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Frederick Cook, el hombre que venció a la oscuridad en la Antártida y después mintió sobre sus conquistas

Por Público  ·  20.02.2024

A finales del siglo XIX un barco llamado Bélgica emprendió la exploración en la Antártida. Detenido entre los hielos durante el invierno austral, sus hombres sufrieron la exigencia de la noche perpetua. De aquellos males los salvó, sobre todo, un hombre llamado Frederick Cook.

Al final un hombre y una foca se parecen bastante. Fue por suerte que no disparasen a Cook. Pero es que allí, en la Antártida, agazapado, parecía una foca. Sobrevivió. Al frío y los fusiles. Sobrevivió, y nos contó cosas para no creer.

En el comienzo está De Gerlache. Adrien de Gerlache de Gomery. Nombre proletario, ya ven. Treinta y un añitos cuando empieza la aventura. ¿Por qué no Bélgica?, se preguntó este cachorro de la hidalguía y el apellido compuesto. Por qué no iba Bélgica a explorar la Antártida, ahora que está tan de moda explorar la Antártida. De Gerlache lo flipaba fuertemente con la mar, y quería pasar algo de frío. Así que buscó financiación. Portazo en el morruco de Leopoldo, que era rey pero tenía mala uva, y aun andaba recordando desplantes anteriores que Adrien le hizo en los asuntos esos de explotar brutalmente el Congo. Portazo del rey, brazos abiertos con Ernest Solvay, que siempre tuvo más visión filantrópica y negocial… Con todo, insuficiente. De Gerlache se pone en plan telellamada a la hora de comer, y manda cartitas a las grandes fortunas belgas suplicando por cuatro bocadillos y un donuts para merendar. Poco a poco, franco a franco, se consigue. Y, así tenemos dinero, tenemos barcos (bueno, tenemos barco), tenemos ganas.

Vámonos pa’l polo sur.

Aquella expedición de De Gerlache, con esa aportación trascendente de Cook, está recogida de manera primorosa en el (espléndido) Un manicomio en el fin del mundo. La odisea del Bélgica en la Antártida, escrito por Julian Sancton y editado recientemente en castellano por Capitán Swing con traducción de David Muñoz Mateos. Si el título promete, el libro muestra. Aquello fue locura enorme.

Zarpan en agosto de 1897, y la cosa salió regular desde el principio. Al barco le pone De Gerlache por eufónico nombre Bélgica, que para eso es patriota grande. Pues, mira, no había abandonado Bélgica el Bélgica y ya se nos escacharra, que ha raspao bajíos. No me miren así, yo no creo en presagios. Eran dieciocho paisanos entonces, muy lejos de grandilocuencias british como eso del Terror y el Erebus. Belgas, noruegos, polacos, rumanos… nada de chauvinismo vacuo, amiguetes. Entre ellos hay un nombre que seguro les suena… Roald Amundsen.

Digamos que Amundsen lleva toda su vida preparándose para estos asuntos. Desde que, aun niño, dormía con la ventana abierta, por acostumbrar su cuerpo a gelidez. Ojo, el paisano es de Oslo, no de Cartagena, así que tiene mérito. Roald sueña con emular a su espejo, un Fridtjof Nansen que era auténtica personalidad en su país, que hizo la travesía de Groenlandia, que se quedó cerquita del Polo Norte. Aun no tenía el Nobel de la Paz, pero eso a Roald le impacta menos que las banquisas de hielo. Porque Amundsen es… en fin, es vikingo prototípico, al menos si lo que pensamos como “vikingo prototítipico” fuese realmente vikingo prototípico. Altísimo, fuerte, brazos perfectos para desollar sajones, ojos glaucos, inasequible. Me dicen que sacrificaba frailecillos a Odín y me lo creo.

¿Dijimos dieciocho tripulantes? Pues en Brasil, después de una travesía atlántica movidita, recogen al número diecinueve. Nuestro protagonista.

Cook.

Cook era Frederick Cook, médico estadounidense, experiencia en este tipo de expediciones. Con Peary en el Ártico, nada menos (con Peary, con cuatro hombres más y con Jospehine Peary, esposa de Robert y pionera femenina en la exploración polar). Allí Cook demostró adaptabilidad enorme, dureza encomiable y talento novelístico para ponerle “pimienta” a sus relatos sobre el real. Vamos, que no llegaba a mentir, pero tampoco era amigo íntimo de lo cierto. ¿Hay que disfrazarse y exagerar un poco el asunto durante las conferencias para sacarse dólares jugosetes? Pues nos prestamos, que para eso se nos congelaron los pelos del bigote entre aurora y aurora… Peor se vive en el andamio.

Ya ven, todo un personaje.

Pero volvamos a nuestro barquito. Por febrero de 1898 De Gerlache emprende marcha ridícula, digna de loco, hacia el interior del mar Antártico. Posiblemente buscara lo que acabo sucediendo. El Bélgica quedó trabado por la banquisa, y hubo de invernar allí sin tener infraestructura adecuada para ello. Tardarán dieciocho meses en volver hasta Flandes.

En medio… la oscuridad.

Porque aquellos paisanos vivieron la gran noche antártica, y probaron en carne viva, a su pesar, lo que hace sobre nuestro cuerpo. Vamos, que sin luz no somos personas, sino otra cosa. Con menos raciocinio, con menos ganas de vivir. Y aquí destaca, otra vez, la figura de Cook.

