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Cory Doctorow, periodista: «En el futuro nuestro enemigo se parecerá más a una licencia de Apple que a ‘Terminator'»

Por eldiario.es  ·  24.10.2022

En pocos años, los electrodomésticos no cocinarán alimentos que no hayan sido procesados por su empresa, existirán superhéroes que quieran hacer el bien y los magnates se prepararán para el colapso, mientras la gente corriente busca soluciones en Internet ante la negativa de los seguros a pagar tratamientos médicos. ¿Alguien se atreverá a ‘hackear’ su horno? ¿Las intenciones honrosas traerán resultados positivos? Estos son los puntos de partida de los cuatro cuentos que conforman el libro ‘Radicalizado’ (Capitán Swing, 2022), escrito por el periodista y novelista canadiense Cory Doctorow. Son cuatro distopías que están mucho más cerca de lo que parece.

Su libro presenta distopías a partir de elementos muy cotidianos, como electrodomésticos, en lugar de hablar de robots o tecnologías difíciles de imaginar. ¿Por qué?

El primer cuento es una historia de ficción, pero la situación que describe, en la que es imposible usar productos no autorizados en tus electrodomésticos, no solo es algo que puede conectar con la gente, sino que también es una posibilidad real. En 2001 se aprobó el artículo seis de la directiva del Copyright, que establece una protección anticopias que ha provocado que haya productos como CD’s que no se pueden reproducir en ciertos dispositivos de otra marca distinta a la que los ha fabricado. Esto causó mucha polémica porque ponía sobre la mesa unos peligros claros.

¿Qué riesgos tiene el Copyright?

Durante muchos años, hemos pensado que las potencialidades y los peligros de Internet eran abstractos. Pero no lo son y en un futuro próximo se notará que son muy reales. Tendríamos que haber lidiado con ellos antes porque ya vulneran derechos fundamentales. En Estados Unidos hay policías que, cuando cometen violencia policial, sacan sus teléfonos y reproducen canciones de Taylor Swift para que, si alguien los graba, el filtro de derechos de autor no permita la publicación de los vídeos en redes. Con mi libro pretendo despertar a la gente, combinar el debate político abstracto con una ficción narrativa que llegue al lector.

El primer cuento pone en jaque la comida, que es algo muy real y fácil de entender.

Escribí una columna para ‘The Guardian’ llamada ‘Si los lavavajillas fueran iPhones’ y emulaba una carta de un directivo de una compañía de lavavajillas que explicaba a sus clientes que ya no podrían lavar sus platos en sus propios electrodomésticos, sino que tendrían que comprar el menaje de la empresa. “¿Cómo podemos garantizar la máxima calidad del servicio si te dedicas a comprar platos a otras empresas? Si algo sale mal, podrías morir. ¿No quieres asegurarte de que los creadores del plato son pagados por su obra?”, decía el directivo. Son argumentos estúpidos, pero son los mismos que usa Apple. En un futuro, nuestro enemigo se parecerá más a una licencia de Apple que a Terminator, pero nadie se queja.

Sí hay gente que se queja.

Sí, quizás. Pero la mayoría acaba diciendo que, si no te gustan las políticas de Apple, no compres un iPhone. Pero nadie reivindica el hecho de que si te compras un iPhone, debería ser tu iPhone, no el iPhone de Apple. Nadie te debería decir cómo usarlo. Nos dicen que nos ponen estas normas para protegernos como consumidores, pero lo que hacen es cubrir sus propias espaldas y las de sus inversores. Estas políticas empresariales, contra las que no está luchando ningún gobierno, son un caballo de Troya. Nos engañan con sus preciosos rectángulos de vidrio, coches o altavoces inteligentes. Lo peor es que el pueblo es cómplice y víctima a la vez. Parece una inevitabilidad histórica que esos aparatos acaben controlándonos.

No hay peor estrategia que decirle a la gente que debe dejar las redes sociales 

¿Por qué entonces cree que la gente sigue fiel a estas empresas?

