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Mark Galeotti: «La industria del armamento ruso no puede competir con Occidente: fabrica infinitos kalashnikovs, pero no misiles guiados»

Por El Mundo  ·  11.01.2023

El eslavista analiza la Rusia actual. Del crimen organizado al cambio generacional; de los mitos históricos a la cultura de gobierno… «Detrás de todo movimiento radical en Europa está la mano del Kremlin», denuncia.

Tres libros de Mark Galeotti han llegado a las librerías españolas desde mayo. El último, Las guerras de Putin (Desperta Ferro), va más allá de su título, estudia el camino de Rusia desde la invasión de Afganistán hasta el fracaso de Ucrania en 2022. Antes, Tenemos que hablar de Putin (Capitán Swing) retrató el sistema de poder que el presidente ruso ha construido en 22 años. Y Una historia breve de Rusia (también en Capitán Swing) sintetizó la historia y la psicología del país que hace casi un año conmocionó al mundo al invadir a su país vecino.

Hugh Thomas decía que los hispanistas se dedican a España por dos razones incompatibles: o por fascinación literaria o por una visita epifánica al Prado. En el caso de los eslavistas, ¿pasa algo así?La literatura es una cantera evidente: alguien se obsesiona con Pushkin y acaba escribiendo sobre la Guerra de Chechenia. Yo pertenezco a la otra mitad, a la de los eslavistas que parten del interés por la política. Los eslavistas literarios leen la Historia en términos de redención, es lo propio de las novelas. Los que venimos de la política tenemos una visión más pesimista que se resume en que todo es una catástrofe y probablemente vaya a peor. No hay redención posible. Y aún así, este es un campo de conocimiento apasionante. Rusia tiene las mejores historias, las más trágicas, las más heroicas… Rusia, para mí, es un país de extremos dramáticos, un lugar en el que la sangre es más roja que en ningún otro.Hay que tener carácter, entonces.No sé si yo mismo me estoy volviendo un poco ruso o si me dedico a Rusia porque tengo este carácter. Lo curioso respecto al pesimismo es que estamos ante un gran cambio cultural. Los rusos siempre han tenido un sentido de la fatalidad muy fuerte. Existía cierto optimismo imperial, de Estado, pero en el día a día, los rusos eran muy negativos. Eso ha cambiado, es un giro asombroso de los últimos 10 años, a pesar de la represión. Hay millones de rusos jóvenes que creen genuinamente que su futuro consistirá en vivir dignamente y sin miedo.

https://6857d7636887ebb07ad1ea53770fa659.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-40/html/container.html¿Cómo se explica eso?Los rusos jóvenes han salido al mundo, están conectados con el exterior. Se ven como europeos y sienten que su historia los ha secuestrado de Europa desde la época de los mongoles. Y, ahora, eso se acaba. Miles de jóvenes viven en Europa, estudian, debaten… Son conscientes del hambre que pasaron sus abuelos y de la brutalidad del Estado, del peso de su historia, pero se comparan con lo que ven y no ven razón para que ellos no tengan lo mismo que sus amigos europeos. Digamos que ese es el gran legado de Gorbachov que aún está por descubrir, la apertura mental de la generación de sus nietos. Los 90, que se suelen ver como la década perdida para Rusia, tendrán un efecto positivo que pronto será evidente.

