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Lady Nicotina

Por La Torre del Virrey  ·  01.06.2011

A lo largo de la historia, sobre todo en la literatura, el tabaco ha aparecido de forma recurrente, y muchas veces ha sido imposible separarlo de algunos personajes ya reales o ficticios (fumaba el Che Guevara, Cortázar, Hemingway, Popeye, el Capitán Garfio). El motivo de por qué tabaco y literatura están tan íntimamente ligados se recoge bajo el icono del escritor que fuma. El pitillo y el humo, una hoja en blanco y el escritor dispuesto a crear su obra, conforman de forma casi poética el triángulo amoroso de la literatura.

Muchas y muy diversas historias de gran repercusión literaria se han escrito bajo el influjo del tabaco. Otras, reales, tienen al tabaco y al libro como protagonistas, como, por ejemplo, la que de forma anecdótica refiere Jesús Marchamalo en la presentación del libro sobre los cigarreros de Cuba, quienes pagaban para que se les leyera un libro en voz alta y así amenizar la jornada. Uno de estos libros fue El conde de Montecristo, leído tantas veces que al final los cigarreros escribieron a Dumas para que dejara bautizar esos habanos con el título de su obra.

Este Lady Nicotina, compuesto una vez más de nicotina y letras, es una obra que reúne una serie de textos, cartas y algunos artículos, en los que el tabaco preside la vida de sus autores. El tabaco forma parte de estas vidas de forma sutilmente imprescindible, prestándose las veces a ser el medio o el fin de innumerables historias.

James M. Barrie e Italo Svevo (Ettore Schmitz) hablan en este libro del tabaco y de su uso como una forma de arte, el arte de fumar. Desde la sutileza para elegir la mezcla de tabaco o la pipa con la que fumarlo hasta los arreglos caseros de las boquillas astilladas, se encadena una larga lista de los componentes de la vida del fumador a los cuales hay que atender y cuidar como si de una esposa se tratase. Por este motivo, y a través de la pasión por el tabaco de ambos autores, advertimos su carácter introvertido y delicado. Svevo, fumador de cigarrillos, trata de proveerse de todo el tabaco necesario, que muy pocas veces es suficiente (ya que como bien dice a su esposa en las cartas fuma como un cosaco), para cubrir el plazo de ausencia durante los frecuentes viajes de trabajo (en una época de su vida en la que se aparta de la literatura) a fin de asegurarse su marca favorita. A su vez, Barrie también nos narra su desesperación y la de sus compañeros cuando se encuentran lejos de ese estanco londinense donde compran su adorada mezcla Arcadia. Estos episodios evidencian la falta de seguridad en sí mismos, lo que supone un rasgo definitorio de la personalidad de los dos autores.

Por otro lado, Barrie, a diferencia de Svevo, fue fumador de pipa. Este detalle aporta un matiz importante en cuanto a sus deberes como fumador que no atañen de ningún modo al consumidor de cigarrillos. Barrie dispensaba un cuidado especial y un tremendo respeto a su pipa, que para él resultaba casi insustituible, hasta el punto de hacer arreglos para poder continuar fumando en ella aún teniendo una nueva. De este modo, se patentiza cómo el fumador queda subordinado a este arte de fumar en el que se atiende a los detalles más insólitos y únicos que ofrece el tabaco, tal como sucede a quien observa una pintura o acude al teatro. Y así los autores van detallando las andanzas de la vida de un fumador que discurre al margen de las ordinarias vidas de los no fumadores, quienes no disfrutan de los goces que proporciona el tabaco, pero tampoco se obligan a los cuidados que éste requiere.

Fueron, pues, Barrie y Svevo grandes fumadores, y este Lady Nicotina es un homenaje a todos aquellos que comprendieron el placer y el vicio de fumar, exponiéndose en todo momento a ser requeridos para escuchar la indeseable frase “debe abstenerse absolutamente de fumar”, ya que, en definitiva, este arte de fumar comprende también el de dejar de hacerlo.

Svevo trató de dejar este vicio innumerables veces. Llegó a tener un cementerio de buenos propósitos: toda una habitación en la que anotaba en la pared las fechas en las que se proponía dejar de fumar. Escribía a su novia, más tarde esposa, prometiendo siempre que aquel día fumaría su último cigarrillo. Intentó todos los remedios para dejar de fumar y, con ellos, todos los medios que le condujeron a no hacerlo. Su pasión por el tabaco era tal que llega a comparar la felicidad de su matrimonio con el goce de fumar.

Barrie, en cambio, trata el tabaco con mucha más serenidad. Es cuidadoso hasta el más mínimo detalle, y si en algún momento descuida su pasión por el tabaco llega sentirse avergonzado. Fumar supone, en la vida de Barrie, todo un mundo de detalles y matices, desde la elección de la mezcla de tabaco hasta con qué prender la pipa o en compañía de quién fumarla.

Así Lady Nicotina: del placer y el vicio de fumar propone un buen recorrido por la vida de cualquier fumador empedernido en un tono “presidido por la ironía, la nostalgia, el abierto cinismo, la pasión y el descreimiento”.

Por Ana Embuena

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