Chavs: La demonización de la clase obrera

Diez años bastan

En este decenio se ha producido la mayor intervención pública para salvar el capitalismo y la democracia tal y como los conocíamos “El jueves [18 de septiembre], a las once de la mañana, la Reserva Federal (Fed) advirtió una enorme disminución de las cuentas del mercado monetario en EE UU: dinero por valor de 550.000

No te rías que es peor

Sobre el “humor triste” y el “humor alegre” como herramientas de dominio y liberación Es opinión general que el humor es una actividad liberadora. No son infrecuentes, sin embargo, los casos en los que el humor es utilizado para humillar, ridiculizar, excluir o bloquear el diálogo. Podemos distinguir, quizás, entre el “buen humor”, que se

Chavs: la demonización de la clase obrera

Owen Jones ha escrito un libro incomodísimo, indigesto, sobre todo para los británicos y británicas que quieren reflexionar sobre el sistema social y económico de su país. “Chavs, la demonización de la clase obrera”, pone encima de la mesa los burdos intentos de las élites por acabar con el concepto de clase —no digamos ya

Owen Jones: el defensor de los menospreciados

‘Chav’ es un término parecido a flaite. Alude a los blancos pobres de Inglaterra. Un grupo menospreciado incluso por la izquierda. El escritor Owen Jones salió en su defensa en 2011 cuando publicó Chavs: la demonización de la clase obrera, libro que está traducido y se encuentra en algunas librerías chilenas. Vicky Pollard es una

Las ideas clave del nuevo milenio

Los 500 títulos de la colección de pensamiento de Anagrama, nacida en 1969, coinciden con los 200 de Galaxia Gutenberg. ¿Qué ideas y autores han marcado el debate en las últimas décadas? Hay un bonito texto de Slavoj Zizek cuyo título —¿Lucha de clases o postmodernidad? Sí, por favor— resume algunas de las transformaciones que

Carta a Rosendo

El politólogo aragonés, que reside en el mismo barrio que el músico, cree que su estatua sería un auto-homenaje a los roqueros de la periferia de clase trabajadora que están en paro Estimado señor Rosendo Mercado: Le escribo esta carta pública como respuesta a la carta que usted remitió de su puño y letra la

Chavs: cómo la clase obrera perdió el fútbol

Después de que el gran público español descubriera a Owen Jones gracias al programa ‘Salvados’, de Jordi Évole, recuperamos un fragmento de su libro “Chavs: la demonización de la clase obrera”, publicado en castellano por Capitán Swing, en el que el columnista y escritor británico habla sobre cómo el desprecio hacia la clase trabajadora británica

Owen Jones: “No hacen programas sobre ricos porque no interesa”

Prensa - Capitán Swing

En Salvados, Jordi Évole entrevista al escritor británico Owen Jones, quien explica cómo se ha desprestigiado a la clase obrera desde los medios de comunicación.

Owen Jones o la solidaridad contra el establishment

Prensa - Capitán Swing

Owen Jones (Sheffield, 1984) levantó ampollas con su último ensayo, El Establishment (Seix Barral), un retrato de los grupos de poder que dominan el Reino Unido. ‘Malvado comunista’, fue de las críticas más benevolentes que llenaron su pestaña de menciones de Twitter. No todos los comentarios fueron tan agrios. “Alguna gente de derechas dijo que

Odio contra la chusma

 

Suelen merodear el extrarradio británico atados a un pitbull y vestidos de riguroso Burberry –Nike o Adidas en su defecto–. La navaja no es descartable, tampoco algo de bisutería vistosa y barata. Capucha o gorra y andares gallináceos completan la estampa. Se les conoce vulgarmente como chavs y de un tiempo a esta parte se han convertido en el punto de mira de la peor bilis clasista británica. “Detritus de la Revolución Industrial”, “parásitos sociales”, “subclase palurda” son algunas de las lindezas que día a día les dedican los más avispados tribunos conservadores. La caricatura chav va camino de convertirse en el pasatiempo favorito y en el comodín ideal de políticos, periodistas y humoristas.

El vapuleo a los chavs se inspira en una larga e innoble tradición de odio de clase, pero no puede entenderse sin atender a acontecimientos más recientes. El joven historiador Owen Jones indaga en Chavs. La demonización de la clase obrera (Capitán Swing) cómo Gran Bretaña ha pasado de una rica cultura de clase, conformada entorno a poblaciones de mineros y estibadores, a la lenta decadencia actual perpetrada por los sucesivos gobiernos tories y neolaboristas.

Los ataques de Thatcher a los sindicatos y a la industria asestaron un duro golpe a la vieja clase obrera industrial. Los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de los que la gente estaba orgullosa, y que habían significado el eje identitario de la clase obrera, fueron erradicados en la década de los 70. Apelando a la engañosa idea de la responsabilidad individual para ascender en la escala social, la Dama de Hierro sentó las bases del “sálvese quien pueda” actual. “El objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten entre sí por su propio interés”, explica Jones en su ensayo. Una política fiscal que desplazaba la carga impositiva de los más ricos a los menos pudientes y la glorificación de una nueva cultura del éxito medida por lo que uno poseía hicieron el resto. La cultura de clase tenía los días contados.

Así las cosas, llegó el turno de la mediática tercera vía del nuevo laborismo. El mantra blairista de que “ahora somos todos clase media, mientras las barreras sociales van cayendo” terminó por desquiciar al lumpen británico y ahondaba en la herida de que si quedabas excluído era bajo tu responsabilidad. La degradación se fue haciendo cada vez más patente, el ascensor social –si es que alguna vez existió– se averió y los barrios de vivienda protegida se convirtieron en vertederos de prole atomizada y profundamente consumista. “El sistema de clases británico es como una cárcel invisible”, apunta el autor, “un trabajador varón con mono azul y un carné sindical en el bolsillo podría haber sido un símbolo apropiado de la clase trabajadora de los años cincuenta. Una reponedora mal pagada y a tiempo parcial sin duda sería representativa de esa misma clase hoy en día. Pero esta clase trabajadora contemporánea está ausente de las pantallas de televisión, de los discursos de nuestros políticos y de las páginas de comentarios de nuestros diarios”.

Fue el actual primer ministro David Cameron, quien, ante el cada vez más evidente problema de desigualdad social, despachó con brío que “la cuestión no es de dónde vienes, sino adónde vas”. De nuevo salía a la palestra el concepto de la “aspiración” como salvoconducto para la salvación individual, de nuevo un miembro de la privilegiada clase alta británica hacía hincapié en la idea de que las perspectivas vitales de una persona quedaban determinadas por aspectos comportamentales y no por su entorno socioeconómico.

Entretanto el show no para y el estereotipo chav, con su estilo ramplón e irreverente, sirve para desviar la mirada de lo que realmente importa y refuerza la idea de que la clase es una patraña anticuada y que eres dueño de tu porvenir, sobre todo si estudiaste en Cambridge.

J. Losa

 

Un ensayo lúcido y necesario más allá de Inglaterra

Ya no nos sorprende pasear por la calle y topar cada dos por tres con personas que husmean en los contenedores o que piden limosna con carteles que muestran su desgracia. El proceso ha sido rápido, velocísimo, tanto que ya queda muy lejos el tiempo en que los españolitos pensábamos que el proletariado era algo del pasado. A fuerza de recortes y privaciones vamos dándonos cuenta que ha vuelto y que la utopía de una clase media universal se ha desvanecido entre burbujas, deudas y cinismo político de gran magnitud.

