“Si construye castillos en el aire, su obra no se perderá”

Antonio Iturbe » 06.09.2017

Se han cumplido este verano doscientos años del nacimiento de una rara hierba en el condado de Massachusetts. Se llamaba David Henry Thoreau y, como premonición de que nunca iba a seguir el camino marcado por las rutinas y los paripés, se cambió el orden del nombre y quedó para la pequeña gran historia de los contadores del mundo como Henry David Thoreau. Publicaciones como El triunfo de los principios: cómo vivir con Thoreau de Toni Montesinos o la minuciosa biografía intelectual de Robert Richardson, Thoreau, biografía de un pensador salvaje, nos llevan al mundo de este naturalista lector de Carlyle, Kant o Virgilio, fascinado por el hinduismo, pionero del conservacionismo medioambien-tal y de la resistencia civil, activista contra el esclavismo y soñador tozudo.

“He aquí que los hombres se han convertido en herramientas de sus propias herramientas”. Thoreau fue rico sin tener nunca dinero. Se ocupaba temporalmente como preceptor o agrimensor, escribió artículos, libros y tuvo una actividad intermitente como conferenciante, pero su verdadero trabajo consistía en rescatar su propio tiempo para dos actividades cruciales: pasear de manera despaciosa por espacios naturales y escribir, que es una consecuencia de la anterior. En 1845, a los 28 años, deja el confort de Concord para mudarse a una cabaña en medio del bosque que construye él mismo con pinos jóvenes que corta con un hacha prestada y un revoque de mortero hecho con la arena fina de la orilla del lago Walden. Pero no se apartó de la ciudad por un desdén hacia la vida, sino todo lo contrario: se fue a los bosques para vivir más intensamente, para disfrutar de la simplicidad y asombrarse cada minuto con lo que le rodeaba.

Robert Richardson nos lleva de viaje a Concord, veinticinco kilómetros y cuatro horas de diligencia desde Boston, donde a mediados del siglo XIX se congregaría un grupo de intelectuales y paseantes alrededor de Ralph Waldo Emerson, uno de los ensayistas norteamericanos más destacados. Un grupo al que se denominaba, con una mezcla de admiración y guasa, como los trascenden-talistas. Ahí estarían Ellery Channing, un todavía poco conocido Nathaniel Hawthorne, la pionera del feminismo Margaret Fuller, el pedagogo y excéntrico Bronson Alcott (su hija Louisa May superaría su celebridad al publicar años después Mujercitas) y nuestro heterodoxo escritor naturalista.

Thoreau no era una perita en dulce. No gustaba a todo el mundo. En El triunfo de los principios, Toni Monteinos nos señala cómo el autor de La Isla del Tesoro, Robert Louis Stevenson, dijo de él que “podría sentir más intimidad por una roca que por un ser humano”, y veía en su afán de retiro “deficiencias en materia de relaciones sociales”, aunque no le regateaba su afán de superación. Su manera áspera de criticar las convenciones sociales vigentes, su individualismo y su sentido del humor ácido lo convertían para algunos en un vecino extravagante e impertinente. Aunque Thoreau abogaba por un individualismo que fortaleciera la comunidad y no era un ermitaño que rechazase la sociedad, al contrario. Otra cosa es que la sociedad, cimentada sobre la cortesía superficial que esconde una hostil desconfianza hacia el otro, no lo convenza. En Walden escribió que “los hombres no se han asociado, tan solo se han reunido”. Dice Stevenson: “En toda su obra no encuentro el menor rastro de compasión”. Poca gente ha escrito líneas tan implicadas en favor de la cultura de los indios americanos masacrados por los norteamericanos compasivos. Nadie en Concord se compadeció como él de los mexicanos, a los que sus compatriotas agredieron en una guerra abusiva y les quitaron varios trozos de territorio. Thoreau se negó a pagar los impuestos de sufragio a un gobierno que agredía a los mexicanos y por ello fue llevado incluso a la cárcel por una noche. Fue un militante antiesclavista y en la biografía del minucioso Richardson se relata cómo ayudó a huir, escondiéndolas en su propia casa, a personas de color fugitivas de sus compasivos propietarios. Naturalmente, no era perfecto y su sarcasmo podía resultar soberbio e impertinente. Pero la compasión de Thoreau sí supieron verla años después gente como Gandhi o Martin Luther King, que a menudo lo mencionaron como una fuente de aprendizaje e inspiración fundamental en sus luchas por los derechos civiles. Nos lo recuerda en su libro Toni Montesinos. Martin Luther King afirmó que “quedé convencido de que la no cooperación con el mal es una obligación moral en la misma medida que lo es la cooperación con el bien. Nadie ha logrado transmitir esa idea de forma más apasionada y elocuente que Henry David Thoreau”.

