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Jason Hickel: «El crecimiento sin límites nos está llevando al desastre ecológico

Por El Periódico  ·  23.05.2023

Las teorías del decrecimiento empiezan a salir del armario. Esta misma semana se celebró una conferencia en Parlamento Europeo para abordar su viabilidad y plantear alternativas al modelo económico actual, basado en un crecimiento perpetuo, que ha abocado al planeta al precipicio climático sin cubrir por el camino las necesidades básicas de millones de personas. El antropólogo económico, Jason Hickel (Suazilandia, 1982), profesor en el Instituto de Ciencia y Tecnología Medio Ambiental de la UAB, le ha dedicado al tema su último libro: ‘Menos es más: cómo el decrecimiento salvará al mundo’ (Capitán Swing). Un ensayo concebido como hoja de ruta para transitar hacia una “economía poscapitalista” sensible con la ecología y el bienestar social.

Tenemos un modelo económico basado en el crecimiento, pero usted dice que es problemático. ¿Por qué?

En nuestro modelo todos los sectores, todas las industrias, tienen que crecer perpetuamente. Los economistas definen el crecimiento como el incremento en la producción agregada de bienes industriales y servicios. El también llamado PIB. Pero cuando la gente piensa en crecimiento, piensa en cosas como progreso social, innovación o bienestar humano. De modo que, en seguida, salta a la vista que no es producción agregada lo que necesitamos, sino ciertos tipos de producción para alcanzar los objetivos deseados. No tiene sentido producir jets privados ni SUV ni ropa de usar y tirar en plena emergencia climática. Deberíamos centrarnos en cosas como el transporte público, la energía renovable o la agricultura regenerativa y, al mismo tiempo, reducir las industrias más destructivas para rebajar el consumo de energía y facilitar la descarbonzación.

Usted sugiere que esa obsesión por el crecimiento nos está matando…

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Así es, porque el crecimiento es el principal motor del cambio climático y el colapso ecológico. Para crecer hay que producir y, para producir, necesitamos materias primas y energía. Y si cada año tienes que aumentar la producción es muy difícil descarbonizar la economía al ritmo que requieren los objetivos de París. Esta es la principal contradicción que enfrentamos hoy. De ahí que sea necesario reorganizar las fuerzas productivas para centrarlas en las necesidades del bienestar humano en lugar de la acumulación de capital y la expansión industrial.

¿Se puede sostener el sistema sin que crezcan los países y las empresas?

Todo el mundo está de acuerdo hoy en que nos encontramos ante una emergencia ecológica, de modo que, por ejemplo, no deberíamos producir jets privados o vehículos de alto consumo de gasolina. En eso podríamos estar de acuerdo.

Si se reducen ciertas industrias, ¿cómo se puede mantener el empleo?

Los economistas ecológicos proponen una solución muy sencilla: nuestra sociedad requiere menos fuerza laboral en términos agregados para producir aquello que necesitamos, de modo que se podría acortar la semana laboral y distribuir el empleo de forma más equitativa para que no haya paro. De hecho el desempleo es un producto artificial del capitalismo. Podríamos recurrir a programas de obras públicas y garantías laborales para movilizar trabajadores allá donde necesitamos producción. En estos momentos es el capital el que controla la producción. Decide qué producimos, cómo utilizamos los recursos y se reparte los beneficios.

Ahora las empresas tratan de maximizar la productividad, limitan el crecimiento de los salarios y reparten los beneficios entre sus accionistas. ¿Cómo se puede cambiar todo eso?

Va a requerir algún tipo de intervención pública. Ya tenemos regulación en algunos ámbitos, como la producción de armas de fuego. Podemos decidir colectivamente qué clase de industrias podemos reducir. Hoy tenemos democracia política, pero no tenemos una democracia económica. Y lo que estoy defendiendo es que extendamos la democracia al ámbito de la economía.

Su libro se puede leer casi como una programa político para transformar la economía.

