Un dios del rock llamado Jim Morrison

El País » 31.12.2017

Ocurre en el tercer capítulo de la reciente serie Mindhunter. Los protagonistas, dos agentes del FBI que rastrean asesinos en serie, reciben la visita de una profesora en psicología de Boston, que estudia a famosos sociópatas, “su celebridad es lo único que necesitan para mantener su ego”. Pone ejemplos: Andy Warhol, Richard Nixon y…Jim Morrison. La mención no ha pasado desapercibida en foros dedicados a The Doors; “sacrilegio”, han gritado algunos fans. Recordemos que, hoy, un artista difunto tiende a congelarse en figura de culto; en los setenta, sin embargo, podían ser divinizados. El caso de Morrison resulta paradigmático: no llegó a resucitar, al modo crístico, pero algunos creen que fingió su muerte. Estos son minoría: su tumba en París funciona como multitudinario lugar de peregrinaje.

Sigamos el juego. Capitán Swing ha reeditado lo que podríamos clasificar como el Nuevo Testamento de esta secta: De aquí nadie sale vivo, obra conjunta del periodista Jerry Hopkins y del discípulo Danny Sugerman. Nada más empezar el prólogo, Sugerman afirma: “Creo que Jim Morrison era un dios”. Por el contrario, en el epílogo, Hopkins –que convivió con el cantante como reportero de Rolling Stone- reconoce que perdió simpatía por el sujeto según profundizaba en sus 27 años de vida.

En De aquí nadie sale vivo, Sugerman aportaba ásperas observaciones que le deslumbraron. Era poco más de un niño cuando se ganó un puesto en la oficina que gestionaba The Doors (lejos de su imagen bohemia, Morrison acudía allí regularmente para ocuparse de su correspondencia y atender a los asuntos del grupo); tras la muerte de Jim, Sugerman ascendió a manager de The Doors, ataviado como un trasunto del cantante. Una afortunada decisión profesional: The Doors disueltos han generado más dinero que durante sus breves años de actividad.

Por su parte, Hopkins logró aclarar los años obscuros de Morrison, iluminando las peculiaridades de su crianza: era un army brat, hijo de militar de vida trashumante, rebelde ante cualquier autoridad y marcado por la ausencia del padre. Que no era un oficial cualquiera: George Morrison ascendió a contralmirante, capitaneó un portaviones con armas nucleares y guerreaba en el mar de Vietnam cuando su hijo triunfaba, asegurando ser “huérfano”. Jim se negó a recibir a su madre cuando esta acudió a un concierto en Washington DC. Simplificando, De aquí nadie sale vivo cuenta como un estudiante precoz y gamberro se metamorfoseó, con el estrellato, en un monstruo. Consumía sin control alcohol y drogas ilegales (aunque pretendan convencernos de que desconocía que su compañera, Pamela Courson, caminaba sobre el filo de la heroína). Sus excesos tuvieron un impacto devastador sobre los conciertos del grupo, aparte de “justificar” comportamientos deplorables fuera del escenario.

Hoy diríamos que mostraba todos los síntomas del maltratador (hasta Janis Joplin sufrió su violencia). Cruel con las mujeres, con los hombres era el típico borracho bronquista. Si tenía enfrente a policías, intentaba poner a prueba su nivel de tolerancia (muy escaso, por cierto, en tiempos de polarización generacional). Asumía que, como dios del rock, todo le estaba permitido. Sospecho que modulaba su conducta cuando estaba fuera de su zona de impunidad: durante sus meses finales, él y Pamela viajaron por Córcega, Marruecos y la España franquista sin provocar los escándalos que le seguían por el circuito del rock. Se deleitaba fantaseando con dedicarse a escribir o dirigir cine pero la realidad es que carecía de la constancia necesaria.

Sí tenía facilidad para concebir versos que, muchas veces, obedecían esquemas del blues, aptos para reciclarse en canciones. Recitándolos, fascinó al teclista Ray Manzarek en la playa de Venice, junto a Los Ángeles, en agosto de 1965. Según la leyenda, inmediatamente surgió la idea de formar The Doors. Tras algunos relevos, el grupo se completaría con el baterista John Densmore y el guitarrista Robbie Krieger.

La verdadera épica de The Doors consiste en la pasmosa actividad desplegada tras ese encuentro playero. Cuando entraron a grabar su primer LP, habían pasado trece meses donde 1) desarrollaron un sonido propio, que prescindía del uso de un bajista; 2) aparte de enriquecer el repertorio propio de una banda de club –blues eléctricos, éxitos recientes como Gloria, de Them- con canciones propias empapadas de erotismo y revolución. Tocando sin parar 3) aprendieron a defenderse en directo, adquiriendo la flexibilidad necesaria para seguir los arrebatos de Jim. Acumularon 4) suficiente material original para llenar los dos elepés que editarían en 1967.

Corrían tiempos prodigiosos. Y se aprovecharon de la generosidad de una industria discográfica desconcertada. Manzarek estaba en Rick & the Ravens, conjunto que había pinchado con sus primeros lanzamientos; con todo, convenció al sello para que les permitiera grabar gratuitamente las maquetas de The Doors. Con esa cinta, en Columbia no se decidieron a ficharlos pero les proporcionaron equipo (incluyendo el inconfundible órgano Vox de Manzarek).

Remataron su increíble potra al firmar contrato con Elektra, una discográfica exquisita y tolerante que ansiaba abrirse al rock. Fue decisivo el voto de Krieger: como guitarrista meticuloso, había estudiado flamenco. Su planteamiento fue rotundo: una compañía que lanzaba discos del maestro Sabicas era lo bastante buena para los Doors. Acertó.