Lucía Lijtmaer quiere ya los secretos del Pentágono y de la ‘Deep Web’

El Asombrario » 13.01.2016

Con el ensayo ‘Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora’ (Capitán Swing), la periodista Lucía Lijtmaer -ahora en eldiario.es- se introduce en el mundo del ‘Deep Web’ en un intento de despojarlo de prejuicios y del relato mítico, muchas veces vinculado al delito, que lo rodea. Desde una actualización del periodismo ‘gonzo’, Lijtmaer investiga sobre el ciberactivismo, la importancia ética y política del activismo cibernauta y la progresiva inspección legal que los Estados realizan a este espacio de libertad en un intento de frenar, Código Civil en mano, cualquier manifestación de expresión y publicación incómoda a los poderes políticos y fácticos.

Tu ensayo nos muestra el rostro más ético de la ‘Deep Web’, del ciberactivismo y del compromiso político que allí se efectúa, y a la vez nos da la imagen menos amable de Internet y de las redes sociales que utilizamos habitualmente.

El problema reside en todo aquello que desconocemos en relación a Internet. Nos da miedo lo que desconocemos, la Deep Web, y en cambio asumimos tranquilamente las redes, porque nos resultan familiares. Nos da miedo, no tanto Internet, sino la Deep Web,es decir, lo desconocido de Internet, precisamente porque no lo conocemos, porque, en verdad, de Internet sabemos bastante poco. En parte, la premisa del libro era tomar un tema que está muy maltratado en los medios de comunicación; paradójicamente, en cuanto a tecnología el periodista es el ser menos formado para divulgar sobre el tema y, sin embargo, divulga y su desconocimiento se transmite. En efecto, el periodismo es un ámbito muy corporativo, le cedemos la primera página al nuevo Iphone, al gadget de turno o a un nuevo sistema operativo, pero no cuestionamos el tipo de software que se usa, en qué condiciones económicas se fabrica, pero, sobre todo, en qué condiciones se distribuye y lo capado que está.

Al final de tu ensayo, pareces afirmar que la ‘Deep Web’ existe, en parte, por nuestro desconocimiento. Es un espacio que existe gracias a que lo desconocemos.

La Deep Web existe porque la tecnología va siempre por delante de la legislación vigente; siempre, al menos así lo quiero creer, habrá espacios libertarios, espacios donde la libertad no será sólo individual, sino que será libertad de organización y libertad por el hecho de no tener constantemente la vigilancia estatal o de conglomerados económicos. En relación a la Deep Web, su desarrollo inicial fue similar al del Internet más conocido, es decir, como un espacio de comunicación por debajo de los radares habituales y ha podido desarrollarse gracias a que ha habido gente que lo ha posibilitado.

En todo el ensayo haces hincapié en la vertiente ética del activismo de la ‘Deep Web’ y lo alejas de ese halo negativo y oscuro que suele rodearle.

Yo creo que el activismo es siempre a favor de las libertades. Evidentemente, hablo del activismo como tal, otra cosa es el mal uso y creo que los medios juegan a presentar al hacker como alguien siempre vinculado al pirateo, a la delincuencia, cuando la mayor parte de ellos se dedica, en todo caso, a cuestiones alegales, pero no ilegales.

Respecto a la información con la que se suele relacionar la ‘Deep Web’, propones poner el foco en lo importante de ese espacio de libertad para el activismo político.

Cuando surgió la idea del ensayo ya existían todo tipo de reportajes acerca de lo que se puede comprar en la Deep Web, de aquello con lo que se puede comerciar, sobre el mercado de las drogas… Por una parte, el aspecto delictivo de la Deep Web ya estaba cubierto y me parecía muy facilón y, por otra parte, no se hablaba del ciberactivismo como lo que realmente es. Además, quería mostrar cómo gran parte de los avances en tecnología se deben al ciberactivismo y a la dedicación desinteresada de mucha gente que ha optado por hacer otro uso de Internet y, en concreto de la Deep Web, diferente y esencial para la comunicación y para convertirlo en un espacio libre.