Porque nos gustan los servicios que ofrecen. Si seguimos en Instagram o Facebook no es porque nos guste Mark Zuckerberg, sino porque nuestros amigos están ahí. Estas redes sociales están diseñadas de tal manera que, si las abandonas, abandonas también a tus amigos, que siguen haciendo su vida en ellas. La gente prefiere seguir hablando con su familia, viendo fotos graciosas de animales y jugando a videojuegos, tratando de no pensar demasiado en que estas compañías están arruinando nuestras vidas. Por eso creo que no hay peor estrategia que decirle a la gente que debe dejar las redes sociales porque no hay peor estrategia que decir a la gente que no debería gustarle lo que en realidad sí le gusta.

¿Cuál sería una buena estrategia?

La clave se encuentra en el colectivo y en la forma de conseguir un movimiento de masas, juntando diversas preocupaciones que, aunque aparentemente sean inconexas, estén bajo el mismo paraguas. Es como con el ecologismo: ¿qué tiene que ver mi preocupación por los búhos con la tuya por la capa de ozono? Aparentemente nada, pero realmente todo. Pues con la oposición al monopolio y al poder corporativo es lo mismo.

Si compras unas gafas, es posible que tengas la sensación de poder elegir entre marcas, pero muchas de ellas son propiedad de la misma empresa que, además, también es dueña de las aseguradoras ópticas. Por eso, hay que conseguir juntar a quienes están enfadados porque sus gafas se han encarecido un 1.000% con los que están molestos porque todas las cervezas saben igual, ya que las fabrica la misma empresa. Cuando se unan, tendremos un movimiento. Y para conseguir unir la frustración y la indignación de la gente, Internet es una gran herramienta.

Sí, pero puede salirse de madre. En el segundo cuento del libro, un grupo de víctimas del sistema de salud norteamericano se une contra la injusticia, pero no acaba bien.

La radicalización no es culpa de Internet. Un buen argumento te puede hacer cambiar de idea, pero tiene que venir acompañado de un cambio en tus circunstancias materiales que haga de palanca. La primavera árabe explotó en medio de una crisis alimentaria. Nadie diría que la región no quería la libertad antes de la revolución, pero sus condiciones materiales cambiaron tanto que les llevaron a materializar sus ideas de cambio. La gente tiene muchas ideas, buenas y malas, pero no son importantes hasta que algo a su alrededor hace ‘click’.

En todo esto, Internet simplemente es una herramienta genial para que las ideologías lleguen a gente que es susceptible a ellas. Porque no debemos olvidar que Internet forma parte de un monopolio que se beneficia de estas condiciones materiales que nos oprimen y que hacen que la gente estalle.

El proceso de radicalización que describe recuerda a los que se dan en foros de extrema derecha o de jóvenes ‘incels’. En cambio, quienes se radicalizan en su libro son víctimas del sistema sanitario. Es fácil empatizar con ellos y, casi, con sus métodos. ¿Buscaba relativizar la gravedad del uso de la violencia o de la radicalización?

La verdad es que cuando escribí esta historia pensaba en los ‘incels’. Los foros de Internet pueden ser de gran ayuda para gente que tiene un problema que no sabe cómo resolver. Ahí te encuentras con iguales y te acompañas y, cuando descubres cómo resolver tu malestar, dejas de necesitar este espacio y te vas. A medida que pasa el tiempo, en los foros de Internet solo queda gente incapaz de resolver sus problemas. Y empiezan a tener las peores ideas sobre cómo solucionarlo. Esto es lo que pasa con mi novela y también con los ‘incels’, que se retroalimentan de manera muy tóxica. Mi idea no era relativizar la violencia, sino mostrar que este sistema hace que todos, no solo malas personas, seamos susceptibles de caer en las redes de la radicalización.

En la novela plantea el debate de si la policía debería tener acceso a estos foros para evitar el riesgo de terrorismo ¿Qué pesa más, el derecho a la intimidad o la seguridad nacional?

