burla al dirigente, pero con unos límites muy claros: “El hecho de que Göring fuera un sádico que degeneró en asesino de masas no constituía un tema interesante para el humor políti­co. En el contexto satírico, Göring se nos aparece la mayoría de las veces como un vanidoso pero, al mismo tiempo, encantador gordinflón. Precisamente esas debilidades humanas de las que él alardeaba fueron las que hicieron del segundo hombre del Estado nazi una persona muy apreciada por el pueblo. El hecho de que actuase con sangre fría, con cinismo y absoluto desprecio por los seres humanos no hizo mella en la simpatía que la gente le profesó hasta el momento de su suicidio”, cuenta el ensayista.

“Mientras que el chiste político supone ante todo un deshago para la frustración acumulada de la población, el chiste judío se puede interpretar como una forma de darse ánimos, como una expresión de la voluntad de supervivencia de los judíos, de su afán de seguir adelante a pesar de todas las adversidades. En el chiste judío se compensa el horror cotidiano. De esta manera, incluso en el humor judío más negro se adivina una voluntad obstinada, como si el que cuenta el chiste quisiera decir: me río, luego estoy vivo. Estoy entre la espada y la pared, pero no perderé mi humor”, cuenta el libro.

Ejemplo de chiste judío “macabro” de principios de los años cuarenta: “Dos judíos van a ser fusilados. Pero de repente les comunican que los van a ahorcar. Entonces uno le dice al otro: ‘¿Lo ves? ¡Ya ni siquiera les quedan cartuchos!'”.

No faltaron, por tanto, los kamikazes, como el cómico y cabaretero Werner Finck, “figura de culto clandestino” en el Berlín de los años treinta por sus “arriesgados chistes políticos”. “Supo ejercer el arte de las medias tintas. Sus números de cabaret eran conocidos precisamente por lo que no se decía, por lo que se podía leer entre líneas. Cada actuación del in­trépido humorista semejaba un número de equilibrio sobre el filo de la navaja. Finck lo sabía: si su crítica era demasiado concreta, lo retirarían de la circulación inmediatamente y lo arrastrarían a un campo de concentración como si fuera un enemigo político”, explica el ensayo. De hecho, varios cabareteros de la época, incluido Flinck, acabaron confinados en los campos de concentración hitlerianos. Por rojos, por judíos o simplemente por graciosos.

Lo crean o no, la mayor proeza cómica de Finck tuvo lugar mientras estaba preso en un campo de concentración (Ekkerard) antes de la guerra. Los nazis solían permitir los cabarets dentro de los campos para lavar su imagen. Finck respondió a la invitación nacionalsocialista con un monólogo que ha pasado a los anales del humor negro: “Os sorprenderá lo alegres y animados que estamos”, dijo a su público, compuesto por presos y soldados nazis. “Pues bien, camaradas, esto tiene su razón de ser: en Berlín ya no lo estábamos desde hace mucho tiempo. Todo lo contrario. Siempre que actuábamos sentíamos una extraña sensación en la espalda. Era el temor a terminar en un campo de concentración. Y mirad, ahora ya no necesitamos sentir miedo nunca más: ¡ya estamos dentro!”.

Una de las claves del libro es que Herzog usa el chiste político como espejo de toda una época. Aunque muchos alemanes alegarían luego no haberse enterado de las atrocidades del régimen, las temáticas de algunas bromas permiten deducir que los ciudadanos estaba más al tanto de lo que pasaba en el país de lo que ahora es preferible recordar.  Ejemplo: El campo de concentración de Dachau, pionero dentro del sistema represivo nazi, fue objeto de numerosos chistes durante los años treinta.

“La afirmación de la generación de la guerra de que ‘no sabían nada’, esa estrategia defensiva de los primeros años de la posguerra, es simple y llanamente insostenible cuando uno escucha las frases hechas y los chistes sobre el campo de Dachau”, aclara Herzog.

El ensayista explica así el uso social de los chistes sobre el campo de Dachu: “Servían más bien para arreglárselas con el terror antes que para expresar una crítica seria”.En otras palabras: aunque a algunos alemanes les indignaba lo que estaba ocurriendo, su respuesta no pasaba de hacer un chiste político de vez en cuando.

