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Flores de sol

Por HermanoCerdo  ·  01.05.2014

Fundamentalmente, a James Agee (1909-19455) se le conoce por la novela Una muerte en la familia (publicada dos años después de su muerte, con la que conseguiría el Pulitzer en 1958), así como por el libro-reportaje Ahora hablemos de hombres famosos (1941), del que, con posterioridad, se haría una película. Pero también fue James Agee un notable poeta y un afamado crítico de cine e incluso incursionó en la escritura de guiones (La noche del cazador, La reina de África).

Algodoneros es el resultado del encargo que en 1936 Ralph Ingersoll, entonces editor jefe en Fortune, le hace a James Agee, con la intención de incluirlo en la sección de la revista titulada “Vida y circunstancias”. Para tal cometido, a Agee le acompañará su amigo y fotógrafo Walker Evans.

Sobre el encargo, escribirá Agee en una carta el 18 de junio:

“Siento que esta crónica es una enorme responsabilidad; albergo muchas dudas sobre mi capacidad de sacarla adelante; dudo aún más que Fortune esté dispuesta a emplearla como yo (en teoría) creo que debe utilizarse”.

Y no eran en vano las tribulaciones de Agee, pues la verdad es que la crónica jamás llegó a publicarse. El texto de treinta mil palabras (y que servirá de origen para Ahora hablemos de hombres famosos) quedó olvidado en su casa de Greenwich Village y su hija lo rescató en 2003. Una tercera parte del manuscrito se publicó en la revista The Baffler, en el número 19, de marzo de 2012 y Melville House finalmente publicó el texto completo en 2013. Ahora aparece en su versión castellana, a cargo de la editorial madrileña Capitán Swing.

Algodoneros: tres familias de arrendatarios está dividida en ocho partes (Dinero, Cobijo, Comida, Ropa, Trabajo, Educación y Ocio) y cuenta con dos apéndices breves (Sobre los negros y Terratenientes). Se trata de una crónica poética, pero no por lírica o bella, sino porque es verdadera y honrada, y busca provocar la indignación del lector. Agee redacta un informe de sórdida hermosura, minucioso y detallista, del que surge, en el momento más inesperado, el giro poético y así, inopinadamente, una notoria metáfora ilumina la página sombría.

Para su informe, Agee escoge tres familias que quiere resulten representativas, y junto a ellas pasa un par de meses: la de Floyd Burroughs, la de Bud Fields (su suegro) y la de su cuñado (el hermanastro de su mujer), Frank Tingle. Todos ellos viven en un “promontorio de tierra roja llamado Mills Hill, en el condado de Hale, en el centro oeste de Alabama”. Estas tres familias forman parte del sesenta por ciento de familias que en los años treinta dependía exclusivamente del algodón (“flor de sol”, lo llama Agee). Son los así llamados arrendatarios, ciudadanos que no tienen tierras ni hogar en propiedad (en aquel entonces se calcula que había en esta situación un total de entre ocho y ocho millones y medio de personas) y viven en la conocida como “región algodonera”, una zona de unos novecientos sesenta y cinco kilómetros de largo y cuatrocientos ochenta y dos kilómetros de ancho.

Nos cuenta Agee que los algodoneros -literalmente- se matan a trabajar (suele participar toda la familia en las labores del campo, incluidos los niños pequeños) y, a veces, no es ya que no ganen dinero, sino que lo pierden (por quedar endeudados). Trabajan de sol a sol, e incluso prosiguen, en algunos casos, a la luz de la luna. Al respecto de las condiciones en las que habitan, Agee da cuenta de su precariedad:  no tienen retrete, apenas pueden servirse de una breve cocina económica, los algodoneros no suelen poseer casi muebles (los terratenientes no se los procuran) y las casas ofrecen una protección nimia contra el frío o la lluvia. En ellas, además, es infernal el olor a sudor, dice Agee. Y no cuentan con ningún sistema de refrigeración para conservar los alimentos.

Sobre sus hábitos alimenticios se ha de mencionar que los arrendatarios y sus familias (incluso niños de cuatro años) toman mucho café y comen poca carne. Incluyen en su dieta eventualmente algunas frutas (que consiguen por medio de trueques), pero prácticamente nunca toman leche entera, sino una especie de leche agria y maíz, mucho maíz.

