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Michelle Obama, ‘Black Panther’ o las Kardashian: por qué el pelo afro sigue siendo la última frontera del racismo

Por El Periódico de España  ·  02.02.2023

El estreno de Black Panther, la película de superhéroes de Marvel, fue un éxito global en 2018. Es, según la revista Forbes, la tercera cinta más taquillera de la historia. Pero no es esto lo que le hará aparecer en los libros: fue la primera superproducción de Hollywood que creó un mundo para la pantalla habitado, casi al completo, por mujeres negras con pelo afro. Y lo importante no fue que lo presentase como algo bonito, sino, sobre todo, como algo normal.

«Mientras crecía en los 80 en Irlanda, nunca veía a nadie que tuviera el pelo como yo en la calle. Tampoco ninguna clase de representación en películas o en la televisión«, comenta Emma Dabiri (Dublín, 1979). La autora, de padre nigeriano y madre irlandesa, se crio escuchando que tenía «mal pelo» por ser este de rizo muy apretado y con forma elíptica. Lo que comúnmente se llama pelo afro. Le costó media vida obviar que su pelo es diferente y dejar de luchar contra su naturaleza. Esta socióloga, profesora universitaria, académica y locutora de radio y televisión es quien firma el ensayo No me toques el pelo. Origen e historia del cabello afro, que Capitán Swing acaba de publicar en España.

La razón para dedicar su ensayo al pelo es que éste «tiene un poder simbólico en todas las culturas y un impacto inmenso en cómo la gente se ve y se siente», explica Dabiri. «Pero específicamente las personas negras sufren una discriminación adicional por el cabello«. Puedes tener la tez algo más clara o los rasgos faciales europeos, pero el pelo afro sigue siendo determinante para que una persona negra sufra racismo. Dabiri cita algunas investigaciones en su libro que concluyen que es la última barrera de discriminación. «Sufrimos incluso discriminación legal, en el sentido de ser excluidos sistemáticamente de la escuela, como está ocurriendo ahora en Reino Unido, o ser tratados como criminales constantemente».

Dabiri se refiere a una realidad del país en el que reside: a pesar de tener una legislación para evitar la discriminación racial desde 2010 que recoge medidas contra la exclusión por el color de la piel, no contempla nada específico en relación al pelo. Y algunas familias llevan años denunciando que las normas de las escuelas en relación al aspecto físico se refieren a llevarlo recogido, pero no se permiten las trenzas afro y otros peinados específicos para un tipo de pelo que crece hacia arriba, no hacia abajo. «Estas políticas demuestran una gran falta de información sobre cómo el pelo de textura afro crece y como consecuencia, cómo se peina», apunta. «Discriminan a los niños y sobre todo a las niñas negras, que son castigados y excluidos desde una edad tan temprana como los cinco años».

Llevar el pelo de manera natural se convierte así en una reivindicación política, y esto provoca una reacción, racista, en contra. «No creo que haya ningún otro grupo de gente que, simplemente dejando su pelo crecer, se considere que está realizando un acto político y, por lo tanto, de desafío contra el sistema, porque se convierte en una manera de rechazarlo», afirma.

Es lo que contó Michelle Obama -primera dama de EE UU entre 2009 y 2017- cuando su marido Barack dejó la presidencia de EE UU. No sólo dejó de alisarse el pelo y adoptó un peinado afro, que mantiene en la actualidad, sino que contó en público que durante la presidencia escondió la naturaleza de su pelo para no provocar problemas que distrajeran la atención de la opinión pública. En la presentación de su libro Con luz propia, explicó que EE UU «no estaba listo» para su pelo natural, y que decidió seguir alisándoselo para evitar que su aspecto se politizara y se interpusiera en la materialización de lo importante: la agenda de la Administración Obama.

«Es interesante que dijera algo así», asiente Dabiri. «Probablemente si Michelle Obama se hubiese dejado su pelo natural, Obama no habría llegado a la presidencia. Se les habría percibido como una amenaza, como extremistas, cuando realmente son parte del sistema liberal. Aunque quisieran avanzar en algunos derechos, no querían luchar contra él».https://www.youtube.com/embed/n1_-u-fLd0s?enablejsapi=1&origin=https%3A%2F%2Fwww.epe.es

De hecho, Dabiri puntualiza en su libro cómo en los años 60 y 70 del siglo XX los activistas del Black Power (entre los que estaban la icónica filósofa Angela Davis y el partido de los Panteras Negras) sí utilizaron la reivindicación del pelo natural como un símbolo explícitamente político. Inspirados teorías marxistas y socialistas, aquel movimiento, explica, «buscaba evitar la manipulación artificial del pelo como rechazo al consumismo». Ahora, prosigue la autora, nace de una «confianza renovada en nuestro propio valor».

REPRESENTACIÓN Y APROPIACIÓN CULTURAL

Cuenta Dabiri en su libro que para ella fue liberador ver aparecer a la cantante Lauryn Hill en la película Sister Act II. Era la primera vez que veía en pantalla a una mujer con el mismo pelo que ella y que, además, era considerada guapa. La representación, explica, es importante. Sobre todo, para las niñas que crecen odiando su pelo porque no consiguen alcanzar un único e imposible ideal de belleza. Aunque no hay que engañarse: es importante, pero no suficiente.