El decrecimiento es una idea que emerge del pensamiento ecosocialista. Su premisa básica es que deberíamos democratizar la economía y organizar la producción en torno a las necesidades humanas y la ecología. Es claramente revolucionario y no deberíamos pensar que será aceptado por la clase dirigente. Requerirá de los movimientos sociales. Si queremos alcanzar los objetivos de Paris, no queda otra que reducir el consumo de energía. La cuestión es quién pagará esa reducción. ¿La clase trabajadora y los pobres? ¿El sur global? ¿O será el capital? Esa es la pregunta más importante de este siglo.

El crecimiento como principio económico está completamente arraigado, incluso entre los partidos socialdemócratas. ¿No es ingenuo pensar que puede cambiarse esa mentalidad?

Sé que es una idea muy osada. Su hegemonía entre la clase política es total, tanto en la derecha como la izquierda. Pero tenemos que hacerle frente. Nadie lo ha explicado mejor que Simon Kuznets, el economista que inventó el concepto del PIB en los años treinta del siglo pasado. Ante el Congreso de EEUU, dijo que no se debería emplear el PIB como objetivo de nuestra economía. Es una forma extremadamente peligrosa de concebirla. Y lo es porque suma tanto lo bueno como lo malo. Es decir, 1.000 euros de gas lacrimógeno tienen el mismo valor que 1.000 euros invertidos en Sanidad, de modo que tratar de maximizar el PIB es un objetivo completamente irracional.

Ese cambio requeriría una masiva intervención estatal, ¿no es cierto?

Cierto, pero no sería más que una regulación democrática de la economía. Al final tenemos que entender que el trabajo o los recursos son bienes colectivos. Deberíamos tener algo que decir sobre qué se produce y cómo se produce. Ese crecimiento sin límites nos está llevando al desastre ecológico sin que cubra si quiera las necesidades básicas del ser humano. En EEUU la mitad de la población no se puede permitir la sanidad. En Reino Unidos, 4.5 millones de niños viven en la pobreza. Y, en Países Bajos, un millón de personas padecen inseguridad alimentaria. Eso sucede porque la producción está organizada en torno a los beneficios en lugar del bienestar humano. 

Pero si la economía no crece, si no hay plusvalía, ¿cómo se invierte en educación o sanidad?

El propio Keynes lo explicó en los años treinta: no se necesita capital para financiar la producción, lo puede hacer directamente el Estado. En la UE es más difícil porque países como España ya no emiten su propio dinero para financiar ciertas inversiones públicas, pero Bruselas podría permitir una mayor expansión fiscal. Y debería hacerse de un modo democrático para producir aquello que necesitamos. 

En el libro explica cómo los ricos contaminan mucho más que el resto.

Si el decrecimiento se puede resumir de alguna manera sería decrezcamos a los ricos. Porque si nos fijamos en los datos sobre las emisiones, queda muy claro que el 1% es abrumadoramente responsable del problema que enfrentamos. Los millonarios van camino de dilapidar ellos solos el margen que nos queda para no superar los 1,5 grados. Por lo tanto, serán necesarias reducciones drásticas en el poder adquisitivo de los ricos.

¿Es realista pensar que nuestros políticos se van a enfrentar a los multimillonarios?

No, pero deberíamos tratar de crear una concienciación social al respecto. Nuestra clase política es esclava de los ricos y les tienen miedo. Pero estamos en un momento en que no podemos dejar que todo siga igual. De otro modo las restricciones se impondrán sobre la clase trabajadora y los pobres. Tenemos que ser proactivos si queremos una transición justa.

En cualquier caso, no hay soluciones mágicas en su libro. Propone un largo proceso de transformación social. ¿Hay tiempo para eso?

Podría conseguirse muy rápidamente, pero depende de la voluntad política. Y esa voluntad, desgraciadamente, no existe hoy. Lo que sí está es la voluntad popular, de modo que todo depende de que podamos construir movimientos sociales para mover el péndulo político. De acuerdo con el informe más reciente del IPCC, el planeta va camino de los 3.2 grados a finales de este siglo. Sería catastrófico. Es dudoso que nuestra civilización pueda seguir existiendo bajo esas condiciones. ¿Queremos esa clase de futuro?

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