Sin embargo, este espacio libre, de intercambio de datos y de activismo está rodeado de la narrativa del delito. En parte porque resulta incómodo al poder político, pero también a los poderes fácticos, entre los cuales están los medios a los que antes aludías.

Sin duda. Es cierto que se ha construido esta narrativa de condena en torno a la Deep Web y que los medios no han escapado de ella, pero creo que el caso de los medios de comunicación es diferente al de los poderes políticos o económicos; creo que en su caso se trata más bien de desidia. Yo no soy muy fan de las conspiraciones y, a lo mejor, hay un maltrato al ciberactivismo por parte de los medios como algo guiado, pero creo que se debe, más bien, a que los medios siempre optan por la versión oficial; de hecho, el problema de los medios actuales es que son poco cuestionadores del status quo y, además, como no hay o, mejor dicho, hay pocos periodistas especializados son pocos aquellos que pueden adentrarse en el mundo del ciberactivismo. Recuerdo que cuando hubo la reyerta entre los hinchas del Atlético y los del Deportivo y se produjo un fallecido, se dijo en la noticia que los violentos quedaban a través de un sistema secreto conocido como Deep Web. ¡Qué poco tienes que saber para decir esto en un titular! Parece como si se tratara de un juego de rol falaz y maniqueo. Y claro, a muchos Estados les conviene que el activismo y la Deep Web se vinculen con la violencia y, por esto, quise tratar en mi ensayo el caso de Aaron Swarz, cuyo activismo es producto de la ley SOPA.

El caso de Aaron Swarz es particularmente flagrante en cuanto es la historia de cómo todo el sistema se vuelca en destruir a un individuo que abogaba por la libre circulación de estudios y publicaciones universitarias en pos de la investigación y al conocimiento, una historia que termina tristemente en suicidio.

El caso de Swarz es terrible, sobre todo porque refleja el interés de un monopolio por impedir y dificultar el acceso al conocimiento, restringiendo el acceso a publicaciones científicas, tesis doctorales y trabajos universitarios, esenciales para el desarrollo de nuevas investigaciones y para los nuevos investigadores universitarios, como era Swarz. Dicho esto, en relación al suicidio, hay diferentes teorías y mucha gente cercana a Swarz dice que no sólo estaba sometido a una presión enorme, sino que tenía antecedentes de depresión. No quedan muy claras las razones últimas del suicidio; de lo que no cabe duda es de que Estados Unidos, a partir de 2010, decide ejercer con cierta gente el método ejemplificante, es decir, convertir a unos pocos individuos en cabeza de turco para mostrar aquello que puede pasar si se realizan determinadas descargas consideradas ilegales. Y, evidentemente, nada le conviene más a un Estado, sea EE UU sea cualquier otro, que decide hacer este tipo de política que los medios aboguen también contra las descargas en general y criminalicen a personas como Swarz.

Si bien Swarz circunscribe su lucha al ámbito de las publicaciones científicas a nivel universitario, a partir de su caso se puede discutir en torno a la piratería, el libre acceso y las restricciones.

Yo creo que el nombre de piratería está completamente desfasado a lo que es el uso real y al consumo real de lo que nosotros podemos llamar cultura. Ya el hecho de hablar de piratas me parece insultante respecto a los ciudadanos y creo que en España se siguen manteniendo vigentes leyes que no tienen nada que ver con lo que se hace realmente negocio en este país. Aquí, hay un monopolio de las telefónicas: aquí no tenemos prácticamente derecho a conectarnos e interconectarnos que no sea a través de grandes corporaciones, hay capitales monopolísticos que controlan y determinan el acceso a la red, cosa que es inaudita, y se vende la idea de que hay que gravar al ciudadano en determinadas cosas cuando, por el contrario, lo que debería haber es un acceso coherente a la cultura y a su producción.

En relación a esto, la ‘Deep Web’ puede definirse como un espacio, todavía lo suficientemente libre para el intercambio de datos, informaciones que podrían estar sujetas, por intereses poco legítimos, a censura.

Sí, es cierto, y esto tiene que ver con el ciberactivismo. Sin embargo, el intercambio masivo de datos no necesariamente se produce por Internet. Si pensamos en piratería, observaremos que es algo que ha existido desde mucho antes de que existiera y conociésemos la Deep Web y, de hecho, muchas veces ésta actúa simplemente como un repositorio de datos que no es que se ocultan, sino que no son relevantes y deben almacenarse en algún lugar.

