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La medalla de oro que silenció a los nazis

Por Revista Clío  ·  13.01.2016

La humillante derrota de Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936

En el verano de 1936, nueve remeros, estudiantes de la Universidad del estado de Washington, humillaron a Hitler, a Goebbels y a varios dirigentes nazis que presenciaban la final olímpica en el canal de remo de Grünau, a orillas del Langer See. Eran hijos de la Gran Depresión, muchos con orígenes humildes, e hicieron pedazos el guión que la propaganda nazi había diseñado para demostrar la supremacía alemana.

«Bienvenidos al Tercer Reich. No somos lo que dicen que somos», proclamaba un letrero en la Berlín olímpica de1936. En 1931, más de un año antes de la llegada de Hitler al poder, la ciudad alemana había sido elegida como sede de los Juegos Olímpicos que se disputarían cinco años más tarde. Si bien es cierto que el nuevo líder alemán no se había mostrado especialmente atraído por la idea, pronto se convenció de que podía jugar a favor de sus intereses por dos motivos fundamentales: el primero de ellos, que los Juegos podrían ser el escenario perfecto en el que quedara demostrada, delante de todo el mundo, la supremacía de la raza aria; en segundo lugar, vendería una imagen amable y moderna de Alemania mientras los nazis ganaban tiempo para concretar sus conocidos planes. Como señala Daniel James Brown en Remando como un solo hombre (Nórdica/ Capitán Swing), se trataba de mostrar la mejor cara de Alemania. «Hitler sabía que a Occidente le resultaría más fácil movilizarse contra un país de bárbaros que contra un país civilizado». No bastaba con que la deslumbrante actuación de los atletas alemanes y la extraordinaria puesta en escena quedara grabada en la mente de los asistentes al espectáculo olímpico en Berlín. El gigantesco ejercicio de propaganda orquestado por Joseph Goebbels no tendría sentido si sus resultados no eran contemplados por todo el mundo y es ahí donde entraba en juego una poderosa y admirada mujer, Leni Riefenstahl, cuya determinación y destreza al frente de una cámara quedó reflejada en la película Olympia, un monumental ejercicio cinematográfico en el que registró la grandeza de los Juegos. Riefenstahl fue pionera en la realización de grandes eventos. Utilizó zepelines para los planos aéreos, raíles para los travelling y excavó hoyos en el suelo para poder meter cámaras que filmaran los contrapicados. Imágenes como las que obtuvo de los atletas que compitieron en el verano de 1936 apenas tenían precedentes y, al margen de sus ambiciones creativas, estaban encaminadas a contribuir a la gigantesca y grandiosa puesta en escena diseñada por Goebbels y los dirigentes del nazismo. Sin embargo, el guión de Olympia, escrito en parte por la actuación de los propios atletas, escapa en muchas ocasiones al control de Goebbels y de Hitler. El metraje contiene dos sonoros guantazos en la cara del nazismo y en su intento de consolidar la imagen de superioridad de la raza aria. El primero de ellos viene de los cuatro oros que consiguió un atleta negro como Jesse Owens. El segundo fue la milagrosa victoria obtenida por el equipo de remo en embarcación de ocho de la Universidad del estado de Washington. Muchos de ellos eran de origen humilde, hijos de madereros, trabajadores de los astilleros y agricultores que llegaron al equipo a principios de los años treinta, cuando todavía no se había detenido la onda expansiva de la Gran Depresión.

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