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El momento en que tu marido feminista dijo ‘lo-haría-encantado-si-me-lo-pidieras’

Por La Marea  ·  01.02.2024

La periodista Darcy Lockman expone en ‘Toda la rabia. Madres, padres y el mito de la crianza paritaria’ (Capitán Swing) cómo las relaciones igualitarias se convierten en tradicionales cuando llegan los hijos al hogar.

   

En el primer capítulo de la nueva temporada de True detectiveJodie Foster, en su papel de jefa de policía, se queda mirando un bocata en el lugar de la desaparición de unos científicos y le dice a su compañero, un veterano agente: “¿Tú no eras de esos padres que hacían sándwiches, verdad Pete?”. La pregunta de Foster –que busca siempre la correcta para encontrar, también, la respuesta buena– ilustra de una manera maravillosa lo que no cambia nunca en las encuestas y lo que, tal vez, continúan sin entender algunos de los que alucinan con lo “mala” que es esta nueva temporada “woke” o algunos de los que respondieron al último CIS que el feminismo los había arrollado: las mujeres dedican más tiempo a las tareas del hogar y a los cuidados que los hombres, incluso aquellas que trabajan fuera y que llegan a altos cargos o a los denominados puestos de responsabilidad. 

“El jamón parece bastante fresco”, había dicho el veterano Pete. La inspectora Foster levantó el pan y le hizo ver: “Mira, el jamón del sándwich parecerá fresco pero la mayonesa parece sirope, y tarda un par de días en estropearse. El fiambre procesado puede sobrevivir al apocalipsis. Lo que se aprende cuando tu crío se deja el almuerzo en el coche…”, añadió la inspectora. Curiosamente, aquella ocupación asignada tradicionalmente a las mujeres, además de ponerle las cosas más difíciles en sus trabajos, le estaba permitiendo a ella llegar más lejos en la investigación. La desaparición de los científicos, según aquel bocata, no se había producido ese día. 

No se desvela en el capítulo si el compañero policía entiende algo de aquella escena más allá del tiempo que llevan muertos o desaparecidos los protagonistas y de que aquella mujer es lo que se ha venido conociendo desde siempre como «una lista». Pero es que ni siquiera los hombres que se consideran feministas, los hombres que entienden el concepto feminismo, que no niegan las desigualdades entre hombres y mujeres, que llevan a sus hijos al colegio, que van al parque, que cambian pañales, que hacen sándwiches a sus peques, son conscientes de sus privilegios. Esta es la idea que da forma a Toda la rabia. Madres, padres y el mito de la crianza paritaria, de la periodista y psicóloga clínica Darcy Lockman. El libro, editado por Capitán Swing, parte de su propia experiencia y la de medio centenar de mujeres a las que consulta sobre sus compañeros “modernos e implicados”. 

El lenguaje de la igualdad –la creencia en el padre moderno e implicado– crea un mito crucial de los matrimonios contemporáneos. Oculta un tipo de subordinación femenina que, de otro modo, sería intolerable en muchos hogares del siglo XXI: la noción asumida de que una madre debe hacerse cargo del seguimiento y del aprendizaje, y pensar, y planear, y alimentar, y cuidar, y supervisar, y hacer, salvo que haya logrado otro tipo de acuerdos (que a su vez implican más conocimiento, más saber, más seguimiento y más trabajo). Él-está-encantado-de-hacerlo-si-le-pido ayuda es otra tarea más; no es compañerismo”, escribe en la obra, que sale a la venta el próximo 29 de enero. 

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Con una prosa ligera, muy fundamentada en estudios, el libro expone cómo las relaciones progresistas se convierten en tradicionales cuando llegan los hijos al hogar. Y recoge innumerables ejemplos, testimonios, frases, pensamientos con los que todas esas mujeres –que, como dice la autora, se sacaron una carrera, crecieron con las leyes de igualdad y terminaron casándose o conviviendo con un tipo moderno– terminan diciendo lo mismo: en qué momento ocurrió. Por qué no lo vimos venir

El asunto, describe Lockman, no es ni mucho menos nuevo y recuerda la conclusión a la que llegaron, ya en 1992, los psicólogos familiares Carolyn y Philip Cowan tras una investigación que duró 15 años: detrás de la ideología de cada pareja igualitaria se encuentra una realidad más tradicional. Todo ese discurso de hombres y mujeres que comparten la responsabilidad “¡es mentira!», resumió una madre en el estudio. Más de 30 años después, en 2024, la autora de Toda la rabia cuenta situaciones con la que muchas mujeres pueden seguir sintiéndose identificadas. 