Tú expresas tu sorpresa al encontrar en la ‘Deep Web’ información acerca de un lápiz de ojos. Esta narración pone de relieve el contraste entre el mito que la rodea y la realidad.

La contradicción entre mito y realidad es drástica. Con este ensayo, lo que intentaba mostrar no es tanto lo que hay en la Deep Web, sino nuestra preconcepción, tan alejada de la realidad, acerca de lo que esconde. Por ello, en el libro digo muchas veces que la Deep Web me recuerda la web de los noventa, porque hay, como entonces, un fetichismo por nuestra parte. Recuerdo que cuando apareció Internet, había quien decía que se “pasaba la tarde surfeando en la red”… ¿Surfeando? Es ese reflejo de fetichismo que nos producía la novedad de Internet, creíamos que era todo un prodigio surfear por la red; se creó, al inicio, todo un mito en torno a lo que era la red. Y algo parecido pasa con la Deep Web, donde hay gente que tiene sus blogs acerca de conspiraciones que podría estar perfectamente en la web y no pasaría nada. Lo que sucede es que se ha envuelto a la Deep Web de secretismo, pero al final lo que la hace distinta es simplemente la encriptación.

Tú cuentas que para entrar en la ‘Deep Web’ necesitas un “padrino”, alguien que te dirija y te diga cómo entrar.

Pero eso porque yo soy muy torpe con la tecnología.

¿Me quieres decir que, por lo tanto, es relativamente fácil entrar en la ‘Deep Web’ individualmente si se tienen ciertos conocimientos de informática?

Para alguien que sea un usuario más o menos avezado es fácil adentrarte en ella, pero sin encriptarte; si quieres ser completamente anónimo necesitas realizar dos pasos más, pero basta que te lo expliquen para realizarlo con bastante facilidad, basta conocer los pasos que se deben seguir. Eso es lo que yo hice. Lo que sucede es que impregné mi narración en torno a mi entrada en la Deep Web con algo de misterio, como si fuera algo que tuviera que hacer en secreto y de noche. Lo que en verdad sucedía era que la persona que me podía ayuda vivía en México y él sólo podía conectarse a las dos de la mañana; utilicé esa circunstancia, puesto que la idea de que yo estaba en mi casa, en pijama, empezando una crónica, me parecía la perfecta antítesis al periodismo gonzo. Me parecía una buena imagen.

Una imagen que refuerza la idea del mito y del secretismo que rodea la ‘Deep Web’ y convierte el ensayo en un recorrido de aprendizaje por tu parte y de desmitificación.

Es verdad. Quiero los secretos del Pentágono y los quiero ahora se puede leer como un ensayo de crecimiento, hay una parte de aprendizaje a lo largo de todo el texto. Se debe a que en el libro quería conjugar la parte de investigación y la parte de periodismo gonzo, un género donde hay siempre un autoexamen de lo que tú, periodista, eres y de lo que cambias a lo largo de la experiencia en primera persona que vives y narras. Por esto, al inicio juego con el fantasma tecnológico, con el miedo a que de pronto vendría la policía a desconectarme el ordenador por haber entrado donde no debía. Pero lo que sucede hoy con la Deep Web, sucedió antes con Internet; si ahora lees noticias de cuando empezaba a desarrollarse la red, verás que se describía como un espacio de mafiosos, de proxenetas, de camellos, como un espacio hiperpeligroso. Esto se ve muy bien en algunas películas, que son el ejemplo de cómo nuestra narrativa varía.

Al respecto, recuerdo ‘La red’, protagonizada por Sandra Bullock.

La red era un lugar de peligro. Piensas en Juegos de guerra, que cuenta el inicio del ciberactivismo tal y como lo entendemos hoy, es decir, cuando el activismo dejó de ser principalmente económico para ser político y narra la historia de un individuo contra el mundo, de alguien que consigue casi meter a Estados Unidos en una guerra nuclear. Sin embargo, en la vida real, en el ciberactivismo real, no hay héroes solitarios.

