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Qué es ese malestar que sientes y por qué ir a terapia no siempre mejora la salud mental

Por La Voz de Galicia  ·  17.11.2022

Ni es un problema individual, ni crear miles de unidades de psicología es la solución a lo que Marta Carmona y Javier Padilla llaman «el sentir de una época» en Malestamos: «Poner una renta básica universal, eso sí que tiene un impacto muy grande en el sufrimiento psíquico»

Diana Lockhart lo llama en la última temporada de The good fight la rueda del hámster. Remedios Zafra lo ha bautizado como El bucle infinito. Cualquier millennial es capaz de identificarlo como uno de los hilos conductores de lo que lleva de vida adulta, que arrancó, probablemente, al mismo tiempo que la crisis de las hipotecas subprime. La mayor parte de la gente lo llama, simplemente, estar mal. Estar mal es una pandemia que estaba ahí antes del covid-19 y que sigue aquí después del confinamiento, de la desescalada, de las mascarillas y de la vacuna. 

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Marta Carmona (Madrid, 1984) y Javier Padilla (Madrid, 1983) lo llaman el sentimiento de una época en Malestamos (Capitán Swing), una reflexión condensada en apenas un centenar de páginas sobre como el malestar, que creemos individual, es en realidad un problema colectivo. No es ansiedad, ni depresión. Es una mezcla de desesperanza, falta de expectativas, estrés, cansancio, dificultad para pensar un futuro donde estar mejor. Es el mercado, amigo. 

Quizá es esa rueda de hámster, ese bucle infinito, el que nos provoca el malestar. «Estamos insertos en en dinámicas de vida que se retroalimentan, que en muchas ocasiones además ni siquiera las vemos como algo como algo pernicioso», explica Padilla. Que nos hacen vivir con la sensación de no llegar «ni para ti mismo». Y para esto no son útiles ni cuartas dosis, ni disponibilidad uci, ni creaciones, ampliaciones y refuerzos de unidades de salud mental. No son las personas las que están enfermas. Es la sociedad. El sistema económico.

«Poner una renta básica universal, eso sí que tiene un impacto muy grande en el sufrimiento psíquico». Así, esta declaración, con una trama que se teje en la contraposición de Kate Millett (lo personal es político) y Margaret Thatcher (no existe la sociedad, solo individuos) arranca una conversación en la que rápidamente se cuelan los posts sobre salud mental. Reels que sirven para todos sobre autocuidado, sobre autodiagnóstico del trauma y de los problemas de apego. Sobre cómo es posible sobreponerse a cualquier circunstancia, sobre la fortaleza, sobre la resiliencia, el hacerse a uno mismo. Ahora en serio. ¿Querer es poder?

«Suelen ser vaguedades, cosas bastante imprecisas, que no están ajustadas a cada caso. El sufrimiento psíquico es imposible atenderlo y responderlo si no ajustas a cada caso exactamente que es lo que está pasando», explica la psiquiatra Marta Carmona. Es imposible salvo que se hagan cosas en lo macro, como esa renta básica universal. Como asegurarle unos mínimos a capas de población que transitan a diario por el finísimo cable de la exclusión social. 

Hay una mercantilización de lo terapéutico (incluyendo anuncios de sesiones de terapia a bajo coste que asaltan entre el Tik Tok que explica cómo sobreponerse a una ruptura sentimental en cuatro frases y una coreografía y los consejos de un criptobro pospúber sobre hacerse a uno mismo), pero la situación española no es tan «escalofriante» como la anglosajona, en la que la necesidad de crearse una marca personal ha atravesado también el ámbito académico hasta el punto de empobrecer la psicopatología y reducirla a veces en cosas como que cualquier procrastinación es una respuesta al trauma. 

En el sufrimiento psíquico, «aunque la vivencia sea profundamente individual está tremendamente atravesada de lo relacional y del contexto», explica Marta Carmona. «Es interesante ver las alternativas a que no sea político», tercia Padilla. «Si es una movida tuya entonces lo tenemos que justificar con algún tipo de base bioquímica o molecular o algo que suene científicamente complejo». Como es científico, es complejo. Y como es complejo, es cierto.«En realidad, esto tiene un poder explicativo bastante bajo» y para ello solo hay que pensar en cómo la psiquiatría «más biologicista» ha sido uno de los «mayores fracasos en medicina predictiva». Ha tenido poco éxito en identificar alteraciones concretas que sean causantes de trastornos mentales.

«Y además, como no es ciencia, no tiene ideología». Carmona añade una nueva premisa a este juego de falacias de corte aristotélico: «El sufrimiento lo busco en la sinapsis, no hay un marco ideológico operando ahí. Es igual que los discursos hiperindividualistas que dicen que tienes que resolver todos los problemas que tengas, te tienes que construir a ti mismo y tienes que triunfar». 

Esa presión, ese relato, y ya que han salido las sinapsis, esa desconexión social, es el pilar en el que se han construido identidades entre los más jóvenes, un discurso que, bajo una apariencia apolítica, «tiene una carga ideológica tremenda. Desvaloriza todo lo que sea el cuidado común», oculta la evidente red de apoyo que necesita cualquier persona para alcanzar el éxito. Apoyo social, pero también económico. 

