Político. Cool. Macarra. Enamorados del St. Pauli

PlayGround » 05.04.2017

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El corazón del barrio rojo y de un club con 20 millones de seguidores en todo el mundo late así de acelerado.

“Refugiados: bienvenidos. Turistas: a casa. Patriotas: que os follen”.

Bajo las tres máximas de ese lema, visto en paredes de varias ciudades europeas, pueden resumirse las tres grandes aristas del icono contracultural por excelencia del fútbol, el FC Sankt Pauli. Su historia la documentan ahora Carles Viñas y Natxo Parra en Sankt Pauli. Otro fútbol es posible, editado en castellano por Capitán Swing y en catalán por Tigre de Paper.

EL FOCO DEL PECADO

Despejemos de volea el primer tópico sobre el St. Pauli : durante el 75% de su historia, no ha sido nada parecido a lo que es hoy. “Era un club de derechas, conservador”, nos dice Viñas. Constituido oficialmente en 1910, “nace como un club gimnástico vinculado a la clase acomodada. Con un espíritu militarista muy fuerte y como parte de la moda que quiere emular a los sportsmen británicos que toman la educación física como parte del ‘nuevo hombre'”. Cuando jugaban contra clubes vinculados a asociaciones obreras, estos cosían a patadas a los burgueses sanktpaulianers.

La transformación del fútbol en un deporte de masas ligado a la clase obrera hará que poco a poco se le vayan incorporando seguidores que trabajaban en el puerto de Hamburgo, el segundo más grande de Europa. St. Pauli también era, durante esa primera parte del siglo pasado, la segunda zona en otro ránking más oscuro: un foco de delincuencia solo superado por el londinense Whitechapel.

Una amalgama de marineros, bajos fondos y prostitución convierte al barrio en lo que Viñas denomina “el reducto de la doble moral de los hamburgueses. Es el polo inmoral de la ciudad, cuando los conservadores se quieren divertir se van a St. Pauli”. Su avenida Reeperbahn será conocida como “la milla del pecado” y llegará hasta los últimos días de Alemania Occidental como el lugar con peor fama de todo el país.

Pero antes vinieron los nazis. Y el club, como muchas otras asociaciones de la época, mantuvo una actitud ambivalente, sin resistencia pero sin un alineamiento ciego. Fiel a su caracter burgués, el St. Pauli se adaptó al III Reich. Alemania, sucesivamente, perdió la guerra, acogió rockers de influencia británica, vio nacer la Bundesliga y la Gran Coalición, se convirtió en un país vital para la OTAN y… volvieron los nazis.

PUNKIS, AUTÓNOMOS Y ANTIFAS VENCEN Y CONVENCEN

El 16 de octubre de 1982, tras una emboscada de un grupo de seguidores del Hamburgo de extrema derecha, Adrian Maleika -— adolescente de 16 años que había ido a la ciudad hanseática para ver a su equipo, el Werder Bremen— se convertía en la primera víctima de la violencia alrededor del fútbol alemán. Los bramidos de Sieg Heil y las cruces de hierro prusianas son paralelas, en el Hamburgo de mitad de los 80, al estallido de una izquierda radical, extraparlamentaria, asamblearia y partidaria de la acción directa: los autónomos.

Nacidos en los 70 al calor de las huelgas contra las horas extra y de la represión de un Estado alemán con la paranoia disparada a causa de las acciones de la Rote Armee Fraktion, y bajo la mirada de Washington como pieza clave de la OTAN, el movimiento rápidamente se fraccionó en quienes acabarían alineándose con partidos ecologistas y quienes en 1980 ya dieron lugar a la primera mención del Black Block por su intimidante puesta en escena: ropa negra, pasamontañas, cascos de moto. Un año más tarde, estos activistas ocupaban ocho palacetes vacíos en Hafenstrasse, una larga calle de St. Pauli a tocar del puerto. Cinco años después, cuando la policía trató de desalojar los edificios, la respuesta de los autónomos fue un doble movimiento: primero atrincherarse en Hafenstrasse en los tejados y con barricadas y después sacar a la calle a 12.000 personas.

El resultado también fue doble. Por un lado, el gobierno de la ciudad, ante la demostración de fuerza, renunció al desalojo y acordó garantías de alquiler para los squatters. Por otro, en plena efervescencia social, los autónomos empiezan a ir a Millerntor, el estadio del equipo del barrio. “Les gustaba el fútbol, y muchos iban ya al campo del Hamburgo, pero ahí operaban amplios grupos neonazis”, apunta Parra. Así, en la temporada 86-87 comienzan a verse crestas de colores y chaquetas de cuero en el estadio del St. Pauli. “Trasladan el activismo de Hafenstrasse al campo. A pesar de la reticencia de la directiva se acaban ganando al resto de aficionados de manera gradual”, indica Viñas.