A nivel mediático, se conocen “héroes solitarios” como Snowden, pero imagino que el ciberactivismo va mucho más allá de los nombres que han tenido más publicidad.

Efectivamente y, de hecho, en el ciberactivismo hay precisamente pocos nombres, impera el anonimato. No sólo están los niks, sino que el trabajo de activismo en web es el trabajo en colmena, es decir, un trabajo en grupo donde no hay estrellas. Y este tipo de activismo, como se ve en el caso del hacker mexicano del que hablo en el libro, tiene sus orígenes en la era pre-informática, cuando todo se hacía a través de llamadas de teléfono. La idea de base es la del ataque masivo donde no se necesita una sola estrella, sino que se necesita un grupo cuyos componentes, además, pueden estar en puntos geográficos absolutamente distantes.

Y de esta manera, se escapa de una juridiscción concreta y delimitada por fronteras geo-políticas.

En principio así es, pero este espacio de libertad cada vez está más atacado legislativamente. Si no me equivoco, en la nueva Ley Mordaza los delitos de ciberterrorismo abarcan casi todo, partiendo desde un simple tuit. Y el desconocimiento civil acerca del ciberactivismo o de la libertad en las redes, permite que los Estados se sobren legalmente de una manera atroz; de hecho, la Ley Mordaza y la actualización de la ley antiterrorista son una barbaridad porque permiten al Estado actuar contra la libertad de expresión.

La ‘Ley Mordaza’ es un claro ataque a la libertad de expresión y reduce a mínimos los derechos civiles vinculados a la manifestación y la libertad de expresión, pero por su carácter anónimo y su espacio en la red, ¿no consigue, al menos, salvarse la ‘Deep Web’ de estas limitaciones legales?

En absoluto. Sin duda la Ley Mordaza pasa por censurar aspectos vinculados a la libertad de expresión y de manifestación, pero pasa también por poder capar espacios neutrales como son la red. En Estados Unidos, por ejemplo, la ley SOPA pretendía restringir y reducir completamente los derechos de los cibernautas. Y la censura contra la red es sólo uno de los aspectos; no olvidemos a cuántos periodistas se les está censurando su libertad por ejemplo en el momento de escribir un artículo contra El Corte Inglés o pensemos lo que pasó con La Directa, cuando en 2004 los Mossos entraron en la Redacción del periódico. Además, volviendo al ámbito de la web, hay que tener en cuenta que el derecho al anonimato es tan reivindicable como el derecho a la libertad de expresión. En este sentido, no hay diferencia entre Internet, la Deep Web y la calle; ante el Estado actual, todos somos débiles, seamos ciberactivistas o activistas en la calle.

El ciberactivista es el débil y, sin embargo, no son pocas las narraciones, ya sea literarias o cinematográficas, en las que se le describe como un enemigo capaz de hacer saltar el sistema.

Si consideramos algo malo hacer saltar según qué sistemas…. ¿Es malo hacer saltar a la Iglesia de la Cienciología que es el principal objetivo de Annonymus? ¿Es malo querer desenmascarar situaciones de desigualdad económica o de absoluto expolio de la población publicando las cuentas?

No es malo, pero su posibilidad es la prueba de la vulnerabilidad. ¿No es, acaso, la vulnerabilidad un elemento que explica las políticas restrictivas a la libertad de expresión y manifestación?

No creo sinceramente que estas leyes nazcan de un sentimiento de vulneración por parte de los poderes. Al fin y al cabo, cuando en Estados Unidos se destapó que sus ciudadanos habían sido espiados por los servicios de vigilancia estatales, no pasó absolutamente nada. Si fueran verdaderamente vulnerables, ese escándalo no hubiera quedado en nada. Creo que más bien el tema principal es que hay una discrepancia entre la legalidad y la legitimidad entre aquello que se permite y aquello que legitima el ciberactivismo.

Sin embargo, la discrepancia entre legalidad y legitimidad abraza muchos ámbitos más allá de la red.

Sí, en todas partes. Que algo sea legal no significa que sea legítimo éticamente. Los Estados intentar armarse legalmente para tener, frente a acciones legítimas, una respuesta legal, es decir, anteponer el Código Civil.

