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Osebol, un pueblo explicado por sus habitantes

Por El País  ·  04.10.2023

Los comentarios que los habitantes de este pueblo sueco le hicieron a Marit Kapla sirvieron para que la escritora narrara, sin añadir una palabra, la historia y la metamorfosis de su aldea.

En Osebol hay bosques. Y había una serrería donde preparaban paneles de conglomerado hasta que resultó más rentable fabricarlos en otro lugar. El pueblo, al norte de Suecia y más cerca de Oslo que de Estocolmo, es, todavía hoy, un lugar tranquilo ―dependiendo de la estación― de entre 80 y 200 habitantes. Allí nació en 1970, y creció, la escritora Marit Kapla. Su padre había conseguido trabajo en la Universidad de Stöllet, cerca de allí. Él y su madre alquilaron una planta baja en la granja de Karin y Alf Hakansson. Tres semanas después nació Marit. Un año más tarde su hermana. Siete después su hermano.

Hay otras ciudades, pero están en esta

Kapla cuenta, en el epílogo del libro, que su vida en Osebol terminó varias veces. Cuando se fue a estudiar al instituto. O a la universidad. También cuando, por fin, encontró trabajo como reportera. Pero fue cuando tuvo que regresar para atender el alzhéimer de su padre cuando comenzó a pensar en la memoria del pueblo. Por eso, tras una carrera como periodista y como directora de programación de un festival de cine online, Kapla regresó a su aldea para hablar con sus habitantes. Lo hizo entre 2016 y 2017, durante algo más de un año. Anotó los nombres y las fechas de nacimiento de sus vecinos y, en algunos casos, también las de sus muertes. Los testimonios de los habitantes, los recién llegados, los esperanzados y los olvidadizos, los ordenó a partir del plano del pueblo. Todos parecen decir poco y juntos construyen un mosaico, una especie de patchwork de la historia del lugar.

Es una historia a pedazos, con remiendos. Los habitantes la dicen a veces dialogando, completándose o contradiciéndose. A lo largo de un siglo los inmigrantes han pasado de ser noruegos huyendo de la Segunda Guerra Mundial a ser afganos que llegan para instalarse temporalmente y tratar de sobrevivir. Se habla de la ilusión de llegar y de la desazón de tener que estar. Del miedo al silencio y de la necesidad de esa tranquilidad. Parece que la calma marca el lugar. Y son las casas las que hablan y cuentan una historia coral, fragmentada y, sin embargo, cercana y muy viva. Sucede así:

Alvar Jannsson, nacido en 1945:

“Ahora talan más que antes.

Hay más venta.

Entonces no tenían recursos para talar tanto.

No los transportaban en camiones.

Los llevaban flotando.

Los apilaban en el prado de Osebol”.

Levi Stenberg, nacido en 1973:

“Yo vivía bien en Hungría.

Era policía.

Soy un hombre bastante bueno.

Para mí no era tan importante poner multas a la gente.

Pero algunos de mis mejores amigos murieron en accidentes.

Piensan que la gente que no tiene un coche bueno y caro es una mierda.

Son muy materialistas.

Y no son ricos…

He cambiado de vida.

Mi cuerpo es de Hungría.

Mi alma de Norland”.

Pero hay más. Ake Axelsson, nacido en 1947, recuerda que eran siete personas viviendo en dos habitaciones. Y que cogieron a Hugo y a Tore para que pudieran ir al colegio. También que, aunque no hubo adopción, esos niños noruegos nunca volvieron a sus casas. Y dice:

“Si la hija de un campesino se quedaba embarazada,

y no sabían quién era el padre, el hijo era un bastardo.

Si tenían propiedades, la Iglesia se las quedaba como penitencia.

Eso dice la partida de nacimiento de mi padre: Bastardo”.

En el pueblo vive un holandés, Gerrit Conelis, nacido en 1956. Era marino. Recuerda que un invierno hizo mucho frío en los Países bajos: -26. Que apenas tenía comida. Lo empezó con 93 kilos y lo terminó con 68. Llegó a Suecia porque hay naturaleza y tranquilidad:

“La gente no es tan agresiva.

En Holanda viven muchas personas

En una superficie pequeña”.

En Osebol hay cazadores de arces y trabajadores de correos, leñadores, informáticos y camioneros. Amas de casa, maestras y tiempo mucho tiempo. Hasta que llega el siglo XXI. Con él, como en un deshielo, afloran a la superficie del pueblo otras opciones sexuales. Llegan inmigrantes de varios países. La tala se concentra en muy pocas manos anónimas, las de la industria.

El pueblo no cambia apenas. Pero el tiempo, eso sí parece desaparecer.

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