De cómo me convertí en alcalde y cambié el mundo

“Llegué a prometer elevar cuatro grados la temperatura de Islandia”

¿Por qué se metió en política? Para satirizar el sistema político, para devolverles a mis conciudadanos la sonrisa, porque la alegría de vivir es lo más importante. El momento era desolador. Sí, con la crisis financiera la gente lo estaba perdiendo todo, estaban decepcionados y enfadados. Muchos de mis amigos participaban en manifestaciones de protesta

Jón Gnarr: la increíble historia del cómico que fue elegido alcalde

Uno de los personajes más insólitos que visitan estos días Barcelona con motivo del Festival Serielizados es Jón Gnarr, un cómico islandés que formó un partido político como respuesta a la crisis económica (¿o ya podemos llamarla estafa?) y, contra todo pronóstico, ganó las elecciones a la alcaldía de Reikiavik y gobernó desde el 2010

Los 15 libros favoritos de la Feria del Libro de Madrid 2015

  Selección de Prado Campos.

¿Qué está leyendo Manuela Carmena en el metro?

Prensa - Capitán Swing

Ahora Madrid, la fusión de Ganemos Madrid y Podemos Madrid, se fundó como ‘partido de emergencia’ para poder hacer frente al bipartidismo. En Islandia, el Partido Mejor también nació como una respuesta urgente ante la caída de los bancos. La ‘pequeña diferencia’ es que no iban en serio. Pero la gente se lo creyó. Ayer,

El comediante que fue alcalde

Prensa - Capitán Swing

CUANDO ISLANDIA QUEBRÓ, ESTE CÓMICO INVENTÓ EL ‘PARTIDO MEJOR’; COLGÓ SUS DISPARATADOS VÍDEOS EN LA RED Y LO QUE EMPEZÓ COMO UNA BROMA ARRASÓ EN LAS URNAS. Jón Gnarr dice que él no es un político. Lo que sí es es un comediante fantástico. Reír y hacer reír a la gente es lo que más

Mamá, quiero ser político (De Jón Gnarr a Juan Carlos Monedero)

ARS POLÍTICA En su libro Cartas sobre la educación estética del hombre, Schiller afirmaba que el arte hace humano al hombre, y propone una limpieza afectiva para que las emociones se vuelvan más sensibles. Su afán (contra la decadencia del espíritu) es fungir razón y sensibilidad; y ello a través del arte: del mismo modo

El payaso que se convirtió en alcalde de Reikiavik

Prensa - Capitán Swing

Islandia, 2008. La bancarrota. Se hunden los bancos del país, privatizados a precio de saldo y que acumulaban diez veces el producto interior bruto. El sueño de la modernidad y la prosperidad sin límites se desvanece. Estalla una burbuja gigantesca, el paro y los precios se disparan, los salarios se desploman, miles de familias quedan

Por orden del señor bufón

Cuatro semanas antes de las elecciones, los resultados de las encuestas no dejaban ya lugar a duda: el Partido Mejor era la primera fuerza política en Reikiavik (Islandia). Después de cada nueva encuesta, nos reuníamos y celebrábamos un consejo de guerra. De alguna manera, había que hacer acto de presencia en la campaña electoral sin más demora, pero además teníamos que dejarnos de estupideces y aportar algo sensato. Así pues, a partir de entonces, en las entrevistas yo era la seriedad y la cordura en persona. Nos turnábamos para asistir a los actos de los candidatos, en los que, según comprobamos pronto, no te encontrabas necesariamente con electores dudosos, sino con los afiliados y simpatizantes de los distintos partidos; las cheerleaders, por así decirlo. Parecía gente completamente normal que acudía porque tenía un interés ferviente en esos asuntos. Si alguna vez se colaba un ciudadano de a pie, estaba claro que era un tipo raro o un liante. Aquello era puro teatro.

Nos invitaban, asimismo, a reuniones de asociaciones y asambleas de grandes empresas para que nos explicásemos ante los ciudadanos. Yo respondía a todo con sinceridad y esmero, pero al mismo tiempo, aprovechaba la ocasión para, entre una cosa y otra, cambiar al tono informal.

Mi mensaje era más o menos el siguiente: “Esto lo hago porque me da la gana, porque nos lo pasamos bien. Pero si salimos elegidos, nos lo vamos a tomar muy en serio y llegaremos hasta el final. Si no quieren que ocurra tal cosa, entonces elijan a los mismos de la última vez y yo me buscaré otro trabajo. ¡Sin rencores!”.