En Inglaterra siempre nos han llevado ventaja, su camino hacia el neoliberalismo ha forjado nuevas coordenadas sociales que sirven de aviso para todos aquellos países que observan con desazón el progresivo y letal desmantelamiento del Estado del Bienestar forjado, precisamente, en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial. Para entenderlo mejor conviene leer Chavs, la demonización de la clase obrera, otro estupendo ensayo publicado en España por Capitán Swing.

Su autor es el joven Owen Jones, quien disecciona a la perfección causas y consecuencias del fenómeno, y lo hace con clarividencia pedagógica. Muchos piensan que los ensayos son aburridos, quizá porque su enciclopedia mental los asocia con volúmenes insufribles que no empatizan con el lector. El autor de Chavs habla claro, contrasta datos y expone su propia opinión justificada desde la ciencia que observa el comportamiento humano en un territorio concreto donde intervienen política, medios de comunicación, alteraciones del paradigma y un contexto feroz y despiadado.

El parto de la desgracia surgió del vientre de una madre que no tuvo reparos en destruir el ABC del sistema británico. Hasta finales de los años setenta la estabilidad de obreros y trabajadores se basaba en el poder sindical que permitió un continuo aumento de sueldos y la seguridad del pleno empleo, paraíso en la tierra que finiquitó la llegada de Margaret Thatcher al diez de Downing Street.

Se abría la era contemporánea, ocultada por los últimos coletazos de la Guerra Fría, idónea tapadera para enmascarar deslocalizaciones industriales y la despedida y cierre del universo fabril, concentrado en enclaves para los que esta pérdida de un modus vivendi que aglutinaba la comunidad significó la irrupción de la pobreza y una total imposibilidad de recomponer los pedazos rotos por el programa de la dama de hierro.

El sector terciario subió con fuerza, Inglaterra jugó a la guerra, cayó el muro de Berlín y la ogra que todo lo lograba desde su supuesta humildad desapareció del mapa. Después de Major llegó el turno del nuevo laborismo de Tony Blair. ¿Nuevo? Sí, pero sin laborismo. La famosa tercera vía, pregonada a los cuatro vientos como una panacea que refundaba la izquierda, no era sino la aceptación de los principios neoliberales ante la frustración de no saber proponer recetas socialdemócratas. Y así seguimos, tres lustros más tarde.

Este conjunto de medidas y evoluciones culmina, por el momento, con el gobierno de David Cameron, el no tan joven líder que al ganar las elecciones fue anunciado a los cuatro vientos como un soplo de aire fresco. ¿Seguro? Obviamente no, pues sus medidas se enmarcan en la corriente actual desde una óptica, si quieren, aún más dañina. Es el enviado que cumple unos designios ya escritos que mucho tienen que ver con la transmisión de un mensaje que conlleva odio y genera estereotipos destinados a marcar tendencia para apuntalar una serie de postulados que de otro modo no podrían plasmarse en la realidad: demonizaciones, antesala de exclusiones y marginación.

Los Chavs son un colectivo social que ha visto como poco a poco sus derechos desaparecían en medio de una campaña de ataques y rabia contra ellos. Los tópicos brotan y la gente los acepta, entre ellos el más detestable es el de situar a millones de personas en el grupo de los que no pegan sello porque viven de las prestaciones estatales. Curiosamente la mayor parte de estos individuos viven en las otrora prósperas zonas que Thatcher desmanteló en su afán desindustrializador. El trabajo creaba comunidad, ahora su ausencia produce monstruos en forma de depresión, alcoholismo, adicción a las drogas y desesperación de quien no puede aspirar a ganarse el pan.

El gobierno, en la mejor tradición neoliberal, acusa a los ciudadanos de su ruina, lo que es más falso que un duro de cuatro pesetas. Owen Jones demuestra que no hay suficiente oferta de trabajo, por lo que el desempleo es lo más normal del mundo. Aún llenando los huecos del paro Gran Bretaña siempre tendría un número fijo de personas sin posibilidad de optar a un mínimo estipendio.

Por lo demás, las causas de esta decadencia tienen raíces que en nada dependen de los que las sufren, que año tras año observan desde la pantalla de sus hogares cómo los medios, aliados con los que ostentan el cetro, se dedican a esputar mierda contra su miseria. Ellos, que han visto cómo la vivienda social, ese mito de la Pérfida Albión, se derrumbaba, que han comprobado cómo los gerifaltes del partido conservador soltaban sus perlas de quien no trabaja no come. Ellos, que han observado cómo el secuestro de una niña de clase media daba la vuelta al mundo y la desaparición de una chavalita del suburbio servía para condenar de antemano a todo un colectivo.

Ellos son los que aparecen en series televisivas como bebedores con hijas que son madres antes de los veinte años. Ellos quedan relegados y son pasto del racismo posmoderno, que privilegia, tapándose la nariz, la multiculturalidad y se regodea, en un apestoso engaño, de volver a la época victoriana, pero ahora el metáforico Whitechapel del siglo XXI no está en el Este de Londres, se extiende por toda la isla y sirve como alivio para todos aquellos que viven en la ilusión de ser clase media pese a que las encuestas muestren que muchos aún se consideran de la working class, denostada hasta el punto de asemejarse, en el imaginario colectivo, a detritus, víctimas de la desigualdad y la imposición de los de arriba, siempre más seguros de su mandato de victoria contra los pobres..

El desmantelamiento del poder y carisma de los sindicatos desde 1989 ha servido para controlar mejor a la población y usarla como un titiritero usa a sus muñecos. El autor de Chavs dice mucho más, y hasta analiza los turbulentos sucesos del verano de 2011, cuando miles de jóvenes salieron a la calle tras la muerte de Mark Duggan. Sin embargo, el potencial de Owen Jones va más allá de su patria, pues los datos expuestos y analizados en su ensayo sirven para reflexionar sobre lo que quizá acaezca en España y en Europa en un futuro bastante próximo, Chavs es, sin duda, uno de los volúmenes más lucidos para comprender los efectos de la crisis, y es así porque, a diferencia de muchos otros textos que se han vendido como la panacea, su disección es seria y no busca fuegos artificiales, sólo ofrece lo que hay en un desierto que por suerte, y se agradece que una voz clame y albergue esperanza, entre todos podemos solucionar.

Jordi Corominas i Julián

 

El pueblo contra el proletariado

Aunque la palabra chav resulta intraducible a otras lenguas, cualquier recién llegado a Reino Unido intuirá de inmediato que ese concepto tan recurrente en los medios de comunicación locales no significa nada bueno. El chav es una persona de clase baja y a menudo joven, adepta a la ropa deportiva de marca (real o de imitación). Un ser vulgar y rayano en el comportamiento antisocial, según los diccionarios ingleses que han incorporado el nuevo e informal vocablo. Los seguidores españoles de la serie humorística de la BBC Little Britainpueden identificarlo en el personaje de Vicky Pollard, madre soltera adolescente que viste un horrendo chándal rosa, roba chucherías en el supermercado y busca nuevos embarazos para seguir cobrando el cheque de ayuda social. El periodista y escritor Owen Jones (Sheffield, 1984) es probablemente uno de los pocos televidentes que no le ríen las gracias, porque ve en esa Vicky el estereotipo al que ha sido reducida la clase trabajadora por parte de una élite política y periodística: una especie irresponsable, indeseable y parásita en la que nadie se reconoce.

