Renaturalizar la tierra, el mar y la vida humana

Revista de Letras » 07.02.2018

Hay una escena en la película I Origins, de Mike Cahill, en la que los dos protagonistas, enamorados, se encuentran en el laboratorio donde trabaja él. Ella, una joven modelo, se aferra al mundo espiritual, pero sin que se exprese ninguna religión. Es decir, da a la espiritualidad el don de lo humano, no de lo divino. Él es un científico cuya fe es la pura razón, nada de especular sin pruebas, que trata de demostrar la evolución a partir de la posible creación de órganos de la vista en gusanos ciegos. En un momento dado, ella le pregunta cuántos sentidos tienen los gusanos. “Dos”, le contesta él, “el tacto y el gusto”. El razonamiento de ella le desborda: si los gusanos tienen dos sentidos, pero nosotros sabemos que existen cinco, si los gusanos ignoran que existe la luz porque carecen de la vista, entonces, ¿por qué no podría existir un sexto sentido que percibiera algo que no concebimos? Ese sentido sería la espiritualidad. Ese sentido, humano, repetimos, no divino, y por tanto tan sagrado como lo es lo propio de los humanos -la amistad, el amor, la justicia, la memoria, la ilusión-, es sobre el que trabajan los escritores que defienden al hombre en tanto que naturaleza y a la naturaleza en tanto que algo insuperable en el plano emocional, y lo más decente del universo humano. Para ello, lo que solicitan es otra de las cualidades sagradas propias del hombre: el respeto.

George Monbiot (Londres, 1963) se sitúa en este terreno tanto en su proyecto literario como en su proyecto humano. Más científico que, por ejemplo, Robert MacFarlane, su poesía no está en las líneas que escribe, sino en lo que deducimos de ellas. Al margen de sus experiencias en la naturaleza, no siempre virgen, con las que corrobora sus hipótesis, hay que señalar su fobia por las ovejas, como epítome de una forma de pastoreo que destrozó lo salvaje, pero deja tras de sí una falsa naturaleza que los conservacionistas reclaman dejar tal y como ahora se encuentra. Monbiot es partidario de algo que él llama neosalvajismo, una corriente de pensamientos y sentimientos favorable a permitir que la naturaleza se imponga. A diferencia de resalvajizar, Monbiot no termina de decantarse por la imposición, a través de la intervención humana, que retrocede a los lugares hasta el inicio de la aparición del hombre sedentario.

Sus razones son concluyentes y donde mejor se expresan es en el capítulo que dedica a los niños:
“De entre todas las criaturas en el mundo, las que necesitan la resalvajización tal vez sean nuestros niños. El desplome de la relación de los niños con la naturaleza ha sido aún más rápido que el desplome del mundo natural. La vida al aire libre en la que muchos estábamos inmersos ha desaparecido en el cambio de una generación a otra”, se lamenta.

Y más adelante define algo con lo que no podemos estar más de acuerdo:
“El mundo interior es mucho más peligroso que el exterior que tanto temen los padres, y en vez del peligro casi inexistente de los desconocidos, tenemos el peligro real y traicionero del distanciamiento. Confinados en sus hogares, los niños se distancian de los demás y de la naturaleza. La obesidad, el raquitismo, el asma, la miopía, el declive de la función cardiaca y renal parecen estar relacionados con la vida sedentaria de puertas adentro”.

Supongamos, por un momento, que la última frase es una metáfora: alejarnos de la naturaleza supone raquitismo mental, miopía de horizontes en proyectos de vida, un corazón debilitado frente a lo que se le venga encima y una mala filtración del agua, que es el origen de la vida. Sobre la obesidad, mejor no hablamos. Hay demasiada grasa en las mentes y en los vínculos entre personas. Monbiot trabaja sus preceptos a partir, como MacFarlane, de la campiña británica, aunque no deja de cotejar experiencias en otros lados del planeta, como en los bosques polacos o eslovenos, como en los trópicos. Gales parece ser el lugar idóneo para el estudio, dado que se vende como la reserva natural del Reino Unido y, sin embargo, nada de lo natural asoma a la superficie, rasgada por la explotación ganadera y agrícola. A mayores, se impone la ley del adinerado, del terrateniente, que recibe sus comisiones de la Unión Europea o reserva espacios para crear parques en los que fomentar un deporte tan atroz como puede llegar a ser la caza.

La hipótesis de que en algún lugar llevamos genes del salvaje que una vez fuimos, no es suficiente. Monbiot precisa de principios científicos. En un momento en que ya nadie discute el deterioro y su gravedad por causas humanas, aunque esté abierto el debate sobre la celeridad de las consecuencias, Monbiot busca y construye hipótesis reactivas. El ecologismo ya ha denunciado bastante y es hora de que se ponga en marcha un proyecto que sume, en el que intervenga la ciencia, el trabajo y la esperanza. Desde luego, no es capaz de hacer un spoiler de lo que sería de los lugares con la reintroducción, que siempre sería parcial, de las especies. De ahí que pida el cese de la hegemonía de la explotación fácil, de los monocultivos, la ganadería de una sola especie y del cercamiento de la Tierra. En Europa todo esto ha sucedido a un ritmo que apenas nos ha dado tiempo a percibirlo, pero en los países en desarrollo, como en Kenia, donde convivió con los Masai, se ha acelerado hasta el shock. En el Reino Unido se trata a lo supuestamente natural, a lo supuestamente salvaje, como si fuera un jardín. En África se acaba con todo, a favor de la explotación, dejando alguna reserva que, por otra parte, también es sobreexplotada por el turismo.

Monbiot va cuestionando, una y otra vez, y ateniéndose a los descubrimientos fósiles o de restos que esconde el subsuelo, la ciencia medioambiental tal y como la hemos conocido hasta hoy. Las cadenas tróficas no son pirámides y se organizan tal y como nos habían enseñado. El mundo natural es más complejo y de una riqueza que lamenta no haber presenciado. Le queda, eso sí, unas dosis enormes de imaginación, un deseo de una vida más salvaje y feroz que posiblemente sea universal, y se esté sublimando a través de otros empujes: el salvajismo urbano no tiene la misma salud que el de la convivencia con los bosques. Así es como nos vemos obligados, constreñidos a vivir mansamente en las ciudades, donde la conciencia nos convierte a todos en cobardes. Tal vez porque desconocemos las formas de libertades que el neosalvajismo podría ofrecer, ese en el que dejaríamos que la naturaleza decidiera. Y no como ahora, en el que se la mantiene, al menos la más accesible al hombre, en estado de atrofia, como un tarro de pepinillos:

“Los ecosistemas resultantes no se llamarían tanto salvajes como pertinaces, gobernados por sus propios procesos, en vez de por la gestión humana”.