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‘Tomates verdes fritos’: “una pequeña historia para ancianas” que arrasó en taquilla y en las librerías

Por El País  ·  17.06.2024

Universal apostaba tan poco por Tomates verdes fritos que la estrenó en cinco salas. Dos meses después se proyectaba en 1229. Con un presupuesto de apenas 11 millones de dólares acabó recaudando más de 100, se convirtió la undécima película más taquillera de 1991 y consiguió dos nominaciones al Oscar, una para Jessica Tandy como mejor actriz secundaria y otra para la autora del guion, que también lo era de la novela en la que se inspiraba, Fannie Flagg. Es uno de los mejores ejemplos de lo que se conoce como sleeper, una película que gana popularidad gracias al boca a boca de espectadores entusiasmados. Un fenómeno atípico, porque la película del debutante Jon Avnet se vertebra sobre el amor y la amistad, pero también habla de menopausia, eutanasia, violencia de género, racismo, edadismo e incluso canibalismo.

La novela homónima en la que está basada había sufrido un desdén similar antes de publicarse. “Envié una pequeña sinopsis a veinte editores diferentes y todos dijeron: es dulce, pero no creemos que la gente esté interesada en leer sobre una anciana en un asilo”. Cuando finalmente se editó, pasó 36 semanas en la lista de libros más vendidos de The New York Times, recibió una nominación al Pulitzer y los elogios de dos gigantes literarios del sur: Harper Lee Eudora Welty. Su reedición en España de la mano de Capitan Swing es una de las mejores noticias literarias de la temporada y la saca por fin limbo de los libros descatalogados. “Es una gran novela, con una calidad literaria incuestionable”, explica Blanca Cambronero, editora en Capitán Swing. “Plantea temáticas que a menudo abordamos en nuestro catálogo. Por eso, a pesar de que no solemos publicar mucha ficción, en este caso sí tuvimos claro que debíamos recuperar esta obra”.

Un éxito de ventas así no pasó desapercibido a Hollywood. La primera idea de Universal fue realizar un musical, afortunadamente el proyecto se truncó. Flagg, que escribió el guión después de que Carol Sobieski, la primera guionista elegida enfermase, fue la primera sorprendida cuando se convirtió en un éxito porque “se suponía que iba a ser solo una pequeña película para ancianas”. “Estas mujeres no encajan en el molde de lo que Hollywood piensa de las mujeres”, sentenciaba Sally Van Slyke, vicepresidenta senior de marketing de Universal, una de las principales impulsoras de la película, en Los Angeles Times.”Estas mujeres no son víctimas, son supervivientes. Esa es la grandeza de esta historia”.

Tomates verdes fritos narra la amistad casual entre Evelyn, una ama de casa de mediana edad, y Ninny, una anciana que vive en un asilo y, como una Sherezade insomne y sin vesícula, la entretiene cada semana con historias de su juventud en Whistle Stop, Alabama, donde su cuñada Idgie y su amiga Ruth regentaban el café local. Una trama aparentemente simple, en la que lo fácil es quedarse con que es una película “de hablar”, una patata caliente para los ejecutivos de Universal que no sabían cómo podían encapsular la esencia de la película para venderla en un anuncio de 30 segundos.

La promoción de la película se apoyó en Kathy Bates y Jessica Tandy, que venían de ganar sendos Oscars por Misery Paseando a Miss Daisy, aunque estuvieron a punto de ser Joanne Woodward y Susan Sarandon. Sarandon, que aquel año recorría el país en un Thunderbird del 66 al lado de Geena Davis, era la indicada en la mente de algunos ejecutivos para interpretar a una mujer amargada por sus kilos y el desinterés sexual de su marido (si creen que es inconcebible, recuerden que en algún momento de los noventa alguien mencionó el nombre de Julia Roberts para interpretar a la heroína negra Harriet Tubman).

Las críticas fueron positivas, pero casi todas obviaban que dos de las protagonistas eran una pareja de lesbianas. Amy Dawes, crítica de cine de Variety, describió la relación como una “amistad incondicional entre las dos mujeres jóvenes, aisladas en un mundo de hombres intolerantes”. Otros, como Roger Ebert, dedujeron que Idgie era lesbiana, pero dudaron respecto a Ruth, una observación común en otras críticas de la época. Parece que solo Idgie lo ponía fácil al vestirse con peto.