Esta misma, por ejemplo: Lockman, su pareja y sus dos hijas llegan a casa de un extenuante día de playa. Durante el camino, en el coche, habían comentado qué podrían darle de cenar a las pequeñas. Pollo rebozado del congelador, vale. Lockman fue directa a la ducha a quitar la arena a las niñas. Y pensó, obviamente, que su marido estaría preparando la cena. ¿O acaso tenía que recordárselo? Cuando salió con las niñas y las cabezas escamondadas, no había pasado nada. Él estaba frente a la encimera bebiéndose una cerveza fresquita. “Saqué la caja, la abrí y puse las piezas en la bandeja del horno. Me vio hacerlo, incapaz de ofrecer ni siquiera un ‘¡Uy!’. No se le había pasado por la cabeza calentar el pollo, que era justamente lo que esperaba de él, o que nuestras hijas estaban cansadas, hambrientas y listas para irse a la cama. No era pereza. Era una cosa sin nombre, algo que no podía llegar a entender”, escribe. 

Y esa es la clave de la obra, la cuestión de fondo: ellos no son conscientes, no se dan cuentan ni siquiera cuando se les intenta hacer ver, y ellas, las mujeres terminan haciéndolo, a veces, para no generar otra-pelea-más. Con este libro, esas mujeres que se educaron con “la emocionante retórica de la igualdad de género”, sabiendo que “las chicas pueden hacer todo lo que hacen los chicos”, no sólo se pueden sentir identificadas, sino reírse, en ocasiones a carcajadas, como cuando alguien sale de un entuerto tras una situación de alta tensión. Y sobre todo y más que todo: pueden sentirse también comprendidas. 

Cambia la ‘cultura de la paternidad’ pero no el comportamiento real

“Lo haría encantado si me lo pidieras”, protesta el padre «moderno e implicado». Es una frase, según la investigación de Lockman, que se repetía en todas las casas. “Su actitud generalmente positiva desde su rol de segundo al mando ha hecho que a su mujer le resulte difícil sentirse frustrada sin una generosa cantidad de culpa. ‘La culpa es mía por no hablar alto y claro’, oí concluir a estas mujeres”, cuenta la autora. 

Otro ejemplo: Christine, una contable de 41 años con un bebé y un niño de seis en Illinois, dice que su marido ni siquiera se acuerda de cosas aun cuando se lo pide: «No puedo confiar en que se acuerde de las cosas mínimas que le pido que haga. Tengo que recordárselo. Sea cual sea la actividad, sigo pensando que está en mi lista. Así que pedirle que haga cosas no me libera de ningún estrés ni de ninguna responsabilidad. Para empezar, el mismo hecho de tener una lista… Por supuesto él no tiene ninguna».

No nos engañemos, viene a decir la autora. “Los informes sobre el padre moderno e implicado también han sido ampliamente exagerados, o, al menos, como han argumentado algunos investigadores, este cambio se percibe más en la ‘cultura de la paternidad’ que en el comportamiento real».

“Estoy tan cansada de pedirle a mi marido que me ayude que al final hago la mayoría de las cosas yo misma”, dice otra de las mujeres. Eso impide, según Lockman, actuar con toda la rabia. “Los tópicos dan licencia para pedir delicadamente a los compañeros un mayor esfuerzo, pero no para enfrentarse a ellos. Y, cuando, por ejemplo, lavan los platos, les dan las gracias”.