Cuando se atisbó que el Partido Mejor iba directo a convertirse en una entidad política seria, tuve por fin que conceder entrevistas con frecuencia y opinar sobre temas aburridos y complicados, como el aeropuerto nacional de Reikiavik, los jardines de infancia o diversos problemas financieros. Al fin y al cabo, todo elector tiene derecho a saber lo que piensa hacer el Partido Mejor en concreto por las personas mayores, los niños y demás grupos de interés. A mí aquello me parecía más bien un intento mal camuflado de adormecernos con el mayor de los aburrimientos. Aunque saliera bien parado, por cada respuesta surgían otras dos preguntas nuevas, aún más complicadas. Al final, tiré del freno de alarma y dejé claro que, hasta nueva orden, no iba a hacer ningún comentario más en los medios de comunicación islandeses. Después de que salieran a la luz las razones de fondo de la crisis económica, aquella ciénaga de corrupción, concesión ilícita de beneficios y manejo de dinero ilegal en los que estaban metidos todos —partidos, economía y medios por igual—, había decidido estar disponible solo para la prensa extranjera.

Total, algo hay que inventar.

Durante esas semanas, nos pasábamos el día de gira, de aquí para allá. En todas partes se hablaba sin parar, yo solía acudir a las reuniones sin haberme preparado y no tenía ni idea de lo que estaba pasando. El resto del tiempo, estábamos en la oficina electoral, bebíamos café y discutíamos. (…)

Los últimos días previos a las elecciones transcurrieron en un trance absoluto. Dormía como mucho dos o tres horas por noche. Celebrábamos reuniones infinitas. El resto del tiempo, lo pasaba en Internet, y cuando daba cabezadas delante de la pantalla, me despertaba con un repullo porque había soñado que tenía que actualizar urgentemente mi estado en Facebook. Estaba atrapado entre la honda resignación y el pánico puro.

Poco a poco, los más altos representantes del concejo municipal de Reikiavik habían ido llamando a nuestra puerta porque querían hablar conmigo y con mis colegas de partido. Todos eran políticos instruidos y experimentados que llevaban años en el Ayuntamiento, algunos de ellos, más de veinte. Yo no tenía ni idea de qué representaba esa gente ni qué hacían exactamente. Querían comentar con nosotros un par de cuestiones de política municipal, temas de presupuesto y finanzas, escuelas y jardines de infancia. En realidad, lo que buscaban era tantearme, averiguar lo que se iban a encontrar en caso de que yo aterrizase efectivamente en el asiento de la alcaldía. Les prometí que, de ser así, les mostraría confianza y respeto, sabría apreciar su conocimiento y su experiencia profesional, y esperaba ser correspondido.

En aquel momento, me di cuenta del asunto tan terriblemente complejo en el que me había embarcado y lo poquísimo que entendía yo de este trabajo. Y, lo que era más, lo había montado todo por pura diversión. Quería hacer un par de payasadas y conocer a unas cuantas personas cool. Pero lo que había puesto definitivamente en marcha me venía grande y me superaba. Me atrincheré tras el anarcosurrealismo que me había fabricado, aparecía en las entrevistas de televisión sin preparar, con una ropa estridente, y soltaba chorradas confusas. ¿Qué iba a hacer por la protección de los niños y los jóvenes? ¿Qué puntos clave pensaba establecer en la política cultural? ¿Terminaría fusionando los jardines de infancia y las escuelas de primaria, o incluso cerrándolos? ¿Subirían las tasas de los centros de día? Preguntas todas sobre las que, para ser sincero, nunca me había parado a reflexionar ni un momento.

Entonces pasó lo que tenía que pasar: en una gran entrevista de televisión en directo, me hicieron un marcaje sistemático. El moderador inició un interrogatorio en toda regla y me hizo picadillo, mientras yo notaba cómo todo mi encanto iba quedando reducido casi a la nada. Y ahí estaba yo, totalmente desnudo e indefenso, por así decirlo, frente a mi adversario. Me ruboricé, empecé a sudar y a tartamudear, y entonces oí una voz interior que me susurró: “Jón, ¿qué haces aquí concretamente? ¿En qué demonios te has metido? ¿Qué es esto que has montado? Procura salir de ahí lo más rápido que puedas. De otro modo, esto va a ser una debacle monumental para ti, para tu familia y para tu vida entera. ¿O pretendes pasarte los próximos cuatro años en estúpidas mesas redondas, dejando que te reprochen lo tristemente fracasado que eres?”.

