El juicio político de los expertos

El Cultural » 03.06.2016

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Las campañas electorales son excelentes escaparates para analistas con ganas de lucimiento público. En mitad del ruido y de la furia, el pronóstico político se adueña de los grandes medios y de las redes sociales. En estos últimos años, ha ido creciendo el número de expertos que, a instancia de partidos políticos o de intereses vinculados a la política, han ido creando y puliendo diversos instrumentos de medida destinados a prever, con mayor exactitud, los resultados de las elecciones y sus consecuencias sociales.

Académicos, intelectuales, periodistas o gurús han dedicado y dedican un considerable esfuerzo a pronosticar las intenciones de los votantes. Con el avance de las nuevas tecnologías -el big data ofrece interesantes recursos-, informáticos, físicos y matemáticos han ido creando modelizaciones cuantitativas destinadas al análisis electoral. Pese a todos estos loables esfuerzos, lo cierto es que, como ha señalado la Asociación Americana de Ciencia Política, el estado del pronóstico político es en el fondo un triste fiasco.

No estamos ante un problema típico de España, como piensan y proclaman los numerosos hispanófobos que pueblan este país. En Estados Unidos, la patria de las encuestas y la sociología empírica, un panel de “eminentes politólogos” anunció en el 2000 que sus modelos de las elecciones presidenciales predecían el resultado de la disputa entre Bush y Gore. Con un intervalo de confianza que oscilaba entre el 85 y el 97 por ciento, anunciaron que Gore ganaría con facilidad, al menos con el 52 por ciento de los votos. Dichos “eminentes politólogos” afirmaron además que, en realidad, la campaña electoral no importaba demasiado porque al fin y al cabo los efectos de la publicidad de cada bando acaban por contrarrestrarse y se anulaban entre sí. Se equivocaron, como los que pronosticaron la independencia de Quebec.

En un territorio tan sembrado de errores y de interpretaciones sesgadas, la aparición de un volumen serio, honesto y bien cuidado en su edición es un regalo. Su autor, Philip E. Tetlock (Toronto, Canadá, 1954), es un reputado psicólogo con numerosas publicaciones. Formado en Yale, en la actualidad enseña e investiga en la Universidad de Pennsylvania y en la prestigiosa Wharton School. Su orientación dentro de las ciencias sociales está en la línea cognitiva del Premio Nobel de Economía, el psicólogo Daniel Kahneman. De hecho, este último le cita extensamente en su más que magnífico Pensar rápido, pensar despacio (Debate).

El objetivo central de este denso y atrevido volumen es poner en evidencia los escurridizos elementos que articulan el juicio político y mostrar, al mismo tiempo, los trucos habituales de los analistas políticos para saltarse normas de precisión y rigor que se exigen y no se disculpan a los profesionales de otros campos. El juicio político de los expertos apareció en Norteamérica en 2005, con inmediato éxito en las dos capas de lectores a los que va dirigido. Por un lado, público interesado en los manejos de la política, en una visión amplia del mundo y de su historia. En este sentido, el complejo y extenso arco cognitivo de Tetlock le ha llevado a colaborar con Geoffrey Parker, hispanista y gran autoridad en Historia Militar y Europea de la Edad Moderna.

Por otra parte, tenemos un volumen destinado a estudiosos de las ciencias sociales y de sus complejas metodologías. No en vano este libro es la consecuencia de una investigación propiciada en 1984 por la norteamericana Academia Nacional de Ciencias iniciada con el fin de mejorar la capacidad de análisis y predicción de los expertos. Para Tetlock un experto es “un profesional que se gana la vida comentando o asesorando sobre tendencias políticas y económicas de importancia para el bienestar de Estados particulares, grupos de estados de una determinada región o el conjunto del sistema internacional”.

A partir de esta definición operativa, fueron seleccionados doscientos ochenta y cuatro personas que en los medios de comunicación eran comentaristas o prescriptores en relación con tendencias políticas y económicas. A través de cuestionarios y entrevistas, Tetlock les pidió que estimaran las probabilidades de que en un futuro no muy lejano ocurrieran determinados acontecimientos, tanto en aspectos relativos a su especialidad como en otros más alejados de la misma. Se preguntó también a los expertos el camino que les había llevado a sus conclusiones y cómo reaccionaron cuando sus predicciones resultaron equivocadas. Finalmente se reunieron más de ochenta mil predicciones.

Los resultados fueron demoledores. Personas que se ganaban la vida estudiando determinados aspectos de la política o de la economía hacían pronósticos con un índice de aciertos ridículamente bajo. Como escribe Tetlock, los colaboradores de los grandes medios de difusión apenas eran mejores en la “lectura” de situaciones emergentes que simples periodistas o atentos lectores de The New York Times. “Los expertos más solicitados son más confiados que aquellos colegas suyos que se ganan la vida lejos de los focos”. El exceso de confianza les llevaba a equivocarse y, aun peor, a no admitir sus errores, agarrándose a múltiples y variadas excusas.

Para entender mejor las fuentes de error que cometen los expertos cuando enjuician y predicen, Tetlock ha acudido a una división de las personas creada por Isaiah Berlin en su ensayo sobre Tolstói titulado El erizo y el zorro (Península, 2002). Los erizos saben mucho y concentran su enorme saber. Son dogmáticos y en su teoría del mundo tienen las cosas muy claras, algo que gusta mucho en los platós de televisión. Los zorros sí son capaces de reconocer sus errores y ven las cosas de un modo más intrincado. Así que entienden la realidad como el resultado de complejas interacciones y del azar. En su investigación, Tetlock encontró que los zorros puntuaban mejor en sus predicciones. Los invitan menos que a los atrevidos erizos a los debates televisivos, pero aciertan más.

La división del complejo reino de los expertos entre erizos y zorros es el basamento de un conjunto de concepciones del buen juicio político que hacen de estas páginas un excelente instrumento para guiarse en los avatares de la compleja vida política actual.

Autor del artículo: Bernabé Sarabia