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El barro sagrado del Támesis, una puerta en el tiempo hasta el Londres de los romanos y más allá

Por El Mundo  ·  14.01.2023

Lara Maiklem escribe en ‘Mudlarking’ una historia de las pequeñas cosas de la capital del Reino Unido a través de la cultuera de los rastreadores de tesoros en el fango del río.

Para explicar Mudlarking, de Lara Maiklem (Capitán Swing, a la venta el lunes) conviene conocer algunos datos: primero, los muelles de Londres sobre el Támesis se construyeron con los desechos de la ciudad medieval: piedras labradas tomadas de construcciones obsoletas, enseres personales, restos animales… Segundo: el barro del río, por su composición, baja en oxígeno, es muy propicio para conservar las antigüedades. Y tercero y aún más sorprendente e importante: el Támesis tiene dos mareas al día. El flujo y reflujo del mar llega mucho más allá del centro de Londres y permite que, en las mareas bajas, afloren los objetos depositados en los diques y en el lecho del río desde los tiempos de la Londinium romana.

Y a eso es a lo que ha dedicado una buena parte de su vida Lara Maiklem, una niña criada en una granja que llegó a Londres cuando empezaba su edad adulta y que, cuando sintió la soledad de la gran ciudad, encontró en el barro del Támesis un consuelo. 30 años después, Maiklem convierte sus experiencias como mudlarker, como rastreadora en el fango, en un libro insólito y evocador en el que los pequeños tesoros que el río le ha ofrecido conectan sus historias como poéticos artículos de una enciclopedia digital. Así, una cuchara que aparece en Greenwich explica la dieta y la salud pública en Londres en el XVI; una muñeca narra la consideración de la infancia en el XIX; y la carcasa de una bomba que nunca explotó evoca los bombardeos de la Batalla de Londres. La ciudad, más que un palimpsesto, aparece como un hipertexto.

“El Támesis es un lugar extraño. Quiero decir… Estuve en otoño en París y di un buen paseo por el Sena y es todo tan bonito… El Támesis, en cambio, es duro. Es majestuoso y poderoso, podemos decir que hay nobleza en su dureza, pero no es bonito”, cuenta Maiklem. “No hay mucho color, todo en torno al Támesis es una escala de grises… Pero entonces bajo a la orilla y percibo un sentido del tiempo muy profundo. De alguna manera, el Támesis nos dice que está aquí desde antes de que los seres humanos existieran y que seguirá fluyendo cuando nos hayamos ido, cuando la ciudad no exista. Y eso es parte de una emoción poética, digámoslo así. Muchos artistas han venido al Támesis, aunque fuera para odiarlo, como le pasó a Charles Dickens. Dickens tuvo el primer trabajo de su vida en un muelle y se quedó horrorizado. Dicen que mi libro es una carta de amor al río y, no sé, creo que no lo escribí con esa idea en la cabeza pero quizá sea cierta”.

Importante: lo que enciende a Maiklem es el río, no la ciudad, que es el paisaje al fondo. “Es que la ciudad es el río. Los londinenses se llegan a olvidar del Támesis. Está siempre ahí, está en todas partes y lo ignoran. Hasta que un día se acuerdan en él, empiezan a pensar en él y la ciudad se desdibuja detrás. Es Londres la que es una derivación del Támesis. En las fotografías desde el espacio, Londres es una mancha informe pero el río es perfectamente visible. El río separa el norte rico del sur pobre, define los movimientos… Es lo más importante de la ciudad”, dice Maiklem. “Cuando vivía en Londres, el río era el lugar al que iba para escaparme de la ciudad. Ahora que vivo fuera, es el río el que me mantiene unida a Londres”.

¿Y si le hubiese tocado vivir en Roma y su río fuese el Tíber? ¿Hubiese sido la misma historia?

“No, porque sólo el Támesis tiene dos mareas al día que hacen aflorar su historia. El Támesis no es sólo el río, es la historia de millones de personas que fueron la ciudad y después fueron olvidadas, que no dejaron más que una traba para el pelo, que un cuchillo, que un zapato desparejado… Y eso es todo lo que nos une a ellos. Hay otros ríos maravillosos como el Tíber, pero no permiten comunicarse con el pasado de Roma como lo hace el Támesis“.

Un parte importante de Mudlarking es el retrato de la intimidad del río. Maiklem dedica algunas de sus mejores páginas a hablar del frío, del olor, de la textura del barro… de la fisicidad del Támesis. “He llegado a conocer al río como conozco a algunos amigos, puedo prever sus cambios de humor, conozco sus caprichos… Los olores, por ejemplo, son muy importantes, porque son muy cambiantes, dependen del momento y del lugar. Lo mismo pasa con el oleaje, con el brillo… A veces, el Támesis es opaco y, a veces, es un reflejo deslumbrante de la ciudad. Lo curioso es que, en esa intimidad, hay un momento en el que importa más el movimiento cíclico que el fluir del río. He llegado a ver el Támesis como un cuerpo que respira más que como un flujo de agua constante”.

¿No es eso el mar? ¿No sienten las personas ese tipo de fascinación por los océanos?

“Ahora vivo frente al mar y no es lo mismo”, cuenta Maiklem. “Por supuesto que es muy relajante pasear por una playa, que puede ser una forma de meditación maravillosa, muy sensorial y que el mar siempre es bonito… Pero creo que no tiene la complejidad, el misterio y la densidad del Támesis. El mar es como un adolescente, que a veces está bajo y a veces entra en erupción; el Támesis, en cambio, es algo más sutil, esos cambios existen pero aparecen envueltos en un velo de misterio”.

El relato de Mudlarking empieza Inglaterra adentro, en algún lugar al oeste de Londres que es más campo que ciudad, y termina casi en el mar, en un puerto del estuario del Támesis llamado Tilbury que hoy recibe el tráfico marino que antes llegaba hasta Bankside y que parece más China que Inglaterra. “Tilbury es un terreno ganado al estuario que se rellenó con basura”. Y la basura moderna sigue siendo el tema de Tilbury: “Plásticos, excedentes de la sociedad de consumo, restos de esta cultura de la producción en serie y de la sobreabundancia… No es evocador, es deprimente, es un reflejo horrible de lo que somos: toxinas y desechos que no pueden ser asimilados por la naturaleza…”, dice Maiklem. El Támesis, que en los años 50 fue declarado biológicamente muerto por la toxicidad de sus aguas, fue rehabilitado en los 60 y hoy está más limpio y rebosante de vida animal que nunca… Igual que Londres parece hoy una ciudad ajena a la pobreza y la sordidez. Sin embargo, esa burbuja de bienestar no significa que la pobreza ni que la suciedad hayan desaparecido. Sólo han sido apartadas de la vista.

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