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Las lecciones sobre el ‘feminismo de barrio’ de Mikki Kendall: «Si tienes privilegios, úsalos»

Por El Español  ·  05.04.2022

Durante mucho tiempo, el feminismo hegemónico, es decir, el feminismo blanco, ha dejado de lado problemáticas que afectan a muchas mujeres. Cuestiones como la violencia armada, la falta de recursos para alimentación y educación o el racismo, no han entrado dentro de las políticas feministas, al igual que tampoco se ha contado con voces negras y racializadas en la conversación.

Pero todo avanza y cada vez resuenan más palabras como ‘transversalidad’ o ‘interseccionalidad’ dentro del debate feminista. En este sentido, la escritora y activista estadounidense, Mikki Kendall, defiende el llamado ‘feminismo de barrio’ como una forma de que no se excluya a ninguna mujer en el movimiento y se aborden las necesidades de todas.  

Kendall explica que se trata de un trabajo «muy importante pero que no se valora». Una labor que «impulsa a la sociedad», pero que «a menudo no se considera feminista porque asumimos que no es tan importante como decir que soy feminista y defender los derechos reproductivos. También es importante asegurarse de las conexiones de la comunidad, de que los niños reciban educación y puedan acceder a la atención médica, ¿verdad?», sostiene.

En su libro Feminismo de barrio. Lo que olvida el feminismo blanco (Capitán Swing), Mikki Kendall relata muchas -si no todas- las discriminaciones a las que se tienen que enfrentar las mujeres negras y de clase económica baja y cómo las mujeres intentan liderar el cambio desde sus barrios. Una lucha que tiene que ser apoyada desde el poder y desde el propio movimiento feminista para que salga adelante.

Una historia personal

Un ejemplo de cómo el feminismo ha olvidado muchas realidades es la abuela de Kendal, que nunca se definió como feminista, pese a que su forma de ver la vida podría asemejarse a esta ideología. Nunca dejó de trabajar, insistió a sus hijas que debían estudiar y ser independientes económicamente… Sin embargo, no se identificaba con el movimiento feminista de la época. «Nacida en 1924, después de que las mujeres blancas consiguieran el derecho a voto, pero criada en plena segregación racial, mi abuela no veía aliadas ni hermanas en las mujeres blancas», comenta la autora en el libro. 

Un esquema que vivió la propia Kendall, que durante años no creía que el feminismo fuese con ella. «Fui acosada en cada presentación del colegio. Las niñas negras éramos culpadas por las cosas que nos decían los hombres adultos, por cómo nos desarrollábamos, cómo hablábamos. Y recuerdo una profesora que se reía de esto y decía: ‘Yo, como feminista…’. Ella simplemente era racista, pero mi pensamiento en ese momento era: Oh, ¿eso es el feminismo? No tiene nada que ver conmigo porque aparentemente le importa una mierda si estoy bien, solo me dice que mi cuerpo es el problema».

A través de relatos personales como estos y de multitud de datos, Kendall desgrana los problemas ignorados por el feminismo y que sufren mujeres de clases económicas bajas. Y es que, ella misma ha superado muchas de estas dificultades: se crio en el barrio de Hyde Park de Chicago, es veterana del ejército, superviviente de violencia de género, tuvo que recurrir a ayudas públicas para conseguir alimento…  

Acabar con la pobreza

En este sentido, uno de los problemas más acuciantes que Kendall se centra en priorizar el fin la pobreza. A partir de mejorar eso, otros le seguirán como si fuesen piezas de dominó: desde disminución del abandono escolar, mujeres más vulnerables económicamente que pueden acabar en redes ilegales, problemas alimentarios, de salud reproductiva, violencia de la que ellas también son víctimas…

«Las tasas de criminalidad deben bajar, pues asegúrese de que las personas tengan suficiente para comer en un lugar seguro para vivir. Educación, comida, todo el mundo quiere ver las necesidades básicas. Técnicamente tenemos el dinero para ello y muchas cosas podrían arreglarse asegurándose de que todos tengan sus necesidades básicas».

Todo ello, de nuevo, se puede lograr a través de redes comunitarias, de las que ella dependió en algunas ocasiones. «Las cosas que hice por mí misma realmente no debería haberlas hecho sola. Esa es una de las razones por las que no me gusta la idea de ‘sé una mujer fuerte, hazlo todo por ti misma…’. Creo que si lo intentas por tu cuenta muchas veces no tendrás éxito». 

Por eso, tiene muy claro lo que el feminismo hegemónico puede hacer para ayudar: involucrarse en estas realidades y aprovechar sus recursos. «Es muy simple. Preocuparte por las personas que no son tú. Si tienes privilegios, úsalos. En el trabajo, por ejemplo, muchas veces vemos a mujeres blancas que son más sénior, como gerentes. Saben que las cosas están mal y simplemente no dicen nada, y puede ser tan simple como respaldar a una o decir ‘oye, esto no está bien'», arguye Kendall.

Pese a su crítica al modelo actual, la escritora afirma que «el progreso está sucediendo», aunque «es lento». «Tal vez dimos tres pasos, pero todavía tenemos cientos de pasos para llegar a la igualdad. Creo que veremos más avances, pero aún no hemos tenido suficiente tiempo desde que la discrminación era legal, para cambiar por completo como sociedad».

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