El universo de cristal: las mujeres de Harvard que nos acercaron a las estrellas.

Zena » 15.06.2017

comparte:

Con su quinta obra, El universo de cristal, la divulgadora científica neoyorquina Dava Sobel hace su aportación a la oleada de libros que se podrían clasificar como herstory que se han publicado en los últimos años, en su mayoría biografías de exploradoras o pioneras con el descriptivo “historia oculta de…” en la contraportada. El ejemplo más obvio, por supuesto, es Figuras ocultas de Margot Lee Shetterly y su multipremiada adaptación cinematográfica. Sin embargo, mientras Figuras ocultas hacía un esfuerzo activo por arraigar a sus protagonistas – las matemáticas de la NASA Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson- en su contexto social, el enfoque de Sobel se limita a la historia de una sola institución: el Observatorio del Harvard College.

Dava Sobel es la autora de Longitud (1995, Anagrama), biografía de John Harrison, el inventor del metrónomo (interpretado por Michael Gambon en la adaptación televisiva), La hija de Galileo (2000, Debate), finalista del premio Pulitzer, y Los planetas (2005, Anagrama), entre otros. Por si este currículum no fuera suficiente para demostrar que Sobel sabe de lo que habla en temas de astronomía, podemos añadir que es la tocaya del asteroide 30935 Davasobel.

El universo de cristal narra la historia del Observatorio del Harvard College desde finales del siglo XIX, cuando se incorporaron las primeras mujeres como calculadoras humanas, hasta mediados del XX, cuando Cecilia Payne se convirtió en la primera profesora titular de la prestigiosa universidad. En vez de dedicar una sección a cada empleado del observatorio, Sobel sigue un orden cronológico para desarrollar las respuestas de cinco grandes preguntas: ¿qué tipos de estrellas hay? ¿A qué distancia están?, ¿De qué están hechas?, ¿Es la Vía Láctea la única galaxia?, y, por supuesto, ¿Cómo vamos a mantener este observatorio a flote?

Anna y su marido Henry Draper hicieron las primeras fotografías de espectros estelares en la década de 1870; las líneas que aparecían en las imágenes permitían clasificar las estrellas. Tras la muerte de él, Anna dedicó su tiempo y fortuna a financiar un proyecto que permitiera seguir catalogando los astros; el observatorio elegido fue el de Harvard, entonces dirigido por Edward Charles Pickering. Tomar multitud de fotografías es una cosa, pero analizar toda la información es otra muy distinta, así que recurrió a calculadoras humanas para clasificarlas.

La primera de las elegidas fue su empleada doméstica, Williamina Paton Stevens Fleming (1857-1911), quien creó un sistema para clasificar estrellas según la cantidad de hidrógeno que mostraran, descubrió una gran cantidad de estrellas variables y nebulosas, y se encargó de formar a las otras mujeres que se unieron al equipo. Entre estas estaban Annie Jump Cannon (1863-1941), que no sólo tenía el mejor nombre de la historia sino que además creó otro método de clasificación según la temperatura de las estrellas que aún se utiliza hoy en día; Antonia Maury (1866-1952), que encontró el curso evolutivo de las estrellas en su calor y luminosidad (de azul-blanco a rojo, pasando por blanco y amarillo); Henrietta Swan Leavitt (1868-1921), que estudió la relación período-luminosidad y abrió el camino al estudio de las distancias; y Cecilia Payne (1900-1979), que descubrió que las estrellas estaban compuestas por mucho más hidrógeno y helio del que cabía esperar. Su tesis, publicada en 1925 como Atmósferas de las estrellas, aún se considera un referente en excelencia académica.

Dava Sobel es consciente de los clichés -que no por manidos dejan de ser ciertos- de las biografías de científicas: que no se les reconocía el mérito, que se las explotaba como mano de obra barata, que eran víctimas de su contexto, etc. Sobel cuestiona el calificativo de “el harén de Pickering” para referirse a las calculadoras y destaca el respeto del director por sus trabajadoras una y otra vez. Sin embargo, eso no quita que Williamina Fleming se preguntara en su diario en 1900: “Es sacar el tema de mi salario y enseguida me dice que el que recibo es excelente tal como están los salarios de las mujeres. […] ¿Piensa alguna vez que no tengo un hogar que mantener y una familia que cuidar al igual que los hombres?”

