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El lugar donde las calles no tienen nombre

Por Público  ·  01.05.2023

Un cantante de folk que solicitó a las autoridades de un condado estadounidense una dirección postal fue el detonante para que Deirdre Mask reflexionase sobre la identidad, el poder y la riqueza que se desprende de ‘El callejero’ (Capitán Swing).

Vivir en una calle sin nombre puede tener sus ventajas, sobre todo si tu casa está en un entorno rural donde las referencias geográficas pueden ser una valla publicitaria oxidada o un coche destartalado que alguien plantó en el arcén: ¿cómo te va a encontrar el recaudador de impuestos o el cobrador del frac si el callejero es un laberinto anónimo en medio de la nada?

La abogada estadounidense Deirdre Mask las pasó canutas para dar con el domicilio de Alan Johnston, un cantante de folk e hijo de minero que hace más de una década pidió a las autoridades del condado de McDowell, en el estado de Virginia Occidental, que le asignasen una dirección postal, cansado de tener que recoger la correspondencia en la oficina de correos más cercana y de que los repartidores de UPS no pudiesen encontrar su casa.

Deirdre Mask también le costó llegar hasta allí, pues las indicaciones que le había facilitado ocupaban medio folio y el punto de referencia, una vieja emisora de radio, no aparecía por muchas vueltas que diese. Gracias a la ayuda de los paisanos, logró aparcar en el barranco donde habitaba Alan, quien ya había pensado en un nombre para bautizar su calle, Stacy Hollow, pues antaño allí vivía mucha gente apellidada así.

La abogada sentía fascinación por aquellos que vivían fuera del mapa y, al fin, pudo conversar con alguien que le explicase sus ventajas e inconvenientes. Por ejemplo, librarse de visitas indeseadas, como la de un terco vendedor de enciclopedias. ¿Pero cómo se las apañan una ambulancia o un camión de bomberos para dar con el enfermo o el incendio?

Con indicaciones curiosas, como que en la casa todavía alumbran las luces de navidad ¡en primavera!, o jugando al frío, frío, caliente, caliente mientras el conductor pregunta por teléfono si escuchan la sirena a lo lejos. A veces, los encargados de bautizar las calles hubiesen preferido no encontrarse con el recibimiento que le dispensaron algunos vecinos, machete o escopeta en mano, contrarios a la medida.

Mask descarta que el rechazo se deba al atraso de una tierra pobre, pero con una «comunidad sólida donde los ciudadanos conocen a sus convecinos», precisamente otra de las razones por las que algunos no sienten simpatía por las placas. Otros, en cambio, pelearon para que la denominación coloquial pasase a ser la oficial, de ahí que el Barranco del Moco siga llamándose así.

El proyecto, por cierto, cuenta con la financiación de Verizon, que acordó aportar quince millones de dólares después de que las autoridades de Virginia Occidental pillasen a la operadora telefónica inflando sus tarifas a comienzos de este siglo. Los resultados han sido curiosos, sobre todo cuando los vecinos eligieron los nombres, desde personajes de Disney hasta batallas de la guerra de Vietnam, pasando por la calle Granola Crujiente.

También hay denominaciones etílicas, estrambóticas y políticamente incorrectas, pero no conviene destripar el viaje por Virginia Occidental que inspiró a Deirdre Mask para escribir El callejero (Capitán Swing), donde patea la antigua Roma, Londres, Viena, Tokio, Berlín, Hollywood, Nueva York o San Luis para descubrirnos que los nombres de las calles dicen mucho sobre la identidad, la riqueza y el poder.

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