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Las mil y una historias de los cementerios

Por La Lectura (EL MUNDO)  ·  25.07.2023

En ‘Una tumba con vistas’, Peter Ross mezcla mucho de crónica periodística con no poco de otros géneros: aventuras, terror, ‘noir’, crónica social… Estos son los fascinantes relatos que guardan las lápidas.

“Te fijarás en todo; considerarás cada estela una historia lista para ser contada; aceptarás que pasear por un cementerio es a la vez un privilegio y una lección de humildad”. Los mandamientos del buen tafófilo podrían empezar así, como bien recuerda el periodista escocés Peter Ross, autor de Una tumba con vistas. ¿Tafófilo? Sí, es una de las cosas que se aprenden con este libro. Se refiere a aquel que ama las tumbas, que se fija en los nombres y los rastrea, que habla con quienes las cuidan y visitan, con los que sólo pasaban por allí y con otros tafófilos, claro.

Ross es tafófilo de toda la vida (“Yo me crie en cementerios. Los muertos eran mis niñeras, mis tranquilos compañeros”), pero no ha escrito un tratado de tafofilia. Ni erudito, ni morboso, Una tumba con vistas es un libro de historia -de historias de la Historia- con el que se aprende mucho del pasado y también del presente. La obra incorpora notas de sociología, urbanismo y arquitectura y arrastra grandes dosis de investigación y crónica. A menudo los capítulos responden a una estructura que, sin ser rígida, se repite: el autor se interna por alguno de los cementerios del Reino Unido y se topa con algo que le llama la atención: la tumba de Bobby, el perro de Greyfriars (Edimburgo), donde en vez de flores se dejan palos para que el fantasma del fiel animal, que durmió 14 años sobre la tumba de su amo, se entretenga. O una lápida en cuya esquina asoman piezas de Lego en Highgate (Londres) señalando que ahí yace un niño y que aún le quedaba por jugar…

Ross se pone manos a la obra y, tirando del hilo, recompone el contexto y da forma al relato, comenzando por el final. Es entonces cuando cobra sentido eso que el autor escribe al principio de que las tumbas, “dispuestas en filas, eran estanterías…”. De esos estantes, sacamos el libro que tiene al niño, a Sonny Anderson, por protagonista. Su madre explica que en el hospital “se entretenía haciendo construcciones” y luego, pues lo increíble: “La elección de enterrarlo fue nuestra forma de mantenerlo lo más cerca posible de nosotros. Sentimos que queríamos hacer algo que representara mejor a un niño”. Y se les ocurrió lo de los Lego. Como encima de la esquina de las piezas se apoyan algunas figuritas “la tumba de Sonny sirve de distracción a los niños. A veces están en el entierro de su madre, algo realmente horrible, y jugar con los Legos se lo pone un poco más fácil”.

Una tumba con vistas. Historias de glorias y cementerios

A veces, Ross se ocupa de hazañas como la de Phoebe Hessel, “una Orlando, un portento” de mujer que nació en 1713, se disfrazó durante una década de hombre para ir con su marido a luchar en las Indias Occidentales, vio reinar a cinco monarcas y, tras 108 años, y algunas penurias, fue enterrada en el cementerio de la iglesia de San Nicolás, en Brighton. Otras veces es la historia de una ciudad entera, y sus luchas, la que guarda el camposanto (palabra hermosa donde las haya).

UN SÍMBOLO DE LUCHA

Lo ejemplifica como ninguna Belfast y, en concreto, Milltown, su cementerio. Materializa la idea, expresada así en el libro, de que «el republicanismo irlandés se ha llegado a describir como un culto a la muerte. Los fallecidos ayudan a mantener vivo el movimiento». Según Joe Austin, presidente de la National Graves Association de Belfast, el cementerio cuenta la historia de su lucha: “Para los republicanos, honrar a los muertos es realmente importante. Son la piedra angular de la causa”. En especial, quienes yacen en la llamada parcela republicana, donde están enterrados quienes han muerto de forma violenta. “No son meros nombres para nosotros -explica Austin-. En esta parcela en particular hay 77 personas enterradas; conocía a todas y cada una de ellas”.

Aparte de albergar la historia y las historias, Milltown se convirtió en escenario de la misma el 16 de marzo de 1988 cuando, durante el entierro de tres miembros del IRA que habían sido asesinados en Gibraltar, un paramilitar unionista lanzó una granada y comenzó a disparar. Resultado, tres muertos más y 70 heridos. Y todavía más: tras el entierro de uno de estos últimos muertos, dos cabos del ejército británico fueron ejecutados por el IRA. “Ningún bando de ninguna guerra ostenta el monopolio de las lágrimas”, escribe Ross.

Otra de las historias sucede en las Monachs, un archipiélago de las islas Hébridas (Escocia) donde, en la actualidad, no habita nadie encima de la tierra, pero sí debajo. Uno de sus moradores es el teniente William McNeill, cuyo barco chocó con dos minas colocadas por un submarino y se hundió en 1917. Su cuerpo fue encontrado por unos pescadores que lo enterraron cerca de la orilla. Al año siguiente llegó un vecino, Otto Schatt, mecánico del submarino alemán U-110 hundido por destructores británicos, que también fue enterrado allí.

La dificultad de acceso y la escasez de información seguramente tuvieron que ver en el hecho de que no se movieran. Y también la voluntad del fundador de la Comisión Imperial de Sepulturas de Guerra, convencido de que los cuerpos debían de quedar enterrados donde habían caído y junto a aquellos contra quienes habían combatido. Una idea polémica no exenta de poesía, como remarca el autor, y de cierta moral: “El oficial de la Marina británica y el Unterseebootmann: enemigos en la vida, vecinos en la muerte”. Del estado de sus tumbas se ocupan los trabajadores de la actual Comisión de Sepulturas, que se acercan en bote cada cinco años, si el tiempo lo permite, hasta el remoto lugar.

HISTORIAS A LA CARTA

Un cementerio de Bristol es el lugar perfecto para las bodas de los góticos; en Sharpham Meadow (Devon) se diseñan ceremonias a la medida del difunto; la capilla osario de Rothwell -que alberga más de 2.500 restos de muertos del siglo XIII- es el orgullo de una ciudad católica y reacia a deshacerse de sus costumbres; en la funeraria londinense Haji Taslim se trabaja a contrarreloj, “intentando que no transcurran más de veinticuatro horas entre el fallecimiento y el sepelio” como manda la ley islámica. También en Londres, el lugar de reposo de las trabajadoras sexuales del medievo, el cementerio Crossbones se ha convertido en un lugar de peregrinación y culto a la diversidad.

Y así una maraña de historias que crecen, como la hiedra en los cementerios, y nos devuelven una imagen compleja y desacomplejada de estos lugares. Parques para introvertidos, gimnasios para el músculo de la imaginación, los camposantos son un memento mori servicial y eficaz para quien pretenda olvidar “que los muertos y los vivos somos parientes cercanos», separados sólo por una delgada y caprichosa línea. Se puede esquivar, rodear, pero no viene mal mirarla de frente de cuando en cuando: “La exposición a una pizca de oscuridad impide que enfermemos de ella”.

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