La épica de las científicas

El País » 16.09.2017

En el otoño de 1940, mientras el antisemitismo daba dentelladas, Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909-Roma, 2012) fabricaba instrumentos artesanales para rehacer en su habitación un laboratorio donde continuar con la investigación que las leyes raciales de Mussolini habían truncado. Ante cada bombardeo británico, protegía su vida tanto como la del microscopio binocu­lar Zeiss que se llevaba al refugio. En la montaña, donde se ocultó con su familia, peregrinó por granjas para conseguir huevos que le proporcionasen embriones para el experimento y tortillas para sus estómagos, por este orden. Y ni siquiera fueron las horas más angustiosas que vivió durante la guerra, cuando ejerció la medicina con tal impotencia ante la avalancha de muertos que renunció de por vida a la práctica clínica.

Años después, al revivir aquellas horas para sus memorias Elogio de la imperfección (Tusquets), afirmaría que siguió adelante con sus trabajos mientras el mundo se derrumbaba gracias a “la desesperada y en parte inconsciente voluntad de ignorar lo que ocurre, porque la plena consciencia nos habría impedido seguir viviendo”. Aquellos estudios desarrollados a contrapelo acabarían en un descubrimiento, el factor de crecimiento nervioso (NGF), que le daría en 1986 el Nobel de Medicina.

Un asunto, el del Nobel, al que ella dedica dos escuetas alusiones en sus memorias. Lo importante estaba en otra parte. En el consejo que un colega le dio en uno de aquellos días apocalípticos: “No se dé por vencida. Monte un laboratorio y siga trabajando. Recuerde a Cajal, y cómo en la ciudad soñolienta que debía ser Valencia a mediados del XIX sentó las bases de lo que conocemos del sistema nervioso de los vertebrados”.

No darse por vencidas pese a que todo, el contexto también, invitaba a hacerlo. La clave que convierte en historias épicas las trayectorias de las mujeres que dieron a la ciencia más de lo que la ciencia les reconoce reside en un heroico afán de superación. En una inteligencia portentosa protegida por una coraza de galápago para sobreponerse a los abucheos, las burlas, la explotación salarial o la apropiación indebida de sus ideas. Contra la visión de que la ciencia era un reducto de hombres, emergen cada vez más biografías y películas de esas aventureras del conocimiento (desde 2009:Ágora, El viaje de Jane, Temple Grandin, Figuras ocultas o Marie Curie).

Pocas, sí. Pero tan silenciadas que no existían hasta que en las últimas décadas, acompañando a la irrupción masiva de mujeres en el laboratorio y al impulso de los estudios de género, aflora una relectura que pone algunas cosas (y personas) en su sitio: desde la paleontóloga Mary Anning (1799-1847), que renovó el conocimiento de la prehistoria con sus descubrimientos de fósiles de dinosaurios (y silenciada por ser mujer, pobre y no anglicana, en el orden que quieran), hasta la matemática Ada Lovelace (1815-1852), considerada precursora de la programación informática.

La periodista Dava Sobel reconstruyó en El universo de cristal (Capitán Swing) la insólita experiencia del Observatorio de Harvard, que en 1893 alcanzaba la paridad: el 42,5% de los ayudantes eran mujeres. Hasta ahí lo bueno. “A veces me siento tentada de abandonar y dejar que pruebe poniendo a otra o a algún hombre a hacer mi trabajo, para que así se dé cuenta de lo que está obteniendo conmigo por 1.500 dólares al año, comparado con los 2.500 que recibe cualquier otro ayudante (hombre). ¿Piensa alguna vez que tengo un hogar que mantener y una familia que cuidar al igual que los hombres?”, se quejaba Williamina Fleming, una escocesa que entró como sirvienta en la casa del director del Observatorio, Edward Pickering, y acabó como conservadora oficial de fotografías astronómicas de Harvard.

Además de la complicidad de Picke­ring, las investigadoras se beneficiaron de otra circunstancia: la financiación del Observatorio dependía de la filántropa Anna Palmer Draper, viuda del astrónomo Henry Draper. Para la historia también quedó constancia de la incomodidad que suscitaban las astrónomas en el presidente de Harvard: “Siempre pensé que el cargo de la señora Fleming era un tanto anómalo y sería mejor no convertirlo en una práctica regular otorgando a sus sucesoras el mismo cargo”.