Volvamos al criptobro (o gymbro), una identidad hiperindividualista que apuntala su éxito en la construcción de uno mismo. «La superación personal sustituye cualquier tipo de acción política», afirma Padilla. Lo dijo Thatcher en 1987, pero la sociedad compró un discurso que eclosiona de forma exponencial en el capitalismo tardío y en las redes sociales: solo hay individuos. Individuos que están mal. 

En la tela de Malestamos se van introduciendo poco a poco muchas hebras, que van conformando el tapiz de una narrativa común que oculta los fracasos y lo fía todo a la voluntad, a un «tus decisiones individuales son las que determinan tu futuro, cuando sabemos que eso no es así», subraya Padilla. Carmona tira entonces de otra hebra: la meritocracia. «¿Queremos una sociedad en la que todo el mundo esté cuidado? No. Queremos una sociedad en la que todo el mundo que se lo merezca tiene que estar cuidado. Primero tienes que demostrar que vales». 

Pongamos que estamos en la rueda del hámster y que el éxito, el triunfo, es lo que impulsa a seguir. Eso ha acabado derivando de algún modo en que si estás en la calle es que no te has esforzado lo suficiente. Y peor «en que si no te has curado de cáncer no te has esforzado lo suficiente». A la memoria de Marta Carmona vuelve una gráfica que viene a decir que la gente pobre trabaja lo mismo que la rica. A veces la narrativa social se va a lugares insólitos. «Estamos mejor que hace 50 años en muchas cosas, pero juraría que hace 50 años no hacía falta poner esa gráfica. ¿Es que alguien se cree que los ricos son ricos porque echan muchas horas?».

¿Terapia o economía?

El problema es colectivo, sistémico. Parte de una estructura que lo modula todo y, como todos los juegos de poder que funcionan, hasta ahora absolutamente invisible. Empieza a hablarse de salud mental. Ya no se oculta (o por lo menos no tanto) la ansiedad, la depresión. Empieza a borrarse el estigma de acudir a un profesional de la psicoterapia. Pero la terapia, a veces, es inútil. No todo puede fiarse a la cita con la psicología y Padilla y Carmona lo ilustran hablando de sistemas esclavistas: no se soluciona el malestar de los esclavos poniéndoles un psicólogo a cada uno, pero sin abolir la esclavitud. 

«Es como pensar que si colocamos suficientes terapeutas y la gente viene suficiente accesibilidad a terapia, entonces podemos seguir funcionando como estábamos funcionando hasta ahora. Evidentemente, no». Marta Carmona dispara una serie de preguntas retóricas que quizá deberían intentar contestar quienes responden a la esclavitud creando otra unidad de salud mental: ¿Para todo el sufrimiento psíquico derivado de precariedad laboral la respuesta es la psicoterapia? ¿Es la respuesta a las consecuencias de dinámicas sociales violentas tan interiorizadas como el género, o habría que evolucionar como sociedad?

«Eso no quita que la psicoterapia pueda ser tremendamente útil, pero para una parte pequeña de la sociedad». La psicoterapia está para situaciones extraordinarias, y quizá se pueda ampliar ligeramente el marco, «pero intentar que pase todo el funcionamiento social por el marco terapéutico no tiene ni pies ni cabeza».

Se ha puesto el foco sobre ese malestar, pero sigue habiendo oscuridad sobre los trastornos mentales graves, de nuevo condenados al estigma, al silencio, a la incomprensión. «La salud mental tiene un rol de control social», responsabilidad que es depositada en sus profesionales. Esa capacidad de coerción tiene que ser permanentemente revisada. Y los colectivos antipsiquiátricos han sido algo así como los controladores del controlador. Y sin embargo, se ha barnizado de neutralidad. «Como si hablásemos de oftalmología, que probablemente no ha tenido una cosa tan tensa en su desarrollo del corpus teórico como la salud mental. Y esa parte ha estado invisibilizada».

Javier Padilla señala otro marco: el electoral. La esfera de lo posible en una legislatura seguramente sea ampliar un 5 % el número de profesionales que atienden en los servicios de salud mental y no avanzar en la consecución de una renta garantizada para toda la población o de una prestación universal por hijo a cargo. 

Y un tercer marco: el discursivo: es probable que, en este momento, se haga complicado explicar que la respuesta a cifras récord de suicidio año tras año sea una renta básica universal. Explicado de otro modo: las políticas de discapacidad suelen estar asociadas a servicios sociales. Y lo que necesitan estas personas es «una expansión de derechos en el ámbito del urbanismo, de la vivienda, del empleo, de la educación…»

Es decir, el enfoque importa. Porque dónde enmarcamos cada problema suele ser determinante en cómo le damos solución a ese problema. «Si el malestar lo enmarcásemos en la economía, la respuesta seguramente sería muy distinta a ahora, que se enmarca en el ámbito estricto de la política sanitaria». 

