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‘Color’, el libro sobre la historia de la paleta cromática que no podrás dejar de leer

Por Mujer Hoy  ·  13.08.2023

La periodista británica Victoria Finlay desvela en su libro los secretos de los pigmentos a través de la pintura, la Historia, la geografía y, cómo no, la industria de la belleza.

Los colores de una paleta de sombras de ojos tienen una historia detrás que podemos descubrir en el libro de Victoria Finlay. / AL

Ahora que el rosa lo ha impregnado todo, gracias a Barbie, y nuestro armario se ha llenado de color, como cada verano, tal vez sea buen momento para descubrir qué hay detrás de los pigmentos que hacen del mundo un lugar mejor. También en el universo de la belleza, porque desde el origen del delineador al maquillaje que envenenaba a las mujeres, la historia de la paleta cromática abarca todos los ámbitos de la vida.

La periodista británica Victoria Finlay así lo refleja en su libro, Color, que Capitán Swing ha publicado en nuestro país para deleite de quienes se mueven llevados por la curiosidad infinita. Porque como ella misma comenta en el prólogo de su obra, «con mucha frecuencia la historia del arte se dedica a observar a quienes crearon el arte« pero »también había historias que contar sobre aquellas personas que crearon las cosas con las que se creó el arte«.

Como John Goffe Rand, que ideó el primer tubo plegable de pintura que hizo posible que artistas de todo el mundo salieran al campo, a la calle o a la playa a pintar. Tal y como recoge Finlay, sin las pinturas al óleo en tubos no habrían existido Cézanne, Monet, Sisley ni Pisarro. En el mundo de la belleza sucede algo parecido, alguien descubrió o ideó algo que hizo posible que hoy encontremos en nuestro neceser todo lo que necesitamos.

Polvos mortales

Para elaborar la pintura blanca pueden utilizarse muchos materiales, pero el mejor de ellos es el albayalde, o carbonato básico de plomo. Cuenta Finlay que los pintores europeos la consideraron una de las pinturas más importantes: servía para preparar lienzos, capas de color, puntear los ojos o añadir toques de luz. Pero claro, al contener plomo era tóxico, tanto si se inhalaba al molerlo como si se absorbía en la piel al manipularlo. O al utilizarlo como maquillaje.

A finales del siglo XIX la firma de cosméticos George W. Laird publicó una serie de anuncios que daban a entender que el secreto de la belleza, que llevaba a una mujer a conquistar a los hombres, era Flor de Juventud, su base de maquillaje. Para entonces el albayalde ya se había utilizado en cremas y maquillajes desde la época egipcia, las geishas también lo utilizaban y era un básico de belleza en Roma.

Afortunadamente la industria de la belleza ha evolucionado mucho y los polvos ya no son lo que eran. / Edz Norton-Unsplash

Pero fue en 1877 cuando se hizo más famoso el caso de una ama de casa que compró varias botellas de Flor de Juventud, «se lo aplicó de forma concienzuda y murió por envenenamiento de plomo«. Curiosamente, para haber evitado este terrible desenlace, le habría venido bien el remedio que descubrió el toxicólogo francés George Petit cuando pasó por una fábrica de albayalde y vio que sus trabajadores tomaban leche tres veces al día. El blanco saludable, la leche, y su calcio, combatía los efectos del blanco insalubre, el polvo de plomo.

Lápices protectores, lápices para la guerra

Los primeros delineadores de ojos se llamaron kohl, nombre que algunos de ellos mantienen en la actualidad y que proviene del árabe kahala, que significa manchar los ojos. Se trata de un polvo extraído del antimonio que hoy en día se considera un adorno en Occidente, pero que en Asia se ha usado a menudo como protección espiritual y también como remedio para la salud.

Utilizado ya en Mesopotamia y el Antiguo Egipto, Finlay señala en el capítulo dedicado al color negro que en el Kabul gobernado por los talibanes siempre se distinguía a los soldados fundamentalistas porque llevaban los ojos delineados de negro, para mostrar que Alá los protegía. También tiene propiedades bactericidas y a veces se utiliza para protegerse de la conjuntivitis.

En la actualidad, un siglo después de que se pusiera de moda cuando los arqueólogos descubrieron la tumba de Tutankamón en Egipto, su uso es eminentemente decorativo y podemos encontrarlos en formato líquido, en gel, o un lápiz de cera.

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A los niños de las regiones del Asia Occidental se les aplica el kohl para protegerlos de los malos espíritus y de la conjuntivitis. / SRIMATHI JAYAPRAKASH /UNSPLASH

Y hablando de lápices, Finlay cuenta en el mismo capítulo que no fue hasta el siglo XVI cuando se inventaron los lápices con los que todavía hoy algunos escribimos. En su versión más heróica están los lapices de color verde que se hicieron en Gran Bretaña durante la II Guerra Mundial.

Fue Charles Fraser-Smith, que posteriormente inspiraría al personaje de Q en las películas de James Bond, el que les añadió mapas impresos en seda y una diminuta brújula bajo al goma de borrar para que lo usaran los aviadores que sobrevolaban territorio enemigo.

El color exterior del lápiz tiene su importancia, en territorio británico durante la contienda solo se pintaron los que iban a tener usos militares. Casi un siglo antes se le dio el color amarillo que es popular en España y buena parte de Occidente.

El amarillo se escogió para pintar los lápices después de que un francés encontrase una mina de grafito de enorme calidad en China. Y las compañías que los comercializaron en Estado Unidos decidieron pintarlos así, imitando el color de la vestimenta manchú. Es probable que sus lápices no estaban hechos con ese grafito, pero la asociación mental del color llevaba a los compradores a pensar que sí.

Rojo de España

En el capítulo dedicado al rojo Finlay recuerda que, entre las tropelías que Vasco Núñez de Balboa y sus hombres llevaron a cabo en América, se encuentra el control que ejercieron sobre la industria de la cochinilla, esencial en la elaboración del pintalabios. Medio siglo después enviaban a España barcos con 80 toneladas de rojo en forma de bolitas marrones secas, la cochinilla. Y la cantidad, algún año, llegó hasta las 160 toneladas.

Con el control de la industria en sus manos, este intenso color fue asociado a su «origen» y se conocía como «rojo de España». En el mundo de la moda el grana, su versión oscura, se convirtió en el más deseado, y mientras que los venecianos lo enviaban a Oriente Medio para que usase en alfombras y tejidos, mientras que las venecianas se reservaban una cantidad para usos cosméticos.

Y mientras el mundo lo deseaba, en España guardaban el secreto de donde lo obtenían como si de oro se tratase. Hasta que un veinteañero francés realizó la incursión más peligrosa y sobresaliente del siglo XVIII y contó al mundo la historia de la cochinilla. Thiéry de Menonville, de quien Finlay relata sus penurias, tuvo que sobrevivir en el desierto, fue expulsado por el gobernador de Oaxaca y tuvo que camuflar la planta de la cochinilla entre muchas otras.

Tras conseguir mantenerla con vida durante tres meses en un barco, todo lo que consiguió el ambicioso francés fue ser nombrado botánico real. Y a pesar de sus esfuerzos, sobre los que bien podría hacerse una película, no recibió nada de la industria que tanto ayudó a enriquecer y que, todavía hoy, cuando el rojo ya es universal, mueve millones en todo el mundo.

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