“Los chistes políticos no eran una forma de resistencia activa, sino más bien vías de escape para la rabia acumulada del pueblo. Se contaban en las tertulias, en el bar, en la calle, para desahogarse al menos durante un instante ha­ciendo de la risa una forma de liberación. Y eso solo podía estar bien visto por el régimen nazi, que carecía del más mínimo sentido del humor. Aunque muchos alemanes eran conscientes de los as­pectos tenebrosos de la sociedad nacionalsocialista, aunque se sen­tían furiosos por las medidas coercitivas, por los ‘mandamases’ y la arbitrariedad del Estado, sin embargo nadie rechistaba. Para expresarlo de manera muy gráfica: aquel que ventilaba su rabia con bromas mordaces no se echaba a la calle ni desafiaba a la au­toridad de otra manera… Los así llamados ‘chistes políticos’ no constituían una manifestación de coraje civil, sino un sucedáneo del mismo”, concluye Herzog.

Conclusión: Como mucho los alemanes hubieran logrado matar a Hitler… de un ataque de risa.

Así era el humor negro antinazi

Cuando el humorista alemán Werner Fink descubrió a dos agentes de la Gestapo anotando todo lo que decía en su show, les preguntó: “¿Hablo demasiado rápido? ¿Pueden seguirme o, en realidad, quieren que les siga yo a ustedes?”. Esta y otras broma le costaron el cierre del cabaret por parte de Goebbles y su ingreso en un campo de concentración.

Precisamente fue allí donde pudo dar rienda suelta a sus chistes más ácidos: como solía decir, cuando actuaban en Berlín vivían con miedo al campo de concentración. Una vez dentro ya podían animarse y tranquilizarse.

Cuenta el director y escritor Rudolph Herzog en Heil Hitler!: el cerdo está muerto (Capitán Swing Libros) que eran los judíos los que desarrollaron un humor más negro. Siguieron, quizá, el argumento de Fink: total, ahora que estaban dentro ya daba igual. Y la comedia macabra era la forma de aliviar su destino:

En los últimos días de la guerra, si planeaban fusilarlos y de repente la orden era matarlos en la horca, respondían:”Se están quedando hasta sin balas”.

A Rudolph Herzog (sí, hijo del cineasta Werner Herzog) se le ocurrió la idea de realizar un documental y un libro sobre el humor alemán durante el nazismo cuando encontró algunos chistes manuscritos en casa de su tía abuela. Sin embargo, las conclusiones a las que llegó con su investigación son contradictorias.

Según el autor, el ingenio alemán se agudizó cuando Hitler subió al poder, pero la mayoría de las bromas tenían que ver con los defectos personales o las extrañas aficiones de los líderes del Nacional Socialismo. Casi ninguno era realmente subversivo con el régimen. Y los pocos que se atrevieron a criticar el régimen mediante el humor, acabaron en tribunales.

Delitos de sedición y humor absurdo

Hubo incluso quien fue ejecutado:

Hitler y Göring están en lo alto de la torre de la radio. Hitler le dice a Göring que quiere darle una alegría al publo alemán. Göring le responde: “Entonces, ¿por qué no saltas?”.

Esta broma, por ejemplo, le costó la vida a Marianne Elise K., una trabajadora de fábrica acusada de sedición por su compañero.

El recorrido por los chistes que se inventaron durante la guerra nos da a entender, por ejemplo, que a pesar de que muchos alemanes adujeron no tener ni idea de la existencia de los campos de concentración, estos sirvieron de excusa para crear algunas de las bromas más populares entre la población:

“–¿Qué tal el campo de concentración?

–!Genial! Desayunábamos en la cama, hacíamos deporte, comíamos tres platos…

–¡Vaya! Hace poco vi a Meyer y me contó una historia muy distinta.

–Por eso se lo han vuelto a llevar”.

El humor, narra Herzog, les servía para descargar el peso de su situación. Cuando comenzó el régimen, se sucedieron las bromas sobre el saludo nazi; cuando se acercaba la derrota, los chistes fatalistas aumentaban. Vale que no se rebelaron, pero al menos supieron verle el lado absurdo a la tragedia:

“¿Es cierto eso que dicen de que el Marxismo-Leninismo es una teoría científica? No lo tengo muy claro. Si fuera así, la habrían testado primero en animales”. Ben Lewis recoge este chiste en su libro A History of Communism told by its communist jokes. A diferencia de Herzog, Lewis sostiene que las bromas soviéticas eran más agudas y críticas con sus sucesivos dirigentes. Lo que parece ser cierto es que, en los momentos de represión, el pueblo descarga su pesismismo a través de la risa.

Heil Hitler, el cerdo está muerto

Debido a la trágica dimensión de los horrores cometidos por el régimen nazi mucha gente tiene dificultades para adoptar una mirada cómica sobre Hitler y el nazismo. Cada vez que alguien lo hace es acusado de restar importancia y trivializar el Holocausto, pero lo cierto es que hay una larga historia de chistes al respecto