El reconocimiento profesional iba por un camino parecido; si bien Fleming se convirtió en la primera mujer con un cargo oficial en Harvard (como conservadora de las fotografías con los espectros estelares) y se la aceptó como miembro honorario de la Real Sociedad Astronómica, fue vista como una excepción durante décadas. Cuando Pickering recomendó a Annie Jump Cannon para un puesto en la universidad, el presidente de Harvard, Abbott Lawrence Lowell, le respondió que mejor le buscara un trabajo menor con aún menos paga. El segundo sucesor de Pickering, Harlow Shapley, respaldó a Cecilia Payne en lo que pudo e incluso le tecleó artículos -un buen respiro para los académicos de #ThanksForTyping- pero Lowell “juró que la señorita Payne nunca ascendería al grado de profesora de Harvard mientras él viviera”; una frase para la historia, pero acertada, ya que no fue hasta trece años después de su muerte que Payne se convirtió en la primera profesora titular de Harvard (cobrando menos que sus compañeros)*.

La prosa de Sobel es sencilla, y consigue aclarar conceptos de astronomía y física incluso para las lectoras que, como yo, no han tocado las matemáticas desde la enseñanza obligatoria. Sin embargo, si no se tiene un interés previo por la ciencia será difícil que se despierte con El universo de cristal, ya que a veces parece una larga lista de precios de telescopios y debates sobre clasificaciones, con pocos toques humanos.

Curiosamente, y negando el subtítulo del libro, no son las astrónomas las que brillan más por su personalidad, sino sus compañeros. Mientras que Pickering con su apertura de mente y Shapley con su curioso interés por las hormigas se convierten en personajes casi entrañables, las figuras de Fleming, Cannon, Maury, Leavitt y Payne quedan algo desdibujadas. Son las anécdotas que muestran a los científicos de hace cien años como gente con sentido del humor, preferencias y excentricidades las que hacen seguir leyendo: la vaca del observatorio de Arizona llamada Venus, las rondas de cacao, fresas y galletas a medianoche en la cúpula del telescopio, la opereta inspirada en Gilbert & Sullivan con referencias sarcásticas a los bajos sueldos, las cenas de solteras…

Sobel se centra en los descubrimientos científicos y en las condiciones materiales que los permitieron (el observatorio de Harvard se mantenía a base de herencias, legados y becas de patronas ricas) y se preocupa por la distribución y la protección del conocimiento. No obstante, no entra en el contexto. No se da una introducción al acceso a la educación primaria y superior de las mujeres americanas, ni un repaso de lo que era la vida cotidiana en Massachusetts, y las diferencias de raza y clase se dan por sentadas.

Aunque muchas de las astrónomas eran graduadas del Radcliffe o del Vassar College, no se explica nada de su fundación, principios y funcionamiento; Annie Jump Cannon menciona que iba al “club de mujeres de la Universidad de Boston”, pero no se explica qué se hacía allí; fue activista sufragista, pero el tema no se toca. Si lo que buscáis es una historia social de la ciencia, tal vez este no es vuestro libro. Sin embargo, sí se tocan temas sociales brevemente, como el impacto de la Segunda Guerra Mundial en las carreras de astronomía, la importancia de las viudas en el mecenazgo de la ciencia, y el debate alrededor de cómo usar el dinero de las becas: ¿es más útil ayudar a una sola mujer con el potencial de ser un genio, o formar al mayor número de mujeres posible a un nivel más bajo?

El universo de cristal, pues, es un buen repaso a los descubrimientos astronómicos de finales del XIX y principios del XX, pero tendréis que rellenar los vacíos vosotras mismas. La mejor opción es combinarlo con el episodio de Cosmos “Hermanas del Sol”, que cubre la misma temática pero con la voz de Neil deGrasse Tyson y la banda sonora de Alan Silvestri.