Es notoria la falta de privacidad en la que viven y la sobrecogedora suciedad no solo de las paredes interiores, sino también de la ropa, las sábanas o la gente misma. De hecho, el señor Tingle, nos cuenta Agee, “presume, jocoso, de que hace más de cinco años que no compra una pastilla de jabón”. Agee cree que es una exageración, pero las fotografías de Walker Evans dan testimonio de que la higiene regular no se cuenta entre los hábitos más queridos de los algodoneros.

Su vestimenta se compone esencialmente de ropa práctica, prendas de faena, que solo cambian los domingos y que, en cualquier caso, confeccionan casi en su totalidad en casa con una máquina de coser (utilizan tela de saco de harina y fertilizante para las prendas, incluso para la lencería femenina). Suelen tener un sombrero (pero uno solo). Y resulta curioso el  poco interés que los arrendatarios demuestran por el algodón que cultivan. Además, demuestran muy poco apego, nos dice Agee, a la tierra en la que viven.

Para ellos la educación es irrelevante, y muy pocos hijos de arrendatarios continúan sus estudios más allá de primaria. No pagan impuestos, tienen muy pocos periódicos o revistas (y para qué hablar de libros, cuya ausencia es palmaria) y no tienen radio ni teléfono, ni se sirven del sistema de correos (las cartas circulan de mano en mano). Tampoco suelen votar. Nos dice Agee que “la infiltración de todo lo que tiene que ver con el mundo exterior es lenta, verbal y llega distorsionada”.

En opinión de Agee, no son los arrendatarios gentes de emociones, y no tienen amigos, solo conocidos o familia y “hay muy poca comunicación entre las mujeres y los hombres”. Los juegos de los niños son rutinarios y poco excitantes: canicas, el látigo, el escondite, cosas así. Y los jóvenes se suelen casar casi por aburrimiento. Son llamativos, de hecho, sus gestos abatidos, sus expresiones serias, apocadas y un tanto tristes.

Los sábados viajan a Moundville, un pueblo a once kilómetros de distancia, de no más de quinientos habitantes. Cuenta el pueblo con mínimas diversiones: un salón ilegal donde venden wkisky de maiz, dos drugstores, el café de la señora Wiggins, una película que se proyecta de vez en cuando en la escuela… poco más. No suelen emborracharse ni apenas montar fiestas, pero cuando lo hacen, nos dice Agee, “beben acosados por un sentimiento de culpabilidad y, en consecuencia, con un placer ferozmente infantil”.

El domingo es día de reposo, y se hacen algunas visitas familiares o se acude a una reunión religiosa más o menos informal (pues no hay iglesias). La mortalidad infantil es elevadísima y todo el mundo coge fiebres y malaria y se emplean con bastante regularidad los “brebajes curalotodo”.

En los apéndices finales, nos cuenta Agee que uno de cada tres arrendatarios es negro, que al negro “lo odian por ser negro”, porque temen que ataque a las mujeres, porque se sabe que un negro “trabajará por un jornal sobre el que un hombre blanco escupiría y porque aceptará un trato ante el que un hombre blanco mataría”. En definitiva, que hay un racismo atroz y que el campesino negro está en una situación mucho peor que la del hombre blanco. Sin embargo, “son ricos en emociones y garbo y casi sobrenaturalmente poderosos como seres”, apunta Agee. Tienen un innato sentido de la belleza en cuanto a su vestimenta, están creando “posiblemente el arte lírico más distinguido de su época” y son receptivos al arte, opina Agee.

De los terratenientes, se nos dice que son provincianos e intolerantes, que creen justificados tanto su posición como sus medios de vida, que actúan por intuición y reflejos, y que tienen una capacidad endémica de sadismo. En resumen, que son el producto natural de una sociedad anclada en dos pilares: “una vertiginosa combinación de feudalismo y de capitalismo en sus últimas etapas”.

Viendo la situación en la que se encuentra el mundo en la actualidad, uno alberga serias dudas de que esa combinación fatal de vasallaje y capitalismo agónico de la que hablaba Agee haya desaparecido completamente. Y así lo expresa en el prólogo Adam Haslett, al apuntar que:

“no hace falta ser un experto para percibir de qué forma nuestro propio sistema crediticio (el norteamericano), administrado no ya por terratenientes de pacotilla sino por bancos, agencias de calificación de riesgos y compañías de getión de cobros, ha establecido una impersonal variante financiero-capitalista de la trampa del endeudamiento que Agee describió hace sesenta y siete años”.

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