Después de los atentados del 11M, fui a un debate en que el Ministerio de Defensa decía que para mantener a la gente segura debíamos espiarlo todo. Pero eso es lo que pasaba con Franco. Si lo hace una dictadura es fascismo, pero si lo hace una democracia, es prevención. Creo que privacidad y seguridad nacional son un binomio falso. Esos espacios se tienen que vigilar, pero no es el Estado quien tiene que hacerlo, sino la misma ciudadanía. Pero eso solo funcionará si somos capaces de crear una sociedad en la que valga la pena vivir, que genere un sentimiento de responsabilidad compartido.

Ahora mismo vivimos en islas, no en sociedad. Creemos que solo podemos resolver nuestros problemas como individuos, aunque sea una estrategia que nos llevará a la extinción. Lo vemos con las personas que se niegan a vacunarse: son incubadoras de nuevas variantes que nos enfermarán a los demás. Actuar solos nos matará a todos. Eso es algo sobre lo que intenté profundizar en el cuarto cuento del libro.

A medida que pasa el tiempo, en los foros de Internet solo queda gente incapaz de resolver sus problemas

En ese cuento habla de un preparacionista, una persona que se prepara activamente para un colapso haciendo acopio de enseres y alimentos. Fue algo que escribió antes de la pandemia y de que se popularizara este movimiento. ¿Ahora lo habría escrito distinto?

Hay algo que me quedó claro tras la COVID-19: hay gente que actúa en base a una fantasía en la que el mundo la necesita. Hay un preparacionista en el oeste de Estados Unidos que está listo para cuando los terroristas envenenen el agua. No hay ninguna razón para pensar que eso pueda pasar, pero si pasa, él salvará la humanidad. Hay algo muy gracioso en ver cómo la gente rica se prepara para el fin del mundo. Hablamos de personas que son buenas invirtiendo en bolsa o evadiendo impuestos. ¿En qué mundo postapocalíptico podría ser eso útil? No entienden que lo que los hace poderosos hoy no les serviría de nada en el fin del mundo. Lo que resultaría útil es la combinación de diversas personas, algo que se vio durante la pandemia. ¿De qué nos sirve un inversor, incluso un policía, si no tenemos basureros o maestros?

De hecho, todos los personajes de su novela que actúan de forma individual acaban bastante mal…

Bueno, hablamos de personajes que, de tanto querer ser héroes, se convierten en villanos. Es gente que cree que las catástrofes suceden por una degradación de la moral social y, en lugar de cooperar, prefiere ir por su cuenta. Y, claro, sale muy mal.

El héroe que, de tanto intentar ser héroe, acaba empeorando las cosas es el protagonista de su tercer cuento.

Esa historia está basada en Superman, que a su vez está influenciada por una historia creada por los judíos poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Al ver cómo estaba creciendo el fascismo al otro lado del continente, se les contaba un cuento a los niños israelíes sobre un ‘gólem’ inmigrante que llegaba a Europa y resolvía el problema de los nazis a golpes. Por supuesto, no fue así como nos deshicimos del fascismo: fue gracias a uno de las mayores acciones de resistencia colectiva de la historia. Pero, en lugar de eso, la cultura pop prefirió eludir la fuerza de lo común y centrarse en imaginar un solo hombre golpeando a suficientes nazis.

Al igual que Superman, su superhéroe es migrante. Viene de otro planeta. Uno de los personajes le recuerda que la sociedad blanca solo lo aceptará como uno de ellos mientras les resulte útil.

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He intentado profundizar en la contingencia de la ‘blanquitud’. Cuando mi padre vino a Estados Unidos como refugiado judío, fue objeto de insultos y violencia racista. Pero hoy es blanco, igual que yo. Hay una rama del judaísmo reaccionario que ha olvidado este pasado reciente y se ha aliado con los supremacistas blancos, generando un ‘lobby’ muy peligroso que da carta blanca para que Israel cometa su propia violencia racista. Cuando Israel deje de interesar a ciertos sectores del poder blanco, volverán a tirar a los judíos por la borda.

Nuestra solidaridad debería estar con las personas racializadas, no con la supremacía. Por principios, pero también por supervivencia. No tiene sentido rendir lealtad a quien te odia. Al final, el libro es un repaso a todos los comportamientos y actitudes estúpidas que tenemos los seres humanos y que pueden acabar con nuestra existencia sin que nos demos ni cuenta.  

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