10º Aniversario
¡El capitán cumple diez años!
descúbrelo

Javier Padilla: «A veces planteamos ir al psicólogo como la panacea, pero no sirve para arreglar problemas sociales»

Por Público  ·  01.10.2022

Javier Padilla (Madrid, 1983) es médico de familia y diputado por Más Madrid en la asamblea de la comunidad. ‘Malestamos’ es su tercer libro, que coescribe junto a su amiga y psiquiatra Marta Carmona. 

En vuestro libro, ‘Malestamos’, hay mucho de ‘Sedados’, de James Davies

Formamos parte de ese universo y ese ese cuestionamiento de que no podemos restringir todo lo relacionado con la salud mental al universo de lo psiquiátrico, de la medicación y de la terapia. En muchas ocasiones planteamos la terapia como si fuera una panacea, pero la terapia no sirve para arreglar ciertos problemas de causa social o económica.

Habláis de que la psicología y los profesionales deberían plantarse y declarar que hay problemas que ellos no pueden tratar y que son sistémicos. 

El problema que tenemos ahí es que esa es una reflexión que en muchas ocasiones es complicado plantear, más aún en un contexto en el cual hay una carencia muy grande de profesionales en el ámbito de la psicología en los sistemas públicos de salud. Pero justamente por eso es más necesario, porque si no, podemos que incurrir en lo que se llama «la ley de cuidados inversos», en la cual acabamos prestando más atención a la gente que menos lo necesita, y yo creo que está ocurriendo ahora mismo.

Con este auge de la salud mental, uno de los problemas que tenemos es que se ha popularizado el término y se está haciendo atención técnica terapéutica a una generalidad de la población con padecimiento de lo que se denominan padecimientos comunes y hay gente con trastorno mental grave y padecimientos más severos que no llega a tener asistencia porque tiene esa visibilidad dentro del sistema. Paradójicamente, el auge de la salud mental como el tema del que hablar no ha hecho que esa gente que ya estaba ahí de antes tenga una mayor voz, sino que se les ha empujado el rincón y ese hueco lo ha ocupado esa generalidad.

¿Qué queréis decir con definir el concepto «malestar»?

El malestar es algo que existe pero es indefinido. Y en ese caber cosas dentros puede generar identidad de grupo. Una de las cosas que planteamos es que cómo es posible que todos sintamos que nos pasan cosas indivudales y vincuadas a nuestra biografía, pero sean un sentir común. ¿Puede ocurrirme algo singularemente pero que ocurra pluralmente? El malestar sirve para articular eso. Ese malestar tiene que tener algún alguna ansiedad de movilización.

En el libro escribís «sufro porque ya no puedo esperar los ideales de un tiempo mítico que nunca existió». ¿Vivimos una época con futuro oscuro y nostálgicos de un pasado que no existió nunca?

Justamente el malestar que nosotros dibujamos se mueve en una frontera entre tres dimensiones y no encuentra verdaderamente acomodo en ninguna de ellas. Por un lado, esa añoranza de un pasado prometido que idealizamos y que vendría a quedar muy representado por la frase de «somos la primera generación que vivirá peor que sus padres», sea cierta o no, performa un sentimiento. Es algo generalizado la idea de que antes había cosas que estaban mejor. Ese amor por la nostalgia del tipo Ana Iris Simón está muy vinculado a eso. Por otro lado, vivimos en un presente que nos agota, y te encuentras con gente muy joven que no puede conciliar el sueño y que toma algún medicamento. Y por último, miras al futuro y te cuesta pensar que vaya a haber algo, porque además el mundo que te vas a encontrar está en un contexto de crisis ecológica.

Esto queda patente en la generación jóvenes que no han vivido otra cosa que no sea una crisis económica desde que se integraron en el mercado laboral. Pero además, viven como presente una crisis que una parte de la población vive como futura. Eso es una disociación que es difícilmente conciliable. Una parte de la población vive como presente la crisis climática y hay otra parte que la niega o piensa que es una cosa que le va a ocurrir a otra generación. Eso también hace que esa incertidumbre sea difícilmente resoluble y es lógico que genere malestar.

La idea es que hay problemas estructurales que no se pueden resolver con terapias psicológicas. ¿Cómo se puede traducir eso en un discurso político atractivo?

Está claro que no solo ayudan discursos políticos, ayudan los discursos asociados a prácticas. Pero sí que creo que que tiene que ser un discurso muy vinculado, no al déficit sino al activo. No creo que el discurso del malestar sea el discurso ganador, creo que claramente donde hay que apuntar es hacia la aspiración de vivir bien. Es necesario generar esperanzas cotidianas.

