Quiero los secretos del Pentágono

El Mundo » 12.03.2015

El café comenzó a hacer efecto a eso de las cinco de la mañana. La periodista seguía en pijama. O en camisón. Ante ella, oscuridad y el parpadeo de la pantalla de su MacBook.

«Tenía un amigo que iba a meterme ahí dentro, pero este amigo estaba en México y sólo podía conectarse a partir de las 11 de la noche, que aquí son las cinco de la mañana», dice. ¿Y por qué se metió en semejante lío? ¿Por qué decidió visitar los callejones virtuales en los que supuestamente se reúnen pedófilos, narcotraficantes, directores de snuff movies? ¿Ella, una chica que aún hojea más de la cuenta el Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson?

«¿La verdad? Quería saber si era para tanto. Tiendo a desconfiar de lo que los medios quieren hacernos creer. Y los medios llevan mucho tiempo dando una visión fatal de la Deep Web, ultrasensacionalista», confiesa. Su nombre es Lucía Lijtmaer y, además de leer una y otra vez a Hunter S. Thompson, también ha seguido sus pasos en alguna que otra ocasión, prestándose, desde la primera persona, a vivir, a lo gonzo, aquello de lo que piensa escribir. Y eso fue lo que ocurrió en el caso de la Deep Web.

¿El fin? Elaborar la apasionante crónica (en primera persona, claro) que lleva por título Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora (Capitán Swing) y que no sólo pone en tela de juicio todo aquello que se creía hasta la fecha sobre el lado oculto de la red (aquel que, supuestamente, representa el 96% de la red en cuestión, limitándose, lo que vemos, a diario, al 4% restante), sino que echa un vistazo a algunos episodios emblemáticos del artivismo actual, es decir, el activismo virtual actual, y acaba preguntándose por qué tememos tanto a un internet no dominado por Google y el resto de gigantes.

«El miedo que hemos desarrollado a la Deep Web es similar al miedo que tenemos a un apocalipsis nuclear o a una epidemia, es un miedo invisible. El miedo, en concreto, de estar accediendo, quién sabe, a un portal vigilado, y acabar siendo vigilado», dice Lucía. La pesadilla de cualquier paranoico. «Sí, digamos que alimenta nuestra paranoia, pero es una paranoia comprobable, ¿o no descubrimos hace poco que todos estábamos siendo espiados por el gobierno norteamericano?», añade.

Claro, pero volviendo a la Deep Web, ¿en qué consiste exactamente? «No es muy distinta del internet de los 90. Un internet a pedales. El internet antes del diseño», contesta. También antes de Google. Antes de que alguien enorme lo controlara todo. O fingiese hacerlo. ¿Y es tan malo como dicen? ¿Hay pedófilos en todas las esquinas? ¿Y narcotraficantes? «Claro, pero también hay otras muchas cosas, que no tienen por qué ser monstruosas. De hecho, casi todas las empresas hospedan parte del contenido de sus webs en la Deep Web, es por eso que representa el 96% del total. No hay nada tremendista en eso. Sólo que es información que quieren esconder para no ser tan vulnerables», contesta. Así pues, como escribe la propia Lijtmaer: «Bienvenidos a la desmitificación del contenido no indexado de la red».

La idea es, dice Lucía, que la red bien podría ser un océano, un vasto océano habitado por tres enormes ballenas, pero también por miles y miles de otros peces. «Esa es un poco la idea. El problema es que sólo se habla de las ballenas», dice. ¿Y qué hay del resto de peces? Que son mayoría, pero menos visibles. Entre ellos, asoman, aquí y allá, artivistas, activistas que utilizan la tecnología para «hacer llegar su mensaje». En el libro, que Capitán Swing ha editado únicamente en ebook, y con licencia Creative Commons, se mencionan cuatro jugadas maestras del activismo tecnológico, entre ellas, la que en 1989 acabó, vía un worm de nombre estúpido, con todos los ordenadores de la NASA, a las puertas de un lanzamiento. Considerado el primer hackeo político de la Historia, fue obra de un grupo ecologista al que no le parecía nada bien que se utilizarla plutonio para poner en órbita el cohete en cuestión.

«También he pretendido hacer una pequeña historia del activismo online, con cuatro casos que me parecen paradigmáticos en algún sentido», asegura la periodista y escritora que, si tiene que quedarse con uno, elige el caso de Paolo Cirio, que fue, dice, «una especie de Robin Hood de las redes». Consiguió derrocar a los tres gigantes: Google, Facebook y Amazon. Así que no, la Deep Web no es el infierno. Sólo es un callejón oscuro. «Nadie diría que un coche es una máquina de matar sólo porque pueda conducirlo un gángster», concluye Lijtmaer.

LAURA FERNÁNDEZ