La entrevista me dejó por completo destrozado. Me sentía como violentado. Me zumbaban los oídos, todo daba vueltas ante mis ojos y mis pensamientos y sentimientos estaban revolucionados. Al final, me sinceré ante mi mujer y le conté que estaba a punto de abandonar. Me dejó claro que podía contar con ella, como hacía siempre que yo tomaba una decisión. “Haz lo que te parezca correcto”, me dijo. Aquel fue el momento determinante. Mi noche de Getsemaní. (…)

¿De verdad me apetecía pasar los próximos cuatro años dedicado en exclusiva a cuestiones prácticas y meter todo el resto de mi vida en un cajón? ¿Tenía de verdad ganas de invertir mi tiempo en reuniones sobre centros de día, transporte público de corta distancia, protección de la juventud y planes presupuestarios? ¿Me apetecía abogar por la construcción del nuevo hospital provincial en Reikiavik? ¿O pasar meses poniéndome al día sobre el funcionamiento y la gestión del aeropuerto doméstico? Lo que se me venía encima eran casi exclusivamente cuestiones prácticas. ¡Y eso es todo lo contrario a lo mío! Yo tengo una mente creativa. Mi corriente de pensamiento es retorcida, errática y libre. Cuatro años como alcalde de Reikiavik serían para mí casi como cuatro años en el trullo. Algo así como arrancarme del resto de mi vida y volver a plantarme en otro sitio.

Al día siguiente se celebraba en la Universidad de Reikiavik un gran acto electoral. Por la noche, Jóga me envió a la bañera. Me tumbé en el agua caliente y analicé mi situación. Estaba en mi mano. Por supuesto, todos querían que siguiese adelante, que aguantase hasta el final, pero seguro que podría contar con su comprensión si me rendía a pesar de ello. Pensaba en la innumerable cantidad de gente que de verdad quería votarme. ¿Iba a menospreciarlos a todos? ¿Escurrir el bulto sin más, dejarlo todo, a poco del gran final?

Y en ese momento, allí en esa bañera caliente, tomé la decisión.

Me la juego.

Lo hago.

Le conté a Jóga mi decisión. Después, me puse en contacto con Einar Örn y le dije que me había decidido. Iba a retirar la candidatura del Partido Mejor y lo anunciaría en el acto electoral. Había perdido el control y no me creía capaz de hacer aquel trabajo. Einar estuvo de lo más comprensivo y mostró respeto por mi decisión.

—¡Que es broma! —le aclaré—. Mañana voy a decirles a todos que solo he tenido un pequeño bache, pero que ya me siento como nuevo. ¡Como el ave fénix que renace de sus cenizas!

—¡Ahora sí que van a tomarte por un completo imbécil!

Esa noche dormí de maravilla, como quien sabe que ha tomado la decisión correcta. Al día siguiente, no le dije nada a nadie. Me mostré, cosa rara en mí, serio y preocupado. Los miembros de los otros partidos dieron sus discursos electorales. Entonces llegó mi turno, y empecé:

—Al principio, la idea me pareció bastante buena. Pero después, la cosa se fue haciendo cada vez más confusa, y ahora hemos perdido en cierto modo el control de todo. Yo no soy político. Yo soy cómico, y la política no es en modo alguno mi oficio. De ahí que anuncie que el Partido Mejor ha decidido retirar su candidatura a las inminentes elecciones municipales.

Se hizo el silencio. Entre los gestos de los estudiantes se extendió la desilusión. Los otros candidatos se intercambiaban miradas significativas y no alcanzaban a ocultar del todo su satisfacción.

—¡QUE ES BROMA!

Estallaron las risas.

Expliqué en varias entrevistas que ya iba siendo hora de que los artistas cogieran el timón en Reikiavik. Pocos eran de la opinión de que los artistas tuvieran algo que pintar en política, a lo que yo replicaba que, al fin y al cabo, Islandia era conocida en todo el mundo por su arte. Precisamente, nuestros escritores y artistas eran quienes nos procuraban fama y crédito en el extranjero. Y por eso, había llegado el momento de que por fin las personas creativas islandesas obtuviesen el reconocimiento que merecían.

 

Jón Gnarr, el comediante islandés que fue alcalde

Jón Gnarr dice que él no es un político. Lo que sí es es un comediante fantástico. Reír y hacer reír a la gente es lo que más le gusta. Y también lo que se le da mejor. Por eso, no es extraño que, en el epicentro de la crisis financiera mundial, se le ocurriera lanzar el Partido Mejor. Una sátira del sistema político que había llevado a Islandia a la bancarrota. En consecuencia, presentó su candidatura a la alcaldía de Reikiavik. Colgó unos divertidos vídeos en YouTube y se puso a hacer disparates. Pero la broma dejó de serlo cuando empezó a subir en las encuestas. Furiosos tras la crisis, cada vez más ciudadanos le apoyaban, así que ganó las elecciones y se convirtió en alcalde.

Su aventura en primera línea de la política duró cuatro años, del 2010 al 2014, y ahora la cuenta en su libro De cómo me convertí en alcalde y cambié el mundo, que Capitán Swing acaba de lanzar en España esta semana.

