“Querría ser cualquier cosa en este mundo, pero no una mujer afgana”

Playground » 02.11.2017

Estos versos tremendos los firmó una mujer llamada Roya en el año 2009 y en la ciudad de Kabul. El poema al que pertenecen, titulado ‘Pero no una mujer afgana’, apareció originalmente en la página de la asociación solidaria Afgan Women’s Writing Project en 2010, y su publicación supuso un grito doloroso, así como una bocanada de realidad para entender lo que significa ser mujer en muchos lugares del mundo, especialmente en países destrozados por las guerras, la pobreza, el machismo y los fundamentalismos como lo es Afganistán.

Este poema de Roya, además, es el texto con el que Jenny Nordberg da comienzo a su mítico ensayo Las niñas clandestinas de Kabul, una investigación que publicó por primera vez los medios para los que es corresponsal —The New York Times y The International Herald Tribune— y que vio la luz en forma de libro en 2014, convirtiéndose en una de las investigaciones periodísticas más populares del año y con mayor repercusión y seguimiento en medios de comunicación de todo el mundo.

Es ahora cuando la editorial Capitán Swing lo traduce al español, bajo el subtítulo de “La vida oculta de las chicas afganas disfrazadas de muchacho”, porque aunque el libro de Nordberg es un retrato amplio de la situación de las mujeres afganas, su motivo central se encuentra en las llamadas bacha posh, esas niñas y adolescentes que para poder ir al colegio, trabajar o simplemente disfrutar de su infancia han de raparse el pelo, disfrazarse de niños.

A través de unos pocos casos, Nordberg se mete hasta las el interior de las casas de muchas de esas familias que optan por ocultar a sus hijas, y realiza un seguimiento cuidadoso de sus vidas dentro y fuera del hogar. La periodista sueca habla así de niñas que no superan los doce o trece años y que tienen que jugar al balón para que no las obliguen a taparse con un velo. Que tienen que ensuciarse de barro para parecer masculinas. Que tienen que pelearse o realizar trabajos pesados para que nadie reconozca su género y las fuerce a quedarse en casa o a casarse. Para alargar un poco más su inocencia. Para que sus existencias tengan algo de valor hasta que la pubertad haga de ellas lo que tanto temen.

Jenny Nordberg se encarga de describirlo, especialmente en los capítulos centrales y últimos de Las niñas clandestinas de Kabul. La periodista sabe que lo inevitable de ser niña afgana es convertirse en mujer afgana, y también que lo inevitable de ser una mujer afgana es enfrentarse a una realidad opresiva, a una sociedad que la periodista describe como un certamen de Miss Universo continuo y violento, en el que las mujeres son valoradas, literalmente, por la grasa de su cuerpo, o por sus dotes como cocineras, o por su ‘nivel de fe’. Para Setareh, una de las fuentes entrevistadas en este estudio, la falta de libertad es absoluta. Cuenta que, durante toda su vida, una mujer afgana tiene que ser perfecta y comportarse como se lo piden, sin disponer jamás de intimidad, porque los lazos que crea con su familia o sus propias vecinas son igualmente tiránicos y faltos de sororidad.

Nordberg lo explica así tras una conversación con Azita, otra de sus protagonistas: “En Afganistán, como en tantos otros sitios, la violencia genera violencia, y las mujeres viejas transmiten los horrores que han padecido a las que vienen detrás. Las historias de violencia extrema y de crímenes de honor salen a la superficie continuamente por todo el país, y a menudo quienes los cometen no son varones, sino las mujeres. Las suegras no solo justifican, sino que también cometen actos de violencia contra las nueras que no obedecen. Las mujeres afganas son muy poco tolerantes con las transgresiones cometidas por otras mujeres, particularmente por las más jóvenes. Como ocurre en todos los grupos reprimidos, el intento de una persona por conquistar la libertad es una grave afrenta al sufrimiento de las otras”.

Ante esta situación cada vez más acentuada por los estragos de la guerra, el terrorismo, la pobreza, la falta de educación y el fundamentalismo religioso, la autora de Las niñas clandestinas de Kabul quiso ir más allá y buscar entre quienes fueron bacha posh en su infancia pero siguieron disfrazándose y ocultándose en edad adulta. Nordberg habla entonces con Nader y con sus hermanas. Ellas, con once hijos entre todas, explican a la periodista que su hermana “quiere gobernarse, no como nosotras que siempre estamos gobernadas por los maridos”. Y la propia Nader añade: “si pudieras salir ahora mismo por esa puerta como un hombre, o quedarte aquí dentro para siempre como una mujer, ¿qué escogerías?”

Pero entre todas las historias de horror, también están las de superación. Y la vida de Nader es un ejemplo de ello. Ella está empeñada en apoyar a las bacha posh de nuevas generaciones y en encontrar una manera de hacer la revolución rodeada de esas niñas, adolescentes y adultas que están dispuestas a salirse de los cánones y a ayudarse mutuamente, a pesar de la dureza que conlleva una vida como la que han elegido.

Por esa razón, en su epílogo, Jenny Nordberg quiere aclarar que pese a todo lo aprendido ella siente un poco de esperanza. Cree que el fenómeno de las bacha posh era una parte que nos faltaba para entender la historia de las mujeres. ¿Y cómo íbamos a saber de su existencia y de su resistencia si nunca nos habíamos interesado por ellas, si nunca les habíamos preguntado, si nunca nos habíamos preocupado por conocerlas ?