Rebobinemos. Unos meses antes los telespectadores estadounidenses habían visto por primera vez un hiperpublicitado beso entre dos mujeres en La ley de los Ángeles que resultó ser un reclamo sin ningún desarrollo posterior, ese era todo el bagaje lésbico para las masas en 1991. Faltaba más de un lustro para que Ellen Degeneres saliera del armario y arruinase momentáneamente su carrera. Hollywood no había hecho ninguna película protagonizada por lesbianas y tampoco iba a serlo esta. Las cosas no habían cambiado mucho desde que en los años treinta Samuel Goldwyn obligase a Lillian Hellman a reescribir el guion de La calumnia eliminado todos los elementos lésbicos.

“¿Lesbianismo en la pantalla? ¿Quién ha oído hablar de algo así? ¿Y cómo se podría hacer con buen gusto?”, se preguntaba el magnate. Lo mismo se cuestionaba Universal, que no escuchó a Flagg, Mastersons y Parker cuando insistieron en reforzar la historia de amor, pero con un entusiasmo menguante: a medida que la película se convertía en un éxito el tema se convirtió en una molestia para todos.

La mayoría sólo fue consciente de que había una relación lésbica cuando la Alianza Gay y Lesbiana contra la Difamación (GLAAD) le otorgó el premio a la mejor película con contenido lésbico. Así de sutil era, aunque no para el público gay, acostumbrado a detectar el subtexto porque era todo con lo que podía conformarse. Que tantos millones de personas creyesen que cubrirse de abejas, embadurnarse mutuamente de comida —una versión soft de las escenas gastronómicas de El cartero siempre llama dos veces Nueve semanas y media, única concesión de Avnet al romance tal como reconoce en los comentarios incluidos en el DVD— o enviarse citas de la Biblia tan desgarradas como “No me ruegues que te deje, y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, iré yo; y dondequiera que vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios” son cosas que hacen las amigas es desconcertante. Aunque puede ser más bien un buen ejemplo de ceguera selectiva. Es obvio que Idgie y Ruth se aman, pero en la película el único signo de afecto físico es un beso casto en la mejilla.

“No tenía ningún interés en entrar en el dormitorio”, argumentó Avnet. Flagg también quitó hierro al asunto. Cuando Entertainment Weekly se preguntó en un artículo si la película esquivaba su contenido lésbico, fue rotunda: “No es una película política en absoluto. Se trata de que la gente sea dulce y se ame”. A ambos les aterraba que la película fuese catalogada de gay y eso mermara su carrera comercial. “Las lesbianas son invisibles en Hollywood”, declaró la directora ejecutiva de GLAAD, Ellen Carlton. “Los responsables de la películapueden haber querido bajar el tono del contenido lésbico. Lástima. Pero reconocemos a estas mujeres como lesbianas. Y dar el premio es una forma de visibilizar que son lesbianas”.

Fue un galardón polémico. Después de todo, se premiaba a una película que parecía avergonzarse de su contenido gay. Además, llovía sobre mojado: seis años antes Spielberg ya había reducido el contenido lésbico de El color púrpura a su mínima expresión. Como suele pasar, se abrió uno de esos debates sobre si es necesario saber si los personajes son o no gays. Ya saben: esa pregunta de “¿qué importa con quién se acuestan?”, muletilla tan habitual cuando alguien revela su homosexualidad. Había muchas lesbianas que ansiaban verse representadas en el cine por primera vez. Siguiendo esa lógica tampoco sería necesario que supiésemos si son amantes Rhett y Escarlata o Ilsa y Sam. Sin ese detalle probablemente Lo que el viento se llevó Casablanca seguirían siendo un par de excelentes películas sobre la Guerra de Secesión y los refugiados europeos en el norte de África, ¿Qué necesidad había de saber lo que hacían en la cama? Si suena ridículo es porque lo es. Curiosamente, o no, nadie tuvo demasiado problema con el método del que se sirven para librarse del marido maltratador de Ruth. De hecho, en las salas de cine se sentía un ligero murmullo de aprobación cuando se descubría que la frase promocional, “el secreto está en la salsa” era literal.