La de Richardson es una biografía intelectual, en el mejor sentido de la palabra: radiografía los diarios de Thoreau, analiza sus conferencias y se detiene de manera minuciosa a describir sus lecturas (de los románticos alemanes de la época como Goethe, a los clásicos grecolatinos, Carlyle, textos de hinduismo, tratados de botánica de Linneo a Humboldt…)

Los libros que lee son en sí mismos una biografía, porque desde la etapa de lecturas de los románticos alemanes de juventud hasta Darwin, en la última fase de su vida, hay un camino que lo va llevando por diversas estaciones según los intereses y, sobre todo, la fascinación de cada momento. Su evolución como persona y como escritor es la evolución de sus lecturas. Se nos muestra cómo la familia de Thoreau, que tenía una pequeña fábrica de lápices, hizo un esfuerzo para pagarle los estudios en una universidad de Harvard que no era lo que es ahora. La del primer tercio del siglo XIX era una institución más bien mostrenca donde había tan poca calefacción como calor docente. Aun así, allí estudió latín y griego, y también idiomas modernos. Ese paseante que veían pasar por los caminos de Concord con un traje gastado y polvoriento y cara de despistado era alguien que, además de leer en latín y griego, lo hacía en alemán, italiano e incluso, con menos soltura, en español.
Por su formación y voluntad intelectual parecía estar predestinado a ejercer la docencia y se esforzó en encontrar trabajo como maestro. Tras buscar en distintas poblaciones, finalmente encontró un puesto bien pagado en una de las mayores escuelas de su propia ciudad, la Center Grammar School. Aun siendo uno de los centros más importantes del lugar, las aulas no tenían ningún equipamiento, más allá de algún mapa vetusto; unas estaban heladas y otras, ahogadas con una calefacción de leña que llenaba todo de humo. La asistencia de los alumnos era irregular y debía manejar un aula numerosa y desinteresada: demasiado para un novato introspectivo.

Un día el director entró en su clase y observó con desagrado que reinaba un notable desorden. Lo llamó al despacho y le exigió, pues tal era su deber, que se empleara con mayor dureza y aplicara castigos físicos vara en mano a los alumnos más díscolos. Thoreau dimitió. Buscó otro centro educativo más pequeño y llevadero, y, como no encontró ninguno, montó su propia escuela. Explica Richardson que en lugar de cien alumnos tenía cuatro, con perspectivas a encontrar un quinto. Pasó una época agradable combinando las clases reducidas con la lectura de los clásicos grecolatinos y los paseos. Pero, pese a la colaboración de su hermano, esa academia en miniatura era un negocio ruinoso. El dinero y Thoreau nunca se llevaron bien.

Richardson cuenta que un hecho esencial en la vida de Thoreau fue su amistad con Ralph Waldo Emerson. Emerson era unos años mayor, un personaje respetado como conferenciante y escritor, con el que le unía el afán reformista, el interés por la naturaleza (ambos eran muy lectores de Carlyle) y el abolicionismo de la esclavitud. Emerson apoyó a Thoreau animándolo a escribir, recomendando sus artículos a la revista The Dial e incluso empleándolo en su casa para que ayudara a su mujer a llevar la hacienda durante sus viajes y ejerciera de preceptor de sus hijos. Pero, aun así, la suya sería una amistad con algunos altibajos: ambos eran muy tozudos y orgullosos. Y, aunque Emerson sentía un gran aprecio por Thoreau y su capacidad intelectual, quizá la proximidad y la confianza hicieran que no llegara a considerarlo como el gran pensador y escritor que acabó siendo. Lo veía con más simpatía que admiración. Por su parte, Thoreau maduró intelectualmente con las lecturas de Emerson en su juventud y sentía por él un enorme respeto, pero al paso de los años parece que hubiese esperado que el maestro diera un paso más y, además de conferencias excelentes y libros notables, optara por una vida menos acomodada. Thoreau, siempre testarudo, quiso probar que se podía vivir en armonía con la naturaleza con muy pocos recursos y, en 1845, en unos terrenos que eran del propio Emerson, levantó una cabaña él mismo –con alguna ayuda, sobre todo en la cimentación– y se fue dos años a vivir al bosque. En la cabaña tenía por todo mobiliario tres sillas: “Una para la soledad, dos para la amistad, tres para la compañía”. Cómo vivió ese tiempo lo relata en Walden, que en el libro de Richardson descubrimos que le lleva varios años de obsesivas correcciones y ampliaciones, ya retornado al mundo social. No es solo un tratado naturalista, sino una reflexión sobre lo que le resultaba en verdad esencial.

