Sapolsky, las otras “memorias de África”

ABC Cultural » 26.09.2017

Aunque las fábulas hicieron hablar a los animales como si fueran humanos, en el mundo antiguo, y hasta hace muy poco, se pensaba que los animales eran una especie de autómatas. Es cierto que habría que analizar con detalle el universo oriental, el hinduismo o el animismo africano, para señalar aspectos excepcionales que solemos ignorar; pero el pensamiento hegemónico, en el que el platonismo y el cristianismo determinaron la relación con la naturaleza, y especialmente con los animales, el ser humano aparece como dueño de una inteligencia que parece no tener parangón más allá de su especie.

El cristianismo ha tenido sin duda una influencia decisiva, aunque no única, en esta sordera frente al mundo animal y la naturaleza en general. La primatología del siglo XX, sobre todo a partir de Jane Goodall (pero no se puede olvidar las observaciones muy anteriores del gran pionero, Charles Darwin, y, en otro orden, de Konrad Lorenz), comenzó a cambiar todo esto. Goodall hizo hincapié en las emociones de los primates, en sus aspectos cooperativos, incluso compasivos. Las emociones son la base de los sentimientos. También asistió a actos de crueldad terrible, que, por cierto, siempre son inferiores a los que puede llegar a cometer un ser humano.

Teoría de la mente
Uno de los grandes investigadores, y que probablemente ha aportado más en el campo del estudio de las emociones en los primates, es Frans de Waal. ¿La empatía es un invento puramente cultural o tiene bases genéticas? ¿Es sólo un rasgo nuestro o lo compartimos, en alguna medida, con otros animales? ¿El hecho de que tenga base genética lo desacredita? ¿Acaso los aspectos más fuertes de la cultura no acaban siendo seleccionados genéticamente sin por ello anular nuestra libertad y responsabilidad moral? En todo ello han investigado autores como De Waal, Michael Tomasello, William David Hamilton, Lee Dugarktin o Marc Bekoff y Jessica Pierce. Y de manera paralela, el fisiólogo y biogeógrafo Jared Diamond.

Es difícil pensar que algo tan fuerte y duradero como la empatía esté sostenido sólo por lo que Kant pensó dentro de una voluntad racional por el bien, sin un apoyo instintivo en lo bueno… La empatía sería, para los primatólogos señalados, no un rasgo evolutivo reciente sino muy remoto y compartido en alguna medida -pero eso es suficiente para alterar las bases de lo que se ha pensado al respecto- con el linaje de los mamíferos. El mimetismo motriz y el contagio emocional están en la base de este sentimiento, que en el ser humano alcanza proporciones enormes gracias a lo que se denomina «teoría de la mente»: la capacidad para ponerse en el lugar del otro.

Pero lo que el profesor de Ciencias Biológicas y Neurología de la Universidad de Stanford Robert Sapolsky (Brooklyn, Nueva York, 1957) estudia en «Memorias de un primate» (Capitán Swing) no son los primates más cercanos filogenéticamente a nosotros, sino los babuinos. Sin embargo, este libro es mucho más: unas memorias de su vocación como primatólogo; un testimonio de sus investigaciones de los monos salvajes en Kenia; un estudio sobre las relación del estrés y las enfermedad derivadas por su causa en el mundo animal, que arroja luces valiosas para nuestro propio estrés. También es un libro lateral sobre política africana y sobre cuestiones de tribalismo.

Leones y hormigas

El autor no es el mismo al final del libro. El periodo que ocupa es algo más de veinte años: el joven Sapolsky, pacifista y vegetariano, admiraba a algunos primatólogos y soñaba con internarse en África. Se preparó para enfrentarse a serpientes venenosas y búfalos, pero lo peor, como pudo comprobar «in situ», eran los numerosos bichos que encontraba en la comida, por no hablar de criaturas más pequeñas que los leones, y que pueden ser más mortíferas: las hormigas. «Quería cagarme de miedo -admite- y ver cosas increíbles para contarlas después». Y las vio. Y las contó.

Tuvo que vérsela con los masái, ese pueblo que bajó en el siglo XIX de los desiertos del Norte, y al instalarse en Kenia desplazó a los kikuyos de las zonas fértiles del centro. Estos nómadas, pastores de vacas, se han opuesto a todos los cambios (muchos realmente atroces) de la invasión occidental, o de cualquier tipo de desarrollo. El tradicionalismo de los masái, que en la alimentación supuso el consumo casi exclusivo de leche y sangre de vaca, ha tenido consecuencias en un déficit crónico de proteínas. Las aventuras que vivió con los masái forman parte de lo más terrible y desternillante de este libro.

El aspecto científico de su aventura radicó en descubrir el nexo «entre la conducta social del babuino, su estatus social y su vida emocional y las enfermedades que contrae, sobre todo las relacionadas con el estrés». En otro sentido, «Memorias de un primate» es un libro de cultura comparada, llevada a cabo tanto desde el rigor como desde el humor, algo que no excluye la objetividad. Dentro de los aspectos desmitificadores, están las páginas dedicadas a Dian Fossey, a quien considera valiosa por sus observaciones, inéditas hasta entonces, sobre los gorilas, pero que realizó «pocas aportaciones científicas dignas de mención». «Lo único que deseaba -afirma Sapolsky- era ser un gorila más».

Nivel de testosterona

En cuanto a las aportaciones del mismo Sapolsky, observó -entre otras cosas- que entre los babuinos, en una jerarquía estable, no eran los machos dominantes los que presentaban los niveles de testosterona más elevados, sino los adolescentes con ganas de pelea, y por lo tanto la ecuación que se había tenido por válida, «testosterona más agresión igual a supremacía social», no era cierta.

Como tantos intentos de salvar especies y a veces sólo de defender a algunos grupos, el final de esta historia acaba mal. La de Sapolsky está precedida por el Holocausto judío y, al recapitular su larga experiencia africana, percibe la ceniza en la que todo acaba, aunque hay algo hermoso en el acto de tratar de saber, de hacer el bien y de contemplar, insertos en el viento que nos lleva, la quietud remota de una mirada.

Autor del artículo: Juan Malpartida

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