Las últimas palabras de la prostituta egipcia ahorcada por matar a un proxeneta

El Español » 02.03.2017

‘Mujer en punto cero’ es la historia de rebelión de Firdaus, una mujer que vivió contra los abusos de los hombres y puso en evidencia la hipocresía de una sociedad que acabó con ella.

“Todos los hombres que he conocido sólo me han inspirado un deseo: el de alzar la mano y dejarla caer con fuerza sobre su rostro”, cuenta Fardous, la protagonista de Mujer en punto cero, de Nawal El Saadawi (Capitán Swing). “Pero como soy una mujer, nunca he tenido el valor de levantarles la mano. Y como soy una prostituta, ocultaba mi temor bajo varias capas de maquillaje”. El libro relata las últimas palabras de Fardous, a sólo seis horas de ser ahorcada en su cárcel de mujeres al norte de El Cairo por haber matado a un proxeneta. No fue un asesinato: fue en legítima defensa. “Si la ley fuera justa, Fardous sería considerada inocente, ya que se estaba defendiendo y mató para no morir. Pero la ley nunca puede ser justa en una sociedad clasista-patriarcal-colonial-religiosa-racista que discrimina a la gente según clase, color, sexo, religión, nacionalidad y lengua”, escribe la autora.

Mujer en punto cero es un testimonio aún caliente aunque fuese transcrito hace 45 años. No vio la luz hasta mucho después -ya en Beirut- porque todas las editoriales de Egipto lo rechazaron. Lo hizo incluso la mujer que lideraba el movimiento femenino en aquel entonces, quien era editora jefa de la revista de mujeres Eva. Dijeron que la novela no podía considerarse literatura porque fomentaba el vicio y la prostitución. Nadie entendió las circunstancias de Fardous. Nadie quiso escuchar su voz inteligente y sensible, su cuento trágico de una vida de abusos. El médico de la cárcel le contó a Nawal El Saadawi que “su ternura le hacía difícil de creer que pudiera matar a alguien”. “Yo le respondí que matar también necesita mucha ternura”, lanza la autora.

TRAUMAS INFANTILES

A Fardous no la dejaron crecer como la niña brillante que era en el colegio. “Mi certificado de estudios secundarios y mis aspiraciones truncadas me situaban en la clase media. Pero, por nacimiento, pertenecía a la clase baja”. Los primeros años de su vida se desarrollaron entre oraciones, palizas y pánicos. Los besos de un novio minúsculo cerca del río. La poligamia de su padre. Un día, su madre “hizo venir a una mujer que tenía una navajita o quizá una hoja de afeitar, y me cortaron un trozo de carne de la entrepierna. Estuve llorando toda la noche”.

Su tío abusaba de ella. La tocaba cuando nadie los miraba. “Me sentía más cercana a él que a mi padre. No era tan viejo y me dejaba sentar a su lado y mirar sus libros. Él me enseñó el alfabeto y él me envió a la escuela primaria después de la muerte de mi padre. Más adelante, cuando también murió mi madre, me llevó a El Cairo con él”. Se gestó en el cariño sin saber que era cariño y tuvo sexo con él sin saber -aún- que era sexo. “Hundía la cabeza entre sus brazos y hubiera querido decirle que lo amaba, pero no me salían las palabras. Sentía ganas de llorar, pero no tenía lágrimas”. Pero también él la abandonó a su manera: consiguió un trabajo en un ministerio y se casó con la hija de un profesor.

“Nunca le lavaba los pies a mi tío y él jamás le pegaba, ni le levantaba la voz. La trataba con suma amabilidad, pero con la peculiar cortesía, desprovista de auténtico respeto, que reservan los hombres para algunas mujeres. Yo intuía que su esposa le inspiraba más temor que cariño y que era una mujer de una clase social más alta que la suya”. Fardous nunca hablaba con sus amigos de su pasado. Sentía que no tenía. Sólo podía pensar en el futuro. El placer se había convertido en “una brumosa conciencia de algo que podría haber sido, pero que jamás llegó a vivir”.