Que lo legal y lo legítimo no van de la mano se ve, aquí, con el tema de la financiación irregular de los partidos: es legal, pero no es legítima. Y, de hecho, el debate está abierto.

El debate sobre la necesidad de solventar esta discrepancia es el reflejo de la temperatura social. Nosotros hace cinco años no éramos tan sensibles a la corrupción como lo somos ahora; es decir, no nos parecía, por ejemplo, algo indigno que un diputado tuviera derecho a un chófer y pudiera recibir un doble salario. Ha sido a lo largo de estos años que la sociedad se ha ido sensibilizando, se ha convertido en alérgica a estos hechos y reclama que se corrijan. Lo que sucede es que una cosa es la demanda y otra cosa la realización de la misma, pues nunca nadie que conforme el status quo del sistema va a reformar algo que le puede beneficiar porque está mal, lo reformará sólo y cuando la presión social sea insostenible.

¿Crees que el ciberactivismo fomenta un cambio en la percepción civil y sensibiliza ante ciertos temas?

Claro, pienso por ejemplo en Paolo Cirio, que es alguien que consigue poner un espejo a Facebook, a Amazon y a Google para mostrar y mostrarnos lo que realmente son estas empresas y qué uso hacen de los datos que nosotros cotidianamente les cedemos. En este sentido, cambian nuestra percepción.

Cirio pone un espejo a Facebook, pero ¿no crees que, en parte, ya sabíamos qué era Facebook, sólo que nos hemos dejado llevar, no nos ha importado?

La cuestión es que todos lo sabemos, pero ninguno sabemos cuáles son las verdaderas consecuencias que esto puede acarrear en cuanto entregamos habitualmente nuestra vida y nuestros datos a una corporación que se presenta como inocua.

En el ensayo defines las redes de un modo devastador, dices que “están para crear la ilusión de una fiesta perpetua de interconexión social”.

Creo que era Meredith Haaf en Dejad de lloriquerar quien decía que nuestra generación es una generación que constantemente rellena un formulario sobre sí misma en las redes sociales: cada día decimos qué me gusta, qué hago, qué canción me gusta hoy, qué ropa me apetece ponerme… Esto son las redes sociales, un formulario sobre ti misma para los demás que se actualiza constantemente. ¿Es ilusorio pensar que esto no tiene consecuencias? Sin duda que lo es, pero también es cierto que lo decimos ahora. Cuando Paolo Cirio pone el espejo a Facebook y lo desenmascara en 2010, lo que hace es mostrarnos qué puede pasar con los datos que nosotros cedemos a Facebook: pueden acabar en una web de contactos y, por tanto, puede suceder sin mayor problema que te contacte un tío cualquiera pidiéndote que le enseñes las tetas. Esto es lo mínimo que te puede pasar cuando tú entregas tus datos.

¿De verdad no sabíamos que nuestros datos no iban a servir para nada en las redes sociales?

Entiendo lo que dices y creo que la cuestión es que lo sabemos, pero no somos conscientes. La consciencia es quizá aquello que despierta el ciberactivismo y el activismo en general. Revelan nuestra pesadilla, esa pesadilla totalitaria de estar constantemente vigilados. Y, sí, no debería sorprendernos puesto que cada día estamos haciendo un checking de nuestros gustos y de nuestras actividades.

A nivel político, esto obliga a pensar que aquello que hasta hace poco no se sabía –espionaje, cuentas en paraísos fiscales… – era porque no se ponía el foco, pues el rastro de todo ello debía estar ahí.

Todo queda registrado, de lo que se trata es de poner el foco, de no limitarse, como te decía antes, a las versiones oficiales. Además, esto que comentas se relaciona con uno de los temas para mí más interesantes relacionados con la web: la dificultad de desaparecer. Es muy difícil desaparecer y es muy difícil tener secretos, el secreto es un poco el capital del siglo XXI.

Georg Simmel en ‘El secreto y las sociedades secretas’ habla del secreto como poder y como arma de represión y de control.