“La pobreza y el paro ya no son percibidos como problemas sociales, sino en relación con los defectos individuales: si la gente es pobre, es porque es vaga. ¿Para qué tener entonces un Estado del Bienestar?”, plantea Jones en el libro Chavs: La Demonización de la Clase Obrera (Capitán Swing Libros) que ha provocado muchos oleajes en el Reino Unido y lo ha convertido en un referente de la nueva izquierda británica. El autor de ese diagnóstico no es ningún veterano nostálgico de otros y mejores tiempos, sino el portador de un rostro angelical y aniñado que no hace justicia a sus 28 años. Un joven que transita por Londres en bicicleta y que fácilmente podría confundirse entre el grupo de estudiantes que visita la British Library, lugar que ha propuesto para la cita. Y, sin embargo, una primera obra lo ha convertido en una estrella mediática, indispensable en los debates de calado, y ha traspasado los confines nacionales hasta merecer la atención de medios tan influyentes como The New York Times y su traducción a varias lenguas, entre ellas la española. En la versión que llega a las librerías se añade un epílogo con un brillante análisis de las razones de los disturbios que asolaron Gran Bretaña en verano de 2011 y sobre los que los medios informaron estableciendo vínculos entre la devastación callejera y los tópicos chav, como la capucha o la influencia de los videojuegos.

Él mismo reconoce que, “de haberse publicado tres o cuatro años antes, cuando los estragos de la crisis económica no eran tan palpables, el libro quizá no habría suscitado el mismo interés”. “Los chavs son un fenómeno muy británico, pero por ejemplo España también es un país de clases, una sociedad desigual donde los brutales programas de austeridad se están cebando en la gente corriente”.

Lejos de un farragoso tratado, el libro de Jones es fácil de leer e ilustra con ejemplos actuales y bien conocidos del público su tesis sobre la demonización de la clase obrera: “Pretendo desmontar los mitos (asentados en más de tres lustros de bonanza económica) de que ‘ahora todos somos de clase media’, que la división de clases es anticuada y que la creciente desigualdad es producto de los fallos del individuo”.

La obra da saltos en el tiempo para reflexionar sobre el antiguo concepto de una clase obrera respetada como uno de los puntales de la economía hasta su conversión en esa “escoria que pretende el establishment neoliberal”. También es una diatriba contra los medios, transformados “en una élite encerrada en una burbuja de privilegios y desconectada de los problemas de la gente corriente”. Ellos han contribuido a forjar en el imaginario colectivo la perniciosa noción del chav. Jones describe en el libro el tratamiento desigual y sesgado que tuvieron en la prensa sendos secuestros de dos niñas inglesas, Madeleine McCann y Shannon Matthews. De la primera, la hija de una pareja de médicos cuyo caso mereció enorme cobertura también en España, llegó a escribirse: “Esto no suele sucederle a gente como nosotros” (léase clase media).

La madre de la segunda, una mujer que vive de los beneficios sociales, fue desde el primer momento estigmatizada como una chav incapaz de cuidar de su prole. Y, por extensión, lo fue toda la clase que encarna, mientras se obviaba la movilización de su comunidad para localizar a Shannon.

“Vivimos en una era de reacción y derrota”, se lamenta este activista cuyo objetivo esencial es “recuperar una voz para la clase obrera, aquella que hace tres décadas trabajaba en la mina, las fábricas y los muelles y que hoy lo hace en supermercados, call centers o cafés” por sueldos de risa. La mayoría pertenecen a su generación y ya no son un colectivo organizado como antaño. Si bien el movimiento de los indignados que ocupó la City, Wall Street y las calles españolas “llenó un vacío y ayudó a expresar la ira de la gente”, Jones considera que “no es una alternativa”. Ahí se manifiesta el hijo de un matrimonio de sindicalistas, con carné del Labour desde los 15 años, a pesar de la “traición” que ha supuesto el viraje de este partido hacia la derecha. ¿No cree que muchos jóvenes consideran a los sindicatos una antigualla de la era pretecnológica? Responde con otra pregunta: “¿Por qué es anticuado querer que los trabajadores se unan y se apoyen?”

 

Lumpen del siglo XXI

A mediados del siglo XIX, Marx definió la categoría de lumpemproletariado.Con la vibrante literatura que practica cuando ejerce de periodista, escribe en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Se organizó el lumpemproletariado de París en secciones secretas (…) junto a roués arruinados con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra toda la masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème”.

Desde aquí se acuñó el concepto de lumpen, que ha evolucionado con la sociedad de cada tiempo pero que ha aglutinado siempre, como elementos constantes de sus componentes, los de ser la clase social más baja, sin conciencia de clase (la clase en sí frente a la clase para sí) y sin organización política ni sindical. Así, la estratificación social estaba formada por los andrajosos, la clase obrera y la clase alta. Un siglo y pico después, cuando la revolución conservadora que inició Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en EE UU se hizo hegemónica, irrumpieron con fuerza las hasta entonces incipientes clases medias, las sociedades de propietarios, a las que trataron de sumarse en el ejercicio del progreso social los proletarios y parte de los más abajo. El icono principal de esas clases medias era la vivienda en propiedad, para lo cual debían endeudarse para toda la vida y depender del crédito de los bancos.

Los efectos de la Gran Recesión inaugurada en el verano del año 2007, que se trata de la crisis más larga y profunda del capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta, suprimen la movilidad de las clases sociales y quiebran esa idea del progreso lineal. El empobrecimiento de las clases medias las está arrastrando, de nuevo, a la parte más baja de la escala social. Como el mito de Sísifo. Y ello en un contexto de desigualdad (de ingresos, de patrimonios, de oportunidades) brutal. Muchos analistas comienzan a hablar de una nueva estratificación social en esta segunda década del siglo XXI, cuyos extremos son los desafiliados (Robert Castel), aquellos que van quedándose al margen del progreso, y las elites que se rebelan (Christopher Lasch), abandonan al resto de las clases sociales a su albur y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos. Estas élites, financieras, políticas o mediáticas, redistribuyen los estereotipos de la clase trabajadora a la que culpabilizan por haber vivido por encima de sus posibilidades, y los de las subespecies como la de los chavs de Owen Jones, parte del nuevo lumpemproletariado del siglo XXI: jóvenes que ni estudian ni trabajan, parados o con sueldos tan bajos que ser mileuristas es su utopía factible, poco reivindicativos pero con sensación de pertenencia a una tribu, y siempre con un teléfono móvil en su mano y ataviados con alguna prenda (original o copia) de marca. Con mucho acierto, Jones ha pretendido con su libro sobre la demonización de la clase obrera deconstruir los mitos de la revolución conservadora (todos somos clase media) y los efectos de la desigualdad extrema (como desigualdad natural) en la calidad de la democracia y en la cohesión social.