El médico era siempre optimista, imaginativo. Era, además, observador nato. Tenía kilómetros avanzando entre mares de hielo, tenía muchas conversaciones con los inuit en su mente. Y recordaba, recordaba. Tenéis que exponeros a una luz, aunque sea de velas. Tenéis que tomar un poco de vino en las comidas, para alegrar el espíritu. Tenéis que zampar carne, aunque sea de pingüino. Ojo, tabú, porque la carne de pingüino se consideraba impropia de europeos civilizados. Pero Cook insistía. Y estaba en lo cierto. Sus ideas (eso de la luz, el comer pájaros bobos, una tienda con forma cónica creada por él) y su buen humor constante salvaron a la expedición.

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Todos los hombres sufren migrañas, insomnios. Todos tienen mareos, están adormilados, les duelen mil partes del cuerpo, tienen el pulso disparado, sufren acidez de estómago, apenas hay excreciones. Sumen taquicardias, sumen, sí, problemas mentales. Danco, miembro del Bélgica, falleció y fue enterrado en un agujero del hielo, hundiéndose entre aguas negras. Adam Tollefsen, otro marinero, enloquece sin remedio, tiene la mirada perdida, escupe incoherencias.

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¿Entienden ahora lo del manicomio?

Ojo, no se dejen engañar por el sentido paródico del texto… la expedición De Gerlache tuvo trascendencia, pionera en diversos asuntos. Digamos que fue realmente internacional, que estableció un modo de cooperación ajeno a banderas y escudos que aun se mantiene (mal que bien) en la Antártida. Tampoco reclamó la nacionalidad sobre el estrecho De Gerlache (hallazgo propio), y pareció sinceramente preocupado por los descubrimientos científicos, más que por el mero avanzar entre témpanos. También fue relevante la investigación de Cook. Sí, el charlatán, el hombre espectáculo, el meme. Echó imaginación al asunto, dejó por escrito todo lo que ocurría a aquellos hombres, las consecuencias de una noche perpetua, el deterioro físico y, sobre todo, mental. A día de hoy en la NASA siguen estudiando esos apuntes, extractando conclusiones. Quizá Cook no hizo siempre lo que debía hacer, pero fue campeón del mundo en eso que dicen hoy “resiliencia”.

Quizá demasiado.

Porque a la vuelta de la Antártida Cook comienza con cosas… raritas. Raritas. A ver, saca rédito económico al asunto, pero eso es lo esperable. Y sigue mirando con amor a los hielos porque la aventura… Ha estudiado a los fueguinos (de aquella manera, no era antropólogo), ha vuelto desde la muerte, ha… Tiene fama y grandeza, y tiene una cara bien dura como para seguir en el show business. De Gerlache, por ejemplo, quedó muy marcado del Bélgica.

Pero Cook no. Cook escribe y vende (escribir y vender es dificilísimo). Cook casi se mata subiendo el Denali (lo que entonces decían Monte McKinley, cima suprema en América del Norte), pero vuelve y conquista. Ah, y también retorna a los extremos del mundo, y llega hasta el Polo Norte. Antes que nadie. Su nombre está en los libros…

De la infamia. Miren, esto del Denali… es que las fotos no me cuadran demasiado, que están tiradas desde una antecima, o desde el mismo valle. Vamos, que no conquistó. Cook insiste, que sí, que me costó mucho, que no vean las agujetas, pero nadie puede creerlo. Y con el Polo Norte igual. Amundsen, viejo amigo, inicialmente lo apoya, pero después se muestra dubitativo. Y es que Amundsen, entre medias, se hizo leyenda. Llegó antes que nadie al Polo Sur, en carrera asesina (literalmente) con el capitán Scott. “Este es un lugar horrible”, escribió en su diario, y luego dejó una tienda con enseres para Scott, y una nota dentro. Tantos meses persiguiendo objetivos y todo en la foto finish.

(Robert Scott nunca volvió a casa).

Ojo, Amundsen sí estuvo junto a Cook en otros momentos malos, porque el frío ennoblece y une a los hombres. A Cook le arrancaron prestigio y credibilidad, pero es que también perdió su condición de ciudadano libre. Merecidamente, pareciera. Se metió en un asunto de pozos petrolíferos (hace cien años los pozos petrolíferos eran como las preferentes y el Forum Filatélico de América), y salió escaldado. Podía haber desconfiado, eh, que la publi de su compañía pone como inversor al general Robert ELee… conserje de juzgado. Vamos, como sacar a alguien que se llame Florentino Pérez y sea sexador de pollos, pero, oye, si cuela, cuela… ¿Resumen? Que para la cárcel se fue Cook, por asuntitos de impagos, fraudes y etcéteras.

Allí lo visitó Amundsen, en lacrimógeno reencuentro (lacrimógeno según Cook, Roald se limitó a describirlo con un gruñir medio de Asgard), y de allí salió tristón pero con sus creencias aun bien fijas… Cook vino de la Antártida creyendo que el sol todo lo cura, mezcló esa certeza con el gusto por la desnudez de los fueguinos y…, en fin, cómo explicarles a ustedes… ¿recuerdan esos influencers que se daban bañucos de sol en el ano? Pues Cook les saca siglos de ventaja. Ah, también quería importar pingüinos a todas las latitudes, por considerar su guano como fertilizante ideal (y en filetes se podían comer, recuerden). Vamos, que un entrepreneur en toda regla, ya saben en qué partido político hubiese acabado.

Frederick Cook, salvador del Bélgica, murió en 1940. Amundsen desapareció por 1928, mientras volaba sobre el Ártico en una operación de rescate. Su amigo lo tenía clarísimo. “Es muy posible que siga vivo. (…) Podría pasar allí el resto de sus días, (…) de haber acabado en una región donde hubiera suficiente caza no tendría ninguna dificultad para sobrevivir por sus propios medios”.

Son, sin duda, historias de otra época.

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