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Soldados del joystick, ¿víctimas o verdugos?

Por Público  ·  04.12.2023

Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, esas tareas desagradables que cuentan con la aprobación tácita de la ciudadanía pero que, sin embargo, desprecia. Así funciona hoy en día la sociedad y así nos lo planta en la cara el periodista Eyal Press en su último libro, Trabajo sucio, que ahora publica en España Capitán Swing. Uno de estos trabajos es el de piloto militar de drones, que habitualmente nos lleva a pensar en los miles de vidas inocentes que se ha llevado por delante pero, ¿cuántas veces reparamos en cómo lo viven los y las pilotos, los llamados soldados del joystick?

Trabajo sucio sacude la mente, rompe esquemas y enciende luces de alarma, llevándonos a pensar desde perspectivas que no acostumbramos, desde terreno desconocido. Uno de los trabajos sucios que analiza Press es el de esta suerte de cibersoldados, a los que tendemos a imaginar cómodamente sentados en su consola en el desierto de Nevada, llevando a cabo “ejecuciones extrajudiciales” (como rebautizaron en EEUU a los asesinatos sin juicio previo) a golpe de clic. De hecho, según explica el autor, el mismo exrelator especial de la ONU sobre estas ejecuciones, Philip Alston, ya advirtió en 2010 de los riesgos de ver estos asesinatos como parte de “un juego de Play Station”.

Sin embargo, las consecuencias de este trabajo descritas por Press son muy distintas. “Creen que no nos importa una mierda, que solo somos robots no humanos con el cerebro lavado. […] No saben la mierda a las que nos tenemos que enfrentar, no saben que la mayoría quiere irse a casa y pegarse un tiro”. Este es sólo uno de los testimonios de la expiloto de dron Heather Linebaugh que aparecen en el libro. Linebaugh, como tantos otros pilotos incluidos en las páginas de Trabajo Sucio, dejó hace años el programa de drones de EEUU y desde entonces está en tratamiento para poder superar las secuelas de aquella experiencia.

En contra de la idea extendida, un piloto dron no sólo tiene misiones de ataque, también de reconocimiento y es en muchas de éstas donde son testigos remotos de auténticas atrocidades, cometidas tanto por soldados estadounidenses como de los señalados como terroristas del Dáesh. Una de las bases que visitó Press para documentarse fue la de Creech (Nevada), que alberga a 900 pilotos y técnicos de sensores que dirigen drones MQ-9 Reaper. Allí pudo comprobar el choque de realidad continuo con el que viven estos soldados, acrecentado por residir en Las Vegas: “Acababa literalmente de bombardear al enemigo y, a los veinte minutos, me llegaba un mensaje ‘¿puedes comprar leche cuando vuelvas'”.

Ansiedad, insensibilidad emocional, dificultad para relacionarse con familia y amigos, problemas para dormirpensamientos intrusivos de sus misiones, Trastorno de Estrés Post Traumático (TEPT), divorcios, suicidios… forman parte del peaje que pagan estos pilotos por cumplir sus órdenes. Press relata experiencias en las que el piloto ataca convencido de que en un edificio tan solo se encontraba el terrorista y, posteriormente en otra misión de reconocimiento, descubre el funeral con tres ataúdes… Otras, en las que ejecuta exclusivamente al marcado como terrorista y, momentos después del bombardeo, contempla cómo se acerca su hijo, recogiendo las partes esparcidas de su padre, recomponiendo el cuerpo para darle forma humana y llorarlo.

Demasiado horror que, además, no cuenta siquiera con el apoyo interno de las propias Fuerzas Armadas. Tanto es así que en 2013, el entonces secretario de Defensa, Leon Panetta, quiso romper con eso y otorgar una “Medalla de Distinción en la Batalla” especial a aquellos combatientes remotos que hubieran contribuido de manera importante a la defensa nacional. Tan masiva fue la oleada de críticas de los veteranos, tachando el reconocimiento de medalla Nintendo, que se retiró el plan y se acordó entregar un pin con la R de remoto.

Esta es una de las características habituales de cualquier trabajo sucio, explica Press, el desprecio en el mejor de los casos y, en el peor y lo más habitual, el levantar un muro de silencio. “El trabajo sucio responde a un mandato tácito de gente de bien que se abstiene de hacer demasiadas preguntas porque los resultados que se obtienen gracias a ese trabajo no les disgusta por completo”, indica Press, que sí se ha hecho esas preguntas con los pilotos de drones, los trabajadores –guardias y personal psiquiátrico- de las prisiones, los mataderos de pollos o las plataformas de fracking, entre otros.

Trabajo sucio presenta una realidad de nuestra sociedad demasiadas veces silenciada – D.B.
Trabajo sucio presenta una realidad de nuestra sociedad demasiadas veces silenciada – D.B.

¿Debemos sentir algún tipo de empatía por estos trabajadores sucios o, por el contrario, criticarlos porque optan por seguir haciéndolo? Esa misma pregunta también se la hacen ellos mismos, explica Press, sin terminar de saber si son víctimas del sistema o perpetradores. Para algunos expertos, como se expuso en 2015 en un informe de Human Rights Watch, no son víctimas, sino facilitadores. En su dibujo completo de la realidad que hace en Trabajo Sucio, el autor también nos muestra cómo la precariedad es otra característica intrínseca de estos oficios, generalmente mal pagados a personas en situación de riesgo de exclusión, sometidos a duras condicionales laborales, ya sea por las represalias que se viven en los penales, el deplorable ambiente que viven los trabajadores inmigrantes que sostienen los mataderos (en EEUU o en Alemania, que recurre a migrantes de Bulgaria y Rumanía) o en el ejército, donde incluso pueden enfrentarse a un consejo de guerra. Con todo, muchos de ellos terminan abandonando y haciendo públicos los horrores, como fue el caso de Linebaugh en The Guardian.

“La desigualdad es la que ha dado forma a la delegación del trabajo sucio en la misma manera que el factor económico”, sostiene Press, subrayando cómo todos los daños invisibles (estigma, vergüenza, trauma, daños morales….) se concentran en los más desfavorecidos. Trabajo sucio nos plantea una realidad incómoda, con testimonios crudos, descarnados, no sólo de quienes desempeñan estas tareas, sino también de esa invisibilidad estructural que nos interpela. Sobrecoge y nos hace mirar el mundo de una manera diferente.

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