“Si no nos crees, lee el libro”, fue el argumento que dio la actriz Sheila Kuehl cuando presentó el premio de Glaad. Si la maravillosa película de Avnet es pacata con la relación, no sucede lo mismo con la novela de Flagg, tal vez porque la autora no pensaba que se iba a convertir en el éxito tremendo que fue. Flagg, que no gestionaba demasiado bien su propio lesbianismo (su expareja, la también escritora Rita Mae Brown, llegó a tacharla de “homofóbica” en una entrevista y mencionó su problema de aceptación como el principal detonante de su ruptura). En la novela, Ruth e Idgie se aman casi desde la primera vez que se ven y todos a su alrededor lo aceptan sin darle ninguna importancia. La novela soluciona otro de los problemas de la película, un suave racismo apenas perceptible en los noventa, pero que hoy es imposible obviar: todos los negros se ajustan al arquetipo del “negro mágico”, esa figura sabia que vive únicamente para apoyar a los blancos. Una de las consecuencias de haber esquematizado una obra difícilmente abarcable para el cine. En la novela hay más de cien personajes y todos son importantes: Sipsey, la cocinera interpretada por la gran Cicely Tyson, es uno de los personajes más relevantes y la película la reduce a un par de anécdotas. También perdieron relevancia figuras tan importantes como la prostituta Eva Bates, amante en distintas épocas de Buddy, Idgie y el pequeño Buddy Jr. o Smokey, el temporero tembloroso eternamente enamorado de Ruth Jamison. El diario de Dot Weems, la cronista local, el elemento más divertido de la novela, desapareció por completo. En la novela de Flagg ningún personaje es accesorio, ni siquiera la elefanta Fancy y la gata Boots o la repelente Vesta Adcock. Su marido Earl es el responsable de la mejor frase post ruptura jamás escrita: “Cuando oigas que el teléfono no suena, seré yo, que no te estaré llamando”.

Tomates verdes fritos es una buena, película, pero sobre todo es una novela excepcional que nació de un viaje en coche a través de Irondale, Alabama, el modelo de Whistle Stop, donde la tía abuela de la autora, la modelo de Idgie, que también vivía con una mujer, dirigía un pequeño café. Flagg ha descrito ese café como su “visión idealizada de lo que yo desearía que fuera el mundo”.

Hay amor y amistad, pero en ningún caso se pierde de vista que aún estaban vigentes las leyes segregacionistas que establecían distinciones racistas que despojaban de derechos a las personas negras, COMO puntualiza Blanca Cambronero. “No se obvian las desigualdades crueles y violentas presentes en aquellos tiempos: la pobreza, el machismo y la violencia de género, el racismo y la violencia de los supremacistas blancos representados por el KKK, las imposiciones de género… a la vez que reivindica la unión de la comunidad frente a la injusticia y la violencia, el amor, la amistad, la empatía, la comprensión y la sororidad como refugio y como forma de resistencia, la diversidad afectiva y el amor romántico entre mujeres y la idea de que cuando tocan a una nos tocan a todas”.

Tan importantes como Idgie y Ruth son Ninny y Evelyn, que nunca alzan la voz ni dicen “no”. La clase de mujer que nunca deja traslucir su personalidad por miedo al rechazo y prefiere confundirse con el papel pintado porque no se siente merecedora de una opinión propia. Aunque cuando se escribe hoy sobre la menopausia y el edadismo parece que nadie lo había mencionado jamás, fue en Tomates verdes fritos donde el envejecimiento de las mujeres se verbalizó mejor de lo que jamás se ha hecho. “Soy demasiado vieja para ser joven y demasiado joven para ser vieja”, se lamenta Evelyn, incapaz de encajar en el mundo que la rodea.

El edadismo no es un mal novedoso. Para Ninny, una hija de la gran depresión que ha visto morir a toda su gente amada, Evelyn no tiene ningún motivo para quejarse y eso sucede porque todas las generaciones parecen de cristal a ojos de las anteriores. Sin embargo no es condescendiente con ella, se limita a abrirle los ojos al mundo con las historias de sus pintorescos vecinos.

El éxito de la película ha opacado ligeramente al libro, una novela que merece un puesto entre las mejores ficciones estadounidenses, “una maravilla literaria que hila un discurso político bien armado, necesario y plural construyendo personajes eternos que han acabado formando parte de la cultura popular”, en palabras de Cambronero. Ese éxito también provocó que los productores intentasen pergeñar una secuela que contase la historia del café contada por Sipsey y Big George, pareja en la película y madre e hijo en la novela. Un proyecto que no salió adelante. Tampoco la secuela que antes de la pandemia preparaba la cantante de country Reba McEntire para la NBC, con unos productores que buscaban “modernizar” la obra. Alguien debería explicarles que la novela original es más moderna que casi cualquier libro escrito hoy.

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