Joaquín Estefanía

 

«Absolutamente necesario e imprescindible»

No exagero si digo que la primera obra de Owen Jones está llamada a convertirse en un texto tan necesario como ‘La doctrina del shock’ para entender los tiempos que corren. Aunque Jones nos habla de cómo se demoniza en el Reino Unido a la clase obrera con el fin de debilitarla y desacreditarla, esa demonización se está produciendo en muchos otros países, aquí mismo, sin ir más lejos, cada vez que Rajoy nos acusa de haber vivido por encima de nuestras posibilidades o cuando el politicastro de turno justifica los recortes sociales alegando que las pensiones se gastan en televisiones con pantalla de plasma. En Inglaterra los llaman ‘chavs’, aquí se les llama ‘canis’ o ‘ninis’, pero el resultado es el mismo: parodiar a ese sector de la sociedad que no puede aspirar a un trabajo digno, cuyas vidas transcurren en el presenta más inmediato porque el futuro es tan negro que ni existe. Una parodia que no sólo busca callar y desligitimar cualquier pretensión de quien menos tiene, sino que a su vez tiene el valor de reconfortar a una clase media cada vez más empobrecida que no quiere empatizar con esa clase de la que inevitablemente terminará formando parte si las cosas siguen así. Es discurso clasista y simplista tiene un fin más que sirve a la clase dirigente y a esa clase patronal que guarda lingotes de oro en casa: justificar los recortes. ¿Para qué dar prestaciones por desempleo o alquileres sociales a un hatajo de perdedores que se han buscado su propia ruina? He ahí otra de las claves de ‘Chavs’, sí: no son las circunstancias macroeconómicas las que llevan a que millones de personas estén desempleadas, sino la propia voluntad. Sin duda un darwinismo perverso, pero que está en la base del discurso de muchos políticos, basta con recordar ese “si hace falta uno se va a trabajar a Laponia”, pero que quien no trabaja es porque no quiere.

Owen Jones, y éste es su gran acierto, no sólo expone la realidad contada desde diversos puntos de vista (desde ‘tories’ privilegiados a parados de larga duración), sino que analiza el cómo y por qué se ha llegado aquí… y sí, efectivamente, todos los caminos llevan a Margaret Thatcher, a la desindustralización y a esas grandes empresas que se han ido a buscar mano de obra barata en el Tercer Mundo. Puede que aquí no hayamos tenido una Dama de Hierro, pero esa fuga de industria y esas políticas neoliberales han hecho el mismo daño que en el Reino Unido o en cualquier otro país europeo, así que no resulta difícil reconocer los síntomas, los discursos del poder ni las reacciones de una ciudadanía desencantada con los sindicatos y que prefiere quedarse en casa a salir a votar.

‘Chavs’ es demoledor por lo reconocible, certero y vigente. Es, sin duda, una lectura imprescindible para hacer una correcta composición de lugar si se quiere entender mínimamente la sociedad en que vivimos.

 

El ensayo del momento

He aquí el ensayo del momento. El brillante y jovencísimo Owen Jones analiza por qué la clase trabajadora de Gran Bretaña (los llamados chavs) se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Partiendo de la desaparición de Madeleine McCann y comparándola con la de Shannon Matthews, una niña de barrio obrero que desapareció al mismo tiempo y de la que nadie sabe nada, deteniéndose en la Vicky Pollard de Little Britain y en la demonización de Jade Goody (una concursante del Gran Hermano británico especialmente polémica), entre otros muchos casos, Owens analiza por qué y cómo los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad: los chavs. O la clase trabajadora, que ha pasado de ser “la sal de la tierra” a “la escoria de la tierra”. Que se ha, en cierto sentido, ficcionado, hasta el punto de convertirse en un estereotipo que los gobiernos utilizan como pantalla para evitar comprometerse de verdad con los problemas sociales. Un ensayo más que necesario, interesantísimo. Laura Fernández.

 

 

La demonización de la clase obrera

En neolengua no existen palabras para hablar de clases sociales, patronos y obreros,  lucha de clases puesto que se considera desfasado, de otro tiempo. Con el advenimiento del neoliberalismo de la mano de sus grandes profetas Tatcher y Reagan, junto a sus discípulos: el nuevo laborismo, la  tercera vía, los González y compañía se (supone que se) han superado todos los viejos conflictos sociales.

Ahora sí, por fin, vivimos en una sociedad meritocrática, la sociedad de las clases medias, donde cada uno está dónde se merece. Aquí, lo único que existe son individuos libres, nada de grupos sociales, ni movimientos con intereses opuestos. En palabras de la Dama Hierro:  “No hay sociedad, […] sólo hombres y mujeres individuales con sus familias”. Estos individuos, buscan maximizar su beneficio, y gracias a la magia de la mano invisible, redunda en riquezas para todos los que se lo merecen, así como, en pobreza para los vagos y pendencieros

Peeero, parece que el encantamiento neoliberal comienza a quebrar. Una buena muestra son las consecuencias de la última gran crisis económica, o estafa planetaria, la denominada crisis de las subprime. Analizando sus efectos, el observador menos avispado  podría atestiguar que persiste la estratificación social, que, supuestamente, había desaparecido. Puesto que, mientras por arriba, donde moran los causantes de la crisis, se disparan los beneficios y el lujo. Por abajo, nos quedamos sin moradas y engrosamos las listas del INEM.

Owen Jones pretende con este ensayo recuperar para el debate la cuestión de clase. Para este empeño utiliza la denostada figura del chav (lo que vienen a ser nuestros canis, chonis, pelaos, merdellones) El motivo, es la intuición que, “El odio a los chavs es una manera de justificar una sociedad desigual”.

Para ponernos en situación, los chavs/canis son el único grupo social objeto de burla descarnada que no produce ningún tipo de sonrojo mofarse de ellos. Hagamos un experimento: probemos a hacer un chiste en compañía de un grupo de progres gafapastas (ahora autodenominados hipsters), de temática racista, machista u homófoba, el resultado es el lógico lapidamiento. Ahora en cambio, probemos a soltar la mayor burrada sobre las chonis peluqueras de tu barrio, o el cani del camarero de turno, o el pokero de callejeros. El resultado será bastante dispar. No te lloverán piedras, sino risas y aplausos.

Este odio hacia la figura del choni para Owen Jones es sintomático de una sociedad clasista.  En sus propias palabras: “Pero lo cierto es que el odio a los chavs es mucho más que esnobismo. Es lucha de clases. Es una expresión de la creencia que todo el mundo debería volverse de clase media y abrazar los valores y estilos de la clase media, dejando a quienes no lo hacen como objeto de odio y escarnio.”

Como vemos el calado del mensaje neoliberal tras tres décadas de hegemonía, es bastante profundo. La dura derrota del sindicalismo infringida por la Tatcher, sumado a la caída del Muro, tuvo como una consecuencia la desarticulación del movimiento obrero, así como, la omnipotencia de los vencedores para imponer su visión del mundo.

Esta visión, que a priori podríamos denominar la dictadura de la clase media (aunque hablar de clase media, no es más que un eufemismo, puesto que los valores de la sociedad son los valores de la clase dominante), en su discurso único no deja espacio para la clase obrera. En el reino de la meritocracia no existen horizontes colectivos, no hay causas materiales, ni grupos sociales con intereses antagónicos… todo se reduce al esfuerzo de cada uno. Es decir, aquí todos los buenos son de la gran clase media, los pringaos que no acceden a ella es porque son unos lumpens.