La cosa está ahí antes, pero, obviamente, se complica cuando llega la descendencia. “Los hijos […] crean una desigualdad de proporciones críticas”, recuerda Lockman citando a la psicóloga social Francine Deutsch, autora de una investigación sobre la desigual distribución del trabajo no remunerado entre las parejas norteamericanas con dos sueldos e hijos. Cuenta la propia Lockman que ella, antes de ser madre, no entendía a su amiga cuando le decía que no podía hacer determinadas cosas: “No tuvo que pasar mucho tiempo desde el nacimiento de nuestra primera hija para que me acordara de la difícil situación de Tanya, ya que ahora era la mía, y si era la mía, también era la de la mayoría de las madres trabajadoras con las que me encontraba en mi vecindario de familias con dos sueldos en un frondoso barrio de Queens”.

Nadie sabe más que una madre, otra falsa creencia

Entonces, ¿por qué ocurre? ¿Aceptamos que sea algo natural? ¿Que ellos son así y nosotras asá? Como cuenta la autora, la mayoría de las mujeres hacen referencia a la naturaleza: “Es un lugar muy cómodo en el que aterrizar. Nos ahorra cierta dosis de rabia o culpa, y tiene un sentido intuitivo”. Lockman se niega a aceptarlo y pone también el foco en las propias mujeres, muchas atrapadas en otra falsa creencia o estereotipo: nadie sabe más que una madre. “Las madres a toda pastilla son un impedimento para la equidad, pero lo más terrible es la convicción palpitante en el corazón de este sistema insostenible de que las mujeres son más aptas para criar a los hijos”, argumenta Lockman. 

En el libro, cita algunos estudios sobre familias monoparentales realizados a finales de los años noventa que mostraron que el sexo del progenitor no guardaba relación con el bienestar de los niños. Y no es que la autora proponga a estas mujeres ser como los hombres: “En nuestro estado actual, pocas familias funcionarían bien. Estoy sugiriendo, más bien, que las madres sean como los padres. Que, al igual que sus compañeros, veneren el hecho de que el niño tiene otro progenitor y que su relación es sacrosanta. Maternar es un gusto fácil de adquirir. Pero no tiene por qué ser lo más importante. Tal vez sea un honor que es mejor compartir entre dos”, concluye. 

A ello, por supuesto, suma lo que se encuentran en sus trabajos y ese mantra instalado que asocia el compromiso con el trabajo con la voluntad o capacidad de trabajar más allá de la jornada completa. Muchas mujeres prefieren, por tanto, ocultar que tienen hijos para que no se las cuestione.

Y avisa: “En un momento en el que se libran públicamente audaces batallas feministas, la paridad en los hogares del primer mundo podría ocupar su lugar entre ellas. Es una pieza esencial de un rompecabezas mayor, en el que subyace la lucha por la aceptación generalizada de la dignidad humana de las mujeres. No existimos para la comodidad y el placer de los hombres. No seremos iguales en ningún lugar hasta que lo seamos en todas partes, hasta que dejemos de consentir la forma más ampliamente aceptada de misoginia cultural. Por ahora, amamos a nuestras familias como lo hacen nuestras parejas, pero seguimos más limitadas por los acuerdos que aceptamos en nuestra vida privada”. Incluso en los hogares con padres que se dedican a la casa, que no trabajan fuera, “las madres siguen asumiendo más responsabilidades en la gestión del cuidado de sus hijos”, las típicas tareas de planificación y supervisión.

Una investigación de la Universidad de California reveló, tras analizar mil quinientas horas de grabación de hogares de clase media con doble sueldo y con hijos, que padre-en-una-habitación-solo era la «configuración persona-espacio más frecuentemente observada”. Un dato –dice Lockman– que ahora aparece en su cabeza cada vez que sale de una habitación con sus hijas mientras su marido se instala en su dormitorio para jugar a Game of War en el teléfono. 

Foster, en ese primer capítulo de la nueva temporada de True detective, termina confirmando que la desaparición de los científicos se cometió al menos, dos días antes: “La ropa de la lavadora apesta. La tela mojada tarda un par de días en oler tan mal. Los hombres desaparecieron hace 48 horas como mínimo. Como mínimo”.

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