¿Qué importancia tiene entonces que estrellas mundiales como Beyoncé se muestren públicamente con su pelo natural en lugar de llevarlo rubio y alisado? «Bueno, Beyoncé es parte de la industria del entretenimiento, no se puede acudir en su búsqueda para encontrar respuestas», relativiza la autora. «Ella lucha por mantener un estatus de multimillonaria que es un poco contradictorio con la liberación que busca el activismo negro. Yo creo que es muy cínico que se intente apropiar de los símbolos de esa lucha, lo hace porque está de moda, porque beneficia a su marca y le puede ayudar a su imagen, pero no hay profundidad en su propuesta».

No me toques el pelo toma su título de una expresión habitual de las mujeres negras, particularmente las que viven entre blancos. Es difícil, explica en el libro, pasar los dedos a través de los cabellos, y los acercamientos terminan resultando dolorosos. Solange Knowles (hermana de Beyoncé y también cantante) usó esa misma frase para impulsar su carrera: así tituló una canción de 2019 dentro del disco A seat at the table, con el que consiguió su primer número 1 en EE UU. «Creo que Solange, con esa canción, quiso aprovecharse y explotar un fenómeno muy común, y eso le dio notoriedad», explica la

La autora es crítica con la apropiación de estos símbolos por personas que no sufren la discriminación racial. «No existe otro grupo de personas en la faz de la tierra cuya producción cultural tenga la masiva popularidad de la cultura negra y que, al mismo tiempo, sufra el escarnio mientras el resto del mundo la reviste de otra cosa y la reclama como propia«, dice en No me toques el pelo.

Es el caso del Vogue, el baile que catapultó a Madonna en 1990, cuyo origen estaba en la cultura de las salas de baile negras y queer y que la cantante se niega a admitir. También, las trenzas afro que las hermanas Kylie Jenner y Kim Kardashian han lucido en diferentes ocasiones en los últimos años, que dijeron estar inspiradas en Bo Derek y su película10, la mujer perfecta (1979), pero que en ningún momento dijeron pertenecer a las mujeres afrodescendientesLa actriz, preguntada por esta misma cuestión después del revuelo que levantaron las Kardashian, declaraba en una revista que «solamente es un peinado» y trataba de quitarle importancia al origen. Dabiri discrepa y señala su importancia: «Desde hace 500 años se han estado robando recursos culturales, físicos y naturales africanos al servicio de los intereses europeos».

CAPITALISMO Y ORGANIZACIÓN DEL TIEMPO

No me toques el pelo desgrana, a partir de la propia experiencia vital de la autora, cómo el pelo afro necesita cuidados diferentes que el pelo blanco o asiático que requieren de más tiempo. Y expone cómo el mismo sistema que se apoyó para crecer en el esclavismo y el racismo sobre los africanos -el capitalismo- margina las actividades que no están orientadas a la producción, como el cuidado del pelo. Ella misma, admite, lo consideraba «una pérdida de tiempo». Sin embargo, ahora rechaza que sea así. En un momento en el que se debate la semana laboral de cuatro días, la atención a la salud mental y el autocuidado, Dabiri reflexiona sobre el uso del tiempo a partir de la historia y las costumbres africanas anteriores al colonialismo.

«La organización de nuestra vida en torno al tiempo de producción industrial le roba el tiempo a todas las personas para su cuidado personal, para relajarse y, sobre todo, para pensar». En el libro plantea cómo fue el capitalismo el que pervirtió algo, el cuidado del pelo, que en las sociedades africanas se hacía de manera altruista entre miembros de una misma familia o vecinos, y cómo esa convivencia permitía la transmisión de conocimientos. Cree que hay que volver a reivindicarlo.No es el único aprendizaje que el cuidado del pelo afro ha legado. Dabiri también se refiere en el libro a las matemáticas (álgebra, código binario, geometría de los fractales) en el trenzado, e incluso al arte. Y cómo esos peinados ancestrales han sobrevivido a los siglos de esclavitud gracias a la transmisión oral (o manual) y aún hoy es posible encontrarlos en diferentes partes del mundo con nombres similares. Incluso, cuenta Dabiri, algunos de esos peinados sirvieron para esconder mapas que llevaron a los esclavos a poder huir y liberarse.

La autora se refiere específicamente a San Basilio de Palenque, una localidad colombiana que fundó, en el siglo XVII, un hombre vendido como esclavo que pertenecía a una familia real africana y que, tras huir y fundar Palenque, logró constituir una comunidad de esclavos que se escapaban y se comunicaban con otros esclavos a través de códigos y mapas escondidos en las trenzas de su pelo, absolutamente indescifrables para los colonizadores españoles. «No recuerdo cómo llegué a conocer esta historia, pero sí que me costó encontrar la información», recuerda la autora. «Mientras escribía este libro me sentía como una urraca, uniendo pedazos y siguiendo el hilo de la información para reconstruir nuestra historia».Noticias relacionadas

Dabiri, que ha crecido teniendo que justificar constantemente que es irlandesa y no extranjera (aún en redes recibe ataques del tipo «vuélvete a tu país» cuando pone sobre la mesa algún comportamiento incómodo, como si una mujer negra no pudiese ser irlandesa) es, sin embargo, optimista. Y cree que todo lo que ella vivió mientras crecía -la falta de referentes o de conocimientos sobre su propio pelo- no lo sufren las niñas negras de la misma manera.

«Hoy hay más representación del pelo afro en todos los ambientes, aunque sea por razones equivocadas, como la comercialización de productos para su cuidado», reflexiona. «Tenemos que contraatacar, proponer un camino alternativo y no caer en ese sistema superficial y consumista que proponen las redes sociales o las celebridades».

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