El lenguaje no es inocuo, y una muestra de poder es la capacidad de imponer el lenguaje a nuestros enemigos, es decir, quién nombra, manda. Pongamos un ejemplo extraído del libro: “Ha habido una visión general consistente- y está pasando del concepto de clase al de exclusión – en que la exclusión en cierto modo sugiere me estoy excluyendo a mí mismo, que hay un proceso, que mi comportamiento tiene una réplica exacta en mi estatus social. La clase social es algo que viene dado. La exclusión es algo que me sucede y en lo que de alguna manera soy agente.”

Así se va construyendo la realidad, a la medida de la sociedad neoliberal, porque hablar es enunciar el mundo.  Para la construcción del marco neoliberal-meritocrático fue fundamental la omisión de la clase obrera de los discursos dominantes, tanto en los medios de comunicación, como de los políticos. Y cuando se muestre en la primera plana a los excluídos de la clase media, deben ser mostrados de forma perniciosa, como casos de fraude en el cobro de las prestaciones sociales, violencia en los barrios, hooligans… mostrando lo viles que son los de abajo. Así es como poco a poco se va construyendo en el imaginario colectivo la ilusión de la sociedad de clase media, a su vez, la del chav, que corresponde precisamente a estos excluidos del selecto club de la clase media.

Aunque parezca que  la clase obrera ha desaparecido, que la clase obrera no tiene sentido,  nada más lejos de la realidad, es cierto que la clase obrera industrial fordista, con todas sus señas de identidad,  se haya visto muy mermada por la desindustrialización que se implementó con el neoliberalismo, desplazando el eje de la economía productiva a la financiera. Pero, todavía siguen existiendo una clase de personas que vende su tiempo por un salario con el que a duras penas llega a fin de mes, y que no poseen ningún control sobre dicho trabajo. Lo que viene a ser una definición sencilla y rápida de la clase obrera.

Aunque por su retórica lo pueda parecer, el objetivo del neoliberalismo no fue borrar del mapa a la clase obrera, ya que la sociedad clasista sigue intacta, sino que buscaba eliminar al movimiento obrero como sujeto político/cultural capaz de contraponer una cosmovisión diferente a la burguesa. Lo que les preocupa en palabras de un diputado conservador:

“No es la existencia de clases lo que amenaza la unidad de la nación, sino la existencia del sentimiento de clase”

Las consecuencias de esta embestida contra el movimiento obrero se traduce en la ausencia de la cuestión de clase en el debate, además de la desaparición de la primera plana de los representantes políticos de origen obrero, al igual, que la práctica inexistencia de medios de comunicación obreros con capacidad para competir con los grandes medios comunicación burgueses. O en el plano cultural, frente a la preponderancia de las bandas obreras en los ochenta (The Smiths, Joy Division, Cock Sparrer…) en el 2000 lo que está pegando es el indie, música complaciente, que elude el conflicto social, aséptica,  propia de las clases medias.

Solo tenemos que recordar las palabras del multimillonario Warren Buffett: “Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando” Para comprender la importancia de la cuestión de clase. Y mientras sigamos aceptando la visión del mundo que nos imponen los de arriba, difícil que podamos salir de este sistema que nos está chupando la vida.

Concluyendo estamos ante un libro realmente necesario, con una narración amena y sencilla, que evita el rigorismo académico. Está más cerca del reportaje que del libro clásico de teoría social, pero que aun así, consigue de calle el objetivo: recuperar el debate de las clases sociales.

Por último, agradecer a la gente de Capitán Swing por apoyar este ensayo a contracorriente. Sin duda se trata de uno de los libros del año.

Propinas, ascensor social y lucha de clases

¿Puede un camarero llegar a viceprimer ministro? John Prescott lo hizo en el Reino Unido, convirtiéndose en el número dos de Tony Blair; pero arrastró toda su carrera política el peso de aquella bandeja en la que tantos cafés sirvió durante años. En la Cámara de los Comunes, cuando Prescott se levantaba para intervenir, un diputado de la bancada tory solía hacer la broma de pedir en voz alta algo para beber. Las burlas clasistas se multiplicaron cuando Prescott ingresó en la Cámara de los Lores. Los columnistas graciosillos de la prensa conservadora que especulaban sobre cómo le sentaría la noble capa de armiño a un camarero eran aplaudidos por los lectores en las ediciones digitales, que en los comentarios ofrecían una propina al nuevo Barón Prescott.

Todo lo anterior lo cuenta Owen Jones en un libro recientemente traducido en España, y que todos deben leer en estos tiempos en que la mayoría regresamos a empujones a la clase trabajadora de la que creíamos haber salido: Chavs, la demonización de la clase obrera. Y viene a cuenta a la hora de abrir una reflexión sobre la propina, como me piden los amigos de Diario Kafka. La propina, esa parte del dinero insertada en la costumbre y que algunos nunca hemos sabido bien cómo considerar. ¿Es la propina una cortesía que reconoce el trabajo y beneficia al que la recibe? ¿O por el contrario es un residuo clasista que denigra a quien merecería un sueldo digno en vez de calderilla caritativa?

Antes de que me gane un escupitajo en la próxima cerveza, debo aclarar que yo sí doy propina. No tengo muy clara la respuesta a la pregunta anterior, pero aplico lo de in dubio pro operario, así que acabo dejando ese pellizco que en algunos países está institucionalizado y fijado en porcentaje, incluso exigido o hasta cobrado en la factura sin elección posible, y que entre nosotros queda a voluntad del consumidor.

He discutido varias veces con amigos —incluso con amigos que en su trabajo reciben propinas— sobre la conveniencia o no de dar propina, y siempre hay dos palabras que aparecen en toda discusión: clasismo y dignidad. Veamos.

Que la propina es una costumbre clasista parece obvio. Solo la reciben los trabajadores, y entre ellos aquellos de profesiones que más claramente implican una relación de poder no solo entre patrón y trabajador, sino también entre trabajador y cliente: camareros, peluqueros, taxistas, botones o repartidores. La propina en esos casos parece una forma vertical de subrayar la condición servicial de una parte y la posición exigente de la otra. De hecho, puede servir para reforzar un mal muy de nuestro tiempo, devastador para la solidaridad entre trabajadores: la tiranía del cliente, el sometimiento de todos a la ley suprema de “el cliente siempre tiene la razón”, que suele ser la forma en que la empresa desliza su propia responsabilidad: “Ah, lo siento, no soy yo quien te exige llevar una pizza en moto bajo un aguacero a las doce de la noche; es el cliente, que siempre tiene razón, y para eso paga”. Y deja propina.

Siguiendo el argumento clasista, vemos cómo por arriba los directivos, los altos ejecutivos, los oficiales no reciben propinas. También para ellos hay recompensas, pero el suyo es territorio de bonus, stock options, beneficios, aportaciones al plan de pensiones. Y bajo la mesa, las comisiones, el corrupto que se lleva ese famoso 3% (fijado en porcentaje como en algunos países la propina). En cambio la propina del trabajador parece una forma de transparentar, aunque sea muy levemente, algo que nunca vemos pero que está en la base del sistema capitalista: la plusvalía, esa parte del trabajo de la que se apropia el capital y que está en el origen de su acumulación.