IDENTIDAD Y ESCRITURA

La niña tardó muchos años en toparse con un espejo. Nunca le gustó verse: “La gran nariz redonda es herencia de mi padre y la boca de labios finos la he heredado de mi madre. Creía que mi padre había muerto, pero seguía vivo en esa fea nariz ancha y redonda. También mi madre”. Mientras Fardous crecía, crecían también sus fantasmas. Y su rebeldía. “Un día todo el colegio salió a la calle para participar en una gran manifestación. Sin saber cómo, me encontré subida en hombros de las chicas mientras gritábamos ¡abajo el Gobierno!”.

Fardous escribía y escribía. Escribía para luchar contra el dolor, el terror de los hombres, el autoritarismo y la corrupción. Escribió toda su vida, hasta en su celda. Pero un día la separaron de su bolígrafo, después de sus papeles, y más tarde de su propia cabeza. “¿Cuántos años de mi vida transcurrieron antes de que mi cuerpo y mi persona llegaran a ser realmente míos, para poder disponer de ellos a mi gusto?”, contaba. “¿Cuántos años de mi vida perdí antes de conseguir arrebatar mi cuerpo y mi persona del control de las personas que me habían mantenido sujeta desde el primer día de mi vida?”.

Cuando empezó a dedicarse a la prostitución, pudo decidir qué quería comer, en qué casa prefería vivir, pudo rechazar al hombre que por cualquier motivo le inspiraba repulsión y elegir a aquel cuya compañía estaba dispuesta a aceptar. Fue independiente. Sólo que entonces no sabía nada de la dignidad. Hasta que un día un cliente le explicó que su profesión no era respetable. “No eres respetable” fueron las tres palabras que la persiguieron toda la vida.

“Tenía que convertirme en una mujer respetable a toda costa, aunque tuviera que pagarlo con mi propia vida”, contó. Al final consiguió un empleo en uno de los grandes consorcios industriales. Luego tuvo que enfrentarse a otros desprecios. Se dio cuenta de que en el país en el que vivía y en el mundo en el que vivía, el respeto era un lujo inconcebible para una mujer, luchase lo que luchase. También aprendió que hay muchas formas de prostituirse y que uno puede venderse igual o más que en una cama, en una empresa.

AMOR Y REVOLUCIÓN

Conoció el amor. Por desgracia, en un novio engañoso convertido en proxeneta. Dijo sobre él: “Los hombres revolucionarios no son muy diferentes a los otros hombres, al igual que ellos consiguen lo que quieren, los revolucionarios lo consiguen a través de su inteligencia y principios; los otros, a través de su dinero. La revolución para los hombres revolucionarios es como el sexo para nosotras, las prostitutas. Es una profesión”, contaba, dolorosamente.

“Yo descubrí que mi amado -revolucionario- venía a mi cama cada noche no porque me amaba, sino porque no tenía que pagar nada y porque quería ser el héroe que me salva del deshonor, y cuanto más me hundía yo en la infamia, se hacía él más honorable y victorioso”. Firdaus también conoció la muerte en sus propias manos, cuando cogió el cuchillo con el que iban a matarla y lo devolvió a su enemigo.

Cuando la arrestaron y la llamaron “criminal”, ella reprendió: “Ninguna mujer puede ser una criminal. Para ser criminal es preciso ser hombre”.

Reconocía que era una hembra peligrosa, pero sólo porque decía la verdad. “Sé por qué me temen. Yo desenmascaré su horrible realidad y no me van a matar porque maté. Ellos matan a diario bajo el nombre de Dios, el amor, la paz y la justicia; ellos practican la prostitución bajo el nombre del matrimonio, el amor y la virtud; ellos roban y saquean bajo el nombre de la ley y la legalidad internacional”, lanzó, justo antes de morir.

“Me matan para no destapar sus secretos ocultos. Me impusieron la deshonra y la convertí en orgullo; me quitaron el clítoris en nombre de la pureza y la circuncisión y exhibí mi cuerpo sin pudores. Me obligaron a vender mi cuerpo en el mercado de la prostitución y les puse el precio más alto. Visibilicé mis dolores con audacia”. Su delito era la lengua, le dijeron. Claro. “Porque la lengua es la que dice la verdad o la mentira; la lengua es la que cubre o descubre la verdad”.

Autora del artículo: Lorena G. Maldonado