El secreto es la mayor arma de cambio que se puede tener. Y ahora, con el hecho de que todo está registrado y que no nos blindamos protegiendo nuestros datos, imagínate lo que puede suponer tener un secreto. El caso Ashley Maddison es sintomático de esto, es la más clara evidencia de la imposibilidad de tener secretos.

Lo más paradójico es que lo se vendía era el anonimato y el secretismo. El secreto se había convertido en productor y compra-venta.

El secreto es uno de los bienes con más valor actualmente y el caso de Maddison es la prueba no sólo del derecho que se tiene a tener secretos, sino de la reclamación por parte de la gente a tenerlos, así como la reclamación del derecho a tener una vida paralela, una vida no conocida por todos. A mí me dio un poco de rabia, cuando se publicó el caso Maddison, el intento de justificar, cuando no era necesario hacerlo, algunas de las historias de adulterio que salían a la luz; recuerdo el caso de una chica joven cuyo marido estaba desde hacía cinco años enfermo de cáncer y con quimioterapia. Se dijo que ella quería a su marido, pero que tenía el derecho a acostarse con otros hombres, vista la situación de su pareja. Esta justificación sobraba, esa chica no debía ni ser recriminada ni ser excusada, porque el tema no es lo que ella hacía, el tema es que está mal que le hayan robado su secreto, independientemente de su situación, personal o social. Todos tenemos derecho a tener nuestros secretos y nuestra privacidad. No hay que castigar al adúltero, sino a quien roba la intimidad y el secreto.

Lo paradójico con el caso Maddison, y que me hizo recordar la historia de Clinton, es que se impone a nivel público una moral que debe ser privada. Se mide y se juzga lo público con una moral privada que es individual y que no puede ser colectiva.

Esto que comentas se suma al hecho de que los casos de Maddison y de Clinton solo pueden suceder en una moral católica-calvinista. Aquí a nadie le importa; al contrario, creo que si saliese que cualquiera de nuestros dirigentes tiene una becaria por ahí, se le aplaudiría. Pero en Estados Unidos hay esta idea calvinista de que tu expresión pública es tu expresión privada.

Pero aquí estamos viviendo un proceso de americanización de la política; piensa en la exposición que realiza Pedro Sánchez de su vida familiar y la presencia que ha tenido su mujer en la campaña electoral.

No me había fijado en particular en el caso de Sánchez, pero sí es cierto que estamos viviendo este proceso y sorprende porque que aquí no teníamos, hasta hace dos años, la idea de la política como espectáculo. Para nosotros era algo desconocido, algo propio de la política de Estados Unidos. La campaña de las anteriores elecciones generales, por ejemplo, no tuvo nada que ver con esta última; hoy, lo de la niña de Rajoy habría pasado desapercibido. Vivimos la espectacularización de lo político.

Una espectacularización que viene acompañada de un particular vitalismo de las redes, convertidas en ágora. Parece que todo sucede en las redes, que aquello que no está en las redes, no existe.

No tengo ningún dato fehaciente, pero creo que hay como dos burbujas, Internet y el mundo físico, que muchas veces no se tocan. Tener muchos seguidores en Twitter no implica tener muchos lectores y, asimismo, que un tema se esté tratando mucho en las redes no implica que importe al conjunto de la sociedad. Internet y, más en concreto, las redes sociales no sirven como termómetro de la sociedad. Cabe preguntarse: ¿qué trascendencia tienen verdaderamente las redes en lo real? Aunque claro, ¿qué es lo real? Y es que la imagen digital no forzosamente tiene una imagen real detrás.

Es la ruptura del concepto de mímesis.

El cambio absoluto es que ya no haya relación de representación entre la imagen y la realidad. Hay que tener en cuenta que las redes sociales y la red en general es un termómetro no fiable de lo que sucede en la realidad no internauta. El problema es que se usan las redes como si fueran absolutamente fiables.

En los telediarios o programas informativos, Twitter se ha convertido casi en una base de datos.

Lo usan los telediarios, lo usan los medios de información y lo usa todo el mundo. Pero el problema va más allá de su uso; el problema no es tanto que se citen, más bien el problema es que, luego, muy poca gente va a confirmar si los datos que ofrece la red son verídicos en el mundo.