 

En cuanto al otro argumento, la dignidad, es verdad que no conozco ningún camarero o peluquera que considere indigno recibir una propina. Ninguno la rechaza. Pero sí sé de trabajadores que en momentos revolucionarios tomaron la propina como una afrenta. En la Revolución Rusa, por ejemplo, cuenta John Reed en su Diez días que estremecieron el mundo cómo en 1917, en los meses previos a la toma del poder por los bolcheviques, «los criados y camareros se organizaron y renunciaron a las propinas. En todos los restaurantes pendían carteles que decían: “Aquí no se admiten propinas” o “Si un trabajador tiene que servir la mesa para ganarse el pan, eso no es motivo para que se le ofenda con la limosna de una propina”».

Más próximos a nosotros, en los primeros meses de la Segunda República hubo varias huelgas de camareros, algunas muy prolongadas en el tiempo. En todos los casos exigían una jornada laboral de ocho horas, un jornal de cinco pesetas… y la prohibición de las propinas.

El rechazo a las propinas ha sido siempre el reverso de la exigencia de un sueldo suficiente. Y ahí está el problema con la propina: que permite al empresario mantener un nivel salarial inferior, amortiguando el descontento del trabajador con la compensación de la propina. En algunos países, de hecho, la propina es todo el ingreso que recibe el empleado, carente de nómina. Entre nosotros el bote es el complemento sin el que muchos camareros o peluqueras no podrían sobrevivir con un sueldo tan magro, y cada vez lo será más.

Y ahí es donde estamos pillados los dadores de propina, en un endiablado razonamiento que iguala la propina a la limosna: no des limosna, que fomentas la mendicidad; no des propina, que mantienes los sueldos bajos. Pero sabemos que tanto el mendicante como el sirviente la necesitan.

La propina se equipara también a la limosna en otro aspecto: cuando la damos, en realidad nos la damos a nosotros. En el caso de la limosna, se la damos a nuestra mala conciencia. En el caso de la propina, nos la damos a nosotros mismos, bien sea porque también la necesitamos en nuestro trabajo y esperamos seguir recibiéndola; bien como una forma de subrayar que no la necesitamos, que estamos un escalón por encima, que somos de los que dan y no de los que reciben.

Vuelvo al principio, a Owen Jones y su Chavs. Ataca Jones la apuesta de los laboristas por la “movilidad social”, que en el fondo no supone la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, sino permitir que sus miembros más afortunados o más capacitados escapen de ella y asciendan a la clase media (convirtiéndose en propietarios, cambiando de profesión, mejorando su cualificación, marchando de su barrio), lo que “refuerza la idea de que ser de clase trabajadora es algo de lo que hay que escapar”.

Entre nosotros, los sucesivos gobiernos, tanto del PP como del PSOE, compraron ese mismo discurso de la movilidad social: escapad de la desgraciada clase trabajadora, venid con nosotros a la clase media. Durante muchos años creímos ver el ascensor social abierto en el descansillo de nuestra planta, y llegamos a creer que ya no éramos clase trabajadora, que habíamos subido un par de pisos y repetíamos orgullosos eso de“todos somos clase media”. En aquella época las propinas eran generosas, porque eran también parte del combustible del ascensor social, eran otra forma de sentirnos clase media. Soltar esas monedas en el platillo de la cuenta era como aligerar lastre para subir más fácilmente.

Pero ay, el espejismo se acabó, y hoy “el ascensor social está averiado”, frase muy repetida desde el comienzo de la crisis. No sabemos si nos hemos caído por el hueco del elevador, o es que nunca llegó a funcionar de verdad, pero hoy muchos nos redescubrimos como lo que nunca dejamos de ser: clase trabajadora, gente que para vivir no tiene más que su fuerza de trabajo.

Entonces cambia el sentido de la propina. No porque se reduzca, que por supuesto mengua en la misma medida que lo hacen nuestros sueldos, propinas devaluadas para un país brutalmente devaluado. Sino porque la propina se convierte en una forma de solidaridad espontánea, natural, una forma de ayudar a trabajadores que necesitan esas monedas de más tanto como nosotros vamos precisando cada vez más de ingresos extraordinarios porque los ordinarios se contraen, en un tiempo en que la vieja nómina parece condenada a la extinción y cada vez más trabajadores dependen del variable, la comisión por ventas, la parte de salario vinculada a la productividad, o el bote.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos dando propina, o la rechazamos para exigir un salario suficiente? ¿Damos propina en solidaridad como una forma de regresar a la clase trabajadora, del mismo modo que antes la dábamos para huir de ella? Que cada cual decida.

Por cierto: la frase “Todos somos clase media” tiene autor, al menos en el Reino Unido: la dijo en 1997 John Prescott, hablando de clases sociales, ascensor y movilidad, sentenciando el fin de la lucha de clases y marcando para toda una década la política desclasadora del laborismo de Tony Blair. Prescott, el camarero que recibía propinas y que llegó a Lord con capa de armiño y que, imaginamos, hoy da generosas propinas. Pues eso.

 

 

Unas voces de una generación

Vives con una amiga. Trabajas en una editorial. Cenas con tus padres, de visita, en un restaurante con un menú cuyo precio supera el de tu compra semanal. Te llamas Hannah Horvath —becaria sin sueldo, graduada con futuro impecable, o eso garantizaban— y, entre bocado y bocado, te anuncian que se acabó la paga. ¿Cómo respondes? «Creo que soy la voz de mi generación. O por lo menos una voz de una generación». Al margen de la carga humorística, imprescindible en una serie como ‘Girls’ —Horvath es el trasunto de su directora, guionista y productora, Lena Dunham—, ¿existe la voz de una generación? ¿Existe, al menos, una voz de una generación.

En las primeras páginas de ‘Dejad de lloriquear’ (Alpha Decay, 2012), Meredith Haaf especifica que versa sobre “aquellos que vinieron al mundo en algún momento de los años ochenta y solo conocen el socialismo real a través de los relatos de sus padres o de unas chapuceras clases de historia, y cuya juventud transcurrió entre la caída del Muro, la burbuja de los New Media y el 11 de septiembre de 2001”. Acotados los límites temporales, ignoradas las disquisiciones sobre si las etiquetas en el arte facilitan o constriñen, viajamos en low cost por la obra de cinco jóvenes autores que escriben prosa en Europa —dos recién publicados en España y tres inéditos aquí— y les/nos preguntamos qué mueve a los autores de una generación. ¿De una generación?

MEREDITH HAAF

Ese momento en el que decides enumerar los tics de tu generación y mezclar autocrítica y bronca a tu vecino y a ti mismo, por mucho que quien te lea en su iPad o en el café librería de moda desconfíe de ese «nosotros» plural aunque exclusivo. Este momento en el que nos definen conformistas y frívolos, «yonquis de los medios» y las redes sociales, arruinando los logros de quienes nos precedieron. ¿Nos quejamos ante la precariedad laboral? No. «La gran mayoría de mis coetáneos», y evoca las protestas de 2010, «estaba en Facebook. O de fiesta. O estudiando para un examen. O trabajando como becario». Así lo considera Meredith Haaf (Munich, 1983) en ‘Dejad de lloriquear’, la más vocacionalmente generacional de estos autores, y al mismo tiempo la más severa al enfrentarse a los miedos de quienes creen que carecen de futuro, quizá porque se lo han buscado.