Creo que ese es el horizonte. Avanzar es ir ganando. En el libro hablamos de cuatro principios rectores: por un lado está la dimensión más material, que sería la del igualitarismo, es decir, avanzar en redistribuir riquezas y la riqueza contemporánea que es el tiempo; el segundo aspecto sería el de dotarnos de lugares donde poder intentar vencer esa dinámica individualista egoísta que sería dotarnos de infraestructuras sociales, o como dice Eric Klinenberg «palacios para el pueblo», bibliotecas públicas, parques, colegios, escuelas infantiles…, aquellos lugares donde nos vemos obligados a vivir en comunidad y en socialización incluso aunque no queramos; el tercer aspecto son las cosas relacionadas con el arraigo. Pocas cosas transformarían más la vida de los jóvenes que ser conscientes de que cada cinco años no se van a tener que mudar de forma obligada; el cuarto aspecto está vinculado con la con la superación de la distribución sexual del trabajo. Si uno mira cuáles son los datos de reducción de la jornada por cuidado de hijos por hombres y mujeres los datos siguen siendo bochornosos, pero si mira lo que hace una década y los de ahora ve que la incorporación de los hombres a ese ámbito es notablemente mayor. No se me escapa que esa brecha es donde ahora se está dando la ruptura política.

Si 100 años después del surgimiento del fascismo aún siguen ganando elecciones, complicado afrontar este nuevo conflicto.

El autoposicionamiento ideológico de hombres y mujeres era más o menos similar hasta 2015 y a partir de ahí había una fractura: las mujeres permanecían más o menos igual y los hombres se derechizaban de una forma muy llamativa. Hay ahora una manosfera [espacios que promueven la masculinidad con connotaciones reaccionarias] que va al camino contrario al igualitarismo y creo que la izquierda deja eso totalmente abandonado. La izquierda no se puede permitir olvidarse de los hombres en la lucha por un vivir mejor que nos incluya a todos.

En muchas ocasiones nos encontramos con que parece que la izquierda ni siquiera siente interpelación hacia ese espacio. Como si fuera un espacio de la derecha. Un espacio que interpela al 50% de la población no puede ser un espacio de la derecha. La ultraderecha sí que planta esa batalla y sí que ha hecho coincidir los ideales de individualismo, superación personal y enriquecimiento con su discurso con su discurso político. En concreto, en el ámbito de la salud mental es tremendamente relevante, porque ese ámbito sí que nos muestra claramente cómo los hombres se suicidan más que las mujeres, por ejemplo. El ámbito de la salud mental sí que nos muestra cómo también hay una separación en las formas del padecimiento, que no es una separación biológica.

Sin rechazar su utilidad, pero: ¿España tiene un problema de sobremedicalización para cuestiones de salud mental?

Los psicofármacos son un elemento cultural totalmente integrado en la sociedad española. Una cosa que caracteriza a España es estar siempre en los lugares más altos de los rankings de consumo de ansiolíticos. Eso es una aberración y obviamente muestra que estamos poniendo como combustible del sistema parte de nuestro bienestar. Existe por un lado una gran medicalización de problemas cotidianos y por otro lado una gran medicamentalización de esos problemas, y no es algo discutible. Eso tampoco supone una enmienda a la totalidad del uso de la psicofarmacología.

Es imporante salirse de los lugares comunes y trabajar los grises. De hecho criticáis esa frase que dice «no necesitas un psicólogo, necesitas un sindicato».

Eso es. Las dos cosas son necesarias e incluso a lo mejor las dos cosas te van a hacer daño en algún momento. La gran diferencia es que ambas cosas actúan a niveles diferentes. La colectividad no se beneficia porque tú vayas a terapia, pero en términos generales, la colectividad sí se beneficia porque tú te sindiques. Los beneficios que tú consigues en tu empresa mediante las sindicaciones son beneficios que van a poder disfrutar otros, pero eso no ocurre porque tú vayas en terapia. Ahora bien, esa terapia sí que puede en muchas ocasiones facilitarte la toma de decisiones, el análisis de problemas… Por eso creo que es fundamental romper con falsos dilemas. 

Uno de los falsos dilemas que se suelen poner siempre sobre la mesa es el de la patologización o la politización. El malestar hay que politizarlo, pero la politización extrema de los malestares es peligroso. Ni el más ferviente creyente de la renta básica puede pensar que con ella se acabará el sufrimiento de la población. Que lo va a disminuir, seguro, pero no existen panaceas.

Ver artículo original