Por oposición al clima de violencia que se vive en el seno del Hamburgo, los “nuevos” seguidores sanktpaulianers, continúa Viñas, “hacen una promoción de una grada festiva, y eso llama la atención de la gente. Cuando empezó a cuajar fue en los desplazamientos, que es cuando convivieron, intercambiaron experiencias y poco a poco se fueron ganando el corazón de los aficionados veteranos que querían un club ‘apolítico'”. St. Pauli, que había perdido un tercio de su población en los últimos quince años por la precariedad y la irrupción del sida, recupera su orgullo y Millerntor se convierte en un lugar donde disfrutar del deporte y la cerveza en compañía de compañeros o de la familia.

Solo quedaba una cosa más: echar a los nazis de Millerntor. Porque sí, los había. “Eran minoritarios, pero había. Y los autónomos estaban familiarizados con la acción directa”, señala Parra. En octubre de 1991 —una temporada en que las agresiones contra migrantes aumentaron un 54% en la Alemania recién unificada—, a raíz de insultos de parte de la grada contra personas de origen turco, la masa social del St. Pauli presionó para que el club se posicionara oficialmente contra todo tipo de comportamiento racista, xenófobo o fascista.

Mientras en otros campos, como el del Hansa Rostock, se cantaba “Estamos construyendo un tren de St. Pauli a Auschwitz”, el St. Pauli seguía sin títulos, pero había ganado la primera gran victoria de su historia.

ROMANTICISMO CELOSO

“El club es una entidad social más del barrio”, define Parra. “Da posibilidades a familias desfavorecidas para que los pequeños hagan deporte, y vehicula luchas como las de la vivienda, la solidaridad con los refugiados o la resistencia del Rote Flora, ocupado desde hace 28 años”.

El St. Pauli actual tiene un presidente, Oke Göttlich, que procede de la Südkurve, recuerda Viñas, para quien lo más importante es cómo la afición se ha empoderado verdaderamente, consiguiendo la hegemonía de la grada. “La afición puede decidir el futuro del club. Al no estar gestionado por una élite, la gente siente el club como suyo”, apunta. El poder de la asamblea de socios no dista, en opinión de Parra, del contrapoder que ejerce un sindicato en un centro de trabajo.

La afición ha conseguido expulsar del estadio publicidad sexista, forzar el compromiso de que no se venda el nombre del campo a ninguna marca, que este esté presidido por un gran lema que dice “No hay fútbol para los fascistas” e incluso que la megafonía no emita anuncios durante la media hora previa al partido, para que la afición se concentre en lo importante. “El club ejerce de referente, su modelo ha tenido cierto éxito”, cree Viñas. “Que el St. Pauli exista viene bien para que otros intenten emularlo”. Pero el St. Pauli también se ha convertido es un club de culto y eso tiene un peaje.

Hace unos años surgieron los Sozialromantiker, un grupo que clamaba contra la creciente comercialización de un club que ingresa 1,3 millones de euros al año en merchandising. En el fondo, se trata de una tensión natural entre quienes quieren que el club no se convierta en una moda vacía y quienes, sin traicionar los valores esenciales, desean éxitos deportivos. El turismo alternativo que atrae también es un foco de incomodidad para muchos sanktpaulianers.

“Hoy en día es muy difícil encontrar una entrada”, cuenta Viñas, que con Parra es uno de los 100 socios que tiene el FCSP Fanclub Catalunya, una de las 500 peñas que tiene un club que cuenta con unos 20 millones de seguidores estimados en todo el mundo. En una de sus visitas anuales a la ciudad aparecieron con camisetas con la frase “no somos turistas, somos del FCSP Fanclub Catalunya”.

El St. Pauli ha sido definido por un directivo como “sexy y cool”. Ni lo cortés quita lo valiente ni lo sexy y cool lo transformador. Quizá la próxima unión mágica de todos esos rasgos la veamos este verano, cuando el G20 se reúna en Hamburgo. 80 bares, la mayoría del barrio, pondrán en marcha la campaña Soli-Mexikaner Gegen Trump. Destinarán parte de lo ganado con cada uno de sus míticos shots de Mexikaner (una incendiaria combinación de vodka, zumo de tomate, tabasco, sal y pimienta) que vendan a la solidaridad con las más que previsibles detenciones que la protesta contra Trump y el resto de jefes de los países más ricos del mundo desaten.

No creemos que ninguno vaya a llevarse un souvenir de la tienda del St. Pauli.