ALAIN FREUDIGER

Las reflexiones de Haaf sobre el consumo la hermanan con Alain Freudiger (Lausana, 1977), adepto a la religión de la parodia salvaje. ‘Bujard et Panchaud – ou Les Faux-Consommateurs’ (2007) atrapa ese momento en el que decides pagar no por lo que necesitas, sino por lo que necesitas y algo más: un Rabelais meets Sterne meets Monty Python —sobre los que versó su tesis doctoral— meets Baudrillard en el que Bujard y Panchaud, enfrentados a la dura realidad de los pasillos del supermercado, nos invitan a redefinir con mucha sorna y alguna metáfora nuestro papel de consumidores. ¿Negarnos a la tentación o entregarnos a sus placeres? En su segunda novela, ‘Les places respectives’ (2011), Freudiger se toma en serio —no mucho, eh, solo lo justo—, analizando la incomunicación y la falta de vínculos con los demás gracias a dos personajes sin —en efecto— nada en común.

ANNA KIM

Anna Kim (Daejeon, 1977) se quiebra: su nombre enlaza con su idioma y su apellido revela su origen. De existir un Gran Tema que acompaña a un escritor durante toda su carrera, el de Kim —criada en Alemania y residente en Austria— se duplica, otra vez: la identidad y la pertenencia. Superando el lirismo iniciático de ‘Die Bilderspur’ (2004), huye de lo remoto autobiográfico y transplanta su “conflicto” a otras geografías. En el caso de ‘Die gefrorene Zeit’ (2008), traducida al inglés y al albanés, Kim se bifurca de nuevo y avanza en dos direcciones: la de la historia, sobre la búsqueda de desaparecidos en la antigua Yugoslavia y la difícil reconstrucción y construcción de sus identidades, y la que plantea el estilo objetivísimo. Su novela más reciente, ‘Anatomie einer Nacht’ (2012), riza el rizo e insiste en esa guerra interna: poscolonialismo en Groenlandia.

KAOUTHER ADIMI

‘Des ballerines de Papicha’ (2010) y ‘L’envers des autres’ (2011) es una novela. Sin fallo matemático: Kaouther Adimi (Argel, 1986) debutó en su país natal y, un año más tarde, cambió el título para su país de adopción. Su biografía salta entre Argel, Grenoble, Orán y París, y estas circunstancias diferentes y esta lengua misma le permiten reescribir el multiculturalismo lejos de los cánones. Adimi tira de este hilo del ser de donde no eres, acompañando el gesto con el movimiento: cómo estar donde eres, pero donde no perteneces. Adopta el esquema de novela coral protagonizada por los vecinos de un edificio, y hasta aquí las recurrencias: se sacude el costumbrismo ingenuo para zambullirse en la violencia. Hablan los jóvenes, a los que describe con crudeza como marionetas, y también los padres, faltos de libertad y valentía, y los abuelos, instalados aún en ocupaciones, guerras y rencores.

OWEN JONES

La expectación suscitada en nuestro país por la traducción de ‘Chavs’ (Capitán Swing, 2012) se comprende asomándonos a YouTube, la tele de nuestra generación, y analizando algunos de los vídeos que más jaleamos. Los desquiciantes tutoriales de Salvador Raya enseñando cómo (no) hacer algo o la celebérrima socorrista que la lía parda, por no mentar —o sí— a ‘Gandía Shore’ y ‘Mujeres y hombres y viceversa’, invitan a fantasear con una versión patria del ensayo de Owen Jones: cómo la cultura desciende a subcultura por la escalera del odio y el abismo creciente entre Los Ricos y Los Pobres. Mientras nos queda este análisis sobre cómo en pocas décadas la clase trabajadora británica ha perdido el encanto, otorgado por burgueses y dirigentes, de las manifestaciones y las luchas. De la mitificación al “tanto ganas, tanto vales”, o de cómo los prejuicios fagocitaron la simpatía.

Elena Medel

 

Chavs: la globalización de lo “choni” visto por la socialdemocracia

I.

Hace unas semanas, Victor Lenore malhumoró a ciertos consumidores culturales con unas declaraciones incendiarias, en una entrevista concedida a propósito de su contribución al libro CT o la Cultura de la Transición. “Hay una tribu, la de los gafapastas, que impone los criterios culturales”, era el lapidario titular de aquel artículo, en donde Lenore hilaba una fina teoría sobre la antropología de la prensa de tendencias, para así aniquilar el elitismo de sus hacedores. Naturalmente, que su canon de la música popular española viniese encabezado por Camela lo entregaba a una ejecución inminente. Aun así, lo más llamativo de todo es que sus planteamientos engranan estupendamente con los textos del gran cool-hunter de nuestra crítica cultural y teórico del afterpop, Eloy Fernández Porta:

“Lo que yo creo es que las jerarquías siguen existiendo, que cada cual tiene que elaborar sus propios valores con toda su responsabilidad, a favor o en contra de estas diferencias jerárquicas, y que resolver el problema no está en simular que no existe algo que sí existe. No hay más que ver cuáles son las referencias culturales que uno utiliza cuando está ligando, cuando estás con una tía que te gusta. ¿Cómo haces tu autorretrato? Como consumidor de música, de arte, de literatura… ahí se comprueba si han desaparecido las jerarquías culturales, porque el autorretrato que uno se hace es una explicación pública que confirma su existencia.”

(EFP, en “La cultura de masas en el S. XXI: Manual de instrucciones. José Luis Pardo y Eloy Fernández Porta en conversación.”, por Roberto Valencia, Quimera, julio de 2010)

Ok. La cultura de masas sigue siendo tan elitista como en los tiempos de la Escuela de Frankfurt, y las jerarquías nunca llegaron a desaparecer. Sin embargo, la denuncia por la cual los —digámoslo así— “medios oficiales” escamotean a su audiencia aquellos productos culturales verdaderamente populares lleva en sus adentros un marchamo de clasismo igualmente incorregible. Pues a fin de cuentas, ¿quieren de verdad los oyentes de Camela verse reflejados en la escaleta de Radio 3? ¿Y no será posible que la falta de entendimiento entre el asistente al Sónar, y el entregado oyente en ferias de verano de Kiko Rivera DJ, sea bidireccional? ¿Le importan acaso al segundo las (a su juicio) veleidades que puedan enunciar Mondo Sonoro o Jenesaispop? Es más, ¿y si más allá de las menesterosas disquisiciones culturales, todo fuese un plan astutamente elaborado por el virus de la socialdemocracia, del nuevo laborismo británico y de la revolución conservadora, y que en verdad tales malentendidos viniesen gestándose desde hace más de medio siglo? Probablemente eso mismo es lo que defendería el flamante ensayista Owen Jones (Reino Unido, 1984) en su ensayo Chavs, La demonización de la clase obrera, que a finales de mes verá la luz en España de la mano de Capitán Swing.

II.