Eso recuerda a esas dos palabras que salen siempre cuando se habla de la guerra nuclear: la «amenaza existencial» que permitiría a Rusia usar su arsenal. No sé si en Francia y Reino Unido, que también tienen la bomba, hay conceptos legales tan angustiosos.Esas palabras expresan la idea de vulnerabilidad que Rusia tiene de sí mima; el país se fundó en la invasión de los vikingos y ha sido atacado y saqueado incontables veces desde entonces. Todo aquel que ha soñado con construir un imperio en Eurasia ha invadido Rusia: los caballeros teutónicos, las hordas asiáticas, los polacos, los suecos, Napoleón, Hitler… Rusia, en muchos momentos, ha luchado por su existencia. No es el único país del mundo que ha sufrido invasiones, lo sé, pero hay un matiz. Cuando Napoleón entró en España, no pretendía borrar de la historia a los españoles… Muchos líderes rusos explotan ese sentimiento de vulnerabilidad.Hábleme del Ejército Soviético en 1991.La URSS era un estado catastrófico en 1991. Y su Ejército no era lo más catastrófico del estado, no era del todo inservible, pero llevaba una década de decadencia desde el trauma de Afganistán y aún le quedaba lo peor. Durante los 90, el Ejército dejó de ser una herramienta del Estado para convertirse en una amenaza contra el Estado. Era una fuente de corrupción, de delincuencia, de robos de armas y de material nuclear… Los soldados pasaban hambre y eran empujados al crimen por sus oficiales.La URSS se derrumbó porque el gasto en armamento hundió al sistema productivo. Entiendo que ese fracaso condiciona a los líderes rusos, que ha sido un freno en sus ansias expansionistas.Ha sido así hasta ahora y hasta cierto punto. Rusia siempre gastó más en defensa que cualquier otro país europeo. Pero este año, los presupuestos prevén un incremento en el gasto militar del 35%, además de la partida en seguridad interna que crece otro 10%. Hay un giro hacia el estilo soviético, es obvio.Piense en el trauma de las guerras de Chechenia. ¿Moldeó la idea de la Rusia agresiva de 2022?La primera guerra de Chechenia fue un desastre absoluto, una carnicería que alentó el viejo miedo a la desaparición de Rusia. «Si unos pastores vencen a Rusia, ¿qué pensará el mundo?» Y ese fue el motivo para empezar la segunda guerra de Chechenia: demostrar qué es lo que ocurre cuando se desafía a Rusia. La segunda guerra de Chechenia fue otra carnicería espantosa, pero Rusia logró su objetivo. Y esa ha sido una guía permanente para Putin. Si piensa en los últimos 22 años, Rusia ha estado en guerra durante 19: en Georgia en Moldavia, en Crimea, en Siria, en Kosovo… Y el objetivo es siempre dar un mensaje político: los años 90 pasaron, no despreciéis más a Rusia.En España, hay una investigación judicial sobre el papel de Rusia en la crisis de Cataluña de 2017. ¿Cómo se entiende esa guerra de guerrillas digital, si España nunca ha estado en la agenda de Rusia?No tengo información de primera mano sobre Cataluña, pero no es nada sorprendente. En Estados Unidos, [la televisión] RT apoyó al Black Lives Matter y a la Asociación Nacional del Rifle. En Reino Unido hizo campaña por la independencia de Escocia y por el brexit. En cualquier movimiento radical de extrema izquierda o de extrema derecha que aparezca en Europa verá la mano de Rusia.¿Por qué?Por despecho. En 2001, Putin fue el primer líder en ofrecer su apoyo a EEUU para combatir a los talibán, creía que un enemigo común construiría una alianza duradera con Occidente. Pero eran dos culturas condenadas a chocar. Occidente criticó la brutalidad de la segunda guerra chechena y Putin se sintió traicionado. Entre 2009 y 2011, cuando parte de la sociedad rusa salió a la calle a reclamar democracia, Putin pensó que la CIA y el MI6 eran sus instigadores. Lo creyó sinceramente. Ahí empezó esta guerra de baja intensidad, económica y de propaganda. Putin sabe que, en el fondo, está en una posición de debilidad y que en una guerra abierta no puede ganar y elige este camino. Como es un autócrata perezoso, da una instrucción general de confrontación y deja que sus subordinados decidan dónde y cómo aplicarla.En Siria, el Ejército Ruso ya no fue chapucero ni entró en matanzas absurdas. ¿Por qué no ha tenido continuidad en Ucrania?En Siria, los militares tuvieron mucha libertad para desarrollar su estrategia. Les dijeron cuál era el objetivo y no les dieron más instrucciones. Fue una operación relativamente pequeña, basada en las fuerzas aéreas, las mejores del Ejército Ruso. Fue un éxito indiscutible. En cambio, Ucrania es una operación enorme que no se puede completar con unas cuantas unidades de élite. Partía, además, de un error: Ucrania no existe, su ejército no existe, no habrá resistencia militar ni popular. Esta es una guerra que no diseñaron los militares sino Putin y sus viejos colegas del KGB. De lo contrario, habría habido bombardeos previos, movilizaciones más amplias, mejor uso de las tropas de élite…Hábleme de la industria del armamento en Rusia.Es una industria tecnológicamente avanzada aunque su posición, en el fondo, es la de replicar los avances de Occidente, no la de llevar a iniciativa, con excepciones concretas. No es del todo eficiente y hay algunos hábitos corruptos, pero diría que, en conjunto, ha cumplido su misión hasta ahora. Pero ya no lo puede cumplir porque ha perdido el acceso a los microprocesadores y le falta la materia prima. Rusia puede producir infinitos fusiles Kalashnikov, pero ya no hace misiles guiados de última tecnología.¿Por qué no ha empleado su armamento nuclear?Por muchas razones. La posibilidad de que Rusia emplee armas nucleares es tan remota como un ataque nuclear británico contra Buenos Aires en 1982. El tabú nuclear es enorme. Y las élites rusas tiene pánico a la inteligencia occidental, creen que si se ordenase un ataque nuclear, la CIA asesinaría a Putin y arrasaría con su élite. Una bomba nuclear tiene un valor intimidatorio pero no es la herramienta mágica que acaba con la guerra. Más bien es un marco que se rompe con consecuencias impredecibles que muy probablemente irían contra Rusia. Putin sabe que si diese esa orden como medida desesperada, es probable que sus élites militares se negasen a obedecerle. Y por si a alguien piensa otra cosa en Moscú, China ha dicho que no apoyaría ese paso.Su teoría es que China nunca será el aliado perfecto de Rusia que creíamos.Porque tienen intereses muy diferentes. China empieza a hacer valer su poder económico en el plano geopolítico. Rusia, en cambio, es una potencia en decadencia que tiene expectativas por encima de la realidad y que puede dificultar el proyecto de China. Y volvemos al principio: Rusia, en el fondo, acabará dialogando con Europa, no como miembro de la UE, pero sí como parte de una comunidad cultural e histórica. En cambio, la relación entre chinos y rusos está marcada por la desconfianza y bastante racismo mutuo. Lo único que los une es una idea de oposición al dominio de Occidente. Su alianza es pragmática pero limitada. La semana antes de la invasión de Ucrania, Xi Jinping y Putin dijeron que su amistad no tenía límites. En siete días se demostró que sí que los tenía. China no ha movido un dedo por Rusia desde febrero.

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