«¿No tenéis flashbacks del 2008 con esto?». Marta Carmona se refiere a la inflación, la crisis energética, las brutales alzas en las cuotas de hipotecas… ¿Es que malestaremos peor? «El relato que tiene que abolirse de una vez es que las crisis son algo puntual». De nuevo, es el mercado, amigo. «El sistema económico actual está construido de forma que periódicamente vayan a acabar apareciendo estas crisis. Si acaso, lo que podemos dedicarnos es a calcular si la próxima va a ser dentro de 5 años o dentro de siete».

En una conversación entre tres millennials geriátricos (nacidos entre 1980 y 1985), «esto ya lo hemos oído, lo hemos visto empezar, mejorar…» Y nunca llegar a resolverse del todo. Por eso «si las crisis no son algo temporal, el sufrimiento temporal de una parte de la población no puede ser la respuesta». Los sacrificios que se pedían en el 2008 es el nuevo estado de las cosas. Una vez que somos conscientes como sociedad, se ha producido un cambio en el debate que se daba hace 14 años: sabemos que hay crisis, ¿quién va a asumir los costes? «En términos generales, las crisis van de quién asume las cargas. La única forma de abordar una situación de malestar colectivo es que esas cargas y esos costes se distribuyan de otra manera», aclara Padilla.

Y sin embargo, las medidas que se van poniendo en marcha tienen, por ahora, carácter temporal. «Por ejemplo, el impuesto a las grandes fortunas o el impuesto a los bancos y a las eléctricas se plantea como una cosa temporal. Pueden ser dos cosas: no haberlo entendido, o meter la patita para intentar instaurarlo».

Lo que parece claro es que la brecha no es solo socioeconómica. Es generacional. La que tenía el poder en el 2008 no es la misma que hoy. Y las generaciones más jóvenes están más preocupadas por la otra gran crisis, la climática, para la que parecía nunca haber tiempo. «Es una brecha de esperanza», dice Carmona. El discurso de temporalidad, de esfuerzo y de sacrificio hasta que la situación mejore, ya no cala. Porque la situación no mejora. 

No tenéis casa porque pagáis Netflix

La frase está bastante sobada: esta es la primera generación que vivirá peor que sus padres. «Es un poco injusto contarlo así, porque en algunas cosas hemos mejorado». Pero Marta Carmona reconoce que se hace difícil dibujar un futuro. Articularlo. Y la ficción, especialmente la ciencia ficción, como dice Doctorow, habla mucho más del presente que del futuro. Así que hoy, toca distopía y no utopía. «Que llevemos varias décadas mirando al futuro con terror es una forma de conectar con que cuesta mucho transformar el presente».

La separación entre políticas públicas y práctica diaria, que en esencia son institución y ciudadanía, es cada vez mayor, incluso entre quienes no tienen un discurso politizado. «La nostalgia creo que tiene muchas lecturas distintas, pero algo que las atraviesa es esa sensación de incapacidad de transformar el presente». La crisis del ladrillo coincidió con el renacer de los muertos. De las películas de zombis. Eran, al fin y al cabo, nuevas narrativas sobre el colapso contemporáneo.

¿Hay que aprender a sufrir? ¿Hay una generación de cristal? ¿Se patologizan cosas que no lo son? La subjetividad es prácticamente inabarcable, advierte Marta Carmona, y el sufrimiento humano es mucho más amplio que lo que puede recoger el DSM. Pero «sí hay una tendencia importante a leer todo desde el marco clínico y patológico. Y es como si vas con un  martillo y una llave inglesa intentado resolver todo. Si tienes que configurar la impresora, con un martillo y una llave inglesa no lo vas a hacer».

Vale que quizá se esté utilizando la herramienta clínica para configurar impresoras y no para lo que es útil, pero sí es cierto, que «hay una tendencia reaccionaria» a no comprender lo que le ocurre a la gente más joven,  o más pobre, o con menos poder. «Si a mí me va tan bien es por que tú no estás haciendo lo que hice yo». Se ignoran las condiciones. Se resume en: no tenéis casa porque pagáis Netflix.

«Eso coincide en el tiempo con que cualquier tipo de sufrimiento en ese contexto es una depresión». La precariedad laboral, llevar muchos años con la sensación de no poder controlar el proyecto vital «no tiene que ver con una melancolía clínica. O contribuye, pero junto con muchas más cosas».

Eso sí, la brecha, para muchos, ha sido un puente, y no un agujero, matiza Javier Padilla. Para la generación de más edad, la quiebra los ha conectado con una realidad para la que ni siquiera habían elaborado un lenguaje. Ni siquiera la nombraban. «La exposición tan cruda de la crisis climática y del sufrimiento psicológico por parte de la generación Z sí es un modo de saldar cuentas de personas que han tenido esa vivencia a lo largo de sus vidas pero nunca han tenido el altavoz para poner eso en el centro». Padilla se remite a Cohen: hay una brecha en todo, por ahí es por donde pasa la luz. 

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