Nació en 1967, en el seno de una familia de clase media. Su madre trabajaba en una cafetería y su padre era policía. Su nombre original no era Jón Gnarr sino Jón Gunnar Kristinsson. Pero su difícil infancia, en la que llegó a sufrir violencia doméstica y tuvo que hacer frente a varios estigmas como la dislexia o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), le llevaron a cambiarse de nombre cuando tenía 14 años.

“Jón Gunnar Kristinsson era un niño pequeño abandonado que consideraban un retrasado mental. Jón Gnarr, por el contrario, es un adulto optimista, creativo, honrado y valiente”, explica ahora. Sin embargo, las férreas leyes islandesas sobre nombres y apellidos nunca le han dejado oficializar el cambio.

Sin bachillerato ni certificado de estudios alguno, las expectativas laborales que se le presentaban eran limitadas. Hasta que conoció a un grupo de chicos de su edad a los que también les chiflaba hacer payasadas. Con algunos de ellos, de hecho, fundaría años más tarde el Partido Mejor.

Al principio, alternaba las actuaciones cómicas en fiestas y actos con su profesión de taxista en las calles de Reikiavik. Pero al cabo de un tiempo, su carrera cómica empezó a cuajar y empezó a dedicarse a ello a tiempo completo hasta el punto de convertirse en uno de los comediantes más conocidos y populares del país.

Tal desenlace revela, por ejemplo, lo equivocado que estaba uno de sus profesores de adolescencia cuando le decía que con sus “tonterías” nunca llegaría a nada. “Desde entonces y hasta ahora, he constatado todo lo contrario. Sin mi sólido sentido del humor, hoy quizá estaría metido en algún psiquiátrico”, bromea.

Entre todos los sketches, obras de teatro, programas de televisión y libros que ha ideado a lo largo de su carrera, considera que la creación del Partido Mejor ha sido su “mayor genialidad”. La idea le vino a la cabeza tras la debacle financiera que sumió a los islandeses en una intensa depresión. La desmesura neoliberalista y desreguladora previa a la crisis había permitido que los bancos se hincharan desproporcionadamente, hasta suponer 10 veces el PIB del país. Nunca había sido tan fácil obtener crédito como hasta entonces y la ola consumista contagió a buena parte de la población, que empezó a endeudarse sin pensar mucho en las consecuencias. Con el reventón de la burbuja, los bancos cayeron en bancarrota y la corona islandesa se desplomó. Muchas familias, que habían firmado créditos en divisa extranjera, vieron cómo su deuda se disparaba hasta lo absurdo.

La gente estaba muy enfadada y la sociedad necesitaba “algo nuevo de verdad; había llegado el momento de que los políticos se apartasen de sus frases prefabricadas y abandonasen el esquema de pensamiento rígido y tradicional de izquierda-derecha. ¿Qué haces cuando tienes que elegir entre dos opciones y las dos son igual de malas? Te inventas una tercera”. Y así fue como se inventó el Partido Mejor, con la sátira y el sentido del humor como principal signo de identidad.

Gnarr se inspiró en el personaje que había creado para un sketch: “Era un político local simplón con modos autoritarios y las promesas de campaña más absurdas posibles”. Una ridiculización de la clase política dominante.

Crearon el sitio web e idearon el logo, el típico pulgar hacia arriba, símbolo internacional de acuerdo, de amistad. Eligieron la tipografía más fea y la combinación de colores más horribles que pudieron encontrar. Copiaron fragmentos de los programas electorales de los demás partidos y los mezclaron todos, “de un modo bien surrealista, para hacer un cóctel único, sin ningún sentido, pero plenamente positivo”.

Y, para sorpresa de todos, ellos mismos incluidos, sus resultados en las encuestas empezaron a aumentar de modo imparable, hasta ganar las elecciones. De la noche a la mañana, el bufón se convirtió en alcalde y, con el humorismo y la creatividad como armas, intentó desmontar la imagen dura, fría y de tenerlo todo bajo control que suelen tener los políticos. Su primera decisión fue imponer a sus socios de Gobierno ver las cinco temporadas de The wire, su serie favorita. En el 2010 y el 2011 participó en la Fiesta del Orgullo Gay vestido de drag queen y en la del 2012 cambió ese disfraz por el de las Pussy Riot.

Pero más allá de las excentricidades, su gabinete de gobierno se tomó en serio su trabajo. La prueba es que poco antes del fin del mandato, las encuestas indicaban buenas posibilidades de salir reelegido. Sin embargo, Gnarr tomó la decisión de no presentarse. Al fin y al cabo, lo que había fundado era un partido sorpresa y si repetía, dejaría de serlo.

De cómo me convertí en alcalde y cambié el mundo

En el epicentro de la crisis financiera mundial, cuando Islandia se vino abajo, Gnarr, el humorista más conocido del país, pensó que era el momento perfecto para cambiar de registro y divertir a los islandeses desde otras estrategias, convirtiéndose en político a tiempo total