Pero Thoreau no era un anacoreta. Mucha gente lo iba a visitar y se armaban largas charlas o paseos filosóficos en compañía de Bronson Alcott, Channing, Harrison Blake -con quien mantendría una luminosa correspondencia, también publicada por Errata Naturae- y otros atraídos por la personalidad de Thoreau. Pero sí es cierto que la soledad no le pesaba en absoluto porque, de hecho, la desconocía: “Tengo mucha compañía en mi casa, en especial por las mañanas, cuando nadie me visita”. Otro tópico de Thoreau que desbarata, al menos parcialmente, su biógrafo es su desinterés en el amor. En julio de 1839 una jovencita de pómulos altos y rostro sereno llamada Ellen Sewall visitó Concord durante dos semanas. Ella tenía 17 años y él 22. Pero sucedió algo inesperado: su hermano John también se prendó de ella. Thoreau, que sentía un gran aprecio por su hermano mayor, acalló sus pulsiones. Ellen Sewall volvió al año siguiente y John empezó a cortejarla formalmente. Pero cuando John le pidió matrimonio y fue rechazado, sintió que era su oportunidad. Él también le pidió matrimonio y parecía que ella no estaba mal predispuesta, pero la oposición frontal de su familia ante ese pretendiente pobretón y extravagante desbarató la tentativa de Thoreau. Nunca volvió a conocérsele otro amorío, ni con hombres ni con mujeres. Y muchos años después, pocos días antes de morir, cuando la esposa de Emerson, Sophia –quizá la mujer con la que más confianza tuvo nunca-, mencionó a Ellen Sewall, él le respondió que “siempre la había amado”.

Richardson cimenta su biografía en las lecturas de Thoreau, que permiten recorrer los intereses que alimentaron el ardor de su vida, y también en los diarios que dejó escritos. Thoreau empezó a los 20 años a escribir un diario de anotaciones sueltas, observaciones de la naturaleza, reflexiones filosóficas y sociales o pequeñas historias locales que al morir –y murió con tan solo 44 años- tenía 7.000 páginas.

Capitán Swing ha publicado muy oportunamente una selección de esos textos en dos volúmenes, traducción de la selección hecha por Damion Searls para The New York Review of Books. Adentrarse en ellos es como hacerlo por una fronda aparentemente enmarañada de asuntos y temas, pero donde todo va formando una unidad, una mirada al mundo. Hay pocas anotaciones de lo que generalmente consideramos intimidad (asuntos sentimentales, disputas familiares o anhelos) y muchas sobre su asombro ante el cambio del color del hielo con el avance de la estación o el hallazgo de una seta única a la que dedica varios párrafos de consideraciones botánicas y entusiasmo. Solicitar refuerzos de hierro a los zapatos recién comprados, montar unos olorosos racimos de uva en su canoa u observar el comportamiento de las ranas durante horas se convierten en asuntos luminosos en su prosa sin arabescos, pero erguida y rotunda sin llegar a ser solemne. Una especie de sermón laico aliñado con sentido del humor, ironía e incluso sarcasmo. Thoreau escribió hace casi dos siglos sus notas, pero parecen pan recién hecho. Dice en una anotación de noviembre de 1857: “No es por ello más interesante el libro de quien ha viajado por toda la extensión del globo hasta extremos remotos, sino el de aquel que ha vivido del modo más profundo”. Viajó a los bosques de Maine “para sacarle todo el tuétano a la vida”, bajó diversos ríos, hizo excursiones a bosques profundos y hostiles acompañado de un jefe indio… pero sin moverse más allá de unos cientos de kilómetros a la redonda. Hay en sus textos un olor a resina y una inspiración constante para aquellos que no quieren que sus vidas sean vulgares. Dos siglos después, seguimos conversando en la cabaña de de Walden con el irreductible Thoreau. Nos mantiene despiertos.