La mirada cómica de un judío

El País (Babelia) » 27.08.2011

Hace muchos años, a bordo de un transatlántico, un anciano escritor suizo me contó que en su juventud había conocido a Kafka y que en un café de Viena lo había escuchado leer. Según él, mientras Kafka leía con voz suave y pausada, el público se reía a carcajadas. Me asombré de que un texto de Kafka pudiese parecer cómico, por más particular que fuese el humor de los austriacos de entreguerra. El amigo de Kafka me dijo que obviamente yo conocía mal la literatura judía, para la cual la tragedia de Edipo es la farsa de un niño mimado que no quiere compartir con nadie su Yiddishe Mamme. El Talmud dice que un hombre puede conocerse a través de cuatro cosas: su copa, su ira, su monedero y su risa.

Es cierto que, desde los comienzos, para los judíos, la tragedia no conduce necesariamente, como para los griegos, al llanto y al desasosiego. Frente al trágico secular y cotidiano, frente a las eternas persecuciones y vejaciones, el judío prefiere reír, como si descubriese en la miseria del mundo una demostración del tremebundo humor divino. Que Dios haga morir a Moisés justo antes de alcanzar la Tierra Prometida, le parece una broma inmensa, a la medida de Aquel Que Todo Lo Sabe.

Joseph Buloff fue uno de los más grandes actores cómicos del teatro yídish. Nacido un año antes del fin del siglo diecinueve, en Vilnius, Lituania, Buloff trabajó en los teatros de Europa del Este hasta acabada la Primera Guerra Mundial. En 1926 emigró a Estados Unidos donde puso en escena más de doscientas obras, tanto en el Yiddish Art Theatre de Maurice Schwartz como en Broadway. Su actuación en Muerte de un viajante de Arthur Miller, que Buloff y su mujer Luba Kadison llevaron a Buenos Aires en 1949, fue tan exitosa, que Miller comentó que la versión yídish de Buloff era sin duda el original y el texto en inglés una endeble traducción.

Cuando Buloff murió en 1985, dejó no sólo una gran cantidad de versiones dramáticas de diversos clásicos yídish y rusos, sino también varias novelas, de las cuales Yósik, el del viejo mercado de Vilnius es tal vez la mejor y sin duda la más ambiciosa, un ejemplo perfecto de la visión cómica judía del mundo. Vilnius era para los judíos una de esas ciudades europeas de identidad múltiple, polaca, rusa, lituana, soviética, que le daba una calidad de Torre de Babel absurda, pero, por sobre todo, era un centro de sabiduría ancestral, la “Jerusalén del Norte”.

Su variada población, su larga historia, el hecho de ser y haber sido la encrucijada de tantas culturas, hizo de Vilnius un escenario ideal para la comedia humana que Buloff quiso pintar. Su modelo iconográfico fue Chagall y sus ambientes feéricos; su material, la rica mitología hasídica de cuentos y parábolas, en las que Dios comparte, de manera sobrehumana, claro está, la azarosa suerte de sus criaturas. La universalidad del género picaresco tiene matices y tonos distintos en distintas culturas. En España, hesita entre la anécdota soez y la moraleja; en Inglaterra, entre la diferencia de clases y la caricatura social. En la literatura yídish, el héroe picaresco es parte Schlemil (bobo) y parte Lamed Vafkin (uno de los 36 santos ocultos gracias a los cuales el mundo no ha sido destruido). Yósik, el protagonista de la novela de Buloff, es ambas cosas, y su historia cómica, desde su infancia a su edad adulta, coincide con la del trágico pueblo judío de la Mitteleuropa del siglo XX.

Tártaros, griegos, turcos, habitantes de las grandes llanuras rusas, chinos y, por supuesto, judíos pueblan el viejo mercado de Vilnius que resurge en la memoria y la escritura de Buloff, y donde Yósik lleva a cabo su aprendizaje: cómo entenderse con los otros, cómo aprovechar las más escuetas oportunidades, cómo diferenciar granujas de buena gente, y cómo convivir con ambos, cómo protegerse de enemigos y de amigos: en una palabra, cómo sobrevivir. Pero aún esta mínima ambición debe ser filtrada a través de la implacable ironía yídish. “Es posible”, le dice su padre a Yósik, “que con el aliento de Dios en tus pulmones hasta puedas llegar a ser millonario algún día: si no de todo un millón, al menos de diez mil rublos”. Hasta la imposibilidad debe ser reducida a aquello que un judío de Vilnius puede imaginar como imposible.

Es una pena que esta edición, por lo demás cuidada, no haya respetado la ortografía correcta del nombre del traductor, el entrañable Jacobo Muchnik, muerto hace ya más de quince años y autor de numerosas y memorables traducciones.

Por ALBERTO MANGUEL