“Toda persona de clase media tiene un prejuicio 
de clase latente que se despierta con cualquier cosa… La idea de que la clase trabajadora ha sido absurdamente mimada y completamente desmoralizada por subsidios, pensiones, educación gratuita, etc. […] aún goza de gran predicamento; únicamente se 
ha visto algo sacudida, tal vez, por el reciente reconocimiento de que el desempleo existe.”

George Orwell, El camino a Wigan Pier, citado por Owen Jones en Chavs

III.

Chavs se despliega como un extraordinario análisis del discurso en donde Jones explica la cronología de la demonización de la clase obrera, hasta desembocar en la comprensión del ‘Chav’ —lo que en España viene siendo un “choni”, un “pokero”, o un “kani”, según coordenadas— como el monstruo de cuya acera hay que cambiarse, y lo hace consciente de que:

“Todos somos prisioneros de nuestra clase, pero eso no significa que tengamos que ser prisioneros de nuestros prejuicios de clase. Asimismo, [Chavs] no trata de idolatrar o glorificar a la clase trabajadora. Lo que propone es mostrar algunas realidades de la mayoría de la clase trabajadora que se han ocultado en favor de la caricatura chav.”

La sordidez de los ejemplos expuestos por Jones para demostrar esa demonización llega a ser inverosímil. Por citar quizá el más asombroso, la cadena de gimnasios GymBox llegó a anunciar una nueva modalidad de sus programas de entrenamiento: la lucha Chav. «No des a los gruñones y malhumorados chavs una ASBO [orden de arresto por comportamiento antisocial]; dales una patada», era su eslogan.

Jones acusa hábilmente al gobierno de Tony Blair como continuador fatal de las políticas thatcheristas, en su voluntad por desmantelar y desprestigiar a la clase trabajadora, escorándose en lemas del tipo “todos somos clase media”, y defendiendo la meritocracia como aquel sistema de los justos que, al fin, se había impuesto sobre Gran Bretaña. Todo falso, claro.

Robert H. Frank, profesor de economía, publicaba el pasado mes de agosto en las páginas del NYT un artículo cuyo elocuente titular era: “Suerte vs. destrezas: en búsqueda del secreto del éxito”. Precisamente, su objetivo no era otro que desmantelar las falacias de la meritocracia:

“Siempre supimos que era bueno ser astutos y trabajar duro, y que si nacías o crecías con aquellas destrezas, serías increíblemente afortunado, e igual daba que nacieras en Estados Unidos o Somalia. Pero las investigaciones de los sociólogos nos ayudan a comprender por qué mucha gente diestra nunca encuentra su éxito en el mercado. Los elementos azarosos en los flujos de información que promueven el éxito a veces son los factores más relevantes”.

Es por eso por lo que tal vez el pasaje más revelador del libro de Jones venga con el retrato familiar de Margaret Thatcher, y el mito de sus orígenes humildes: “su padre le había inculcado un profundo compromiso hacia lo que podría llamarse valores de la pequeña clase media: enriquecimiento e iniciativa personales, y una instintiva hostilidad ante la acción colectiva.”

¿Hemos leído bien? ¿Acaba de decir que los valores de las pequeñas clases medias son los que asociamos a las oligarquías falsamente liberales? ¿Y cómo hemos llegado hasta ahí?

Ahí reside el dato más escalofriante de Chavs. Cuando el ensayista habla de clases trabajadoras, no asocia a éstas con una cultura de clase obrera, sino que la categoría viene dada por sus niveles de renta y condiciones laborales. También es cierto que Jones es consciente de que el malentendido entre las presuntas clases medias y las clases trabajadoras es bidireccional, y que seguramente el chav se muestra orgulloso de su amenaza. Y ello a pesar de que no hay ninguna conciencia de clase en el chav, y quizá mejor sería referirse a él como lumpen, pues a lo que aspira no es a combatir a la patronal, no es a una política más justa; el chav aspira a rematar su cráneo con una gorra Burberry, y quizá incluso a reproducir la fantasía del estilo de vida consumista y ocioso. Por tanto, si la pequeña clase media cree en los valores liberales (mientras los auténticos barones saben que mejor partido sacarán en un sistema de puertas giratorias entre la empresa ¿libre? y el estado), y las clases bajas han perdido su conciencia de clase, la pregunta es rotunda. ¿Cómo y por qué se jodió la clase obrera?

IV.

“El gran catalizador para las modificaciones de Thatcher en la legislación laboral fue el paro», dice el exlíder laborista Neil Kinnock. «Algunos estúpidos burgueses, como los que escriben en los periódicos, dicen que cuatro millones de parados suponen una mano de obra enérgica y enfadada. No es cierto. Suponen al menos otros cuatro millones de personas muy asustadas. Y la gente amenazada con el paro no compromete su empleo emprendiendo diversas acciones de militancia sindical, simplemente no lo hace.”

Owen Jones, Chavs,

V.

Uno de los grandes interrogantes políticos de nuestro tiempo tiene que ver con las últimas elecciones generales en España. ¿Cómo es posible que casi once millones de personas regalasen su voto al equipo de Rajoy? Además del evidente voto de castigo, la campaña del PP y la de sus cabeceras democristianas venía espoleada por el mismo elogio a la meritocracia que denuncia Jones. Apoyo a emprendedores, heroísmo del pequeño empresario, facilidades al empleado por cuenta propia, reducción de impuestos… Todas esas promesas que el ensayista británico asociaba con los valores de las pequeñas clases medias, y que luego desaparecieron en una bomba de humo, con la excusa de siempre: ¡Ah, Europa! ¡Se siente!

No cabe duda de que en todo el mundo, el infausto retrato de Owen Jones es una realidad. Walmart llama a sus precarios trabajadores… ¡asociados! (Yanis Varoufakis, El minotauro global). Las empresas se libran de las cargas vinculadas al mantenimiento de sus plantillas, y ante sus nuevos empleados se hacen pasar bajo el membrete de… clientes. E incluso en 2012, la prensa de tendencias sigue bailándole el agua a Richard Florida, y acuña el ridículo concepto de… ¡yukkies! (Young Urban Kreative International). Nadie habla ya de clase trabajadora. La propaganda se ha ocupado de enterrar a la clase obrera en la caja fuerte de la historia.

Por supuesto, el origen de la fantasía de que “todos somos clase media” hallaría su núcleo verdadero en el “estímulo de la demanda agregada sin el aumento de los salarios reales” mediante el crédito fácil, “lo que destruyó así las tasas de afiliación sindical y la conciencia de clase” (Antoni Domènech). Con la burbuja del crédito, la clase obrera creyó ser cosa del pasado. Y no.

Por tanto, ahora que podemos aceptar sin reproches aquello que Tony Blair y sus herederos quisieron omitirnos, esto es que todos somos clase trabajadora, y que nunca dejamos de serlo, tal vez sea hora de volver a los orígenes. Con música choni o gafapasta en nuestros iPods; para el caso, tanto da.

 

Chavs

En la Gran Bretaña actual, la clase trabajadora se ha convertido en objeto de miedo y escarnio. Desde la Vicky Pollard de Little Britain a la demonización de Jade Goody, los medios de comunicación y los políticos desechan por irresponsable, delincuente e ignorante a un vasto y desfavorecido sector de la sociedad